Reseña publicada en “Todo Literatura”:

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Cadáver para un libro

Título: Cadáver para un libro

Autora: Davina Pazos

Editorial: Lastura

Género: poesía

Año de publicación: 2016

Número de páginas: 54

ISBN: 978-84-946036-4-8

 

`Muerte´ y `literatura´ son dos palabras que parecen tener algo siniestro y seductor en común, dos ejes temáticos íntimamente relacionados con la novela negra que han protagonizado buena parte de la mejor literatura detectivesca, policíaca o propiamente negra del pasado siglo.

    La muerte ya era uno de los actores protagonistas en el primer libro de Davina Pazos, Hasta la muerte… ¡carajo! (2006), como también lo fue en Voces (2014), libro anterior a este, en el que el profundo amor entre un hombre y una mujer es truncado por la muerte de este.

    Cadáver para un libro (2016) es el cuarto libro de Davina Pazos (Ecuador, 1973), inquieta y original poeta hispanoamericana, afincada en Madrid, que mereció el Premio de Poesía Ernestina de Champourcín (2007) por su obra titulada Lo que más me duele es tu nombre: libro en el que una madre desconsolada llora la pérdida de su hijo. Por tanto, el arraigo de la muerte en la poesía de Pazos es manifiesto, más que un tema recurrente, un rasgo de estilo que esta creativa autora se ha propuesto abordar de maneras y perspectivas diferentes.

    Es indudable el atractivo de la muerte, por su misterio, y el consabido temor que provoca, así como la particular relevancia que ostenta, ya sea como culminación accidental o natural de la propia vida o como radical elemento perturbador de las vidas de quienes han perdido a un ser querido.

    Aunque, aquí, he de corregirme. Davina Pazos no ha escrito un libro para hablarnos de la muerte, sino del crimen. Su protagonista y hablante lírico no es otro que un asesino despiadado que se jacta de serlo y cree que cumple una función moral, social e incluso artística con ello. Esto puede recordarnos a películas como El juego de Mr. Ripley o novelas como El perfume.

    Sus anteriores hablantes líricos clamaron las diversas facetas de un emocionario siempre efecto de la causa mortal. La riqueza aportada —desde una perspectiva diacrónica— por los diferentes puntos de vista de sus protagonistas, complejiza el hecho de dimensionar de forma maniqueísta la problemática y realidad expuestas en los poemas.

    Muerte, como entelequia de la vida. Asesinato, como sublimación de la maldad, desolación del cuerpo y redención posible más allá del dolor. Compleja asunción para el ciudadano medio que obedece a rajatabla las injustas leyes neoliberales y se escandaliza por cosas tildadas de inmorales que deberían naturalizarse: como el respeto al medio ambiente, a los animales, la igualdad racial y de género.

    El propio asesino sigue en los periódicos el desarrollo de la investigación de sus asesinatos y se indigna con los errores y las imprecisiones que cometen los periodistas: «Que corrijan mi nombre, / que me pongan fiebre, / que me den el lugar que me he ganado; porque amé mi arte / y en cada puñalada honré a mis muertos».

    Davina rompe el tópico del protagonista-víctima, títere al albedrío de fuerzas que le superan y perjudican sistemáticamente y pone en su lugar a un ser cruel que disfruta haciendo daño a los demás, se recrea en ello y nos lo cuenta. Este modo agresivo de conducir la narración es absolutamente adaptado —por ejemplo— a la naturaleza beligerante de los medios de comunicación de masas: presentadores, polemistas y demás fauna catódica.

    Poemas estróficos, escritos con cierta libertad pero sin renunciar a las combinaciones polimétricas de grupales núcleos imparisílabos, sin rima, no titulados (con números romanos) y mostrados en discurrir continuo, sin divisiones temáticas. Los versos de Davina Pazos componen treinta y seis poemas en los que el crimen es más que un motivo literario. Todo parece un juego. El anónimo asesino es un hombre sin escrúpulos que cree que sus víctimas son su obra. La autora, no escatima a la hora de narrar hasta el último detalle, incluso si la situación es del todo grotesca y espeluznante: «Me miraba, ya dije, / sanguinolentamente, / como si quisiera decirme / basta, / yo apretándole más le repetía / muere».

    La primera persona del singular, como forma verbal predominante, se dirige a sí misma, habla al lector y registra en negro sobre blanco los perversos y obscenos pensamientos que se agolpan en la enferma mente del asesino. Es por ello que el orden de los poemas no responde a una cronología incidental, sino a un itinerario mental que alterna descripciones e ideas para configurar su singular escenografía del horror: «Prefiero los que gritan, / maldicen o perjuran, / que miran a los ojos / y escupen o intentan escapar. // Le dan al juego un toque emocionante».

    Tiempo real, tiempo evocado y suspendido, entrecruzan sus urdimbres para potenciar el plano expresivo. Todos ellos conforman un presente transmutado que abraza una acción digna de ser cinematográfica.

    El cinismo y la ironía son mezclados en un discurso lírico que sobrepasa cualquier noción de dogma educacional y se instala en la anarquía: « ¿Decir algo? / Solo que de nada me arrepiento / y no me llevo nada a la conciencia / salvo el actuar / de acuerdo a mis pasiones». No nos engañemos: ante la descripción de un crimen, el morbo mantiene alerta los cinco sentidos de quien lo escucha. Somos seres humanos, carne débil con la que juega un autor que maneja y conoce los resortes y códigos que nos rigen y subyugan como individuos.

    La presencia del sufrimiento, de la injusticia, de la maldad ¿prohíbe aparecer a la belleza en sus actos? Preguntas como esta, plantea la lectura de Cadáver para un libro: un aparente juego sobre la estética del homicidio en el que subyacen profundas reflexiones filosóficas: «No les importa, no, / sino hasta que descubren / su vida entre mis manos / y cómo soy de inmenso / en mi leve momento de placer».

    De tendencia megalómana y narcisista, el hablante lírico reduce toda su parafernalia conceptual al placer, a la consumación de las bajas miserias del alma humana. Ello no le impide concebir el mundo de manera cainita y alzarse un incomprendido benefactor: «A veces un rumor que cubre el bosque / en otoño y frío. Nada más, / la carne con acrílico ilusorio / y a veces se decoran las paredes / con finas y sangrientas pinceladas».

    La pulsión del sociópata es análoga al ímpetu que mueve a un escultor a dar forma con sus manos a lo inefable: «Todo cuerpo es propicio a la belleza, / en un cadáver luce una congoja / y un artista suspira».

    ¿Hasta qué punto un sujeto demuestra con actos, aparentemente perturbadores y macabros, su locura o su genialidad? ¿Con qué debemos comparar lo digno, lo bello, lo apropiado? Sino con convenciones que estigmatizan lo diferente y temen a aquello que se les escapa.

    La autora no busca en ningún momento que el lector empatice con un protagonista de perfil psicópata, pero ¿es posible hacerlo? Poetas ilustres como Ignacio Caparrós o José Hierro aseguraban que es posible escribir un poema sobre cualquier cosa. ¿Escribir un poema sobre un asesinato a sangre fría es una frivolidad, algo de mal gusto o formaría parte del tácito pacto entre autor y lector para justificar lo original y realista de su ficción?

    Es absolutamente necesario que de vez en cuando tropecemos como lectores con libros que nos susciten estas y otras preguntas. La literatura no es mero entretenimiento, su función va más allá del embaucamiento, más allá de si es verdad o mentira aquello que se nos está contando. Los poemas de Davina Pazos tienen el don de indignarnos, de sobrecogernos y hasta de hacernos reflexionar. Su poesía es valiente y diferente, se desmarca sin ninguna duda de la tónica dominante que trazan poetas de su procedencia y promoción. Su poética huye del molde agrietado por el uso y se atreve a transgredir el tradicional abanico de lo correcto.

    Publicado con el número 66 de la colección Alcalima que dirige Isabel Miguel en el cada vez más consolidado sello Lastura Ediciones, Cadáver para un libro se erige como la síntesis de un tiempo de deshumanización y falta de empatía que cristaliza en una crueldad generalizada que se entrega a la satisfacción de las filias e instintos más primarios.

    Este libro nos deja con un sabor agridulce en la boca. Por un lado, nos enseña nuevos caminos para la obtención de la poesía; pero por otro, no solo no condena la actitud obscena de su hablante lírico, sino que nos muestra un tipo de belleza en ella que detestamos porque no la aceptamos moralmente ni la comprendemos. Quizás no acabemos de comprender, de digerir y aceptar la propuesta lírica que nos ofrece este libro, puede ser debido a múltiples motivos. No olvidemos que el arte debe ser libre. Quizás nos estremece pensar que lo único que da sentido al bien es el mal y eso nos inquieta. Quizás por ello no nos atrevemos a mirar dentro de nosotros y a  reconocernos. Quizás por eso no nos atrevemos a hacer las preguntas adecuadas.

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Davina Pazos

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Imagen  —  Publicado: 20 julio, 2019 en reseñas literarias
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Título: El desafortunado intento

Autora: María Marín

Editorial: Boria Ediciones

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 65

ISBN: 978-84-948552-3-8

No podemos reprochar que una joven poeta como María Marín (Cieza, 1991) sea pesimista en sus poemas. La realidad en España no es muy alentadora para cualquiera que todavía no ha cumplido los treinta. Tampoco es más prometedora la prosperidad mundial, mucho menos, para quien confía parte de su futuro a las Humanidades; menos aún, si eres poeta. Lo cierto es que, sin saber si los futuros libros de esta autora incursionarán en la desesperanza que manifiesta en su primera obra, este afortunado intento dibuja un retrato bastante realista de un fracaso tácito y general que no solo sirve a su autora para hundirse en las ciénagas de la melancolía.

   Alanceados en nuestra sociedad por noticias que ejemplifican cómo pervertir la moralidad y la educación: violaciones, acoso escolar, violencia machista, contaminación, corrupción; somos testigos de nuestra propia decadencia como seres humanos en todos los niveles. No es fácil, ante un panorama así y con una sensible personalidad en formación, tratar de hablar del mundo, y de nosotros en él, sin caer en algún grado de pesimismo.

    El desafortunado intento traslada al lector, ya desde su título, una noción de melancolía creativa que parte de la vivencia de una decepción  y más adelante descubriremos que no siempre conduce al hundimiento. A esto contribuye la catafórica información codificada en la ilustración de cubierta, obra de Diana Escribano Henarejos, en la que observamos medio rostro en negativo de un gato (enigmático animal que estará muy presente en el poemario) y el reflejo de un cementerio en su pupila.

    No es de extrañar que la preocupación por la muerte, o lo que es lo mismo, por el transcurrir de la cuenta atrás —tiempo— que nos conduce a ella, impregne a algunos poemas de un desasosiego existencial quizás demasiado rotundo en una poeta joven.

   En el prólogo a los poemas, escrito por Daniel J. Rodríguez, periodista también murciano y de la misma generación que la autora, se nos dice que María Marín escribe como vive, lo que anticipa una posible carga biográfica condensada en los poemas. También Rodríguez, quien fuese uno de los promotores y crítico literario de la recordada revista La Galla Ciencia, nos previene en su antesala acerca del autodescubrimiento y diálogo que el hablante lírico mantiene consigo mismo. La autora hace que el yo se mire ante el espejo y observe en él la distancia que todavía le impide reconocerse. Esta espeleología psicológica, sin duda, amplía el mundo interior del alter ego y dota al conjunto de autenticidad.

     Presentado sin parcelas temáticas, la hiperestructura de El desafortunado intento es un continuo de poemas que la autora no se ha obligado a etiquetar, por ello, algunos poemas carecen de título; y tampoco se ha obligado a ahormar sus contenidos al molde del verso: “La importancia de las cosas importantes” y “Mapas” son poemas escritos en prosa. Todo ello demuestra que la intuición juega un papel relevante en el proceso creativo de la autora. No forzar la inspiración obteniendo como fruto la impostura; no añadir ni embellecer de más; que importe más la verdad sobre la estética: todo esto convierte a lo incompleto, a lo no dicho, a lo asimétrico, en efectos de una encomiable y cara honestidad.

     Tal es la libertad creativa de María Marín que en el verso libre encuentra el acomodo perfecto para la respiración de sus versos, unos versos que encuentran un recurso enfático en el uso tipográfico de las letras mayúsculas.

     Hemos dicho que María Marín es una poeta joven, pero no debemos confundirla ni mezclarla con ese boom de poesía ligera que copa las listas de ventas. Luis Sánchez Martín, serio y valiente editor de Boria Ediciones, apuesta desde el año 2016 por nuevos autores que tengan algo —nuevo— que decir. Ello le desmarca de otros mercaderes del libro que encuentran en otro tipo de juventud voces que tienen algo que repetir.

    Las numerosas citas previas a los poemas conforman un sistema paratextual que aparte de revelar los referentes literarios de la autora, entre los que además de los consabidos escritores se encuentran grupos musicales como Dire Straits u Oasis, dialoga con los poemas a los que acompañan. Sorprende que las dos únicas referencias femeninas de estas citas sean Sylvia Plath y Agatha Christie. Las citas de Harold y Maude y Lo que el viento se llevó apuntan a que en el cine también la autora encuentra uno de sus numerosos abrevaderos culturales.

     Las palabras de otros, en ocasiones, sirven para introducir al poema y como elemento contrastivo, pues el lenguaje coloquial, y a veces radical, empleado en los poemas marca su diferencia. Pero en otras ocasiones, son los poemas casi las apostillas de las citas. La autora toma palabras incluso de las citas, y los versos —de alguna manera— concluyen lo anticipado en la paráfrasis (cita): « —Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa […]»; poema: «No sé si las olas / son infinitas / o es siempre una y la misma que, / indecisa, / viene y va […]». Marín nos habla del trasiego de las olas para referirse al tiempo, pero también nos habla del tiempo cuando recuerda a Red Butler, la campana de cristal de Plath o el relato de sus padres acerca de la desaparición de un pájaro. De múltiples y naturales formas somos introducidos en el universo emocional de la autora.

      Marín utiliza la primera persona del singular como enclave predominante del punto de vista de su hablante lírico, un yo poético que no dudará en emplear palabras malsonantes cuando la situación lo requiera. Aquí resuenan los ecos de un Bukowski algo domado como reminiscencia lectora.

    Quizás como recurso para desdramatizar el relato de la hiriente realidad y poder hablar de ella sin trivializarla ni parecer frívola, María Marín toma distancia a través de la ironía. Ese es su verdadero lenguaje. La causticidad, áspera condición de los humores acres, es uno de los rasgos predominantes durante todo el libro.

      El primer poema del libro es un microrrelato en toda regla: «Dime, ¿piensas en mí / como yo en ti? // Le dijo el caníbal / a su psiquiatra, / mientras se limpiaba la baba / con un pañuelo blanco». Y la idea de los caníbales persiste en el segundo poema, titulado “La consulta”, donde más allá de lo humorístico podemos interpretar la entidad del caníbal como la deshumanización del individuo personificada en una metáfora del zombi. El ser humano contra el ser humano. En este poema, los dos primeros versos se repiten anafóricamente al comienzo de sus tres estrofas: «Los caníbales siempre se me cuelan / en la consulta del psiquiatra», endecasílabo y eneasílabo perfectos como paralelismo sintáctico que trasluce una aliteración de la rutina.

     Este recurso volverá a aparecer en la página veintitrés en un poema sin título en el que dos heptasílabos de manual marcan el ritmo interior y la imagen y reflexión de la carencia en el poema: «A esta casa le falta / un árbol en el centro».

      El poema en prosa titulado “Mapas” resulta la página cualquiera de un diario. En él, la metáfora del mapa como ideario o proyecto de certidumbre sirve para comprobar lo irrefrenablemente cambiante de la realidad circundante o de la irrealidad pensada.

     La respiración poemática de María Marín en este afortunado intento por convertirse en escritora es un realismo desencantado y existencialista, quizás —y en ocasiones— sucio, por extensión de aquello que describe.

   Entre la acrimonia hay lugar para la emotividad, como en el poema titulado “Memoria”, donde tras la dedicatoria a las manos de su abuela, el hablante lírico es la propia abuela de la autora hablando en primera persona sobre la devastación de su Alzheimer: «Ahora que soy vieja, mis recuerdos han huido, / el Alzheimer me ha curado / de las muertes de la guerra y del tiempo, / pero me ha matado a mí y a mi familia […]».

    Los gatos —y esto lo sabe bien T. S. Eliot (citado al comienzo del libro)— son como nosotros no podemos ser, nobles, ingenuos, niños incluso siendo adultos, a la par que misteriosos, por lo que su parcela de verdad y belleza debe sernos vetada: «Donde duermen los gatos / debe ser otro lugar, / ellos lo guardan / y nosotros / —pobres mortales— / lo ignoramos»; «La paz debe ser / algo así como / un gato / tumbado al sol».

    Si en poemas como “De manual” podemos entrever una comprensible inexperiencia en el uso del coloquialismo, en poemas como “Troya”, la autora se reconcilia con la tradición: «Helena murió / y también sus gusanos»; «Helena, / sus gusanos, / la guerra, / las voces… / ¿hablarán de nosotros / cuando estemos muertos?». Estos dos últimos versos, además de repetirse anafóricamente en el poema, son una intertextualidad de referente cinematográfico.

   Y ya para terminar e invitaros a vosotros, los lectores, a vuestro particular descubrimiento de esta nueva escritora, señalo el acierto de rematar el libro con el poema “La importancia de las cosas importantes”, extenso y prosaico flujo de conciencia en el que la poeta cuestiona, no solo su escala de prioridades, sino también el baremo con el que la conforma: «Yo digo que lo intento, pero no intento,. Qué importancia tienen las palabras. Decirlo, digo. Decir las palabras. Decir las palabras no es intentar, no es actuar».

    Mentira, postureo, conveniencia, farsa: la hoguera de las vanidades está servida. Después de todo, lo que algunos consideran importante, no lo es para otros. Lo importante es que aquello que siempre es importante, más allá de que nosotros lo consideremos como tal, lo siga siendo. Y que siga escribiendo María Marín, sobre todo, con tanta libertad, es importante.

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María Marín

Imagen  —  Publicado: 17 julio, 2019 en reseñas literarias
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Título: La gota infinita del deseo

Autor: Roger Swanzy

Editorial: Amargord

Género: aforismo

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 65

ISBN: 978-84-949645-0-3

Inspirado por una exposición pictórica que ofreció el ya desaparecido y emblemático espacio cultural valenciano Café Malvarrosa, Roger Swanzy (Texas, 1963) compuso su primer libro hasta la fecha, una colección de aforismos titulada La gota infinita del deseo (Amargord, 2018). Inducido a la intuitiva creación y quizá somatizado por la arquitectura cromática de los artistas plásticos Salva Nebot y Ximo Amigo en 2014, este traductor y licenciado en Literatura Inglesa sometió a la síntesis y demás formalidades del aforismo todas sus ocurrencias.

    Este punto de partida trasciende en algunos aforismos un cromatismo por contagio: «Santa oscuridad…»; « […] abrazo de las sombras». Ello deviene en un imaginario que encuentra su natural metáfora en lo visual.

    El compendio aforístico viene precedido de dos significativas citas de Pedro Calderón de la Barca. En ellas, Swanzy nos previene acerca de la dicotomía entre el cuerpo y el alma como graduales partes de un ángulo global en el que el arte es diametral bisectriz del amor: «La unidad es la forma del agua, la sed es una esencia del alma, el agua tiene sed de ti».

    Estos, cerca de cuatrocientos aforismos, han sido publicados en orden cronológico respecto a su concepción, dato que aporta el gran poeta valenciano Juan Pablo Zapater en el epílogo al libro. Esta presentación, además de formar un recorrido de lectura análogo al itinerario creativo —con todas las iteraciones temáticas y deslumbramientos que ello conlleva—, manifiesta una tendencia del autor a adelgazar sus aforismos, los cuales comienzan a resolverse entre los cuatro y un renglones para terminar culminándose entre uno y dos.

    Esta tendencia  a la brevedad es síntoma de madurez expresiva —teniendo en cuenta que el español no es su lengua vernácula— pero también, de la intertextualidad del libro consigo mismo: el autor aprovecha lo dicho en las primeras páginas del libro para jugar con las elipsis, la figuración enclítica o lo tácito implícito. Dicho tratamiento cohesiona sus partes y lo convierte en un macrotexto de naturaleza palimpséstica.

    El diseño de cubierta del libro, a cargo de Gemma Pérez Canales, ilustra con apenas elementos un claro mensaje: todos procedemos de un acto sexual entre dos amantes. Es decir, no somos ajenos a ese amor que conduce o incluye al erotismo, al contrario, provenimos de él. Y es el erotismo solo un punto de partida para erigir una aforística al amor, al deseo, al cuerpo, a la soledad o a la belleza: verdaderos protagonistas de este viaje en pequeñas dosis de filosofía e ironía.

   El tono apologético hacia el amor y sus innumerables afecciones resulta en una exaltación de la vida que compone su propia gramática del anhelo. Reconocernos en el otro, sentir en él nuestro vacío es el resorte que invita a desear, a apasionarnos. Swanzy no invoca el placer como fin de un sistema sensorial de vocación hedonista, sino como una llave que da acceso a otra dimensión de la conciencia.

    El propio Zapater llama «ocurrencias líricas» a los aforismos de Swanzy y no le falta razón. Algunas de sus sentencias cuadran su ritmo con el patrón alejandrino: «Las madres tienen una voz que nos acaricia».

    En líneas generales, lo lírico de estos aforismos deviene en un romanticismo que resulta elegante, dada la sensibilidad del autor, sin ser empalagoso. En ocasiones, la dificultad de evitar los lugares comunes —algo a lo que se enfrenta todo escritor romántico— es sorteada con la elección de un nuevo punto de vista del hablante lírico: «En tus entrañas, espero el relámpago que eres»; «Ella ponía el listón tan alto que él no podía pasarse de listo».

    Swanzy dota a sus aforismos de humor, crítica, duda o certeza, según convenga al natural discurso de una conciencia embebida de su experiencia vital y subyugada por la significativa —y quizás análoga— abstracción del arte.

    La liquidez del punto de vista abarca lo descriptivo de un nanorrelato: «El vestido cayó en silencio. Muy pronto iba a empezar el abrazo de las sombras»; la enunciación dialogística: «Eva. Todas las frutas hablan de ti»; o la definición perifrástica: «Beso. La palabra invisible que flota en cada cuadro».

     El afán de Swanzy por ser original y no redundar en lo ya dicho le lleva sin tapujos a romper el cliché: «Eres la gota que colma el beso».

    La perturbadora provocación que puede sentir un voyeur frente a sus tentaciones físicas se presenta salvaje o domada, según el momento angular emocional del autor en el momento de su enunciación. Decir, es pervertir, en boca del irreverente: en la desautomatización de lo correcto reside buena parte de la reinvención.

     Hemos hablado de romanticismo, de sensibilidad, como temas y formas conductistas de la expresión, pero ello no implica que el autor rehúya ser visceral, carnal o hasta pornográfico en algunos pasajes: «Cautivo de calor y con la revista en la mano, las caricias nocturnas quieren convertir la oscuridad en miel»; «Descubrimiento adolescente: la saliva es un lubricante».

     Es tal la correlación entre los elementos que equilibran algunos aforismos, y es tal, también, su universalidad como símbolos, que de la inversión de ambos —cuando el sistema es binario— nacen otros aforismos no escritos que nacen y viven durante solo unos segundos en la mente del lector: «La complicidad siempre busca un guiño» (pág. 50); «Saber inventarse es otra forma de mirar» (pág. 45); «Soñamos ver las fotos invisibles de los ruidos» (pág. 45).

    Editados a razón de entre siete y diez aforismos por página, la poética de Roger Swanzy se revela humana y telúrica, dinámica, efusiva y palpitante. Atender la anatomía del cuerpo humano es auscultar la fisicidad del universo, contemplar la maqueta fractal de un todo dividido en muchas partes que se necesitan. En la alteridad se representa esa sed de unión que padece el huérfano de axiomas y de tiempo; en el amor, la gravedad de los cuerpos: «La seducción es la estructura oculta del cosmos».

    Roger Swanzy nació en Denton, Texas, en EEUU, en 1963. Licenciado en Literatura Inglesa y Norteamericana en Austin College, Sherman, Texas (1986). Trabajó como artista escénico en el Dallas Theater Center durante dos años (1986-1988). Obtuvo una beca del Gobierno de Taiwán para estudiar chino en Taipéi (1988-1990). Actualmente es traductor autónomo especializado en traducciones técnicas, comerciales y literarias. Ha realizado traducciones para catálogos de exposiciones de varios artistas españoles como Gabriel Alonso, Juan Cuéllar y Marina Núñez, entre otros. En colaboración con Editorial Media Vaca, ha traducido el libro, La vida secreta de los libros (Media Vaca, 2003). Reside en España desde 1990 y actualmente vive en Valencia.

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Imagen  —  Publicado: 12 julio, 2019 en reseñas literarias
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Publicado en el número 42 de la revista “Hojas en la Acera”:

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Fotografía de HABY Getty

Fotografía: (HABY / Getty)

El haijin japonés asume que la naturaleza es la obra abierta más extensa e importante ante la que jamás se encontrará. Esta concepción naturocentrista es un axioma no cuestionado debido a su constante y manifiesta reafirmación. ¿Por qué `obra abierta´? Porque los seres humanos, como inteligencias lectoras, hacemos en ella nuestros propios recorridos de lectura, nuestra propia interpretación sobre la emoción que generará la experiencia y —en el mejor de los casos— su paso al conocimiento. Nos encontramos en ella al tiempo que, de alguna manera, la hacemos nuestra, pues la hollamos e indefectiblemente herimos al causar en ella nuestra huella.

    ¿Por qué `extensa´? Debido a su singular forma de perpetuarse en el tiempo. La naturaleza construye —y es— lo perenne y encuentra su renovación a través de pequeñas muertes. Los árboles se secan y deshojan para volver a florecer; las criaturas se devoran entre ellas para sobrevivir: hasta el suceso más aparentemente trágico, en ella, tiene alguna lectura positiva, algún atisbo de continuación de la vida. Y es que su extensión es, para nosotros, inabarcable, se remonta al principio de los tiempos. Los animales y las plantas poblaban este mundo mucho antes de nuestra existencia, no nos han necesitado nunca. Ni que decir tiene que este hecho se confirma también a escala universal: la formación de los planetas, sistemas solares y galaxias no ha tenido ningún testigo humano y sin embargo, todo ser vivo procede de ese ciclo.

    ¿Por qué `importante´? Quizás porque ante el espejo de lo perenne el mortal advierte sus limitaciones. Quizás porque en esa naturaleza que no nos necesita se encuentra toda la belleza y grandeza que nos es vetada pero regalada al mismo tiempo. Quizás porque lo es todo. Y en ese todo, el que piensa, intuye la nada.

    ¿Qué es el tiempo, desde una perspectiva antropológica, sino una continuación de sucesos? ¿Cómo podríamos cartografiar la historia del tiempo sin actos-coordenadas ocurridos en ese espacio-tiempo continuo y tan extenso como complejo de mensurar? El acto, el hecho, lo que ocurre es la unidad de medida para el cronista, es el equivalente del año luz o la unidad astronómica para el astrónomo. El haijin debe ser un cronista fiel de esa realidad que ha vivido y lo ha emocionado hasta cambiarlo, por tanto, su escritura debe contabilizarse por sucesos.

    Deducimos, pues, que el suceso es algo irrenunciable en un haiku. Factor indispensable que irrumpe en el transcurrir de las cosas y genera con su presencia esa sutil reconstrucción-interpretación de lo ocurrido. Un haiku es solo una de las exégesis posibles de ese gran libro abierto que es la vida en su equilibrado ciclo con la muerte. Sin suceso, no hay haiku.

     El acto, según Aristóteles, quien acuñó el término, es lo que hace ser a lo que es:

Junto con la potencia explica el movimiento y resuelve la antinomia entre lo permanente (Platón) y lo mudable (Euclides de Megara). La realidad se ordena jerárquicamente desde la pura potencialidad (la materia prima) al acto puro, libre de potencialidad (el primer motor inmóvil). El concepto aristotélico de acto ha influido en la filosofía escolástica (especialmente en la dilucidación de la naturaleza de Dios, Acto Puro) y en la filosofía idealista. El acto es así concebido como presencia capital de perfección[1].

     Por más belleza que encontremos en un haiku, aunque ostente una profunda evocación, una eléctrica transmisión sensorial y cumpla escrupulosamente con la inclusión de una palabra estacional, métrica clásica y demás rasgos exigibles a esta composición poética, no merecerá llamarse `haiku´ si en ella no se cuenta un suceso vivido. Por tanto, hemos de excluir todo poema comparativo, hiperbólico o meramente expresivo de nuestro mundo interior o descriptivo en cuanto a cosas inertes no involucradas en la acción del mundo.

     La importancia del acontecimiento, del suceso en el haiku, va más allá del requisito funcional regido por las características del género. Si pretendemos transmitir la emoción sentida tras un encuentro con algo inesperado, es evidente que no podremos hacerlo sin referirnos al mismo. Ahora bien, existen varias maneras de evidenciar ese hecho desencadenante en el poema.

     Una de ellas es contarlo explícitamente en los versos: «mandil en mano / la viejecilla echa al río / cáscaras de cebolla» (Félix Arce, Recogido en el agua[2]). En estos versos encontramos un hecho elidido, el de la vieja pelando las cebollas, pero no es ese hecho —no presenciado por el haijin— lo verdaderamente importante, sino el suceso que aparece en el poema y que verdaderamente le conmina a escribir su haiku. Es necesario discernir en esta fenomenología explícita e implícita el acto desencadenante.

      Por otra parte, es completamente válido relegar el acto principal del poema al terreno de la elipsis, evidenciar a través de los elementos poemáticos que sí aparecen en el poema un suceso que tanto a estos, como al propio poeta, subyuga: «primer día de otoño… / algo diferente en el aire / de la tarde» (Félix Arce, Recogido en el agua).

     Esta inclusión enclítica del acontecimiento que da lugar al poema requiere de una especial habilidad por parte del haijin, pues no todos los elementos poemáticos introducidos en el poema pueden ser interpretados de la misma manera por el lector. Tanto el orden de aparición, como la propia naturaleza de los elementos no responden a connotaciones canónicas en la mayoría de los casos, por lo que una libre lectura e interpretación de los mismos puede hacer fracasar el acto comunicativo.

    De cualquier manera, el acto como elemento desencadenante debe incluirse en nuestro haiku. De lo contrario, habrá quien pueda considerar que aquello que hemos escrito corresponde  a un  zappai: poema japonés de 5/7/5 sílabas en el que no hay suceso, pues su razón de ser es una idea u ocurrencia: «Los premios póstumos / se otorgan con desgana / y algo de lástima» (Mario Benedetti, Rincón de haikus[3]).

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Acto_(Arist%C3%B3teles)

[2] Libro de Félix Arce Araiz publicado por Ediciones de la Isla de Siltolá en 2018.

[3] La edición manejada es la publicada por Visor en 2001.

Imagen  —  Publicado: 9 julio, 2019 en artículos
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Crónica publicada en “Todoliteratura”:

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Fotografía de I. Piñol. En la foto Juan Luis Bedins, María Teresa Espasa, Mar Busquets y Elena Torres

Fotografía de I. Piñol. De derecha a izquierda: Elena Torres, Mar Busquets, María Teresa Espasa y Juan Luis Bedins.

El pasado miércoles, 3 de julio, en el salón de actos de la Fnac (San Agustín), en Valencia, tuvo lugar un acto literario de primer nivel convocado por CLAVE (Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios). La poeta valenciana María teresa Espasa fue invitada a ofrecer un encuentro-recital basado en toda su trayectoria literaria. Juan Luis Bedins, como presidente de CLAVE, poeta y amigo de la artista convocada, resultó un presentador de lujo, pues como él mismo comentó, a Espasa le une varias décadas de amistad y un sinfín de anécdotas y complicidades.

    A partir de las siete de la tarde el público fue ocupando sus puestos en un foro que se llenó casi por completo. Teniendo en cuenta que el evento tuvo lugar durante la primera semana de julio y las altas temperaturas que sofocaban buena parte de la Comunidad Valenciana, podemos decir que el acto fue un rotundo éxito de asistencia.

Fotografía de I. Piñol

Fotografía de I. Piñol

    La importancia de Teresa Espasa pudo apreciarse, no solo en la cantidad de público que se congregó a escucharla, sino también en la calidad del mismo. Escritores como Ricardo Bellveser, Blas Muñoz, Ángel Calpe, José Antonio Mateo Albeldo, José Lapasió, Roger Swanzy, Vicente Barberá, Ana Fernández de Córdova, Miguel García Casas e Isabel Oliver se dieron cita para arropar a la gran dama de la poesía valenciana.

    Juan Luis Bedins comenzó el acto entrevistando cercanamente y de manera excelente a la autora de Tanto y tanto silencio (Vitruvio, 2014). De esta manera pudimos conocer parte de la extensa carrera, no solo literaria, sino periodística, docente y cultural —con letras mayúsculas— de la autora convocada. Las preguntas de Bedins sirvieron para dar a conocer al público la etapa radiofónica de María Teresa Espasa, hace ya algunos años, al frente de un programa cultural que se emitía a través de la Cadena COPE. Así como también conocimos la dilatada labor como editora de María Teresa Espasa al frente del sello Página Cero Ediciones, todavía activo, y de la revista literaria Corondel, ya desaparecida, pero en proyecto de recuperación.

   La sabiduría y buen hacer de Juan Luis Bedins hizo posible conocer que la poeta invitada es fundadora de la Tertulia Literaria La Buhardilla, asociación a través de la cual realizó seminarios, encuentros y premios de poesía; precisamente, Mar Busquets, quien se encontraba allí presente, fue la ganadora de la única edición del premio de poesía que María Teresa Espasa convocó en 1991, como resultado, Busquets publicó su primer poemario La pausa.

   Bedins siguió entrevistando a Teresa Espasa y así la poeta evocó los tiempos en los que gestionaba eventos y presentaciones para El Corte Inglés, ciclo por el que pasaron muchos de los mejores poetas valencianos y no valencianos y que cristalizó con la publicación de los famosos Pliegos de Ítaca.

  A Bedins y a Espasa acompañaron las escritoras Mar Busquets y Elena Torres, destacadas voces poéticas valencianas que compartieron con el público las particulares experiencias que desde hace muchos años comparten con la autora. Asimismo, ambas poetas leyeron poemas de Teresa Espasa antes de retirarse por motivos de agenda.

  Miguel García Casas, profesor de declamación, profesor de Biología y artista polifacético, demostró con su impresionante intervención —leyó un relato contenido en el libro El laberinto de Venus (Lastura, 2017) — que Teresa Espasa no deja de ser poeta ni cuando escribe narrativa.

    Bedins dio paso al poeta valenciano Blas Muñoz Pizarro, quien emocionado agradeció a la poeta haberle abierto las puertas de la literatura valenciana cuando este decidió regresar a la escritura allá por el año 2006. Blas Muñoz forma parte junto a Teresa Espasa, Vicente Barberá, Antonio Mayor y Joaquín Riñón, poeta recientemente desaparecido, del grupo literario El limonero de Homero, hermandad ya ilustre en la capital del Turia que proyecta en breve la aparición de su quinta antología. Muñoz Pizarro dio lectura a un poema inédito en libro de Teresa Espasa que dejó de serlo al ser publicado en la revista valenciana de poesía Crátera, publicación para la cual Blas Muñoz tuvo efusivos elogios.

    Ana Fernández de Córdova acertó en su intervención al señalar que este acto adquirió tintes de homenaje, dada la relevancia cultural y humana de Teresa Espasa y debido a las constantes muestras de cariño y admiración de las personas intervinientes.

    El artista polifacético José Carlos Lloréns, quien se encargó además de dar testimonio gráfico del evento a través de sus fotografías, también intervino y dedicó unas palabras a Teresa Espasa, momento que culminó con la lectura de uno de sus poemas.

   Representando a la Casa de Chile en Valencia intervinieron Noemí Lagos (su presidenta) y Alicia Flores, quienes también leyeron textos de Teresa Espasa y comentaron uno de los últimos proyectos literarios de la autora valenciana. Y no es otro que la antología hispanochilena Puente de Poesía (Hispanochilena Ediciones, 2019) recientemente presentada en la Universidad de Valencia, en la que participan poetas chilenos convocados por Amely Duavauchelle y poetas españoles invitados por María Teresa Espasa.

    Bedins colocó acertadamente a Teresa Espasa en la lista de ilustres poetas valencianas, como: Amalia Fenollosa, Francisca Aguirre o María Beneyto, pero la comentada y conocida entrega humana de Espasa durante varias décadas, promocionando, descubriendo, forjando e incluso patrocinando a poetas la distinguen por su dimensión humana del resto: algo que sin duda engrandece su figura y contribuye a construir su condición de institución de las letras valencianas.

    La propia María Teresa Espasa dio lectura a uno de sus poemas y se dio concluido el acto, seguido de una fuerte ovación del público.

Imagen  —  Publicado: 8 julio, 2019 en crónicas
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Artículo publicado en Todoliteratura.es:

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Las revistas literarias, en general, y las revistas de poesía, en particular, siempre han tenido una importancia singular, lo queramos o no, pues han cumplido y cumplen una función cultural y social que no cae en saco roto para investigadores e historiadores.

Itinerarios canónicos o alternativos de críticos y lectores, las revistas literarias, además de constatar un hecho literario dominante o lo heterogéneo de su práctica, sirven de lentes de aumento para enfocar y corregir —en muchas ocasiones— el estrabismo de los denominados `medios oficiales´.

Cuando las revistas de poesía producen contracultura enriquecen el panorama cultural e intelectual y favorecen el contraste de sus propuestas con el —en ocasiones— monológico escenario de fondo. Sus funciones pueden ser variadas y en algunos casos sus roles trascienden a los de aparentemente meros glosarios de palabras.

Por ejemplo, en la complicada época de la posguerra española, a revistas como El Español, La Estafeta Literaria, Garcilaso y Espadaña se unieron escritores ajenos a las posturas políticas que estas dos últimas defendían: la poesía, como dice Francisco Brines “nos educa en la tolerancia”; gracias a ellas pudieron conocerse escritores desconocidos —incluso se conocieron ellos entre sí— y se pudo evitar que otros escritores fuesen silenciados por motivos ideológicos.

Por supuesto, aquí en Valencia tenemos la suerte de haber tenido la labor editorial de Corcel de Ricardo Blasco o Verbo, revistas que a mi parecer, merecen un mayor estudio y divulgación del que han tenido. Entre los años 1960 y 1962 Jacobo Muñoz editó ocho números de la revista La Caña Gris, una publicación de la que todavía se habla que contó con textos de Vicente Gaos, Juan Gil-Albert, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente, César Simón o Jaime Gil de Biedma, entre otros.

La historia valenciana anterior al presente nos deja los legados, no menos valiosos, de las revistas Corondel o Clave Literaria,

Por lo general, toda revista de poesía nace de una vocación particular, sin apoyos de las administraciones de turno y a veces, sin el apoyo de otras personas que batallen con el mismo compromiso que su fundador o fundadores, por lo que la tendencia de este tipo de publicaciones es a desaparecer. Recordemos la famosa Caballo verde para la poesía, donde el genial Pablo Neruda publicó su histórico manifiesto sobre la poesía pura, la cual desapareció, o la desaparecieron tras publicar su tercer número debido al estallido de la guerra civil española.

Con referencia a todo lo anterior, es muy destacable el importantísimo rol que desempeñó Papeles de Sor Armadans, revista que tuvo como buque insignia al propio Camilo José Cela, motor y responsable de dar voz a tantos artistas, intelectuales y poetas españoles exiliados y silenciados, como también a poetas extranjeros que en su país de origen sufrían la inquisición de tiranas dictaduras.

Por tanto, y a pesar de la nueva democratización de la cultura que ha provocado Internet y la llamada comunidad global, solo comparable a la aparición de la imprenta, las revistas siguen siendo, más allá de si su naturaleza es únicamente antológica en cuanto a creación o incluye además opinión crítica e investigación, no solo un foro para la expresión de artistas e intelectuales de toda alcurnia, sino una foto fija y un rico e irrepetible repositorio literario de un contexto histórico-cultural, y por tanto, social.

En este sentido, Antonio Cruz Romero (Almería, 1978), narrador, traductor, y poeta, como fundador y director de la revista Atonaal ha venido a aportar su insustituible pieza del puzle. De periodicidad semestral, Atonaal acaba de alumbrar su segundo número,  treinta y seis páginas en las que podemos encontrar poemas de Joan Margarit, Eloy Sánchez Rosillo, entre otros, pero también ilustraciones de Susana Benet o Hilario Barrero.

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De vocación antológica y una importante presencia pictórica, Atonaal ha requerido a los poetas que han participado en ella un denominador común: «En las alas invisibles de la poesía. Los pájaros y los poetas». Orbitando ese eje temático se encuentran los textos y dibujos en una armonía que cohesiona y da empaque al conjunto.

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Editada por Malfario Ediciones, Atonaal (n. º 2) cuenta con un óleo en su cubierta de Renée van Leeuwen. Grapada, con interiores en blanco y negro y exterior en color, la revista posee unas manejables medidas de libro: 15 x 21cm. Su precio es muy asequible, cinco euros, algo circunstancial si tenemos en cuenta  que la nómina de poetas convocados en este segundo número impresiona.

A continuación y ya para terminar, el índice de contenidos del número de dos de Atonaal, revista que tiene por sobrenombre o subtítulo Revista de poesía (y otras hierbas infumables).

Urraca, SUSANA BENET (acuarela) • p. 5 Aves, REYES SIERRA (fotografía) • p. 6 JOAN MARGARIT • p. 9 HILARIO BARRERO • p. 9 Pato, SUSANA BENET (acuarela) • p. 10 NICOLÁS CORRALIZA • p. 11 JESÚS MONTIEL • p. 12 ANTONIO RIVERO TARAVILLO • p. 13 MIGUEL VEYRAT • p. 14 SUSANA BENET • p. 15 Bandada de mirlos, HILARIO BARRERO (ilustración) • p. 16 ANTONIO CRUZ • p. 16 Familia que vuela unida permanece unida, HILARIO BARRERO (ilustración) • p. 18 JOSÉ INIESTA • p. 22 ELOY SÁNCHEZ ROSILLO • p. 25 Pájaro d’ors, SUSANA BENET (ilustración) • p. 26 JAMES WRIGHT / ROGER WOLFE • p. 28 JOSÉ LUIS PARRA • p. 29 Cuervo, SUSANA BENET (acuarela) • p. 30 FRANCISCO ÁLVAREZ VELASCO • p. 31 Pájaro troyano, HILARIO BARRERO (ilustración) • p. 31 WILLIAM BLAKE • p. 32 JOSÉ LUIS LÓPEZ BRETONES • p. 34 DIEGO RECHE• p. 35 Familia numerosa, HILARIO BARRERO (ilustración)

Imagen  —  Publicado: 5 julio, 2019 en artículos
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Publicado en “El Cotidiano”:

http://www.elcotidiano.es/aladin-un-musical-genial-cuelga-el-cartel-de-no-hay-entradas-en-valencia/?fbclid=IwAR0tV6kMrICkaZ4q7vJa70k1TUJE6dJNykX6lN8AcaOBaULBldlaTP6g7uY

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El pasado lunes, 24 de junio, el Auditorio de Torrente (Valencia) acogió la representación única de Aladín, un musical genial, una obra dirigida por José Tomàs Chàfer y producida por Laura Borràs y Josep Mollà de Trencadís Producciones.

    El coliseo torrentino llenó todas sus localidades en lo que se preveía una fiesta para grandes y mayores. La conocida historia de Aladín y Jasmín, pareja de enamorados Disney por excelencia, no defraudó y el público aplaudió cada cierre de canción, intervino dando la réplica coral a uno de los personajes y terminó agitando los brazos y ovacionando efusivamente al elenco protagonista.

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    A pesar de representarse en un solo acto y con tan solo siete actores, el musical de Aladín está lleno de color y música, de danza, magia y aventuras. Sorprende cómo una escenografía de base fija resulta tan versátil como la utilizada en esta obra; buena parte de responsabilidad de su dinámica visual recae en una excelente iluminación, un fastuoso vestuario y en medidas coreografías.

    Los actores se multiplicaron y encarnaron a otros personajes en un ir y venir de cambios de vestuario. La comedia estuvo garantizada por las ocurrencias de Yago, las salidas de tono del Sultán y Jafar, pero sobre todo, por un genio socarrón que casi arranca la carcajada del público con cada intervención. El elenco actoral al completo estuvo magnífico. Vocalmente, fue destacable la aportación de la actriz valenciana Carmen Peinado, a quien ya vimos interpretando a Bella en Bella y Bestia. El musical: su sensibilidad, potencia y afinación llenó la sala de la emoción y calidad de los grandes espectáculos.

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Carmen Peinado (izquierda) y Mary Porcar (derecha).

    La magia estuvo también presente en esta historia de princesas, genios y ladrones. Su momento culminante fue el sorprendente viaje de la pareja protagonista sobre una alfombra voladora.

    Recomendable para todos los públicos, especialmente el más pequeño, este cuento musical conmueve y entretiene a partes iguales. El triunfo del amor sobre la adversidad es la historia de Aladín y Jasmín, personajes inmortales que ya han encontrado su lugar de honor en el imaginario colectivo.

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Ficha técnica:

Dirección: Jose Tomàs Chàfer

Texto y letras: Josep Mollà

Música original: José Doménech

Diseño de luces: Juanjo Llorens

Figurinista: Joan Miquel Reig

Escenografía: Luis Crespo

Coreografía: Pachi G. Fenollar

Peluquería y caracterización: Inma Fuentes

Asesor de magia: Nacho Diago

Entrenadora vocal: Mavi Lorente

Marionetas y elefante: Enric Juezas

Música original de fondos: Pau Seguí

Maestro de armas: Luis Manuel Leal (Legend)

Fotografía: Pepe H.

Diseño gráfico: David Sueiro

 

Reparto:

Carmen Peinado: Jasmín

Paco Ivàñez: Aladín

Adrián Romero: Genio

Àngel Crespo: Jafar

Marino Muñoz; Sultán

Héctor González: Yago

Mary Porcar: Aya

Imagen  —  Publicado: 26 junio, 2019 en crónicas
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Crónica publicada en “Todo Literatura”:

https://www.todoliteratura.es/noticia/51169/presentaciones/ricardo-virtanen-presenta-intervalo-su-ultimo-poemario-en-la-libreria-soriano-de-valencia.html?fbclid=IwAR2z5lGmRPbWs-kNosvNYjzHLeWVppqiGio-SsbXupOjAL45x_OLkylHl8k

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Ricardo Virtanen (izquierda) y César Gavela.

El pasado sábado, 8 de junio, la Librería Soriano de Valencia acogió la presentación de Intervalo (Libros del Aire, 2019), sexto poemario de Ricardo Virtanen (Madrid, 1964). El acto, con horario atípico para este tipo de eventos, comenzó a las 12 horas y fue presentado por el escritor y periodista César Gavela, quien agradeció al autor su presencia por venir desde Madrid y a quien definió como artista polifacético (pintor, escritor, músico) además de docente de dilatada trayectoria.

    Con Intervalo, Ricardo Virtanen obtuvo el Premio de Poesía “José Luis Hidalgo” 2018 del Ayuntamiento de Torrelavega. El poeta y crítico literario Carlos Alcorta, quien formó parte del jurado que premió el libro, estuvo presente en el acto como editor de Libros del Aire.

    Gavela, en su exposición, apuntó también que Ricardo Virtanen ha publicado libros de texto, como Lengua resuelta (1999) y es además un destacado aforista. En cuanto al libro, Gavela señaló que se estructura en cuatro partes de doce poemas cada una y todas ellas componen un itinerario vital y sentimental ligado a la experiencia amorosa. Ello incluye múltiples reflexiones acerca de la esperanza, el destino, la búsqueda, el tiempo, la incertidumbre y el sueño, escenario emocional de una conciencia efervescente que se consagra a la liturgia de la palabra.

    Por su parte, Ricardo Virtanen aclaró que el título del libro alude al intervalo vital y temporal que media entre dos relaciones amorosas. Hizo saber al público que la imagen de cubierta del libro corresponde a uno de sus cuadros. Lo biográfico se une a lo metapoético, a lo cubista y ultraísta de una mirada artística que media en el decir del conmovido. Virtanen añadió que este libro inaugura una trilogía que se completará en el futuro y supone la publicación de su primer libro de poesía discursiva. Él mismo señaló su dedicación casi plena hasta ahora por la literatura breve: haikus, aforismos o epigramas.

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    Tras una extensa lectura del poemario, Ricardo Virtanen cedió al público el turno de palabra, por lo que el también aforista Roger Swanzy le preguntó si esa trilogía a la que pertenece Intervalo posee una temática concreta o tiene algún hilo conductor. Virtanen respondió que no y anticipó la publicación en breve de nuevas obras.

    Tras esto, el poeta invitó al escenario a la joven valenciana Carla Juárez, quien con su singular voz interpretó en directo y en varios idiomas un exquisito repertorio de bossa seguida a la guitarra por el propio Ricardo Virtanen. “Garota de Ipanema”, “Wave”, “Eu sei que vou te amar”, “Desafinado”, “Corcovado” y “It´s wonderful” convocaron todos los sabores y colores de este género musical brasileño con influencias de jazz para clausurar un acto que arrancó el aplauso del público con su excelente colofón.

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Carla Juárez y Ricardo Virtanen

Imagen  —  Publicado: 14 junio, 2019 en crónicas
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Nota de prensa publicada en “El Cotidiano”:

http://www.elcotidiano.es/se-reeditan-las-divinas-palabras-de-valle-inclan-a-cargo-de-david-acebes-sampedro/?fbclid=IwAR1cRj5yH2Du6qkYtbvaChuBylfRMbyZFTI4GkBjV6pYK-Qzf_wJrgW0yT8

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La madrileña Ediciones Irreverentes, que obtuvo en 2014 el Premio a la Mejor Labor Editorial, otorgado por la Asociación de Autores de Teatro, publica Divinas Palabras, en una edición crítica a cargo del escritor vallisoletano David Acebes Sampedro.

    Divinas Palabras  es una de las obras más conocidas de Valle-Inclán. Publicada por primera vez en 1919, no fue representada hasta 1933. Supuso la culminación de un ciclo mítico, con una estética muy cercana al esperpento. Escrita para ser leída más que para ser representada, su acción transcurre en una Galicia rural detenida por el tiempo, llena de mendigos y romeros que muestran lo peor de la condición humana.

    Para David Acebes Sampedro (Valladolid, 1976), encargado de esta nueva edición crítica, Divinas palabras «se construye a partir de una dualidad sostenida entre el bien, que representa la figura de Pedro Gailo, y el mal, representado por Lucero. Lo curioso de este conflicto es que no solo Lucero/Lucifer es el que comete todos los pecados, sino que su acusador Pedro Gailo también los comete, sobre todo los pecados de soberbia, avaricia y lujuria, que son ante todo pecados humanos».

    Ramón María del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, 1866 – Santiago de Compostela, 1936) fue novelista, dramaturgo y cuentista. Autor de obras teatrales como El marqués de BradomínRomance de lobosLos cuernos de don Friolera o Luces de bohemia; fue el creador del esperpento, género literario que se caracterizó por la presentación de una realidad deformada y grotesca y la degradación de los valores consagrados a una situación ridícula.

    Divinas palabras supone el n. º 106 de la colección de teatro de Ediciones Irreverentes, que cuenta entre sus títulos publicados con obras como El jardín de los cerezos, de Chéjov o Tartufode Molière.

Imagen  —  Publicado: 23 mayo, 2019 en publicaciones
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Título: Los falsos días

Autor: Jesús Cárdenas

Editorial: Alhulia

Género: poesía

Año de publicación: 2019

Número de páginas: 93

ISBN: 978-84-120098-2-8

Los falsos días

Jesús Cárdenas Sánchez (Sevilla, 1973) hace ya algunos años que viene siendo el Woody Allen de la poesía española contemporánea, seguramente habrá otros casos, pero el fluido ritmo de publicación —un poemario nuevo cada año— de este poeta sevillano no le impide cohesionar buenas obras, como por ejemplo, Los falsos días (Alhulia, 2019), libro que nos ocupa, el cual fue finalista en el XXXIII Certamen Andaluz de Poesía “Villa de Peligros”.

      La luz de entre los cipreses (2012), Mudanzas de lo azul (2013), Después de la música (2014), Sucesión de lunas (2015), Los refugios que olvidamos (2016), Raíz olvido (2017) y ahora Los falsos días, constatan que Cárdenas Sánchez está viviendo un momento de plenitud creativa que sin duda le ha llevado a la madurez poética.

     Escindido en cinco movimientos: “Preludio a la realidad”, “Penumbras de la realidad”, “La realidad ardiendo”, “Los falsos días” y “Saber romperse”, dicha parcelación ya avanza una honda reflexión sobre lo real cotidiano que encontrará su antítesis en lo irreal memorístico para terminar en una mutación del yo que asumirá ambas experiencias como parte del proceso vital.

      Un anticipo propedéutico —aunque bien podría colocarse al final del poemario e incluso ser más significativo— resulta el poema inaugural titulado “Invitación”, donde la noche y el día, o la oscuridad y la luz, delimitan con su maniqueísmo un territorio emocional donde la memoria y la realidad turnan corporeizarse en palabra jaculatoria. Concebido a modo de advertencia dariniana, en sus últimos versos, el poema rompe el pacto ficcional e invita al lector a leer también su propia vida: «Deja el libro: hemos transcrito otro. // Entra y cierra la puerta».

   Ya desde su primer poema advertimos que el ritmo, delator habitual de infraestructuras menos manifiestas, devela una estructura formal que abunda en la construcción imparisílaba de los versos. Este hecho demuestra que al fervoroso ímpetu de una voz poética que necesita comunicar, se une el artesanal trabajo de orfebrería de un poeta con oficio que entiende que no solo en aquello que se dice reside la poesía de un mensaje, de una idea, sino también en el cómo.

      La acerada piel de una ciudad hostil y fría es el escenario del primer movimiento, casi una narración fílmica del recuerdo nocturno de un amor que se pregunta y huye de sí mismo: «En nuestros sueños nos convocaba la luna callada / y, en algún momento, tras los pájaros, / llegábamos a conspirar contra ella».

      Las descripciones del hablante lírico son muy visuales, incluyendo una écfrasis de un cuadro de Adolph Menzel, su mirada recorre los escenarios físicos detallando cinematográficamente sus pormenores a la manera de un narrador intradiegético: «En otro lado de la escena, / alguien enciende un cigarrillo / observando la búsqueda». Títulos de algunos poemas “Serie B”, “Darkness” y alusiones a películas concretas “El retorno” demuestran que la referencia cinematográfica trasciende lo visual para significar su icónica simbología.

    Advertimos la urbanidad, la humedad de la noche, pero también un desencanto general, como si el entorno somatizara las emociones del hablante lírico hasta el patético hastío de la inconformidad: «Roto el sueño, el abismo te devuelve / del barranco a la náusea en que te hallas».

     Como obedeciendo a la cita de Hauden que encabeza el segundo movimiento: «No hay poeta que pueda proporcionar verdad alguna sin haber introducido en su poesía lo problemático, lo doloroso, lo caótico, lo feo», Cárdenas Sánchez nos sumerge en la oscuridad de su propuesta sin más arma que una palabra etérea e inmaculada, ajena a las tinieblas de lo físico, una palabra: «con la que mirar los ojos limpios de lo oscuro». Por tanto, su deseo es hallar la belleza de lo feo, la esencia en lo insignificante inmediato.

      Su fe en la palabra, y por ende el lenguaje, hace que ningún fracaso sea definitivo. La capacidad de decir es motivo de optimismo y regocijo ante la incertidumbre y la adversidad: «Es halago del hombre, / triunfo de la especie; vibra en el aire / la génesis de la intuición. // Has de saber que nada / se perderá definitivamente».

      Así, esta segunda parte subraya la posibilidad demiúrgica del hacedor de palabras, la simbólica justicia literaria frente a las injusticias de la realidad. Decir, sigue siendo estar vivo, sigue siendo amar. Y la palabra se alza como heroína misteriosa que atraviesa la noche silenciosa, insoluble y resuelta, grácil en su majestuosa invisibilidad: «Silencio ahora: / dejemos que sus pasos alineen sus vértebras / y recen en la noche». Ella germina una esperanza sin nombre y convierte el poemario en una alegoría metaliteraria.

      La cotidianeidad está ahí, frente a nuestros ojos, con su agónica rutina, sus naufragios diarios; en ella, la palabra, es capaz de obrar el milagro. El poeta, pues, que: «es capaz de incendiar / las tardes melancólicas, / los muros infinitos / bajo cielos rojizos de lava», armado de ella, está obligado moralmente a renombrarlo todo.

     La realidad ardiendo es el recuerdo flamígero del amor, un amor que encuentra analogías en lo lingüístico para ejemplificar la sistematicidad de su abrazo. En este apartado el afán descriptivo del poeta propicia la multiplicación metafórica, la riqueza de tropos y el resultado es “La realidad ardiendo”, uno de los mejores —y más extenso— poemas del libro, lleno de matices e interpretaciones de lectura: «Me fueron vedados tu nombre y tu cuerpo […] / huidos ya al abismo de los astros. / Inútil de alcanzar, por más que lo evocara. / En ese momento recordé el náufrago / que, en aguas quietas, traza, / abatido, con luz descolorida, / el reflejo de lo volátil / en la curvatura del tiempo».

       El apartado “Los falsos días” se compone de cuatro poemas y supone la revelación de la herida. Al desconcierto por carecer de respuestas a las grandes preguntas del ser humano, se añade la tautología de la muerte, que se dice a sí misma en cada peligro, con cada ausencia. Llegados a este punto, la reflexión existencial choca contra algo insondable que la sobrepasa y muestra su verdadera cara.

       Ello motiva que en el siguiente y último bloque, el poeta descanse la posibilidad de su salvación en el amor. Las promesas de amor, el baile de los enamorados y de todo cuanto les rodea inunda “Saber romperse” hasta convencernos de su posibilidad de curación. Jesús Cárdenas persiste en su gran tema para decirnos que quien ama es más feliz que quien no lo hace e ignora las mismas respuestas. El amor es en sí una dulce espera que a su vez es respuesta involuntaria a todas las preguntas.

      Los falsos días es un libro agradecido, que nos deja entrar en él con la facilidad que una flor, por más que la arranquemos, no evita que la observemos, regalemos y olamos. Sus versos se nos entregan desnudos, impregnados del néctar de la buena poesía, esa que lejos de la mercadotecnia y el aparatoso ruido de prefabricadas poéticas nos sigue recordando que en la claridad y el trabajo sigue estando el triunfo.

    Jesús Cárdenas es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla, ejerce como profesor de Enseñanza Secundaria. Ha obtenido el primer premio de poesía en el XVI Certamen José María de Los Santos y en el VI Certamen Florencio Quintero; y ha participado en el Concurso Internacional de Poesía Latin Heritage Foundation (EE.UU.). Imparte talleres de creación y ha sido coordinador del curso de verano en la Sede de la Universidad Pablo de Olavide en Carmona y del Programa de Creatividad Literaria dispuesto por la Junta de Andalucía los últimos dos cursos. Colabora en revistas impresas y digitales y ha participado en diversas antologías. Algunos de sus poemas han sido traducidos al rumano, bable, italiano e inglés.

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Jesús Cárdenas Sánchez

Imagen  —  Publicado: 21 mayo, 2019 en reseñas literarias
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