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Shinkoo haiku: la emoción en la modernidad

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Publicado en la Gaceta Internacional de Haiku “Hojas en la Acera”, (núm. 34):

http://hela17.blogspot.com.es/2017/06/numero-34-el-haiku-debate.html

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Al lector acostumbrado a la poesía japonesa le resulta demasiado agresivo el contraste entre la naturaleza y lo urbano. De hecho, me atrevería a afirmar que enfrentarse a un tipo de poesía urbana, tras haber degustado la sagrada, le hace degradar inconscientemente toda aquella lectura ambientada en una fría y desesperanzadora metrópolis. La contemplación necesaria para presenciar una emoción que conduzca a un haiku se nos facilita en el recogimiento, en el silencio; no cabe duda.

Otra cosa es afirmar que solo rodeados por naturaleza somos capaces de percibir un haiku verdadero; lo cual es más que discutible. A primera vista, y tomando la urbe como algo más oscuro, artificial y contaminado que la propia naturaleza, la civilización parece haber esculpido una realidad ideal para concebir en ella el haiku cruel.

niños jugando,

el viento agita el ala

de un pájaro muerto

                                                            Félix Arce

 

Podemos imaginar la instantánea del haiku anterior de manera clásica, es decir, los niños juegan en el campo simplemente, o también podemos contextualizarlos, por ejemplo, en el parque de una gran ciudad. En ambas situaciones, el impacto de los versos en quien los lee, su punto de vista, no mengua ni siquiera un ápice.

Pero si mantenemos la objetividad, si abrimos nuestra percepción a nuestro entorno y nos guiamos por la sensibilidad, advertiremos que somos naturaleza, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos; lo orgánico, espiritual y trascendente camina con nosotros.

Uno de los primeros haijines en escribir haiku urbano fue el propio Basho. Al igual que otros haijines con posterioridad, como Kerouac, Basho fue un caminante incansable que viajó a través de la naturaleza de ciudad en ciudad, algo que, como es natural, vertió en sus haikus.

todavía en Kyoto
y ya extraño Kyoto:
canto de cuco

                                                 Matsuo Basho

Los haijines Seishi y Shuoshi son de los más mencionados en lo que a haiku urbano se refiere. En el primer tercio del siglo XX practicaron lo que denominaron «shinkoo haiku» o «haiku nuevo», algo a lo que Seishi se atrevió a definir como: versos con materiales nuevos, pero profundamente concebidos. Ambos fueron tan intrépidos como para practicar este género, aunque quizás no con la necesaria sensibilidad como para ser pioneros de algo grande y señalar una tendencia al respecto. Todo lo positivo que puede aportar que varios autores se atrevan a abrir camino en este sentido, se vuelve perjudicial para la causa si su audacia queda en mera anécdota y no trasciende en los lectores.

rugby: un pelotón de jugadores

llega corriendo

algo retrasado

                                Seishi

A este respecto, el maestro Vicente Haya comenta:

Este subgénero no existe en Japón. Se habla de “haiku contemporáneo” y se presupone que hay dentro de él un espacio posible para todo lo que es actual. He oído expertos japoneses argumentando que el coche del siglo XX es el carro del XVIII, y que por qué uno merecería entrar en el haiku y otro no.

En comentarios análogos, Haya pone en valor qué es aquello que queremos preservar en el haiku, y cito textualmente: los coches, los edificios, los postes eléctricos, el béisbol. Evidentemente, lo peyorativo de sus palabras nos previene del culto a lo artificial, un ámbito en el que podemos pasar con suma ligereza de lo cotidiano a lo vulgar.

Hablar de sociedades modernas, es hablar de atascos, comercios, fábricas, ruido, pero también de violencia, y en algunos momentos, guerra. El famoso Incidente de Manchuria provocó que un grupo de haijines pertenecientes al movimiento Shinkoo Haiku introdujesen la guerra en sus haikus. La editorial Hiperión publicó un libro con el llamativo título de Haikus de guerra, con selección de textos a cargo de Seiko Ota y traducción al castellano de Elena Gallego. Ellas mismas expresan en su libro algunos motivos de la introducción de la guerra en el haiku, así como algunas características formales del denominado en castellano «haiku contracorriente».

«Este movimiento surgió hacia 1931 en contra de la escuela Hototogisu, escuela tradicional liderada por Takahama Kyoshi, cuyos principios eran cantar a la naturaleza, mantener la métrica tradicional de 5, 7 y 5 sílabas y usar kigo, la palabra de estación. De esta manera, el movimiento de haikus contracorriente empieza a cuestionar estos dos principios básicos del haiku, como consecuencia de la dificultad para mantener el kigo al expresar la realidad de aquella época, la vida moderna y urbana, alejados de la naturaleza y rodeados de maquinaria, consecuencia de la revolución industrial y también de la realidad de las guerras».

¿Podemos hacer poesía pura de algo impuro? Precisamente, esa es una de las constantes demostraciones que ofrece la naturaleza. En el universo, no hay etiquetas, nada es puro o impuro, todo se crea, se mezcla y se transforma —o esa es nuestra percepción— con la misma arbitrariedad. El animal que muere es alimento para otros animales, estiércol para la tierra; la lluvia que anega las cosechas es la misma que florece la belleza en sus altares.

Abordar la construcción del haiku urbano no debe desacralizar al haiku de lo sagrado, al contrario, su punto de vista es el mismo, su destino, también, solo es disímil el camino. Es más, si la antítesis visual, el equilibrio de fuerzas contrarias del haiku es uno de los principales resortes de su capacidad comunicadora, el haiku urbano que combine la naturaleza y el mundo civilizado será todavía más fiel a su esencia taoísta.

al sentir pasos,

gorriones en la acera

alzan el vuelo

                                                       Grego

Tal vez no emocionen las mismas cosas a un urbanita que a una persona acostumbrada a un entorno natural, pero ambos están legitimados para buscar su emoción, cada uno a su manera, y es cuestión del compilador y crítico, desglosar esas vivencias y encontrar o no en ellas, vasos comunicantes.

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Escribir un haiku ambientado en la ciudad no es solo cambiar el escenario de nuestros versos, es también cambiar los códigos de cifrado y descifrado del mensaje, apelar a las características de una forma de vida diferente, pero en el fondo, vida. Por tanto, quizás el lector citadino esté predestinado a emocionarse solo leyendo poemas ambientados en su ecosistema, algo reversible mediante el cambio de hábitos para acercarse a lo natural.

La modernidad trajo consigo la tecnología, la frialdad de escenarios de hierro, cristal y asfalto; también la decadencia de los valores humanos. La transformación de la sociedad es un hecho a todos los niveles, y eso es algo que afecta forzosamente al individuo. Encuentro necesario, no recuperar, sino cultivar y dignificar el shinkoo haiku, ya no por la poesía japonesa, sino por el efecto conciliador entre el ser humano y su entorno que puede provocar. Siempre se ha dicho que una persona impedida físicamente debe dar seis pasos más que una persona que no lo está, para alcanzar lo mismo. Entraña dificultad recuperar el haiku urbano, pero no es imposible.

Si aspirar a escribir un haiku verdadero ya es complicado, el haiku urbano es un reto más complejo para el haijín actual, ya que para conseguir la misma meta que con el haiku sagrado, este encuentra sus símbolos sensiblemente depreciados. Los tótems de la modernidad han perdido fuerza expresiva con respecto a buscar la traslación de una honda emoción. La flor de loto, por ejemplo, su belleza natural, su historia, juegan con ventaja con respecto a una señal de tráfico o un semáforo. Es responsabilidad del haijín tratar de ir acortando esa distancia, ahora insalvable.

El haijín que consiga elevar al haiku urbano de la categoría de subgénero, será sin duda un maestro. Aunque su gesta seguramente comporte ligeras transformaciones o apuestas al cambio a un género que, como cualquier otra vertiente literaria, está expuesto a ello.

 

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“Castillo de Benisanó”, un cuadro de Heberto de Sysmo

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Título: Castillo de Benisanó

Autor: Heberto de Sysmo

Técnica: Acrílico sobre lienzo, acuarela, bolígrafo

Medidas: 90 x 60 cm.

“Basado en una fotografía realizada una tarde en que el día estaba despejado y comenzó a nublarse de repente”.

Lienzo preparado con varias capas de geso lijado, esbozo a lápiz, base de acuarela en cielo y acrílico sobre lienzo. La luminosidad del día no ofrecía mucha profundidad en la morfología del castillo. Conseguir el acabado del cielo (3 capas) me llevó varias noches, fue lo más costoso. De cerca se aprecia la textura, múltiples direcciones de la pincelada y profundidad o relieve de la pintura. Sin darlo por acabado se ha expuesto. Es el cuadro de mayores dimensiones que pinto hasta la fecha.

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“El tren del infierno”: la odisea violenta y poética de Andréi Konchalovsky.

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Artículo publicado en Revista Sala 1:

http://revistasala1.com/?p=8251

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Título: El tren del infierno

Director: Andréi Konchalovsky

Reparto: Jon Voight, Eric Roberts, Rebecca de Mornay, Kyle T. Heffner, John P. Ryan, TK Carter, Kenneth McMillan

Género: acción, thriller

Año de producción: 1985

Nacionalidad: estadounidense

Banda sonora: Trevor Jones

Fotografía: Alan Hume

Montaje: Henry Richardson

Guion: Djordje Milicevic, Paul Zindel, Edward Bunker (Basado en un guion                                    original de Akira Kurosawa)

Duración: 112 minutos

Andréi Serguéyevich Mijalkov-Konchalovsky (Moscú, 1937), estaba llamado a ser artista. Nacido en la familia aristocrática Mijalkov, hermano del reconocido cineasta Nikita Mijalkov e hijo de Serguéi Mijalkov, poeta y famoso creador de cuentos infantiles, además de ser el creador del texto de los himnos de la Unión Soviética y la actual Rusia.

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Andréi Konchalovsky

La madre de Kochalovsky, Natalia Konchalovskaya, también fue una brillante poeta, y dos de sus tíos fueron pintores destacados. En su árbol genealógico se encuentra el poeta Alexander Pushkin y el mismísimo León Tolstoi. En su juventud estudió varios años de piano en el conservatorio, hasta que se cruzó en su camino el cineasta Andréi Tarkovski, con el cual entabló amistad, le inoculó su pasión por el cine, lo que le llevó a estudiar en el Instituto de Cinematografía de Mijaíl Romm y coescribieron juntos los guiones de La infancia de Iván, ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia (donde también actuó), la monumental Andréi Rubliev y El violín y la apisonadora, cortometraje de graduación del director de Sacrificio, aclamadas cintas de Tarkovski.

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En la fotografía: Tarkovski (izquierda) y Konchalovsky (derecha).

Además de ese encuentro de juventud entre Konchalovsky y Tarkovski, ambos cineastas coincidieron en más cosas: ambos tuvieron de mentor a Romm, antes de debutar en el largometraje rodaron interesantísimos cortometrajes, llamados «de estudiante». Ambos sufrieron la censura del gobierno soviético: recortes drásticos de presupuesto, prohibiciones de estrenos, vigilancia permanente; algo que les obligó a probar suerte como cineastas fuera de sus fronteras.

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Una de las cuestiones por la que Konchalovsky fue seguido muy de cerca por la censura de su país, era porque no comprendía su cine si no reflejaba en él los problemas socio-políticos que sufrían sus compatriotas. El primer maestro (1965) fue su debut como realizador de largometrajes, basándose en una novela epónima de Chinguiz Aitmátov, la historia transcurre poco después de concluir la Guerra Civil Rusa. Diuishen, miembro del Komsomol y exsoldado del Ejército Rojo, llega a Kukureu como nuevo maestro del pueblo. Su entrega por traer las ideas nuevas se enfrenta a la forma de vida tradicional de Asia Central. Esta película supuso el merecimiento a la actriz Natalia Arinbasaroba de la Medalla de Plata y Copa Volpi del Festival de Cine de Venecia (1966). Este hecho, el de colocar a sus actores en la palestra internacional y propiciarles reconocimientos, será una constante a lo largo de su carrera.

Julie Andrews fue nominada a los Globos de Oro por su interpretación en Ansias de vivir (1986); Barbara Hershey fue merecedora del Oscar a la mejor actriz en 1987 por Gente salvaje; Martha Plimpton fue nominada a los Premios Independent Spirit por esa misma película y Greta Scacchi también fue nominada a los Globos de Oro como mejor actriz por su trabajo en la premiada serie para televisión La Odisea (1997). Incluso los dos protagonistas de El tren del infierno fueron nominados a los Oscar, a Jon Voight le concedieron el Globo de Oro por este papel.

Su siguiente película, La felicidad de Assia (1966), trata de los dramáticos avatares de una madre soltera, una historia en la que de forma sutil, el cineasta insinúa cual podría ser el incierto futuro político de su nación. Este hecho supuso la prohibición de su estreno y paradójicamente, la cinta no se estrenó hasta 21 años después, siendo considerada por un buen número de críticos entonces, como su gran obra maestra.

Konchalovsky rodó dos adaptaciones, de Turgueniev y Chéjov respectivamente, para intentar despistar con ello a los censores, quienes le seguían muy de cerca.

Rodar Siberiada (1979), una cinta en cuatro actos, en la que los protagonistas se enfrentan a la realidad política rusa, supuso un gran éxito para su director y obtuvo el pasaporte a América.

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Konchalovsky probó suerte trasladándose a Hollywood, las injerencias y problemas de libertad de expresión en su cine eran constantes. Pero en Hollywood rodó unas cuantas películas y comprobó cómo esa manipulación en el artista también se daba, aunque de otra forma. El espectador y el productor americanos no toleran un cine lento, de historias anónimas e intimistas, buscan la comercialidad, la grandilocuencia, cosas que ofreció —y de qué manera— en la serie de televisión La Odisea, la cual sirvió para merecer el Premio Emmy al mejor realizador. Muchas fueron sus manifestaciones públicas al respecto. Tras su etapa hollywoodiense regresó a Rusia ya comenzados los años noventa.

El guion de El tren del infierno nace de una idea original del maestro japonés Akira Kurosawa. En concreto, se pensaba que esta idea fuese el motivo para rodar su primera película en color. Pero por cosas del destino, no pudo llevarse a cabo este proyecto y el guion anduvo de mano en mano por diferentes productoras durante más de una década sin que ningún cineasta se decidiese a rodarlo. De esta forma llegó a la Cannon, Golan y Globus, sus productores de éxito, por aquel entonces centraban sus esfuerzos en producir taquillazos, cine comercial de entretenimiento, pero tenían la espinita clavada de que ninguna de sus películas fuese aclamada por la crítica y tomada en serio en los festivales; algo que consiguieron con El tren del infierno.

Djordje Milicevic, Paul Zindel, Edward Bunker fueron los guionistas que hicieron lo imposible, reescribir a Kurosawa. El tiempo transcurrido desde la idea original, alrededor de quince años, añadido al perfil comercial de la productora, hizo que la historia original cambiase pero conservase intacta la fuerza de sus metáforas principales.

Konchalovsky, quien a partir de 1984 —momento en que se traslada a Hollywood y comienza su etapa americana— se hizo llamar Konchalovski, era además de cineasta, un consumado músico, actor, y también guionista; por lo que no es de extrañar que influyese en algo durante el proceso de construcción del argumento.

Dos presos peligrosos, Manny (Jon Voight) y Buck (Eric Roberts), están cumpliendo condena en una prisión de máxima seguridad en Alaska. La única relación entre ellos es de admiración por parte de Buck a Manny, ya que este es un preso famoso por su rebeldía. Manny sufre en sus carnes su particular lucha contra Ranken (John P. Ryan), el malvado alcaide de la prisión. Ranken es un tipo sin escrúpulos, su crueldad y agresividad lo emparentan a sus propios presos, pero técnicamente él se encuentra al otro lado de la ley. Manny ha intentado fugarse varias veces y ha puesto en evidencia al alcaide, por lo que este lo odia con todas sus fuerzas y trata de hacerle la vida imposible. La película comienza tras ser liberado Manny de un encierro, a solas y en la oscuridad, que ya duraba varios años. El alcaide lo devuelve al patio y a su celda, no sin antes animarle a volverse a fugar para poder matarle. A partir de aquí, todas las escenas son duras y violentas, la estancia de Manny en la prisión es un infierno, por lo que planea volverse a fugar.

Hasta aquí, parece que esta historia no posee ingredientes especiales más allá de una película de fugas carcelarias. La solvencia narrativa de Konchalovsky es manifiesta, aunque también se evidencia el uso del cliché de este tipo de producciones.

Buck ve la oportunidad de escapar junto a Manny y no la desaprovecha, algo que Manny no termina de aprobar. Ambos se las ingenian para adentrarse por el alcantarillado en plena noche y consiguen llegar hasta un río helado que los arrastra y aleja de la penitenciaría. En la prisión no tardan en advertir su fuga, por lo que rápidamente se pone en marcha un dispositivo para perseguirles hasta atraparles.

El sueño de la libertad empuja a ambos presos a sobrevivir a pesar de las bajas temperaturas y el cansancio. Corren entre un paisaje helado que no saben hacia dónde les conducirá. Así llegan a una vieja estación de tren, donde tras robar ropa de los trabajadores y haciéndose pasar por polizontes, escogen un tren de mercancías para ocultarse en él y así huir lo más lejos posible.

Este es un momento decisivo en la película. Konchalovsky presenta a ese tren entre humo, su aparición, acompañada por el matiz musical de Trevor Jones, hacen pensar que dicho tren es más especial de lo que parece. Ambos presos suben, se esconden en un pequeño recinto del último vagón y pocos segundos después, emprenden su marcha.

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El tren se compone de cuatro viejas locomotoras enganchadas, por lo que es la de cabeza la que tira de todas las demás. A partir de este momento, comprendemos que todo lo acontecido en la película ha sido exposición. El escenario cambia y a partir de ahora comienza el desarrollo de una trama que con los mínimos elementos tendrá al espectador pegado a la silla hasta el final.

El tiempo que los dos protagonistas, verdaderos artífices en duelo apoteósico, pasan juntos en el tren, sirve al cineasta para ir mostrando, cada vez con más profundidad, tanto sus rasgos personales como las grandes diferencias que los separan. Así, la dimensión humana de los personajes irá siendo el hilo conductor de la historia y alternándose con las escenas de acción.

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El maquinista sufre un colapso cardíaco y antes de desvanecerse aprieta el freno de emergencia y cae fuera del tren encontrando la muerte. El sistema de frenos trata de detener el tren, pero debido a su velocidad y el peso de las cuatro locomotoras, no logra más que averiarse. Unos operarios ven caer el cuerpo del maquinista, por lo que dan el aviso a la compañía de trenes: un tren de mercancías formado por cuatro locomotoras está sin control. Este es el metabolé de la particular tragedia griega de Konchalovsky.

Entra en juego entonces la sala de operaciones de la central, lugar de máxima tensión, donde se dirimirán todas las decisiones tomadas para tratar de detener el convoy. Todo lo acontecido en la central de operaciones de la compañía ferroviaria, será utilizado por Konchalovsky para dibujar con claridad pasmosa el perfil de sociedad —mundo moderno— occidental para criticarlo en ocasiones, y en otras, evidenciarlo con el propio relato de sus miserias.

Así comprobamos que el papel de la mujer en dicha torre de control no es más que el de recadera, una secretaria acostumbrada a traer los cafés, que se pasa todo el tiempo maquillándose y ni si quiera coge el teléfono. El machismo es evidente, pero también la aceptación de ella, así como la influencia —por así decirlo— del culto a la imagen.

Todo está mecanizado y, casi más por el prestigio de la empresa, que por la integridad de los ocupantes del tren, los personajes secundarios van tomando decisiones para tratar de frenar esa amenaza evitando el menor número de destrozos.

Las cosas se van complicando cada vez más, los personajes protagonistas se enfrentan entre sí, cada vez con más odio, y de repente descubren que no están solos en el tren, una ayudante de maquinista que ha tratado de alcanzar la locomotora se reúne con ellos y les advierte que es imposible llegar al módulo de cabeza y que se dirigen sin control, lo más probable, a una muerte segura. Esto avivará la rabia de los personajes protagonistas, acrecentará su angustia y miedo y les empujará a tratar de frenar el tren por sus propios medios.

Desde la central van desviando todos los trenes con riesgo de colisión, tratan de despejarle las vías pero las cosas se van complicando y en un error de otro convoy, el tren maldito colisiona con el último vagón de un tren que trataba de apartarse. Esto tampoco logra frenarlo, pero provoca una transformación física en el ferrocarril. Una masa informe de hierros se han incrustado en la locomotora delantera y a partir de ahora, los planos de la misma serán más inquietantes.

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Por si fuera poco, el alcaide de la prisión ya se ha puesto en contacto con los responsables de la central de trenes y, suponiendo que entre los tres pasajeros de ese tren fantasma puedan encontrarse sus dos presos, se dirige hacia ellos, armado y en helicóptero.

Llega el momento crítico, si el tren continua circulando colisionará frontalmente con otro tren y la pérdida de vidas humanas, además de los daños materiales, será enorme. Se baraja la opción de descarrilamiento, puesto que un tramo de los que encontrará alberga una curva muy cerrada, la cual por la velocidad que lleva, provocará el descarrilamiento. El problema es que en esa zona se encuentra una planta de productos químicos, por lo que, de darse el accidente, pondrían en riesgo incluso hasta la población. Así que deciden desviarlo a una vía muerta, no sin antes lanzar una crítica directa a la visión tecnócrata del mundo: ¿cómo es posible que con toda esta tecnología no hayamos sido capaces de pararlo?

El desenlace está servido. Solo añadir que la escena más violenta entre los personajes protagonistas se da a partir de entonces. La muerte segura, el alcaide sobrevolando en helicóptero, la desesperación humana desata la heroicidad de Manny, quien arriesga su vida saltando a la locomotora principal y a partir de ahí, por no destrozar el factor sorpresa a sus futuros espectadores, diré que los diálogos se vuelven crepusculares, más tarde, ni siquiera habrá diálogo. La música de Antonio Vivaldi (Gloria in d major, RV 589: Et in terra pax), arreglada por Trevor Jones, acompañará a toda la secuencia final hasta su conclusión apoteósica, aportando con su belleza toda su trascendencia épica.

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El concepto de libertad, su simbolismo y significado. El poder restañador de la venganza. Lo bueno lo malo. Era preciso rodar esa primera parte visceral y violenta para comprender mejor este descenso a los infiernos. ¿Se puede luchar contra un destino ineluctable?

En el último trayecto de este patíbulo de hierro asistimos a todo ello, pero también a la redención, o a su aspiración a ella. Su giro final alude al homérico viaje iniciático del —en este caso— antihéroe; el tren es un personaje más, una metáfora de interpretaciones poliédricas, tan inexorable como la justicia, el tiempo o el destino. Una cita de Ricardo III concluye el metraje recordando que todavía somos seres humanos, feroces, pero también piadosos.

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La interpretación de Voight pone los pelos de punta y el pulso y decisiones de Konchalovsky, lejos de perder el control y provocar aburrimiento o reiteración, intensifican las emociones de una road movie filosófica que nos había sido vendida como una burda película de acción.

La Cannon, por fin, consiguió aspirar con una de sus películas a la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Recibió el elogio de la crítica y nominaciones a los Oscar y Globos de Oro.

Sin calificarla como una redonda obra maestra, cuando uno termina de ver El tren del infierno sabe que ha visto algo más que una película de fugas o de trenes.

Por suerte, 32 años después, Konchalovsky sigue rodando. En 2016 estrenó Paraíso, por la que recibió el León de Plata al mejor director en el pasado Festival de Cine de Venecia, un magnífico drama en blanco y negro sobre el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, donde sus personajes, a partir de las atrocidades cometidas por el ser humano, todavía apelan a la justicia divina a las puertas del paraíso.

Anécdotas sobre la película

En la fase de preparación para interpretar el papel de Manny, Jon Voight pasó bastante tiempo con los presos de la prisión de San Quentin. Además mantuvo el contacto con algunos de ellos durante varios años después del rodaje.

La película está dedicada a la memoria de Richard Holley, un piloto de helicóptero que falleció en un accidente durante el rodaje.

Marlon Brando alabó la película de Konchalovsky en su autobiografía; manifestó que en cierto modo se identificaba con el personaje interpretado por Jon Voight.

El preso que boxea en un ring con Buck, personaje encarnado por Eric Roberts, es interpretado por el actor hispano Danny Trejo. Trejo, popular en la actualidad por sus apariciones secundarias en películas hollywoodienses de acción y grandes presupuestos, pero sobre todo por su personaje llamado Machete, con el que ha rodado varias cintas como protagonista principal, comenzó su carrera como actor con El tren del infierno, puesto que en 1985, el equipo de rodaje se trasladó a la prisión de San Quentin y Trejo, quien por entonces cumplía condena como preso allí mismo, se prestó como voluntario para coprotagonizar la escena de la lucha.

 

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Exposición “Amarillo Amor” en Imprevisual Galería.

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Publicado en El Cotidiano:

http://www.elcotidiano.es/75496-2/

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A partir del 2 de junio y hasta el próximo 5 de agosto,estará abierta al público en Imprevisual Galería (Valencia), la exposición de fotografía, ilustración y texto “Amarillo Amor” de los artistas Andrea Zaragoza y Javier Cillero.  Un viaje conceptual a través del amor y el color amarillo que promete ser reflexivo y participativo. El comisario de la exposición es Alberto Adsuara.

Qué mejor que las propias palabras de su comisario para introducir al público en este singular proyecto visual:

AMARILLO Y AMOR

«Dos proyectos diferentes con un nexo común: cierta metodología de trabajo que contempla la opinión del otro para la formalización objetual de la obra. Tanto Andrea Zaragoza como Javier Cillero han recurrido a la(s) entrevista(s) para la elaboración de sus respectivos, y bien diversos, productos artísticos. Ambos pues, tuvieron que acometer un trabajo de campo que no contemplaba la producción de un objeto que se encontrara predeterminado, como suele ser habitual en la mayoría de artistas.

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El trabajo de Javier Cillero nos sitúa ya desde su mismo nombramiento, “Amor”, y su objetivo es reflexionar, desde la más pura contemporaneidad, en torno a este concepto sobre el que todo el mundo tiene opinión. Cillero quiere, ante todo, tratar de entender cómo se formaliza y constituye el amor, un concepto que semánticamente ha evolucionado mucho en muy poco tiempo. Así, analiza y estudia algunas de las posibles formas de amor que se encuentran muy lejos de las maneras tradicionales (y conservadoras) de entenderlo. Por eso rastrea en relaciones que entienden el amor –y/o la familia en tanto que núcleo derivado del amor- a partir de conceptos tan diversos como significativos: poliamor, relaciones abiertas, familias homosexuales, anárquicas, interraciales, polifidelidad, trimonios, círculos matrimoniales, etc.

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Por su parte Andrea Zaragoza bucea en torno al concepto de amarillo. Según la propia Andrea todo el mundo sabría describir lo que significa “la vida en rosa” y por eso se pregunta (y pregunta a sus entrevistados) ¿sabríamos describir con la misma contundencia lo que significa “la vida en amarillo”? Tras una laboriosa investigación acerca de dicho color Andrea Zaragoza planifica y lleva a cabo una serie de entrevistas de las que extraerá la información necesaria para poder formalizar sus serigrafías digitales. Por tanto su producto, también, vendrá determinado por esas entrevistas. Concretamente por una palabra clave extraída de cada una de ellas.

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De alguna forma, y a aún en su diversidad, ambos trabajos tienen en común su aspecto sociológico y antropológico. Y también ambos formalizan “sus” conclusiones en tradicionales formas de expresión: fotografía, ilustración y texto. Aunque es en las peculiares características instalativas donde, de nuevo ambos pero cada uno a su manera, nos muestran las conclusiones de forma tan definitoria como eficaz».

Texto de presentación del comisario: Alberto Adsuara

Título exposición: “Amarillo Amor”.

Artistas: Javier Cillero y Andrea Zaragoza.

Inauguración: Viernes, 2 de junio de 2017 a las 20:30 h.

Temporalidad: Hasta el 5 de agosto de 2017 .

Lugar: Imprevisual Galería, Sito en c/ Doctor Sumsi 35, b. Russafa, Valencia.

Un proyecto en colaboración con la ESAT, Escuela Superior de Arte y Tecnología

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“El baile de la vida” de la poeta valenciana Elena Torres.

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Publicado en CaoCultura:

http://caocultura.com/baile-la-vida-de-elena-torres/

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Título: El baile de la vida

Autora: Elena Torres

Editorial: Lastura

Género: poesía

Número de páginas: 56

Año de publicación: 2016

ISBN: 978-84-945177-1-6

 

Danza es lo que deviene de un cuerpo en movimiento

que abandona su inherente geometría

para ser esencia poliforme del arte.

Erick Rodrigo Guatemal

 

Elena Torres es Licenciada en Filosofía Pura e imparte talleres de creación literaria para alumnos de la tercera edad. Entre 1994 y 2014 publicó doce poemarios: Don de la memoria, Ráfagas de vértigo, As de copas, La zona oscura, Alta Fidelidad, En la esquina del desencuentro, Exceso de equipaje, Lencería de piel, Nada Personal, Alrededor del deseo, Frágil y En el silencio de la bodega. Ha participado en varias antologías, siendo la última La escucha y la concordia. Su poesía ha sido galardonada en numerosas ocasiones, sus últimos reconocimientos son el XIII Premio Certamen Poético Mollina color de Vino, Málaga, 2011, por Tiempo de vendimia, el XXIX Premio Ciudad de Valencia 2012 Vicente Gaos poesía en castellano por Frágil y la mención de honor por haikus “Cosecha Púrpura” del XXII Concurso Poesía Arnedo, La Rioja, 2013.

Con El baile de la vida (Lastura, 2016), Elena Torres es actualmente justa Finalista de los Premios de la Crítica Valenciana 2017, un premio que será fallado el próximo 20 de mayo en la Universidad Miguel Hernández de Elche (Alicante).

En este libro, la autora valenciana encuentra en la música, y especialmente en la danza, la analogía perfecta para celebrar, rememorar y reflexionar la vida. No en vano, la estructura del mismo es un continuo formado por once poemas y un bloque final de poemas breves sin título, en los que tanto el baile, como todo lo afín a él, es utilizado como una gran metáfora, humana, muy humana, eso sí, que busca su propia melodía en unos versos especialmente dotados de sensibilidad.

A los poemas antecede un prólogo escrito por María José Pastor. En él su autora emplea términos como roadmovie para destacar el hecho de que el libro posee un evidente carácter unitario, un todo en el que cada baile mencionado refiere a una cultura, a una zona geográfica distinta, pero al mismo tiempo cada poema tiene autonomía propia y pueden disfrutarse y comprenderse por separado sin disminuir un ápice su capacidad expresiva.

También Pastor subraya acertadamente cada rasgo distintivo de los poemas. Nos indica así que algunos abordan temas filosóficos, como el titulado “Tango”, el anhelo y la esperanza en “Mascarada” o las referencias cinematográficas sobre la danza en el poema que lleva por nombre “Musical”.

De esa forma llegamos a una cita de Isadora Duncan que reza: Desde el primer momento yo no he hecho sino bailar en mi vida. Y tras ella nos sumergimos en El lenguaje del abanico, primera coreografía narrada en primera persona, rasgo que alternará con su homóloga plural, como puntos de vista dominantes en el conjunto. El yo lírico corresponde a una mujer y su discurso va dirigido a su supuesto amado: Te miro abanicándome / en medio de un salón / de temblorosas lámparas. Aquí observamos una morfología versal con predominio del imparisílabo, ausente de rima y distribuida en estrofas de cinco versos, algo que compartirá con el siguiente poema. Los versos de Elena Torres componen en este poema un pequeño tratado de campiología, cabe recordar que el abanico no es solo un complemento femenino, pues existe un lenguaje gestual —ya en desuso— con el que a través de él la mujer podía codificar mensajes privados: Podría decirte que estoy impaciente / mientras juego con mi abanico, / expresar mis ganas de hablarte / al contar sus varillas con los dedos. / Mostrarlo abierto para que me esperes.

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Elena Torres

La preocupación del tiempo aparece en el poema titulado “Pasodoble”: Tal vez los pasos de la vida  / sean pasos de baile / que, inexorablemente, / fija un preciso minutero. / Una marcha ligera / a merced de un ingrávido péndulo. La poeta entiende en la figura abrazada de los bailarines el simbolismo totémico de un amor que camina hacia su destino, y para ello emplea paralelismos con el toreo y su trágico final: Tal vez sea un doble desfile. / Uno enfrente del otro. / El porte erguido, las manos unidas. / Un cortejo del porvenir / que se dirige con traje de fiesta / hacia un equívoco destino.

En el poema titulado “Bolero” hay palabras remarcadas en negrita que forman partes o versos completos: No sé tú pero yo…, Por debajo de la mesa…, dichas palabras son títulos emblemáticos de boleros históricos, por lo que su poder evocador se multiplica y la poeta va hilvanando uno tras otro y componiendo sutilmente una invitación al amor que culminará de esta manera: […] Y en la eternidad del Bolero / daré La media vuelta / para venir de allá, de Un mundo raro / y quedarme Contigo en la distancia.

La muerte y la melancolía que provocan las ausencias danzan en el poema titulado “Samba”: Es preciso encontrarnos / en esta coreografía de ausencias. / Escuchar conocidos ecos / en este circular preludio / de saudades extrañas. Aquí el contrapunto es evidente; un baile tan alegre como la samba sirve a la autora para reflexionar sobre algo tan luctuoso como la muerte. La soledad y el olvido son pensamientos análogos a saberse un condenado en el tiempo; sentirse solo, olvidar o ser olvidado, es imposible despojarse de esas lacras y por ello, parece menos dolorosa su erosión tras su asunción: Es preciso abrumarse / con la belleza oscura. / Sublimar el triste consuelo, / la percusión vibrante del vacío / en la plenitud del mañana.

El poema más extenso del libro es el dedicado a las Nueve Musas: Terpsícore, Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Polimnia, Urania, Melpómene y Talía. A cada una de ellas dedica una estrofa, pero antes, introduce con estos versos a su alabanza: Es posible un lugar / donde la Poesía / baila con los recuerdos, / donde se siente la presencia / del invocado coro de las Musas. Todos sus ámbitos, todas sus cualidades quedan descritas, y a su vez subrayada toda su magnificencia y feminidad: Es posible un lugar, donde inspiradas, / danzan la vida y la poesía. // Como existen los mitos. Estas nueve mujeres cinceladas / en el bajorrelieve de los días.

No es casualidad que la poeta clausure este apartado con un poema titulado “Tango”. Toda la pasión y dramatismo que transmite ver bailar o bailar un hermoso tango, queda plasmada a la perfección en unos versos que van sucediéndose a modo de súplica, compendiando emociones y conmocionando a un tiempo a ese hipotético interlocutor del hablante lírico. Aquello que ahora trae dolor a nuestras vidas antaño provocó felicidad y por ese motivo debe ser cantado y no borrado de nuestros recuerdos: Déjame escribir esta letra. / Componer un tango que exprese / el desgarro del ya no ser / desde el arrabal de lo verdadero, / fuera de lo vivido, / con la cálida voz del desengaño. Esa metamorfosis del cuerpo en sublimación con el espíritu a la que mueve la danza, es descrita a la perfección en los versos —citados al principio de esta reseña— del poeta ecuatoriano Erick Rodrigo Guatemal; en este último tango la conciencia lírica abandona su inherente geometría para formar parte de la esencia poliforme del amor: Déjame que te nombre. / Poner la melodía que acentúe / este vaivén de sentimientos / y piernas enlazadas. Transmitir la sensualidad / con la impostura del abrazo. / Llorar con el lamento de la carne.

Para finalizar, “La vida es un baile de relámpagos” es un bloque compuesto por veinte piezas breves, todas de cinco versos, excepto la primera, de las que he elegido una representativa como brillante colofón para cerrar esta reseña.

V

Era el momento,

ese que, cómplice, respira,

calcula, tiende las manos,

nos traspasa y se rompe.

Y no lo detuvimos.

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“Pájaros en el pilón”, un cuadro de Heberto de Sysmo.

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Técnica empleada: acrílico, acuarela y lápices sobre papel Gvarro de 23 cm x 32,5 cm, grano fino, 60% Algodón, 340 g/m².

La materia lucha por no volver a lo inefable. En la simplicidad de la Naturaleza, en su coreografía cotidiana permanece un equilibrio revelado en el enfrentamiento entre la luz y la sombra. Vuelo, sed, silencio, canto.

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Isabel Alamar publica “Cantos al camino”.

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Publicado en la revista Todoliteratura.es:

https://www.todoliteratura.es/noticia/12519/criticas/isabel-alamar-y-sus-cantos-al-camino.html

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Título: Cantos al camino

Autora: Isabel Alamar

Editorial: Playa de Ákaba

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 90

ISBN: 978-84-946517-7-9

El agua está presente en el primer poema del libro: Y al pasear / en medio de la llovizna del bosque; pero también en el último: Bajo las nubes / y sobre las extensas aguas… Y no sería tan importante este hecho de no ser porque este cuaderno de notas del viajero nos propone eso mismo, ser agua.

El agua es vida, empuja a la vida y puede provocar la muerte. Es, por tanto, un elemento ambivalente. Nuestros sentidos, en la poesía de Isabel Alamar, deben aspirar a ese estado de humedad que todo absorbe y por todo es absorbida. Lo inefable se manifiesta a aquel que en la inefabilidad abre sus poros. Hay en esta propuesta reglas místicas, puras, del hacedor de versos entregado a la contemplación.

Estas 202 composiciones beben de la cultura oriental, es la fascinación hecha palabra aquello que, sin buscarlo, encuentra la trascendencia. Esa aproximación a la emoción que representa el haiku japonés es aquí una versión libre, un tanto occidentalizada, entre otras cosas, por la continua presencia de un yo que aspira a expresarse, además, en los poemas.

Pero estos poemas no buscan el análisis de quien los lee, tampoco su misión es ceñirse a ningún canon formal o servidumbre, su poética huye del corsé para ser libre en la expresión de las emociones, no atañen al intelecto, sino a la experimentación.

Isabel Alamar es una poeta generosa. Como ella mismo ha manifestado en alguna ocasión: todos los días cuelgo en las redes sociales un pequeño poema nuevo, un pedazo de mí. De esa necesidad, o debería decir, de esas necesidades: transformar en literatura sus vivencias, y también compartirlas, florece este ejemplar editado por Playa de Ákaba. Los poemas de Cantos al camino proponen una poesía con la que no estamos familiarizados, su mirada encuentra una realidad que aparentemente nos envuelve, y a la cual ignoramos, que exige no solo nuestra desnudez, sino la voluntad de renunciar al ego. La naturaleza no es el dios, es el altar sobre el que nuestra conciencia, al entregarse a ella, estará lo más cerca posible de aquello que cree inalcanzable.

La poesía de Isabel Alamar refleja una feminidad implícita. Su sensibilidad escoge motivos de aparente dulzura, en sus versos se encuentra el optimismo, en sus palabras hay pasión, sorpresa y agradecimiento.

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Isabel Alamar

Este libro se encuentra dividido en tres episodios que tratan de emular tres momentos importantes en una bien resuelta crisis de identidad. “En busca del yo” representa el conflicto psicológico en el que uno mismo admite desconocerse y por tanto, ignora las respuestas a las preguntas más importantes de su vida: ¿quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Hacia dónde voy?

En dicho bloque encontramos versos como estos: Camina, / algún día encontrarás sentido a tus pasos / y puede que también al de los demás.

Es de destacar el hecho de que Jaime Siles escribe unas palabras liminares a esta obra. En su prólogo, además de remitir al lector a su estudio Poesía y traducción. Cuestiones de detalle (2005), advierte el carácter de diario lírico de este libro (yo), así como una entregada y voluntariosa búsqueda del interior en el exterior, como bien indica, menos relacionada con la parte morfológica de la lírica oriental y sí con su espíritu.

“El yo con la naturaleza” es el título de una segunda parte en la que persona y naturaleza se fusionan en un ente único, aquí se culmina esa aspiración mística de abandonar el cuerpo, la luz ya nos traspasa y no tocamos, somos aquello que describíamos y ahora debemos aprender a ser: Mirar el cielo, / mirar los pájaros, / contemplar las olas / y en las alas del mar / ser gaviota o mariposa.

Como hemos dicho, Cantos al camino remite a la pulsión itinerante de Kerouac, pionero de la generación Beat, que tanto y tan bien frecuentó el haiku en las montañas, todavía referente en nuestros días. Camino y canto, movimiento y música a nuestro encuentro con la luz que quizá no buscamos, pero sí nos busca: En ocasiones de la tierra / cuarteada, y cuando no te lo / esperas, mana agua salvaje. Es necesario que el lenguaje empleado por la autora, dada su apuesta, sea sencillo. Ningún poema posee título y la extensión de los poemas oscila entre los dos y dieciséis versos.

En cambio, en “La naturaleza a solas”, última parte del libro y la más breve, como el propio epígrafe indica, nos encontramos ante el parlamento de la naturaleza —aunque no de forma subjetiva ni utilizando la primera persona— dirigido a nosotros. Aquí los restos humanos de esa mirada fundida con el todo parecen traslucirse por su forma de describir los poemas, se intuye ajeno el orador, describe su entorno, eso sí, el yo desaparece y continúa el iniciático rito de una muerte a la vida: Para liberar / la semilla, la tierra a todas horas / sangra y llora.

Cantos al camino es un viaje al corazón de nosotros mismo y, por tanto, de las cosas. La poeta vislumbra una música nunca escuchada y decide abandonarse al sueño de buscarla. Aquí, el camino es la vida, y esa meta anhelada por aquel que vive y se pregunta en ella, no es más que el fluir de ese camino en nosotros, una tácita resolución que comprendemos quizás en el ocaso de nuestra existencia.

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Shakespeare en Berlín: Amistad y traición en la Alemania de los años treinta

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Publicado en El Cotidiano:

http://www.elcotidiano.es/shakespeare-en-berlin-amistad-y-traicion-en-la-alemania-de-los-anos-treinta/

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El Centro Cultural Docente de las Artes Escénicas Sala Russafa ofrece esta obra de Chema Cardeña, un proyecto de la compañía Arden Producciones que fue estrenado en Barcelona durante el pasado año, y que le ha valido una nominación a los XX Premios Max de las Artes Escénicas en la categoría de mejor actor de reparto.

Cardeña, en sus obras, destaca la utilización de elementos, personajes y situaciones históricas para plasmar la realidad contemporánea. Este rasgo de autor ya ha sido empleado por el dramaturgo en otros montajes, como también ha basado sus textos en obras de Shakespeare, lo que le hace especializarse en su estilo entre lo clásico y lo moderno.

Un título tan comercial como es “Shakespeare en Berlín”, después de conocer obras como Shakespeare in love o Shakespeare en la selva, parece presagiar que estamos ante una historia clásica, romántica o cuanto menos, que hable de las obras o la biografía del genial dramaturgo inglés. Nada de eso, para Arden Producciones, en la obra que nos ocupa, Shakespeare es solo un reclamo publicitario, un pretexto, como podría haberlo sido otro: la música de Chopin (El pianista) o las adivinanzas (La vida es bella). Citas de Macbeth, Ricardo III o Hamlet, son lo más cercano al universo shakesperiano que el espectador encontrará.

La historia comienza en Berlín, año 1933, y termina en esa misma ciudad en 1946. Teniendo en cuenta esas fechas y que el escenario es la capital alemana, no es difícil suponer que la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto son algo más que el contexto político-social de la obra. Todo en el argumento está condicionado por la ascendencia al poder de Hitler, su desarrollo en el poder hasta su posterior ocaso, y dividido, a su vez, en cuatro actos temporales que señalan cuatro destacados eventos históricos al respecto: el incendio del Reichstag (1933), la noche de los cristales rotos (1938), la guerra (1941), y el final de los juicios de Nüremberg (1946).

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La dimensión humana de esta historia está encarnada magistralmente por tres actores: Juan Carlos Garés (Martin), Iria Márquez (Elsa) y Chema Cardeña (Leo). Martin es un fotógrafo sin muchas expectativas de progreso, pero con ambiciones de ser un gran fotógrafo; Elsa es su esposa, unos cuántos años más joven que él, una bella actriz que no termina de despuntar pero que agradece seguir teniendo trabajo en el mundo del cine y los cabarets; y Leo es un actor de teatro, amigo del matrimonio, de ascendencia judía y poco dado a la rendición y el conformismo. Leo y Martin son amigos desde la infancia y a ambos apasiona la obra de Shakespeare. Los tres comparten la efervescencia cultural de los años 30 en Alemania, el dulce momento de los estudios U.F.A, el teatro y los cabarets berlineses.

La función comienza con una proyección audiovisual en blanco y negro. En ella, un anciano habla a la cámara en lo que parece ser una entrevista sobre su experiencia del Holocausto. Su testimonio es alternado por imágenes reales de archivo en lo que irá conformándose como un falso documental que hará las labores de entreacto para dar paso a los saltos temporales de la historia. El actor que aparece en las imágenes es Juan Mandli, pero la identidad del personaje que representa no la sabremos hasta el final de la última proyección, ya concluido el cuarto acto.

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La utilización del recurso audiovisual, dados los recursos materiales empleados y la escenografía escogida, es una de las ideas más acertadas. Con dichas proyecciones,  además de oxigenar las actuaciones en vivo, el dramaturgo cuenta con el montaje paralelo de otro punto de vista, una aproximación a narrador en la voz de Mandli, pero también es parte constante del escenario, en su ausencia, ya que dicha pantalla es tomada por las vistas de una ventana que da al exterior, y en los distintos estados de la fachada del edificio que proyecta vemos los signos directos de aquello que está ocurriendo en las calles. Pero la funcionalidad del recurso audiovisual no se limita a eso. En otro momento de la obra, dos de los actores contemplan un álbum de fotos y el interior de dicho álbum se proyecta también en la pantalla cada vez que el actor pasa una página del mismo.

Teniendo en cuenta que toda la obra transcurre en una misma habitación, con los mismos actores y el mismo mobiliario, detalles como el audiovisual o la iluminación cobran mayor peso en la puesta en escena. Una vieja radio se ilumina y suena trayendo malas noticias del exterior a los personajes. Se escuchan disturbios en la calle. El sonido y la luz inyectan todo su misterio en un recibidor por el que entran y salen los personajes, ese umbral con el que el espectador no tiene contacto visual es el pasaje que les conduce a una realidad convulsa que poco a poco irá poniendo a prueba sus capacidades de supervivencia, pero también su amistad. Los recursos técnicos amplían el espacio escénico y enriquecen, sin duda alguna, el relato.

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Un biombo, una mesa y un sofá son casi exclusivamente los referentes matéricos del espacio. Entre ellos, Martin y Elsa demuestran con una complicidad y química absolutas, todo el enamoramiento y pasión de una pareja de recién casados. Cada uno lucha a su manera por sus sueños y se apoyan entre sí en lo que parece una crisis económica motivada por la inestabilidad política. Poco a poco van siendo testigos de la ascensión al poder del nacional socialismo, pero inconscientes de ello, siguen pensando que todo pasará pronto y volverá a la normalidad.

Pero lejos de cumplirse sus expectativas, Leo, ese amigo de la pareja que tiene la mala suerte de ser judío, les pondrá al corriente de todo los atropellos y violaciones que están teniendo lugar en las calles. Primero el levantamiento contra el pueblo judío, después la guerra y las consecuencias de perderla y someterse al juicio de los vencedores, hará que toda esa relación idílica inicial se trunque y salgan a relucir los instintos más primitivos del ser humano.

El argumento de la obra no da pie en ningún momento a derribar la cuarta pared que lo separa del público, y el conjunto de interpretaciones, más equilibradas en lo cotidiano y sosegado y menos precisas en lo conflictivo, resultan ser solventes, aunque quizá por la dureza de los hechos que cuentan no alcancen a ser conmovedoras.

Esta obra desempolva uno de los conflictos bélicos más cruentos de la historia del ser humano, y lo hace para recordarnos que todo lo ocurrido puede volverse a repetir. También pone de manifiesto la fragilidad de las relaciones humanas sometidas a la presión del miedo. El temor a perderlo todo y la ambición por prosperar más rápido hacen que los personajes traicionen su amistad y se comporten como personas totalmente diferentes. El discurso emocional y profundamente humano de estos desdichados personajes expuestos a la vorágine del mundo hace que el ciudadano actual encuentre puntos de unión con ellos. ¿Quién no mentiría o robaría en tiempo de guerra para garantizar el bienestar de su hijo pequeño? ¿La traición justifica la venganza?

El hermoso tango Por una cabeza mentiras verdaderas suena en un momento comprometido de la función, también La vie en rose de Edith Piaf, pero la verdadera banda sonora de esta producción teatral es el silencio.

Leo, ese actor judío que trata de abandonar el país sin conseguirlo, se verá enfrentado a la desaparición de sus familiares, al encuentro con la muerte en los campos de concentración nazis, y tal como revelará en la escena del apagón, en los versos de Shakespeare encontrará un salvoconducto que le hará mantener la esperanza hasta el final.

Shakespeare en Berlín estará en cartelera hasta el próximo 21 de mayo en la Sala Russafa de Valencia, sin duda, es una oportunidad inmejorable para disfrutar de un texto y unas actuaciones que hacen cortos sus setenta y cinco minutos de duración  a la vez que transportan al espectador a una realidad social de la que hoy no estamos, ni tan alejados, como tampoco orgullosos.

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REPARTO
Elsa: Iria Márquez
Leo: Chema Cardeña
Martin: Juan Carlos Garés
Con la colaboración de Juan Mandli

Texto: Chema Cardeña

Espacio Escénico: Chema Cardeña

Iluminación: Pablo Fernández

Vestuario: Sala Russafa

Efectos sonoros: José García del Real y Littlefields

Creación Audiovisual: Javier Marcos

Fotografía: Juan Terol

Caracterización: Verónica Pastor Bensach

Grabación Vídeo: Stanbrooks s.l.u.

Portal Web: Part-time Robot

Realización Escenografía: El Bosc / Filippo Olivieri

Coordinación Técnica: Harold Zúñiga

Ayudantía Técnica: Juanjo Benavent

Material técnico: Sala Russafa /Yapadú

Producción: Arden Producciones s.l.

Producción Ejecutiva: Juan Carlos Garés – David Campillos

Coordinación Gira: David Campillos

Promoción / Asistencia Gira: Mª Carmen Giménez

Comunicación: María García Torres

Administración: Cruz Gasteazy

Distribución: Carles Alonso / Arden-on-tour

Asistente Dirección: José Doménech

Dirección: Chema Cardeña

 

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“Como soles patagónicos”: la insurgencia poética de Eloy Sánchez Guallart.

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Publicado en Revista de Letras de Las Vanguardia:

http://revistadeletras.net/sanchez-guallart-insurgencia-poetica/

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Título: Como soles patagónicos

Autor: Eloy Sánchez Guallart

Editorial: Unaria Ediciones

Género: poesía

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 90

ISBN: 978-84-943850-0-1

 

Tener entre las manos un libro de poemas cuyo título es Como soles patagónicos invita, cuando menos, a averiguar el significado de esa aparente metáfora titular. Y es precisamente ahí, en este —a priori— poco revelador mensaje donde se encuentran las claves para ir descifrando este salvoconducto de la conciencia.

El calor de lo cercano y apacible (soles), el frío de lo lejano y tal vez inalcanzable (patagónicos). Entre estas dos ópticas, corrientes, tesituras, realidades o utopías, Sánchez Guallart (Castellón, 1963) presenta la urdimbre de su segunda obra poética, un discurso marcado por la rabia pero también por la esperanza.

Publicado en la colección “Astrolabio” del sello editorial castellonense Unaria Ediciones, Como soles patagónicos se presenta al lector dividido estructuralmente en cuatro actos. Es significativo que el orden de estas divisiones sea a la inversa, es decir, el primer bloque corresponde al número tres, el siguiente al dos, y así sucesivamente hasta llegar al último bloque, que no es el uno, sino el cero. Una cuenta atrás, se nos acaba el tiempo para reaccionar como seres humanos enfrentados a su propia moral. Esa zona cero o epílogo final es mucho más breve que las anteriores, pero en ella se resuelve el acertijo del título y, no por nada, pone punto final al poemario con la palabra «combate».

Esta insana realidad en que vivimos necesita de poetas subversivos, de artistas que no acepten la injusticia como trivialidad ni acaten la corrupción como norma. La dimensión interior del ciudadano medio está acotada por imposiciones capitalistas, y por ende, servidumbres materiales. Casi sin advertirlo coexistimos y sobrevivimos en una sociedad enferma que lastra tradiciones y defectos por sistema y potencia su deshumanización con cada avance tecnológico.

Sánchez Guallart es un poeta comprometido, dota a su poesía de una característica tensión en el lenguaje que, si en Manifiesto asténico —su anterior obra— se intuía como sesgo autoral, en Como soles patagónicos se intensifica y revela como consecuencia formal de un fondo que busca sublimarse en la palabra.

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Eloy Sánchez Guallart. Fotografía de José Saiz.

Este libro es una descripción —en primer lugar— en primera persona del mundo que rodea al poeta, y una reflexión —en segundo lugar—, por esto mismo, acerca de una realidad más social que metafísica. Sin embargo, el lirismo de Sánchez Guallart trasciende —no sabemos muy bien por qué resorte— y aquello más allá del cuerpo, lo inefable, constituye un universo simbólico con el que descifrar lo cotidiano.

Y es que la poesía de este autor castellonense está llena de matices y referencias, como por ejemplo las referidas al mundo del cine. Su vasta experiencia cinéfila lo provee de habilidad para encontrar analogías entre el mundo real y el representado en el séptimo arte. Pero también de la música beben estos versos, valiéndose de elementos de estas dos artes el poeta circunscribe y fecha a menudo y singularmente cada poema en un marco pictórico-temporal.

Este hecho también es llevado a cabo mediante referencias socio-político-culturales contemporáneas. La realidad es el modelo a pintar (salvar, cambiar, proteger), una realidad que se filtra en los poemas, a veces de forma violenta, e invita al sometimiento por defecto y a la acción —por lo que en ella todavía hay de necesario— por ese arrastre hacia el abismo al que está sometida, víctima de un capitalismo oligárquico-cainita.

Los insectos quieren ser llama. / Es su diálogo una armonía / que parece dar sentido / a una apresurada antología del silencio. La búsqueda de un sentido a lo absurdo y mecánico de argumentos cotidianos justifica el irracionalismo poético. La armonía, el silencio, se convierten en baluartes ideales frente a sus antónimos reales, balas de fogueo que en manos del poeta-actor contrapesan una balanza sobrecargada de sombras.

[…] Y pequeñas muertes se sientan a la mesa / y educadas esperan su turno de comida. Los versos de Sánchez Guallart son blancos y libres, en ellos el poeta hace un uso restringido de la coma. Esta apreciación hace proclive la interpretación particular del lector en cuanto a, no solo lo que al ritmo concierne, sino también al sentido de algunos versos. También invita a leer cada poema, al menos, dos veces, pues esa composición de lugar puede reconfigurarse por muchos motivos en una segunda lectura. Como sabemos, un texto, en condiciones normales, puede que no ofrezca todo su mensaje tras una primera lectura, menos aún si es poesía y todavía menos si el poeta utiliza recursos estilísticos, sintácticos y retóricos, como Eloy Sánchez Guallart.

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La poesía de Como soles patagónicos alza su vuelo sobre rupturas gramaticales, usos anárquicos del espacio textual, elipsis e irreverencia ortográfica (ausencia de signos en el poema “¡Hola!”), entre otras cosas. Su disentimiento moral y argumental contra la tendencia global de la sociedad trasciende al propio lenguaje, así durante ese proceso de cuenta atrás asistimos a una transformación parcial del tono lírico. Los interrogantes van abundando más y más en los versos, aumentan las preguntas y las palabras compuestas, las aposiciones sustantivas; de lo testimonial pasamos a lo contestatario, no sin advertir nociones experimentales, como la utilización de eslóganes publicitarios y titulares de periódico, bien como cuerpo del poema o como estrofas alternas del texto poético.

Si en el poema titulado “Ciudad desidia” los versos tienden morfológicamente a una naturaleza prosaica: En lugar de río una plataforma intercambiable / tiene la ciudad que me patea y reza satisfecha en sus estigmas, en el poema “Los más” el poeta utiliza ya sin titubeos la prosa poética: Desbordados de ceguera hasta los hombros, ciudadanos sin cartilla, / espuma ante la piedra artificial que ha sido edificada desde los centros / neurálgicos de la insidia.

La problemática social (general) y todas sus consecuencias intelectuales (particular) son un subterfugio generativo para Sánchez Guallart, quien despliega su particular laboratorio de escritura exploratoria  justo dónde y cuándo más se necesita. La tierra se mueve bajo nuestros pies, la información bulle, muchas veces, teniendo poco o nada que ver con la realidad. Algunos afirman que estamos asistiendo al cambio hacia una nueva era, que seremos testigos de la cuarta revolución industrial y que la próxima guerra mundial será la última. La poesía de Sánchez Guallart apela a nuestra conciencia, el poeta se revela humanista y su poesía, arenga. Síntesis moral de su propio cisma de fuerzas antitéticas, estos inconformes versos no son nada gratuito, responden a una necesidad vital y reflexiva, de insumisión y defensa de los valores humanos. Cada poema es un cadáver exquisito de la crónica de nuestros días, un brote de esperanza que busca su propagación en análogos disidentes proclives a su contagio.

Y para terminar, un poema íntegro del libro.

Siendo

 

 

Si tengo este abismo

de voces lleno

de pisadas con barro hasta la frente

de andamios colgando

de una rama parapléjica

 

es que estoy vivo en un 97 %

y hasta mi autómata me pide

extender su autonomía.

 

Si doblo mis ojeras

en la cama cada noche

y las cuelgo en una percha

-no necesito los ojos para tocarte-

es por necesario descanso

(hombre blanco, primer mundo, clase media en proceso de derribo,

cuarentaytantos años, 1’65, sin tumores conocidos)

 

Si no me hago a un lado

arderé en el cortejo

si no me doy la vuelta

y os miro a los ojos

si ensancharan las calles y pudiera

escribir sin costuras

todo lo que le falta a la palabra

para hacerse necesaria.

 

Así estamos

los unos por los otros

y sin los otros.

 

 

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Blas Muñoz Pizarro en Poetas en el Ateneo

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Publicado en el blog de Vicente Barberá:

http://vicentebarbera.blogspot.com.es/2017/05/poetas-en-el-ateneo-cronica-de-jose.html?m=1

Publicado en la página web del Ateneo Mercantil de Valencia:

http://www.ateneovalencia.es/poetas-en-el-ateneo-xii-blas-munoz-en-la-poesia-siempre-hay-que-buscar-la-voz-propia/

(Todas las fotografías son autoría de José Luis Vila Castañer).

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De izquierda a derecha: Vicente Barberá, Blas Muñoz y Vicente Bosch. (José Luis Vila Castañer)

 

Presentación

Un 25 de abril nacieron Leopoldo Alas “Clarín” y José Ángel Valente, y por azar del destino, también un 25 de abril —o quizá por justicia poética— el poeta Blas Muñoz Pizarro visitó el ciclo Poetas en el Ateneo, un distinguido foro por el que han dejado huella algunos de los mejores autores líricos valencianos.

Celebrado en el Salón Sorolla del Ateneo Mercantil, uno de los coliseos culturales más señeros de la ciudad de Valencia, dicho ciclo es coordinado por Vicente Bosch, presente en la mesa, y presentado por Vicente Barberá, poeta y compañero del poeta invitado en el grupo literario El limonero de Homero.

A partir de las 19 horas fue llegando el público, hay que destacar que el aforo se llenó, algo que subraya la importancia de Blas Muñoz en el círculo poético valenciano, ya que como viene siendo una costumbre, el mismo día y a la misma hora, los actos literarios se solapan en Valencia.

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Entre el público, algunas de las personas más relevantes del panorama cultural valenciano se dieron cita en lo que, más que una exposición de vida y obra del poeta, se convirtió en un homenaje: Jaime Siles, Pedro J. de la Peña, Ricardo Bellveser, Pedro José Moreno o Elena Torres, fueron algunos de los escritores que acudieron al evento.

Quiero hacer visible la extraordinaria labor de José Luis Vila Castañer, reconocido fotógrafo valenciano, quien es el encargado de inmortalizar a través del objetivo de su cámara estos cíclicos encuentros con poetas destacados.

Vicente Bosch tomó la palabra para agradecer a Muñoz Pizarro su presencia en este proyecto, además de manifestarle su admiración como reconocido poeta, y no menos, mejor persona y amigo. Bosch subrayó el importante compromiso del poeta con la entidad convocante, por lo que terminó su intervención poniendo en valor no solo todo lo que Blas Muñoz ha dado al Ateneo Mercantil como persona, sino también la aportación global del grupo al que pertenece, El limonero de Homero, compuesto además por: María Teresa Espasa, Joaquín Riñón, Antonio Mayor y Vicente Barberá; grupo literario que coordina el Aula I de Poesía del Ateneo.

Era de prever que entre Vicente Barberá, como conductor del encuentro y buen limonero, y Blas Muñoz, surgiesen confidencias y la química de una amistad unida por la poesía deparase momentos de entrañable complicidad.

El Proyecto Poetas en el Ateneo acostumbra a dividirse en tres partes: exposición fotográfica, entrevista de Barberá al poeta invitado y ronda de preguntas del público, todo esto alternado con la proyección de un vídeo y un breve recital a cargo de poetas invitados.

Antes de dar paso a la primera fotografía, Vicente Barberá recordó que por este ciclo han pasado hasta once poetas de la talla de Antonio Cabrera, Jaime Siles, Ricardo Bellveser, Sergio Arlandis, Guillermo Carnero, Vicente Gallego, Rafael Soler, Francisca Aguirre, Pedro J. de la Peña, Juan María Calles o Carlos Marzal. Con la presencia de Blas Muñoz se cierra un periodo que culminará en su próxima entrega para dar paso al parón veraniego, siendo su pretensión reanudar la actividad ya entrados en septiembre. Invitó a los presentes a hacerse con uno de los dípticos sobre el poeta y su poesía que se ofrecían en la entrada al recinto y explicó que estos encuentros pretenden, no solo conocer la labor literaria del poeta convocado, sino también, y lo más importante, conocer un poco más su dimensión humana.

Fotografías

Así pues, dio comienzo el primer bloque. Apareció proyectada en la pantalla una fotografía en blanco y negro donde una joven señorita, ataviada con un vestido y un paraguas oscuros, sonríe a la cámara en mitad de unas vías de tren; el poeta ilustró al público al contar que aquel paisaje era la estación de Aragón (1972) y reveló que aquella mujer era Mercedes, a quien se dirige como Merche, su esposa, presente entre el público, y sus palabras y sus ojos se llenaron de luz. Con aquella pintura, el poeta rememoraba el drástico cambio que sufrió su vida, ya que enamorarse supuso pasar del narcisismo del yo a la entrega sin condiciones, lo que le llevó a escribir el poema “Consumación” y culminar así un poemario que llevaba entre manos, se refería, por supuesto, a Naufragio de Narciso.

La siguiente fotografía mostraba un autógrafo de Juan Gil-Albert, poeta admirado por Blas, quien tras las periódicas visitas de un joven y prometedor poeta, tuvo a bien, no solo dedicarle una de sus obras —Concierto en «mi» menor. Homenaje a Marcel Proust (1974) , sino a esbozar dentro del mismo autógrafo y en palabras de Muñoz Pizarro: la primera crítica a su poesía.

De la nostalgia y veneración de los que, sin duda, son momentos cruciales e imborrables en la etapa de un poeta joven, pasamos a la fotografía número tres, donde el reconocimiento del mundo literario y los primeros pasos de un autor comienzan a hacerse realidad. En esta fotografía en blanco y negro vemos a un Blas Muñoz muy joven y delgado, recogiendo el Premio Nacional de Poesía José Antonio Torres en la ciudad de Tomelloso. Vestido de esmoquin y pajarita, el autor comenta que justo detrás, se encontraba el poeta Antonio Gala. A lo que añade que entre el jurado que lo premió se encontraban el poeta Félix Grande, Eladio Cabañero y García Pavón. El pregonero de las fiestas ese año fue Francisco Umbral y tuvo el privilegio de ser nombrado pregonero para el año siguiente. Sin duda, un espaldarazo para alguien que todavía no había cumplido treinta años y tenía mucho que decir.

El poeta nicaragüense afincado en Valencia, Ricardo Llopesa, amigo de Blas Muñoz desde finales de los años sesenta, es quien aparece en la siguiente fotografía. Recordemos que Muñoz Pizarro tras publicar en 1981 Naufragio de Narciso, mantuvo un silencio editorial hasta el año 2007, momento en que finaliza La mirada de Jano, que fue publicado en 2009 por el Ayuntamiento de Petrer. En este nuevo momento crucial, fue Ricardo Llopesa quien le abrió las puertas de sus tertulias literarias en Valencia, hecho que acabaría siendo decisivo para desencadenar el éxito y repercusión de la etapa posterior del poeta.

No podía faltar una instantánea sobre El limonero de Homero, sus cinco componentes aparecen en la quinta fotografía, lo que aprovecha Blas para dar lectura a una décima compuesta expresamente para ellos. Sobre este grupo hablaremos más adelante, a colación de las preguntas que formulará Barberá.

Con motivo de un viaje a Portugal, y aprovechando que este evento se celebró en el aniversario de la «Revolución de los Claveles», en la siguiente fotografía aparece el poeta posando frente a una librería con un ejemplar de Mensagem, el único libro de Pessoa publicado en vida, hecho que lo llevó a improvisar “Rua do Carmo” un poema que regalará posteriormente a sus compañeros de El limonero, y que lo llevará también a reflexionar sobre el mismo hecho de la improvisación en su poesía: pocas veces sirve un poema escrito deprisa.

En la séptima fotografía vemos al ya desaparecido poeta José Luis Parra, en un instante del año 2011, en el también desaparecido Café Malvarrosa de Valencia. Blas Muñoz recuerda ese momento con sentimientos encontrados, puesto que por un lado, gracias al recital que allí ofreció consolidó su amistad con Juan Pablo Zapater, Francisco Benedito y Víctor Segrelles, hoy editores de la revista 21veintiunversos y entonces gestores culturales de uno de los foros poéticos más emblemáticos de Valencia. Y por otra parte, su amistad con Parra lo llevó a encargarle la presentación de su libro La herida de los días, pero poco después cayó enfermo y falleció. Por este motivo el siguiente libro de Blas Muñoz, En la desposesión, está dedicado emotivamente a José Luis Parra.

Con el motivo de la obtención de otro premio literario, en este caso el Memorial Bruno Alzola García (2011), en la siguiente fotografía vemos a Blas Muñoz en el que sería su tercer encuentro con el maestro Antonio Gamoneda. El momento retratado transcurre en Asturias, en el restaurante La Sauceda, propiedad de Ramón Alzola. Este momento fue una ocasión para manifestar su admiración por el poeta ovetense, así como la satisfacción por haber merecido un prestigioso premio a un soneto clásico.

Sin embargo, de los muchos reconocimientos que Blas Muñoz ha obtenido, El Premio de la Crítica Literaria Valenciana que obtuvo en el año 2012 por su obra La herida de los días, es como él mismo manifiesta: su más preciada distinción. Por ello, la siguiente fotografía recuerda el instante en que Juan Luis Bedins, presidente de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios, le hace entrega del citado galardón.

A continuación, y refiriéndose a una presentación en la Sociedad General de Autores y Editores de Valencia (SGAE) de su libro En la desposesión, un libro por el que consiguió el premio Flor de Jara de la Diputación de Cáceres, el poeta señaló a sus acompañantes aquel día, y no eran otros que Mila Villanueva, presentadora y organizadora del acto a través de Concilyarte, la asociación que preside; Ana Noguera, quien disertó magníficamente sobre el libro y el poeta valenciano José Antonio Olmedo, quien aquel día asistió a la presentación como parte del público y terminó anecdóticamente tocando el piano en el escenario, debido a la ausencia de la pianista anunciada.

La siguiente fotografía, tomada por Guadalupe Grande, rememoró un encuentro en Madrid, en casa de Francisca Aguirre, viuda de Félix Grande. Muñoz Pizarro acudió a la capital acompañando a María Teresa Espasa, quien presentaba en Madrid su libro Tanto y tanto silencio (2014) y a ambos les acompañaba su buen amigo y también poeta, Ricardo Bellveser. Blas recordó que mientras se celebraban en la capital los fastos por la coronación de Felipe VI, todos ellos disfrutaron de una velada íntima e inolvidable.

Marta Hazas, la popular actriz nacida en Santander y protagonista de series televisivas como Velvet o El internado, acompaña a Blas Muñoz en la penúltima fotografía. Tomada en diciembre de 2014 durante la gala de entrega del Premio Laguna de Duero de Valladolid, galardón que obtuvo Blas y gala en la que la actriz participó junto a Javier Veiga, esta instantánea sirvió para que el poeta valorase a esa juventud que lucha, representada en la actriz, pues no solo trabaja en cine y televisión, sino también en el especialmente exigente teatro clásico.

Y para terminar con la sección fotográfica, Blas comentó una instantánea en la que aparecieron Sergio Arlandis, Gregorio Muelas, Mila Villanueva y José Antonio Olmedo. De Sergio Arlandis comentó que escribió un excelente prólogo a su libro De la luz al olvido, un trabajo por el que le está muy agradecido; añadió que Arlandis es uno de los grandes poetas de su generación, además de investigador, por lo que anunció su próxima visita a la Feria del Libro de Valencia en unos días, e invitó a los presentes a conocer (In)verso, su último poemario. A Gregorio Muelas, con quien comparte una buena amistad, se refirió como autor del interesante libro de haikus La soledad encendida, una publicación en coautoría con José Antonio Olmedo, también presente, y a ambos incluyó también en su comentario sobre la nueva revista de crítica y poesía, Crátera, ya que son editores y críticos de la misma, deseándoles una larga y próspera trayectoria en esta nueva etapa. De Mila Villanueva destacó su magnífica labor al frente de Concilyarte, una de las asociaciones valencianas de mayor auge en la actualidad, y alabó también las cualidades como escritora de la autora de Bajo la luna de Kislev. Y por último, Muñoz Pizarro deseó al libro La flor de la vida de José Antonio Olmedo, actualmente nominado a los Premios de la Crítica Literaria Valenciana, la mejor de las suertes y un largo recorrido, pues a su parecer es uno de los libros de poesía más interesantes que se han publicado en Valencia durante el pasado año.

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Collage de las fotografías comentadas. (José Luis Vila Castañer)

Entrevista y recital

Vicente Barberá, en adelante (V.B.), confesó que su amistad con Blas Muñoz (B.M.) se remonta diez años en el tiempo. La culpa de su primer encuentro fue de Joaquín Riñón, ya que los invitó a ambos a la boda de su hija mayor. Aquel fue el momento fundacional de El limonero de Homero, grupo literario con el que han ofrecido más de cuarenta recitales, tanto en Valencia como por el resto de la geografía española. Siguiendo con las palabras de Barberá, admitió que de Blas admira muchas cosas, por ejemplo, su meticulosidad a la hora de trabajar los poemas. Blas es un arquitecto del verso, perfecto conocedor del metro clásico, en su poética abunda el verso medido y su escrupulosa y precisa armonía siempre ha dado que hablar en los corrillos literarios. Por este motivo, Barberá contó que expuso uno de sus poemas a Muñoz Pizarro, fue en el año 2007, y el poema en concreto “El triunfo del amor”. Este gesto es una costumbre cotidiana entre los miembros de El limonero, ya que su amistad y también la experiencia y magisterio de sus componentes hacen posible que de unos a otros opinen de sus obras con naturalidad, con la sana aspiración de aprender y perfeccionar sus textos. El laudo de Blas no dejó indiferente a Vicente, ya que le escribió dos folios de correcciones y recomendaciones demostrando lo que ya sabía: siempre se ha tomado la poesía muy en serio.

Barberá siguió comentando con vehemencia que admira a Muñoz Pizarro por su capacidad para interpretar el sentido de los poemas, su vocación docente unida a su habilidad para desentrañar esa historia subterránea de los versos lo convierten en un artista de lo formal, un excelente poeta, de mucho oficio, perfeccionista y con dominio de la técnica, en definitiva: un maestro con mayúsculas.

V.B: — ¿Para ser un buen poeta es necesario el dominio de la técnica?

B.M: —Sí. Es preciso practicarla hasta dominarla, como también es preciso el proceso de corrección. Hay que escribir métrica sin contar los versos. Antonio Machado decía: líbrate del verso cuando te esclavice. El poema no debe forzarse.

(Pascual Casañ recita el poema “De anaranjadas sombras” contenido en el poemario La mirada de Jano).

V.B: — ¿Por qué ahora no escribes poesía?

B.M: —Nunca me obligo a escribirla. Tampoco sé por qué lo hago cuando la escribo.

V.B: — ¿Es verdad que sufres mientras escribes?

B.M: —Sí, si el poema no es bueno. Si eres exigente con tu trabajo siempre hay una insatisfacción al no estar seguro de dar al poema lo que este te pide. Generalmente, el poema me revela su mensaje cuando lo termino.

V.B: — ¿Qué es la poesía para ti?

B.M: —Si hablara como profesor, diría que es una transgresión, la separación del significante y significado para crear esa grieta abierta en el signo (palabra, poema, obra) una nueva significación. Pero sería insuficiente. La poesía no se agota en ninguna definición, y menos aún si se pide brevedad. En el acto poético, de escritura o de lectura, la realidad se muestra como una revelación intensa por la que una inteligencia emocionada crece en conocimiento y en comunicación. En otras palabras, es la palabra justa en el momento preciso con una carga de emoción que no empañe el poema pero que actúe en el lector.

(Antonio Mayor recita el poema número diez de “El paso de la luz” contenido en el libro De la luz al olvido).

V.B: —De tus poetas preferidos cita tan solo cuatro, tres españoles y uno extranjero.

B.M: —Podría decirte el nombre de 34 poetas. Pero te diré: Garcilaso, Góngora, Claudio Rodríguez y Rilke.

(Recita Joaquín Riñón el poema titulado “Como otras veces” incluido en el libro La mano pensativa).

V.B: — ¿Por qué elegiste el poema titulado “Si de mí hablo” para que aparezca en el díptico?

B.M: —Porque podría decirse que ese poema es como mi propia poética. Nunca sé lo que voy a escribir, cuando escribo no sé a dónde voy. Es al final del poema, como he dicho antes, que el poema se revela, excepto en los poemas de ocasión, dedicados, o cosas así.

(Se proyecta el vídeo realizado por Virgilio Fuero, en el que él mismo recita el poema titulado “Im promptu” perteneciente al libro De la luz al olvido. Terminada la proyección, Fuero regala al poeta el CD con la grabación del mismo).

V.B: — ¿Después del Premio de la Crítica Literaria Valenciana qué otro premio de los que has conseguido consideras más importante?

B.M: —Quizás el Premio del Gobierno de Aragón que me fue entregado por el libro La herida de los días.

(Recita Juan Ramón Barat el poema titulado “Insomnio” incluido en los pecios de la antología De la luz al olvido).

V.B: — Si El limonero de Homero no fuera perfecto ¿cómo podría serlo?

B.M: —Con la interacción de todos ha mejorado con los años. Todos hemos mejorado. La amistad permite decirse con sinceridad las imperfecciones del poema para mejorar.

(Recita Mar Busquets el poema titulado “Nana de tu ausencia”, perteneciente al libro El Limonero de Homero III).

Vicente Barberá anuncia que El limonero de Homero ya prepara su cuarto libro conjunto y da comienzo la ronda de preguntas rápidas.

V.B: — ¿Qué admiras de un poeta?

B.M: —Autenticidad.

V.B: — ¿Qué te hubiese gustado ser además de poeta?

B.M: —Lo que soy.

V.B: —Algo que detestes.

B.M: —El orgullo.

V.B: — ¿Dónde te gustaría vivir, que no sea Valencia?

B.M: —En Cuenca.

V.B: —Nombra un poeta vivo al que admires.

B.M: —Francisco Brines.

V.B: — ¿Cerveza o vino?

B.M: —Vino.

V.B: — ¿Pintura o poesía?

B.M: —Poesía.

V.B: — ¿En qué te gustaría ser mejor?

B.M: —Me gustaría ser mejor como padre, esposo y abuelo.

V.B: —Cita un poema cuya lectura haya sido importante para ti.

B.M: —El primero de Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez.

(Termina la ronda de preguntas rápidas y Blas Muñoz lee algunos de sus poemas).

En primer lugar, el poeta da lectura  al poema “Ella bajo la lluvia” de 1972, inspirado en la fotografía expuesta anteriormente de su esposa Merche, cuando era joven, tomada en la estación de tren de Aragón.

Seguidamente, Muñoz Pizarro comenta que su amigo José Luis Parra le dedicó el poema “Cortes de luz” en su último libro, un texto en el que se evocan los tiempos difíciles de la posguerra. Razón por la cual, Blas Muñoz lee el poema citado y además el poema “1950 (por ejemplo)”, perteneciente a su poemario La herida de los días y lo dedica y lee con tanto cariño hacia su amigo que no puede evitar emocionarse.

Para terminar sus lecturas, Blas recitó un soneto clásico titulado “La mano pensativa” contenido en su libro de mismo nombre.

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Escritores que leyeron poemas del autor invitado. (José Luis Vila Castañer)

Ronda de preguntas del público

Juan Ramón Barat: —Cuando te leo siento que se te entiende, pero con profundidad, eres claro y profundo a la vez. ¿Defiendes claridad y profundidad en la poesía?

B.M: —Pienso que a eso deberían responderte los lectores. Cambio de registro y es muy difícil etiquetarme. En mi libro En la desposesión hay algo de poesía hermética, pero la claridad o el hermetismo vienen dados al autor. Pertenezco a la generación novísima por edad y en mis inicios bebí de ellos, de su culturalismo.

Rafael Pla López: — ¿Una buena poesía debe sorprender o sonar?

B.M: —La sorpresa o la ruptura son relativas, a veces son mínimas, pero necesarias. Hay que prescindir de tópicos, huir de lo trillado. Si suena mucho un poema, malo. Hay que buscar siempre la voz propia.

Salvador Garay: —Me sorprenden tus poetas favoritos.  ¿Qué fue de aquel Blas amante de Rafael Alberti en sus comienzos?

B.M: —He admirado a muchos, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero, Manuel Álvarez Ortega, aunque he ido por etapas. He bebido de muchas fuentes y de Alberti bebí cuando fui adolescente.

Ricardo Bellveser: —En que puede haber poesía no escrita supongo que todos estaremos de acuerdo. Yo también abogo por la claridad en la poesía, las vanguardias espantaron a mucho público de la poesía, tanto experimentar hizo que la mayoría de personas no comprendiesen los poemas. Hay que recuperar la poesía-verdad.

B.M: —Sin dejar de estar de acuerdo, pienso sin embargo que la poesía debe tirar del lector, debe hacerlo crecer. En la ruptura, en la grieta está el poema. También es necesario un punto de extrañeza para desarbolar las convenciones y empujar al lector a terminar el poema.

(A petición de Vicente Barberá una persona del público se presta voluntaria para dar lectura al poema que figura en el díptico y con el que se clausurará el evento).

Antes de dar lectura al poema “Si de mí hablo”, el voluntario confiesa haberse emocionado con lo expuesto en el acto.

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Ronda de preguntas del público. (José Luis Vila Castañer)

Despedida

Vicente Barberá agradece la presencia de todos los asistentes y cede la palabra a Vicente Bosch, Directivo del Ateneo, que emplazó a los allí presentes a interesarse por la próxima entrega de los premios literarios que organiza y concede el Ateneo Mercantil de Valencia, una previsible fiesta de las letras que tendrá lugar los días 10 y 11 de mayo. Por último, despidió el evento no sin antes agradecer al público y a todos los participantes su presencia y colaboración.

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Foto general. (José Luis Vila Castañer)