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Manuel Guerrero Cabrera

Título: Las salinas del aliento

Autor: Manuel Guerrero Cabrera

Editorial: Cuadernos del Laberinto

Género: Poesía

Número de páginas: 77

Año de publicación: 2015

ISBN: 978-84-944036-7-5

 

Manuel Guerrero Cabrera es profesor de Lengua y Literatura, articulista y poeta; además, realiza desde la Asociación Cultural Naufragio una labor de difusión cultural y literaria en el sur de Córdoba, recibiendo, por esto último, el Premio Pimiento de Plata que le concedió la Delegación de Juventud del Ayuntamiento de Lucena en 2011.

Ha publicado los poemarios El desnudo y la tormenta (Moreno Mejías, 2009), Loco afán (Ediciones en Huida, 2011) y El fuego que no se extingue (Manantial, Ayuntamiento de Priego de Córdoba, 2013); los libros de ensayo Estudios críticos de Literatura del Siglo de Oro (Juan de Mairena y De Libros, 2008), Tango. Bailando con la literatura (Moreno Mejías, 2009); y el libro de relatos Para despertar (Moreno Mejías, 2011).

Existen poetas de una exquisita hondura elegíaca, arqueólogos del dolor que encuentran belleza en las entrañas de la tristeza, de la preocupación, y la ofrecen al mundo como un hallazgo milagroso lleno de sabiduría y reflexión. Las salinas del aliento es justamente lo contrario, la razón genésica de este poemario es la celebración de la vida, un canto de agradecimiento; es una esencia a la que el poeta regresa una y otra vez tras consumar algunos poemas —en apariencia diferentes—; esa esencia es el amor. El amor del poeta es un presente limpio, sin sombras, grietas ni reversos; la llegada al mundo de Malena, su hija, lo corona como padre y este libro es un hecho necesario, un hecho en el que quizá el hombre se expresa más que el artista.

Un senryu (formato poético japonés de tres versos) inaugura la obra de manera solemne; la sorpresa y alegría por la vida anunciada eclosiona en el dibujo nítido de una orquídea de palabras: Ecografía. / Corazón delator. / La nueva vida.

El devocionario inconfesado de Guerrero Cabrera se estructura en tres partes nucleares: “Pena de bandoneón”, “Desangelado el cielo” y “La sal del recuerdo”. Aunque en apariencia los títulos de los bloques presagian melancolía —algo también reflejado en el título del libro—, el poeta equilibra con términos antitéticos sus sentimientos encontrados; el mismo recibimiento y goce del amor anuncia el futuro momento de su despedida. Y no sólo eso, el melifluo aroma de la plenitud esconde el germen de la preocupación; el desvelo por cuidar, merecer y no fallar a la vida más valiosa del mundo; la vida de un hijo.

Si en los dos primeros ejes del libro, el autor da rienda suelta a su emoción ante el inminente alumbramiento, en el tercer pasaje, su verso es una ofrenda que idolatra a esa hermosura capaz de hacernos cambiar el rumbo de la vida.

Como palabras liminares al poemario encontramos el comentario de Luis Alberto de Cuenca, poeta novísimo que con gran acierto expone en su breve antesala cómo el poeta, ante quizá la noticia más importante de su vida, pone en marcha la mecánica del recuerdo, y, de ese modo, a golpe de evocación, va recorriendo sus primeras lecturas, los tebeos que iluminaron su infancia y su adolescencia, y nos transmite la emoción que deriva de ese viaje fantástico al corazón de lo perdido para siempre.

En el poemario predomina la blancura como tesitura sonora de los versos así como una infraestructura imparisílaba; versos alejandrinos, heptasílabos, endecasílabos, en su mayoría combinados formando el axis homeopolar característico de la poesía de la experiencia; pero también podemos encontrar verso libre o rima consonante, como en estos cuartetos: Donde el aire se queda / y la dudosa luz del día nunca alcanza, / donde mi sangre enreda / la tuya con la vida tejida de esperanza. // Llevaré los poemas / que te dedicaré desde el alma hasta ti, / porque todos los temas / sobreviven por ti y duelen porque sí.

La salinidad de ese aliento es la memoria, obligada por la madurez a reproducir el pasado para inventariarlo y pasar página; pierde su batalla contra la dulzura del torbellino que Malena produce en su padre: “Últimamente pienso / en qué color tendrá / tu mirada de azúcar, / y lo que diluirá / tu pequeña pupila con el mundo. […] No me importa el color con el que me mirarás, / porque sé que cabrán en él un par / de todas las naciones de la tierra.

Versos entrañables y felices, según Luis Alberto de Cuenca; humanidad en el alborozo icástico del verbo.

Ya en “Desangelado cielo”, segundo envite de la jugada, el poeta advierte la nostalgia, no con desánimo, sino como un sendero ya transitado que nos cerciora habitar en otra etapa: A muchos les costó crecer de golpe / y entender lo que atrás hubo quedado… / El corazón también se nos rompió, / como a Julian Ross, cuando / dejamos de ser niños en un patio. Guerrero Cabrera referencia a una serie de dibujos animados que él veía cuando niño constatando que la fragilidad sólo era un tránsito al fortalecimiento.

Cada poema escrito por el autor es un peldaño hacia la consagración a su hija; cada experiencia, cada recuerdo, cada herida, es vivida por el poeta de forma apasionada y desnuda, su pretensión no es más que exclamar: «Señoras y señores, soy feliz». Feliz y un hombre nuevo por la vida nueva, feliz pese a cualquier cosa, feliz pese a quien pese. Los versos consiguen contagiar al lector de esta euforia, de esta satisfacción. Creo todo un acierto clausurar esta aventura con dos poemas escritos en prosa poética: “El papá de Malena” y “En la sal del recuerdo”; el primero revela la nueva identidad del autor; el segundo, cuanto será la última morada de este amor pleno.

El poemario concluye con un epílogo original, lo conforman dos poemas más, pero de autores ajenos; “Tango” de Antonio J. Sánchez y “Eclipse” de Sensi Budia. Ambas aportaciones, a modo de tributo, elogian y ensalzan la figura de Malena —nombre como pocos para maridar con un tango—; a la vez que la vinculan a ese género musical; el primero, por la fuerza; el segundo, por la música; la pieza escogida por Sensi Budia bien podría tratarse de la letra de un tango; bello colofón para un libro agradecido, sincero y luminoso.

Tengo por costumbre, en los libros publicados por la editorial Cuadernos del Laberinto en su colección Anaquel de Poesía, leer el índice de primeros versos que incluyen al final del trayecto; leerlo como si se tratase de un poema; no siempre funciona, pero Guerrero Cabrera nos brinda versos como estos: El dolor es un arma, / el infinito bucle de tu pelo / el mismo cielo. La grandeza de la poesía hace surgir la belleza incluso en lugares insospechados, cual música involuntaria del azar. Y algo que pocas veces ocurre, leyendo de la misma forma el índice general, que precede al anterior, encontramos momentos como estos: Esta no es mi voz, / el papá de Malena / en la sal del recuerdo, […] llovía tanto el día / el eco de tu nombre, / el mundo es casi una canción, […] en océanos a la redonda / las pupilas de Dios, / la condena del tuit.

Manuel Guerrero ha sido incluido en las antologías Versos para derribar muros (Los libros de Umsaloa, 2008), Andalucía en el verso. Biznaga de poesía andaluza (De papel, 2012) y Náufragos en Saigón (Asociación Cultural Naufragio, 2013), así como en las virtuales Las afinidades electivas (desde 2007) y Poetas del siglo XXI (desde 2011), entre otras.

También ha participado en varias revistas literarias (Angélica. Revista de Literatura, Ágora. Revista de Literatura, Saigón, El coloquio de los perros, Espacio habitado, Aldaba, etc.) y en volúmenes colectivos de ensayo (destacan las aportaciones incluidas en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) y colabora con artículos de opinión y de pensamiento, en varios medios del sur de Córdoba. Posee un espacio semanal sobre literatura en Radio Lucena bajo el título Siempre hay tiempo y es director y presentador del programa mensual de literatura La voz a ti debida en Radio Atalaya de Cabra.

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