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Publicado en la revista “Contrapunto” que edita el Área de Literatura Española de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares:

http://www.revistacontrapunto.es/descargas/numero_46.pdf

 

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Sandra Sánchez, Una manzana en la nevera

Asturias, PIEdiciones

111 páginas, 10 euros

 

 

Pablo Malmierca revela en sus palabras liminares a Una manzana en la nevera varias de las claves de este libro escrito por Sandra Sánchez (Oviedo, 1971). Algunas de esas claves refieren a lo simbólico del microcosmos cotidiano como analogía universal; otras, argumentativas, apuntan al amor, la niñez, la muerte, el deseo o la identidad, como asuntos recurrentes entre las preocupaciones de su autora. Y sin duda, acierta plenamente en sus disertaciones sobre esta ópera prima. Un primer poemario lleno de experiencias que en nada se parece a esas primeras obras publicadas precozmente en las que más que un estilo o una voz poética brilla una esperanzada inmadurez.

    Lo primero que llama la atención de los versos de Sandra Sánchez es la perspectiva y tono del yo lírico. Si los temas troncales pueden considerarse comunes, no lo es sin duda su tratamiento. En el primer poema del libro, titulado “Ikea” en tan solo tres versos se esboza su poética: “He comprado un corazón / y lo he armado con paciencia. / Me lo he quedado, venía roto”. Encontramos una necesidad de amor y por ello, su búsqueda; intuimos una entregada voluntad que no encuentra el ideal y se conforma con lo imperfecto; hay que cubrir esa necesidad vital pero, al mismo tiempo, reside en estos versos una contundente crítica a la sociedad capitalista, a la obsolescencia programada y al conformismo del ciudadano-usuario que tolera y practica la doctrina materialista.

  Escrito en verso libre, los poemas de “Una manzana en la nevera” poseen las características de un realismo mágico que florece intercalado entre poemas existencialistas: “Alguien dijo tu nombre / y de repente, / del asfalto gris de las aceras / brotaron rosas”. El tema amoroso guarda su veta romántica no en lo dicho, sino en lo sugerido, y su desnudez climática es proferida a través de la expeditiva realidad: “En un rincón oscuro / de aquel bar de mala muerte / te comí la boca: // tu lengua poco hecha; / los labios, al punto”.

    La estructura del poemario es un fluir continuo sin parcelar, y una de sus constantes es el poder semiológico de la manzana. Tótem infinito, si tenemos en cuenta que en el interior de su corazón radica la semilla que de nuevo la florecerá; pero también fruto original empuñado por seres primordiales, último alimento en la nevera medio vacía o medio llena y un recurrente símbolo de extenso campo semántico: “Si soy Yo fruto del pasado […] Ahora —en la copa de este árbol— / somos fruta fresca que (de)pende / sólo de nosotros… // ¿Nos comemos?”.

    Como ya hiciesen los poetas españoles de la generación de medio siglo, la poeta une su historia particular a una historia universal actualizada, rasgo que se manifiesta a través de los elementos poemáticos: “Hay muertos que caminan por las calles / que se sientan a tu lado / en autobuses sin destino […] Pega sus gotas a los escaparates / y a los cristales de las gafas. / Estanca el hastío de los oficinistas”.

    A la manera de un soliloquio o como apelaciones al lector, el yo lírico despliega su optimismo o pesimismo en un rastro de poemas vinculados a un estado de ánimo; en sus descripciones y narraciones puede entreverse un correlato objetivo que transita con igual eficiencia por diversos tópicos literarios: Amor ferus, Aurea mediocritas, Comtemptu mundi, sin olvidar el Memento mori que todo lo sobrevuela. Es precisamente en la gama cromática de sus formas donde los versos encuentran una profunda trascendencia, como por ejemplo, en el poema titulado “Se yergue la flor”: “Lo que me conmina a mirarla, / a contemplar —aunque sea un momento— / tanta delicadeza / es, sobre todo, / esa incertidumbre de no saber / si estará para mí, ahí, / mañana”.

    La poesía de Sandra Sánchez trae consigo la mejor de las noticias para un lector de poesía, y es la certeza del nacimiento de una poeta. Su voz es la de alguien que tiene mucho que decir y no tiene miedo en buscar y encontrar la forma de hacerlo. Su compromiso lírico no es solo con el arte, también con la verdad.

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Reseña publicada en “Todoliteratura.es”:

http://www.todoliteratura.es/articulo/criticas/laberinto-venus-homenaje-literatura-teresa-espasa/20180328090407047080.html

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Título: El laberinto de Venus

Autora: María Teresa Espasa Moltó

Editorial: Lastura Ediciones

Género: narrativa (relatos)

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 177

ISBN: 978-84-947779-6-7

 

El sello editorial Lastura publica en el número 31 de su colección Alquisa, de narrativa, el último libro de María Teresa Espasa “El laberinto de Venus”, una compilación de relatos eróticos que supone la primera incursión de su autora en este género.

    Nacida en Denia, un bello pueblo de la Marina Alta valenciana, María Teresa Espasa estudió Filosofía y Teología en Valencia, además de Arqueología Bíblica en Israel. De reconocida trayectoria como poeta, algunos títulos publicados son: Desierto articulado (1992), Cuando puedas llama (1999) o Tanto y tanto silencio (2014), obra por la que obtuvo un premio especial en los Premios de la Crítica Literaria Valenciana. Conocida por su dilatada trayectoria como gestora cultural al frente de la asociación de escritores Tertulia la Buhardilla, una de sus últimas aportaciones a la cultura literaria valenciana ha sido la fundación de la Plataforma de Escritoras del Arco Mediterráneo, compuesta por algunas de las mejores voces poéticas de la Comunidad.

    El laberinto de Venus no es un libro de relatos convencional. Al hecho de ser el primer libro de relatos —tras varias décadas escribiendo poesía— publicado por su autora, hay que añadir el hecho de que María Teresa Espasa es ante todo poeta. Y esa mirada de poeta —como bien señaló Ricardo Bellveser en una de las presentaciones del libro— estará presente en todos y cada uno de los relatos, ya sea por la sensibilidad de las descripciones o situaciones de los personajes, por el lenguaje o en la mayoría de casos, por el tratamiento y punto de vista de la idea.

    La identidad poética de la autora irá manifestándose también en el plano argumental, ya que la mayoría de personajes están ligados a la escritura y muchas de las situaciones que viven están relacionadas con el quehacer habitual del mundo literario. Por si fuera poco, gran parte de los personajes son poetas.

    A cada uno de los relatos preceden citas de otros autores, no son autores cualesquiera, sino personas cercanas a la autora y su presencia —en ocasiones, agrupadas por sentido biográfico—, además de introducir al clima de cada historia, supone un detalle de gratitud.

    Es interesante el hecho de encontrar en la prosa de Teresa Espasa analogías formales con su poesía. Ya que la intención fundacional de su escritura es contar, expresarse y comunicar con la mayor claridad posible, esa claridad se traduce en sus párrafos en un lenguaje sencillo y asequible hasta para un lector ocasional. La sencillez aparente de su lectura entraña un enorme trabajo de desbrozo y síntesis, ya que las historias contenidas son por lo general breves (hasta de una página) y en ellas no se encuentra retórica de relleno ni pasajes aburridos o farragosos. La acción es sintética, no solo de principio a fin de cada relato, sino también de principio a fin del libro. Relatos climáticos, por la transparencia de su forma, forma de un fondo que por lo general apela a la emoción.

    Concebido como un ejercicio memorístico en el que se entrevera la ficción, no sabemos si para rellenar espacios que el tiempo y el olvido han ido borrando o para fantasear y saborear impunemente  los gozos del atrevimiento y la irreverencia. Lo cierto y probado, es que Teresa Espasa ofrece cierto grado de ficción en sus historias, pero siempre partiendo de una base biográfica real; algo que ha enseñado a sus alumnos en sus múltiples talleres de escritura y ahora pone en práctica con su narrativa.

    Así, personajes y lugares en los que transcurre la acción, poseen una importancia personal e histórica para la autora y las personas referenciadas. Ir tratando de desentrañar identidades reales tras los personajes, o lugares y sucesos que han tenido lugar tal cual se citan o de forma parecida, es un juego que añade un valor paralelo a la degustación de su lectura.

    Una de esas transfiguraciones la encontramos en el nombre de la protagonista de “todas” las historias, y no es otra que Tsa; acrónimo de Teresa, verdad a medias, pero una verdad al fin y al cabo que señala al yo real del autor, algo que nos hace reflexionar tras leer el primer texto que inaugura el libro, titulado “El yo ficcionado”, unas palabras liminares a modo de poética, en las que ya se nos previene de la delgada línea que separa a la realidad de la ficción y en el que encontramos una pregunta cuya respuesta aspira a justificar ese juego de falsas o verdaderas apariencias: «¿Es preferible un amante de papel construido con palabras , o un amante real que después de seducir esconde la mirada?».

    El primero de los diecisiete relatos lleva por título “Hablemos de Eros”, toda una declaración de intenciones; la forma verbal del título encierra un enclítico «nosotros» que no solo incluye al lector, sino también al autor al mismo nivel y a esto acompaña todas las connotaciones del dios griego Eros, a quien atribuyen la responsabilidad, no solo del amor, sino también del sexo o la fertilidad. En esta primera historia, enfocada como una reunión de amigos, aparece el tema erótico como frívola conversación de un día festivo, lo que da paso a una reflexión mucho más seria y profunda de un amor, que como extensión o como trasunto del sexo en el universo simbólico de la autora, filtrará su poder en cada relato ofreciendo un contraste entre la realidad (amor/desamor) y la ficción (lujuria/sexo) que será uno de los rasgos troncales del libro.

    El relato titulado “La estrategia”, además de nombrar a Ricardo Bellveser, reconocido poeta y periodista, en la cita que lo introduce, alude también al libro de mismo título que Bellveser publicó en 1977, y es justo subrayar la importancia de su autor, tanto en esta obra como en otras de Teresa Espasa, debido a la sana amistad e influencia que los une. En este relato, el narrador se dirige a un coprotagonista, de forma dialógica, desencadenando una pasión que pretende ser erótica pero resulta ser romántica. Y estas dos palabras, `pasión´ y `romanticismo´, definen a la perfección el cariz amatorio de El laberinto de Venus. En el siguiente pasaje puede verse con claridad esta afirmación: «Aunque quisiera, no podría reprimir este afán por abrazarte, ni atemperar mi avaricia por ceñirme a tu cuerpo y decirte: amor, amor…».

    La importancia y trascendencia que la autora da al amor o al sexo en este libro viene estrechamente ligada y condicionada por un plausible estado de ánimo. De escritura intuitiva, puede considerar a enamorarse como algo de vida o muerte: « […] pensé que al igual que Alfonsina yo también podría morir sin amor»; o tomar el hecho de conocer a un hombre apuesto y decidido a conquistar como un mero juego o motivo de diversión, como por ejemplo, en el relato titulado “El pacto”: Nosotras teníamos muchas cosas que compartir. Después de todo, aquel hombre alto, fuerte, elegante, de ojos intensos y mirada penetrante, no nos merecía la pena». En este mismo relato, Tsa, alter ego de la autora, se ve en la tesitura de compartir con su grupo de amigas dos reuniones anuales en las que se olvidarán del mundo y tratarán de compartir y preservar una amistad que, entre otras cosas, es lo que les hace dar algo de sentido a sus mundanas vidas. Y este hecho, no deja de ser un planteamiento utópico y romántico de la amistad en un mundo globalizado y mediatizado por la prisa. El obstáculo de la realidad, las emociones subterráneas, la erosión del tiempo, pero sobre todo, un ejemplo de cómo esquivar la tentación, serán algunas de las propuestas de esta historia protagonizada por cinco amigas.

    Por no destripar al lector más entresijos de un libro al que le invito a adentrarse, terminaré refiriéndome al relato titulado “El regreso de Kaléb”, el cual se presenta como un regreso que es también despedida, una hermosa declaración de amor en forma de aparición que puede leerse en clave lírica como poema en prosa: «Contigo llega la revolución de las cosas pequeñas, astillas de sospecha, recuerdo de una vida que añoraba el susurro de tu voz. // Regresas con la audacia entrecortada, el salitre entre los labios y el beso que siempre  aguarda…».

    No hay rubor ni ofensa en el erotismo de una poeta, pues su búsqueda agónica es la del amor; un amor que restituya el tiempo perdido, que sane las heridas y enseñe a ser feliz. Teresa Espasa llora y grita a través de sus personajes, en ocasiones, sus palabras fingen altanería, orgullo, presunción, pero si fijamos nuestra atención en esos renglones no escritos que todo buen lector intuye y todo buen escritor sugiere, advertiremos que bajo esa petición de amor aguarda un dolor insufrible, un desencanto extremo y una decepción del mundo y sus seres ingratos y mentirosos, que mantiene una constante lucha con su esperanza, su ilusión de vivir y soñar, la virtud de poder amar y ser amada; batalla que teme perder al flaquear sus fuerzas, pero jamás por rendirse, claudicar o simplemente, por no entender la vida de otra forma sino amando.

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Publicado en el número 1 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”.

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Título: Masa crítica

Autor: Francisco Alba

Editorial: Vaso Roto

Género: poesía

Año de publicación: 2013

Número de páginas: 88

ISBN: 978-84-15168-22-5

    Advertido por cierta reseña del poeta Bruno Mesa, abordé la lectura de este libro con el recelo de quien pretende disfrutar de una buena lectura, de quien pretende averiguar los secretos ajenos, saber a qué huele su miseria, airear sus trapos sucios —sí, por ese orden—, pero jamás en ese intercambio de golpes pretende encontrarse a sí mismo.

    Un libro es el lugar menos pensado, el espejo no advertido para encontrar las huellas —versos con piel en sus uñas— de una conciencia herida. Tal es el caso de Masa crítica, el tercer poemario de Francisco Alba. De nada sirvió la advertencia, los poemas de este libro hablan del mundo, quizá con pesimismo, sí, y por ello sus formas son realistas, su reflejo, crudo, pero de forma inesquivable, también habla de nosotros.

   Francisco Alba nació en Barcelona, en 1967. Ha publicado los poemarios Teoría de la culpa (1995) y El contrario (2008), dos obras separadas por trece años de silencio editorial. Ha escrito además un libro de prosa breve titulado Contra el ruido (2010). Es, además, colaborador de revistas literarias como Clarín y El Ciervo.

    Considerado rara avis en el panorama poético nacional, a Francisco Alba le interesa la ciencia, pero también el culturalismo de los novísimos; quizá su lírica se acerca al realismo sucio, pero está impregnada de metafísica, filosofía y humor en distintos niveles y gradaciones. Una pluma inquieta e indagadora que no mancha su amor a las palabras aunque haga cual prestidigitador manoseándolas y travistiéndolas ante el lector profano. A ese incauto lector accidental, o incluso, a ese no lector, va dirigido este libro, un alarde poco convencional de fusión genérica donde en el último poema del libro coexisten sin romper la armonía —y a un mismo nivel literario— diferentes lenguajes: títulos de canciones, números de teléfono, menú de un restaurante, eslóganes publicitarios, alta cultura, basura televisiva, y así hasta desmitificar la solemnidad de un vuelo poético fingido que poco o nada tiene que ver con la realidad.

   Y es que esa masa anónima que conforma la sociedad, lo es por incluir la particularidad del ser, pero también por corromperla, fundirla y homogeneizarla. El sistema fabrica mentes utilitarias, mecánicos y vacíos individuos, y además lo hace en serie. A este desarme y reconfiguración de la conciencia se refiere el poeta en textos como “Roma”, donde tras la aparente inocencia y vulgaridad de lo cotidiano se esconde el veneno de la religión capitalista y sus métodos de control e incitación sa[n]grados: Vamos a por la parejita. / Hablaremos de la fugacidad de la vida en una trattoria de Via Panisperna. / De la destrucción de Corinto hablaremos, y de la tala de los olivos centenarios del jardín de la Academia en Atenas. / La luz ha subido un 9%. / Un profeta de Judea ha redimido a la gata. / En las calles de Roma es relativamente fácil que te atropelle el papamóvil.

    Si es posible jugar en serio, Francisco Alba lo hace. No distinguir la broma del enfado, la sátira feliz del humor negro, son acicates para el lector que busca acomodo en sus versos. La lectura de Alba es siempre incómoda, no busca condescendencia, arde y escupe, huye de la etiqueta popular, pero en su huída, forma la suya propia: Toda nación necesita la tumba de un cadáver anónimo sobre la que dejar flores y baba.

   Debo admitir que llamó mi atención el título del libro, precisamente por la proliferación de una masa acrítica de individuos, su masa crítica globaliza la banalidad y otras aberraciones antropo[i]lógicas. Pero para esclarecer el epígrafe vayamos al diccionario:

 

«En física, la masa crítica es la cantidad mínima de material necesaria para que se mantenga una reacción nuclear en cadena».

 

«En sociología, es una cantidad mínima de personas necesarias para que un fenómeno concreto tenga lugar. Así, el fenómeno adquiere una dinámica propia que le permite sostenerse y crecer».

 

    Ambos conceptos son de análogo movimiento, aunque aplicados a campos diferentes. Alba nos dice —invirtiendo el presupuesto de la teoría de centésimo mono—, que la conciencia global es la que es porque esa mínima cantidad necesaria para influir en el inconsciente colectivo se convierte en mayoría, es innegable, pero se dirige hacia el abismo. Si el propósito o el sueño de cualquier urbanita-filósofo contemporáneo y no adaptado a las miserias tecnócratas que lo rodean, es meditar y trascender en otras mentes la esencia y valores de su pensamiento, la realidad es otra, cruelmente la contraria, la vulgaridad, el consumismo, la violencia, acaparan los vidrios de historia y a nadie sorprende ya que sus valores surjan de un modelo de conducta autodestructivo tan irracional como instintivo: El Nuevo Testamento y la bomba de hidrógeno / pasan por el escáner. / Porque la vida humana es de tal forma / que cualquier cosa puede sucedernos. / Un parásito vive en tu cerebro / y te empuja al suicidio o te enamoras. […] Las almas de nosotros consumidores ascienden / hacia las claraboyas suspirando. / Nos impulsan las alas de murciélago / y un deseo de amar aprendido en el cine.

   El pesimismo de Alba está sobradamente justificado, aunque no alardea de sentimental dramatismo, ni se corona como fácil opositor de esta alarmante tendencia. ¿Cómo se puede concienciar a alguien sin conciencia? Vendiéndole una. ¿Y cómo hacemos que se sienta seguro de su compra? Poniendo nuestro producto en contraste con otros, o simplemente, ridiculizando al rival.

   Y es que en este mundo competitivo, el lenguaje y métodos publicitarios —nada más lejos de la realidad— se convierten en un evangelio de la moral hueca que congracia sus míseras creencias con la prisa, la moda y el mercado de valores: Me preguntaron cuál era mi profesión: soy una res de matadero”. Algo vendemos, eso está muy claro. ¿Qué vendemos? Ni idea.

    Si una tónica lingüística del libro es su prosaico discurso, algunos poemas destilan un manifiesto estilo aforístico. Se alterna el uso del poema en prosa. El yo lírico en primera persona es predominante, aunque existen poemas dialogísticos. Si la sonoridad del verso es blanca de forma permanente, en todo el libro hay una armonía construida en su mayoría por versos imparísilabos: endecasílabos y heptasílabos, frente a una minoría de dodecasílabos.

    Para Alba, el ser humano actual padece un ergotismo galopante como efecto —por ejemplo— tras consumir demasiada cultura envasada; yo lo llamo «lírica transgénica», otros «cultura de masas». De ahí su vocación de poema-molotov para incendiar conciencias, para muchos, producto de un poeta difícil de clasificar: Vivís paralizados por el miedo. //  ¿Qué veis entre las sombras? // Veis a un señor que os roba la cartera. / Carteras de inversiones hipotecas / primas de riesgo, formas refinadas / de la pornografía financiera. / Y cuando estáis tumbados / —en ese duermevela— / un niño autista en Sydney calcula en un programa / a qué edad moriréis.

    Estructurado en tres partes y un epílogo-coda, la impresión general tras su lectura es la de haber contemplado una esperpéntica función de teatro del absurdo. Con el tono seco y descriptivo de Simic, el dramaturgo ordena a los actores que sus muecas empiecen a desdibujarse como parodia, pero también, que no se relajen, pues en cualquier momento pueden resolverse en daño. El resultado de equilibrar las dosis de sarcasmo, ironía y crítica, con humor, historia y expresión poética, da como resultado Masa crítica, un erario moral de irreverencias y verdades, histórico en sus referentes, humano en su doctrina, una poética inquieta y reflexiva en busca —quizá— de un nuevo género, posmodernista e inconforme, antropocéntrico y mutante.

 

Publicado en la revista “La Galla Ciencia”:

http://www.lagallaciencia.com/2018/03/cronofago-de-soledad-benages-por-jose.html?m=1

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Título: Cronófago

Autora: Soledad Benages Amorós

Editorial: Ediciones Babilonia

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 44

ISBN: 978-84-946114-4-5

 

    Decían los poetas sociales españoles que los poetas estéticos miraban al cielo para inspirarse en sus poemas, mientras ellos, miraban al barro. Comprendían que ante problemas y necesidades vitales para la mayoría, describir el paisaje era una frivolidad. El mundo interior de Soledad Benages trasluce un conflicto a través de su poesía. Su poesía es atmosférica, desprende una densidad oscura que hiende y deja huella. La poeta, no solo mira al barro, al barro del suelo para encontrar su inspiración, también se revuelca en él, se mancha y así se reconoce entre el barro que la forma.

    A finales de los años cincuenta, —y por no abandonar tan rápido esos años de cambio en la poesía española— un periodo en el que la poesía social española vivía sus últimos coletazos, vio la luz el poemario Belleza cruel (1958), de la autora Ángela Figuera, una autora a reivindicar. Y a este poemario me ha remitido la lectura de Cronófago. Aunque enfocados ambos desde una perspectiva y un tono diferentes, en los versos de Benages habita una cruel belleza que toca y golpea la conciencia del lector. En su poética, lo confesional incluye un compromiso con la realidad y no maquilla cualquier apreciación por traumática que pueda resultar.

    Cuando uno enfrenta este libro se sorprende por muchas cosas. La primera, podría ser su aparente brevedad. El libro contiene 31 páginas de poemas. Hay poemas de dos páginas, y también, de tres versos. ¿Qué es esa criatura extraña que esplende en su cubierta? ¿Qué significa su título? Podemos decir que el lenguaje que la poeta emplea es sencillo, y sin embargo, el libro no lo es. ¿31 páginas? Habrá quien piense que es un libro ligero de equipaje, pero en cambio no lo es, es muy denso; los poemas tienen extensiones desiguales, cierto, pero algunos llevan título, otros muchos, no ¿qué significa eso? Pulsión; la poeta no ha ocultado su naturalidad creativa. No hay escisiones temáticas, la estructura interna es un poema río y su continua corriente atravesando los paisajes interiores de una conciencia: nostálgica y evocadora, testimonial y lírica, perturbadora y crítica. En cuanto al significado de la palabra que supone el título del libro y la extraña criatura que lo acompaña, la propia autora nos dice: (pág. 42).

    El reloj Corpus es un reloj escultural grande a nivel de suelo afuera de la Biblioteca Taylor en Cambridge, Inglaterra. Fue inventado por John C. Taylor quien llamó a esta bestia el “Cronófago”, insecto metálico, similar a un saltamontes o langosta, devorador del tiempo (literalmente “come tiempo”) […].

    La poeta personifica en esa especie de insecto monstruoso al mismísimo tiempo. Así, la apelación a ese imparable verdugo que tendrá lugar en el último poema del libro supondrá un cara a cara del que no se puede salir ileso.

   Escrito en verso libre y con ausencia de rima, no se aprecia en él el forcejeo por someter el argumento a una impostura estética. La poesía de Soledad Benages es verdad, en cuanto a expresar esa verdadera poesía es su razón de ser.

    Cuatro citas encabezan Cronófago de forma vinculante y premonitoria. Vinculante, porque tanto José Ángel Buesa, como José Emilio Pacheco, además de excelentes poetas, tienen en común proceder de Latinoamérica: de Cuba y México, respectivamente. Y es precisamente en aquella latitud de la tierra donde Soledad Benages, a través de sus viajes, ha tendido un puente sentimental y cultural. Por su parte, Machado y Biedma representan esa otra parte española a la que da acceso ese puente. Y premonitoria, porque en las cuatro citas está presente la preocupación troncal de este poemario, el tiempo y todas sus consecuencias e interpretaciones. Pero eso no es todo.

    El primer poema del libro, titulado “Niños en calle de barro” (pág. 9) es un recuerdo de la infancia. En él, la autora desvela un tono melancólico que será recurrente durante toda la obra. Asimismo sus versos apelan a la sensorialidad, sonidos, olores, la presencia iterativa de un campo semántico telúrico evocan una canción de la tierra que tiene su origen en la cerámica tierra castellonense: Está lloviendo,  serenamente, / sobre el recuerdo. / Almendros, olivos, tierra seca / beben la vida. La escenografía basa sus puntos de fuga en lo memorístico que ya dejó de ser historiografía debido a la erosión del tiempo: Así, gota a gota, / creció la infancia acunada / por voces sin tiempo, / conducida por manos firmes y rudas.

    El siguiente poema, titulado “El fusterico” (pág. 10) acrecienta lo expuesto. De nuevo el yo lírico se zambulle en la nostalgia y de nuevo emerge una dimensión sensorial focalizada en los olores. Todo él es una evocación dolorosa de la figura del padre, un padre del que ha aprendido el desencuentro con la manifestación cariñosa, un padre al que observa en la necesidad de la caricia trabajando la madera en su taller de carpintería: También, cada día, / acariciaba la madera / con sus manos tempranamente encallecidas, / aunque él no lo supiera. Esa sutil apreciación de la caricia al contemplar los movimientos del trabajo artesanal de su padre, supone una revelación del amor como anhelo, una carencia que se diseminará en casi todos los poemas posteriores: Cada mañana, cuando yo salía para la escuela / me miraba con dulzura. / No se atrevía / a darme un beso. / No fue educado para la caricia / -Yo… tampoco-.

    Llegamos al cuarto poema y es aquí donde la autora revela otra de sus profundas heridas y preocupaciones: la soledad. Los versos se ensanchan, la evocación de la infancia, el fantasma del tiempo; hasta en dos ocasiones, la autora empleará la negrita para subrayar la palabra `soledumbre´, la cual refiere además al título de su anterior poemario. Y esa soledumbre es asfixiante, bituminosa, más aún cuando eres consciente del paso del tiempo e intuyes el final del río en su desembocadura:

Perdida hacia el infinito,

la mirada resplandece,

joven ansia de pasión,

en unos ojos verdes.

Y en ese anhelo adolescente,

el paso del tiempo

solo se ve

en las arrugas de la piel.

    La huella del tiempo en el cuerpo es registrada en los surcos de la piel, surcos arados a través de la experiencia de agotarnos entre los sueños, el gozo, los desaprendizajes y la pérdida. Este poema resulta paradigmático. Tratando de desentrañar los elementos actoriales del poema, así como de interpretar su contenido proposicional, advertí que leyendo el poema de abajo hacia arriba también tenía un sentido:

En las arrugas de la piel

solo se ve

el paso del tiempo

Y en ese anhelo adolescente,

en unos ojos verdes.

joven ansia de pasión,

la mirada resplandece,

Perdida hacia el infinito.

    Conforme fui avanzando en la lectura del poemario advertí que este hecho, el de encontrar poemas reversibles, se daba también en otros dos poemas. Concretamente, en las páginas 14 y 15. Esta situación, atípica a todas luces y sin duda, un hallazgo sorprendente, se debe a la tendencia de la poeta a utilizar versos esticomíticos y encabalgamientos suaves.

    Mientras el tono general de los poemas transmite pesadumbre y melancolía, llegamos al poema titulado “Bálsamo de Fierabrás”, el cual debe su epígrafe a la poción mágica que es capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano y que además de aparecer en la biblia cervantina forma parte de las leyendas del ciclo Carolingio. Tras un rótulo así, esperamos encontrar un amor ideal como panacea, una rotunda luz que represente el sentido de las cosas y un haz de esperanza; lejos de eso, la autora habla en estos términos: Eres / Bálsamo de Fierabrás. / Un roce apenas de tu piel, / respirar un instante tu aliento […] Ven / unge mi espíritu / con un renacer delirante. // Y después / desaparece de mi historia.

    Otra de las curiosidades de este libro se encuentra en la página 19. Aquí encontramos un breve poema sin título que bien podría ser considerado un microrrelato; el poema cuenta una historia completa en una casi perfecta rima asonante: Sobre la nieve cayó / la rosa más bella. / La mano que la lanzó / nunca supo que era / la última esperanza / de la diosa primavera. La sencillez y belleza plástica del poema es extraordinaria, y no está exenta de esa simbología de lo sagrado en la naturaleza, como tampoco carece de una profunda enseñanza.

    Algunos poemas están impregnados por la huella de diferentes culturas. Una de las aficiones de Soledad Benages es viajar, y en sus múltiples recorridos a través del globo, las experiencias se han ido sucediendo —y sin ninguna duda— y filtrando a su poesía. Buena muestra de ello es el poema titulado “Noche en Palenque”, inspirado en un yacimiento maya ubicado al noreste de Chiapas (México), en el que la poeta encuentra una analogía entre su arquitectura interior y la arquitectura exterior que contempla con asombro.

    El poema titulado “Caleidoscopio” está inspirado en una playa de Baracoa (Cuba). Pero el poemario también cuenta con reminiscencias de la cultura japonesa, hay varias citas referidas a Basho, monje cultivador del haiku, e incluso pequeñas composiciones que respiran ese contemplativo estado de emoción. Muchas son las texturas contenidas en este libro, muchas, las referencias y aristas, los detalles sutiles que hay que interpretar, como por ejemplo: la referencia al «giraluna» de Aute en el poema titulado “(Des)concierto”.

    Si el poema titulado “Sin dolor de contrición, sin cumplir la penitencia” ya representa, dentro del tono y organicidad del libro, un claro atisbo de rebeldía: el yo lírico no quiere resignarse solo a sufrir; llegamos al último poema del libro, titulado “Cronófago”, y en él se da una ruptura emocional completa, un giro diametralmente opuesto estructurado en cinco partes en las que la persona poemática lucha, se levanta en pie de guerra y ofrece resistencia ante este terrible cronófago que representa el olvido, el tiempo, la muerte. Aquí la poeta olvida su melancolía y decide defenderse atacando. Su último suspiro es un mandoble de versos que transforma las aciagas lamentaciones en una muy esperada esperanza: Entraste en mi casa / sin haber sido invitado. / La oscuridad amparó tu felonía. Los versos adquieren el carácter dialogístico de alguien que enfrenta y apela a su interlocutor: Fuiste fantasma sigiloso durante demasiado tiempo, / creíste que éste iba a ser tu hogar mientras/ conseguías destruirlo y a ti con él. Y es en sus dos últimas estrofas donde el yo lírico aparece fortalecido en los imperativos que conducen a dos estremecedores versos finales que clausuran el libro:

Quiero caminar sin anclajes, sin lastres

—esos los dejo para ti—

Siempre liviana

y abriendo la puerta sólo al índigo del horizonte.

Quiero dejar anidar humildemente la sencillez del pan

y ser inflexible, como guardián del tesoro,

con parásitos de sepulcros

que pretenden adueñarse de la luz.

    En “Cronófago”, Soledad Benages demuestra ser una poeta polivalente difícil de etiquetar; no solo prospecciona su memoria, también su alma, y ofrece un arriesgado ejercicio de indagación y descubrimiento como quien ofrece cuanto tiene a cambio de nada. Su poesía, carece de evidencias estilísticas de género, aunque podríamos decir que es existencial, melancólica y realista en su formulación de la realidad lírica; tampoco hace uso de rasgos temáticos asociados a la poesía femenina, su neutralidad hace difícil averiguar el sexo del autor, y me atrevería a decir que su poesía es muy masculina. Como poeta, esta autora castellonense es valiente, no busca condescendencia, grita su poética a cualquier precio y rehúsa los lugares comunes en tono y forma. Sus poemas, climáticos por su transparencia, conservan la porción salvaje de lo concebido como pura expresión; sus poemas, son barro desnudo.

 

Crtica publicada en el número 1 de “Crátera. Revista de Crítica  Poesía Contemporánea” (2017).

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Título: Infierno y nadie

Autor: Antonio Marín Albalate

Editorial: Unaria Ediciones

Género: poesía

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 346

ISBN: 978-84-943850-8-7

 

 «Nací cerca del mar y creo en mis hijos como en la palabra por venir. Dejo para el fuego cuanto he publicado. No busco otro destino que escribir un verso muy hondo, donde ahogar la nieve de la vida».

 

Con estas precisas palabras se presentaba a sí mismo el poeta Antonio Marín Albalate (Cartagena, 1955) en una de sus páginas digitales. Y sí, es cierto que deja para el fuego cuanto ha publicado. Poeta esforzado en ser y escribir, no lo es tanto para bailar el agua, pavonearse o entrar en los escaparates de intercambio de favores, tan a la orden del día en la lírica actual. Como ocurre con los grandes poetas, escriban prosa, textos periodísticos o la lista de la compra, en sus palabras siempre se halla poesía.

    Como poeta díscolo y no homologado por la ortodoxia del canon, Albalate lleva componiendo desde el año 1978, en el que publicó Apocalipsis en mi menor para bajo a una sola voz (Cuadernos de poesía “El Cuervo”), una densa e irreverente obra poética que respira por sus múltiples heridas y a su vez se regenera y cicatriza en su particular búsqueda de una belleza sincera en contraluz con el absurdo.

    Como parte de ese autorretrato involuntario que compone toda bibliografía, vuelvo a poner de ejemplo las palabras del propio autor como reflejo verdadero de su vida y su poética:

«Yo, Antonio -que, como Juan Cartagena, ¿Sombra de lo siniestro? escribí- siguiendo el dictado de Pessoa, me declaro un fingidor y, por tanto, partidario del elogio a la mentira. Ejercitándome en ello, a la hora de escribir, he perdido ya más de media vida. Por eso estoy tan Todo, de vuelta de Nada; llamarme Pilatos y sólo eso sí, en el camino, escuchando la música de las palabras por si llegaran a ser canción en el tiempo del poema. Desconozco el significado de la palabra vanidad, de la misma manera que detesto el necio lenguaje de los espejos. Suelo llevar agua en los bolsillos por mi tendencia a llamarme Pilatos y sólo me humillo ante la erótica del poder que la Belleza ejerce en mis ojos. Lo demás, es más mentira todavía».

    Navegar como lector por Infierno y nadie, una antología esencial —editada por Unaria Ediciones— que compendia treinta y seis años de vida poemática (1978-2014), propone, además de un viaje en el tiempo a través de una conciencia, el particular decálogo poético de un inconformista renovador de la palabra, como lo es Marín Albalate.

    El libro cuenta con la selección de textos, estudio preliminar y notas de José Luis Abraham López, quien en su —breve, para cuanto abarca— atrio no necesita más que unas cuantas páginas para radiografiar acertadamente al autor de El humo de las palabras (1996). Aquí, el profesor Abraham López llama al poeta «desdoblado» debido a sus múltiples perspectivas, tonos y voces; lo cual se ha transcrito también a lo largo de su carrera a través de sendos seudónimos con los que ha firmado algunos de sus libros: Juan Cartagena, Josep Tapies Segundo o Tonino Albalatto. Subraya también que la conciencia creadora del artista marcha en paralelo a su capacidad metamórfica. Y es que no es fácil esquematizar una obra conformada en treinta y seis volúmenes, un legado  diverso y polivalente que en simbiosis con la experiencia vital tiende a mutar, no solo sus modos, sino su punto de vista: «Eso pienso -luego escribo- en tanto / intento poner a punto la vieja / “Remington” que mi padre olvidara / en una caja llena de Guerra Civil».

    Poeta prolífico como pocos, Albalate ofreció al mundo, solo en los años 1996 y 2001, hasta ocho poemarios. Estamos, por tanto, ante un creador que preserva su esencia con el paso de los años, pero a su vez la pervierte, la estira y muerde, invierte y reconfigura en un ejercicio —coherente en su dinámica indagadora— paralógico.

    Esa capacidad transformadora se convierte en manos del autor en una herramienta incidental y parentética frente a la realidad aglutinante y su discurso. Su novación continua de la forma para replantear y enriquecer el fondo es una constante que flexibiliza su poética al tiempo que incentiva a participar al lector más activo.

    En esta síntesis poética es frecuente encontrar sarcasmo, erotismo, realismo, criticismo. Como también, paráfrasis, antonimia o antítesis, como vehículos de una potenciación gráfica capaz de trascender en el pensamiento, lo que revela el doloroso divorcio del lenguaje y el mundo.

    Entre el juego (bala de fogueo) y la necesidad de expresar (ráfaga de tiros), los versos de Albalate no censuran sus estados de ánimo, al contrario, los magnifica y vuelve juez de su particular duelo con la vida: «Frío es tener hígado con cirrosis / para ver cómo se desangra el poema. / Frío es tener hígado suficiente  / para rematarlo en un callejón  / sin salida. De una bala en la bilis,  / rematar a esa víscera que nos mata». Y en ese desafío constante, la muerte, tácita sombra en invernal espera, cobra un valor metafísico, filosófico y determinante. Desaparecer del mundo obliga a profundizar lo máximo posible en ese tiempo de vida, el iniciático proceso de maduración, análogo al de la fruta, que comienza por asumir el desapego y culmina, al igual que esta, en servir para algo antes de la putrefacción: «Frío es también abrir la nevera / y no hallar cerveza alguna con que / seguir asesinando al rojo pardo / que en su síndrome de abstinencia protesta; / y frío es abrir sin éxito alguno / la ventana para ver cómo el vacío / todavía no se atreve a llamarnos».

    Pesimista por existencialista, pero también libre por apasionado y comprometido con la vida, Marín Albalate llama a las cosas por su nombre sin tapujos y sus preocupaciones mundanas, trasladadas a la poesía, se transforman en incertidumbres universales: «Dejarse llevar por la maquinaria / de la melancolía es muy fácil. / Lo realmente complicado es poder / pararla a tiempo, antes de que / su engranaje nos detenga a nosotros».

    Antonio Marín Albalate, además de poeta, es agitador cultural y un personaje habitual en la cultura murciana. Famosos son sus intentos por fusionar poesía y otros géneros, así como sus ediciones sobre Leopoldo María Panero y trabajos con grandes cantautores, como Serrat o Aute.

    Entre los numerosos premios que ha conseguido por su obra poética podemos citar algunos como: Murcia-Joven, 1984; Ciudad de Hellín, 1993; Ernestina de Champourcin, 1995; Ciudad de Purchena, 1997; Emma Egea, 1997; José de Espronceda, 1999; Pedro Marcelino Quintana, 2001; Juan Bernier, 2002.

    Infierno y nadie quizá cierra una etapa para abrir otra nueva. Su anárquico talento necesita un sesgo trasgresor en constante cambio: ultraísmo, creacionismo; en definitiva, valentía, para contrarrestar la caterva, cada vez más ingente, de un mundillo poético adocenado.

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Antonio Marín Albalate

Publicado en la revista “Oculta Lit”:

http://www.ocultalit.com/narrativa/el-hombre-que-cabia-en-la-palma-de-su-mano-la-opera-prima-de-francesc-barbera/

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Título: El hombre que cabía en la palma de su mano

Autor: Francesc Barberá

Ilustraciones: Riki Blanco

Editorial: Unaria Ediciones

Género: microrrelato

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 215

ISBN: 978-84-947109-3-3

Amelia Díaz Benlliure es una gran poeta castellonense. Su labor como editora, al frente de Unaria Ediciones, no es menos grande si tenemos en cuenta la visible evolución de un sello editorial —de los honestos, sí, esos que no piden dinero a sus autores por publicar— que en pocos años ya gestiona su propio certamen literario, tiene presencia activa en ferias y festivales a nivel nacional, y su nómina de autores ya aglutina bastantes firmas imprescindibles.

La importantísima figura del editor en el panorama literario actual se está perdiendo. Algunas editoriales maquetan lo que el autor les envía, sin proponer un mínimo de corrección ortográfica o de estilo, trasladan a la imprenta unas galeradas a las que les falta la opinión experta de un editor; porque una cosa es escribir, y otra muy diferente, es editar. Toda publicación rigurosa debe pasar por las manos de un editor al que le apasione su trabajo, que mime cada publicación, y ese es el caso de Díaz Benlliure. Como editora, no solo tiene el mérito de apostar por autores noveles que más tarde despuntarán, sino también de encontrar la forma física más adecuada para cada obra que publica.

El hombre que cabía en la palma de su mano está escrito y editado de forma valiente. Sus medidas de bolsillo (14,5 x 15,5 cm) lo convierten en un objeto fácilmente manipulable, puede acompañarnos en el autobús o el metro; pero su estética y tacto seducen desde el exterior: encolado, solapas, página de guarda en consonancia estética; y ya en el interior, nada se apelotona ni entorpece la lectura, al contrario; los microrrelatos se encuentran en las páginas recto, y el blanco de la página o en ocasiones, las ilustraciones en blanco y negro de Riki Blanco, en las páginas verso. Su diseño, desde la tipografía, al color (luminosidad) y la ubicación centrada de los textos, son rasgos que denotan una cuidada edición que, para aquel que entiende, no cae en saco roto.

Por microrrelato, entendemos un texto breve, aunque los hay de más de una página. Evidentemente, pensamos en un texto narrativo, una especie de historia condensada en pocas líneas, un ejercicio literario de síntesis en el que la retórica o lo no significativo no tienen lugar. Y entendemos bien, aunque por brevedad, el libro que nos ocupa es más breve, si cabe. Como dato, decir que uno de los microrrelatos de Barberá está escrito únicamente con seis palabras, más el título; por tanto, no solo microrrelatos, sino una buena cantidad de nanorrelatos, componen esta obra. Lejos quedan esas doscientas palabras o ciento cuarenta caracteres a los que estamos acostumbrados. Y qué decir de los títulos. Ante una empresa tan ardua, el valor catafórico del título cobra especial relevancia. La elección de los títulos como tales, además de su presencia en mayúscula, negrita y yuxtapuesto al texto, es muy acertada, hace que la posible interpretación del texto siempre caiga del lado bueno. Una buena muestra de ello es el siguiente ejemplo:

SE PRECISA VIDENTE

— Llamaba por lo del anuncio que publicaréis mañana.

Barberá se revela como un malabarista de palabras, ya en la contraportada del libro, Miguel A. Zapata previene de  esta forma:

No es imposible que un hombre quepa en la palma de su mano. Solo se precisa la palabra exacta que conjure el prodigio. En este espléndido y sorprendente volumen de textos brevísimos, Francesc Barberá nos deleita con brillantes juegos léxicos, piruetas verbales, refutaciones varias de las leyes físicas, trampantojos lúdicos, sucesos inauditos, atrocidades poéticas y crímenes ejemplares. Una obra, en definitiva, amistada con lo maravilloso como solo la buena literatura puede hacerlo.

El imaginario del autor es muy amplio, bebe de muchísimas fuentes, y por ello, la diversidad de registros en cuanto al género, o la ingente capacidad de recursos literarios, son hechos manifiestos que dotan al conjunto de un  ritmo, peso y profundidad muy equilibrados. El humor, es sin duda, una constante de su propuesta, algo que conecta con el lector y le hace empatizar rápidamente con lo narrado; múltiples géneros humorísticos se resuelven en estos relatos, quizás el humor negro tenga una especial presencia:

VACÍO

Lo abrí en canal. Ni siquiera así encontré a su niño interior.

Pero si un recurso estilístico predomina en toda la obra, ese es la elipsis. Pragmáticamente, exige un lector activo, pero la habilidad de Barberá hace de este libro una antología de minicuentos para todos los públicos. Lo no narrado, pero contrapuesto a lo narrado y por ello sugerido, se evidencia magistralmente en microrrelatos como:

TERAPIA

Ahora vístete y cuando cuente hasta tres, despertarás y no recordarás nada.

En lo formal, encontramos condensación temporal, sí, pero llena de paradojas. Indizado en la modernidad cultural,  en una urbanidad polivisual y decadente, precisamente su ironía no oculta el juicio de valor de una conciencia que expende su opinión a través de omitidas y fabulosas moralejas.

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Francesc Barberá

Su intertextualidad es poliédrica. Dado lo esquemático del espacio literario y su dependencia de lo paratextual, la concisión, tanto del enfoque narrativo, como del lenguaje empleado, revela la maestría de un autor que no parece un recién llegado a estos lares. Barberá dota de encanto a sus composiciones, se maneja como pez en el agua ante la escasez de recursos, su capacidad intelectual resuelve adecuadamente cada microhistoria, y aunque parezca mentira, las culmina con contundencia.

Los microrrelatos se suceden en un continuo que en ocasiones pone de relieve agrupaciones temáticas. Es justo señalar que las ilustraciones de Riki Blanco conviven armónicamente con los textos e incluso aportan más personalidad a la obra a través de su mordaz transparencia. Estas pequeñas píldoras de letras son, en ocasiones: pedradas, por su crítica; balas, por lo expeditivo de sus argumentos; cosquillas, por su motivación a la risa; pero también fábulas o simplemente fantásticas ficciones. Toda etiqueta es injusta e incompleta ante una obra de estas características. Este libro cabe en la palma de nuestra mano, pero no su riqueza, el talento de su autor sobrepasa cualquier límite y propone un juego en el que las reglas cambian al pasar una nueva página, como por ejemplo, en el texto titulado “El ahorcado”, donde el motivo al que se alude es descrito uniendo las letras que faltan:

EL AHORCADO

Fin_lmente, encontró un _otivo para n_ quita_se la vida.

De lectura amable, música entretenida y paisaje mental sofisticado, estas cien breverías sacuden las telarañas del cliché, por su ironía, parodia o metaficción; deshojan la rutina del lector adocenado en el redundante clasicismo y falta de innovación de gran parte de la producción literaria actual, y nos enseña, a la vez que entretiene, otra forma de hacer literatura, sin duda, pequeña gran literatura, en la que el simbolismo y la poesía, rearman y dulcifican una prosa —ilusionante— más necesaria que nunca:

PANTOMIMA

En el parque, la gente se burlaba del mimo que tiraba de una cuerda.

Hasta que aquel edificio se derrumbó.

Publicado en la revista “La Galla Ciencia”:

http://www.lagallaciencia.com/2017/10/la-piel-melaza-de-sonia-aldama-por-jose.html

Sonia Aldama, foto de Eduardo Cano

Sonia Aldama. Fotografía de Eduardo Cano.

Título: La piel melaza

Autora: Sonia Aldama

Editorial: Ediciones Torremozas

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 60

ISBN: 978-84-7839-699-3

Sonia Aldama Muñoz (Madrid, 1973) publica La piel melaza, su segundo poemario tras Cuarto solo (Aflora Libros, 2013), y lo hace bajo el sello Ediciones Torremozas, en su colección La Noctámbula. Si en su anterior obra la autora decidió como uno de sus ejes, la familia, y como simbólico baluarte de la luz y cuanto representa, las flores, en La piel melaza regresa a esa misma tesitura, pero la amplía. Aquí la dimensión humana abarca a lo social, también lo íntimo, y las flores forman ya jardines que son asolados por la incomprensión, la soledad o el paso del tiempo.

El cuerpo humano sigue siendo una geografía de la metáfora para la autora. No en vano, la piel, elemento corpóreo de extrema sensibilidad, además de protagonizar el título, es la frágil corteza que registra las heridas y es hollada por la tristeza y erosionada por el tiempo, suponiendo una analogía de la consciencia a través del tacto.

El poemario se estructura en tres partes: “De tanto tiempo”, “Labios, ojos, vida y calma” y “De tantas hojas”. Cada una de estas partes se compone de diez poemas, su equilibrio estructural es simétrico, como también lo es su equilibrio pictórico. Dos ilustraciones esplenden en cada bloque, y hasta tres artistas plásticos se encargan de ilustrar este poemario: Javier Plata, Silvia Domínguez y Guadalupe Aldama; excepto Javier, ambas artistas ya trabajaron con Aldama en su anterior proyecto.

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El libro también cuenta con un espléndido prólogo, el que firma Sara Medina, quien acierta al disertar sobre la morfología argumental e interpretaciones de la obra: Resistir ante tanto desamparo, ante tanta hostilidad, pero ¿cómo? / Arropados por la oscilante y apasionada certeza de la poesía. Es cierto que en el prólogo no se menciona la labor plástica de los ilustradores, y también es justo subrayar que las creaciones artísticas dialogan con los versos en equilibrada armonía.

Ya sea evocando un recuerdo, describiendo o apelando, el tiempo en el que se expresa el hablante lírico —trasunto de la propia poeta— es el presente. Confesional y a través del monólogo en algunos poemas, la autora escoge un tono dialogístico general para apelar con su discurso a diferentes interlocutores. Con una cadencia en verso libre y blanco no exenta de ocasionales asonancias —el poema titulado “Ella” está escrito totalmente en rima asonante cruzada— y usos polimétricos, la autora otorga a la primera persona el enclave principal de los poemas; la segunda y tercera personas aparecen en contadas ocasiones, y la transparencia léxica de todas, unida a una rítmica y vital sintaxis, provoca la aparición del resplandor poético en la ruptura gramatical.

Es recurrente el uso de aposiciones sustantivas: labios lengua, pétalos espinas o caléndula guirnalda, son rasgos vigorosos de una conciencia poética encendida que va en busca de su propia gramática.

La constatación de un mundo en disenso consigo mismo: Cada emisario en sus vicios, unida al desencuentro social: prejuicios disfrazados / en deslenguada ofrenda, / desertores sin acento,  provocan la inquietud y el miedo en la inocencia de lo frágil, pero también su instinto de supervivencia: Sobre gotas metales / palpitan escombros / en muros desarraigados. / Y a veces, aun entonces, / sobre este acero / quema el vientre y regreso. De esta manera se culmina el poema titulado “Batalla”, un fiel exponente del carácter combativo que impregna a toda la obra.

El poema titulado “Te tengo bajo mi piel” (traducido del inglés que aparece en el libro) es un préstamo titular de una canción de Frank Sinatra. En él se narra de forma dulce una reconciliación provocada por un emotivo momento musical: […] Una canción resbala de tu boca / y nuestros labios ponen fin / a la melodía y al desamor.

En 276 versos, la poeta compone un manifiesto moral y psicológico de resistencia y daño. El desvelo y adoración por los seres queridos, la recepción del dolor por la percepción de la realidad, la metáfora carnal de lo inefable en lo erógeno del cuerpo; todo pensamiento o emoción es transferido al lector con precisa pulcritud, la brevedad de los poemas y su humildad lo hacen posible.

La mirada poética de Sonia Aldama madura en cada libro, y con ella, aumenta el estremecimiento y asombro del lector, pues este descubre que el mundo y todo cuanto nos hace humanos, olvida sus diferencias y consuena a través de la emoción, la orografía y accidentes de la tierra tienen su analogía en la morfología del cuerpo humano, al menos, así lo advierte y argumenta la poeta; toda verdad que es colocada ante el espejo es temblor, música y luz, como los poemas de esta herida piel melaza que construye su propio lenguaje en la cúspide del sentimiento, a través del amor.

Publicado en la revista Oculta Lit:

http://www.ocultalit.com/poesia/lienzos-de-mar-busquets-mataix-y-la-ecfrasis-de-la-memoria/

Cubierta de Lienzos

La pintura y la poesía siempre han estado unidas. O por lo menos, todo pintor aspira a la poesía en sus obras, y todo poeta se ha inspirado en la pintura, ya que le es imposible aspirar a detener el tiempo o atrapar la luz. Ambas artes poseen lenguajes diferentes. El ser humano es capaz de pintar o poetizar para expresar con ello mensajes que provienen de diferentes latitudes interiores, seguramente, de no ser así, la historia de la raza humana habría sido muy diferente. Mar Busquets-Mataix pinta con palabras en Lienzos, y al mismo tiempo su palabra aspira a ser pigmento.

La editorial valenciana Pre-Textos edita este libro tras haber sido premiado en el XXXIV Premio Ciudad de Valencia Juan Gil-Albert. Busquets-Mataix es una escritora tenaz, como pocas. En los inicios de los años noventa del pasado siglo comenzó a publicar poemarios: La pausa (1992), Los hombres de paja (1996), La curva del aire (1997), y también comenzó a merecer sus primeros reconocimientos: La Buhardilla (1992), Premio Valle Inclán de la Universidad de Bilbao (1994), y así fue creciendo como escritora y forjándose una fructífera carrera, no solo como poeta, sino también como narradora. De la invisibilidad (2013) y Lo efímero (2015) son sendas novelas que su pluma ha brindado a los lectores.

Hemos dicho que la pintura y la poesía pueden cubrir diferentes necesidades expresivas del artista, no cabe duda, ¿pero qué ocurre cuando la una describe a la otra? Pintar un poema, poetizar un paisaje. De esa pretensión nacen la ilustración y la écfrasis, técnicas de las que surgen obras cognadas de una misma belleza.

Los versos contenidos en Lienzos representan una necesidad vital para su autora, en ellos, conviven poemas de cinco versos con otros de varias páginas; poemas con título o desprovisto de él, y en su naturaleza óntica se trasluce el sentimiento, la reflexión y la emoción de una mirada que recuerda, sufre y se interroga: Cómo entender el silencio / que blinda la tierra / de los vivos y nos cose / al filo de los días / acaso redención / o abismo.

Su lectura manifiesta pulsión, catarsis; ya en su primera parte, titulada “Grito”, nos topamos de lleno con la realidad de los refugiados, asunto que no tarda en encogernos el corazón. La orilla de una playa es el escenario permanente donde la realidad pone a prueba a la conciencia humana: Siempre tan solitarios / como ahora / cuando vamos al mar / y no somos el mar, // y mordemos la orilla / o morimos.

Cuestionamiento de la palabra escrita, pero también evocación, al ser afectados por su influjo, son temas abordados en una segunda parte donde el amor se posiciona en un estatus privilegiado con respecto a la efervescencia que lo rodea: Mis palabras / se posan en tu piel, / respiran quedamente, / sonríen, / se desvisten, / te desarman.

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Mar Busquets-Mataix

En este segundo apartado titulado “Palabras” la viga maestra es el lenguaje. La preocupación de la autora sobre este tema inunda los poemas de reflexiones metaliterarias, sus palabras se dirigen a un interlocutor homólogo, pero aluden constantemente a esa fuerza ulterior que es el lenguaje: Hablemos de metáforas; / ideas nuevas y cambiantes, / oscuramente bellas / cuando juntas muerte amor / lo bello y lo siniestro, / te suben por los brazos / o los párpados, / asombran y sublevan.

Lo erógeno y frágil del cuerpo humano encarna la fisicidad de las preguntas en el tercer apartado, titulado “El cuerpo”; una caricia, un silencio, un amanecer puede desencadenar el cielo o el infierno, la seguridad de la montaña o el vértigo del abismo: Desprovista de mis armas / me vi dentro de ti, / lo que ansiamos, / y no somos; / la belleza.

El Bosco, Munch, Sorolla o Klimt, dan pie a la autora, a través de algunas de sus obras maestras, a culminar “Lienzos”, un apartado lleno de luz y sensibilidad, donde el color y el verbo se funden en una poesía que se espacia sobre la hoja, que se reitera en los versos, y subraya la importancia de vivir: Son los mantos, las sedas / con que cuidamos este roce / frágil y misterioso / para elevarlo, / y pulsar // lo que nos devuelve / a nuestro origen: // la luz.

“Vivir” es el nombre del último apartado, una coda diseminada en tres actos en la que las manos, como símbolo dador de amor mediante abrazos, caricias, consuena armoniosamente en esa noche ilimitada  en la que el yo lírico arde, vive, ama ignorando de qué lado está la vida: Porque finalmente / no son tus manos / lo que tanto amo en ti / sino su propio giro silencioso, / la cadencia de mi piel / en la yema de tus dedos.

Viaje sensorial el que propone Busquets-Mataix, donde la prosografía del cuerpo humano a su vez describe la orografía de un mundo interior, ideal y metafísico que permanece atenazado por el daño. Lo inefable vibra y se estremece por analogía al temblor de la carne, ya que después de todo, un libro es un lienzo buscando una vida que lo reconozca; un cuerpo es un lienzo cuyo autor es la vida.

 

Publicado en la revista “Oculta Lit”:

http://www.ocultalit.com/poesia/metamorfosis-el-poliestilismo-de-amparo-andres-machi/

 

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Título: Metamorfosis

Autora: Amparo Andrés Machí

Editorial: Chiado Editorial

Género: miscelánea de artículos, relatos y poemas

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 112

ISBN: 978-989-51-9900-6

El diseño de cubierta del libro, obra de María Guirão, ya es premonitorio en cuanto al contenido, pues el eclecticismo de un collage representa a la perfección el afán convergente y unitario de esta obra con referencia a los géneros literarios.

En la propia contraportada del libro, Amparo Andrés Machí (también conocida como Stelmarch), su autora, alude a la Ars poética de Horacio —también conocida como Epístola a los Pisones—  para relacionar la fusión de filosofía y literatura —si es que tal separación puede llevarse a cabo— llevada a cabo en Metamorfosis, un libro en el que los géneros narrativos se imbrican, sí, pero sin renunciar a la poesía.

El propio Horacio, en el siglo I a. C. ya observó en el tópico denominado prodesse et delectare, las cualidades que debía tener todo texto que aspirase a entretener y enseñar. Una posible traducción a dicho término sería «enseñar deleitando», y eso es precisamente lo que consigue este libro. Dulce et utile, este libro miscelánea (según palabras de José Vicente Peiró, firmante del prólogo) encuentra en la emoción de la diversión el recurso mnemotécnico para ser didáctico.

Que las ideas de un artista, en este caso, poeta además de narradora, no siempre confluyen en una obra aparentemente homogénea, en una ordenación de modos y tiempos que nos parezca coherente, es algo que Cortázar demostró con Rayuela, Borges con El hacedor —como bien señala Peiró—, o más recientemente el propio Masoliver Ródenas con El ciego en la ventana. Cuando el caudal expresivo-artístico es torrencial, encontrar el molde que lo contenga se convierte en una tarea compleja.

Conceder al texto la morfología que reclama es más sabio que forzar su armadura al esbozo de nuestras aspiraciones. Amparo Andrés comienza su libro con un texto ensayístico sobre la poesía, “Metamorfosis de la poesía”, y sus consideraciones no resultan chocantes con respecto al siguiente texto, “Tu magia, poesía”, un elegante poema en prosa, ya que su lenguaje, lejos del academicismo presumible en un texto ensayístico, se naturaliza y acerca a la conversación íntima, provocando con ello no solo la comprensión del lector, sino también una agradable clima de recogimiento y confianza.

Dicha continuidad en el lenguaje hace que los saltos entre géneros, lejos de resultar bruscos, sean interesantes. Pone de manifiesto la estratificación inconsciente del hecho literario. Por ejemplo, para ejemplificar con pasajes de los textos citados: El buen estilo en prosa es siempre rehén de la precisión, / rapidez e intensidad lacónica de la dicción poética. La autora expone opiniones sobre temas que le preocupan y también las argumenta. Pero también:

En esos mismos momentos te capturo intacta como una flor de un día y tú, juguetona, me das la espalda y desapareces como un hada que se esfuma dentro de la flor que la contiene… pero siempre queda tu perfume en el aire, intacto y embaucador.

De lo testimonial, a lo confesional y sensible con la habilidad de los grandes narradores que envuelven con imágenes muy nítidas cualquier suceso o pensamiento. La autora hace uso de una gradual profundidad en sus escritos a través del estilo.

El libro está estructurado en trece partes: doce metamorfosis y un ensayo sobre un relato de Borges. La temática de esos doce apartados abarca: la poesía, el silencio, el tiempo, la libertad, el amor, las personas; temas humanos abordados de manera existencial; pero sobre todos ellos prevalece un cuestionamiento o una reflexión permanente sobre las palabras. Es verdad que la poesía ocupa un lugar protagonista, pero la preocupación por el lenguaje presenta en sus textos una perfecta oposición al silencio:

La poesía me resuelve

la línea curva donde reposan mis ojos de insomnio

entre versos ajenos

cuando no te tengo

y me duelen las llagas de las paredes

que sin voz delatan al mundo y sus intrigas

sobre mí vertidas ahora.

La poesía, y por ende las palabras, representa la tabla de salvación contra el desamor o el tiempo. El silencio es un refugio en el que el yo lírico se adentra para equilibrar un mundo interior atestado de emociones:

La tierra, el agua y el aire

saben de mi fuego de lucha callada

y el mar del desasosiego

espera su amor

en el naufragio de las preposiciones.

Por no desentrañar más contenidos del libro, ya que descubrir sus argumentos y múltiples correlaciones son algunas de las apasionantes tareas del lector, reproduciré un fragmento del interesante y necesario prólogo —que un libro de estas características necesita— de José Vicente Peiró, quien acierta de lleno en su disertación sobre esta obra:

No se pierdan “Claroscuros de otoño” por su intensidad y su pasión lírica. Si la autora no se ha dado cuenta del silencio, como expresa, el lector sí debe hacerlo porque es necesario, y si cita a Schopenhauer y su división de la libertad en tres modos (física, intelectual y moral) no es para debatir con el filósofo alemán, ni tampoco con Saussure o Wittgenstein al hablar del sentido de las palabras, sino para construir un mundo poético, que es donde se encuentra más a gusto.

Con la publicación de Metamorfosis, Amparo Andrés culmina su tercer libro, tras Filoversando en Nod (Evohé, 2013) y Cuentos neuróticos (Chiado Editorial, 2015), demostrando con ello la escisión de su corazón entre la narrativa y la poesía, además de un inquieto talento para plantear preguntas y contar historias, escenarios donde esta autora se maneja con versátil creatividad.

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Amparo Andrés Machí

 

Publicado en “Revista de Letras” de “La Vanguardia”:

http://revistadeletras.net/gema-palacios-maneras-de-nombrar-el-vacio/

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Título: Treinta y seis mujeres

Autora: Gema Palacios

Editorial: El sastre de Apollinaire

Género: poesía

Número de páginas: 78

Año de publicación: 2016

ISBN: 978-84-938931-9-4

Treinta y seis mujeres es el tercer poemario de Gema Palacios (Zaragoza, 1992), Compañeros del crimen (Ediciones Paralelo, 2014) y Morada y plata (Ebediziones, 2013) le preceden. Esta joven autora ha encontrado acomodo en El sastre de Apollinaire, sello editorial en proyección ascendente, gestionado hábilmente por Agustín Sánchez Antequera. Si fácil es entregarse como editor a ese brote cantautoril del que algunos sacan buen partido, y no tanto pecho, Antequera ha escogido el camino difícil. Apuesta en esta ocasión por Gema Palacios, exponente de una generación poética —liderada por Elvira Sastre y coetánea a la generación aludida— que ha florecido líricamente durante el último lustro, pero demuestra haber perdido su tiempo cribando la arena de las letras, y como buen forty-niner, en cada nueva entrega nos ofrece su selecto yacimiento.

gema-palacios fotografía de Alberto Rivas

Gema Palacios, fotografía de Alberto Rivas.

Libro dedicado a tres mujeres; una cita de la poeta rusa Marina Tsvietáieva: La poesía es el ser, el no poder hacer de otra manera, nos previene de ese irrevocable fervor poético al que está abocado todo letraherido. Un fervor que en este poemario se concentra en una defensa de lo femenino, si es que tal distinción puede hacerse, además de un inconformismo moral e intelectual, a lo que hay que añadir el amor. Estas tres vetas nucleares confluyen y conforman, de manera indisoluble, los rasgos característicos de la identidad del hablante lírico.

“Tres maneras de nombrar el vacío” es un preludio que además de revelar la fascinación que siente la autora por la estética arábiga, expone sin titubeos su radical postura ante el machismo endémico que carcome la sociedad: Las mismas mujeres que ahora recobran la voz, / ahora hablan. Esas tres maneras de nombrar el vacío a las que alude el epígrafe, se corresponden con los tres actos en los que se divide el libro, si tomamos “El lugar para ser” como una coda prorrateada en cuatro partes.

A su vez, dichos actos ya anticipan catafóricamente en el título la direccionalidad de una mirada que comienza su recorrido en las manos, para dirigirse después a los labios y terminar en los ojos de quien enfrenta. Esa ascendente visión de lo metafísico en lo físico viene condicionada por el título de su primera parada: “Palabras-palma de la mano”, término utilizado por la citada Marina Tsvietéieva —heroína en quien la autora reconoce sus propios valores— en una de sus cartas a Abraham Vizniak. De esa construcción compuesta por «palabra» y «palma», dos naturalezas diferentes unidas para formar una nueva y ambivalente figura, la poeta arguye la idea para componer, de la misma forma, los títulos de los sucesivos bloques. Así encontramos “Labios precipicio” y “Ojos horizonte”, dos bellas aposiciones sustantivas que además de señalar las coordenadas de la geografía humana, asocian cada una de ellas al campo semántico de algo que puede ser, al mismo tiempo, estremecedor y majestuoso.

Uno de los rasgos caligráficos llamado a significar la disidencia moral proclamada en los versos, es la irreverencia ortográfica. Los poemas comienzan con mayúscula y terminan con punto final, pero carecen de cualquier interrupción ortográfica que no sea la ruptura sisrremática de los continuos encabalgamientos, tan solo espaciados por la distancia estrófica: Te sueño horizontal / la piel de arena / desierto entre los labios conocidos // tu voz así / mullida y plena // temblor constante en que me hundo / y mano. La ausencia de comas, puntos y otros signos, favorece las elipsis, e invita a agudizar sus cualidades interpretativas al lector más atento. Si en el primer bloque, los poemas son más breves que en el resto, en el conjunto del libro, tanto los espacios en blanco, como un aparente uso caótico de la sangría, serán constantes de principio a fin.

Gema Palacios utiliza con mayor frecuencia el uso de la primera persona como direccionalidad de su voz lírica; un yo, por fuerza, teatralizado y mínimamente diseminado entre las personas del verbo, que aspira a ser trasunto de su voz interior: Dadme / un vaso de agua / que no sacie mi sed sino que me convierta / en la única criatura / que lama la palma de su mano // Yo quiero tener sed de mí misma.

Los poemas del primer apartado carecen de títulos, únicamente son enumerados por cifras romanas; en el segundo apartado, en cada poema esplende un epígrafe propio; y será en el tercer y último apartado troncal, donde la autora utilice los versos de Alejandra Pizarnik para titular sus poemas, a modo de glosa.

En ocasiones, a sí misma, y en otras, a un interlocutor que no responde, la poeta se interroga en su propia descripción, se acerca o aleja de su propia conciencia de ser en cada pensamiento, en cada relato; parece que interpela, pero en verdad se descubre a golpe de verso, un verso que somatiza un dolor incandescente entre lo reflexivo y sensorial: Qué innato ver prever cada resquicio / cada nuevo insomnio / cada testamento // Yo // no soy salvo en tu aroma.

Imaginario repleto de abismos y soledades, su virulenta mezcla de amor y dolor provoca una cascada de adjetivos; más inquietante en su sustantivación, las aposiciones se suceden en una suerte de constatación del poder del nombre: Donde empieza la palabra te apareces; doble articulación del lenguaje cuya proposición nominal anticipa y enardece un particular lirismo: voz rasguño // fantoche mujer // formato página // formato angustia.

Gema Palacios no esconde sus referentes literarios, al contrario, los expone a las claras a través de citas o alusiones directas; de esta forma encontramos a: Julieta Valero, Olga Novo o Luisa Castro, quienes actualizan concomitancias con Virginia Woolf y las citadas Pizarnik y Tsvietáieva, a quienes está dedicado el poemario. Y lo mismo ocurre con el apartado masculino, que también lo hay, representado por: Borges, Rosales o Rilke. De distintas geografías y temporalidades ha bebido la autora. Realismo y surrealismo conviven en sus poemas, de corte intimista, donde conatos de romanticismo son rápidamente disueltos por versos existencialistas que golpean con toda su verdad.

Versos blancos y libres, de lenguaje sencillo y descalabrados en un espacio-tiempo de gramática herida, en ellos, una noción de irracionalidad anega las zonas deprimidas de una orografía volcánica: A veces gimo y no se produce sonido alguno / como bien sabes // Parpadeo dos veces antes de sustraerme el órgano vital / me doy a bocanadas por si la hipérbole / y sí / has venido a dar de comer a los pájaros.

Este tercer bloque, titulado “Simetrías”, además de vincularse a los versos de Pizarnik, puesto que los poemas nacen a partir de sus versos, a modo de cadáver exquisito, la autora señala que han sido escogidos en simetría con una selección de fotografías de la artista Francesca Woodman;  no cabe duda de que la inclusión de dichas fotografías hubiese engrandecido el conjunto.

En este bloque, la autora se descubre, y también advierte una grave soledad. Su actitud estética, lejos de parecer impostada, se naturaliza en su humana heredad. Nada es trivial a su mirada, así sus versos se enriquecen en imágenes y destilan velados aforismos y no tan velados tintes de erotismo: Entonces muevo los brazos compulsivamente / muevo mi vida hasta perder el tacto / y todo es frenesí / y todo es niebla // Su memoria es mi memoria es mi huracán.

“En un lugar para ser” supone un broche expeditivo a una obra que crece y se adensa conforme va avanzando. La sensibilidad de Gema Palacios hiere, porque acusa y señala, y se hace admirar y temer, pues no se rinde y doblega. Su visión histórica no olvida los calvarios impuestos a mujeres dique que abrieron brechas libertarias: A todas las mujeres que han sido silenciadas / a lo largo de la Historia. En esta coda, la rotundidad en sí misma y sus posibilidades como mujer, se concretizan paulatinamente, conforme nos acercamos al final. No hay más seguridad y certeza que la lucha, el propio enfrentamiento, contra sí mismo y el mundo, será la única vía hacia la dignidad: Porque estoy aquí, / porque temo y deseo la belleza con tanta ferocidad / que no puedo entregarme al abrazo sin oponer resistencia; (único poema del libro con presencia de comas).

Treinta y seis mujeres: treinta y seis poemas de una autora en decidida proyección ascendente. La poesía de Gema Palacios, henchida de un romanticismo que alude a la muerte de lo divino en la flaqueza y contradicción de lo humano, no busca condescendencia, sus poemas son denuncia y homenaje, constatación de una actitud firme y coherente que enfrenta a cuanto no asume, a cuanto cree injusto, y lo hace con una efervescencia poética que inocula su propia fuerza interior.

Gema Palacios, fotografía de Laura Carrascosa Vela

Gema Palacios, fotografiada por Laura Carrascosa Vela.