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Reseña publicada en el número 5 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”.

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Título: Lo que hace el tiempo

Autora: Yolanda Pantin

Editorial: Visor

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 89

ISBN: 978-84-9895-310-7

 

Ya desde el propio título Lo que hace el tiempo (Visor, 2017) señala los efectos producidos por ese transcurrir inagotable que todo lo erosiona. Para Yolanda Pantin (Venezuela, 1954) el tiempo es una preocupación existencial pero su poética no centra su atención en el torbellino que todo lo arrasa, sino también en aquello que deja a su paso, pues precisamente eso es la vida.

      Lo que hace el tiempo mereció el XVII Premio de Poesía Americana que otorga la Casa de América de Madrid, elegido entre 961 obras de 22 países.  En 1979 la autora fue galardonada con la Mención de Honor del Premio Nacional de Poesía Francisco Lazo Martí por su obra Casa o Lobo. Cultivada en literatura infantil, dramaturgia y edición, además de en poesía, Yolanda Pantin no ha recibido el reconocimiento que su literatura merece.

     Dividida en cuatro secciones cuyos epígrafes son números sucesivos del uno al cuatro, esta obra encuentra su culminación en una coda concebida en forma de cuento, la íngrima prosa de “El corneto” es un original y contrastivo cierre a este conjunto.

  Titular al primer poema del libro “Descanso” y evocar en él: protección, despreocupación por el tiempo y escucha de música, deja al esfuerzo, al castigo, en una elipsis inicial que anticipará otras, y subraya una de ellas: indeterminación: « […] cuando el sol / no hiere // sin medir / la hora, van // con el canto / de otra lengua […]». El tiempo mítico y el tiempo real se confabulan en la poesía de Pantin. Para quien conoce su obra, leer la descripción de la sombra de una flor —por poner un ejemplo— pone el foco principal en la propia flor que no es descrita. El remanso de quietud y paz, el recogimiento de ese descanso inicial señala a una volcánica actividad simultánea como digresión implícita de una realidad convulsa que solo puntualmente manifestará sus erupciones.

    Si la ideología literaria de cualquier autor atraviesa sus ideales políticos, sociales y económicos y por ello, se impregna de las causas que provocan tal efecto, no resulta difícil suponer el perfil de esa ideología cultural en una poeta como Pantin, sufriente poeta contemporánea de una Venezuela que en sus propias palabras: «está entrampada en un delirio histórico». Por lo tanto, lo que hace el tiempo existencialmente en el ser humano, tiene su correlato en los poemas con la lacerante injerencia de un régimen en un país. La realidad social preconiza un efecto literario que en el caso de Yolanda Pantin es un motivo recurrente: «Hoy salieron los vecinos / con sus perros. // No hay muertos que valgan para ellos, / tampoco para mí cuando los veo / vestidos de domingo en las plazas». Estos versos, contenidos en el poema titulado “Belleza” están dedicados a la memoria de Verónica Luján, quien fue asesinada en un asalto en Caracas. El poema culmina de esta manera: «Puede la belleza conquistar los días / y sobre el luto, aunque duelan / todavía: luz, candela, candelaria». No son necesarias las mayúsculas ni los puntos suspensivos para apreciar que el último verso refiere concretamente a personas desaparecidas.

    Asimismo, el arte representa esa necesaria contrapartida moral e intelectual a la injusticia y la violencia, aunque la jácena del poemario es una profunda reflexión acerca del tiempo y la memoria, la música y la pintura sirven a la autora para introducir reflexiones o evocaciones que serán equidistantes de un tácito dolor, como por ejemplo, en el poema titulado “La pintura”, donde ante la imposibilidad de valorar e interpretar un hermoso cuadro que ha sido regalado a la familia, esta opta por envolverlo y olvidarlo: « —Qué hacer para no herir susceptibilidades / si nos parece tan rara? discutían. // En el valle no hay ojos que vean tanto / ni nosotros / estamos preparados / para dar el salto de lo nuevo». Aquí, la poeta transparenta una corrección social, un conservadurismo que pone de manifiesto una jerárquica e injusta limitación cultural. Sin embargo, recuerdos como este son narrados con una nostalgia que evidencia su ternura y angustia a pesar de estar contenida.

    Venezuela es un personaje más, está muy presente en todo el poemario a través de topónimos, costumbres, personajes; la esperanza, como pequeña llama inapagable, fulgura en poemas como el titulado “Invierno”: «Todo es lejos en el frío. La llovizna // pasada la tormenta / que hizo / temblar las ventanas // y adentro, // como el niño / que ha llorado sin consuelo, // un querer decir».

    Muchos poemas son prosaicos deliberadamente, otros, dialógicos, la poesía es un arma con balas de fogueo que muestra su fragilidad tras el combate con la realidad: «La luz que cae sobre algo // para exaltar ese algo / que recibe la luz // y era nada, o poca cosa, / en la sombra, es un poema // y en segundos deja de serlo».

    Lo inconsistente de las máscaras de la mentira, la vacuidad como forma de no pensar en el tiempo, la belleza cambiante, los instintos, el regreso a la infancia, la transformación a la que nos aboca el dolor; hondos y múltiples registros contiene este poemario, una perífrasis del sufrimiento visual de lo vivido, la caótica búsqueda de verdad en la frondosa memoria, recuerdos de oscuridad y luz irremediablemente bajo el yugo del tiempo, un tiempo cruel y sádico del que brota la belleza en metáforas como esta: «Fue por esos años. // Yo iba sola / sentada en mi asiento / de metal, tranquila, / cuando una araña / en la otra silla, / escogió // tejer su tela / entre mis piernas».

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Yolanda Pantin

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Articulo publicado en la Gaceta Trimestral del Haiku “Hojas en la acera”:

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Somos [in]significantes en busca de su significado. Lo idente[1] crea la máscara para narcotizar su angustia hasta el encuentro de sí mismo: una espera que puede durar toda una vida. Lo urgente de las carencias desencadena la heurística, el producto, la herramienta, el artificio. Cuando el poeta entra en su poema, la poesía salta por la ventana. Parece lógico intuir que es preferible que la poesía entre en el poema, ocupe ese constructo —diseñado para ella— que pretende alcanzarla y por lo menos lo dote de un alma que carece.

    Según Tanizaki: «un instrumento aparentemente insignificante puede tener repercusiones infinitas» (2014: 24). Podemos decir que buena parte de la Física Cuántica, por ejemplo, a través de la teoría del caos, basa en el aserto de Tanizaki la mecánica clásica de su propuesta. La ligazón de nuestras vidas, cruzadas e influidas por pequeños sucesos que influyen en otros sucesos y crean otros nuevos, también demuestra que estamos a merced de ese entrelazamiento incidental no advertido.

     Es precisamente lo no advertido o lo advertido y a pesar de ello colocado en su estatus, aquello que consideramos insignificante. Nuestros juicios de valor —en términos generales— basan su jerarquía en una concepción materialista de lo pragmático. El estrabismo moral e intelectual del ciudadano moderno hace de la opulencia su religión. Dicha elección viene patrocinada por el discurso monológico de un sistema socio-político que invierte y pervierte los valores en función de las fluctuaciones económicas de los mercados.

      ¿Qué consideraríamos más importante entre un teléfono móvil, un patinete eléctrico y una abeja? La tecnología deslumbra nuestras aspiraciones de confort y una pobre conciencia, bombardeada subliminalmente con doctrinas consumistas, no repara en que la desaparición de la abeja podría romper drásticamente su propio ciclo vital y escoge aquello que, supone, le facilitará su existencia: «Al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida. Sin abejas, no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres» (Albert Einstein).

     El aserto de Tanizaki nos previene acerca de cosas trascendentales que pueden pasar por nimias a nuestro entendimiento. ¿Se enmascara lo trascendente por temor a algo o es nuestra ignorancia quien lo juzga de esa manera? Hemos dicho que la Ciencia basa algunas de sus investigaciones en la relación efecto-causa que provocan los seres y las cosas entre ellos y que aquello tomado por insignificante puede ser en realidad algo fundamental. Si bien, en el haiku debemos desactivar esa relación efecto-causa para que no resulte evidente la acción/reacción como argumento global de nuestro poema, el haiku es una herramienta como pocas para educarnos a no discriminar con una jerarquía materialista a cuanto nos rodea.

    Para precisar, el haijin no aboga por utilizar una jerarquía materialista para discriminar o escoger el motivo de su poema; ni ninguna otra: emplea la desnudez neutra de una contemplación hambrienta por conocer y experimentar y se deja sorprender y llenar por toda honda emoción que deslumbre y circunde su vacío. Con tal actitud podríamos pensar que, en lugar de desacralizar lo significativo, aunque de pueril apariencia, corremos el riesgo de sacralizar lo vano, lo anodino o trivial.

      Ese temor al empoderamiento de lo inútil —algo que, contrariamente, está sucediendo en nuestra sociedad— se va disolviendo conforme comprendemos, en nuestro vaciamiento del yo  y actitud de apertura al mundo, que todo aquello que nos asombra —e incluso lo que no— tiene lugar por una unión ínfima e invisible de sus partículas, un abrazo atómico sin el que no podría existir ni dársenos.

     «Lo que ocurre —sea lo que sea, lo más mínimo que podamos percibir— va a tener en el haiku una importancia trascendental, porque forma parte del desenvolvimiento sagrado del mundo» (Haya, 2012: 54). Hemos de tener en cuenta que no cualquier cosa, por el hecho de ser insignificante, nos provoca una emoción profunda ni merece estar en un haiku.

     Como vacío sintiente, el haijin debe reconocer entre sus emociones la vibración de la verdad que nos transforma, su huella en nosotros. Esta, precisamente, es su única discriminación a la hora de escoger el motivo de su poema. No se basa en una metodología práctica, ni materialista, ni atiende a consideraciones morales o intelectuales: su razón es intuitiva.

    El momento epifánico del aware marca el salto del solipsismo del ser humano a su fusión con la naturaleza. La carestía de hondas verdades —basada en la intuición de que existen— nos empuja a crear nuestro constructo poético, la vaina que imita a la realidad y espera albergar a su trasunto lingüístico para otorgarlo a otro hambriento.

     Es obvio que la insignificancia conceptual es relativa, ¿Pues cómo podemos considerar a algo insignificante cuando este participa, de alguna manera, en la existencia de todo? Solo que la singularizamos y adaptamos al voluble criterio de nuestras apetencias.

    De la misma manera, esta relatividad se transfigura actorial y literariamente en el poema. Cualquier dato o elemento aparentemente irrelevantes pueden brindar connotaciones trascendentes. Una cabra tropieza sobre un charco que refleja las nubes enrojecidas: ¿tropieza porque nació hace poco o porque es tan vieja que ya espera la muerte? ¿Acaso las nubes anticipan con su color rojo su trágico final o no aluden en nada a su situación? El hecho es que un leve e insignificante tropiezo se convierte en un abanico de posibilidades dadoras de sentido que se abre ante nuestros ojos e interpretamos sin más mediación cognitiva que nuestra propia intuición. Lograr esa velada analogía lingüística entre el desencuentro y encuentro con la emoción profunda capaz de transformarnos, resulta en el correlato circular que incardina su propia naturaleza.

BIBLIOGRAFÍA

 

—HAYA, Vicente. Aware, Kairós, Barcelona 2012.

—TANIZAKI, J. El elogio de la sombra, Siruela, Madrid 2014.

[1] Sin identidad.

Ensayo publicado en “Revista Literaria Taller Ígitur”:

http://tallerigitur.com/2019/04/10/escenificacion-de-la-corrupcion-verosimilitud-y-ritmo-en-plata-quemada-de-ricardo-piglia/?fbclid=IwAR1Grh_4kSUnUeYDkw8Un-uXG9mUcsVlZV6ygg5TPmhlMZ3oqmP-6cgXbw0

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« ¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?» (Bertol Bretch, 1928).

A esta pregunta, incluida en el libreto de La ópera de los tres centavos y por ello atribuida al dramaturgo alemán, se podría contestar —contextualizándola en nuestro presente— con esta otra:  « ¿Por qué los bancos siguen ganando miles de millones a pesar de que la economía mundial está en la baja?» (declaraciones de James Petras a Tercera Información, 2010).

      La postura de Ricardo Piglia (1941-2017) es clara ante la tesis comparativa que plantea la cita de Bretch. Plata quemada no justifica ni moraliza de manera alguna la acción delictiva llevada a cabo por sus protagonistas, pero sí cuestiona qué parte de responsabilidad puede tener el Estado en ello. Objetivamente, si tenemos en cuenta la limitada cantidad de dinero que puede obtenerse mediante el robo a un banco —un efectivo que está asegurado— y lo comparamos con la incalculable cifra que los bancos, no solo obtienen invirtiendo el dinero de los demás y cobrándoles por ello, sino ejerciendo tácticas deshonestas para lucrarse impunemente mucho más rápido, comprenderemos que Piglia, aun siendo sus protagonistas unos asaltantes sin escrúpulos, entienda la particular actividad delictiva como una ilegalidad menor.

    En el párrafo anterior hemos utilizado y destacado en negrita tres palabras que aluden a tres conceptos que articulan de principio a fin la novela, y por tanto, también este estudio: delito, dinero y ley. En la importancia de estos tres elementos y su interpretación real apoya Plata quemada buena parte de su acción.

      Para diferenciar qué es legal de aquello que no lo es, hemos de atender a las órdenes emitidas por las instituciones sociales: gobierno, judicatura, ejército, policía; entes que dictan las leyes y las hacen cumplir a través de la violencia. El discurso monológico del Estado cuenta también con una estructura no violenta, sino ideológica, de doma social que abarca la enseñanza, los medios de comunicación, la religión o la mercadotecnia. Toda organización social debe estructurar sus parcelas de dominio y establecer prioridades en cuanto a su uso y posible influencia en el individuo. Ahora bien, el problema viene cuando dicha estructura de poder es corrupta y en lugar de salvaguardar la integridad y prosperidad de sus ciudadanos los somete a una dictadura encubierta en la que la finalidad de cada estamento sea beneficiar únicamente al Estado y sus articulaciones y permitir que así siga siendo.

‘El delito’ podría leerse como una constelación que articula delincuente y víctima, y esto quiere decir que articula sujetos, palabras, culturas, creencias y cuerpos determinados. Y que también articula la ley, la justicia, la verdad y el estado con estos sujetos (Ludmer, El cuerpo del delito. Un manual, 1999:14), (dosier).

 

      Piglia es consciente de que el delito, más allá de si es justificado o no, lícito o no lícito, transforma a la sociedad y al individuo. La novela gira por completo alrededor de un delito y la participación en él de —además de los asaltantes— políticos y policías: quienes deberían estar al otro lado de la ley.

    En relación a los delitos se crean las leyes ¿o es al contrario? ¿Robar a quien roba exime de culpabilidad? ¿Los medios de castigo y confinamiento del Estado mejoran al individuo o lo vuelven más salvaje y peligroso? Para escenificar estos y otros presupuestos con referencia al delito, el dinero y la ley, Plata quemada adapta las cláusulas genológicas del policial, lo cual le permite representar la tesis del poder corrupto y la ambivalencia de unos personajes que se moverán a ambos lados de una noción cambiante de legalidad.

      Pero en la estrategia narrativa de Piglia este no será su único objetivo, ya que además de cumplir las exigencias del género: personajes marcados por un pasado, motivaciones para no cumplir la ley, suceso desencadenante, investigación e intriga hasta el fatal desenlace; el autor de Respiración artificial (1980) critica una vez más la tiranía de un Estado que corrompe a sus ciudadanos y es responsable incluso de por qué son lo que son. Los hechos narrados van demostrando que a veces es difícil diferenciar a los buenos de los malos, ya que la línea roja de la legalidad es dictada por quienes la incumplen: «El comisario Silva, de Robos y Hurtos, no investiga, sencillamente tortura y usa la delación como método» (capítulo “Tres”).

     Para que el lector llegue a sus propias conclusiones y entienda hasta dónde llega la alargada sombra del capitalismo, Piglia va desnudando a sus personajes durante la primera parte de la novela y, mediante analepsis, estos irán desvelando parte de su pasado: «Malito venía de Rosario, había estudiado hasta cuarto año de Ingeniería y a veces se hacía llamar el Ingeniero…» (capítulo “Uno”). Así descubrimos que, pese a contribuir varias voces de personajes  a desliar el ovillo de la historia, el verdadero narrador está sobre todas ellas y no es otro que un narrador extradiegético que conoce información de los personajes: «Se los imaginó que la miraban mientras ella paseaba desnuda, con tacos altos, y después se vio encamada con el Nene…» (capítulo “Uno”).

     La narración comienza cuando los personajes que forman la banda de ladrones están planeando el golpe al banco y finaliza cuando, tras robarlo, huyen y son perseguidos hasta que se atrincheran y son abatidos. Pero el orden cronológico de la diégesis o el tiempo de la historia se ve interrumpido por constantes cambios formales y saltos en el tiempo que dotan a la historia de un ritmo trepidante: «Algunos testigos aseguran haber visto a Malito en el hotel con una mujer. Pero otros dicen que sólo vieron a dos tipos y que no había ninguna mujer» (capítulo “Uno”). Y por la alternancia de las voces narrativas:

Cuando salió de la cárcel, pese al dinero de la herencia paterna, influido por los contactos carcelarios y ante la desesperación de su madre y de sus hermanos, que son respetados y honestos profesionales, siguió el camino del crimen.

En cana (contaba a veces) aprendí lo que es la vida: estás adentro y te verduguean y aprendés a mentir, a tragarte la vena. En la cárcel me hice puto, drogadicto, me hice chorro, peronista, timbero, aprendí a pelear a traición[1]… (Capítulo “Cinco”).

      El uso de los tiempos verbales delata en ocasiones los cambios de narrador, recurso que dinamiza la exposición de los hechos y abre un amplio abanico de información al lector.

       Llama la atención, no solo el empleo de lenguaje vulgar o argot, sino la variedad de registros del habla coloquial que Piglia imprime a sus personajes. Ello potencia el realismo y la verosimilitud de la historia y su uso representa una marca para distinguir el discurso de un personaje de otro o incluso de la elegancia del propio narrador en tercera persona: « […] me dicen que ahí murió un cacique, un indio puto, ranquel, murió ahogado, porque le ataron una piedra de molino al cuello, ya que dicen que se había garchado a un gringuito […]» (capítulo “Tres”).

     Los informes médicos del doctor Bunge suelen filtrarse en la narración entre comillas. Como en el siguiente caso, en el cual se refiere a la curiosa relación de dependencia entre el Gaucho y el Nene Brignone: «Un caso muy interesante de simbiosis gestáltica. Son dos pero actúan como una unidad. El cuerpo es el Gaucho, el ejecutor pleno, un asesino psicótico; el Nene es el cerebro y piensa por él».

      Los ejemplos de lenguaje periodístico —como los de otro tipo o cambio de narrador— en la obra se reproducen sin previo aviso. En ocasiones, algún marcador discursivo (según los diarios) nos previene de su inclusión, pero por lo general, tan solo advertimos ese cambio de perspectiva en la enunciación por el contraste de su propio lenguaje, como en el siguiente ejemplo:

“Las astillas volaban, la madera quebrada.
—No me imaginé que eran tan chotas las barreras —se reía el Nene Brignone.
—Sacaron medio cuerpo por la ventanilla y las serrucharon limpitas —dijo el guardabarrera.
Tanto el empleado ferroviario como su amigo de veinte años que lo acompañaba no pudieron hacer una descripción coherente de los asaltantes, dado su estado de ánimo.
“Al escapar encontraron cerradas las barreras del paso a nivel de la calle Madero y sin parar el auto la cortaron con la ametralladora”.

      Una de las posibilidades es que el epílogo esté escrito por el propio autor, en primera persona, y en él revela que hizo una investigación exhaustiva muchos años antes de acometer la escritura de la novela. Al igual que Renzi (periodista que representa a los medios de comunicación que el Estado pretende manipular), su alter ego, Piglia tuvo acceso a informes médicos y policiales, a declaraciones de testigos y pudo conocer de primera mano toda la sordidez y misterio que envolvía a esta historia. Esto rompería el pacto de ficción con el lector. Y otra posibilidad es que el indeterminado narrador de la novela sea también el autor del epílogo, perdiendo con ello la condición de extradiegético y reconociendo su historia como un discurso modalizado: «Me contó una primera y confusa versión de los hechos que yo recordaba vagamente haber leído en los diarios meses atrás».

     La heteroglosia representada en la obra otorga, pues, una textura fonética a los personajes que los singulariza y encuadra en un estrato social; potencia la verosimilitud de la historia; permite conocer diversos puntos de vista de la misma; rompe la monotonía de una misma y única voz ofreciendo un discurso modalizado e incompleto de los hechos y añade intriga a la trama, pues cada aportación arroja luz o atenúa, a una diégesis agilizada y enriquecida por la misma.

     Un recurso del género policial es la investigación. A través de ella —en este caso, a través del acceso que el narrador o el comisario Silva tienen a esos informes— el lector va conociendo detalles y entresijos de la trama que no son desvelados ni por el discurso narrativo, ni por los diálogos de los personajes; por tanto, es una información adicional que esclarece por momentos los puntos oscuros de la trama. Testimonios de testigos, informes médicos, noticias de prensa: todo el aparato articulatorio que emplea Piglia lleva al lector del desconocimiento al saber (cauce canónico del género) con tal naturalidad que a veces no se aprecia nada antinatural en el entrecruzamiento de sus recursos técnicos.

     Esto nos lleva a otro elemento del género: el enigma. En la novela, los atracadores planean asaltar el banco y repartir el botín con políticos y policías corruptos que han colaborado en su preparación, pero una decisión de última hora: la traición; hace que los delincuentes huyan con el dinero. Como es normal, la policía sale tras ellos y el lector no sabe cómo acabará dicha persecución. ¿Morirán, serán encarcelados los ladrones o huirán con el dinero?

      La entidad del investigador privado parece proverbial al abordar temas como los de esta novela. Un tipo que puede actuar a ambos lados de la ley pero sin pertenecer a ninguno de ellos encarna a la perfección ese espacio en blanco moral no dogmatizado a priori y legitimado para hacer las preguntas adecuadas. El detective puede dejarse llevar por las emociones y actuar de manera pasional o ejercer como defensor de la ley y convertirse en su paladín. Lo cierto es que su figura a veces cuestiona tanto la legitimidad del Estado en las sociedades masificadas (junglas de asfalto y cemento que proporcionan anonimato y son refugio para los delincuentes); como la propia función y veracidad del narrador. El narrador extradiegético que cuenta la historia podría ser un investigador, dada la variada y múltiple información sobre el caso que maneja.

     Debido a la alternancia de distintos tipos de lenguaje y perspectivas expresados por sus distintas voces podemos entender que Plata quemada es una novela polifónica; no llega a ser tan coral como Respiración artificial, pero aglutina en ellas la síntesis de las tesis expuestas, además de digresión.

    Si el Estado no fabricase y permitiese el mercadeo de drogas, probablemente los delincuentes no las consumirían. El Estado lanza sus consignas: la homosexualidad está mal vista; algo que el lector advierte —por ejemplo— a través del comisario Silva, quien enjuicia y quiere castigar violentamente a Dorda y Brignone, quienes viven prácticamente en la clandestinidad esta condición.

      Tal es el cuestionamiento de las parcelas que detentan el poder y el desplazamiento de la supuesta autoridad que en un momento de la novela algunos ciudadanos llegan a solidarizarse con los delincuentes, quienes podrían estar siendo víctimas de una cacería más sanguinaria que la que han dejado a su paso: « —Mi hija y yo —según la señora Vélez (a Radio Carve)— pasamos todo el tiempo en el fondo de la cocina y por las cañerías oíamos los gritos y las risas de estos muchachos. Los cazan como a ratas… Me dieron lástima, no se mata así a un cristiano…».

      Pero pronto se disipa ese conato de compasión al tener lugar uno de los hechos que marcan a esta novela y la convierten en un icono del género: la quema del dinero. Atrincherados, malheridos y sin posibilidad de escape, los asaltantes deciden prender fuego al dinero robado para que su muerte tenga algún sentido, y de alguna manera, aquel robo perjudique a su enemigo. Lo que ocurre es que el dinero no es una vulgar moneda de cambio, sino un símbolo totalizador que mueve a la sociedad moderna. El Estado practica su particular terrorismo en busca de dinero; los delincuentes quieren dinero para vivir mejor y darse todo tipo de lujos; el detective se mueve por dinero. El dinero es, por tanto, una absurda lacra, la utopía de tener, frente a ser: el denominador común que une a inocentes y culpables a ambos lados de la justicia.

    La quema del dinero condena a los protagonistas, tanto a su muerte, como a la culpabilidad, incluso de manera más fuerte que sus asesinatos. Novela como constructo heteroglósico, como rebeldía al dictado monológico institucional, como laboratorio lingüístico en el que Ricardo Piglia hibrida géneros discursivos, rompe moldes y consigue crear realismo y ritmo a base de desglosar el lenguaje y fragmentar el tiempo.

Ricardo Piglia fotografiado durante el Festival VivAmérica.

Ricardo Piglia

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

El género policial. Evolución y problemáticas. Unidad didáctica compilada por Antonio García del Río.

—PIGLIA, Ricardo; Plata quemada, Buenos Aires: Planeta, 1997. Edición consultada de LeLibros: file:///C:/Users/Heberto%20de%20Sysmo/Downloads/Plata%20Quemada%20-%20Ricardo%20Piglia.pdf

[1] Este testimonio confirma la tesis de que en las cárceles o sanatorios los individuos empeoran su estado mental o moral.

Artículo publicado en la revista “Hojas en la acera”:

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¿Cómo puede ser que un poema tan breve como un haiku, al que se presupone de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, sea tan complicado de escribir?

    En no pocas ocasiones he escuchado esta pregunta —en el mejor de los casos— y he de confesar que nunca he escuchado una respuesta convincente. Y con `en el mejor de los casos´ me refiero a que por lo menos en esa pregunta se intuye un respeto ante algo que se desconoce pero se intuye complejo. Los hay que no preguntan y se lanzan al incauto juego de llamar haiku a los pequeños poemas que escriben —muchas veces— sin alcanzar siquiera la condición de texto lírico.

    Aparentemente, escribir tres renglones en los que se encuentre una palabra estacional, una pausa, y se cuente algo cotidiano que tenga lugar en un entorno natural, no parece tan complicado. En el haiku, como en todo, siempre hay quien se queda en la superficie. A veces, esa rendición en su búsqueda viene motivada por una continua contradicción en las formas de habituales creadores de pseudo-haikus, es decir, quien quiere aprender a componerlos no encuentra un patrón fijo al que atenerse y tarde o temprano incurre en la improvisación, la imitación o el desequilibrio.

    Nada más lejos de la realidad, creo que todo haijin occidental —entre los que me incluyo— se ha visto en dicha situación alguna vez en sus inicios. Lo más sensato, teniendo en cuenta que el haiku verdadero es japonés, uno debería acudir con humildad a los maestros, pero no para preguntarles, sino para conocerlos, verlos comportarse en el día a día y esperar de ellos, en el mejor de los escenarios, la generosidad de su magisterio. Para conocer lo que representa un haiku para un haijin japonés es preciso conocer su cultura, cómo viven la religión, atender a las convenciones y compromisos tácitos de sus relaciones sociales; en pocas palabras, olvidarnos por un momento de nosotros mismos y de nuestras servidumbres mundanas y tratar de abrirnos a una forma de ser y de sentir el mundo muy diferentes a lo que estamos acostumbrados.

    Esto mismo hizo Vicente Haya Segovia, movido por el afán iniciático de encontrarse a sí mismo y olvidarse del mundo y encontró en Japón a su maestro Reiji Nagakawa. En el tiempo que pasó primero en Kyoto y más tarde en el templo Kôfukuji de Nagasaki comprendió que lo que él creyó que era olvidarse fue en verdad un encuentro que cambió su vida para siempre.

    Colmado de experiencias y sabiduría, Haya regresó a Occidente dispuesto a verter todo ese nuevo conocimiento en libros, seminarios y conferencias. En la actualidad, la voz de Vicente Haya es incuestionable entre los estudiosos del haiku japonés y para muchos, es el mayor experto en haikus de cuantos investigan este campo en lengua castellana.

    Es justo apuntar que otros investigadores y traductores, como Fernando Rodríguez- Izquierdo, ya en el año 1972 ofrecieron al mundo interesantes libros, como El haiku Japonés. Historia y traducción (publicado por Hiperión en 1993). Pero, por decirlo de alguna manera, aunque el autor de Haiku-dô (Kairós, 2007) comenzase a publicar mucho más tarde, el intenso mundo interior —no hay que olvidar que Haya es filósofo, niponólogo e islamólogo— y el peso experiencial adquirido le han diferenciado desde sus inicios de otros investigadores de índole más académica.

    Si algo queda claro a quienes hemos sido alumnos de Vicente Haya, es que el haiku no puede abordarse como algo cerrado, tampoco como un artefacto de pretensiones estéticas. Sus múltiples definiciones no lo agotan y existiendo en su morfología algunas premisas a las que no podemos rehusar, podemos llegar a él por diversos caminos: he ahí la que considero como su mayor complejidad: el equilibrio de sus factores constituyentes.

    Si todo consistiese en apretar un botón, cualquiera podría componer un haiku. La labor del haijin no es mecánica, aunque lo parezca a ojos del neófito. Una partícula de silicio al contacto con el sol emite electrones, pero no todo poeta al contacto con la naturaleza escribe un haiku. Obviando las cualidades innatas del aspirante a haijin, este debe saber absorber y después recomponer la luz que ha recibido en el aware. Para ello, su labor, más que de creador, es de cronista, debe trasladar al finito universo del papel y la tinta, del lenguaje y el entendimiento, una emoción quizás indescriptible e incontenible.

    Haya propone que el haijin, en su aspiración a la verdad, debe equivocarse: solo así aprenderá en su camino e irá aceptando las verdaderas cláusulas que conducen a ese deslumbramiento místico. En la cultura japonesa los haikus malos conviven con los buenos en el imaginario colectivo. A diferencia de otras culturas, el japonés no juzga a un haijin por sus haikus malos o mediocres, lo hace por los buenos que pueda ofrecer. Entiende que de los fracasos se aprende y por lo tanto forman parte del viaje a la destreza, al conocimiento. Esta forma de valorar es trasladada a otros ámbitos de la vida social, por lo que el temor al error del poeta occidental, el condicionamiento del ridículo, son cosas de las que carecen los haijines japoneses.

    Con menos presión a sus espaldas, la tolerancia de que gozan los poetas japoneses supone un caldo de cultivo propenso a la experimentación. Si en España, autores como Luis Alberto de Cuenca han escrito haikus asonantados, haijines japoneses como Natsume Sooseki y Nagai Kafuu han escrito haikus de amor. Sabemos que estas dos posibilidades no se contemplan tradicionalmente como formas de concebir un haiku verdadero, sin embargo, a la libertad creadora del artista hay que añadir la libertad de elección de los maestros, quienes juzgarán qué haikus merecen ser esculpidos en los templos y pasar a la historia y qué otros no lo harán.

    Haya nos previene: no basta con tener en nuestro haiku una imagen poderosa que impacta e incluso induce a un pensamiento trascendental; bien es cierto que con un factor así los maestros permiten renunciar a otras exigencias formales; el juego de equilibrios en su composición, su naturalidad, su textura, serán algunos de los factores más determinantes.

    ¿Podemos renunciar a la palabra estacional de nuestro haiku? Por supuesto. Otra cosa es que sea algo recomendable. Existen los haiku mu-kigo, pero nada debe ser arbitrario en nuestro poema, principalmente, porque nada lo es en la naturaleza que intenta reproducir. Debe prevalecer sobre todas nuestras decisiones como creador, una justificación, no solo para la elección de los factores que introducimos en nuestro haiku, sino también para calibrar el grado de participación y cohesión de los mismos.

    ¿Cómo sabemos en qué momento dar a nuestro haiku por terminado? ¿Es precisa la pausa del poema? ¿Podemos introducir alguna palabra complicada? No existe un manual con leyes cerradas al respecto, todo es tan discutible como improbable. Esa es la máxima dificultad del haiku, en saber como haijines qué recursos utilizar y cuáles no durante el proceso compositivo del poema. Siempre habrá recomendaciones, usos más o menos utilizados entre la comunidad practicante, pero hemos de ser conscientes de que todos los elementos del poema están en una tensa correlación entre ellos mismos, algunos, interordinados, otros, subordinados. La respuesta más habitual a este tipo de preguntas es: depende. Y es cierto, nunca podemos estar seguros de que nuestro poema funciona de verdad hasta que el tiempo pasa, los lectores lo hacen suyo y de alguna manera nos hacen saber si algo de él perdura.

    La labor más importante del haijin es equilibrar la balanza que contiene los elementos del poema, factores tanto actoriales, como técnicos. No resulta sencillo decidir entre un cómputo silábico u otro: esto, entre otras cosas, vendrá condicionado por la estructura de los poemas que lo preceden y suceden. No es baladí renunciar a una elipse o introducirla, colocar en ella el suceso determinante del poema o contarlo abiertamente: cualquier decisión desemboca en unos efectos que hemos de prever para engastar y armonizar el conjunto.

    El haijin debe ser un equilibrista sin miedo a las alturas de lo incierto, un calibrador con decisión, determinista, debe escribir y errar para alcanzar la habilidad de un cirujano de las sensaciones, la humildad necesaria para mostrar el mundo tal como es, la valentía para vaciarse e ignorarse en su constante buscar —sin saber qué— para otros.

Poema publicado en la gaceta mexicana “La experiencia de la libertad”:

https://laexperienciadelalibertad.com/2019/01/11/versos-de-queda-heberto-de-sysmo/?fbclid=IwAR0DksBpir0_wZzBbNP7DMy3TETMeYKfvduWKaXfHVl2LC2w1qSFxJJnQuA

 

 

VERSOS DE QUEDA

 

La palabra es el tiempo, el silencio la eternidad.

Maeterlink

 

Si supieras que tantas imposturas

no van a conducirte a donde piensas,

dejarías de ser el mamporrero

de esta estética muerta.

 

¿Por qué contar las sílabas de un daño?

¿A qué, reorganizar las tildes

en una despedida?

Ya sea incontinencia, vicio o filia,

— ¡valiente serendipia! —

En busca de la forma, encontramos un modo.

 

En mi mesa de artista

conviven el bolígrafo, el pincel,

la servilleta;

los unos, desdibujan el ensueño,

la otra, recoge el semen

de sus burdos intentos de embarazo.

 

No por forzar el verso a nuestra idea,

no por romper el himen

gramático, la prosa,

encontramos belleza en la escritura.

Para encontrar el ritmo que no suena

resulta imprescindible que el silencio

retumbe en tu conciencia.

 

Desaparece del poema.

Así, cuando regreses, verás qué tanto ocupas

en este simulacro de homicidio.

 

La música no cuenta con nosotros

al gestar los milagros que con su lira tañe;

afirmar la autoría

de ese robo imposible

es gritar: — ¡soy poeta!

 

Heberto de Sysmo

 

 

Heberto de Sysmo, seudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor. Titulado en Audiovisuales, cursa Estudios Hispánicos, Lengua Española y sus Literaturas en la Universidad de Valencia. Publica los poemarios: Luces de Antimonio (2011), El Testamento de la Rosa (2014) La soledad encendida (2015), La flor de la vida (2016), Maldito y bienamado bibelot (2017) y Nubes rojizas (2019); publica el libro de ensayo Polifonía de lo inmanente (2017). Miembro del consejo editorial de Todoliteratura.es. Codirector de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”. Mantiene el blog: https://acropolisdelapalabra.wordpress.com/

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Reseña de J. Rafael Mesado publicada en “Todoliteratura.es”:

 

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  1. Pequeñas pistas

La poesía que Heberto de Sysmo (presencia heterómina de José Antonio Olmedo López-Amor) transmite en este poemario es una poesía, en cierto modo, naïf; sencilla en apariencia pero densa y vehemente en su semántica. Discurso que expresa un significado oscuro, en ocasiones terriblemente intelectualizado y, desde aquí, se dirige a la realidad que se halla más allá de las palabras y de los conceptos, hacia el silencio. Es así una poesía que apunta a lo innombrable, a lo exclusivamente tangible. Este viaje gravita sobre diversas zonas de interés como la poesía como conocimiento, la poesía como magia y alquimia, la mística, la metapoesía… De todos modos, se trata, en todo momento, de una poesía metapoética, pues la poesía reflexiona sobre sí misma y establece sus relaciones con la realidad, con la tradición simbólica, con el lenguaje (como representación), con el sujeto…

            En este poemario se concibe la poesía como una operación alquímica, cuya tarea consiste en desvelar el significado más profundo de la realidad, en extraer la materia prima de la oscuridad. Solo ella nos permite pescar en las aguas del misterio.

                        Costumbre adolescente del poeta:

                        irse de versos,

                        volver ebrio de magia,

                        despedir el ocaso de la Luna.

                                               («Versotropismo»)

  1. Metapoesía

            La metapoesía es un movimiento que se dirige al interior del poema, este se convierte en el único universo de referencia al plegarse sobre sí mismo y erigirse como espacio de meditación. Meditación ve viene establecida desde la misma estructura del poemario («Physis», «Mathesis», «Mímesis», «Semiosis»: realidad, representación, reflejo, discurso). La metapoesía se convierte aquí en espacio propicio para la teoría, en el que repensar sobre la función que se le atribuye a la propia poesía: conocimiento del ser, expresión de la realidad más cercana, intento de representación de lo irrepresentable, espacio de conjunción entre los humanos…  En algunos poemas se plantean cuestiones relativas a la distinción entre el lenguaje y la realidad o entre el código poético y su sujeto. Este es el caso del poema que inicia el poemario y que se titula «Dicotomía saussureana», en él se distingue el lenguaje como invención y artificio humano [(conceptual) que se proyecta sobre una realidad ilimitada, tangible, a la que recorta] del lenguaje individual, profundo (poético). La poesía se separa del entramado social, de la red conceptual colectiva, porque supone un código íntimo (individual), subjetivo y enigmático. Es el único lenguaje («dialecto en alambique») capaz de representar lo más misterioso, tanto del ser como de la realidad:

                        Esta jerga de nadie y para todo;

                        arquitectura afín a la conciencia.

                        Este modo de creer que somos y decimos.

                        Este acopio de signos sin ternura

                        ¿es mi lenguaje?

           

Pero, aún así, cabe plantearse si este responde a un sujeto que lo produce: «¿es mi lenguaje?».

            En el poema «Atavío» la poesía, como producto lingüístico, aparece como traición a lo real, como otra realidad, representada, que se rige (como ficción e invención: mentira) por otros parámetros existenciales.

                        Sabes que en la metáfora sucede

                        algo nunca ocurrido:

                        que la ficción es hueso que vertebra

                        la entintación de otra mentira;

                        sabes que en la escritura

                        la belleza es hológrafa.

                        Si en algo aprecias la sinceridad

                        ¿por qué sigues leyendo?

Poesía que es ficción, porque se establece, como entramado de signos, sobre el engrudo de la realidad sin articulación ni delimitaciones. Pero, ficción que desvela realidades humanas que escapan a la tiranía de la lógica:

                        La Poesía es inteligencia;

                        conforman ambas ese matrimonio

                        en que la intuición es rol de amante.

                        Obviamos la entidad inteligente

                        cuando nos entregamos a su lira,

                        mas sin inteligencia, Poesía

                        sigue siendo aquello que hojece;

                        el lampo en la deriva.

                                               («Lampo en la deriva»)

La poesía, mediatizada por su significado emocional, conecta intuición y sentimiento con la  producción mental, de signo lógico. Pero cuando el poema queda desatado de sus servidumbres conceptuales se manifiesta como un relámpago de inmediatez (símbolo del satori[1] en el budismo zen) cuya manifestación literaria es el koan[2]. Así el lenguaje se abandona al oleaje de sus palabras y danza consigo mismo.

3 Conocimiento

            Heberto de Sysmo concibe la poesía como método de conocimiento y de aprehensión de la realidad, tanto exterior como interior y humana. Se trata de un acercamiento, intuitivo y emocional, al ser, para profundizar en sus más intransitables laberintos y en sus más inaccesibles sótanos. A su vez, supone también de un acercamiento al ser humano como colectividad, a su tradición simbólica mediante la expresión y reactivación de sus arquetipos[3] o figuras simbólicas. La poesía se establece así como discurso del inconsciente:

Literatura del Bien Común:

                        pesadilla de Licofrón.

                        Escabel del orgullo:

                        emunción intrahumana.

                        Émulos del lenguaje somos,

                        grafólogos de la inconsciencia,

                        arquitectos de bella antigrafía.

                                               («Esbatimiento»)

                        Lenguaje es pensamiento,

                        argumento y vehículo,

                        forma de la ocurrencia,

                        decir de lo inefable.

                        Somos en el lenguaje,

                        a través suyo urdimos

                        cartografías de la mente.

                                               («Isoyeta»)

            Así encontramos imágenes arquetípicas como la espiral o el infinito (cinta de Moebius), que actúan en su dignificado de circularidad o continuidad, eterno movimiento continuo que simboliza el ritmo incesante y dinámico de la existencia. Tal es el significado del símbolo taoísta del yin/yang.

                        Decir para vivir,

                        vivir para decir,

                        y después de haber dicho

                        volver a desdecirse.

                                               («Espiral de vida»)

                        Invierto una palabra,

                        y en su reverso

                        atisbo el arañazo

                        de aquel primer encuentro.

                                               («Vida en la elipsis»)

            La escritura poética, tal como queda formulada en la poética de Heberto de Sysmo, supone una vía intuitiva al conocimiento, ya que refleja justamente aquello que escapa al control racional, aquellas significaciones perdidas en los espacios más oscuros de nuestro laberinto interior, aquellos misterios que se esconden en los pliegues de la realidad más cercana. La práctica poética es una voluntad de conocimiento, espejo de aquello que somos, tal como se indica en el poema «Vitral delicuescente»:

                        Palabra es el espéculo tardío

                        de la consciencia.

No solo la poesía es espejo, sino que significa la posibilidad de percibirnos tal como somos. Poesía que se concibe como el fondo oscuro y necesario donde percibir los trazos de tiza en una pizarra, como el silencio blanco del papel donde se recorta el sonido dibujado por la tinta de la palabra. La poesía es como la muerte, el fondo desde donde podemos percibir la vida. Poesía y ser poseen una relación polar, ya que ella nos escribe y nos pronuncia:

                        Para que todo sea

                        debemos expresarnos

                                               («Tendencia de copista»)

                        Resistirse a decir, convierte al hombre

                        en el bruto animal del que procede.

                                               («Las Fuerzas de la Literatura»)

            La poesía no solo consiste en una tarea de desvelar lo que somos, sino que ofrece un espacio de posibilidades (tanto al ser como al saber). Pues ella es una vía alternativa de conocimiento, donde las palabras, sometidas a su propio vaivén, son convocadas unas por otras y de su conjunción aparece la chispa de la conciencia, el relámpago que expande el pensamiento más allá de sí mismo. La poesía crea realidades, al igual como la mente crea símbolos o los árboles crean hojas, automáticamente.

  1. Sujeto

            Heberto de Sysmo plantea la existencia de una poesía que rechaza las normativas de los códigos comunicativos y se abandona a su propia vorágine, a su mismo discurrir. La poesía se construye a sí misma sin los dictados de un sujeto, de una autoría que dicta. Sin ego, el poema se construye así, el propio lenguaje es quien lo construye. Es el discurso quien dibuja sus estrategias y establece sus conjunciones, una tierra de nadie que revela sus propias significaciones, que explora territorios nómadas y desérticos.

                        Si criticas el riesgo

                        y no aceptas que el canto

                        es un estado de silencio;

                        piensa que

                        en terra nullius

                        siempre florecerán palabras nuevas.

                                               («Espíritu de campanario»)

Lenguaje en su propio discurrir, sin sujeto.

                        ¿Qué determina cuál,

                        o qué o cómo o cuánto,

                        sino el propio poema?

                        Hablar por él es algo

                        —cuando menos, impropio—

                        de quien en humildad subsiste.

                        Por eso solo creo

                        en los «casi poetas»,

                        esos falsos maestros

                        presos en versos libres.

                                               («Ponderación de la hermosura»)

Poesía sin límites, rizomática[4], que (como el rizoma) no tiene ni sujeto ni objeto, por ello se pliega perfectamente sobre los territorios que transita. Escritura que es fluctuación, multisecuencial. La poesía, en este sentido, no se pliega solamente sobre la red de símbolos que es el lenguaje; sino sobre el silencio que queda entre sus huecos. Huecos por donde sobresale la realidad.

            Se trata de un intento de ir más allá del lenguaje, hacia el silencio de la realidad. Donde el lenguaje se desdibuja, abandonando la noción de sujeto, y adquiere matices nuevos y diferentes. El poema hace que el sujeto quede revelado en él (el poema me conoce, me escribe, me realiza), es él quien se escribe a sí mismo:

                        Entre los versos

                        arden palabras libres

                        nunca escritas.

                                               («Caligrafía oculta»)

                        El pensamiento abunda

                        en los ángulos muertos del lenguaje.

                                               («Apostema»)

                        Soy el verbo, la estrofa, la cesura,

                        el cronopio tachado y abstraído,

                        en el papel estoy, como en el aire,

                        pretendiendo nombrar hasta mi encuentro.

                                               («Cantor idente»)

            No es el sujeto quien crea el poema, sino el poema quien certifica la existencia del sujeto, aquello que lo posibilita. Además, el poema es un espacio de encuentros, el del sujeto con el receptor. Es la mirada del receptor quien hace posible la existencia del poema, pues este lo recrea con sus ojos y le da vida, lo revive. Así queda expresado en el poema «El encuentro»:

                        Atrapado en la hoja de papel

                        palpita un verso;

                        espera

                        estremecer un corazón,

                        deslumbrar una mente,

                        desarbolar una conciencia…

                        Para ser Poesía.

 

            La poesía, pues, es un discurso activo, que, como toda lectura, necesita de la actividad del receptor, quien la hace posible con su tarea. Reactivación del poema, recreación de lo que se halla latente.

  1. Alquimia

            Para Heberto de Sysmo la poesía supone una alquimia del lenguaje, numerosas son sus referencias directas (fuego, luz, oro…) y también son numerosas las imágenes arquetípicas, propias de la alquimia, que quedan insertadas en ella. La poesía es el proceso de transmutación interior cuyo fin, si de fin puede hablarse, es la experiencia mística: viaje al origen, a la unidad de la cual venimos, a la vacuidad, a la totalidad. Renacimiento. Como en los ritos y misterios de la antigüedad, las operaciones alquímicas suponen una experiencia de desmembración y de reintegración, de muerte y de renacimiento. A ello se alude en el poema «Células comunicantes», en el que podemos atisbar un guiño a Lao-Tsé:

                        Quien está muerto calla,

                        quien está vivo expresa.

                        El lenguaje es la vida,

                        yo mismo soy lenguaje;

                        cada acto de expresión

                        —como origen del todo—

                        es un renacimiento.

 

            En otras ocasiones la poesía toma la imagen del fuego primordial, la llama de la transmutación que ilumina la existencia. Como la alquimia, la poesía supone un viaje de la oscuridad hacia la luz. La llama, como pasión y dolor, debe ser atravesada para ver la realidad tal como es, sin velos que la enmascaren. Romper el velo de maya y ver un universo formado por la estrecha unión de todos los seres, sin límites, infinito:

                        Vagar hacia esa luz, antes del tiempo,

                        para implorar volver, doler la carne,

                        es la contradicción: ser-en-el-mundo.

                                               («Génesis de la luz»)

Imagen del Bhodisattva, el ser iluminado que abandona el nirvana ya alcanzado y regresa al samsara en su intento de que todos los seres puedan obtener el estado de budeidad. El poema «Mies de oro» activa la imagen del fuego, elemento necesario para obtener el lapis philosophorum, el oro, la materia divina:

                        Cuando mi canto aprende

                        de los signos, el vuelo;

                        cuando el dolor,

                        cuando el silencio,

                        cuando el fuego;

                        mis manos de labriego aparvan

                        las trilladas semillas

                        del verbo.

 

            La poesía obtiene los poderes de la magia y, como expresión alquímica, adquiere la propiedad de atravesar el dolor y de convertirlo en goce y gratitud. De este modo, queda convertida en sanación.

                        La palabra poética se expande

                        buscando un corazón —lecho fungible—

                        […]

                        su luz encuentra heridas y las sana.

                        El verso se resuelve en quien lo sueña,

                        su gracia infunde paz y en algo cambia

                        a aquellos que su majestad corona.

                                               («Investidura»)

  1. Mística

            La función última de la poesía de Heberto de Sysmo es la mística. No se trata de una mística  establecida en los límites de la ortodoxia del cristianismo occidental, sino que más bien ahonda en el fondo místico de todas las creencias, religiones o filosofías posibles. Aquello a lo que Aldous Huxley llamó filosofía perenne[5] y que recibe varios nombres como lo absoluto, conciencia cósmica, totalidad, unidad, inconsciente sagrado… Mística que consiste en la participación de todas las individualidades en un todo sagrado.

                        Es escribir, el virus

                        que en tinta se propaga;

                        gramático y semántico,

                        hermético o desnudo,

                        el son alfanumérico,

                        el líquido y la copa,

                        la luz androtelúrica.

                                               («Huésped»)

Unidad entre hombre y cosmos. Cosmos que adquiere entidad de divinidad, divinidad inmanente y no trascendente. Aquí el autor sigue patrones poéticos cercanos como lo son Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre o Carlos Edmundo de Ory u otros más alejados como Lao-Tsé, Basho o Joso.

                        Tras las cesuras

                        oscuras de la mente…

                        Luz hemistiquia.

                                               («Canon»)

                        Entre los versos

                        arden palabras libres

                        nunca escritas.

                                               («Caligrafía oculta»)

            Heberto de Sysmo participa así de la poética del silencio, cercana al taoísmo y al budismo zen, en la que el silencio manifiesta el pensamiento que escapa al sujeto, a la lógica. Pensar con el no pensamiento, hallar un lenguaje que se escriba por sí mismo. Pues el lenguaje, por sí, supone una violencia (en cuanto alteración) sobre una realidad sin límites conceptuales.

                        Amenazamos

                        con el filo lingüístico del habla.

                        La paz será el silencio.

                                               («Orgullo letrado»)

 

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[1]Estado de repentina iluminación, budeidad o naturaleza de Buda.

[2]El koan y el haiku, manifestaciones poéticas del zen, son acercamientos al silencio. El haiku representa un instante de budeidad y se asocia a las reverberaciones del agua de un estanque creadas por la caída una piedra en una noche de luna llena. Éste supone un acto de gratitud por aquello que se percibe y ello se consigue mediante la supresión del ruido interno. El  koan, en cambio, supone una fractura en el lenguaje, hecho que hace que la conciencia se expanda más allá de conceptos y signos. Su imagen más acertada sería un relámpago en la noche o una pedrada en pleno cráneo.

[3]El arquetipo, expresión del inconsciente colectivo según Carl Gustav Jung, es la representación de una imagen simbólica que aparece a través de la historia en diversas culturas (la svástica, la espiral, el mandala…). Por ello, la imagen arquetípica es universal.

[4]Deleuze, Gilles y Guattari, Félix, Mil plateaux (capitalisme et schizophrénie), 1980; Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia, Pre-Textos, 2008, pp. 9-29. Texto donde se ofrecen las claves de una escritura rizomática.

[5]Huxley, Aldous, The Perennial Philospphy, 1945; La filosofía perenne, Barcelona, Edhasa, 2010.

Publicado en “Círculo de Poesía”:

https://circulodepoesia.com/2018/04/poesia-espanola-heberto-de-sysmo/

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Publicamos tres textos inéditos del poeta español Heberto de Sysmo, seudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor (Valencia, 1977). Además de poeta, también es crítico literario y cinematográfico, ensayista, cronista, articulista y divulgador científico. Redactor y colaborador en medios de comunicación, nacionales e internacionales, digitales e impresos, como: Revista de Letras (La Vanguardia), La Galla CienciaEl Coloquio de los PerrosCaoCulturaPeriódico de Poesía (UNAM, México), Crítica (Universidad de Puebla, México) y así hasta más de cuarenta, en los que realiza una intensa labor crítica y periodística. Miembro del consejo editorial y Delegado Territorial en la Comunidad Valenciana de Todoliteratura.es.

 

 

PALABRA MANDÍA

 

Tu belleza me increpa.

Sí, pienso en desvestirte

y desglosarte inmune.

 

Mi cuerpo es amasijo de materias

desconcertadas, su ínfula inasible,

transfigurada y sísmica,

reconfigura la cartografía:

mi craquelada piel.

 

Cróbilos, frondas, lazos: fractaria porcelana

en reverberación por ti:

estruendo mudo.

 

Encallar en tu costa inexplorada

invita a desguazar mentira y muerte,

dolor anacoluto, sobreexpuesto

a ardidas luminarias de tus orbes.

 

Cincelo el petroglifo que en tu carne

horada la avenida del delirio,

tiento la algarabía de una música

entre la esquizofrenia y el milagro;

lloro tendido, soy espejo

de tu mundana herida.

 

Desollar tu epidermis,

ser tatuaje, no: hueso;

columna que vertebre tu inocencia

para, después, herirla y corromperla

como jamás se ha visto.

 

En tu cuerpo, mi escombro

recuerda que fue muro.

Siento —metralla inmóvil—

haber explosionado

frente a una flor que nace.

 

Palabra fuego.

Nuestras lenguas en celo

—apéndices comunicantes—,

no saben más idioma que el contacto

de los cuerpos, cercados y ateridos

a este tiempo caníbal, distancia sin espacio,

de quien por hambre come.

 

 

 

 

 

 

 

  

 

HOMEOLOGÍA

(Receta casera de la poesía)

 

«Solo aquellos que ardieron como cirios

en los templos vacíos del silencio,

son dignos de fervor y seguimiento».

Ignacio Caparrós

 

 

Revierte tu tristeza en un cuaderno.

Añádele dos lágrimas.

Ahora ciérralo bien fuerte.

Apriétalo contra tu pecho.

Agítalo.

Transfiérele tu fe y confianza.

Guárdalo en un lugar fresco y seguro.

Espera un tiempo.

Sí,                                    mucho tiempo.

Tiene que fermentar en el olvido.

Y cuando aquel dolor

que dio origen a su escritura

te impulse a regresar a sus páginas,

comprobarás que debes ofrecerlo;

ya que tal vez, no a ti,

pero sí a otros muchos

será capaz de restaurar su daño.

 

 

 

 

 

 

TATUAJE

  

Arrugas en la frente son renglones vacíos.

Las “haches” por detrás de las rodillas

son insonoras huellas.

La “i griega” entre tus ingles y tus muslos

es el canope vaso que contiene la vida.

La “o” duerme en tus ojos,

los paréntesis en tus nudillos;

en la cartografía de la carne

también se manifiesta esta tragedia.

En esta anatomía de asterisco

vibra una turbamulta de pulsiones,

impulsos que en el signo encuentran cauce.

La “uve” está en el óvalo del rostro,

tu sexo en su cabello porta un mundo

—mosaico enrevesado de formas y textura—,

por eso cuando hacemos el amor

somos palabras nuevas.

Publicado en “El Mundo” (edición de papel, Comunidad Valenciana) del lunes 23.4.18

Autor del texto: Ricardo Bellveser 

Temática: sobre el libro “Polifonía de lo inmanente. Apuntes sobre poesía española contemporánea (2010-2017)” de José Antonio Omedo y Gregorio Muelas (Lastura Ediciones & Ediciones El Juglar, 2017).

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De 40 autores, 12 son valencianos

El crítico valenciano José Antonio Olmedo López-Amor, utiliza como “percha” de introducción a su libro de rarísimo título, “Polifonía de lo inmanente”, escrito en coautoría con el también valenciano Gregorio Muelas, una definición del poeta y profesor Jaime Siles, que dice: “La poesía es un estado de gracia, como la crítica lo es —o debería serlo— de conciencia”, interesante por lo que tiene de particular.


Mi titularidad académica universitaria es de ‘Crítica Literaria’, asignatura que en otros momentos se llamó ‘Poética’, terminología tomada de Aristóteles, incluso ‘Literatura Comparada’, y como tal la he entendido en el ámbito filosófico de la frase de Siles, pues para mí la Crítica Literaria significa pensamiento y reflexión pero además hay que exigirle que cumpla una función mediadora.


Este volumen de 328 páginas (coedición de Lastura Ediciones y Editorial Juglar, diciembre de 2017), selecciona a 40 autores sobre los que construyen unos “apuntes sobre poesía española contemporánea 2010-2017”, de los cuales, al menos doce son valencianos y el resto, mayoritariamente, andaluces o aragoneses, lo que hace pensar que para los autores la poesía española hoy, pasa por estos territorios. 


A Joseph Addison, (1672-1719), un personaje realmente interesante cuando se habla de estas materias, le leí la siguiente maldad: “una buena señal para distinguir al crítico que carece de gusto y de instrucción es que raras veces se aventura a alabar pasaje alguno de una obra que no haya sido previamente bien acogida y aplaudida por el público, y que su crítica se ensaña en los defectos y errores más leves de un autor. En este su empeño, el crítico tiene tantas probabilidades de éxito, que aún el más vulgar lector, a la aparición de algún poema nuevo, posee la agudeza y mala voluntad bastante, para poner en ridículo algunos pasajes del mismo, y ciertamente, a menudo con razón”
José Antonio y Gregorio, en su libro, no sé si conscientes o no, se han puesto en fila en esta tradición de pensamiento, lo que incluye la concepción de la crítica literaria como un estado de conciencia a lo que yo acabo de añadir el concepto de mediación. 


Vamos a ver: entre las múltiples fórmulas de comprensión de la crítica literaria, prevalece la crítica erudita, aunque en mi opinión, el factor dominante debe ser el gusto. Se lo hemos oído antes a Joseph Addison luego no hablamos, de ninguna novedad.


José Antonio señala, en su introducción, que la crítica literaria “nunca ha dejado de ser necesaria”, por supuesto, eso la historia nos lo desvela, y Gregorio da un paso más y se pregunta “¿qué ocurre ahora?”. Ese es el quid de la cuestión, aparte de distinguir entre crítica e ideología, porque el prestigio de la crítica y teoría literaria marxista, representada por Mijaíl Bajtín, introductor del concepto de éthos, ética, desbancó a todas las demás, y pasó, ya en el siglo XX, del formalismo ruso, a la estilística europea (Dámaso Alonso) o la crítica estructuralista (Barthes).


Los autores de este libro miran con simpatía las posiciones postmodernas como las de Luis Alberto de Cuenca, quien considera que hoy el lector ha sustituido a Zeus por Supermán y reinterpretan a críticos futuristas como sucede con el Canto a la máquina de Cano Ballesta ––la vida corre y los autores consideran como de especial interés a poetas ‘vivos’ como García Baena, al que el tiempo se ha llevado este mes de enero–– , pero no hay intención antológica en las autores seleccionados.


El libro se divide en dos partes, la primera es de teoría literaria, de todo aquello de lo que venimos hablando desde hace unos minutos aquí, y la segunda es una relativa aplicación del mundo teórico, aplicación sobre casos, libros y autores concretos. Pero recuerdan los autores que este libro no tiene ni propósito, ni deseo, ni intención, ni finalidad antológica , sino que reúne una lista de escritos críticos que los dos autores han venido elaborando durante el último lustro, desde 2013 cuando empezaron a publicar estos artículos, guiados principalmente por la subjetividad . 


Por esta razón, a mí personalmente, mucho más que los poetas y escritores seleccionados, me interesa el discurso del método que desde la diletancia han establecido en las 75 primeras páginas, de formulación severamente teórica. De todos modos, son 40 las reseñas sobre otros tantos poetas o escritores, relación en la que figuran poetas muy conocidos y populares, y otros casi secretos por su juventud o porque sus obras han trascendido poco públicamente.

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Publicado en la revista “Contrapunto” que edita el Área de Literatura Española de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares:

http://www.revistacontrapunto.es/descargas/numero_46.pdf

 

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Sandra Sánchez, Una manzana en la nevera

Asturias, PIEdiciones

111 páginas, 10 euros

 

 

Pablo Malmierca revela en sus palabras liminares a Una manzana en la nevera varias de las claves de este libro escrito por Sandra Sánchez (Oviedo, 1971). Algunas de esas claves refieren a lo simbólico del microcosmos cotidiano como analogía universal; otras, argumentativas, apuntan al amor, la niñez, la muerte, el deseo o la identidad, como asuntos recurrentes entre las preocupaciones de su autora. Y sin duda, acierta plenamente en sus disertaciones sobre esta ópera prima. Un primer poemario lleno de experiencias que en nada se parece a esas primeras obras publicadas precozmente en las que más que un estilo o una voz poética brilla una esperanzada inmadurez.

    Lo primero que llama la atención de los versos de Sandra Sánchez es la perspectiva y tono del yo lírico. Si los temas troncales pueden considerarse comunes, no lo es sin duda su tratamiento. En el primer poema del libro, titulado “Ikea” en tan solo tres versos se esboza su poética: “He comprado un corazón / y lo he armado con paciencia. / Me lo he quedado, venía roto”. Encontramos una necesidad de amor y por ello, su búsqueda; intuimos una entregada voluntad que no encuentra el ideal y se conforma con lo imperfecto; hay que cubrir esa necesidad vital pero, al mismo tiempo, reside en estos versos una contundente crítica a la sociedad capitalista, a la obsolescencia programada y al conformismo del ciudadano-usuario que tolera y practica la doctrina materialista.

  Escrito en verso libre, los poemas de “Una manzana en la nevera” poseen las características de un realismo mágico que florece intercalado entre poemas existencialistas: “Alguien dijo tu nombre / y de repente, / del asfalto gris de las aceras / brotaron rosas”. El tema amoroso guarda su veta romántica no en lo dicho, sino en lo sugerido, y su desnudez climática es proferida a través de la expeditiva realidad: “En un rincón oscuro / de aquel bar de mala muerte / te comí la boca: // tu lengua poco hecha; / los labios, al punto”.

    La estructura del poemario es un fluir continuo sin parcelar, y una de sus constantes es el poder semiológico de la manzana. Tótem infinito, si tenemos en cuenta que en el interior de su corazón radica la semilla que de nuevo la florecerá; pero también fruto original empuñado por seres primordiales, último alimento en la nevera medio vacía o medio llena y un recurrente símbolo de extenso campo semántico: “Si soy Yo fruto del pasado […] Ahora —en la copa de este árbol— / somos fruta fresca que (de)pende / sólo de nosotros… // ¿Nos comemos?”.

    Como ya hiciesen los poetas españoles de la generación de medio siglo, la poeta une su historia particular a una historia universal actualizada, rasgo que se manifiesta a través de los elementos poemáticos: “Hay muertos que caminan por las calles / que se sientan a tu lado / en autobuses sin destino […] Pega sus gotas a los escaparates / y a los cristales de las gafas. / Estanca el hastío de los oficinistas”.

    A la manera de un soliloquio o como apelaciones al lector, el yo lírico despliega su optimismo o pesimismo en un rastro de poemas vinculados a un estado de ánimo; en sus descripciones y narraciones puede entreverse un correlato objetivo que transita con igual eficiencia por diversos tópicos literarios: Amor ferus, Aurea mediocritas, Comtemptu mundi, sin olvidar el Memento mori que todo lo sobrevuela. Es precisamente en la gama cromática de sus formas donde los versos encuentran una profunda trascendencia, como por ejemplo, en el poema titulado “Se yergue la flor”: “Lo que me conmina a mirarla, / a contemplar —aunque sea un momento— / tanta delicadeza / es, sobre todo, / esa incertidumbre de no saber / si estará para mí, ahí, / mañana”.

    La poesía de Sandra Sánchez trae consigo la mejor de las noticias para un lector de poesía, y es la certeza del nacimiento de una poeta. Su voz es la de alguien que tiene mucho que decir y no tiene miedo en buscar y encontrar la forma de hacerlo. Su compromiso lírico no es solo con el arte, también con la verdad.

Para aquellos que tienen una experiencia religiosa, la Naturaleza en su totalidad es susceptible de revelarse como sacralidad cósmica. El Cosmos en su totalidad puede convertirse en una hierofanía. El hombre de las sociedades arcaicas tiene tendencia a vivir lo más posible en lo sagrado o en la intimidad de los objetos consagrados. La Sociedad Moderna habita un Mundo desacralizado.

Mircea Eliade

 Publicado en la revista “Oculta Lit”:

https://www.ocultalit.com/ensayo/haiku-significacion-trascendencia-espiritual/

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Para el lector de poesía occidental, incluso para los poetas occidentales, resulta extraño tomar a cierta forma poética por poco menos que un formato, una convención cultural que no excede el plano lingüístico. Su familiaridad con el materialismo instaurado en una sociedad secularizada o en proceso de secularización, complejiza su abrazo a ideologías que conviven con lo contrario. Resultaría desproporcionado para ellos, no solo no tomar a una forma poética como mero continente de una obra artística, sino dotarla de una poderosa significación y trascendencia tal como para consagrar nuestra vida a ella y aspirar mediante su práctica a un acercamiento al equilibrio de la verdad.

    Esta concepción del haiku verdadero incluye la no distinción entre forma y fondo; si la literatura es una mera herramienta y poco importa la retórica y las ínfulas literarias del creador de haiku, solo el fondo es lo realmente importante. Esta concepción holística no impide exigir ciertas cualidades a un poema breve para ser considerado un haiku, y aunque es responsabilidad del haijin lograr la naturalidad en la sutil utilización de los recursos estilísticos, conviene saber detectar los rasgos nucleares que debe representar todo buen haiku.

    Si entendemos la poesía mística española como una teología moral basada en el conocimiento mental y experimental de la presencia divina en el que el alma tiene un contacto con dios, y a su vez dividimos en tres fases dicho proceso: ascética o purificativa, iluminativa y unitiva; podemos encontrar analogías y puntos de unión entre el haiku verdadero y este tipo de poesía que evidencian una clara convergencia.

    En primer lugar, el haijin japonés entiende la naturaleza como extensión del universo, y a este, como extensión de dios o los dioses; ya que tanto el Sintoísmo como el Taoísmo, importantes influencias durante su proceso de maduración, proponen un sistema polipanteísta de deidades. Es decir, podemos interpretar en el haiku una apelación que va de lo particular a lo general, pero en realidad refiere a esa inabarcable verdad última que pervive en el tiempo y dota de sentido a todo. Hablar de la naturaleza en un haiku es hablar de lo sagrado, por tanto, ningún elemento poemático debe tomarse como tal, sino como un símbolo contextualizado entre otros símbolos cuya aspiración es mover a la enseñanza.

De entre todos ellos[1]

uno de los asagao floreció

rompiendo su cuerpo.

                    Nomura Toshirô

 

    Hemos citado las tres etapas de la poesía mística, ahora veremos cómo cada una de ellas, además de estar relacionadas con el proceso de creación y lectura poética, se dan en un plano distinto.

    Si en la etapa ascética se da una conversión súbita o gradual en el poeta con referencia al momento en el que adquiere conciencia  de la realidad divina y su propia limitación, ello le mueve a ignorar las tentaciones mundanas y esperar con buena disposición de espíritu. Esto correspondería al plano vivencial del haijin, quien compelido a contemplar lo pequeño en la grandeza del entorno, espera en soledad esa emoción profunda que lo arrobe y empuje a compartir su experiencia a través de un haiku. Es por todos conocida la austeridad con la que viven los monjes, así como su generosidad y humildad con sus semejantes; también el respeto por toda vida y el desapego de lo material.

  En la etapa iluminativa se encontraría el ingreso en la vida mística; quietud, recogimiento y la anulación de los sentidos como resultado del momento de infusión de luz, el momento del éxtasis. En esta etapa se vinculan el plano vivencial del haijin y el plano textual de plasmación del poema. La analogía más apropiada es el aware, esa emoción profunda del ser humano ante las cosas del mundo. A través del shasei (captar el momento) se introduce el tiempo de espera en el haiku, lo bello no se explica, se evidencia y cobra especial relevancia el asombro de lo que no ocurre.

    Ya en la etapa unitiva, en la que se da la fusión entre el alma y dios, podemos asociar esta culminación a la aspiración del haiku: conmover a quien lo experimenta y a quien lo lee revelando la importancia de estar en paz con el mundo, buscar el equilibrio emocional y sentir amor y respeto por todo cuanto le rodea. Esta etapa incluye a poeta y lector y justifica la utilización por parte del poeta de recursos como el kigo (palabra estacional), el cual podríamos relacionar con una dimensión temporal con connotaciones físicas; el haimi (sensorialidad) nos ayudaría a potenciar la expresividad de los versos apelando a los sentidos, puesto que ante una experiencia tan profunda, con meras palabras no se alcanza a transcribir con precisión lo vivido; o el wabi-sabi (mezcla de emociones), el cual supondría una traslación de ese momento de éxtasis mediante un cúmulo de emociones yuxtapuestas, vividas simultáneamente y de las que no predomina ninguna.

    Si, como hemos dicho, las palabras comunes no alcanzan a describir una experiencia tan profunda, y consideramos como posible solución el simbolismo, tanto en el haiku como en la poesía mística, otro de los problemas que han manifestado los místicos es la inefabilidad de dios, algo, como también hemos dicho, a lo que el haijin japonés propone la naturaleza como significado —palpable y real— extensional del mismo.

    Para contextualizar más con la poesía mística española, esta concepción oriental del poema y de la actitud del poeta frente a la vida, entroncaría con los «místicos eclécticos», pertenecientes a la Orden Carmelita y verdaderos místicos, quienes renuncian por entero a la actividad intelectual y deciden llegar a dios tan solo por la vía emocional.

   Por tanto, podemos decir que el haiku supone una suerte de hierofanía simple adaptada a la creencia religiosa del poeta japonés. Y por hierofanía, término místico, el diccionario nos dice:

Es el acto de manifestación de lo sagrado, conocido también entre los hinduistas y budistas con la palabra de la lengua sánscrita darśana, y, en la forma más concreta de manifestación de un dios, deidad o numen, se denomina teofanía. El término fue acuñado por Mircea Eliade, en su obra “Tratado de historia de las religiones”, para referirse a una toma de consciencia de la existencia de lo sagrado, cuando éste se manifiesta a través de los objetos de nuestro cosmos habitual como algo completamente opuesto al mundo profano[2].

    Me gustaría destacar que aunque quizá el lector español de poesía pueda entender mejor la dimensión espiritual del haiku a través de una lectura en clave mística, el haiku sigue siendo una escritura libre a la que muchos quieren asociar con diversas religiones.

    Si tal como afirma Vicente Haya el haiku es un vaciamiento del yo para dejar entrar el mundo en nosotros, no queda muy lejos esta definición de la concepción ascética del mundo. La defensa del Beatus Ille frente al caótico funcionamiento de un mundo tecnológico mediatizado, donde el ciudadano es cautivo de las servidumbres materialistas, se convierte en una recuperación de valores perdidos más necesaria que nunca.

[1] El espacio interior del haiku (Shinden Ediciones, 2015),

Vicente Haya, pág. 55.

[2] Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Hierofan%C3%ADa