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Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2017/03/el-nadador-nocturno-de-rafael-correcher.html

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Título: El nadador nocturno
Autor: Rafael Correcher Haro
Editorial: Germanía
Género: poesía
Año de publicación: 2014
Número de páginas: 89
ISBN: 978-84-16044-57-3

El nadador nocturno comienza con una nota del autor en la que, de manera muy breve, ofrece al lector las claves para interpretar este ensayo poético. Así conocemos que de una cita de Carlos de Oliveira[1] —incluida en el libro como introducción a los primeros versos— surgió una idea en el poeta y a esta sucedieron multitud de interrogantes. Esa fascinación inicial, ese asombro del descubrimiento, de la idea, está contenida en estos versos, pero también su repercusión colateral, la duda. Esta incertidumbre contagiosa es tolerada por el poeta por considerarla uno de los pasos previos a la edificación de una nueva conciencia, y he dicho bien, las divagaciones líricas de este libro tienen una aspiración —que no pretensión— a mostrarnos otra manera de observar las cosas y por tanto, —si acaso tal hazaña fuese posible— reconfigurar nuestra forma de comprender el mundo.
Por tanto, advertidos ya del cariz indagatorio y reflexivo de los poemas, nos adentramos en las páginas que la poeta Mar Busquets-Mataix ha escrito a modo de prólogo. En este segundo umbral comenzamos a averiguar algunas marcas de importancia por las que se filtrará la imagen poética y el pensamiento. Por ejemplo, la palabra «solitario». Busquets-Mataix nos dice que la mirada del poeta parte de la observación del mundo y de esa impactante contemplación —solitaria, como el nonato sumergido en líquidos amnióticos— emerge la posibilidad de un nuevo mundo imaginado. Esta posibilidad, lejos de considerarse megalómana o presuntuosa, es una necesidad vital provocada por la exposición a la realidad. Ese bituminoso magma que envuelve a la pre-vida, no es solo su nutriente, sino también su protector y abrigo, una analogía perfecta para un nadador, tesitura de múltiples interpretaciones, pues todo en el universo es un juego de cuerpos suspendidos.

Siguiendo con las apreciaciones del prólogo, se nos revela que algunos poemas no son solo reflexivos, sino también críticos. Los poemas titulados “Insomnio” y “Barrio de Sahaar” están concebidos de manera crítica por su trasfondo político-social y el tono acusatorio de la voz lírica: Si contemplar el sol otra mañana / aquí es todo un milagro, / tampoco es menos cierto / que en Shaar ya nadie quiere / pensar en esa intercesión. Pero esa perspectiva crítica se extiende y abarca mucho más que a lo social, su inconformismo y ansia de libertad trascienden y la parte más destacada de esta sumersión —que también es subversión— está dedicada a una implacable crítica al lenguaje.

La palabra «logos» cuando no se explicita está implícita en la imagen, el sentido o la esencia; para el poeta, el logos es impreciso y ello unido a nuestra dependencia de él lo convierte en dañino para el ser humano. A decir verdad, la referencia al logos debe ser tomada en toda su riqueza semántica, ya que sus tres acepciones alternan su significado en diferentes momentos de la lectura: Desmenuzad las cosas / hasta que solo os quede / una hebra diminuta, // el vértigo benigno del principio (Razón, principio racional de universo); Este peso esencial, / doloroso / pero también abierto a la alegría / pone nombre a las cosas (Verbo o Logos teológico); Ese velo pintado / será de nuevo el tenso olor / en las conversaciones; // un delirio inaudible que regresa (discurso filosófico que da razón de las cosas).

Este poemario está estructurado en tres partes que corresponden —o esta es una de sus posibles lecturas— a tres actos temporales de ese hipotético nadador. La primera “La punta de los dedos”, como su propio nombre indica, es la zona del cuerpo donde se da el primer contacto del ser con lo desconocido, el nadador y el agua nocturna; en el supuesto lance hacia lo misterioso, la primera parte física en tomar contacto con lo extraño —tras el salto de lo firme a lo informe— son las falanges, de ahí su correlación temporal con el segundo movimiento “Cuando te falta el aire”.

El autor obvia la procedencia de la tierra y el posterior momento aéreo para centrarse en la perturbadora toma de contacto entre el ser humano y la naturaleza, en su sentido más amplio. Ya inmerso en las profundidades el sujeto lírico experimenta la asfixia que provoca sentirse un cuerpo extraño en un nuevo medio. La noche y el agua se adensan mutuamente y entre ellas discurre la mirada hacia la superficie de un ente en transformación metafísica, de ahí el epígrafe del siguiente apartado “Algunas luces”.
Este sentido discursivo-temporal puede también invertirse, es decir, comenzar ya en la inmersión y con la punta de los dedos tocar y transfigurar esas luces deformadas de la superficie y la amplitud y significado de los poemas no se verían afectados. Todo es afín en esta dinámica, a las mismas emociones compromete.

En este libro, el ser racional vence al intuitivo, aunque ambos conversan y en su lucha lingüística se advierta una tendencia al adjetivo rico en resonancias al más puro estilo de Ungaretti, el poeta no fuerza el verso —al menos, no intuyo esa evidencia— para alcanzar lo estético, esa cima conquista con meditación y oficio: Cansado de los nombres asumo nuevos riesgos / y aparto / el horizonte blando de la niebla. // Invoco soledad / donde agrupar mis multitudes / y olvido notas previas, también caligrafías.

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Rafael Correcher

El arbitrio poético de Rafael Correcher, aticista confeso, tiende a una armonía polimétrica que conjuga un exquisito equilibrio entre  léxico, metáfora y ruptura gramatical con su coaxial y casi totalizador denominador común, el ritmo.  En sus versos blancos, de tendencia imparisílaba, también la prosodia está ponderada con precisión de cirujano. La extensión del poema y del verso, siempre correlativas a la escrupulosa síntesis del argumento y conscientes de su función de recurso, es resultado de poda con brotes indultados para tratar de ser justo, también, con cierto grado de pulsión.

Sin resultar explícitamente hermética,  a pesar de tener como referente a Ungaretti —y añadiría también a Montale—, la poesía de Correcher Haro contiene referencias intelectuales y un sesgo estilístico que revelan influencias de la llamada «escuela hermética italiana». En su tono y hondura —por ejemplo— el ojeroso lector de poesía encontrará resonancias de Gatto, Luzi, Campana o Salvatore Quasimodo, poetas influenciados a su vez por Valèry y Mallarmé, que brillaron con luz propia durante las primeras décadas del siglo XX.

Si la poesía hermética procede del ensayo y requirió en sus inicios de oscuridad textual, de imbricadas analogías para sortear la censura del fascismo, la poética de Correcher parece provenir del mismo origen, de la reflexión, del análisis profundo, de la emoción y el sentimiento, sí, pero tras ser sometidos a la razón; sin embargo se aleja del rasgo elitista de los primeros herméticos, pues su lenguaje es claro, breve y la única sombra posible sobre el texto sería proyectada por las limitaciones culturales del lector.  En El nadador nocturno, el poeta transfigura el fascismo en su propia moral, su propia conciencia, a la que interroga después de haberse expuesto al mundo y su contemplación. Hablamos pues, de una poesía concebida a modo de síntesis de un conflicto interior, alejada del gran público, destinada a priori a no muchos lectores y experimentada por su autor, en parte, como una revelación.

Y sin embargo, estos versos conectan de inmediato con la comprensión y humanidad de quien los lee. Decía Ungaretti: «Los viejos maestros parecen agotados y ya suenan a falsos… El poeta moderno recoge la palabra en situación de crisis, la hace sufrir con él, prueba su intensidad y la iza en la noche». Por ello el yo lírico de este libro es un nadador intrépido, un arriesgado colonizador de sus propios miedos, de sus acuciantes dudas, y por el mismo motivo la lontananza temporal de su zambullir es la noche.

Quasimodo empezó a escribir poesía y lo hacía como mero pasatiempo intelectual. Imitó antiguos modelos griegos y pronto hizo fama como poeta perfeccionista, recomendable para la aristocracia. Pero a medida que el poeta y su poesía fueron teniendo contacto con la vida real —algo en lo que sin duda influyeron las terribles guerras y sus consecuencias— su estilo cambió drásticamente, su poesía se radicalizó en la indignación y desde entonces se convirtió en un manifiesto de valores que merecían volver a ser reinstaurados en una sociedad con demasiadas heridas abiertas.

La indignación de Quasimodo es la indignación del individuo actual, Correcher Haro es un poeta de su tiempo pero a su vez es disidente de las prácticas filisteas del sistema capitalista en el que le ha tocado vivir. Su poesía recoge todo ese inconformismo y rechazo individual y lo convierte en el sentir universal de un nadador que representa al ser humano, atribulado y decidido a reflexionar sobre el mundo y su propia condición en él. Todo se encuentra a la intemperie, cada convención, cada ley, cada cosa dada por sentado es un pretexto para el poeta, la poesía lucha contra el conformismo y la ignorancia, de su espartana singladura deviene lucidez.

Dice el poeta Juan Pablo Zapater en la contraportada del libro, que el autor de El nadador nocturno se muestra a un tiempo maestro y discípulo de sus propios pronunciamientos poéticos; quién sino así, debería verse, si aspira siquiera a conocer una noción de verdad.
Con este libro, Rafael Correcher fue finalista de los premios Loewe y Ciudad de Badajoz en el año 2012. Su anterior poemario, El azul de los lápices (Denes, 2009), fue merecedor del VI Premio de Poesía César Simón organizado por la Universidad de Valencia. Su tercer libro se espera con la expectación de quienes comprenden que la verdadera poesía es silencio y meditación en un mundo gobernado por los apóstoles del ruido.

[1] «Y tan pronto como sus vuelos; / anteriores a la escritura; las precipitan / en el papel, se comienza a escribir».

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