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Publicado en la revista “Oculta Lit”:

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Título: Annie Hall ya no vive aquí

Autor: Boris Rozas

Editorial: Celya

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 69

ISBN: 978-84-16299-69-0

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A finales de los años setenta hubo dos cineastas que marcaron de alguna manera a Boris Rozas (Buenos Aires, 1972), fueron Martin Scorsese y Woody Allen. A través del título del poemario, Rozas fusiona “Alicia ya no vive aquí” y “Annie Hall”, películas destacadas en la filmografía de los mencionados cineastas, en una suerte de híbrido que homenajea las singularidades, sobre todo, del mítico personaje encarnado en la gran pantalla por Diane Keaton.

    “Annie Hall ya no vive aquí” supone el duodécimo poemario de Boris Rozas, poeta hispano-argentino de dilatada trayectoria que vive uno de los momentos de mayor plenitud de su carrera; un libro sucede a otro y lo mismo ocurre con los premios, el libro que nos ocupa fue merecedor del XVI Premio Internacional de Poesía “León Felipe”, galardón que suma a su ya larga lista de reconocimientos.

    Dividido en cinco bloques y a lo largo de cuarenta y siete páginas, el yo lírico —quien parece tomar poca distancia con el autor— narra en primera persona su particular historia de amor y desamor con referencias constantes a Manhattan, New York, así como a referentes de la cultura anglosajona. Rozas consigue particularizar su obra en este sentido y parte de su acierto a la hora de dar textura a la personalidad del libro corresponde al jazz. Ya sea a través de Coltrane o un músico callejero blandiendo un saxo, la música está muy presente en toda la obra y matiza su profundidad atmosférica, pronuncia su sensorialidad.

    El primer bloque, titulado “Lowcost” se resuelve en cinco poemas numerados que como el resto de poemas del libro —salvo tres excepciones— quizá no llevan título porque son partes de un mismo poema; por tanto, estamos hablando de un macrotexto que se expande en una continua secuencia, obviando las elipsis.  El hablante lírico utiliza la metáfora del viajante que arriba a un país extranjero para extrapolarla a la fisicidad de dos amantes que se esperan. El apóstrofe al que dirige su parlamento es un ente femenino y el tono aticista de todo el poemario lo dota de hiperrealismo.

    Boris Rozas se acerca a una coloquialidad cotidiana en este libro, renuncia a complejidades retóricas para dotar a la naturalidad del verso libre de dinamismo y actualidad. Su poemario, sin perder de vista la larga tradición panhispánica de poetas que han escrito al amor, puede considerarse posmodernista.

    “Permiso concedido” es la segunda remesa de poemas. Aquí, el hablante lírico manifiesta su anhelo y para ello, no duda en personificar cosas, describir paisajes o comparar diferentes lugares y situaciones con su estado de ánimo. Y es que la inestabilidad de ese paisaje interior es la brújula que decide la profundidad de sus recuerdos.

    La parte nuclear del libro y una de las más extensas se titula “Anchorage”: la presencia de extranjerismos es constante. Aquí, la construcción memorística del amor es maridada con pinceladas críticas a la sociedad capitalista. El escenario es siempre urbano, los elementos poemáticos son actores icónicos de las grandes ciudades modernas: trenes, lonjas, cafés, paseos, grúas, dirigibles, centros comerciales, etc. El tono confesional del hablante lírico apunta a una sinceridad que no se arruga por más debilidades que revele, y por lo mismo, la posibilidad de que el lector se reconozca en sus versos aumenta conforme vamos adentrándonos en el poemario.

    “La primera vez que salté por una escalera de incendios” comienza con un poema dividido cuyas dos estrofas comienzan con el verso que da título al bloque; dicho recurso anafórico es empleado de forma recursiva a lo largo del poemario, bien dentro de un mismo poema, como el citado, o enlazando el primer y último poema del primer bloque, lo cual deviene en intertextualidad propia y su efecto vinculante de abroche.

    En esta parte del poemario la melancolía por el desencuentro asume el primer plano. La soledad, el llanto, la despedida, cada elemento del poema apunta en dirección a un dolor de ausencia, a un autorreproche rebuscado en la conciencia herida de memoria. En esta latitud es donde más entroncan estos versos con la búsqueda de amor e incertidumbre que rodaron Allen y Scorsese, artistas antagónicos que supieron hacer de ideas sencillas grandes películas.

    “Annie Hall ya no vive aquí”, quinta y última parte,  clausura el conjunto dejando en el lector un sabor agridulce, pues la apasionada reconstrucción del amor comienza con sensaciones placenteras que van oscureciéndose a medida que una fotografía, un escaparate, van envenenando de vacío la aparente felicidad del hablante lírico. Los últimos poemas confirman que la apelación del protagonista resulta en monólogo y recogen una versión del amor más descarnada, más centrada en los estragos que produce su ausencia que en las bondades que brinda su evocación.

    Boris Rozas, sin duda, se encuentra en su madurez poética. Su estilema es accesible a todos los públicos y representa acertadamente cómo funciona y entiende el mundo. Su ideología poética renuncia a la rima, métrica y complejas retóricas para asentarse en un realismo cotidiano. De alguna forma, este libro continúa su diálogo sobre la soledad, comenzado en “Las mujeres que paseaban perros imaginarios” (Piediciones, 2017), su anterior poemario, y persiste en la audacia, transgresora y contestataria, fiel a su labor como cronista e hijo de su tiempo que le ha distinguido como estilo propio.

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Boris Rozas

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Reseña publicada en el número 3 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”:

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Título: Ultramor

Autor: Alfonso Brezmes

Editorial: Renacimiento

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 100

ISBN: 978-84-16981-51-9

Alfonso Brezmes (Madrid, 1966) demostró con La noche tatuada (2013) y después con Don de lenguas (2015), ambos libros editados por Renacimiento, que no es un poeta de paso. Debutó en la poesía, pasada la cuarentena, pero con tan solo tres libros es ya un valor seguro entre los poetas de su generación. En sus poemas, parte de la clásica y culturalista tradición novísima se encuentra con la forma y motivos de la experiencia. Aunque poco importan las etiquetas en una poesía-verdad, concebida tras muchas lecturas y vivencias y un gran amor por la fotografía y el collage. En los poemas de Ultramor se filtra toda la sapiencia de un viajante, de un observador de curiosidad inextinguible que ofrece sin remordimiento el fruto maduro de su experiencia.

    Leyendo este libro habrá quien recuerde a Sven, Wilhem o Caro Baroja, quienes hicieron de sus «cuadernos de campo» ejemplares archivos de anotaciones acerca de sus extraordinarios viajes. No menos extraordinario es el viaje propuesto por Alfonso Brezmes, ya que tras cada poema se intuye esa tarea de investigación, lo que en poesía se traduce como reflexión precedida de sorpresa, en su singular incursión en busca de la fuente primaria de la emoción: «Ahora elijo con cuidado los caminos, / no por la ciudad a que conducen, / sino por lo que ofrecen a mis pies».

    Brezmes escinde Ultramor en dos partes: «Ojos que no ven» y «Corazón que presiente». Y ya en esta ruptura del cliché se manifiesta una nítida declaración de intenciones: mirada y sentimiento. Estas dos aparentes abstracciones de dichos epígrafes contienen en sí la semblanza aproximada de lo que este libro representa. Pero al igual que esta titular nueva ordenación de lo trillado, nada será lo que parece a ojos del lector, pues el poeta es un hábil conocedor del medio en que se expresa: el lenguaje, y los juegos de palabras y de imágenes, las elipsis, figuras y referencias, serán constantes en una obra densa, metalingüística y viva, que a través de la palabra se dice y se desdice, cuestionándolo todo, hasta su propia esencia: «El último día que pasé contigo fue / el primer día que pasé conmigo. / Salí de ti para encontrarme».

    Si en una primera clase de Filosofía del Lenguaje se nos pregunta acerca del concepto de «significado», la poesía de Alfonso Brezmes realiza un elogio y refutación de sus propias teorías a este respecto. Titular este libro con un neologismo, ese amor prefijado, subraya la importancia de —pese a no haber un eje temático — un discurso intermitente, emitido por el hablante lírico hacia la persona amada: «Siempre tuve tendencia a desmitificar, / me inicié con tu cuerpo en la mitología»; pero también, da cuenta de su inquebrantable fe en la palabra: «el mundo ha vuelto a creer / en lo que no precisa ser cantado, / y la belleza consiste ahora en escuchar / cómo algo se escribe dentro de nosotros».

    Muchas son las preocupaciones, recuerdos y pensamientos del poeta; los temas de los poemas, análogamente reproducen esa pluralidad en un amplio abanico de colores: recuerdos, pensamientos, plegarias, ideas; y como si de un collage se tratase, no solo argumentalmente son diferentes los poemas, también lo son en lo formal: si algunos de ellos están escritos íntegramente con versos imparisílabos —con predominio del endecasílabo—, en otros, la heteropolaridad —no exenta de cadencia— lo acerca al verso libre. Una constante formal es la rima blanca de los versos, algo que se sostiene con pulcritud.

    En el transcurso del libro, la naturaleza inquieta del poeta es transmitida, como también, su inteligencia. La palabra se tensa para tratar de derivar su significado a través de la grieta. El pensamiento, alerta para esquivar los lugares comunes, busca la originalidad argumental dentro de una coherencia sintáctica que no busca lo poético en la ruptura gramatical.

    Poeta singular, Alfonso Brezmes es difícil de etiquetar o adscribir a algún bando o ideología poética. Probablemente, la particularidad de ser independiente, de escribir sin porqué ni pensando en rendir cuentas, favorezca esa libertad creadora que esplende en los poemas.

    Uno de los rasgos que definen su poesía en este Ultramor es esa capacidad para contar una historia en el interior del poema. Si en su modo confesional y descriptivo el autor es íntimo y preciso; no lo es menos cuando recurre en ocasiones a una función narradora de especial contundencia, ya que no solo expone y desarrolla un hecho, la actitud frente a él de un personaje o su situación tras las consecuencias, sino que remata cada poema incluso con moraleja: «[…] y una lágrima rodó sigilosa / hasta desteñir la piel del mundo. // Pero yo ya no estaba allí / para poder contarlo».

    Baluarte en su estilema es la elección de un léxico limpio que no cede un centímetro a los ruegos de la estética. Este rasgo es consonante a la serenidad de una voz madura que hace de la incertidumbre un cálido remanso para la reflexión, una reflexión que deviene asunción del mundo, del ser humano y sus complicados procesos; donde el lenguaje es un lugar para esconderse: palabra sanadora, creadora, pero también, semilla de esperanza: «[…] mientras en las ruinas de antiguas bibliotecas / los pájaros se posan en silencio, / con la emoción apenas contenida / de aquello que está a punto de decirse».

LA CASA SIN PUERTAS

Homero vio a Dios:

esa fue la causa de su ceguera.

Borges leyó a Homero,

y en sus hexámetros las naves

surcaban el mar para llevar el sol

hasta el ciego horizonte de sus ojos.

Yo he leído antes a Borges

y otro me lee a mí ahora.

Así viaja la luz

por esta casa sin puertas

cuyos muros son palabras:

iluminando unos cuartos

tras dejar otros a oscuras.

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Alfonso Brezmes

Reseña de J. Rafael Mesado publicada en “Todoliteratura.es”:

 

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  1. Pequeñas pistas

La poesía que Heberto de Sysmo (presencia heterómina de José Antonio Olmedo López-Amor) transmite en este poemario es una poesía, en cierto modo, naïf; sencilla en apariencia pero densa y vehemente en su semántica. Discurso que expresa un significado oscuro, en ocasiones terriblemente intelectualizado y, desde aquí, se dirige a la realidad que se halla más allá de las palabras y de los conceptos, hacia el silencio. Es así una poesía que apunta a lo innombrable, a lo exclusivamente tangible. Este viaje gravita sobre diversas zonas de interés como la poesía como conocimiento, la poesía como magia y alquimia, la mística, la metapoesía… De todos modos, se trata, en todo momento, de una poesía metapoética, pues la poesía reflexiona sobre sí misma y establece sus relaciones con la realidad, con la tradición simbólica, con el lenguaje (como representación), con el sujeto…

            En este poemario se concibe la poesía como una operación alquímica, cuya tarea consiste en desvelar el significado más profundo de la realidad, en extraer la materia prima de la oscuridad. Solo ella nos permite pescar en las aguas del misterio.

                        Costumbre adolescente del poeta:

                        irse de versos,

                        volver ebrio de magia,

                        despedir el ocaso de la Luna.

                                               («Versotropismo»)

  1. Metapoesía

            La metapoesía es un movimiento que se dirige al interior del poema, este se convierte en el único universo de referencia al plegarse sobre sí mismo y erigirse como espacio de meditación. Meditación ve viene establecida desde la misma estructura del poemario («Physis», «Mathesis», «Mímesis», «Semiosis»: realidad, representación, reflejo, discurso). La metapoesía se convierte aquí en espacio propicio para la teoría, en el que repensar sobre la función que se le atribuye a la propia poesía: conocimiento del ser, expresión de la realidad más cercana, intento de representación de lo irrepresentable, espacio de conjunción entre los humanos…  En algunos poemas se plantean cuestiones relativas a la distinción entre el lenguaje y la realidad o entre el código poético y su sujeto. Este es el caso del poema que inicia el poemario y que se titula «Dicotomía saussureana», en él se distingue el lenguaje como invención y artificio humano [(conceptual) que se proyecta sobre una realidad ilimitada, tangible, a la que recorta] del lenguaje individual, profundo (poético). La poesía se separa del entramado social, de la red conceptual colectiva, porque supone un código íntimo (individual), subjetivo y enigmático. Es el único lenguaje («dialecto en alambique») capaz de representar lo más misterioso, tanto del ser como de la realidad:

                        Esta jerga de nadie y para todo;

                        arquitectura afín a la conciencia.

                        Este modo de creer que somos y decimos.

                        Este acopio de signos sin ternura

                        ¿es mi lenguaje?

           

Pero, aún así, cabe plantearse si este responde a un sujeto que lo produce: «¿es mi lenguaje?».

            En el poema «Atavío» la poesía, como producto lingüístico, aparece como traición a lo real, como otra realidad, representada, que se rige (como ficción e invención: mentira) por otros parámetros existenciales.

                        Sabes que en la metáfora sucede

                        algo nunca ocurrido:

                        que la ficción es hueso que vertebra

                        la entintación de otra mentira;

                        sabes que en la escritura

                        la belleza es hológrafa.

                        Si en algo aprecias la sinceridad

                        ¿por qué sigues leyendo?

Poesía que es ficción, porque se establece, como entramado de signos, sobre el engrudo de la realidad sin articulación ni delimitaciones. Pero, ficción que desvela realidades humanas que escapan a la tiranía de la lógica:

                        La Poesía es inteligencia;

                        conforman ambas ese matrimonio

                        en que la intuición es rol de amante.

                        Obviamos la entidad inteligente

                        cuando nos entregamos a su lira,

                        mas sin inteligencia, Poesía

                        sigue siendo aquello que hojece;

                        el lampo en la deriva.

                                               («Lampo en la deriva»)

La poesía, mediatizada por su significado emocional, conecta intuición y sentimiento con la  producción mental, de signo lógico. Pero cuando el poema queda desatado de sus servidumbres conceptuales se manifiesta como un relámpago de inmediatez (símbolo del satori[1] en el budismo zen) cuya manifestación literaria es el koan[2]. Así el lenguaje se abandona al oleaje de sus palabras y danza consigo mismo.

3 Conocimiento

            Heberto de Sysmo concibe la poesía como método de conocimiento y de aprehensión de la realidad, tanto exterior como interior y humana. Se trata de un acercamiento, intuitivo y emocional, al ser, para profundizar en sus más intransitables laberintos y en sus más inaccesibles sótanos. A su vez, supone también de un acercamiento al ser humano como colectividad, a su tradición simbólica mediante la expresión y reactivación de sus arquetipos[3] o figuras simbólicas. La poesía se establece así como discurso del inconsciente:

Literatura del Bien Común:

                        pesadilla de Licofrón.

                        Escabel del orgullo:

                        emunción intrahumana.

                        Émulos del lenguaje somos,

                        grafólogos de la inconsciencia,

                        arquitectos de bella antigrafía.

                                               («Esbatimiento»)

                        Lenguaje es pensamiento,

                        argumento y vehículo,

                        forma de la ocurrencia,

                        decir de lo inefable.

                        Somos en el lenguaje,

                        a través suyo urdimos

                        cartografías de la mente.

                                               («Isoyeta»)

            Así encontramos imágenes arquetípicas como la espiral o el infinito (cinta de Moebius), que actúan en su dignificado de circularidad o continuidad, eterno movimiento continuo que simboliza el ritmo incesante y dinámico de la existencia. Tal es el significado del símbolo taoísta del yin/yang.

                        Decir para vivir,

                        vivir para decir,

                        y después de haber dicho

                        volver a desdecirse.

                                               («Espiral de vida»)

                        Invierto una palabra,

                        y en su reverso

                        atisbo el arañazo

                        de aquel primer encuentro.

                                               («Vida en la elipsis»)

            La escritura poética, tal como queda formulada en la poética de Heberto de Sysmo, supone una vía intuitiva al conocimiento, ya que refleja justamente aquello que escapa al control racional, aquellas significaciones perdidas en los espacios más oscuros de nuestro laberinto interior, aquellos misterios que se esconden en los pliegues de la realidad más cercana. La práctica poética es una voluntad de conocimiento, espejo de aquello que somos, tal como se indica en el poema «Vitral delicuescente»:

                        Palabra es el espéculo tardío

                        de la consciencia.

No solo la poesía es espejo, sino que significa la posibilidad de percibirnos tal como somos. Poesía que se concibe como el fondo oscuro y necesario donde percibir los trazos de tiza en una pizarra, como el silencio blanco del papel donde se recorta el sonido dibujado por la tinta de la palabra. La poesía es como la muerte, el fondo desde donde podemos percibir la vida. Poesía y ser poseen una relación polar, ya que ella nos escribe y nos pronuncia:

                        Para que todo sea

                        debemos expresarnos

                                               («Tendencia de copista»)

                        Resistirse a decir, convierte al hombre

                        en el bruto animal del que procede.

                                               («Las Fuerzas de la Literatura»)

            La poesía no solo consiste en una tarea de desvelar lo que somos, sino que ofrece un espacio de posibilidades (tanto al ser como al saber). Pues ella es una vía alternativa de conocimiento, donde las palabras, sometidas a su propio vaivén, son convocadas unas por otras y de su conjunción aparece la chispa de la conciencia, el relámpago que expande el pensamiento más allá de sí mismo. La poesía crea realidades, al igual como la mente crea símbolos o los árboles crean hojas, automáticamente.

  1. Sujeto

            Heberto de Sysmo plantea la existencia de una poesía que rechaza las normativas de los códigos comunicativos y se abandona a su propia vorágine, a su mismo discurrir. La poesía se construye a sí misma sin los dictados de un sujeto, de una autoría que dicta. Sin ego, el poema se construye así, el propio lenguaje es quien lo construye. Es el discurso quien dibuja sus estrategias y establece sus conjunciones, una tierra de nadie que revela sus propias significaciones, que explora territorios nómadas y desérticos.

                        Si criticas el riesgo

                        y no aceptas que el canto

                        es un estado de silencio;

                        piensa que

                        en terra nullius

                        siempre florecerán palabras nuevas.

                                               («Espíritu de campanario»)

Lenguaje en su propio discurrir, sin sujeto.

                        ¿Qué determina cuál,

                        o qué o cómo o cuánto,

                        sino el propio poema?

                        Hablar por él es algo

                        —cuando menos, impropio—

                        de quien en humildad subsiste.

                        Por eso solo creo

                        en los «casi poetas»,

                        esos falsos maestros

                        presos en versos libres.

                                               («Ponderación de la hermosura»)

Poesía sin límites, rizomática[4], que (como el rizoma) no tiene ni sujeto ni objeto, por ello se pliega perfectamente sobre los territorios que transita. Escritura que es fluctuación, multisecuencial. La poesía, en este sentido, no se pliega solamente sobre la red de símbolos que es el lenguaje; sino sobre el silencio que queda entre sus huecos. Huecos por donde sobresale la realidad.

            Se trata de un intento de ir más allá del lenguaje, hacia el silencio de la realidad. Donde el lenguaje se desdibuja, abandonando la noción de sujeto, y adquiere matices nuevos y diferentes. El poema hace que el sujeto quede revelado en él (el poema me conoce, me escribe, me realiza), es él quien se escribe a sí mismo:

                        Entre los versos

                        arden palabras libres

                        nunca escritas.

                                               («Caligrafía oculta»)

                        El pensamiento abunda

                        en los ángulos muertos del lenguaje.

                                               («Apostema»)

                        Soy el verbo, la estrofa, la cesura,

                        el cronopio tachado y abstraído,

                        en el papel estoy, como en el aire,

                        pretendiendo nombrar hasta mi encuentro.

                                               («Cantor idente»)

            No es el sujeto quien crea el poema, sino el poema quien certifica la existencia del sujeto, aquello que lo posibilita. Además, el poema es un espacio de encuentros, el del sujeto con el receptor. Es la mirada del receptor quien hace posible la existencia del poema, pues este lo recrea con sus ojos y le da vida, lo revive. Así queda expresado en el poema «El encuentro»:

                        Atrapado en la hoja de papel

                        palpita un verso;

                        espera

                        estremecer un corazón,

                        deslumbrar una mente,

                        desarbolar una conciencia…

                        Para ser Poesía.

 

            La poesía, pues, es un discurso activo, que, como toda lectura, necesita de la actividad del receptor, quien la hace posible con su tarea. Reactivación del poema, recreación de lo que se halla latente.

  1. Alquimia

            Para Heberto de Sysmo la poesía supone una alquimia del lenguaje, numerosas son sus referencias directas (fuego, luz, oro…) y también son numerosas las imágenes arquetípicas, propias de la alquimia, que quedan insertadas en ella. La poesía es el proceso de transmutación interior cuyo fin, si de fin puede hablarse, es la experiencia mística: viaje al origen, a la unidad de la cual venimos, a la vacuidad, a la totalidad. Renacimiento. Como en los ritos y misterios de la antigüedad, las operaciones alquímicas suponen una experiencia de desmembración y de reintegración, de muerte y de renacimiento. A ello se alude en el poema «Células comunicantes», en el que podemos atisbar un guiño a Lao-Tsé:

                        Quien está muerto calla,

                        quien está vivo expresa.

                        El lenguaje es la vida,

                        yo mismo soy lenguaje;

                        cada acto de expresión

                        —como origen del todo—

                        es un renacimiento.

 

            En otras ocasiones la poesía toma la imagen del fuego primordial, la llama de la transmutación que ilumina la existencia. Como la alquimia, la poesía supone un viaje de la oscuridad hacia la luz. La llama, como pasión y dolor, debe ser atravesada para ver la realidad tal como es, sin velos que la enmascaren. Romper el velo de maya y ver un universo formado por la estrecha unión de todos los seres, sin límites, infinito:

                        Vagar hacia esa luz, antes del tiempo,

                        para implorar volver, doler la carne,

                        es la contradicción: ser-en-el-mundo.

                                               («Génesis de la luz»)

Imagen del Bhodisattva, el ser iluminado que abandona el nirvana ya alcanzado y regresa al samsara en su intento de que todos los seres puedan obtener el estado de budeidad. El poema «Mies de oro» activa la imagen del fuego, elemento necesario para obtener el lapis philosophorum, el oro, la materia divina:

                        Cuando mi canto aprende

                        de los signos, el vuelo;

                        cuando el dolor,

                        cuando el silencio,

                        cuando el fuego;

                        mis manos de labriego aparvan

                        las trilladas semillas

                        del verbo.

 

            La poesía obtiene los poderes de la magia y, como expresión alquímica, adquiere la propiedad de atravesar el dolor y de convertirlo en goce y gratitud. De este modo, queda convertida en sanación.

                        La palabra poética se expande

                        buscando un corazón —lecho fungible—

                        […]

                        su luz encuentra heridas y las sana.

                        El verso se resuelve en quien lo sueña,

                        su gracia infunde paz y en algo cambia

                        a aquellos que su majestad corona.

                                               («Investidura»)

  1. Mística

            La función última de la poesía de Heberto de Sysmo es la mística. No se trata de una mística  establecida en los límites de la ortodoxia del cristianismo occidental, sino que más bien ahonda en el fondo místico de todas las creencias, religiones o filosofías posibles. Aquello a lo que Aldous Huxley llamó filosofía perenne[5] y que recibe varios nombres como lo absoluto, conciencia cósmica, totalidad, unidad, inconsciente sagrado… Mística que consiste en la participación de todas las individualidades en un todo sagrado.

                        Es escribir, el virus

                        que en tinta se propaga;

                        gramático y semántico,

                        hermético o desnudo,

                        el son alfanumérico,

                        el líquido y la copa,

                        la luz androtelúrica.

                                               («Huésped»)

Unidad entre hombre y cosmos. Cosmos que adquiere entidad de divinidad, divinidad inmanente y no trascendente. Aquí el autor sigue patrones poéticos cercanos como lo son Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre o Carlos Edmundo de Ory u otros más alejados como Lao-Tsé, Basho o Joso.

                        Tras las cesuras

                        oscuras de la mente…

                        Luz hemistiquia.

                                               («Canon»)

                        Entre los versos

                        arden palabras libres

                        nunca escritas.

                                               («Caligrafía oculta»)

            Heberto de Sysmo participa así de la poética del silencio, cercana al taoísmo y al budismo zen, en la que el silencio manifiesta el pensamiento que escapa al sujeto, a la lógica. Pensar con el no pensamiento, hallar un lenguaje que se escriba por sí mismo. Pues el lenguaje, por sí, supone una violencia (en cuanto alteración) sobre una realidad sin límites conceptuales.

                        Amenazamos

                        con el filo lingüístico del habla.

                        La paz será el silencio.

                                               («Orgullo letrado»)

 

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[1]Estado de repentina iluminación, budeidad o naturaleza de Buda.

[2]El koan y el haiku, manifestaciones poéticas del zen, son acercamientos al silencio. El haiku representa un instante de budeidad y se asocia a las reverberaciones del agua de un estanque creadas por la caída una piedra en una noche de luna llena. Éste supone un acto de gratitud por aquello que se percibe y ello se consigue mediante la supresión del ruido interno. El  koan, en cambio, supone una fractura en el lenguaje, hecho que hace que la conciencia se expanda más allá de conceptos y signos. Su imagen más acertada sería un relámpago en la noche o una pedrada en pleno cráneo.

[3]El arquetipo, expresión del inconsciente colectivo según Carl Gustav Jung, es la representación de una imagen simbólica que aparece a través de la historia en diversas culturas (la svástica, la espiral, el mandala…). Por ello, la imagen arquetípica es universal.

[4]Deleuze, Gilles y Guattari, Félix, Mil plateaux (capitalisme et schizophrénie), 1980; Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia, Pre-Textos, 2008, pp. 9-29. Texto donde se ofrecen las claves de una escritura rizomática.

[5]Huxley, Aldous, The Perennial Philospphy, 1945; La filosofía perenne, Barcelona, Edhasa, 2010.

Publicado en el número 3 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”.

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Título: Raíz olvido

Autor: Jesús Cárdenas

Ilustrador: Jorge Mejías

Editorial: Maclein y Parker

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas. 113

ISBN: 978-84-946586-9-3

Dos códigos, aparentemente distintos, aúnan su potencial expresivo, y cuanto surge es música. Música visual, lingüística, una armonía que busca su equilibrio en el color de la palabra y la belleza informe de lo abstracto. Lo inefable se concretiza en los trazos de Jorge Mejías Garrón (Sevilla, 1967), ilustrador que convierte a Raíz olvido en un viaje sensorial, telúrico, que con el paso de cada página emite un latido metafísico, a su vez existencialista y también apasionado, en forma de hipnóticas pinceladas, indisociables de los versos.

    Los poemas de Jesús Cárdenas (Sevilla, 1973) son destellos de luz entre las densas nebulosas de color de Mejías Garrón. Es muy difícil deslindar los terrenos emocionales que ambos abarcan con su talento. Esta confluencia expresiva posibilita la coexistencia de ambas artes en un mismo plano; pintura y poesía, poesía y pintura: no hay lenguaje principal ni secundario; la pintura hiere el corazón de la página y su veneno se diluye y se extiende impregnando los versos. La palabra, somatizada por la virulenta incidencia del pigmento, se aquilata, se hunde y sacraliza en el lienzo. El color, quizás inspirado en las imágenes, lo no dicho o las metáforas poemáticas, también se contagia del plectro apasionado de una voz que bulle y aspira a la verdad a pesar de lo incierto.

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    Una cita del desaparecido poeta Francisco Basallote: «[…] las hondas profundidades de su raíz de olvido», advierte que el título del poemario está ligado a la noche. Y esa noche es transfigurada en los colores del primer bloque, con predominio de tonos oscuros, y en los poemas, como metáfora del desasosiego, como en el poema titulado “La belleza en lo natural”: «En la constancia de la noche / no hay salidas, tan solo el viento logra / agitar las ramas lechosas / simulando senderos o riberas / por donde fluyan los mejores versos». O en el poema titulado “Lunáticos”, como azote y cancela de una naturaleza sancionadora: «[…] alzamos nuestras manos / queriendo alcanzar su flujo astral, / como un breviario hecho para el ensueño / antes de ser prendida en el estanque de la noche».

    Tres movimientos necesita el poeta para articular este ensayo poético. “En busca del instinto” es el primero y más extenso e intenso de ellos. Intuición es valor, búsqueda es voluntad; pero esa determinación no impide la interna presencia de la duda: sombra del miedo que irá aglutinando incertidumbres y será protagonista del último apartado.

    La discursividad de los poemas, escrita en verso libre, trasluce agrupaciones polimétricas, y dentro de ellas, el endecasílabo es la estructura versal más iterativa. Poemas de una página conviven con otros poemas muy breves. La asonancia, presente en pequeña medida, pero en casi la totalidad de los poemas, se vuelve un eco no reconocible debido a las pausas, silencios y pericia sintáctica: «En nuestra soberbia obviamos / no reconocernos / en el palpitar de los cuerpos, / en el caos de su vértigo, / en su gris corazón de invierno».

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    Raíz olvido es más que un libro. Sin ser herejes del canon ni haber patentado la idea del siglo, los autores de este pictopoemario transgreden y se diferencian del estándar convencional que el sistema literario fabrica en series repetitivas. Es una convergencia de talentos expresivos que convierten su propuesta, no en un producto comercial o un juguete estético, sino en  una compleja reflexión del ser y sus circunstancias, elevada a canto escultural, a grabado melodioso; sin duda: una pieza de coleccionista.

    Para quien no conozca la tramoya vital de este poemario, se le hará muy difícil averiguar si los poemas son écfrasis de las imágenes, o las ilustraciones nacen de las palabras. La imbricación es tal que no importa el origen, sino la belleza de su nuevo, palpitante y clamoroso estado. No conviene revelar su contenido, sino invitar a experimentarlo.

    Obras como esta ponen de manifiesto la capacidad ilimitada del arte, de la fusión de las artes, para seguir describiendo cavidades, latitudes, dimensiones de la conciencia humana. El estilo aticista y confesional de los versos supone una extensión antitética a la barroca y bruñida albúmina de Mejías Garrón. Su parte del bosque es un universo caleidoscópìco. La forma es sutilmente insinuada en un acceso a lo aparentemente irracional que se revela como pulsión onírica, quizás automática, del pensamiento o subconsciente.

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    Todo parece compuesto alla prima, pero en esta encáustica de emociones, poco o nada está concebido ni colocado al azar. La oscuridad, los espejos, el azul, son elementos recurrentes que amplían su polisemia paulatinamente hasta dejar de ser identificables. La disolución y plasticidad de los versos sobrecogen, a la par que su historia, la historia de cualquier vivo sufriente y pensante que se resiste a morir en la ignorancia.

    La carnación, exenta en las pinturas, reside en los poemas. La acrílica pluma de Mejías Garrón abstrae los elementos nucleares del poema, y no cabe duda, los sublima. Ambos lenguajes se tocan y contagian, ante la mirada y en el imaginario del lector.

    La poeta Ana Gorría advierte en su prólogo este diálogo entre el color y la palabra. También, como argumentos nucleares de esa conversación destaca: la creación, la vida, el destino, el amor o la naturaleza. No menos acertada es su afirmación del lenguaje simbolista como piedra angular de la ecuación; no de otra forma es posible trascender y abarcar tanto perímetro como este libro consigue.

    La edición, a cargo de la joven editorial Maclein y Parker, es todo un acierto y constata un buen gusto y una seriedad en su trabajo que presagia una interesante futura actividad. No es baladí dotar a un libro de todo cuanto su mensaje exige: buen tamaño, forro con solapas, ilustraciones a color, más todavía sabiendo que todos esos factores harán encarecer el precio de venta al público, comprometiendo con ello su adquisición por los lectores. La maquetación y diseño, tareas de Antonio Abad, son —a todas luces— excelentes. Es visible que Maclein y Parker ha apostado por la poesía de Cárdenas Sánchez.

    Raíz olvido presenta sus avales a su autor para constituirse como el punto de apoyo necesario para dar un giro a su poesía. Su grado de culminación expresiva, es homóloga al alcanzado por su autor a lo largo de una intensa producción poética basada en temas y formas recurrentes, lo cual, invita a ello. La poesía de Jesús Cárdenas ha madurado indudable y sensiblemente durante la última década, sus poco más de cuarenta años y el talento demostrado, previenen de un futuro más que prometedor para un poeta que se desnuda y entrega en cada libro, como parte de un proceso vital que de la efusividad y celebración le va mostrando un indefectible paso hacia lo hondo y reflexivo.

(Ilustraciones de Jorge Mejías Garrón).

Reseña publicada en “Todoliteratura.es”:

https://www.todoliteratura.es/articulo/criticas/nada-griega-miguel-catalan-paradojas-metafisicas-vacio-ser/20180903064204048909.html

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Título: La nada griega

Autor: Miguel Catalán

Editorial: Sequitur

Género: paradoja

Año de publicación: 2013

Número de páginas: 62

ISBN: 978-84-15707-06-6

Miguel Catalán González nace en Valencia en 1958. Realiza sus primeros estudios en el Patronato de la Juventud Obrera. Trabaja como aprendiz en la imprenta Sucesores de Vives Mora antes comenzar su etapa como profesor en el Instituto Luis Vives de su ciudad natal. Leer a filósofos como Bertrand Russell, Schopenhauer y Nietzsche le lleva a matricularse en la licenciatura de Filosofía. Comienza a escribir ficciones bajo la influencia de Thomas Mann y Marcel Proust, lecturas juveniles que marcarán su estilo narrativo. Se licencia en Filosofía Pura en 1984 y realiza su tesis doctoral sobre la teoría moral del pragmatista norteamericano John Dewey; la publicación de esta tesis bajo el título Pensamiento y acción supondría su debut editorial en 1994. Actualmente, Catalán sigue ejerciendo su labor docente en la Facultad de Ciencias de la Información en la Universidad CEU Cardenal Herrera.

    Catalán ha publicado veinticuatro libros en veinticuatro años, su ritmo creativo no ha menguado un ápice después de más de dos décadas, algo que demuestra —además de disciplina y trabajo— lo apasionado y comprometido que está con la literatura.

    La nada griega se compone de ciento once paradojas, formato que ya empleó —con su misma cantidad— en El sol de medianoche (Edicions de Ponent, 2001), y para quien no esté familiarizado con la paradoja como género literario cabe apuntar que se trata de textos, por lo general, breves, en los que las expresiones envuelven una contradicción. Además de eso, y trascendiendo su antitética materialidad, los factores presentados en ella deben resultar válidos, reales o verosímiles; estos y otros rasgos hacen que las paradojas puedan concebirse de varios tipos. Para Julián Pérez Porto y María Merino dicha clasificación puede llevar se a cabo en dos grandes grupos: en función de su veracidad y en base al área de conocimiento al que se suscribe. O lo que es lo mismo: antinomias, condicionales, de definición y verídicas; y por citar solo unos ejemplos: economía, matemática y física.

   Atendamos a la paradoja número cuatro para ejemplificar su razón de ser: «Las personas que creen que nunca mienten, lo hacen por partida doble. Mienten a los demás, como todo el mundo, y además se mienten a sí mismos». Podemos considerar también paradojas a las ideas opuestas a la opinión general, aserciones aparentemente absurdas que se presentan como verdaderas. En la paradoja anteriormente citada de Miguel Catalán atendemos a un juicio moral, más allá de una actitud frente a la verdad o la mentira, Catalán nos habla de la hipocresía, del uso o desuso que hacemos de ambas y del invisible castigo-consecuencia natural que se sufre por ello.

    La máscara social se deforma y destruye con cada paradoja de Catalán: «Cómo estresa que el presentador nos diga al despedir las noticias: “Sean ustedes felices”.». En ocasiones, una paradoja dentro de otra: seleccionan noticias trágicas y desasosegantes para inducirnos preocupaciones y miedos pero nos desean felicidad; a la ya acelerada vida citadina, llena de sueños por cumplir y esfuerzo por conseguirlos, añadimos la petición de un presentador de tres al cuarto y nos parece estresante.

    Las luces y las sombras equilibran complejamente una balanza lingüística que muchas veces refulge como una aporía: «El poderío germinativo de la putrefacción». No en vano, la paradoja ha servido históricamente y sirve a filósofos y científicos —su uso en matemáticas es recurrente— para esclarecer anatemas como una forma de reducción al absurdo. Una correcta decodificación de las paradojas y sus argumentos beneficia el desarrollo del análisis y procesamiento de nuestra información abstracta.

    Para Umberto Eco, la paradoja es un vehículo para verdades ultrajantes que solo tras una segunda lectura o reflexión desvela su parte de verdad (2002). A diferencia del aforismo, las paradojas son más complejas tanto para su autor como para su lector. A la agudeza aforística hemos de sumar el juego de palabras máscara-esencia que va más allá de la opinión común y traza senderos marcados por la lógica, los cuales, sin embargo, presentan afirmaciones autocontradictorias: «Los fantasmas, esos muertos inmaduros».

    En la bibliografía de Miguel Catalán podemos encontrar mucha filosofía, y también política o temas y reflexiones políticos, pero por encima de su repertorio temático hay una vertebral investigación sobre la naturaleza humana. De forma interdisciplinar, Catalán elabora un constructo científico que basa su esencia en la ilusión, el engaño y el error humano, algo que desarrollaría de manera extensa en su libro-tratado que lleva por título “Seudología”, así como en posteriores obras de mismo título.

    En La nada griega, como su propio título anticipa, el filósofo presta especial atención a lo que el concepto de nada representaba para los pensadores griegos, por supuesto, sin desdeñar las mencionadas preocupaciones antropológicas. Partiendo del plenum o el ser en Parménides, conocemos el no ser, la vacuidad de la materia, o lo que es lo mismo, la nada, una nada que aparentemente empujada por la lógica deja de ser nada para ser algo. El paradojista aludirá a Meliso, Leucipo y Demócrito, por supuesto a la sofística y especialmente a Platón.  Aunque hay referencias a muchos otros artistas y pensadores, encuentro de especial interés las reflexiones inherentes a Plotino y Cirlot: «”Los viajes inútiles”: Quien nada tiene dentro de sí, nada encuentra fuera».

    Las paradojas más extensas se encargan de ilustrar la casuística helénica en cuanto a la nada y sus satélites: « El matemático griego Hipaso de Metaponto descubrió un buen día que no todos los números eran racionales […]; Cuando llegó la mala noticia a oídos del racionalista Pitágoras, este condenó a Hipaso a morir ahogado». Parménides y la ontología eleática apostaron por una nada como espacio vacío y finito, a lo que Meliso propuso la eternidad infinita. El pensamiento de Catalán actualiza y versiona una problemática milenaria y la contextualiza en un presente controvertido y necesitado de filósofos que lo cuestionen: «”Los tres niveles”: En un mundo de simuladores (1), el individuo sincero (0) será considerado un cínico (2)».

    Como hemos dicho antes, algunas paradojas irresolubles de la antigüedad fueron resueltas merced a los avances cognitivos o cambios de paradigma, cosmovisión o episteme, he ahí una de las grandezas de la paradoja asociada al pensamiento, un afán por trascender, por superar lo trillado y consabido que dibuja puertas en los muros más gruesos, puertas que el lector reflexivo podrá o no abrir.

    En la última parte del libro encontramos elementos que apuntan a una especie de paradoja cancroide o más experimental: intertextualidad con acervo popular, paradoja visual, atribución de paradojas a otros autores. No es la primera ocasión en que el talento creativo e inquieto de Miguel Catalán empuja los márgenes de un género y crea pasajes o alguna que otra obra completa híbrida.

    Rousseau opuso la paradoja a los prejuicios. Pitigrilli la colocó a la altura de la poesía entre los valores intelectuales; lo que está muy claro, es que además de un recurso semántico para el filósofo moderno, la paradoja se ha constituido como uno de los procesos fundamentales del pensamiento contemporáneo.

    Para terminar, transcribo la paradoja de Miguel Catalán atribuida a Jorge Luis Borges: «La biografía es un género en el que un individuo quiere despertar en otro recuerdos que sólo tuvo un tercero».

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Miguel Catalán González

Reseña publicada en “Todoliteratura.es”:

https://www.todoliteratura.es/articulo/poesia/soledad-aire-jose-pejo-reflexion-metalinguistica-creacion-poetica/20180828102337048856.html

 

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Título: La soledad del aire

Autor: José Pejó Vernis

Editorial: Sección de Poesía Ateneo de Córdoba

Género: poesía

Año de publicación: 2016

Número de páginas: 60

ISBN: 978-84-88175-70-0

José Pejó Vernis (Castelldefels, 1952) estudió Arquitectura en la Universidad Politécnica de Valencia y en la Escuela de Arquitectura de Madrid. Cultiva la poesía en castellano y catalán. Pertenece a la Asociación de Escritores y Artistas Españoles (AEAE); también, a la Asociación de Escritores de Madrid (AEM). Pejó Vernis es un poeta tardío que a partir del año 2009 comenzó a cosechar premios y publicaciones de poesía, algo que sigue haciendo con frecuencia a día de hoy. La suya, es una trayectoria en ascenso, un compendio poético cual galería de obras trabajadas artesanalmente con especial dedicación a la métrica —e incluso rima— clásica.

    Con Un pañuelo bordado y un cuento de luz (Ediciones Cardeñoso, 2013) y Las horas afiladas (Ayuntamiento de Toledo, 2014) demostró una solvencia estética y técnica al alcance de muy pocos. Pejó Vernis es uno de esos poetas que a pesar de haber ganado más de cuarenta premios literarios no recibe la atención y el estudio que merece por parte de editoriales y críticos, la hondura y arquitectura de su obra poética empuja a su divulgación y reconocimiento. Tal vez, el hecho de ser un poeta que se dedica única y exclusivamente a escribir y no participar del intercambio de favores y la mercadotecnia a la que acostumbra el pobre postureo de buena parte del círculo literario, influye en el hecho de su transparencia en los medios.

    Con La soledad del aire, Vernis obtuvo el XXX Premio Juan Bernier de Poesía que entrega el Ateneo de Córdoba. Según recogió el acta del jurado, este libro «es una reflexión filosófica sobre la creación poética, con capacidad, además, de crear nuevo lenguaje».

    El poemario lo componen cuarenta y nueve poemas titulados que forman un continuo sin divisiones. Excepto uno, todos los poemas comienzan y terminan en la misma página, y por lo general no necesitan más de media hoja para desarrollarse. El yo lírico se expresa en primera persona y utiliza un lenguaje rico y equilibrado en el que encontramos palabras como `espirrisa´, firme candidata a hápax legómenon de su obra completa.

    Desde el primer poema, el autor baliza el sendero metalingüístico por el que discurrirá su corriente lírica. Así, en el poema titulado “Escribir”, encontramos un impecable soneto de rima consonante en el que ya demuestra su riqueza léxica y versatilidad de recursos: «Cultivar el fulgor, amar el reto / de la magia, ser fiel a lo vivido / y dibujar un sueño en un boceto»; todo el poema es una perífrasis del acto de escribir, su ritmo y encabalgamientos recuerdan al Quevedo más ágil y certero.

    En “En esta cirugía del instinto” el poeta nos habla de la multiplicidad del yo cuando este se somete a ahormar su pensamiento en el lenguaje. Al leer y escribir percibimos y somos realidad de otra manera: «No siempre, en ese adentro, cuando miras, / sabes bien de qué lado estás mirando. / En esta cirugía del instinto, / a veces, te tropiezas con otro que no sabes, / y en él te identificas, / desnudo, en lo que escribes, / o cuando te desnuda, en lo que lees»: endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos se combinan armónicamente en lo que será una tónica formal dominante en el libro.

    El símil del poeta y el gusano enfrentados al blanco del vacío, tejedores de un hilo que engarza en su telar pasado y sueño, es acertado en el poema titulado “Metamorfosis”, ya que en toda creación late una transformación que no siempre libera de la forma idealizada: « […] salir de la palabra / como una mariposa y bates alas / y hablas del extramundo, y eso es nuevo / porque el mundo se acaba, exactamente, / donde acaba tu propio pensamiento»; somos en el lenguaje pero este también tiene sus propias limitaciones, por eso el poeta está obligado a romper la gramática y travestir los conceptos y palabras con la aspiración de crear lenguaje.

    Relacionar la luz con lo positivo, la oscuridad, con lo negativo, son convenciones gastadas que no tienen porqué seguir connotando lo trillado en un poema. En el poema que lleva por título “La claridad” descubrimos que la luz que ilumina también nos puede cegar y esconder en ella tragedias y oscuridades: «Pero, escucha, la claridad / es un señuelo. / Tras ella aguardan / los puñales de la desolación».

    Sucesos biográficos se entreveran con pensamientos, ficción y un sentido del ritmo que destaca entre las floraciones de seudopoetas actuales. Los poemas se adensan cuando pasan de lo metalingüístico a lo humano, hay antropocentrismo, confesión, monólogo interior, interpelaciones al lector y descripción de ideas, nada queda al azar en una contundente ilustración del paisaje interior.

    «Un poema es lo mismo / que una caja sin fondo. / Donde metes las manos y no hay nada. / Donde metes los ojos y se llenan de peces». La poesía es la tabla de salvación para quien naufraga en la realidad y su pobreza, la culminación del esfuerzo para los ávidos buscadores de belleza, el orden y el desorden en una habitación donde no hay nada.

    Escritura como filosofía, como forma de ser ante el suceso cambiante de la vida, pero también refugio para un alma que no encuentra, que no se encuentra entre yoes y mentiras, entre ajenos enemigos y sí misma; lenguaje como forma de desahogo, como castigo, su insuficiencia conduce a la tragedia pero provoca el milagro, el milagro de la creación en manos de dioses con complejo de hombres.

El mundo mira a Dios,

y Dios, al mundo;

entre ambos, una flecha que hiende la razón

esparce a la sazón sus menudencias.

Recoge la palabra.

Libérate de Dios,

y Dios entrará en ti.

    José Pejó Vernis es un claro ejemplo de poeta en el más amplio sentido de la palabra. Creador honesto y comprometido con su obra, su condición de orfebre ejemplifica la grandeza de un amor por la poesía y la palabra que va más allá de tendencias estéticas y farragosas retóricas. Cercano a Ignacio Caparrós por edad y estilo, la poesía de Pejó Vernis no ha dicho su última palabra. Desde aquí reivindico una poética precisa en lo formal y evocadora y limpia en su argumento; los numerosos poemarios inéditos que Pejó Vernis atesora merecen encontrar editores verdaderos.

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José Pejó Vernis

Reseña publicada en “Todoliteratura.es”:

https://www.todoliteratura.es/articulo/poesia/sandra-sanchez-publica-segundo-libro-poemas-frio/20180808064118048643.html

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Título: Poemas del frío

Autora: Sandra Sánchez

Editorial: Heracles y Nosotros (Cuadernos)

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 24

ISBN: edición no venal

Sandra Sánchez (Oviedo, 1971) es una poeta de lo cotidiano, o debería decir, de lo divino en lo cotidiano; siempre y cuando entendamos la palabra `divino´ despojada de sus connotaciones religiosas y cercana a aquello que trasciende en nuestras vidas por su impacto, deslumbramiento o enseñanza y nos convierte a pesar nuestro en buscadores de la belleza.

    Tras publicar Una manzana en la nevera (Piediciones, 2017) la poeta asturiana sigue rastreando esa esencia ulterior que presupone velada a la cercana realidad en Poemas del frío (Heracles y Nosotros, 2018), plaquette número 21 de la colección Cuadernos de poesía de la citada editorial.

    Estas diecisiete páginas de nuevos versos en edición no venal suponen la constatación de lo mostrado en el anterior poemario de la autora: una voz poética verdadera busca su lugar en el mundo al mismo tiempo que va macerando y curtiendo sus capacidades. Y no es poco, decir `voz poética verdadera´ tal y como está el panorama poético nacional.

    Los poemas de Sandra Sánchez tienen fuste, su mirada no carece de filosofía ni preocupaciones ontológicas, al contrario, posee un nexo de unión con lo existencial y también con lo metafísico. Tampoco carece de musicalidad, aunque se expresa en verso libre, la hondura y crudeza de algunas de sus analogías, sus modos de interpretación de la realidad, pero sobre todo, una inclinación a la compasión, a la esperanza de un amor que no prescribe, empujan en muchos momentos su sintaxis al precipicio del canto.

    Este cuaderno se compone de 21 poemas sin separadores, todos ellos titulados, incluyendo un poema de dos versos y otro en prosa. El yo lírico se expresa en primera persona, algunos poemas son dialogísticos, como por ejemplo, “Nacimiento y muerte de una tragedia”, en el que se interpela  a una otredad a través de interrogantes: « ¿No te has parado nunca a contemplar / cómo te nace una lágrima? ». En otras ocasiones, el carácter de los poemas es descriptivo, perspectiva adecuada para narrar una historia, como sucede en el poema titulado “Nada”: «Una lombriz mojada / por la lluvia, abandonada a la intemperie, / desubicada, retorcida sobre sí misma / en el asfalto que la hiere, se arrastra / hacia un lugar indefinido muy lejos de su tierra»; en este poema la lombriz protagonista puede interpretarse alegóricamente como los principios y la moral humana, valores degradados por la jerarquía del egoísmo, el interés o simplemente la violencia innata o asco y desprecio hacia aquello juzgado inferior. Muchos poemas apelan a la empatía y denuncian esta falta de humanidad a través de rutilantes imágenes.

    No es este el único caso de poema que cuenta una historia. En el poema titulado “Expeditivo” encontramos a un narrador omnisciente que además interviene y opina sobre aquello que está narrando. Dicha injerencia aparece al final y en cursiva, también entre paréntesis; tras su lectura, y por la continuidad gramática, léxico y desarrollo, nos da la sensación de haber leído un microrrelato. Y no es ningún disparate interpretar el libro casi por completo en clave narrativa, de hecho, el poema final es un poema en prosa y los títulos de los poemas, muy acertados, como llaves maestras del mensaje del texto, destilan su poder catafórico a la manera de un libro de microhistorias.

    El libro, desde la perspectiva del hablante lírico, cumple a la perfección la tríada platónica: imitativo, descriptivo y mixto. Lo que nos lleva a ponderar, desde el punto de vista de la verdad, su rica gama de matices argumentales cumpliendo con otra tríada, la de san Isidoro: historia, argumento y fábula. Hay poemas que cuentan verdades ocurridas, algunos, no verdades probables y otros, que no atienden a su adaptación a la realidad. Ancho es el abanico del camino poético y aunque posea una tendencia existencial y realista, ello no impide puntuales accesos a una especie de realismo mágico.

    En el poema que lleva por título “Metamorfosis” se aprecia una armonía aforística, la sintética rotundidad del aserto lírico recuerda a la cadencia de una máxima que nos parece disfrazada de poema: «Con los años, aquella mariposa / de nuestra juventud / se ha convertido en arrugada seda / que acabarán comiendo los gusanos».

    También es recurrente en la poética de Sandra Sánchez criticar la hipocresía, en su aticismo confesional hay una aspiración moralizadora que desenmascara la arrogante mentira e increpa a sus fieles con desnuda verdad, como en el poema titulado “Más allá de mi cuerpo”: «Todo me asombra aquí dentro, / mas ahí afuera / no hay nada que conmueva a esta careta».

    Con un planteamiento antropocéntrico la poeta consigue dibujar a la perfección la conducta humana, su simbolismo y verdad trascienden la ficción literaria y mueven a reflexión tras el impacto emocional producido por sus imágenes y mensaje. Sandra Sánchez sospecha —como era costumbre en la era medieval— que la evidencia de lo material significa algo distinto a lo que obvia físicamente. La sintaxis de la naturaleza, del azar, no es algo aleatorio. Por ello, la semántica amplía su campo y la exégesis de sus poemas multiplica sus interpretaciones en los ojos de un lector activo.

    Como benévola emendatio, a la manera de Donato y Maximino Victorino, quizá observe un pronunciado prosaísmo y el débil eco de algunas asonancias, probablemente deliberado, el primero, e inadvertidas por falta de experiencia, las segundas, pero en cualquier caso la suma de virtudes de este libro sobrepasa con creces cualquier observación.

    Un hecho fehaciente durante todo el libro es la naturaleza anticlimática de los poemas; su autora, como en un intento por sostener la intriga del lector hasta el último momento, culmina de forma sobresaliente los últimos versos resolviendo el enigma y estremeciendo por su plasticidad dramática: «Las compañeras de la noche / le dicen «la Adri», con ese cariño / cómplice que les regala la mala vida. / La del piso, simplemente Adriana. / Y en las cartas que envía todos los meses / a su niño, firma solamente con una palabra: / mamá».

    Ante la lectura de Poemas del frío estamos frente a un macrotexto alegórico y actual que nos recuerda lo equivocado que estamos al pertenecer al gregarismo de la masa enferma y nos despierta a percibir la cotidianidad del entorno como un enclave en el que también ocurre la belleza y nos anima a encontrarla. Sus dardos sensoriales y reflexivos aguardan el calor de un buscador que sueñe con romper la cadena de frío que conserva intacto todo lo que no cambiamos por absurdo conformismo.

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Sandra Sánchez

Reseña publicada en “Todoliteratura.es”:

https://www.todoliteratura.es/articulo/poesia/memoria-crepuscular-autor-joaquin-rinon-rey/20180806062530048632.html

Portada

Título: Memoria crepuscular

Autor: Joaquín Riñón Rey

Editorial: Olé Libros

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 124

ISBN: 978-84-17003-88-3

Joaquín Riñón Rey (Madrid, 1943) debuta en la poesía con “Memoria crepuscular” (Olé Libros, 2018), un poemario inundado  de lucidez y nostalgia que constata la rotundidad de  su voz poética.

    No podemos afirmar fácilmente este hecho ante cualquier poeta que comienza a publicar sus primeros versos, las razones de este libro son manifiestas y varias, entre ellas: Riñón Rey vio ligada su adolescencia al teatro; se licenció y ejerció como profesor de Lengua y Literatura; ya jubilado, pudo dedicarse a cultivar la poesía y durante esta etapa y hasta nuestros días goza de la amistad y magisterio de los miembros del grupo literario El limonero de Homero —al que pertenece—, formado por los poetas y profesores: María Teresa Espasa, Blas Muñoz, Antonio Mayor y Vicente Barberá. Cuatro han sido hasta la fecha las antologías que este grupo ha publicado desde 2010 y en ellas, Riñón Rey ha ido publicando poemas que, además, muchos de ellos han sido premiados, como por ejemplo en los certámenes: Internacional de Poesía “Aldaba”, Premio de Primavera “Luis Chamizo” o el “Fiesta de la Primavera” organizado por la asociación Amigos de la Poesía de Valencia.

El propio Antonio Mayor, miembro de El limonero de Homero, es quien escribe el prólogo del libro, y lo hace de manera exhaustiva y metódica, añadiría, a todos los niveles, resultando un proemio que es la brújula perfecta para adentrarse en las profundidades del libro.

    La experiencia de una vida que ya sobrepasa las siete décadas, unida a una vocación artística que parece haber encontrado el momento idóneo para su eclosión, convierten a “Memoria crepuscular” en un libro que no debe pasar desapercibido para el amante de la buena poesía. Toni Alcolea, editor valenciano que en los últimos meses está haciendo una gran labor editorial, así lo cree y ha apostado sabiamente por la poética de este autor madrileño afincado en Valencia.

    Preguntas y recuerdos parecen fundirse en una moviola que proyecta multitud de registros: poesía metafísica, elegíaca, del silencio, y quizá entre ellos predomine además de la evocación anunciada en el título, un tono reflexivo y poco condescendiente con el desprendimiento y dolor de la historia que narra.

    El libro se estructura en seis partes que carecen de título. En la primera de ellas encontramos el poema titulado “Memoria crepuscular”, el cual coincide con el título del libro, y comprobamos que en él se sintetizan —como bien señala Antonio Mayor en su prólogo— las vigas maestras sobre las cuales el poeta edificará su discurso: presentimiento de la muerte, vacío como sinsentido o soledad, un ejercicio memorístico en el que el silencio cobrará un valor tan importante como ambivalente. En este poema, dividido en diez fragmentos, ya es manifiesta la apuesta por recuperar el valor de la adjetivación, un recurso que el poeta maneja con singular destreza reivindicando con ello su uso. Y encontramos un elemento poemático: la belleza, el cual estará presente durante el poemario pero también en su poema final. De esta manera el poeta enhebra un principio y un final, o un final y un principio —de ahí lo crepuscular—  sin necesidad de recursos forzosos, de una manera natural y circular a la manera de un macrotexto. Este poema funciona también como una suerte de metáfora, ya que la evolución argumental que se da en él va de lo físico a lo metafísico, de la evocación a la aceptación, de la vida a la muerte, exactamente de la misma forma en la que lo hará el libro.

    El segundo apartado se compone de doce poemas en los que hay una ausencia absoluta de comas. Esa decisión de prescindir de ellas es coherente con la idea de despojamiento y pérdida general del libro. Las ausencias, los vacíos, los adioses, son la confirmación de una desposesión paulatina que terminará, no solo eliminándonos, sino también borrando nuestro recuerdo, y ello se representa con la ausencia de signos como traslación de esa fuga al plano textual.

    Quizá este apartado sea el más filosófico. En el poema titulado “La ley” el poeta nos habla de lo inexorable del tiempo, no desde una perspectiva patética o quejumbrosa, sino desde la asunción madura que no muestra resistencia a aquello que le excede, y esa actitud será uno de los tonos y perspectiva generales del libro.

    Una aceptación de ese calibre hace que el poeta emplee a través del léxico recursos que transmitan esa dureza, como por ejemplo, a través de arcaísmos: soledumbre, furente —de marcada fuerza telúrica—; pero también mediante palabras a priori no poéticas utilizadas en mayor medida: informatizado, deletreado, trizada, silueteada; participios que intentan adjetivar e incluso cultismos, todo ello de manera equilibrada, sin llegar a un oscurantismo farragoso.

    Dicha asunción es representada nítidamente en el poema titulado “Caracol pensativo”. Aquí, el caracol simboliza a un ser humano, un ser elemental que se arrastra y vaga en busca de algo por un mundo inhóspito, un ser que carga con todo cuanto es y cuanto recuerda y finalmente se esconde en su concha para permanecer en su ignorancia.

    La tercera parte del poemario corresponde a un solo poema presentado en tres actos. De título “La frontera”, en él el poeta utiliza la luz y el silencio como instrumentos a través de los cuales motivar una experiencia sensorial en el hablante lírico. La mirada encuentra en el espectáculo de la naturaleza un mensaje invisible que es todavía complejo de descifrar pero muy fácil de intuir: «Las piedras y peñascos / —informes, sin medida— / otorgan su verdad / de pedernales siglos».

    La luz seguirá siendo un protagonista importante en el cuarto apartado. En el poema titulado “Las luces de mi casa vacía” el poeta habla de varias luces de naturaleza diferente, y ya sea natural o artificial, siempre advierte en ella connotaciones positivas: « […] luz donde me refugio / de las espumas que no alientan, / y de la voz / de los fantasmas / que me destruyen». Esa acusación a la virulencia de los fantasmas no es otra cosa que la dentellada de la memoria, el dolor que provoca recordar seres queridos y quedar en soledad, en una soledad reflexiva frente a su ausencia.

    Será la reflexión y sensaciones por lo evocado y lo perdido aquello que propiciará que dicha luz trascienda en música: «Canción indescifrable, luz de cáliz / volcada para el credo, / música de himno ambiguo». Y esa música se abre paso al plano textual a través de aliteraciones, como en estos versos: « […] luz de lucidez cósmica / en el convulso pálpito del pulso […] ». La liquidez de su sonoridad devela un curso aéreo que el lector percibe subliminalmente merced a la versatilidad técnica del poeta.

    La apuesta formal del poemario no escoge una métrica concreta, en la blancura de los versos predomina una combinación de versos imparisílabos que oscila entre los endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos en menor medida, frente a la supremacía del eneasílabo. La gama de recursos retóricos del poeta es amplia, desde el encabalgamiento abrupto a la antítesis y el hipérbaton, pasando por aposiciones, elipsis e hipérboles. El poemario está plagado de imágenes sugerentes y referencias a poetas admirados, como Cernuda o Juan de la Cruz, su lectura deja un poso de dolor y escepticismo a partes iguales.

    En el poema titulado “Meditación” encontramos una estrofa que resume a la perfección la esencia del poemario, un pasaje en el que la belleza se revela como vía purificadora del alma:

Ungido por el óleo divino

de esta canción de entera luz,

se idealiza mi nostalgia

 —necesario aparejo

para mi mente reflexiva—;

se extrema el mundo de mis sensaciones

purificándose con la belleza,

aunque nos comunique su expresión

con símbolos de diferente nombre.

    La zona crepuscular o batial del océano es una de las capas en las que la luz comienza a palidecer, un mundo nubloso, preámbulo a la zona abisal, donde hay una completa ausencia de luz. Los versos de Memoria crepuscular parecen haber sido concebidos en dicha zona espiritual, pero durante una caída libre hacia la zona hadal, la latitud más profunda y fría de la memoria y de la vida. Encontramos pesimismo, cierto, pero es más serena y fuerte la aceptación del destino que la queja vacía o el sentimentalismo.

    La quinta parte del libro a través de sus juegos metaliterarios muestra a las claras su postura combativa, resiliencia como actitud para dignificar el dolor. Aquí la escritura se adensa, los poemas se expanden y el poeta se vacía en cuerpo y letra antes de rematar su obra con un tríptico marítimo.

    Su poética cobra vigor al abrazar lo inevitable: «Y así mi pensamiento es mirada que siente / lo permanente como irrevocable»,  y sigue viviendo y poetizando hasta agotar el alma. El ritmo, el silencio, la mirada o la divagación, irán vertebrando poemas reflexivos hasta llegar al poema titulado “Un buen día”. Aquí, un rotundo optimismo desborda las estrofas y convierte a los versos en una oración, en un himno que el poeta grita y esculpe en la piedra de todas las losas: « […] romperemos la luz de la ignorancia / de aquellos que no quieren ver / la floración cuando abre su fruto entre las piedras».

    Una cita de Virgilio: «Y el dolor por fin dejó pasar su voz», como pórtico a la sexta y última parte del libro nos previene de la transformación, de la transición a la transparencia de una conciencia que por más atravesada y rota que se encuentre no implora clemencia.

    El mar, su grandeza y ambigüedad naturales son la metáfora escogida por el poeta para representar en tres partes la culminación de su obra. Ese mar de profundidad crepuscular ofrece la música en el rumor de sus olas, la paz, cuando está en calma, o la furia en su tormenta; todo un mundo de vida sobrevive bajo su superficie y sus profundidades siguen siendo temidas y misteriosas. Ese mar se transforma en un mar de sábanas, medicamentos y agujas en el poema “Mar cerrado”, la voz de la sangre explorando sus límites pone contra las cuerdas, hiere y amenaza a toda esperanza de vida.

    “Muerte en la Malvarrosa” es un estremecedor colofón, cual homenaje a la película Muerte en Venecia, del cineasta italiano Luchino Visconti, ya que el hablante lírico observa a unas muchachas jugar en la orilla de una playa mientras se siente herido de muerte, analogía perfecta de la escena final protagonizada en la película por  Gustav von Aschenbach (alter ego del hablante lírico) y Tadzio (belleza idealizada encarnada en un joven). Frases intertextuales aparecen en cursiva para fortalecer esa imagen de la playa cuyo oxímoron humano nos parece escuchar al ritmo del famoso Adagietto de Gustav Mahler: « […] aquel que ha contemplado la belleza / está condenado a seducirla o morir […] ». Y en este punto comprendemos todo el dramatismo que supone la disquisición estético-filosófica acerca del adiós a la juventud y la belleza, y lo que algunos podrían interpretar como una oda a la pedofilia no es más que el doloroso fin de una era, el réquiem de un soñador que deja intacto su sueño y esa gota de sudor que recorre la sien del moribundo sabemos, por Dirk Bogarde, que es sangre.

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Joaquín Riñón Rey

Reseña publicada en “Revista de Letras”:

http://revistadeletras.net/antonio-rodriguez-encontrar-la-verdadera-poesia/

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Título: La sociedad secreta de los poetas. Estéticas diferenciales de la poesía española contemporánea

Autor: Antonio Rodríguez Jiménez

Editorial: Ediciones Carena

Género: ensayo

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 591

ISBN: 978-84-16843-94-7

Escuché una vez en cierta presentación literaria sucedida en Valencia unas palabras del poeta Jaime Siles en las que evidenciaba su desconfianza por la poesía de los grandes premios o la abanderada por la oligarquía de las grandes editoriales: «a la verdadera poesía hay que encontrarla». En aquel entonces, puso como ejemplo uno de los mayores descubrimientos líricos de su vida, encontrar la poesía de Manuel Álvarez Ortega. La lectura de Dios de un día cuando era adolescente supuso algo deslumbrante y transformador que lo motivó, no solo a viajar y conocer en persona a Álvarez Ortega, sino a consagrarse a una palabra poética que parecía contener muchas más cosas de las que aparentaba. Librerías de viejo, mercadillos o pequeñas editoriales con apenas distribución siguen siendo a día de hoy importantes caladeros en los que hallar poesía verdadera.

    Jaime Siles es, muy acertadamente, uno de los 48 poetas que Antonio Rodríguez Jiménez (Córdoba, 1956) reúne en La sociedad secreta de los poetas (Ediciones Carena, 2017), un libro necesario por cuanto salvaguarda de la poesía y los poetas que de ella han hecho su vida y no siempre han sido reconocidos en su justa medida ni a tiempo, lleva a cabo. También está incluido —y no por casualidad— Manuel Álvarez Ortega, un poeta ya desaparecido al que es justo invitar a descubrir.

   Antonio Rodríguez Jiménez es doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, además de licenciado en Filología Hispánica y periodista: profesión, esta última, que lo llevó a ejercer el periodismo cultural durante más de tres décadas. Director de la revista Cuadernos del Sur, es a través de su experiencia al frente de este mítico foro, y de otras experiencias, como la de dirigir el Instituto Cervantes de Fez (Marruecos), que Rodríguez Jiménez estructura y va vehiculando un discurso ensayístico a través de artículos breves y bien cohesionados.

    Ya en la contraportada del libro se nos advierte de que este libro es un acercamiento crítico a la obra de 48 poetas nacidos en el siglo XX y seleccionados bajo un criterio de calidad diferente. Poetas-isla a los que algunos pueden considerar consagrados y reconocidos, pero el talante reivindicador de Rodríguez Jiménez destaca de ellos, además, su autenticidad y creatividad insobornables. El periodo temporal cubierto por este estudio son los ochenta años comprendidos desde la última gran generación española de poetas (1927) hasta la actualidad.

    Hemos dicho «calidad diferente» porque ese es otro de los rasgos que caracterizan este estudio. No hay que olvidar que su autor fue uno de los poetas fundadores del movimiento después conocido como Poesía de la Diferencia. Desde esa perspectiva, la de un defensor de la poesía plural y libre, Rodríguez Jiménez acomete la tarea de escribir las semblanzas de 48 poetas, precedidas por más de 90 páginas de reflexión crítica sobre el asunto, latitud del libro verdaderamente interesante, no solo por lo que contiene, sino por la valentía y claridad con las que está expresado.

    A continuación, paso a enumerar todos los autores compendiados, ya que me parece un dato interesante hacia sus futuros lectores, para después comentar esa extensa introducción, la cual nos permite conocer el cariz lírico e ideológico de Rodríguez Jiménez: Rafael Alberti, Rafael Álvarez Merlo, Manuel Álvarez Ortega, Blanca Andréu, Julio Aumente, Enrique Badosa, Ricardo Bellveser, Juan Bernier, Guillermo Carnero, Francisco Carrasco Heredia, Antonio Carvajal, Juana Castro, Carlos Clementson, Antonio Colinas, Pedro J. de la Peña, Leopoldo de Luis, Carlos Edmundo de Ory, Fernando de Villena, Antonio Enrique, Domingo F. Faílde, Antonio Gala, Antonio Gamoneda, Pablo García Baena, Ángel García López, Concha García, Rafael Guillén, Antonio Hernández, José Hierro, Luis Jiménez Martos, Manuel Jurado López, Concha Lagos, Mario López, José Lupiáñez, Manuel Mantero, José de Miguel, Ricardo Molina, José Antonio Muñoz Rojas, Vicente Núñez, María Antonia Ortega, Rafael Pérez Estrada, Fernando Quiñones, Manuel Ríos Ruiz, Pedro Rodríguez Pacheco, Claudio Rodríguez, Mariano Roldán, Eduardo Scala, Jaime Siles y Rafael Soto Vergés.

    Sorprende, a primera vista, lo descompensado entre autores y autoras en cuanto a cantidad. Pero a decir verdad, toda antología es incompleta. Hay que poner en valor, en cambio, el afán recuperador de Rodríguez Jiménez, quien entiende entre las funciones del crítico literario la de corregir —en la medida de lo posible— los olvidos naturales y no tan naturales del sistema.

    Rodríguez Jiménez señala en su introducción de casi cien páginas, que poetas como José Ángel Valente ya criticaron en su momento el afán reduccionista y monopolizador de grupos literarios que pretendían ser modelos de una nueva tradición: « […] la poesía es una aventura rigurosamente individual, de una soledad equiparable a la del corredor de fondo». No duda en poner nombres y apellidos a quienes considera realizan funciones de lobby. Una de esas sociedades secretas —en el sentido más romántico del término— es la constituida como Poesía de la Experiencia en los años 80, formada por Juan Carlos Rodríguez, Javier Egea, Antonio Jiménez Millán, Álvaro Salvador y Luis García Montero. Como acólitos a este grupo Rodríguez Jiménez menciona a Benjamín Prado, Luis Muñoz, Álvaro García, Carlos Marzal, Felipe Benítez Reyes e Inmaculada Mengíbar. Reconoce en Montero al líder con poder y posible autor intelectual de un expolio que no solo afecta a la repercusión de una estética en los medios de comunicación, sino a toda una corruptela de premios literarios y procedimientos oscuros para favorecer el ascenso de unos autores en detrimento de otros.

    Frente a un tipo de poesía oficialista, uniformada y estereotipada, se defiende desde las páginas de Cuadernos de Sur en 1986 una poesía libre, heterogénea y universal, que no atienda específicamente a modas, sino que permita que todo tenga cabida y que sea el criterio de la originalidad y profundidad el único que se imponga.

    Con el objetivo de articular una oposición a estos hechos denunciados se abrió un campo de discusión en la revista Cuadernos del Sur. Constantes son las referencias y alusiones de Rodríguez Jiménez a artículos allí publicados que van dando la réplica a su discurso, además de ampliar las líneas de observación. El autor reconoce que los poetas no son una raza gregaria por naturaleza, aunque en la actualidad muchos lo sean, y subraya que la responsabilidad de cambiar el mundo pesa sobre los hombros de media docena de poetas, a los que no nombra, y se refiere a ellos como francotiradores y unicornios.

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Antonio Rodríguez Jiménez

    Atención especial se presta a dos poetas-críticos que tratan —según Rodríguez Jiménez— de emular a Castellet: Luis Antonio de Villena y José Luis García Martín. A través de sus antologías y estudios el autor va dibujando un trayecto literario-temporal en el que aparecen otras tendencias, como la escuela de Trieste, formada por: Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Ángel Rupérez, Ángel Guache, Ramón Andrés, Julio Llamazares, José Carlón, Juan Carlos Mestre o Julio Martínez Mesanza; también los poetas pertenecientes al Neosurrealismo: Blanca Andréu, Fernando Beltrán, Amalia Iglesias, Pedro Casariego Córdoba, Ángel Muñoz Petisme, Francisco Serradilla o Luisa Castro. Asimismo hará lo propio con las nóminas del Minimalismo, Tradicionalismo, poesía elegíaca y metafísica.

    En el apartado titulado “Crisis de autenticidad creativa” Rodríguez Jiménez pone el dedo en la llaga al afirmar que la poesía española a principios de los años 90 se encuentra en un atolladero repetitivo con falta de nervio expresivo y languidez creadora, para ello se apoya en tesis de otros dos críticos: Antonio Garrido y Juan José Lanz, quienes certifican ese estado comatoso diagnosticando sus efectos y causas. Un artículo de Lanz, titulado “La poesía sin experiencia” da pie a una afirmación que denunciaba el conservadurismo del modelo estético predominante: «En ningún momento de nuestra historia de la poesía de este siglo se había conseguido estar más alejado del devenir del mundo moderno».

    Una de las secciones de la citada revista Cuadernos del Sur fue “Antología consultada de poetas no clónicos” (1992), en ella, Rodríguez Jiménez entrevistaba a poetas acerca del estado actual de la poesía, aquella experiencia fraguó en la publicación de un libro y en el epígrafe «poetas clónicos» para identificar a todos aquellos poetas de obra epigonal que se refugiaban bajo la etiqueta neorrealista:

    Por el contrario, el poeta no clónico es el que se distingue de los demás por su voz auténtica, porque es genuino, tiene personalidad propia, siente y vibra por sí mismo. No es el eco ni la copia de nadie y se distingue por su propia coherencia, no detenta parcela de poder alguna, no está de moda, no practica la oficialidad, ni medra.

    Con una media de cinco páginas por ambas caras para cada autor seleccionado, el espacio literario se presta óptimo para esbozar los caracteres generales de una obra, o comentar puntos concretos de un texto o biografía, sin embargo, la actitud de estos artículos es quizá demasiado generalista y abarcadora con relación a su extensión, y por ello, cuanto gana en diversidad lo pierde en profundidad. En cualquier caso, de cada autor escogido se apuntan características interesantes y puntos de vista subjetivos e historicistas, suficientes como para incitar al lector a averiguar más datos de los autores y obras comentadas.

    Hay que dejar claro que Rodríguez Jiménez, como buen cordobés, pone en valor a los poetas del sur atendiendo especialmente a los integrantes del grupo Cántico, y lo hace con conocimiento de causa; defiende y abandera ese movimiento de múltiples estéticas que supone la Poesía de la Diferencia, estética de la que él mismo es cofundador. Sus principios, postulados, denuncias y defensas quedan muy claras tras la lectura de este valiente y necesario libro, para dilucidar la veracidad o no de lo aquí manifestado habrá que esperar a esa diacronía que ofrecerá la realidad histórica y compararla con las que otros cronistas y críticos —como él— trazarán en un futuro.

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Reseña publicada en el número dos de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”

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Título: Sangre seca

Autor: Josep M. Rodríguez

Editorial: Hiperión

Género: poesía

Número de páginas: 76

Año de publicación: 2017

ISBN: 978-84-9002-093-7

Hace casi veinte años que Josep M. Rodríguez (Súria, 1976) publicó Las deudas del viajero (Dama Ginebra, 1998), ópera prima de lo que con posterioridad se ha constituido como una brillante carrera lírica. Y es que este catalán, de apenas cuarenta y un años, además de inquieto poeta, es un excelente crítico y traductor.

    Al leer cualquiera de los libros de poesía de Rodríguez, uno tiene siempre la extraña sensación de estar ante un demiurgo, un contador de historias que ha afincado su experiencia vital en la palabra. El autor de Arquitectura yo (Visor, 2012), a pesar de haber publicado en prestigiosas editoriales y de haber ganado importantes premios literarios, jamás se ha conformado ni con su rédito, ni su poética, algo encomiable que comparte con otros compañeros de generación, como por ejemplo Joaquín Pérez Azaústre. Josep M. Rodríguez sigue buscando en la poesía y en el lenguaje. Sus poemas están inundados de sugerentes imágenes, de gráficas y palpables figuras retóricas, de vida.

    Ángel Luis Prieto de Paula en “Un poema, ¿una poética?”, su aportación al número siete de la revista Fragmenta (2016), volumen dedicado por entero al autor de este libro, comenta la riqueza visual de su poesía, como también, otro de los rasgos que caracterizan su estilo, la referencia biográfica. Si toda poesía nace ineludiblemente de la experiencia, esta queda representada en la poesía de Rodríguez mediante recuerdos aparentemente mencionados para quien se reconozca en ellos: «En los últimos meses de estar juntos / parecíamos // ascensores de hotel. / Siempre a destiempo». El fotógrafo no se resiste a figurar en el otro lado de la cámara.

    Con referencia a la pregunta que plantea el artículo de De Paula, si pudiésemos deconstruir un poema de Josep M. Rodríguez y diferenciar y señalar cada una de sus partes, en la inmensa mayoría de las piezas descubriríamos una veta clásica, al menos en lo métrico, pero también los nudos de su ruptura. Su fase temporal: la diacronía de la vida, aunque narrada de forma sincrónica y descriptiva.

   Joyce, Dickinson y Aleixandre, alternan —que no dividen— con los poemas dibujando un todo en tres instantes. Sus citas apelan al yo como identidad poliédrica, factor consustancial al hecho poético de Josep M. Rodríguez: «Al nacer nos entregan una máscara. / Mi rostro ya ha crecido / hasta encajar en ella».

    Las metáforas bullen en los versos de Sangre seca, su escenario está lleno de espejos que proponen tanto el autorreconocimiento, como mostrar a las claras las —en contraste con lo otro— pequeñas diferencias. Sin duda, las metáforas más logradas son aquellas que no son precedidas por ningún artículo, adverbio o preposición, ex profesos, ya que la necesidad de golpear al lector, de abrir su campo de visión, se vuelve más natural y creíble sin su manifiesta confesión: «El dolor es un bosque que se quema de pronto / y te deja su tizne y su vacío».

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Josep M. Rodríguez

    Rodríguez pertenece a esa generación —por edad— de poetas aglutinada en El canon abierto. Última poesía en español (1970-1985), publicada por Visor y llevada a cabo por la investigadora Remedios Sánchez García. El contraste de esta genial hornada de la poesía española muestra su heterogeneidad, prácticamente todas las corrientes poéticas discursivas que se practican en la actualidad están reflejadas en ella. La aportación de Josep María Rodríguez busca equilibrio, precisión, sugerencia y respeto por la tradición, rasgos inamovibles en su arqueológica y dinámica poética.

    Sangre seca, ya desde su título evoca a la reminiscencia de la herida. La sequedad de la sangre puede interpretarse como una ubicación temporal postraumática, el análisis tras el dolor, pero también puede leerse como el comienzo de un proceso de cicatrización, una mudanza de la carne viva a su curtición. Por ello, y por la dirección y forma del camino andado, algunos pensamos que este libro puede ser un punto de inflexión en la carrera del poeta.

Memoria y tradición literaria son los temas capitales de un poemario que estudia a ambos para averiguar la forma de superarlos. Por tanto, el pasado juega un papel muy importante en la morfología del yo, recuerdo y referente se transfiguran en una suerte de esperanza por trascenderlos, sí, pero en el fondo, también por cambiarlos.

    Buscar el reflejo actualizado de la analogía sin renunciar al ritmo, y al mismo tiempo, no renunciar a la autenticidad, no es tarea fácil, exige un trabajo de maduración y poda, también tensión en el lenguaje. Y todo ello se trasluce en el resplandor y la relectura de estos poemas.

    En palabras de Antonio Lucas, poeta compendiado en El canon abierto y parte del jurado del Premio de Poesía Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina” que fue concedido a este libro, Sangre seca es: «Un libro que se maneja en versos cortos, que tienen una voluntad casi aforística en algunos momentos pero que van completando el discurso, la galaxia de esta obra que tiene una condición muy orgánica».

    Es cierto que periódicamente durante la lectura de estos versos, estos se preñan de toda la rotundidad del aforismo para ser piedra de engarce en un presente dialógico y convulso en el que, lo poco expeditivo, tiende a desaparecer: «Un niño se parece a una maleta / por llenar».

    Tal es la amplitud del ámbito vital, mental y abstracto del hablante lírico, que su arquitectura se complejiza, al igual que la morfología versal: se fragmentan los endecasílabos, se entrelazan tiempos. «Somos los hombres huecos», caminantes sin terminar de hacer: «Me reconozco en lo que está incompleto». La realidad inocula su virus fragmentario y en su proyección consuenan y disienten seres caleidoscópicos.

    Joan Margarit, distinguido firmante del epílogo, coincide con De Paula en la evocación personal en la poesía de Rodríguez y su cifrado, ya no para el lector más culto y refinado, sino para ese destinatario concreto que se convertirá en su único y acertado traductor. Margarit destaca que la historia personal del poeta avanza a la par que la historia colectiva, y destaca uno de sus versos, al que propone como alta y resonante divisa de un autor de quien, en cada libro, seguiremos esperando la excelencia: Oscuro el corazón y el verso claro.