Archivos de la categoría ‘reseñas literarias’

Publicado en la revista “Oculta Lit”:

http://www.ocultalit.com/narrativa/el-hombre-que-cabia-en-la-palma-de-su-mano-la-opera-prima-de-francesc-barbera/

65-EHQCELPDSM-600x580

Título: El hombre que cabía en la palma de su mano

Autor: Francesc Barberá

Ilustraciones: Riki Blanco

Editorial: Unaria Ediciones

Género: microrrelato

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 215

ISBN: 978-84-947109-3-3

Amelia Díaz Benlliure es una gran poeta castellonense. Su labor como editora, al frente de Unaria Ediciones, no es menos grande si tenemos en cuenta la visible evolución de un sello editorial —de los honestos, sí, esos que no piden dinero a sus autores por publicar— que en pocos años ya gestiona su propio certamen literario, tiene presencia activa en ferias y festivales a nivel nacional, y su nómina de autores ya aglutina bastantes firmas imprescindibles.

La importantísima figura del editor en el panorama literario actual se está perdiendo. Algunas editoriales maquetan lo que el autor les envía, sin proponer un mínimo de corrección ortográfica o de estilo, trasladan a la imprenta unas galeradas a las que les falta la opinión experta de un editor; porque una cosa es escribir, y otra muy diferente, es editar. Toda publicación rigurosa debe pasar por las manos de un editor al que le apasione su trabajo, que mime cada publicación, y ese es el caso de Díaz Benlliure. Como editora, no solo tiene el mérito de apostar por autores noveles que más tarde despuntarán, sino también de encontrar la forma física más adecuada para cada obra que publica.

El hombre que cabía en la palma de su mano está escrito y editado de forma valiente. Sus medidas de bolsillo (14,5 x 15,5 cm) lo convierten en un objeto fácilmente manipulable, puede acompañarnos en el autobús o el metro; pero su estética y tacto seducen desde el exterior: encolado, solapas, página de guarda en consonancia estética; y ya en el interior, nada se apelotona ni entorpece la lectura, al contrario; los microrrelatos se encuentran en las páginas recto, y el blanco de la página o en ocasiones, las ilustraciones en blanco y negro de Riki Blanco, en las páginas verso. Su diseño, desde la tipografía, al color (luminosidad) y la ubicación centrada de los textos, son rasgos que denotan una cuidada edición que, para aquel que entiende, no cae en saco roto.

Por microrrelato, entendemos un texto breve, aunque los hay de más de una página. Evidentemente, pensamos en un texto narrativo, una especie de historia condensada en pocas líneas, un ejercicio literario de síntesis en el que la retórica o lo no significativo no tienen lugar. Y entendemos bien, aunque por brevedad, el libro que nos ocupa es más breve, si cabe. Como dato, decir que uno de los microrrelatos de Barberá está escrito únicamente con seis palabras, más el título; por tanto, no solo microrrelatos, sino una buena cantidad de nanorrelatos, componen esta obra. Lejos quedan esas doscientas palabras o ciento cuarenta caracteres a los que estamos acostumbrados. Y qué decir de los títulos. Ante una empresa tan ardua, el valor catafórico del título cobra especial relevancia. La elección de los títulos como tales, además de su presencia en mayúscula, negrita y yuxtapuesto al texto, es muy acertada, hace que la posible interpretación del texto siempre caiga del lado bueno. Una buena muestra de ello es el siguiente ejemplo:

SE PRECISA VIDENTE

— Llamaba por lo del anuncio que publicaréis mañana.

Barberá se revela como un malabarista de palabras, ya en la contraportada del libro, Miguel A. Zapata previene de  esta forma:

No es imposible que un hombre quepa en la palma de su mano. Solo se precisa la palabra exacta que conjure el prodigio. En este espléndido y sorprendente volumen de textos brevísimos, Francesc Barberá nos deleita con brillantes juegos léxicos, piruetas verbales, refutaciones varias de las leyes físicas, trampantojos lúdicos, sucesos inauditos, atrocidades poéticas y crímenes ejemplares. Una obra, en definitiva, amistada con lo maravilloso como solo la buena literatura puede hacerlo.

El imaginario del autor es muy amplio, bebe de muchísimas fuentes, y por ello, la diversidad de registros en cuanto al género, o la ingente capacidad de recursos literarios, son hechos manifiestos que dotan al conjunto de un  ritmo, peso y profundidad muy equilibrados. El humor, es sin duda, una constante de su propuesta, algo que conecta con el lector y le hace empatizar rápidamente con lo narrado; múltiples géneros humorísticos se resuelven en estos relatos, quizás el humor negro tenga una especial presencia:

VACÍO

Lo abrí en canal. Ni siquiera así encontré a su niño interior.

Pero si un recurso estilístico predomina en toda la obra, ese es la elipsis. Pragmáticamente, exige un lector activo, pero la habilidad de Barberá hace de este libro una antología de minicuentos para todos los públicos. Lo no narrado, pero contrapuesto a lo narrado y por ello sugerido, se evidencia magistralmente en microrrelatos como:

TERAPIA

Ahora vístete y cuando cuente hasta tres, despertarás y no recordarás nada.

En lo formal, encontramos condensación temporal, sí, pero llena de paradojas. Indizado en la modernidad cultural,  en una urbanidad polivisual y decadente, precisamente su ironía no oculta el juicio de valor de una conciencia que expende su opinión a través de omitidas y fabulosas moralejas.

DGAR0U3XkAAjeD2

Francesc Barberá

Su intertextualidad es poliédrica. Dado lo esquemático del espacio literario y su dependencia de lo paratextual, la concisión, tanto del enfoque narrativo, como del lenguaje empleado, revela la maestría de un autor que no parece un recién llegado a estos lares. Barberá dota de encanto a sus composiciones, se maneja como pez en el agua ante la escasez de recursos, su capacidad intelectual resuelve adecuadamente cada microhistoria, y aunque parezca mentira, las culmina con contundencia.

Los microrrelatos se suceden en un continuo que en ocasiones pone de relieve agrupaciones temáticas. Es justo señalar que las ilustraciones de Riki Blanco conviven armónicamente con los textos e incluso aportan más personalidad a la obra a través de su mordaz transparencia. Estas pequeñas píldoras de letras son, en ocasiones: pedradas, por su crítica; balas, por lo expeditivo de sus argumentos; cosquillas, por su motivación a la risa; pero también fábulas o simplemente fantásticas ficciones. Toda etiqueta es injusta e incompleta ante una obra de estas características. Este libro cabe en la palma de nuestra mano, pero no su riqueza, el talento de su autor sobrepasa cualquier límite y propone un juego en el que las reglas cambian al pasar una nueva página, como por ejemplo, en el texto titulado “El ahorcado”, donde el motivo al que se alude es descrito uniendo las letras que faltan:

EL AHORCADO

Fin_lmente, encontró un _otivo para n_ quita_se la vida.

De lectura amable, música entretenida y paisaje mental sofisticado, estas cien breverías sacuden las telarañas del cliché, por su ironía, parodia o metaficción; deshojan la rutina del lector adocenado en el redundante clasicismo y falta de innovación de gran parte de la producción literaria actual, y nos enseña, a la vez que entretiene, otra forma de hacer literatura, sin duda, pequeña gran literatura, en la que el simbolismo y la poesía, rearman y dulcifican una prosa —ilusionante— más necesaria que nunca:

PANTOMIMA

En el parque, la gente se burlaba del mimo que tiraba de una cuerda.

Hasta que aquel edificio se derrumbó.

Anuncios

Publicado en la revista “La Galla Ciencia”:

http://www.lagallaciencia.com/2017/10/la-piel-melaza-de-sonia-aldama-por-jose.html

Sonia Aldama, foto de Eduardo Cano

Sonia Aldama. Fotografía de Eduardo Cano.

Título: La piel melaza

Autora: Sonia Aldama

Editorial: Ediciones Torremozas

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 60

ISBN: 978-84-7839-699-3

Sonia Aldama Muñoz (Madrid, 1973) publica La piel melaza, su segundo poemario tras Cuarto solo (Aflora Libros, 2013), y lo hace bajo el sello Ediciones Torremozas, en su colección La Noctámbula. Si en su anterior obra la autora decidió como uno de sus ejes, la familia, y como simbólico baluarte de la luz y cuanto representa, las flores, en La piel melaza regresa a esa misma tesitura, pero la amplía. Aquí la dimensión humana abarca a lo social, también lo íntimo, y las flores forman ya jardines que son asolados por la incomprensión, la soledad o el paso del tiempo.

El cuerpo humano sigue siendo una geografía de la metáfora para la autora. No en vano, la piel, elemento corpóreo de extrema sensibilidad, además de protagonizar el título, es la frágil corteza que registra las heridas y es hollada por la tristeza y erosionada por el tiempo, suponiendo una analogía de la consciencia a través del tacto.

El poemario se estructura en tres partes: “De tanto tiempo”, “Labios, ojos, vida y calma” y “De tantas hojas”. Cada una de estas partes se compone de diez poemas, su equilibrio estructural es simétrico, como también lo es su equilibrio pictórico. Dos ilustraciones esplenden en cada bloque, y hasta tres artistas plásticos se encargan de ilustrar este poemario: Javier Plata, Silvia Domínguez y Guadalupe Aldama; excepto Javier, ambas artistas ya trabajaron con Aldama en su anterior proyecto.

NOC088

El libro también cuenta con un espléndido prólogo, el que firma Sara Medina, quien acierta al disertar sobre la morfología argumental e interpretaciones de la obra: Resistir ante tanto desamparo, ante tanta hostilidad, pero ¿cómo? / Arropados por la oscilante y apasionada certeza de la poesía. Es cierto que en el prólogo no se menciona la labor plástica de los ilustradores, y también es justo subrayar que las creaciones artísticas dialogan con los versos en equilibrada armonía.

Ya sea evocando un recuerdo, describiendo o apelando, el tiempo en el que se expresa el hablante lírico —trasunto de la propia poeta— es el presente. Confesional y a través del monólogo en algunos poemas, la autora escoge un tono dialogístico general para apelar con su discurso a diferentes interlocutores. Con una cadencia en verso libre y blanco no exenta de ocasionales asonancias —el poema titulado “Ella” está escrito totalmente en rima asonante cruzada— y usos polimétricos, la autora otorga a la primera persona el enclave principal de los poemas; la segunda y tercera personas aparecen en contadas ocasiones, y la transparencia léxica de todas, unida a una rítmica y vital sintaxis, provoca la aparición del resplandor poético en la ruptura gramatical.

Es recurrente el uso de aposiciones sustantivas: labios lengua, pétalos espinas o caléndula guirnalda, son rasgos vigorosos de una conciencia poética encendida que va en busca de su propia gramática.

La constatación de un mundo en disenso consigo mismo: Cada emisario en sus vicios, unida al desencuentro social: prejuicios disfrazados / en deslenguada ofrenda, / desertores sin acento,  provocan la inquietud y el miedo en la inocencia de lo frágil, pero también su instinto de supervivencia: Sobre gotas metales / palpitan escombros / en muros desarraigados. / Y a veces, aun entonces, / sobre este acero / quema el vientre y regreso. De esta manera se culmina el poema titulado “Batalla”, un fiel exponente del carácter combativo que impregna a toda la obra.

El poema titulado “Te tengo bajo mi piel” (traducido del inglés que aparece en el libro) es un préstamo titular de una canción de Frank Sinatra. En él se narra de forma dulce una reconciliación provocada por un emotivo momento musical: […] Una canción resbala de tu boca / y nuestros labios ponen fin / a la melodía y al desamor.

En 276 versos, la poeta compone un manifiesto moral y psicológico de resistencia y daño. El desvelo y adoración por los seres queridos, la recepción del dolor por la percepción de la realidad, la metáfora carnal de lo inefable en lo erógeno del cuerpo; todo pensamiento o emoción es transferido al lector con precisa pulcritud, la brevedad de los poemas y su humildad lo hacen posible.

La mirada poética de Sonia Aldama madura en cada libro, y con ella, aumenta el estremecimiento y asombro del lector, pues este descubre que el mundo y todo cuanto nos hace humanos, olvida sus diferencias y consuena a través de la emoción, la orografía y accidentes de la tierra tienen su analogía en la morfología del cuerpo humano, al menos, así lo advierte y argumenta la poeta; toda verdad que es colocada ante el espejo es temblor, música y luz, como los poemas de esta herida piel melaza que construye su propio lenguaje en la cúspide del sentimiento, a través del amor.

Publicado en la revista Oculta Lit:

http://www.ocultalit.com/poesia/lienzos-de-mar-busquets-mataix-y-la-ecfrasis-de-la-memoria/

Cubierta de Lienzos

La pintura y la poesía siempre han estado unidas. O por lo menos, todo pintor aspira a la poesía en sus obras, y todo poeta se ha inspirado en la pintura, ya que le es imposible aspirar a detener el tiempo o atrapar la luz. Ambas artes poseen lenguajes diferentes. El ser humano es capaz de pintar o poetizar para expresar con ello mensajes que provienen de diferentes latitudes interiores, seguramente, de no ser así, la historia de la raza humana habría sido muy diferente. Mar Busquets-Mataix pinta con palabras en Lienzos, y al mismo tiempo su palabra aspira a ser pigmento.

La editorial valenciana Pre-Textos edita este libro tras haber sido premiado en el XXXIV Premio Ciudad de Valencia Juan Gil-Albert. Busquets-Mataix es una escritora tenaz, como pocas. En los inicios de los años noventa del pasado siglo comenzó a publicar poemarios: La pausa (1992), Los hombres de paja (1996), La curva del aire (1997), y también comenzó a merecer sus primeros reconocimientos: La Buhardilla (1992), Premio Valle Inclán de la Universidad de Bilbao (1994), y así fue creciendo como escritora y forjándose una fructífera carrera, no solo como poeta, sino también como narradora. De la invisibilidad (2013) y Lo efímero (2015) son sendas novelas que su pluma ha brindado a los lectores.

Hemos dicho que la pintura y la poesía pueden cubrir diferentes necesidades expresivas del artista, no cabe duda, ¿pero qué ocurre cuando la una describe a la otra? Pintar un poema, poetizar un paisaje. De esa pretensión nacen la ilustración y la écfrasis, técnicas de las que surgen obras cognadas de una misma belleza.

Los versos contenidos en Lienzos representan una necesidad vital para su autora, en ellos, conviven poemas de cinco versos con otros de varias páginas; poemas con título o desprovisto de él, y en su naturaleza óntica se trasluce el sentimiento, la reflexión y la emoción de una mirada que recuerda, sufre y se interroga: Cómo entender el silencio / que blinda la tierra / de los vivos y nos cose / al filo de los días / acaso redención / o abismo.

Su lectura manifiesta pulsión, catarsis; ya en su primera parte, titulada “Grito”, nos topamos de lleno con la realidad de los refugiados, asunto que no tarda en encogernos el corazón. La orilla de una playa es el escenario permanente donde la realidad pone a prueba a la conciencia humana: Siempre tan solitarios / como ahora / cuando vamos al mar / y no somos el mar, // y mordemos la orilla / o morimos.

Cuestionamiento de la palabra escrita, pero también evocación, al ser afectados por su influjo, son temas abordados en una segunda parte donde el amor se posiciona en un estatus privilegiado con respecto a la efervescencia que lo rodea: Mis palabras / se posan en tu piel, / respiran quedamente, / sonríen, / se desvisten, / te desarman.

21268046_1406447379391314_336474361_o (1)

Mar Busquets-Mataix

En este segundo apartado titulado “Palabras” la viga maestra es el lenguaje. La preocupación de la autora sobre este tema inunda los poemas de reflexiones metaliterarias, sus palabras se dirigen a un interlocutor homólogo, pero aluden constantemente a esa fuerza ulterior que es el lenguaje: Hablemos de metáforas; / ideas nuevas y cambiantes, / oscuramente bellas / cuando juntas muerte amor / lo bello y lo siniestro, / te suben por los brazos / o los párpados, / asombran y sublevan.

Lo erógeno y frágil del cuerpo humano encarna la fisicidad de las preguntas en el tercer apartado, titulado “El cuerpo”; una caricia, un silencio, un amanecer puede desencadenar el cielo o el infierno, la seguridad de la montaña o el vértigo del abismo: Desprovista de mis armas / me vi dentro de ti, / lo que ansiamos, / y no somos; / la belleza.

El Bosco, Munch, Sorolla o Klimt, dan pie a la autora, a través de algunas de sus obras maestras, a culminar “Lienzos”, un apartado lleno de luz y sensibilidad, donde el color y el verbo se funden en una poesía que se espacia sobre la hoja, que se reitera en los versos, y subraya la importancia de vivir: Son los mantos, las sedas / con que cuidamos este roce / frágil y misterioso / para elevarlo, / y pulsar // lo que nos devuelve / a nuestro origen: // la luz.

“Vivir” es el nombre del último apartado, una coda diseminada en tres actos en la que las manos, como símbolo dador de amor mediante abrazos, caricias, consuena armoniosamente en esa noche ilimitada  en la que el yo lírico arde, vive, ama ignorando de qué lado está la vida: Porque finalmente / no son tus manos / lo que tanto amo en ti / sino su propio giro silencioso, / la cadencia de mi piel / en la yema de tus dedos.

Viaje sensorial el que propone Busquets-Mataix, donde la prosografía del cuerpo humano a su vez describe la orografía de un mundo interior, ideal y metafísico que permanece atenazado por el daño. Lo inefable vibra y se estremece por analogía al temblor de la carne, ya que después de todo, un libro es un lienzo buscando una vida que lo reconozca; un cuerpo es un lienzo cuyo autor es la vida.

 

Publicado en la revista “Oculta Lit”:

http://www.ocultalit.com/poesia/metamorfosis-el-poliestilismo-de-amparo-andres-machi/

 

9789895199006

Título: Metamorfosis

Autora: Amparo Andrés Machí

Editorial: Chiado Editorial

Género: miscelánea de artículos, relatos y poemas

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 112

ISBN: 978-989-51-9900-6

El diseño de cubierta del libro, obra de María Guirão, ya es premonitorio en cuanto al contenido, pues el eclecticismo de un collage representa a la perfección el afán convergente y unitario de esta obra con referencia a los géneros literarios.

En la propia contraportada del libro, Amparo Andrés Machí (también conocida como Stelmarch), su autora, alude a la Ars poética de Horacio —también conocida como Epístola a los Pisones—  para relacionar la fusión de filosofía y literatura —si es que tal separación puede llevarse a cabo— llevada a cabo en Metamorfosis, un libro en el que los géneros narrativos se imbrican, sí, pero sin renunciar a la poesía.

El propio Horacio, en el siglo I a. C. ya observó en el tópico denominado prodesse et delectare, las cualidades que debía tener todo texto que aspirase a entretener y enseñar. Una posible traducción a dicho término sería «enseñar deleitando», y eso es precisamente lo que consigue este libro. Dulce et utile, este libro miscelánea (según palabras de José Vicente Peiró, firmante del prólogo) encuentra en la emoción de la diversión el recurso mnemotécnico para ser didáctico.

Que las ideas de un artista, en este caso, poeta además de narradora, no siempre confluyen en una obra aparentemente homogénea, en una ordenación de modos y tiempos que nos parezca coherente, es algo que Cortázar demostró con Rayuela, Borges con El hacedor —como bien señala Peiró—, o más recientemente el propio Masoliver Ródenas con El ciego en la ventana. Cuando el caudal expresivo-artístico es torrencial, encontrar el molde que lo contenga se convierte en una tarea compleja.

Conceder al texto la morfología que reclama es más sabio que forzar su armadura al esbozo de nuestras aspiraciones. Amparo Andrés comienza su libro con un texto ensayístico sobre la poesía, “Metamorfosis de la poesía”, y sus consideraciones no resultan chocantes con respecto al siguiente texto, “Tu magia, poesía”, un elegante poema en prosa, ya que su lenguaje, lejos del academicismo presumible en un texto ensayístico, se naturaliza y acerca a la conversación íntima, provocando con ello no solo la comprensión del lector, sino también una agradable clima de recogimiento y confianza.

Dicha continuidad en el lenguaje hace que los saltos entre géneros, lejos de resultar bruscos, sean interesantes. Pone de manifiesto la estratificación inconsciente del hecho literario. Por ejemplo, para ejemplificar con pasajes de los textos citados: El buen estilo en prosa es siempre rehén de la precisión, / rapidez e intensidad lacónica de la dicción poética. La autora expone opiniones sobre temas que le preocupan y también las argumenta. Pero también:

En esos mismos momentos te capturo intacta como una flor de un día y tú, juguetona, me das la espalda y desapareces como un hada que se esfuma dentro de la flor que la contiene… pero siempre queda tu perfume en el aire, intacto y embaucador.

De lo testimonial, a lo confesional y sensible con la habilidad de los grandes narradores que envuelven con imágenes muy nítidas cualquier suceso o pensamiento. La autora hace uso de una gradual profundidad en sus escritos a través del estilo.

El libro está estructurado en trece partes: doce metamorfosis y un ensayo sobre un relato de Borges. La temática de esos doce apartados abarca: la poesía, el silencio, el tiempo, la libertad, el amor, las personas; temas humanos abordados de manera existencial; pero sobre todos ellos prevalece un cuestionamiento o una reflexión permanente sobre las palabras. Es verdad que la poesía ocupa un lugar protagonista, pero la preocupación por el lenguaje presenta en sus textos una perfecta oposición al silencio:

La poesía me resuelve

la línea curva donde reposan mis ojos de insomnio

entre versos ajenos

cuando no te tengo

y me duelen las llagas de las paredes

que sin voz delatan al mundo y sus intrigas

sobre mí vertidas ahora.

La poesía, y por ende las palabras, representa la tabla de salvación contra el desamor o el tiempo. El silencio es un refugio en el que el yo lírico se adentra para equilibrar un mundo interior atestado de emociones:

La tierra, el agua y el aire

saben de mi fuego de lucha callada

y el mar del desasosiego

espera su amor

en el naufragio de las preposiciones.

Por no desentrañar más contenidos del libro, ya que descubrir sus argumentos y múltiples correlaciones son algunas de las apasionantes tareas del lector, reproduciré un fragmento del interesante y necesario prólogo —que un libro de estas características necesita— de José Vicente Peiró, quien acierta de lleno en su disertación sobre esta obra:

No se pierdan “Claroscuros de otoño” por su intensidad y su pasión lírica. Si la autora no se ha dado cuenta del silencio, como expresa, el lector sí debe hacerlo porque es necesario, y si cita a Schopenhauer y su división de la libertad en tres modos (física, intelectual y moral) no es para debatir con el filósofo alemán, ni tampoco con Saussure o Wittgenstein al hablar del sentido de las palabras, sino para construir un mundo poético, que es donde se encuentra más a gusto.

Con la publicación de Metamorfosis, Amparo Andrés culmina su tercer libro, tras Filoversando en Nod (Evohé, 2013) y Cuentos neuróticos (Chiado Editorial, 2015), demostrando con ello la escisión de su corazón entre la narrativa y la poesía, además de un inquieto talento para plantear preguntas y contar historias, escenarios donde esta autora se maneja con versátil creatividad.

2016070202533443715

Amparo Andrés Machí

 

Publicado en “Revista de Letras” de “La Vanguardia”:

http://revistadeletras.net/gema-palacios-maneras-de-nombrar-el-vacio/

36_MUJERES

Título: Treinta y seis mujeres

Autora: Gema Palacios

Editorial: El sastre de Apollinaire

Género: poesía

Número de páginas: 78

Año de publicación: 2016

ISBN: 978-84-938931-9-4

Treinta y seis mujeres es el tercer poemario de Gema Palacios (Zaragoza, 1992), Compañeros del crimen (Ediciones Paralelo, 2014) y Morada y plata (Ebediziones, 2013) le preceden. Esta joven autora ha encontrado acomodo en El sastre de Apollinaire, sello editorial en proyección ascendente, gestionado hábilmente por Agustín Sánchez Antequera. Si fácil es entregarse como editor a ese brote cantautoril del que algunos sacan buen partido, y no tanto pecho, Antequera ha escogido el camino difícil. Apuesta en esta ocasión por Gema Palacios, exponente de una generación poética —liderada por Elvira Sastre y coetánea a la generación aludida— que ha florecido líricamente durante el último lustro, pero demuestra haber perdido su tiempo cribando la arena de las letras, y como buen forty-niner, en cada nueva entrega nos ofrece su selecto yacimiento.

gema-palacios fotografía de Alberto Rivas

Gema Palacios, fotografía de Alberto Rivas.

Libro dedicado a tres mujeres; una cita de la poeta rusa Marina Tsvietáieva: La poesía es el ser, el no poder hacer de otra manera, nos previene de ese irrevocable fervor poético al que está abocado todo letraherido. Un fervor que en este poemario se concentra en una defensa de lo femenino, si es que tal distinción puede hacerse, además de un inconformismo moral e intelectual, a lo que hay que añadir el amor. Estas tres vetas nucleares confluyen y conforman, de manera indisoluble, los rasgos característicos de la identidad del hablante lírico.

“Tres maneras de nombrar el vacío” es un preludio que además de revelar la fascinación que siente la autora por la estética arábiga, expone sin titubeos su radical postura ante el machismo endémico que carcome la sociedad: Las mismas mujeres que ahora recobran la voz, / ahora hablan. Esas tres maneras de nombrar el vacío a las que alude el epígrafe, se corresponden con los tres actos en los que se divide el libro, si tomamos “El lugar para ser” como una coda prorrateada en cuatro partes.

A su vez, dichos actos ya anticipan catafóricamente en el título la direccionalidad de una mirada que comienza su recorrido en las manos, para dirigirse después a los labios y terminar en los ojos de quien enfrenta. Esa ascendente visión de lo metafísico en lo físico viene condicionada por el título de su primera parada: “Palabras-palma de la mano”, término utilizado por la citada Marina Tsvietéieva —heroína en quien la autora reconoce sus propios valores— en una de sus cartas a Abraham Vizniak. De esa construcción compuesta por «palabra» y «palma», dos naturalezas diferentes unidas para formar una nueva y ambivalente figura, la poeta arguye la idea para componer, de la misma forma, los títulos de los sucesivos bloques. Así encontramos “Labios precipicio” y “Ojos horizonte”, dos bellas aposiciones sustantivas que además de señalar las coordenadas de la geografía humana, asocian cada una de ellas al campo semántico de algo que puede ser, al mismo tiempo, estremecedor y majestuoso.

Uno de los rasgos caligráficos llamado a significar la disidencia moral proclamada en los versos, es la irreverencia ortográfica. Los poemas comienzan con mayúscula y terminan con punto final, pero carecen de cualquier interrupción ortográfica que no sea la ruptura sisrremática de los continuos encabalgamientos, tan solo espaciados por la distancia estrófica: Te sueño horizontal / la piel de arena / desierto entre los labios conocidos // tu voz así / mullida y plena // temblor constante en que me hundo / y mano. La ausencia de comas, puntos y otros signos, favorece las elipsis, e invita a agudizar sus cualidades interpretativas al lector más atento. Si en el primer bloque, los poemas son más breves que en el resto, en el conjunto del libro, tanto los espacios en blanco, como un aparente uso caótico de la sangría, serán constantes de principio a fin.

Gema Palacios utiliza con mayor frecuencia el uso de la primera persona como direccionalidad de su voz lírica; un yo, por fuerza, teatralizado y mínimamente diseminado entre las personas del verbo, que aspira a ser trasunto de su voz interior: Dadme / un vaso de agua / que no sacie mi sed sino que me convierta / en la única criatura / que lama la palma de su mano // Yo quiero tener sed de mí misma.

Los poemas del primer apartado carecen de títulos, únicamente son enumerados por cifras romanas; en el segundo apartado, en cada poema esplende un epígrafe propio; y será en el tercer y último apartado troncal, donde la autora utilice los versos de Alejandra Pizarnik para titular sus poemas, a modo de glosa.

En ocasiones, a sí misma, y en otras, a un interlocutor que no responde, la poeta se interroga en su propia descripción, se acerca o aleja de su propia conciencia de ser en cada pensamiento, en cada relato; parece que interpela, pero en verdad se descubre a golpe de verso, un verso que somatiza un dolor incandescente entre lo reflexivo y sensorial: Qué innato ver prever cada resquicio / cada nuevo insomnio / cada testamento // Yo // no soy salvo en tu aroma.

Imaginario repleto de abismos y soledades, su virulenta mezcla de amor y dolor provoca una cascada de adjetivos; más inquietante en su sustantivación, las aposiciones se suceden en una suerte de constatación del poder del nombre: Donde empieza la palabra te apareces; doble articulación del lenguaje cuya proposición nominal anticipa y enardece un particular lirismo: voz rasguño // fantoche mujer // formato página // formato angustia.

Gema Palacios no esconde sus referentes literarios, al contrario, los expone a las claras a través de citas o alusiones directas; de esta forma encontramos a: Julieta Valero, Olga Novo o Luisa Castro, quienes actualizan concomitancias con Virginia Woolf y las citadas Pizarnik y Tsvietáieva, a quienes está dedicado el poemario. Y lo mismo ocurre con el apartado masculino, que también lo hay, representado por: Borges, Rosales o Rilke. De distintas geografías y temporalidades ha bebido la autora. Realismo y surrealismo conviven en sus poemas, de corte intimista, donde conatos de romanticismo son rápidamente disueltos por versos existencialistas que golpean con toda su verdad.

Versos blancos y libres, de lenguaje sencillo y descalabrados en un espacio-tiempo de gramática herida, en ellos, una noción de irracionalidad anega las zonas deprimidas de una orografía volcánica: A veces gimo y no se produce sonido alguno / como bien sabes // Parpadeo dos veces antes de sustraerme el órgano vital / me doy a bocanadas por si la hipérbole / y sí / has venido a dar de comer a los pájaros.

Este tercer bloque, titulado “Simetrías”, además de vincularse a los versos de Pizarnik, puesto que los poemas nacen a partir de sus versos, a modo de cadáver exquisito, la autora señala que han sido escogidos en simetría con una selección de fotografías de la artista Francesca Woodman;  no cabe duda de que la inclusión de dichas fotografías hubiese engrandecido el conjunto.

En este bloque, la autora se descubre, y también advierte una grave soledad. Su actitud estética, lejos de parecer impostada, se naturaliza en su humana heredad. Nada es trivial a su mirada, así sus versos se enriquecen en imágenes y destilan velados aforismos y no tan velados tintes de erotismo: Entonces muevo los brazos compulsivamente / muevo mi vida hasta perder el tacto / y todo es frenesí / y todo es niebla // Su memoria es mi memoria es mi huracán.

“En un lugar para ser” supone un broche expeditivo a una obra que crece y se adensa conforme va avanzando. La sensibilidad de Gema Palacios hiere, porque acusa y señala, y se hace admirar y temer, pues no se rinde y doblega. Su visión histórica no olvida los calvarios impuestos a mujeres dique que abrieron brechas libertarias: A todas las mujeres que han sido silenciadas / a lo largo de la Historia. En esta coda, la rotundidad en sí misma y sus posibilidades como mujer, se concretizan paulatinamente, conforme nos acercamos al final. No hay más seguridad y certeza que la lucha, el propio enfrentamiento, contra sí mismo y el mundo, será la única vía hacia la dignidad: Porque estoy aquí, / porque temo y deseo la belleza con tanta ferocidad / que no puedo entregarme al abrazo sin oponer resistencia; (único poema del libro con presencia de comas).

Treinta y seis mujeres: treinta y seis poemas de una autora en decidida proyección ascendente. La poesía de Gema Palacios, henchida de un romanticismo que alude a la muerte de lo divino en la flaqueza y contradicción de lo humano, no busca condescendencia, sus poemas son denuncia y homenaje, constatación de una actitud firme y coherente que enfrenta a cuanto no asume, a cuanto cree injusto, y lo hace con una efervescencia poética que inocula su propia fuerza interior.

Gema Palacios, fotografía de Laura Carrascosa Vela

Gema Palacios, fotografiada por Laura Carrascosa Vela.

 

Publicado en CaoCultura:

http://caocultura.com/baile-la-vida-de-elena-torres/

1914647_10153322894747001_24462574524088043_n

Título: El baile de la vida

Autora: Elena Torres

Editorial: Lastura

Género: poesía

Número de páginas: 56

Año de publicación: 2016

ISBN: 978-84-945177-1-6

 

Danza es lo que deviene de un cuerpo en movimiento

que abandona su inherente geometría

para ser esencia poliforme del arte.

Erick Rodrigo Guatemal

 

Elena Torres es Licenciada en Filosofía Pura e imparte talleres de creación literaria para alumnos de la tercera edad. Entre 1994 y 2014 publicó doce poemarios: Don de la memoria, Ráfagas de vértigo, As de copas, La zona oscura, Alta Fidelidad, En la esquina del desencuentro, Exceso de equipaje, Lencería de piel, Nada Personal, Alrededor del deseo, Frágil y En el silencio de la bodega. Ha participado en varias antologías, siendo la última La escucha y la concordia. Su poesía ha sido galardonada en numerosas ocasiones, sus últimos reconocimientos son el XIII Premio Certamen Poético Mollina color de Vino, Málaga, 2011, por Tiempo de vendimia, el XXIX Premio Ciudad de Valencia 2012 Vicente Gaos poesía en castellano por Frágil y la mención de honor por haikus “Cosecha Púrpura” del XXII Concurso Poesía Arnedo, La Rioja, 2013.

Con El baile de la vida (Lastura, 2016), Elena Torres es actualmente justa Finalista de los Premios de la Crítica Valenciana 2017, un premio que será fallado el próximo 20 de mayo en la Universidad Miguel Hernández de Elche (Alicante).

En este libro, la autora valenciana encuentra en la música, y especialmente en la danza, la analogía perfecta para celebrar, rememorar y reflexionar la vida. No en vano, la estructura del mismo es un continuo formado por once poemas y un bloque final de poemas breves sin título, en los que tanto el baile, como todo lo afín a él, es utilizado como una gran metáfora, humana, muy humana, eso sí, que busca su propia melodía en unos versos especialmente dotados de sensibilidad.

A los poemas antecede un prólogo escrito por María José Pastor. En él su autora emplea términos como roadmovie para destacar el hecho de que el libro posee un evidente carácter unitario, un todo en el que cada baile mencionado refiere a una cultura, a una zona geográfica distinta, pero al mismo tiempo cada poema tiene autonomía propia y pueden disfrutarse y comprenderse por separado sin disminuir un ápice su capacidad expresiva.

También Pastor subraya acertadamente cada rasgo distintivo de los poemas. Nos indica así que algunos abordan temas filosóficos, como el titulado “Tango”, el anhelo y la esperanza en “Mascarada” o las referencias cinematográficas sobre la danza en el poema que lleva por nombre “Musical”.

De esa forma llegamos a una cita de Isadora Duncan que reza: Desde el primer momento yo no he hecho sino bailar en mi vida. Y tras ella nos sumergimos en El lenguaje del abanico, primera coreografía narrada en primera persona, rasgo que alternará con su homóloga plural, como puntos de vista dominantes en el conjunto. El yo lírico corresponde a una mujer y su discurso va dirigido a su supuesto amado: Te miro abanicándome / en medio de un salón / de temblorosas lámparas. Aquí observamos una morfología versal con predominio del imparisílabo, ausente de rima y distribuida en estrofas de cinco versos, algo que compartirá con el siguiente poema. Los versos de Elena Torres componen en este poema un pequeño tratado de campiología, cabe recordar que el abanico no es solo un complemento femenino, pues existe un lenguaje gestual —ya en desuso— con el que a través de él la mujer podía codificar mensajes privados: Podría decirte que estoy impaciente / mientras juego con mi abanico, / expresar mis ganas de hablarte / al contar sus varillas con los dedos. / Mostrarlo abierto para que me esperes.

12961723_10153605396937843_5946057409867441856_n

Elena Torres

La preocupación del tiempo aparece en el poema titulado “Pasodoble”: Tal vez los pasos de la vida  / sean pasos de baile / que, inexorablemente, / fija un preciso minutero. / Una marcha ligera / a merced de un ingrávido péndulo. La poeta entiende en la figura abrazada de los bailarines el simbolismo totémico de un amor que camina hacia su destino, y para ello emplea paralelismos con el toreo y su trágico final: Tal vez sea un doble desfile. / Uno enfrente del otro. / El porte erguido, las manos unidas. / Un cortejo del porvenir / que se dirige con traje de fiesta / hacia un equívoco destino.

En el poema titulado “Bolero” hay palabras remarcadas en negrita que forman partes o versos completos: No sé tú pero yo…, Por debajo de la mesa…, dichas palabras son títulos emblemáticos de boleros históricos, por lo que su poder evocador se multiplica y la poeta va hilvanando uno tras otro y componiendo sutilmente una invitación al amor que culminará de esta manera: […] Y en la eternidad del Bolero / daré La media vuelta / para venir de allá, de Un mundo raro / y quedarme Contigo en la distancia.

La muerte y la melancolía que provocan las ausencias danzan en el poema titulado “Samba”: Es preciso encontrarnos / en esta coreografía de ausencias. / Escuchar conocidos ecos / en este circular preludio / de saudades extrañas. Aquí el contrapunto es evidente; un baile tan alegre como la samba sirve a la autora para reflexionar sobre algo tan luctuoso como la muerte. La soledad y el olvido son pensamientos análogos a saberse un condenado en el tiempo; sentirse solo, olvidar o ser olvidado, es imposible despojarse de esas lacras y por ello, parece menos dolorosa su erosión tras su asunción: Es preciso abrumarse / con la belleza oscura. / Sublimar el triste consuelo, / la percusión vibrante del vacío / en la plenitud del mañana.

El poema más extenso del libro es el dedicado a las Nueve Musas: Terpsícore, Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Polimnia, Urania, Melpómene y Talía. A cada una de ellas dedica una estrofa, pero antes, introduce con estos versos a su alabanza: Es posible un lugar / donde la Poesía / baila con los recuerdos, / donde se siente la presencia / del invocado coro de las Musas. Todos sus ámbitos, todas sus cualidades quedan descritas, y a su vez subrayada toda su magnificencia y feminidad: Es posible un lugar, donde inspiradas, / danzan la vida y la poesía. // Como existen los mitos. Estas nueve mujeres cinceladas / en el bajorrelieve de los días.

No es casualidad que la poeta clausure este apartado con un poema titulado “Tango”. Toda la pasión y dramatismo que transmite ver bailar o bailar un hermoso tango, queda plasmada a la perfección en unos versos que van sucediéndose a modo de súplica, compendiando emociones y conmocionando a un tiempo a ese hipotético interlocutor del hablante lírico. Aquello que ahora trae dolor a nuestras vidas antaño provocó felicidad y por ese motivo debe ser cantado y no borrado de nuestros recuerdos: Déjame escribir esta letra. / Componer un tango que exprese / el desgarro del ya no ser / desde el arrabal de lo verdadero, / fuera de lo vivido, / con la cálida voz del desengaño. Esa metamorfosis del cuerpo en sublimación con el espíritu a la que mueve la danza, es descrita a la perfección en los versos —citados al principio de esta reseña— del poeta ecuatoriano Erick Rodrigo Guatemal; en este último tango la conciencia lírica abandona su inherente geometría para formar parte de la esencia poliforme del amor: Déjame que te nombre. / Poner la melodía que acentúe / este vaivén de sentimientos / y piernas enlazadas. Transmitir la sensualidad / con la impostura del abrazo. / Llorar con el lamento de la carne.

Para finalizar, “La vida es un baile de relámpagos” es un bloque compuesto por veinte piezas breves, todas de cinco versos, excepto la primera, de las que he elegido una representativa como brillante colofón para cerrar esta reseña.

V

Era el momento,

ese que, cómplice, respira,

calcula, tiende las manos,

nos traspasa y se rompe.

Y no lo detuvimos.

Publicado en la revista Todoliteratura.es:

https://www.todoliteratura.es/noticia/12519/criticas/isabel-alamar-y-sus-cantos-al-camino.html

16832214_10211950075016747_7990659326024333563_n

Título: Cantos al camino

Autora: Isabel Alamar

Editorial: Playa de Ákaba

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 90

ISBN: 978-84-946517-7-9

El agua está presente en el primer poema del libro: Y al pasear / en medio de la llovizna del bosque; pero también en el último: Bajo las nubes / y sobre las extensas aguas… Y no sería tan importante este hecho de no ser porque este cuaderno de notas del viajero nos propone eso mismo, ser agua.

El agua es vida, empuja a la vida y puede provocar la muerte. Es, por tanto, un elemento ambivalente. Nuestros sentidos, en la poesía de Isabel Alamar, deben aspirar a ese estado de humedad que todo absorbe y por todo es absorbida. Lo inefable se manifiesta a aquel que en la inefabilidad abre sus poros. Hay en esta propuesta reglas místicas, puras, del hacedor de versos entregado a la contemplación.

Estas 202 composiciones beben de la cultura oriental, es la fascinación hecha palabra aquello que, sin buscarlo, encuentra la trascendencia. Esa aproximación a la emoción que representa el haiku japonés es aquí una versión libre, un tanto occidentalizada, entre otras cosas, por la continua presencia de un yo que aspira a expresarse, además, en los poemas.

Pero estos poemas no buscan el análisis de quien los lee, tampoco su misión es ceñirse a ningún canon formal o servidumbre, su poética huye del corsé para ser libre en la expresión de las emociones, no atañen al intelecto, sino a la experimentación.

Isabel Alamar es una poeta generosa. Como ella mismo ha manifestado en alguna ocasión: todos los días cuelgo en las redes sociales un pequeño poema nuevo, un pedazo de mí. De esa necesidad, o debería decir, de esas necesidades: transformar en literatura sus vivencias, y también compartirlas, florece este ejemplar editado por Playa de Ákaba. Los poemas de Cantos al camino proponen una poesía con la que no estamos familiarizados, su mirada encuentra una realidad que aparentemente nos envuelve, y a la cual ignoramos, que exige no solo nuestra desnudez, sino la voluntad de renunciar al ego. La naturaleza no es el dios, es el altar sobre el que nuestra conciencia, al entregarse a ella, estará lo más cerca posible de aquello que cree inalcanzable.

La poesía de Isabel Alamar refleja una feminidad implícita. Su sensibilidad escoge motivos de aparente dulzura, en sus versos se encuentra el optimismo, en sus palabras hay pasión, sorpresa y agradecimiento.

11071128_10206162871940287_7076697179001803944_n

Isabel Alamar

Este libro se encuentra dividido en tres episodios que tratan de emular tres momentos importantes en una bien resuelta crisis de identidad. “En busca del yo” representa el conflicto psicológico en el que uno mismo admite desconocerse y por tanto, ignora las respuestas a las preguntas más importantes de su vida: ¿quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Hacia dónde voy?

En dicho bloque encontramos versos como estos: Camina, / algún día encontrarás sentido a tus pasos / y puede que también al de los demás.

Es de destacar el hecho de que Jaime Siles escribe unas palabras liminares a esta obra. En su prólogo, además de remitir al lector a su estudio Poesía y traducción. Cuestiones de detalle (2005), advierte el carácter de diario lírico de este libro (yo), así como una entregada y voluntariosa búsqueda del interior en el exterior, como bien indica, menos relacionada con la parte morfológica de la lírica oriental y sí con su espíritu.

“El yo con la naturaleza” es el título de una segunda parte en la que persona y naturaleza se fusionan en un ente único, aquí se culmina esa aspiración mística de abandonar el cuerpo, la luz ya nos traspasa y no tocamos, somos aquello que describíamos y ahora debemos aprender a ser: Mirar el cielo, / mirar los pájaros, / contemplar las olas / y en las alas del mar / ser gaviota o mariposa.

Como hemos dicho, Cantos al camino remite a la pulsión itinerante de Kerouac, pionero de la generación Beat, que tanto y tan bien frecuentó el haiku en las montañas, todavía referente en nuestros días. Camino y canto, movimiento y música a nuestro encuentro con la luz que quizá no buscamos, pero sí nos busca: En ocasiones de la tierra / cuarteada, y cuando no te lo / esperas, mana agua salvaje. Es necesario que el lenguaje empleado por la autora, dada su apuesta, sea sencillo. Ningún poema posee título y la extensión de los poemas oscila entre los dos y dieciséis versos.

En cambio, en “La naturaleza a solas”, última parte del libro y la más breve, como el propio epígrafe indica, nos encontramos ante el parlamento de la naturaleza —aunque no de forma subjetiva ni utilizando la primera persona— dirigido a nosotros. Aquí los restos humanos de esa mirada fundida con el todo parecen traslucirse por su forma de describir los poemas, se intuye ajeno el orador, describe su entorno, eso sí, el yo desaparece y continúa el iniciático rito de una muerte a la vida: Para liberar / la semilla, la tierra a todas horas / sangra y llora.

Cantos al camino es un viaje al corazón de nosotros mismo y, por tanto, de las cosas. La poeta vislumbra una música nunca escuchada y decide abandonarse al sueño de buscarla. Aquí, el camino es la vida, y esa meta anhelada por aquel que vive y se pregunta en ella, no es más que el fluir de ese camino en nosotros, una tácita resolución que comprendemos quizás en el ocaso de nuestra existencia.

18300871_10212646312582251_6618070427340954227_n

Publicado en Revista de Letras de Las Vanguardia:

http://revistadeletras.net/sanchez-guallart-insurgencia-poetica/

Cubierta como soles patagónicos

Título: Como soles patagónicos

Autor: Eloy Sánchez Guallart

Editorial: Unaria Ediciones

Género: poesía

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 90

ISBN: 978-84-943850-0-1

 

Tener entre las manos un libro de poemas cuyo título es Como soles patagónicos invita, cuando menos, a averiguar el significado de esa aparente metáfora titular. Y es precisamente ahí, en este —a priori— poco revelador mensaje donde se encuentran las claves para ir descifrando este salvoconducto de la conciencia.

El calor de lo cercano y apacible (soles), el frío de lo lejano y tal vez inalcanzable (patagónicos). Entre estas dos ópticas, corrientes, tesituras, realidades o utopías, Sánchez Guallart (Castellón, 1963) presenta la urdimbre de su segunda obra poética, un discurso marcado por la rabia pero también por la esperanza.

Publicado en la colección “Astrolabio” del sello editorial castellonense Unaria Ediciones, Como soles patagónicos se presenta al lector dividido estructuralmente en cuatro actos. Es significativo que el orden de estas divisiones sea a la inversa, es decir, el primer bloque corresponde al número tres, el siguiente al dos, y así sucesivamente hasta llegar al último bloque, que no es el uno, sino el cero. Una cuenta atrás, se nos acaba el tiempo para reaccionar como seres humanos enfrentados a su propia moral. Esa zona cero o epílogo final es mucho más breve que las anteriores, pero en ella se resuelve el acertijo del título y, no por nada, pone punto final al poemario con la palabra «combate».

Esta insana realidad en que vivimos necesita de poetas subversivos, de artistas que no acepten la injusticia como trivialidad ni acaten la corrupción como norma. La dimensión interior del ciudadano medio está acotada por imposiciones capitalistas, y por ende, servidumbres materiales. Casi sin advertirlo coexistimos y sobrevivimos en una sociedad enferma que lastra tradiciones y defectos por sistema y potencia su deshumanización con cada avance tecnológico.

Sánchez Guallart es un poeta comprometido, dota a su poesía de una característica tensión en el lenguaje que, si en Manifiesto asténico —su anterior obra— se intuía como sesgo autoral, en Como soles patagónicos se intensifica y revela como consecuencia formal de un fondo que busca sublimarse en la palabra.

24

Eloy Sánchez Guallart. Fotografía de José Saiz.

Este libro es una descripción —en primer lugar— en primera persona del mundo que rodea al poeta, y una reflexión —en segundo lugar—, por esto mismo, acerca de una realidad más social que metafísica. Sin embargo, el lirismo de Sánchez Guallart trasciende —no sabemos muy bien por qué resorte— y aquello más allá del cuerpo, lo inefable, constituye un universo simbólico con el que descifrar lo cotidiano.

Y es que la poesía de este autor castellonense está llena de matices y referencias, como por ejemplo las referidas al mundo del cine. Su vasta experiencia cinéfila lo provee de habilidad para encontrar analogías entre el mundo real y el representado en el séptimo arte. Pero también de la música beben estos versos, valiéndose de elementos de estas dos artes el poeta circunscribe y fecha a menudo y singularmente cada poema en un marco pictórico-temporal.

Este hecho también es llevado a cabo mediante referencias socio-político-culturales contemporáneas. La realidad es el modelo a pintar (salvar, cambiar, proteger), una realidad que se filtra en los poemas, a veces de forma violenta, e invita al sometimiento por defecto y a la acción —por lo que en ella todavía hay de necesario— por ese arrastre hacia el abismo al que está sometida, víctima de un capitalismo oligárquico-cainita.

Los insectos quieren ser llama. / Es su diálogo una armonía / que parece dar sentido / a una apresurada antología del silencio. La búsqueda de un sentido a lo absurdo y mecánico de argumentos cotidianos justifica el irracionalismo poético. La armonía, el silencio, se convierten en baluartes ideales frente a sus antónimos reales, balas de fogueo que en manos del poeta-actor contrapesan una balanza sobrecargada de sombras.

[…] Y pequeñas muertes se sientan a la mesa / y educadas esperan su turno de comida. Los versos de Sánchez Guallart son blancos y libres, en ellos el poeta hace un uso restringido de la coma. Esta apreciación hace proclive la interpretación particular del lector en cuanto a, no solo lo que al ritmo concierne, sino también al sentido de algunos versos. También invita a leer cada poema, al menos, dos veces, pues esa composición de lugar puede reconfigurarse por muchos motivos en una segunda lectura. Como sabemos, un texto, en condiciones normales, puede que no ofrezca todo su mensaje tras una primera lectura, menos aún si es poesía y todavía menos si el poeta utiliza recursos estilísticos, sintácticos y retóricos, como Eloy Sánchez Guallart.

39_CSP-600x580

La poesía de Como soles patagónicos alza su vuelo sobre rupturas gramaticales, usos anárquicos del espacio textual, elipsis e irreverencia ortográfica (ausencia de signos en el poema “¡Hola!”), entre otras cosas. Su disentimiento moral y argumental contra la tendencia global de la sociedad trasciende al propio lenguaje, así durante ese proceso de cuenta atrás asistimos a una transformación parcial del tono lírico. Los interrogantes van abundando más y más en los versos, aumentan las preguntas y las palabras compuestas, las aposiciones sustantivas; de lo testimonial pasamos a lo contestatario, no sin advertir nociones experimentales, como la utilización de eslóganes publicitarios y titulares de periódico, bien como cuerpo del poema o como estrofas alternas del texto poético.

Si en el poema titulado “Ciudad desidia” los versos tienden morfológicamente a una naturaleza prosaica: En lugar de río una plataforma intercambiable / tiene la ciudad que me patea y reza satisfecha en sus estigmas, en el poema “Los más” el poeta utiliza ya sin titubeos la prosa poética: Desbordados de ceguera hasta los hombros, ciudadanos sin cartilla, / espuma ante la piedra artificial que ha sido edificada desde los centros / neurálgicos de la insidia.

La problemática social (general) y todas sus consecuencias intelectuales (particular) son un subterfugio generativo para Sánchez Guallart, quien despliega su particular laboratorio de escritura exploratoria  justo dónde y cuándo más se necesita. La tierra se mueve bajo nuestros pies, la información bulle, muchas veces, teniendo poco o nada que ver con la realidad. Algunos afirman que estamos asistiendo al cambio hacia una nueva era, que seremos testigos de la cuarta revolución industrial y que la próxima guerra mundial será la última. La poesía de Sánchez Guallart apela a nuestra conciencia, el poeta se revela humanista y su poesía, arenga. Síntesis moral de su propio cisma de fuerzas antitéticas, estos inconformes versos no son nada gratuito, responden a una necesidad vital y reflexiva, de insumisión y defensa de los valores humanos. Cada poema es un cadáver exquisito de la crónica de nuestros días, un brote de esperanza que busca su propagación en análogos disidentes proclives a su contagio.

Y para terminar, un poema íntegro del libro.

Siendo

 

 

Si tengo este abismo

de voces lleno

de pisadas con barro hasta la frente

de andamios colgando

de una rama parapléjica

 

es que estoy vivo en un 97 %

y hasta mi autómata me pide

extender su autonomía.

 

Si doblo mis ojeras

en la cama cada noche

y las cuelgo en una percha

-no necesito los ojos para tocarte-

es por necesario descanso

(hombre blanco, primer mundo, clase media en proceso de derribo,

cuarentaytantos años, 1’65, sin tumores conocidos)

 

Si no me hago a un lado

arderé en el cortejo

si no me doy la vuelta

y os miro a los ojos

si ensancharan las calles y pudiera

escribir sin costuras

todo lo que le falta a la palabra

para hacerse necesaria.

 

Así estamos

los unos por los otros

y sin los otros.

 

 

Publicado en Revista de Letras de La Vanguardia:

http://revistadeletras.net/jesus-cardenas-los-refugios-que-olvidamos/

PORTADA_REFUGIOS_SOMBRA

Título: Los refugios que olvidamos

Autor: Jesús Cárdenas

Editorial: Anantes Gestoría Cultural

Género: poesía

Año de publicación: 2016

Número de páginas: 81

ISBN: 978-84-945910-0-6

 

Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaira, Sevilla, 1973) se encuentra sin duda en el apogeo de una etapa prolífica —con todo lo bueno y malo que ello conlleva— de su carrera como poeta. Desde que en el año 2005 fuese merecedor del Premio José María de los Santos por su obra titulada Algunos arraigos me vienen hasta nuestros días, el autor sevillano ha publicado seis interesantes poemarios: La luz de entre los cipreses, Mudanzas de lo azul, Después de la música, Sucesión de lunas y el libro que nos ocupa. Los cinco últimos libros han sido publicados con una periodicidad de libro por año, lo cual manifiesta un envidiable estado de inspiración, no tanto por cantidad, sino en su caso, por calidad.

Ya en la cubierta de Los refugios que olvidamos, encontramos la singular obra pictórica titulada “Manchas de invierno” del pintor sevillano Jorge Mejías Garrón. En esta pintura el autor representa la abstracción de un rostro humano que parece fundirse con texturas invernales, —o una abstracción del invierno fundiéndose con texturas humanas— y son precisamente esos dos elementos, el ser humano y la naturaleza, esa insinuación de identidad entre el maremágnum sombrío, ese aparente frío y ese estremecedor gesto anónimo, los factores principales de este manual de confesiones.

Pero la pintura de Garrón no se queda ahí, su juego de estratos y de capas revela más analogías que las argumentales. Por ejemplo, cuatro son los colores principales de esta obra: azul, negro, albo (o blanco mate) y rojo. Cuatro son también los bloques en que se divide el poemario. Mientras que los colores azul, negro y albo armonizan entre sí, el artista utiliza el rojo para dar una vigorosa pincelada —en la hipotética sien del rostro— que rompe con ellos y reclama su importancia en el lienzo. Resulta que esa oposición cromática, ese antitético pigmento encuentra su traslación en el texto, precisamente en los títulos de los cuatro bloques, y por extensión, en el contenido de los poemas.

La primera parte del libro se titula “La humedad”, este mismo sustantivo ya posee connotaciones invernales, además de evocación del agua, de materia blanda y cuerpo ajado: Se hizo invierno en la flor. / Su halo se muestra al jardinero. Por el contrario, el siguiente apartado del poemario lleva por título “Hojas secas”: Un cielo tan otoñal sin aristas de labios / en la noche preclara vierte la sed sin límites / donde cada silencio es ardiente vacío, lienzo en blanco. Huelga decir que toda su semántica es inversa. Lo mismo sucede con el tercer y cuarto bloque, “Anclaje” y “Sumideros” respectivamente, en ambos casos un singular contrapuesto a un plural. La lucha de contrarios, aquello a lo que asirse y lo que nos arrastra, de lo firme y seguro (refugio) a lo inestable y amenazador. La intemperie y el miedo, itinerario vital, de experiencias rotundas que como el propio poeta indica en la parte final del libro, sugieren ese cambio de ciclo —que nada tiene que ver con la aritmética— tan drástico como necesario.

El tono embebido en elegía de Jesús Cárdenas empuja a su poesía al dramatismo, su representación lírica es dolorosa, pero también compartida. El lector no es un convidado de piedra en este espectáculo, es flor y jardinero, tarde muda, un tronco más. El hipotético lector participa en estos versos porque la humanidad del poeta, su necesidad misma de expresarse, conlleva implícita también la de comunicarse. La apasionada poética de Jesús Cárdenas rompe la tercera pared del libro abierto e involucra en sus aguas a sus intrépidos observantes.

Desde ese virtual tercer segmento del triángulo, mirada y conciencia del traductor se ahorman a la densidad equilátera del verso. Todo se reconoce, nada parece extraño: Como hojas verdes lloviznadas, / tus ojos brillaban a oscuras / con destello de astro en la noche, / con el resplandor propio de la vida.

Los refugios que olvidamos se compone de cincuenta poemas, en su mayoría de poesía amorosa, sin embargo el tono metafísico y celebratorio de otros pasajes temporales en la bibliografía de su autor ha derivado en domada experiencia y cierto pesimismo. Un paño sombrío se cierne sobre todo esplendor descrito aquí, y aunque no lo corrompe ni apaga, ya no es lo mismo saber que ahí está: Al principio, eran manos asustadizas, / huidizas a la luz, sólo a oscuras, / en secreto, se hallaban a sus anchas. // […] Veranos e inocencia aniquilados / los viste mi memoria de oro viejo.

14902958_1147464858672726_245984356431578509_o

Jesús Cárdenas. Fotografía de Ismael Rojas

El poeta nos habla de refugios, de chiqueros finitos donde salvaguardar la esperanza que ve amenazada su existencia por fuerzas muy superiores: Era tu voz el único refugio / señalado en la cumbre. Nos hace creer que ese fuerte destinado a protegernos es un lugar físico, cuando en verdad esa entidad protectora no es otra que quien lo lee y comprende, la homóloga carencia al otro lado de la escritura: Entonces, cómo lo hago, madre, sin sentir este frío, / sin temblar, qué escribo para salvarme. El sujeto lírico busca redención en la palabra poética, quizás el verdadero último refugio de un hombre medio cuya causa excede su salvación: Ya desde por la mañana se entiende / lejos de todos, cerca del abismo, / muy cerca del temblor, de los sollozos. // Insiste en aferrarse a cada libro, / a lo único que le queda. Fin de etapa.

Quizás a ese fin de ciclo anunciado siga un cambio de registro poético. Hasta ahora el amor ha sido el motor principal de una poética que ha dado seis frutos, distintos, jerárquicos, pero unidos por su vibración en una misma frecuencia.

La tesis es la esperanza, la antítesis el miedo; en manos del lector está configurar la síntesis de tan tremenda combinación.

Esos refugios ideales van cambiando a lo largo de nuestra vida. Su morfología muta al paso de nuestras necesidades. La desesperación por encontrarlos, conservarlos o recobrarlos se agudiza con el tiempo y su peor carcoma es el olvido. No solo un ejercicio de memoria puede anclarnos a ellos, también de autobúsqueda, desbrozo y desnudez. En los altares de la verdad lo humano es siempre duda, volubilidad, es siempre ambiguo.

De la futura antología total de Jesús Cárdenas, esa que algún admirador de su poesía formará cuando su autor haya cruzado el arco iris estigio, podrá extraerse un poemario accidental formado por poemas involuntarios; me refiero a esos poemas que este autor viene no escribiendo en los índices de primeros versos de casi todos sus libros. Los refugios que olvidamos no podía quedar al margen de ese holográfico glosario y también contiene versos luminosos para aquel que se tome la molestia de buscarlos:

[…]

Erotismo de la hoja,

tarde muda,

el amor no muere, se reinventa:

crisálida del cielo.

Hoja expresionista,

la doble vida esquinas:

conjetura un refugio.

Transparencia líquida,

casa abandonada,

reflejo de un solitario sin rencores;

detrás,

la puerta,

tentaciones,

cuerpo derramado.

 

 

Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2017/03/el-nadador-nocturno-de-rafael-correcher.html

rafa1

Título: El nadador nocturno
Autor: Rafael Correcher Haro
Editorial: Germanía
Género: poesía
Año de publicación: 2014
Número de páginas: 89
ISBN: 978-84-16044-57-3

El nadador nocturno comienza con una nota del autor en la que, de manera muy breve, ofrece al lector las claves para interpretar este ensayo poético. Así conocemos que de una cita de Carlos de Oliveira[1] —incluida en el libro como introducción a los primeros versos— surgió una idea en el poeta y a esta sucedieron multitud de interrogantes. Esa fascinación inicial, ese asombro del descubrimiento, de la idea, está contenida en estos versos, pero también su repercusión colateral, la duda. Esta incertidumbre contagiosa es tolerada por el poeta por considerarla uno de los pasos previos a la edificación de una nueva conciencia, y he dicho bien, las divagaciones líricas de este libro tienen una aspiración —que no pretensión— a mostrarnos otra manera de observar las cosas y por tanto, —si acaso tal hazaña fuese posible— reconfigurar nuestra forma de comprender el mundo.
Por tanto, advertidos ya del cariz indagatorio y reflexivo de los poemas, nos adentramos en las páginas que la poeta Mar Busquets-Mataix ha escrito a modo de prólogo. En este segundo umbral comenzamos a averiguar algunas marcas de importancia por las que se filtrará la imagen poética y el pensamiento. Por ejemplo, la palabra «solitario». Busquets-Mataix nos dice que la mirada del poeta parte de la observación del mundo y de esa impactante contemplación —solitaria, como el nonato sumergido en líquidos amnióticos— emerge la posibilidad de un nuevo mundo imaginado. Esta posibilidad, lejos de considerarse megalómana o presuntuosa, es una necesidad vital provocada por la exposición a la realidad. Ese bituminoso magma que envuelve a la pre-vida, no es solo su nutriente, sino también su protector y abrigo, una analogía perfecta para un nadador, tesitura de múltiples interpretaciones, pues todo en el universo es un juego de cuerpos suspendidos.

Siguiendo con las apreciaciones del prólogo, se nos revela que algunos poemas no son solo reflexivos, sino también críticos. Los poemas titulados “Insomnio” y “Barrio de Sahaar” están concebidos de manera crítica por su trasfondo político-social y el tono acusatorio de la voz lírica: Si contemplar el sol otra mañana / aquí es todo un milagro, / tampoco es menos cierto / que en Shaar ya nadie quiere / pensar en esa intercesión. Pero esa perspectiva crítica se extiende y abarca mucho más que a lo social, su inconformismo y ansia de libertad trascienden y la parte más destacada de esta sumersión —que también es subversión— está dedicada a una implacable crítica al lenguaje.

La palabra «logos» cuando no se explicita está implícita en la imagen, el sentido o la esencia; para el poeta, el logos es impreciso y ello unido a nuestra dependencia de él lo convierte en dañino para el ser humano. A decir verdad, la referencia al logos debe ser tomada en toda su riqueza semántica, ya que sus tres acepciones alternan su significado en diferentes momentos de la lectura: Desmenuzad las cosas / hasta que solo os quede / una hebra diminuta, // el vértigo benigno del principio (Razón, principio racional de universo); Este peso esencial, / doloroso / pero también abierto a la alegría / pone nombre a las cosas (Verbo o Logos teológico); Ese velo pintado / será de nuevo el tenso olor / en las conversaciones; // un delirio inaudible que regresa (discurso filosófico que da razón de las cosas).

Este poemario está estructurado en tres partes que corresponden —o esta es una de sus posibles lecturas— a tres actos temporales de ese hipotético nadador. La primera “La punta de los dedos”, como su propio nombre indica, es la zona del cuerpo donde se da el primer contacto del ser con lo desconocido, el nadador y el agua nocturna; en el supuesto lance hacia lo misterioso, la primera parte física en tomar contacto con lo extraño —tras el salto de lo firme a lo informe— son las falanges, de ahí su correlación temporal con el segundo movimiento “Cuando te falta el aire”.

El autor obvia la procedencia de la tierra y el posterior momento aéreo para centrarse en la perturbadora toma de contacto entre el ser humano y la naturaleza, en su sentido más amplio. Ya inmerso en las profundidades el sujeto lírico experimenta la asfixia que provoca sentirse un cuerpo extraño en un nuevo medio. La noche y el agua se adensan mutuamente y entre ellas discurre la mirada hacia la superficie de un ente en transformación metafísica, de ahí el epígrafe del siguiente apartado “Algunas luces”.
Este sentido discursivo-temporal puede también invertirse, es decir, comenzar ya en la inmersión y con la punta de los dedos tocar y transfigurar esas luces deformadas de la superficie y la amplitud y significado de los poemas no se verían afectados. Todo es afín en esta dinámica, a las mismas emociones compromete.

En este libro, el ser racional vence al intuitivo, aunque ambos conversan y en su lucha lingüística se advierta una tendencia al adjetivo rico en resonancias al más puro estilo de Ungaretti, el poeta no fuerza el verso —al menos, no intuyo esa evidencia— para alcanzar lo estético, esa cima conquista con meditación y oficio: Cansado de los nombres asumo nuevos riesgos / y aparto / el horizonte blando de la niebla. // Invoco soledad / donde agrupar mis multitudes / y olvido notas previas, también caligrafías.

10153899_643420919107633_7264967336760417151_n

Rafael Correcher

El arbitrio poético de Rafael Correcher, aticista confeso, tiende a una armonía polimétrica que conjuga un exquisito equilibrio entre  léxico, metáfora y ruptura gramatical con su coaxial y casi totalizador denominador común, el ritmo.  En sus versos blancos, de tendencia imparisílaba, también la prosodia está ponderada con precisión de cirujano. La extensión del poema y del verso, siempre correlativas a la escrupulosa síntesis del argumento y conscientes de su función de recurso, es resultado de poda con brotes indultados para tratar de ser justo, también, con cierto grado de pulsión.

Sin resultar explícitamente hermética,  a pesar de tener como referente a Ungaretti —y añadiría también a Montale—, la poesía de Correcher Haro contiene referencias intelectuales y un sesgo estilístico que revelan influencias de la llamada «escuela hermética italiana». En su tono y hondura —por ejemplo— el ojeroso lector de poesía encontrará resonancias de Gatto, Luzi, Campana o Salvatore Quasimodo, poetas influenciados a su vez por Valèry y Mallarmé, que brillaron con luz propia durante las primeras décadas del siglo XX.

Si la poesía hermética procede del ensayo y requirió en sus inicios de oscuridad textual, de imbricadas analogías para sortear la censura del fascismo, la poética de Correcher parece provenir del mismo origen, de la reflexión, del análisis profundo, de la emoción y el sentimiento, sí, pero tras ser sometidos a la razón; sin embargo se aleja del rasgo elitista de los primeros herméticos, pues su lenguaje es claro, breve y la única sombra posible sobre el texto sería proyectada por las limitaciones culturales del lector.  En El nadador nocturno, el poeta transfigura el fascismo en su propia moral, su propia conciencia, a la que interroga después de haberse expuesto al mundo y su contemplación. Hablamos pues, de una poesía concebida a modo de síntesis de un conflicto interior, alejada del gran público, destinada a priori a no muchos lectores y experimentada por su autor, en parte, como una revelación.

Y sin embargo, estos versos conectan de inmediato con la comprensión y humanidad de quien los lee. Decía Ungaretti: «Los viejos maestros parecen agotados y ya suenan a falsos… El poeta moderno recoge la palabra en situación de crisis, la hace sufrir con él, prueba su intensidad y la iza en la noche». Por ello el yo lírico de este libro es un nadador intrépido, un arriesgado colonizador de sus propios miedos, de sus acuciantes dudas, y por el mismo motivo la lontananza temporal de su zambullir es la noche.

Quasimodo empezó a escribir poesía y lo hacía como mero pasatiempo intelectual. Imitó antiguos modelos griegos y pronto hizo fama como poeta perfeccionista, recomendable para la aristocracia. Pero a medida que el poeta y su poesía fueron teniendo contacto con la vida real —algo en lo que sin duda influyeron las terribles guerras y sus consecuencias— su estilo cambió drásticamente, su poesía se radicalizó en la indignación y desde entonces se convirtió en un manifiesto de valores que merecían volver a ser reinstaurados en una sociedad con demasiadas heridas abiertas.

La indignación de Quasimodo es la indignación del individuo actual, Correcher Haro es un poeta de su tiempo pero a su vez es disidente de las prácticas filisteas del sistema capitalista en el que le ha tocado vivir. Su poesía recoge todo ese inconformismo y rechazo individual y lo convierte en el sentir universal de un nadador que representa al ser humano, atribulado y decidido a reflexionar sobre el mundo y su propia condición en él. Todo se encuentra a la intemperie, cada convención, cada ley, cada cosa dada por sentado es un pretexto para el poeta, la poesía lucha contra el conformismo y la ignorancia, de su espartana singladura deviene lucidez.

Dice el poeta Juan Pablo Zapater en la contraportada del libro, que el autor de El nadador nocturno se muestra a un tiempo maestro y discípulo de sus propios pronunciamientos poéticos; quién sino así, debería verse, si aspira siquiera a conocer una noción de verdad.
Con este libro, Rafael Correcher fue finalista de los premios Loewe y Ciudad de Badajoz en el año 2012. Su anterior poemario, El azul de los lápices (Denes, 2009), fue merecedor del VI Premio de Poesía César Simón organizado por la Universidad de Valencia. Su tercer libro se espera con la expectación de quienes comprenden que la verdadera poesía es silencio y meditación en un mundo gobernado por los apóstoles del ruido.

[1] «Y tan pronto como sus vuelos; / anteriores a la escritura; las precipitan / en el papel, se comienza a escribir».