Publicado en la revista “Contrapunto” que edita el Área de Literatura Española de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares:

http://www.revistacontrapunto.es/descargas/numero_46.pdf

 

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Sandra Sánchez, Una manzana en la nevera

Asturias, PIEdiciones

111 páginas, 10 euros

 

 

Pablo Malmierca revela en sus palabras liminares a Una manzana en la nevera varias de las claves de este libro escrito por Sandra Sánchez (Oviedo, 1971). Algunas de esas claves refieren a lo simbólico del microcosmos cotidiano como analogía universal; otras, argumentativas, apuntan al amor, la niñez, la muerte, el deseo o la identidad, como asuntos recurrentes entre las preocupaciones de su autora. Y sin duda, acierta plenamente en sus disertaciones sobre esta ópera prima. Un primer poemario lleno de experiencias que en nada se parece a esas primeras obras publicadas precozmente en las que más que un estilo o una voz poética brilla una esperanzada inmadurez.

    Lo primero que llama la atención de los versos de Sandra Sánchez es la perspectiva y tono del yo lírico. Si los temas troncales pueden considerarse comunes, no lo es sin duda su tratamiento. En el primer poema del libro, titulado “Ikea” en tan solo tres versos se esboza su poética: “He comprado un corazón / y lo he armado con paciencia. / Me lo he quedado, venía roto”. Encontramos una necesidad de amor y por ello, su búsqueda; intuimos una entregada voluntad que no encuentra el ideal y se conforma con lo imperfecto; hay que cubrir esa necesidad vital pero, al mismo tiempo, reside en estos versos una contundente crítica a la sociedad capitalista, a la obsolescencia programada y al conformismo del ciudadano-usuario que tolera y practica la doctrina materialista.

  Escrito en verso libre, los poemas de “Una manzana en la nevera” poseen las características de un realismo mágico que florece intercalado entre poemas existencialistas: “Alguien dijo tu nombre / y de repente, / del asfalto gris de las aceras / brotaron rosas”. El tema amoroso guarda su veta romántica no en lo dicho, sino en lo sugerido, y su desnudez climática es proferida a través de la expeditiva realidad: “En un rincón oscuro / de aquel bar de mala muerte / te comí la boca: // tu lengua poco hecha; / los labios, al punto”.

    La estructura del poemario es un fluir continuo sin parcelar, y una de sus constantes es el poder semiológico de la manzana. Tótem infinito, si tenemos en cuenta que en el interior de su corazón radica la semilla que de nuevo la florecerá; pero también fruto original empuñado por seres primordiales, último alimento en la nevera medio vacía o medio llena y un recurrente símbolo de extenso campo semántico: “Si soy Yo fruto del pasado […] Ahora —en la copa de este árbol— / somos fruta fresca que (de)pende / sólo de nosotros… // ¿Nos comemos?”.

    Como ya hiciesen los poetas españoles de la generación de medio siglo, la poeta une su historia particular a una historia universal actualizada, rasgo que se manifiesta a través de los elementos poemáticos: “Hay muertos que caminan por las calles / que se sientan a tu lado / en autobuses sin destino […] Pega sus gotas a los escaparates / y a los cristales de las gafas. / Estanca el hastío de los oficinistas”.

    A la manera de un soliloquio o como apelaciones al lector, el yo lírico despliega su optimismo o pesimismo en un rastro de poemas vinculados a un estado de ánimo; en sus descripciones y narraciones puede entreverse un correlato objetivo que transita con igual eficiencia por diversos tópicos literarios: Amor ferus, Aurea mediocritas, Comtemptu mundi, sin olvidar el Memento mori que todo lo sobrevuela. Es precisamente en la gama cromática de sus formas donde los versos encuentran una profunda trascendencia, como por ejemplo, en el poema titulado “Se yergue la flor”: “Lo que me conmina a mirarla, / a contemplar —aunque sea un momento— / tanta delicadeza / es, sobre todo, / esa incertidumbre de no saber / si estará para mí, ahí, / mañana”.

    La poesía de Sandra Sánchez trae consigo la mejor de las noticias para un lector de poesía, y es la certeza del nacimiento de una poeta. Su voz es la de alguien que tiene mucho que decir y no tiene miedo en buscar y encontrar la forma de hacerlo. Su compromiso lírico no es solo con el arte, también con la verdad.

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Imagen  —  Publicado: 4 abril, 2018 en reseñas literarias
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Para aquellos que tienen una experiencia religiosa, la Naturaleza en su totalidad es susceptible de revelarse como sacralidad cósmica. El Cosmos en su totalidad puede convertirse en una hierofanía. El hombre de las sociedades arcaicas tiene tendencia a vivir lo más posible en lo sagrado o en la intimidad de los objetos consagrados. La Sociedad Moderna habita un Mundo desacralizado.

Mircea Eliade

 Publicado en la revista “Oculta Lit”:

https://www.ocultalit.com/ensayo/haiku-significacion-trascendencia-espiritual/

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Para el lector de poesía occidental, incluso para los poetas occidentales, resulta extraño tomar a cierta forma poética por poco menos que un formato, una convención cultural que no excede el plano lingüístico. Su familiaridad con el materialismo instaurado en una sociedad secularizada o en proceso de secularización, complejiza su abrazo a ideologías que conviven con lo contrario. Resultaría desproporcionado para ellos, no solo no tomar a una forma poética como mero continente de una obra artística, sino dotarla de una poderosa significación y trascendencia tal como para consagrar nuestra vida a ella y aspirar mediante su práctica a un acercamiento al equilibrio de la verdad.

    Esta concepción del haiku verdadero incluye la no distinción entre forma y fondo; si la literatura es una mera herramienta y poco importa la retórica y las ínfulas literarias del creador de haiku, solo el fondo es lo realmente importante. Esta concepción holística no impide exigir ciertas cualidades a un poema breve para ser considerado un haiku, y aunque es responsabilidad del haijin lograr la naturalidad en la sutil utilización de los recursos estilísticos, conviene saber detectar los rasgos nucleares que debe representar todo buen haiku.

    Si entendemos la poesía mística española como una teología moral basada en el conocimiento mental y experimental de la presencia divina en el que el alma tiene un contacto con dios, y a su vez dividimos en tres fases dicho proceso: ascética o purificativa, iluminativa y unitiva; podemos encontrar analogías y puntos de unión entre el haiku verdadero y este tipo de poesía que evidencian una clara convergencia.

    En primer lugar, el haijin japonés entiende la naturaleza como extensión del universo, y a este, como extensión de dios o los dioses; ya que tanto el Sintoísmo como el Taoísmo, importantes influencias durante su proceso de maduración, proponen un sistema polipanteísta de deidades. Es decir, podemos interpretar en el haiku una apelación que va de lo particular a lo general, pero en realidad refiere a esa inabarcable verdad última que pervive en el tiempo y dota de sentido a todo. Hablar de la naturaleza en un haiku es hablar de lo sagrado, por tanto, ningún elemento poemático debe tomarse como tal, sino como un símbolo contextualizado entre otros símbolos cuya aspiración es mover a la enseñanza.

De entre todos ellos[1]

uno de los asagao floreció

rompiendo su cuerpo.

                    Nomura Toshirô

 

    Hemos citado las tres etapas de la poesía mística, ahora veremos cómo cada una de ellas, además de estar relacionadas con el proceso de creación y lectura poética, se dan en un plano distinto.

    Si en la etapa ascética se da una conversión súbita o gradual en el poeta con referencia al momento en el que adquiere conciencia  de la realidad divina y su propia limitación, ello le mueve a ignorar las tentaciones mundanas y esperar con buena disposición de espíritu. Esto correspondería al plano vivencial del haijin, quien compelido a contemplar lo pequeño en la grandeza del entorno, espera en soledad esa emoción profunda que lo arrobe y empuje a compartir su experiencia a través de un haiku. Es por todos conocida la austeridad con la que viven los monjes, así como su generosidad y humildad con sus semejantes; también el respeto por toda vida y el desapego de lo material.

  En la etapa iluminativa se encontraría el ingreso en la vida mística; quietud, recogimiento y la anulación de los sentidos como resultado del momento de infusión de luz, el momento del éxtasis. En esta etapa se vinculan el plano vivencial del haijin y el plano textual de plasmación del poema. La analogía más apropiada es el aware, esa emoción profunda del ser humano ante las cosas del mundo. A través del shasei (captar el momento) se introduce el tiempo de espera en el haiku, lo bello no se explica, se evidencia y cobra especial relevancia el asombro de lo que no ocurre.

    Ya en la etapa unitiva, en la que se da la fusión entre el alma y dios, podemos asociar esta culminación a la aspiración del haiku: conmover a quien lo experimenta y a quien lo lee revelando la importancia de estar en paz con el mundo, buscar el equilibrio emocional y sentir amor y respeto por todo cuanto le rodea. Esta etapa incluye a poeta y lector y justifica la utilización por parte del poeta de recursos como el kigo (palabra estacional), el cual podríamos relacionar con una dimensión temporal con connotaciones físicas; el haimi (sensorialidad) nos ayudaría a potenciar la expresividad de los versos apelando a los sentidos, puesto que ante una experiencia tan profunda, con meras palabras no se alcanza a transcribir con precisión lo vivido; o el wabi-sabi (mezcla de emociones), el cual supondría una traslación de ese momento de éxtasis mediante un cúmulo de emociones yuxtapuestas, vividas simultáneamente y de las que no predomina ninguna.

    Si, como hemos dicho, las palabras comunes no alcanzan a describir una experiencia tan profunda, y consideramos como posible solución el simbolismo, tanto en el haiku como en la poesía mística, otro de los problemas que han manifestado los místicos es la inefabilidad de dios, algo, como también hemos dicho, a lo que el haijin japonés propone la naturaleza como significado —palpable y real— extensional del mismo.

    Para contextualizar más con la poesía mística española, esta concepción oriental del poema y de la actitud del poeta frente a la vida, entroncaría con los «místicos eclécticos», pertenecientes a la Orden Carmelita y verdaderos místicos, quienes renuncian por entero a la actividad intelectual y deciden llegar a dios tan solo por la vía emocional.

   Por tanto, podemos decir que el haiku supone una suerte de hierofanía simple adaptada a la creencia religiosa del poeta japonés. Y por hierofanía, término místico, el diccionario nos dice:

Es el acto de manifestación de lo sagrado, conocido también entre los hinduistas y budistas con la palabra de la lengua sánscrita darśana, y, en la forma más concreta de manifestación de un dios, deidad o numen, se denomina teofanía. El término fue acuñado por Mircea Eliade, en su obra “Tratado de historia de las religiones”, para referirse a una toma de consciencia de la existencia de lo sagrado, cuando éste se manifiesta a través de los objetos de nuestro cosmos habitual como algo completamente opuesto al mundo profano[2].

    Me gustaría destacar que aunque quizá el lector español de poesía pueda entender mejor la dimensión espiritual del haiku a través de una lectura en clave mística, el haiku sigue siendo una escritura libre a la que muchos quieren asociar con diversas religiones.

    Si tal como afirma Vicente Haya el haiku es un vaciamiento del yo para dejar entrar el mundo en nosotros, no queda muy lejos esta definición de la concepción ascética del mundo. La defensa del Beatus Ille frente al caótico funcionamiento de un mundo tecnológico mediatizado, donde el ciudadano es cautivo de las servidumbres materialistas, se convierte en una recuperación de valores perdidos más necesaria que nunca.

[1] El espacio interior del haiku (Shinden Ediciones, 2015),

Vicente Haya, pág. 55.

[2] Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Hierofan%C3%ADa

 

Imagen  —  Publicado: 30 marzo, 2018 en artículos
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Reseña publicada en “Todoliteratura.es”:

http://www.todoliteratura.es/articulo/criticas/laberinto-venus-homenaje-literatura-teresa-espasa/20180328090407047080.html

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Título: El laberinto de Venus

Autora: María Teresa Espasa Moltó

Editorial: Lastura Ediciones

Género: narrativa (relatos)

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 177

ISBN: 978-84-947779-6-7

 

El sello editorial Lastura publica en el número 31 de su colección Alquisa, de narrativa, el último libro de María Teresa Espasa “El laberinto de Venus”, una compilación de relatos eróticos que supone la primera incursión de su autora en este género.

    Nacida en Denia, un bello pueblo de la Marina Alta valenciana, María Teresa Espasa estudió Filosofía y Teología en Valencia, además de Arqueología Bíblica en Israel. De reconocida trayectoria como poeta, algunos títulos publicados son: Desierto articulado (1992), Cuando puedas llama (1999) o Tanto y tanto silencio (2014), obra por la que obtuvo un premio especial en los Premios de la Crítica Literaria Valenciana. Conocida por su dilatada trayectoria como gestora cultural al frente de la asociación de escritores Tertulia la Buhardilla, una de sus últimas aportaciones a la cultura literaria valenciana ha sido la fundación de la Plataforma de Escritoras del Arco Mediterráneo, compuesta por algunas de las mejores voces poéticas de la Comunidad.

    El laberinto de Venus no es un libro de relatos convencional. Al hecho de ser el primer libro de relatos —tras varias décadas escribiendo poesía— publicado por su autora, hay que añadir el hecho de que María Teresa Espasa es ante todo poeta. Y esa mirada de poeta —como bien señaló Ricardo Bellveser en una de las presentaciones del libro— estará presente en todos y cada uno de los relatos, ya sea por la sensibilidad de las descripciones o situaciones de los personajes, por el lenguaje o en la mayoría de casos, por el tratamiento y punto de vista de la idea.

    La identidad poética de la autora irá manifestándose también en el plano argumental, ya que la mayoría de personajes están ligados a la escritura y muchas de las situaciones que viven están relacionadas con el quehacer habitual del mundo literario. Por si fuera poco, gran parte de los personajes son poetas.

    A cada uno de los relatos preceden citas de otros autores, no son autores cualesquiera, sino personas cercanas a la autora y su presencia —en ocasiones, agrupadas por sentido biográfico—, además de introducir al clima de cada historia, supone un detalle de gratitud.

    Es interesante el hecho de encontrar en la prosa de Teresa Espasa analogías formales con su poesía. Ya que la intención fundacional de su escritura es contar, expresarse y comunicar con la mayor claridad posible, esa claridad se traduce en sus párrafos en un lenguaje sencillo y asequible hasta para un lector ocasional. La sencillez aparente de su lectura entraña un enorme trabajo de desbrozo y síntesis, ya que las historias contenidas son por lo general breves (hasta de una página) y en ellas no se encuentra retórica de relleno ni pasajes aburridos o farragosos. La acción es sintética, no solo de principio a fin de cada relato, sino también de principio a fin del libro. Relatos climáticos, por la transparencia de su forma, forma de un fondo que por lo general apela a la emoción.

    Concebido como un ejercicio memorístico en el que se entrevera la ficción, no sabemos si para rellenar espacios que el tiempo y el olvido han ido borrando o para fantasear y saborear impunemente  los gozos del atrevimiento y la irreverencia. Lo cierto y probado, es que Teresa Espasa ofrece cierto grado de ficción en sus historias, pero siempre partiendo de una base biográfica real; algo que ha enseñado a sus alumnos en sus múltiples talleres de escritura y ahora pone en práctica con su narrativa.

    Así, personajes y lugares en los que transcurre la acción, poseen una importancia personal e histórica para la autora y las personas referenciadas. Ir tratando de desentrañar identidades reales tras los personajes, o lugares y sucesos que han tenido lugar tal cual se citan o de forma parecida, es un juego que añade un valor paralelo a la degustación de su lectura.

    Una de esas transfiguraciones la encontramos en el nombre de la protagonista de “todas” las historias, y no es otra que Tsa; acrónimo de Teresa, verdad a medias, pero una verdad al fin y al cabo que señala al yo real del autor, algo que nos hace reflexionar tras leer el primer texto que inaugura el libro, titulado “El yo ficcionado”, unas palabras liminares a modo de poética, en las que ya se nos previene de la delgada línea que separa a la realidad de la ficción y en el que encontramos una pregunta cuya respuesta aspira a justificar ese juego de falsas o verdaderas apariencias: «¿Es preferible un amante de papel construido con palabras , o un amante real que después de seducir esconde la mirada?».

    El primero de los diecisiete relatos lleva por título “Hablemos de Eros”, toda una declaración de intenciones; la forma verbal del título encierra un enclítico «nosotros» que no solo incluye al lector, sino también al autor al mismo nivel y a esto acompaña todas las connotaciones del dios griego Eros, a quien atribuyen la responsabilidad, no solo del amor, sino también del sexo o la fertilidad. En esta primera historia, enfocada como una reunión de amigos, aparece el tema erótico como frívola conversación de un día festivo, lo que da paso a una reflexión mucho más seria y profunda de un amor, que como extensión o como trasunto del sexo en el universo simbólico de la autora, filtrará su poder en cada relato ofreciendo un contraste entre la realidad (amor/desamor) y la ficción (lujuria/sexo) que será uno de los rasgos troncales del libro.

    El relato titulado “La estrategia”, además de nombrar a Ricardo Bellveser, reconocido poeta y periodista, en la cita que lo introduce, alude también al libro de mismo título que Bellveser publicó en 1977, y es justo subrayar la importancia de su autor, tanto en esta obra como en otras de Teresa Espasa, debido a la sana amistad e influencia que los une. En este relato, el narrador se dirige a un coprotagonista, de forma dialógica, desencadenando una pasión que pretende ser erótica pero resulta ser romántica. Y estas dos palabras, `pasión´ y `romanticismo´, definen a la perfección el cariz amatorio de El laberinto de Venus. En el siguiente pasaje puede verse con claridad esta afirmación: «Aunque quisiera, no podría reprimir este afán por abrazarte, ni atemperar mi avaricia por ceñirme a tu cuerpo y decirte: amor, amor…».

    La importancia y trascendencia que la autora da al amor o al sexo en este libro viene estrechamente ligada y condicionada por un plausible estado de ánimo. De escritura intuitiva, puede considerar a enamorarse como algo de vida o muerte: « […] pensé que al igual que Alfonsina yo también podría morir sin amor»; o tomar el hecho de conocer a un hombre apuesto y decidido a conquistar como un mero juego o motivo de diversión, como por ejemplo, en el relato titulado “El pacto”: Nosotras teníamos muchas cosas que compartir. Después de todo, aquel hombre alto, fuerte, elegante, de ojos intensos y mirada penetrante, no nos merecía la pena». En este mismo relato, Tsa, alter ego de la autora, se ve en la tesitura de compartir con su grupo de amigas dos reuniones anuales en las que se olvidarán del mundo y tratarán de compartir y preservar una amistad que, entre otras cosas, es lo que les hace dar algo de sentido a sus mundanas vidas. Y este hecho, no deja de ser un planteamiento utópico y romántico de la amistad en un mundo globalizado y mediatizado por la prisa. El obstáculo de la realidad, las emociones subterráneas, la erosión del tiempo, pero sobre todo, un ejemplo de cómo esquivar la tentación, serán algunas de las propuestas de esta historia protagonizada por cinco amigas.

    Por no destripar al lector más entresijos de un libro al que le invito a adentrarse, terminaré refiriéndome al relato titulado “El regreso de Kaléb”, el cual se presenta como un regreso que es también despedida, una hermosa declaración de amor en forma de aparición que puede leerse en clave lírica como poema en prosa: «Contigo llega la revolución de las cosas pequeñas, astillas de sospecha, recuerdo de una vida que añoraba el susurro de tu voz. // Regresas con la audacia entrecortada, el salitre entre los labios y el beso que siempre  aguarda…».

    No hay rubor ni ofensa en el erotismo de una poeta, pues su búsqueda agónica es la del amor; un amor que restituya el tiempo perdido, que sane las heridas y enseñe a ser feliz. Teresa Espasa llora y grita a través de sus personajes, en ocasiones, sus palabras fingen altanería, orgullo, presunción, pero si fijamos nuestra atención en esos renglones no escritos que todo buen lector intuye y todo buen escritor sugiere, advertiremos que bajo esa petición de amor aguarda un dolor insufrible, un desencanto extremo y una decepción del mundo y sus seres ingratos y mentirosos, que mantiene una constante lucha con su esperanza, su ilusión de vivir y soñar, la virtud de poder amar y ser amada; batalla que teme perder al flaquear sus fuerzas, pero jamás por rendirse, claudicar o simplemente, por no entender la vida de otra forma sino amando.

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Imagen  —  Publicado: 28 marzo, 2018 en reseñas literarias
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ALFABETISMO INDUCIDO

 

De la palabra somos adláteres sumisos.

Idólatras del verbo, seres subordinados.

Respeto a quien lo niega, no soy de fanatismos.

Quisiera evidenciar que ser sin servidumbres

no es imposible; obviar que la conciencia vive

de forma independiente su síndrome de Asperger.

Quisiera demostrar que la emoción sencilla

no es capricho frugal ni delicia onanista.

Que ser es mucho más de lo que algunos dicen.

Pero en esta experiencia, real, expresionista,

todo se ordena al símbolo, al color y la forma

de tótems ya dispuestos, como gotas de lluvia

se ahorman a los moldes que ofrece la hendidura.

 

Publicado como poema inédito en el número 39 de la revista chilena de creación “Aquarellen Literatura”:

 

 

 

Imagen  —  Publicado: 22 marzo, 2018 en poemas
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Publicado como inédito en el número 39 de la revista chilena de creación “Aquarellen Literatura”:

 

Mirada-Magnetica

RENACER

 

En los antepasados del lenguaje

el amor era el modo de entenderse.

El odio

pretende serlo ahora.

 

Aprender a sufrir es tensar la escritura.

Dejar que todo fluya es amar sin reservas.

 

Ahora que he sufrido lo bastante

puedo blandir destreza,

puedo crear un dios, y hasta su templo,

puedo intentar amar como lo intuyo.

 

Quererte, como el tiempo a sus relojes,

honrarte, sin ajuares ni prebendas,

mirarte, como un ciego miraría

el mundo por primera vez.

 

 

 

 

 

Imagen  —  Publicado: 21 marzo, 2018 en poemas
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Publicado en el blog de Elisabeta Botan:

http://orizonturipoetice.blogspot.com.es/2018/03/cuvant-palabrade-heberto-de-sysmo-jose.html

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Cuvânt

Corpul tău e biciuit de vreme,

eternul din tine, fugitiv, te desăvârșește;

avatar al esenței

care cu pasul tău purifici

credința nedemnilor.

 

Palabra

Tu cuerpo es azotado por el tiempo,

lo eterno de ti, fugaz, te magnifica;

avatar de la esencia

que escombras a tu paso

la fe de los indignos.

 

Traducción de Elisabeta Botan sobre un poema de Heberto de Sysmo (“Maldito y bienamado bibelot” Baile del Sol, 2017) Poemario ganador del II Premio Nacional de las Letras “Isabel Agüera” Ciudad Villa del Río.

Cómo encontrar el libro:

http://www.latiendadebailedelsol.org/347_olmedo-jos%C3%A9-antonio

Sobre Elisabeta Botan:

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Elisabeta Boțan, poeta y traductora, nació en Năsăud, provincia Bistrița-Năsăud, Rumanía. Casada, tiene una hija.

Estudió en el Liceo George Coșbuc Năsăud. De profesión agente comercial.

En el año 2002 se establece en, Alcalá de Henares, Madrid, España.

Aprendió la lengua española de manera autodidacta. Escribe en rumano y español. Parte de sus escritos han sido traducidos al inglés y al catalán.
2015 Realiza el Seminario de traductología español – rumano: lenguajes específicos y traducción literaria organizado por la Universidad Complutense Madrid y el Instituto Cultural Rumano Madrid


PUBLICACIONES:

Siendo adolescente, ha ganado numerosos concursos de cuartetas, organizados por la Radio Rumanía de la Juventud Bucarest, en directo y con rima obligatoria.


2012- 2015

–        En periódicos rumanos de España como: Rumanía Exprés, Nosotros en España y El occidente Rumano.

–        En revistas de Rumanía que pertenecen a la USR (Unión de los Escritores de Rumanía), ARPE y APLER.
2012

–        El poemario “Dimensiones”, Editorial Seleer, tras ganar el tercer premio en un concurso de poesía de lengua española organizado por la misma editorial.

–        “Selección de Obras del II Premio Imprimátur de Relato Breve 2,0”, Editorial Fundación Imprimátur,  libro colectivo de relato breve, resultado de otro concurso donde quedó finalista.

–        Escritos personales en la revista Pulso Digital.

2013

–        El libro Cuadro de ceniza, editorial Imprenta y Offset Ricaldone, El Salvador, con sus primeras traducciones de los poemas del escritor salvadoreño André Cruchaga, libro que abarca traducciones firmadas de otros traductores rumanos muy conocidos.

–        Recibe el Accésit en otro concurso literario de relato breve de lengua española organizado por la revista digital VERSO A VERSO.
2014

Traducciones de lengua rumana al español publicadas en la revista Pulso Digital.

Poemas personales y traducciones en la revista digital CALLE B de Cuba.

Traduce sola el libro POST SCRIPTUM de André Cruchaga, edición bilingüe (castellano-rumano), Imprenta y Offset Ricaldone, El Salvador.

-Poemas personales y traducciones en la revista LITERATORUL, revista miembro USR editada por la Biblioteca Metropolitana Bucarest.

Imagen  —  Publicado: 17 marzo, 2018 en poemas
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Publicado en el número 1 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”.

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Título: Masa crítica

Autor: Francisco Alba

Editorial: Vaso Roto

Género: poesía

Año de publicación: 2013

Número de páginas: 88

ISBN: 978-84-15168-22-5

    Advertido por cierta reseña del poeta Bruno Mesa, abordé la lectura de este libro con el recelo de quien pretende disfrutar de una buena lectura, de quien pretende averiguar los secretos ajenos, saber a qué huele su miseria, airear sus trapos sucios —sí, por ese orden—, pero jamás en ese intercambio de golpes pretende encontrarse a sí mismo.

    Un libro es el lugar menos pensado, el espejo no advertido para encontrar las huellas —versos con piel en sus uñas— de una conciencia herida. Tal es el caso de Masa crítica, el tercer poemario de Francisco Alba. De nada sirvió la advertencia, los poemas de este libro hablan del mundo, quizá con pesimismo, sí, y por ello sus formas son realistas, su reflejo, crudo, pero de forma inesquivable, también habla de nosotros.

   Francisco Alba nació en Barcelona, en 1967. Ha publicado los poemarios Teoría de la culpa (1995) y El contrario (2008), dos obras separadas por trece años de silencio editorial. Ha escrito además un libro de prosa breve titulado Contra el ruido (2010). Es, además, colaborador de revistas literarias como Clarín y El Ciervo.

    Considerado rara avis en el panorama poético nacional, a Francisco Alba le interesa la ciencia, pero también el culturalismo de los novísimos; quizá su lírica se acerca al realismo sucio, pero está impregnada de metafísica, filosofía y humor en distintos niveles y gradaciones. Una pluma inquieta e indagadora que no mancha su amor a las palabras aunque haga cual prestidigitador manoseándolas y travistiéndolas ante el lector profano. A ese incauto lector accidental, o incluso, a ese no lector, va dirigido este libro, un alarde poco convencional de fusión genérica donde en el último poema del libro coexisten sin romper la armonía —y a un mismo nivel literario— diferentes lenguajes: títulos de canciones, números de teléfono, menú de un restaurante, eslóganes publicitarios, alta cultura, basura televisiva, y así hasta desmitificar la solemnidad de un vuelo poético fingido que poco o nada tiene que ver con la realidad.

   Y es que esa masa anónima que conforma la sociedad, lo es por incluir la particularidad del ser, pero también por corromperla, fundirla y homogeneizarla. El sistema fabrica mentes utilitarias, mecánicos y vacíos individuos, y además lo hace en serie. A este desarme y reconfiguración de la conciencia se refiere el poeta en textos como “Roma”, donde tras la aparente inocencia y vulgaridad de lo cotidiano se esconde el veneno de la religión capitalista y sus métodos de control e incitación sa[n]grados: Vamos a por la parejita. / Hablaremos de la fugacidad de la vida en una trattoria de Via Panisperna. / De la destrucción de Corinto hablaremos, y de la tala de los olivos centenarios del jardín de la Academia en Atenas. / La luz ha subido un 9%. / Un profeta de Judea ha redimido a la gata. / En las calles de Roma es relativamente fácil que te atropelle el papamóvil.

    Si es posible jugar en serio, Francisco Alba lo hace. No distinguir la broma del enfado, la sátira feliz del humor negro, son acicates para el lector que busca acomodo en sus versos. La lectura de Alba es siempre incómoda, no busca condescendencia, arde y escupe, huye de la etiqueta popular, pero en su huída, forma la suya propia: Toda nación necesita la tumba de un cadáver anónimo sobre la que dejar flores y baba.

   Debo admitir que llamó mi atención el título del libro, precisamente por la proliferación de una masa acrítica de individuos, su masa crítica globaliza la banalidad y otras aberraciones antropo[i]lógicas. Pero para esclarecer el epígrafe vayamos al diccionario:

 

«En física, la masa crítica es la cantidad mínima de material necesaria para que se mantenga una reacción nuclear en cadena».

 

«En sociología, es una cantidad mínima de personas necesarias para que un fenómeno concreto tenga lugar. Así, el fenómeno adquiere una dinámica propia que le permite sostenerse y crecer».

 

    Ambos conceptos son de análogo movimiento, aunque aplicados a campos diferentes. Alba nos dice —invirtiendo el presupuesto de la teoría de centésimo mono—, que la conciencia global es la que es porque esa mínima cantidad necesaria para influir en el inconsciente colectivo se convierte en mayoría, es innegable, pero se dirige hacia el abismo. Si el propósito o el sueño de cualquier urbanita-filósofo contemporáneo y no adaptado a las miserias tecnócratas que lo rodean, es meditar y trascender en otras mentes la esencia y valores de su pensamiento, la realidad es otra, cruelmente la contraria, la vulgaridad, el consumismo, la violencia, acaparan los vidrios de historia y a nadie sorprende ya que sus valores surjan de un modelo de conducta autodestructivo tan irracional como instintivo: El Nuevo Testamento y la bomba de hidrógeno / pasan por el escáner. / Porque la vida humana es de tal forma / que cualquier cosa puede sucedernos. / Un parásito vive en tu cerebro / y te empuja al suicidio o te enamoras. […] Las almas de nosotros consumidores ascienden / hacia las claraboyas suspirando. / Nos impulsan las alas de murciélago / y un deseo de amar aprendido en el cine.

   El pesimismo de Alba está sobradamente justificado, aunque no alardea de sentimental dramatismo, ni se corona como fácil opositor de esta alarmante tendencia. ¿Cómo se puede concienciar a alguien sin conciencia? Vendiéndole una. ¿Y cómo hacemos que se sienta seguro de su compra? Poniendo nuestro producto en contraste con otros, o simplemente, ridiculizando al rival.

   Y es que en este mundo competitivo, el lenguaje y métodos publicitarios —nada más lejos de la realidad— se convierten en un evangelio de la moral hueca que congracia sus míseras creencias con la prisa, la moda y el mercado de valores: Me preguntaron cuál era mi profesión: soy una res de matadero”. Algo vendemos, eso está muy claro. ¿Qué vendemos? Ni idea.

    Si una tónica lingüística del libro es su prosaico discurso, algunos poemas destilan un manifiesto estilo aforístico. Se alterna el uso del poema en prosa. El yo lírico en primera persona es predominante, aunque existen poemas dialogísticos. Si la sonoridad del verso es blanca de forma permanente, en todo el libro hay una armonía construida en su mayoría por versos imparísilabos: endecasílabos y heptasílabos, frente a una minoría de dodecasílabos.

    Para Alba, el ser humano actual padece un ergotismo galopante como efecto —por ejemplo— tras consumir demasiada cultura envasada; yo lo llamo «lírica transgénica», otros «cultura de masas». De ahí su vocación de poema-molotov para incendiar conciencias, para muchos, producto de un poeta difícil de clasificar: Vivís paralizados por el miedo. //  ¿Qué veis entre las sombras? // Veis a un señor que os roba la cartera. / Carteras de inversiones hipotecas / primas de riesgo, formas refinadas / de la pornografía financiera. / Y cuando estáis tumbados / —en ese duermevela— / un niño autista en Sydney calcula en un programa / a qué edad moriréis.

    Estructurado en tres partes y un epílogo-coda, la impresión general tras su lectura es la de haber contemplado una esperpéntica función de teatro del absurdo. Con el tono seco y descriptivo de Simic, el dramaturgo ordena a los actores que sus muecas empiecen a desdibujarse como parodia, pero también, que no se relajen, pues en cualquier momento pueden resolverse en daño. El resultado de equilibrar las dosis de sarcasmo, ironía y crítica, con humor, historia y expresión poética, da como resultado Masa crítica, un erario moral de irreverencias y verdades, histórico en sus referentes, humano en su doctrina, una poética inquieta y reflexiva en busca —quizá— de un nuevo género, posmodernista e inconforme, antropocéntrico y mutante.

 

Imagen  —  Publicado: 17 marzo, 2018 en reseñas literarias
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Publicado en la revista “La Galla Ciencia”:

http://www.lagallaciencia.com/2018/03/cronofago-de-soledad-benages-por-jose.html?m=1

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Título: Cronófago

Autora: Soledad Benages Amorós

Editorial: Ediciones Babilonia

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 44

ISBN: 978-84-946114-4-5

 

    Decían los poetas sociales españoles que los poetas estéticos miraban al cielo para inspirarse en sus poemas, mientras ellos, miraban al barro. Comprendían que ante problemas y necesidades vitales para la mayoría, describir el paisaje era una frivolidad. El mundo interior de Soledad Benages trasluce un conflicto a través de su poesía. Su poesía es atmosférica, desprende una densidad oscura que hiende y deja huella. La poeta, no solo mira al barro, al barro del suelo para encontrar su inspiración, también se revuelca en él, se mancha y así se reconoce entre el barro que la forma.

    A finales de los años cincuenta, —y por no abandonar tan rápido esos años de cambio en la poesía española— un periodo en el que la poesía social española vivía sus últimos coletazos, vio la luz el poemario Belleza cruel (1958), de la autora Ángela Figuera, una autora a reivindicar. Y a este poemario me ha remitido la lectura de Cronófago. Aunque enfocados ambos desde una perspectiva y un tono diferentes, en los versos de Benages habita una cruel belleza que toca y golpea la conciencia del lector. En su poética, lo confesional incluye un compromiso con la realidad y no maquilla cualquier apreciación por traumática que pueda resultar.

    Cuando uno enfrenta este libro se sorprende por muchas cosas. La primera, podría ser su aparente brevedad. El libro contiene 31 páginas de poemas. Hay poemas de dos páginas, y también, de tres versos. ¿Qué es esa criatura extraña que esplende en su cubierta? ¿Qué significa su título? Podemos decir que el lenguaje que la poeta emplea es sencillo, y sin embargo, el libro no lo es. ¿31 páginas? Habrá quien piense que es un libro ligero de equipaje, pero en cambio no lo es, es muy denso; los poemas tienen extensiones desiguales, cierto, pero algunos llevan título, otros muchos, no ¿qué significa eso? Pulsión; la poeta no ha ocultado su naturalidad creativa. No hay escisiones temáticas, la estructura interna es un poema río y su continua corriente atravesando los paisajes interiores de una conciencia: nostálgica y evocadora, testimonial y lírica, perturbadora y crítica. En cuanto al significado de la palabra que supone el título del libro y la extraña criatura que lo acompaña, la propia autora nos dice: (pág. 42).

    El reloj Corpus es un reloj escultural grande a nivel de suelo afuera de la Biblioteca Taylor en Cambridge, Inglaterra. Fue inventado por John C. Taylor quien llamó a esta bestia el “Cronófago”, insecto metálico, similar a un saltamontes o langosta, devorador del tiempo (literalmente “come tiempo”) […].

    La poeta personifica en esa especie de insecto monstruoso al mismísimo tiempo. Así, la apelación a ese imparable verdugo que tendrá lugar en el último poema del libro supondrá un cara a cara del que no se puede salir ileso.

   Escrito en verso libre y con ausencia de rima, no se aprecia en él el forcejeo por someter el argumento a una impostura estética. La poesía de Soledad Benages es verdad, en cuanto a expresar esa verdadera poesía es su razón de ser.

    Cuatro citas encabezan Cronófago de forma vinculante y premonitoria. Vinculante, porque tanto José Ángel Buesa, como José Emilio Pacheco, además de excelentes poetas, tienen en común proceder de Latinoamérica: de Cuba y México, respectivamente. Y es precisamente en aquella latitud de la tierra donde Soledad Benages, a través de sus viajes, ha tendido un puente sentimental y cultural. Por su parte, Machado y Biedma representan esa otra parte española a la que da acceso ese puente. Y premonitoria, porque en las cuatro citas está presente la preocupación troncal de este poemario, el tiempo y todas sus consecuencias e interpretaciones. Pero eso no es todo.

    El primer poema del libro, titulado “Niños en calle de barro” (pág. 9) es un recuerdo de la infancia. En él, la autora desvela un tono melancólico que será recurrente durante toda la obra. Asimismo sus versos apelan a la sensorialidad, sonidos, olores, la presencia iterativa de un campo semántico telúrico evocan una canción de la tierra que tiene su origen en la cerámica tierra castellonense: Está lloviendo,  serenamente, / sobre el recuerdo. / Almendros, olivos, tierra seca / beben la vida. La escenografía basa sus puntos de fuga en lo memorístico que ya dejó de ser historiografía debido a la erosión del tiempo: Así, gota a gota, / creció la infancia acunada / por voces sin tiempo, / conducida por manos firmes y rudas.

    El siguiente poema, titulado “El fusterico” (pág. 10) acrecienta lo expuesto. De nuevo el yo lírico se zambulle en la nostalgia y de nuevo emerge una dimensión sensorial focalizada en los olores. Todo él es una evocación dolorosa de la figura del padre, un padre del que ha aprendido el desencuentro con la manifestación cariñosa, un padre al que observa en la necesidad de la caricia trabajando la madera en su taller de carpintería: También, cada día, / acariciaba la madera / con sus manos tempranamente encallecidas, / aunque él no lo supiera. Esa sutil apreciación de la caricia al contemplar los movimientos del trabajo artesanal de su padre, supone una revelación del amor como anhelo, una carencia que se diseminará en casi todos los poemas posteriores: Cada mañana, cuando yo salía para la escuela / me miraba con dulzura. / No se atrevía / a darme un beso. / No fue educado para la caricia / -Yo… tampoco-.

    Llegamos al cuarto poema y es aquí donde la autora revela otra de sus profundas heridas y preocupaciones: la soledad. Los versos se ensanchan, la evocación de la infancia, el fantasma del tiempo; hasta en dos ocasiones, la autora empleará la negrita para subrayar la palabra `soledumbre´, la cual refiere además al título de su anterior poemario. Y esa soledumbre es asfixiante, bituminosa, más aún cuando eres consciente del paso del tiempo e intuyes el final del río en su desembocadura:

Perdida hacia el infinito,

la mirada resplandece,

joven ansia de pasión,

en unos ojos verdes.

Y en ese anhelo adolescente,

el paso del tiempo

solo se ve

en las arrugas de la piel.

    La huella del tiempo en el cuerpo es registrada en los surcos de la piel, surcos arados a través de la experiencia de agotarnos entre los sueños, el gozo, los desaprendizajes y la pérdida. Este poema resulta paradigmático. Tratando de desentrañar los elementos actoriales del poema, así como de interpretar su contenido proposicional, advertí que leyendo el poema de abajo hacia arriba también tenía un sentido:

En las arrugas de la piel

solo se ve

el paso del tiempo

Y en ese anhelo adolescente,

en unos ojos verdes.

joven ansia de pasión,

la mirada resplandece,

Perdida hacia el infinito.

    Conforme fui avanzando en la lectura del poemario advertí que este hecho, el de encontrar poemas reversibles, se daba también en otros dos poemas. Concretamente, en las páginas 14 y 15. Esta situación, atípica a todas luces y sin duda, un hallazgo sorprendente, se debe a la tendencia de la poeta a utilizar versos esticomíticos y encabalgamientos suaves.

    Mientras el tono general de los poemas transmite pesadumbre y melancolía, llegamos al poema titulado “Bálsamo de Fierabrás”, el cual debe su epígrafe a la poción mágica que es capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano y que además de aparecer en la biblia cervantina forma parte de las leyendas del ciclo Carolingio. Tras un rótulo así, esperamos encontrar un amor ideal como panacea, una rotunda luz que represente el sentido de las cosas y un haz de esperanza; lejos de eso, la autora habla en estos términos: Eres / Bálsamo de Fierabrás. / Un roce apenas de tu piel, / respirar un instante tu aliento […] Ven / unge mi espíritu / con un renacer delirante. // Y después / desaparece de mi historia.

    Otra de las curiosidades de este libro se encuentra en la página 19. Aquí encontramos un breve poema sin título que bien podría ser considerado un microrrelato; el poema cuenta una historia completa en una casi perfecta rima asonante: Sobre la nieve cayó / la rosa más bella. / La mano que la lanzó / nunca supo que era / la última esperanza / de la diosa primavera. La sencillez y belleza plástica del poema es extraordinaria, y no está exenta de esa simbología de lo sagrado en la naturaleza, como tampoco carece de una profunda enseñanza.

    Algunos poemas están impregnados por la huella de diferentes culturas. Una de las aficiones de Soledad Benages es viajar, y en sus múltiples recorridos a través del globo, las experiencias se han ido sucediendo —y sin ninguna duda— y filtrando a su poesía. Buena muestra de ello es el poema titulado “Noche en Palenque”, inspirado en un yacimiento maya ubicado al noreste de Chiapas (México), en el que la poeta encuentra una analogía entre su arquitectura interior y la arquitectura exterior que contempla con asombro.

    El poema titulado “Caleidoscopio” está inspirado en una playa de Baracoa (Cuba). Pero el poemario también cuenta con reminiscencias de la cultura japonesa, hay varias citas referidas a Basho, monje cultivador del haiku, e incluso pequeñas composiciones que respiran ese contemplativo estado de emoción. Muchas son las texturas contenidas en este libro, muchas, las referencias y aristas, los detalles sutiles que hay que interpretar, como por ejemplo: la referencia al «giraluna» de Aute en el poema titulado “(Des)concierto”.

    Si el poema titulado “Sin dolor de contrición, sin cumplir la penitencia” ya representa, dentro del tono y organicidad del libro, un claro atisbo de rebeldía: el yo lírico no quiere resignarse solo a sufrir; llegamos al último poema del libro, titulado “Cronófago”, y en él se da una ruptura emocional completa, un giro diametralmente opuesto estructurado en cinco partes en las que la persona poemática lucha, se levanta en pie de guerra y ofrece resistencia ante este terrible cronófago que representa el olvido, el tiempo, la muerte. Aquí la poeta olvida su melancolía y decide defenderse atacando. Su último suspiro es un mandoble de versos que transforma las aciagas lamentaciones en una muy esperada esperanza: Entraste en mi casa / sin haber sido invitado. / La oscuridad amparó tu felonía. Los versos adquieren el carácter dialogístico de alguien que enfrenta y apela a su interlocutor: Fuiste fantasma sigiloso durante demasiado tiempo, / creíste que éste iba a ser tu hogar mientras/ conseguías destruirlo y a ti con él. Y es en sus dos últimas estrofas donde el yo lírico aparece fortalecido en los imperativos que conducen a dos estremecedores versos finales que clausuran el libro:

Quiero caminar sin anclajes, sin lastres

—esos los dejo para ti—

Siempre liviana

y abriendo la puerta sólo al índigo del horizonte.

Quiero dejar anidar humildemente la sencillez del pan

y ser inflexible, como guardián del tesoro,

con parásitos de sepulcros

que pretenden adueñarse de la luz.

    En “Cronófago”, Soledad Benages demuestra ser una poeta polivalente difícil de etiquetar; no solo prospecciona su memoria, también su alma, y ofrece un arriesgado ejercicio de indagación y descubrimiento como quien ofrece cuanto tiene a cambio de nada. Su poesía, carece de evidencias estilísticas de género, aunque podríamos decir que es existencial, melancólica y realista en su formulación de la realidad lírica; tampoco hace uso de rasgos temáticos asociados a la poesía femenina, su neutralidad hace difícil averiguar el sexo del autor, y me atrevería a decir que su poesía es muy masculina. Como poeta, esta autora castellonense es valiente, no busca condescendencia, grita su poética a cualquier precio y rehúsa los lugares comunes en tono y forma. Sus poemas, climáticos por su transparencia, conservan la porción salvaje de lo concebido como pura expresión; sus poemas, son barro desnudo.

Imagen  —  Publicado: 17 marzo, 2018 en reseñas literarias
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    El pasado 2 de marzo, a partir de las 19 horas de la tarde, tuve el placer de presentar, junto a Gregorio Muelas, el último poemario de la poeta castellonense Soledad Benages; se trata de “Cronófago” (Ediciones Babilonia, 2017).

    El evento tuvo lugar en la emblemática Librería Leo, de Valencia, y tuvimos el placer de recibir a la autora, quien se desplazó desde Castellón, y comprobar a través de sus intervenciones toda su inquietud como poeta y su generosidad y humildad como persona.

    Contamos con la ilustración original —enmarcada— que esplende en la cubierta del libro, y también con su autora, Leonor Seguí Nebot, presente en el público; como también, con la presencia del poeta Manuel Emilio Castillo.

    Fue un auténtico privilegio mostrar al público parte de la experiencia vital y literaria de Soledad Benages, poeta viajera a quien ya conocía de otros encuentros culturales, y disertar sobre un libro como “Cronófago”, breve pero intenso, la poesía y la amistad propiciaron este espacio para el encuentro y la conversación que compartimos participativamente con el público asistente.

    Al finalizar, disfrutamos de un vino de honor, gentileza de la poeta, y tuve la suerte de seguir compartiendo con Soledad en una cena entre amigos. En breve, compartiré la reseña del libro que ha sido publicada ya en la revista “La Galla Ciencia” y os emplazaré para un próximo evento.

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Imagen  —  Publicado: 17 marzo, 2018 en galería de fotos
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Crtica publicada en el número 1 de “Crátera. Revista de Crítica  Poesía Contemporánea” (2017).

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Título: Infierno y nadie

Autor: Antonio Marín Albalate

Editorial: Unaria Ediciones

Género: poesía

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 346

ISBN: 978-84-943850-8-7

 

 «Nací cerca del mar y creo en mis hijos como en la palabra por venir. Dejo para el fuego cuanto he publicado. No busco otro destino que escribir un verso muy hondo, donde ahogar la nieve de la vida».

 

Con estas precisas palabras se presentaba a sí mismo el poeta Antonio Marín Albalate (Cartagena, 1955) en una de sus páginas digitales. Y sí, es cierto que deja para el fuego cuanto ha publicado. Poeta esforzado en ser y escribir, no lo es tanto para bailar el agua, pavonearse o entrar en los escaparates de intercambio de favores, tan a la orden del día en la lírica actual. Como ocurre con los grandes poetas, escriban prosa, textos periodísticos o la lista de la compra, en sus palabras siempre se halla poesía.

    Como poeta díscolo y no homologado por la ortodoxia del canon, Albalate lleva componiendo desde el año 1978, en el que publicó Apocalipsis en mi menor para bajo a una sola voz (Cuadernos de poesía “El Cuervo”), una densa e irreverente obra poética que respira por sus múltiples heridas y a su vez se regenera y cicatriza en su particular búsqueda de una belleza sincera en contraluz con el absurdo.

    Como parte de ese autorretrato involuntario que compone toda bibliografía, vuelvo a poner de ejemplo las palabras del propio autor como reflejo verdadero de su vida y su poética:

«Yo, Antonio -que, como Juan Cartagena, ¿Sombra de lo siniestro? escribí- siguiendo el dictado de Pessoa, me declaro un fingidor y, por tanto, partidario del elogio a la mentira. Ejercitándome en ello, a la hora de escribir, he perdido ya más de media vida. Por eso estoy tan Todo, de vuelta de Nada; llamarme Pilatos y sólo eso sí, en el camino, escuchando la música de las palabras por si llegaran a ser canción en el tiempo del poema. Desconozco el significado de la palabra vanidad, de la misma manera que detesto el necio lenguaje de los espejos. Suelo llevar agua en los bolsillos por mi tendencia a llamarme Pilatos y sólo me humillo ante la erótica del poder que la Belleza ejerce en mis ojos. Lo demás, es más mentira todavía».

    Navegar como lector por Infierno y nadie, una antología esencial —editada por Unaria Ediciones— que compendia treinta y seis años de vida poemática (1978-2014), propone, además de un viaje en el tiempo a través de una conciencia, el particular decálogo poético de un inconformista renovador de la palabra, como lo es Marín Albalate.

    El libro cuenta con la selección de textos, estudio preliminar y notas de José Luis Abraham López, quien en su —breve, para cuanto abarca— atrio no necesita más que unas cuantas páginas para radiografiar acertadamente al autor de El humo de las palabras (1996). Aquí, el profesor Abraham López llama al poeta «desdoblado» debido a sus múltiples perspectivas, tonos y voces; lo cual se ha transcrito también a lo largo de su carrera a través de sendos seudónimos con los que ha firmado algunos de sus libros: Juan Cartagena, Josep Tapies Segundo o Tonino Albalatto. Subraya también que la conciencia creadora del artista marcha en paralelo a su capacidad metamórfica. Y es que no es fácil esquematizar una obra conformada en treinta y seis volúmenes, un legado  diverso y polivalente que en simbiosis con la experiencia vital tiende a mutar, no solo sus modos, sino su punto de vista: «Eso pienso -luego escribo- en tanto / intento poner a punto la vieja / “Remington” que mi padre olvidara / en una caja llena de Guerra Civil».

    Poeta prolífico como pocos, Albalate ofreció al mundo, solo en los años 1996 y 2001, hasta ocho poemarios. Estamos, por tanto, ante un creador que preserva su esencia con el paso de los años, pero a su vez la pervierte, la estira y muerde, invierte y reconfigura en un ejercicio —coherente en su dinámica indagadora— paralógico.

    Esa capacidad transformadora se convierte en manos del autor en una herramienta incidental y parentética frente a la realidad aglutinante y su discurso. Su novación continua de la forma para replantear y enriquecer el fondo es una constante que flexibiliza su poética al tiempo que incentiva a participar al lector más activo.

    En esta síntesis poética es frecuente encontrar sarcasmo, erotismo, realismo, criticismo. Como también, paráfrasis, antonimia o antítesis, como vehículos de una potenciación gráfica capaz de trascender en el pensamiento, lo que revela el doloroso divorcio del lenguaje y el mundo.

    Entre el juego (bala de fogueo) y la necesidad de expresar (ráfaga de tiros), los versos de Albalate no censuran sus estados de ánimo, al contrario, los magnifica y vuelve juez de su particular duelo con la vida: «Frío es tener hígado con cirrosis / para ver cómo se desangra el poema. / Frío es tener hígado suficiente  / para rematarlo en un callejón  / sin salida. De una bala en la bilis,  / rematar a esa víscera que nos mata». Y en ese desafío constante, la muerte, tácita sombra en invernal espera, cobra un valor metafísico, filosófico y determinante. Desaparecer del mundo obliga a profundizar lo máximo posible en ese tiempo de vida, el iniciático proceso de maduración, análogo al de la fruta, que comienza por asumir el desapego y culmina, al igual que esta, en servir para algo antes de la putrefacción: «Frío es también abrir la nevera / y no hallar cerveza alguna con que / seguir asesinando al rojo pardo / que en su síndrome de abstinencia protesta; / y frío es abrir sin éxito alguno / la ventana para ver cómo el vacío / todavía no se atreve a llamarnos».

    Pesimista por existencialista, pero también libre por apasionado y comprometido con la vida, Marín Albalate llama a las cosas por su nombre sin tapujos y sus preocupaciones mundanas, trasladadas a la poesía, se transforman en incertidumbres universales: «Dejarse llevar por la maquinaria / de la melancolía es muy fácil. / Lo realmente complicado es poder / pararla a tiempo, antes de que / su engranaje nos detenga a nosotros».

    Antonio Marín Albalate, además de poeta, es agitador cultural y un personaje habitual en la cultura murciana. Famosos son sus intentos por fusionar poesía y otros géneros, así como sus ediciones sobre Leopoldo María Panero y trabajos con grandes cantautores, como Serrat o Aute.

    Entre los numerosos premios que ha conseguido por su obra poética podemos citar algunos como: Murcia-Joven, 1984; Ciudad de Hellín, 1993; Ernestina de Champourcin, 1995; Ciudad de Purchena, 1997; Emma Egea, 1997; José de Espronceda, 1999; Pedro Marcelino Quintana, 2001; Juan Bernier, 2002.

    Infierno y nadie quizá cierra una etapa para abrir otra nueva. Su anárquico talento necesita un sesgo trasgresor en constante cambio: ultraísmo, creacionismo; en definitiva, valentía, para contrarrestar la caterva, cada vez más ingente, de un mundillo poético adocenado.

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Antonio Marín Albalate

Imagen  —  Publicado: 11 marzo, 2018 en reseñas literarias
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