Reseña publicada en el número 2 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”.

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Título: Tú me mueves

Autor: Agustín Pérez Leal

Editorial: Pre-Textos

Género: poesía

Año de publicación: 2016

Número de páginas: 66

ISBN: 978-84-16453-50-4

Podemos decir que la obra como poeta del turolense Agustín Pérez Leal (1965) no es muy extensa en lo material, sí en lo temporal, y lo que es más importante, es densa en lo lírico. Tú me mueves es el tercer poemario del autor de Cuarto Cuaderno o Libro de Siberia (Pre-Textos, 2001), La noche en Arras, también publicado por Pre-Textos, supuso su segunda obra en 2006.

    El libro que nos ocupa viene refrendado por el criterio de los imponentes jurados de los Premios de la Crítica Literaria Valenciana y el Internacional de Poesía “Antonio Oliver Belmás” de Cartagena, certámenes en los cuales ha sido escogido como ganador.

    Ya en La tumba de Orfeo, plaquette auspiciada en 2014 por la Comunidad Budista Soto Zen Luz Serena, y merecedora del premio “Naturaleza y conciencia”, se intuía el cariz de lo que los japoneses cercanos al haiku llaman «de lo sagrado» al referirse a iluminaciones ante la naturaleza que inducen a una trascendencia interior.

    Referirnos en nuestros versos a la naturaleza, es por extensión, referirnos al dios que la ha creado; o al menos así puede interpretarse esta afirmación en clave religiosa. Los poemas de Tú me mueves no ocultan su aspiración a un misticismo experiencial, de hecho, el propio título corresponde  a un verso  del soneto anónimo del siglo XVI, titulado “A Cristo crucificado”, casualmente, una apelación mesiánica que mucho tiene que ver con este libro, puesto que todo él es una gran apelación.

    No en vano, el primer poema de Pérez Leal en este libro lleva por título “A la luz del sol”. Tomando la naturaleza como el equivalente terreno de lo divino, podemos decir que la poética del autor es excéntrica  geométricamente, sus metáforas y aparente variedad de temas componen un dibujo hecho con puntos que a su vez forma una recta que, al ser tomada como eje de giro de la figura o cuerpo central de la obra, hace que se superpongan todos los puntos y se revelen análogos: naturaleza/dios, mundo interior/mundo exterior: Alta brisa del sol, sagrado ahora / posado sobre el alma del aceite: / yo sólo quiero ser, por un momento / esta carne que no sabrá morir… Estremece, por tanto, su unicidad, algo que comprobaremos conforme vayamos adentrándonos en sus cuarenta y un poemas. Y si estos versos anteriores hubiesen sido un colofón perfecto al primer poema, en la siguiente página comprobamos que su última estrofa continúa, y lo hace desvelando una moralidad oculta en el curso de la luz: […] sin comprender antes, / luz que atiende y desoye / porque sabe, y se da, / y nada más le queda por hacer.

    Los títulos emplean su valor catafórico para precisar una coordenada espacio-temporal en lo que supone un continuum de imágenes y reflexiones concebidas por los sentidos, principalmente la mirada, pero digeridas tras su emoción por una honda reflexión. Así en el poema titulado “Sinagoga de agua” encontramos estos versos: Por eso los bordados / de piedra, al excavar / con manos de dolor la roca viva. // Por eso este silencio / desnudo de la luz / que dora el río dulce del verano.

    La luz adquiere un valor trascendental en las esculturas lingüísticas de Pérez Leal. Propensa a iluminarnos, el poeta encuentra en ella la metáfora perfecta para encontrar —por ejemplo— la pertinencia de lo inevitable: El pie está muerto, la cabeza viva. / La noche ensaya su disfraz de aurora. / Con su lanza de luz, paloma loca, / lava el alba las sombras de la tierra.

    Próximo a la poética del último Vicente Gallego, el poeta entrelaza versos desnudos componiendo aparentemente sencillas guirnaldas que una vez paladeadas resultan ser más graves y profundas que lo que se prevé complejo: Como amantes oscuros, / dueños de un mismo idioma inexplicable, / seamos uno en otro / cauce y caudal, en donde el mundo es uno.

    El poema titulado “Tanka” reza así: Sobre el estanque / se han posado un momento / seis alas frías. // Sucede el mundo. La brisa se las lleva. Ciñéndonos al canon de la tanka japonesa, dicho poema es correcto en su argumento, pero para serlo también en lo métrico y formal observo dos carencias: necesita dos sílabas más en su cuarto verso y quizás una cesura en la primera estrofa.

    En el poema titulado “La obcecada” encuentro la mejor versión de Pérez Leal. Nueve versos le son suficientes para narrar de forma omnisciente el nacimiento de una strelitzia tan condenada como ajena a la hostilidad de su entorno. Ese irrefrenable surgir de la belleza, ese nacer y morir incomprensible al ojo de quien piensa, más que una analogía sobre la vida y la muerte, incardina reflexiones mucho más amplias que el hecho descrito: ¿es mala la nieve? ¿Es absurdo esperar para ser? ¿Es nuestra cerrazón paso a tragedias? Todo eso y mucho más entraña la lectura de estos versos: Ayer nevó en la sierra, / no lejos de la casa. / En el jardín, ave del paraíso / sin alas ni horizonte, la strelitzia / ha comenzado a florecer. / El frío es denso aún; pero ella insiste. / Su corazón no sabe de estas cosas. // Y en esa obcecación / le va la vida.

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Agustín Pérez Leal

    La armonía mística en Pérez Leal no abusa de hosannas, ni se viste de atuendos excesivamente clásicos; posee en algunas partes resonancias de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, pero se esfuerza por actualizar un canto en el que paulatinamente va desvelándose el amor, un amor al que no intuíamos protagonista, pero que irrumpe con todo su fuego y exige la renuncia al cuerpo para fundirse con todo aquello que se ama.

    Conforme vamos llegando al final del poemario, el hablante lírico va sumiéndose en una catarsis de liberación y éxtasis que lo induce a emplear más referentes religiosos, así como a hablar por aquello a lo que antes describía: Que somos salvos. / Que somos los libertos de la Tierra: / los cimarrones puros, mixtos puros, / ansiados por la luz del Paraíso.

    Tú me mueves es un canto dialogístico que no siempre busca una respuesta tras su interpelación. La respuesta aparente, no se da en el texto, se revela inaudible en la emoción del lector. La no voz de ese interlocutor es flexión, desinencia que atañe a una amplificación de la propia conciencia que se reconoce a tientas en la hipotiposis de lo sagrado.

     «Renunciar a la posesión ha sido la piedra de toque de la excelencia del espíritu y de la sabiduría, en la tradición utópica religiosa y política» (Francisco Díaz de Castro). Ese desapego es plausible en la contemplación de lo permanente, en la vida austera, reflexiva y autocrítica de quien no honra lo superfluo y efímero y halla ejemplos de equilibrio universal en lo particular y cotidiano.

    Quizá lo único reprochable del libro, en lo formal, sean sus múltiples asonancias. Tanto el verso blanco como su axis homeopolar, llevados a cabo desde el principio, presentan sus fisuras a través de versos parisílabos —en menor medida— y asonancias —de mayor presencia— que no empañan en absoluto la solvencia lírica del conjunto.

    La poesía de Pérez Leal nos sumerge en un silencio contemplativo que invita a reflexionar, pero también a perderse y dejarse llevar por cada ignorada brizna de belleza que nos rodea. Porque la tarea del poeta no debería ser otra que hacernos regresar a la verdad, dimensión platónica que reconocemos porque a ella hemos pertenecido, pero quizá también nouménica e imposible para quien entre sus pérdidas irreparables llora también a la propia inocencia.

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Generación Crátera

Publicado: 10 junio, 2018 en publicaciones
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Número 4, de próxima aparición.

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Contenidos de número 4. Especial de poesía hispanoamericana

Portada y contraportada: Juan Carlos Mestre

Inéditos (Ilustración de portadilla de Jorge Mejías Garrón)

Hugo Mujica, Mercedes Roffé, María Negroni, Miguel Ángel Zapata, Nilton Santiago, Paulo Franchetti, Caridad Atencio, Laura Giordani, Arturo Borra, Carlos Castillo Quintero, Carlos Roberto Gómez Beras, Pedro Antonio Valdez, Álvaro Torres-Calderón, Boris Rozas, Silvia Goldman, Abel Dávila Sabina.

La mirada de Basho (Ilustración de portadilla de Sara García Lafont)

Mirta Gili, Elías Dávila, León Leiva Gallardo.

Experimental (Ilustración de portadilla de Jorge Mejías Garrón)

Rosa Gravino, Maya López Muro. (Selección de David Acebes Sampedro)

Traducción (Ilustración de portadilla de Abel Dávila Sabina)

Mónica de la Torre (inglés), por Antonio Martínez Arboleda; Angela Gabriela Nache Mamier (rumano), por Elisabeta Botan; Stelios Hourmouziadis (griego), por Natasa Lambrou.

La entrevista (Ilustración de portadilla de Hilario Barrero)

Aníbal Cristobo es entrevistado por Jorge Ortiz Robla

Investigación (Ilustración de portadilla de Jorge Mejías Garrón)

“Hablar y deshablar, tener y destener. La innovación lingüística en la poesía de Juan Gelman como vestigio de la herida”, por Marisa Martínez Pérsico; “La poesía de Jacobo A. Rauskin: período del escepticismo”, por José Vicente Peiró; “Ficciones fónicas”, por Gabriela Milone.

Reseñas (Ilustración de portadilla de Hilario Barrero)

“El frío de vivir” de Sergio García Zamora, por Adalber Salas Hernández; “Margen interno. Ensayos y semblanzas” de Juan Malpartida, por Juan Marqués; “Décimas lezámicas” de Roberto López Moreno, por David Acebes Sampedro; “Los habitados” de Piedad Bonnett, por José Ángel
García Caballero; “Mar en los huesos” de Juana Goergen, por Álvaro Hernando; “Borealis” de Rocío Cerón, por Gregorio Muelas Bermúdez; “Los espejos comunicantes” de Óscar Hahn, por José Antonio Olmedo López-Amor.

Leído por (Ilustración de portadilla de Juan G. Sorlí)

“El último apaga la luz” de Nicanor Parra, por Ramón Campos; “Un hogar fuera de mí” de Luciana Reif, por Bibiana Collado Cabrera; “Cesto de trenzas” de Natalia Litvinova, por Jorge Ortiz Robla; “Indrets del temps” de Ramon Xirau, por Eduard Xavier Montesinos.

 

 

Publicado en “Todo Literatura”:

https://www.todoliteratura.es/articulo/recomendados/tiempo-silencio-mitica-novela-luis-martin-santos-sigue-muy-vigente-57-anos-despues/20180515102315047635.html

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Título: Tiempo de silencio

Autor: Luis Martín-Santos

Editorial: Austral

Género: novela

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 286

ISBN: 978-84-322-1569-8

Austral reeditó en 2013 la novela por la que el novelista Luis Martín-Santos pasó a la historia de la literatura española, y me refiero a “Tiempo de silencio” (1961). En 2017 llega al mercado su tercera edición, una edición de carácter definitivo, puesto que en ella se incluyen todos los textos que fueron suprimidos por la censura del régimen franquista; y sin duda, esto es una buena noticia.

    Martín-Santos nació en Larache (Marruecos) en 1924 y falleció en un accidente de coche en Vitoria en 1964. En el transcurso de su corta vida estudió Medicina en la Universidad de Salamanca, doctorándose en Madrid. A partir de 1951 se hizo cargo de la dirección del sanatorio psiquiátrico de San Sebastián, ciudad en la que residía desde 1929. Su obra literaria completa la componen cuatro ensayos: Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental (1955), Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial (1964), El análisis existencial y Escritos escogidos (2004); una selección de textos inéditos que suponen sus cimientos filosóficos. Asimismo es autor del relato «Condenada belleza del mundo». Póstumamente fueron publicados por Seix Barral dos títulos más: Apólogos (1970), una miscelánea de textos del autor y Tiempo de destrucción (1975), novela inacabada que pretendía ser la continuación de Tiempo de silencio en su aspiración por conformar una trilogía.

    Bajo una historia aparentemente poco interesante, hasta poco original, la cual se desarrolla en mayor porcentaje en los suburbios de un Madrid poco desarrollado, Martín-Santos entregó su particular revolución a la novela realista española a través de una apuesta no temática, sino de estilo. Un monótono costumbrismo afectaba a la novela realista española de la época, fueron años en los que bajo una dictadura cualquier texto a publicar era sometido al escrutinio de los censores del régimen. Por tanto, por un lado, la tendencia del creador era coartada e invitada a transitar lugares —permitidos— comunes; pero por otro, las circunstancias también propiciaban que algunos autores no exiliados decidiesen afrontar un complejo desafío, un desafío creativo.

    Esta opción eligió Martín-Santos y aunque su novela sufrió la amputación de algunos fragmentos por la censura, pudo publicarse y fue entendida por los críticos como el paso de un realismo del siglo XIX a la modernidad del siglo XX. Su autor renunció a la estructura formal de su tradición más inmediata y adoptó un arriesgado estilo ecléctico, y en algunos casos neovanguardista, que ya anticipaba de alguna manera la posterior eclosión del culturalismo.

    La historia de Pedro, un investigador médico que experimenta con ratones para encontrar la causa y posible cura de un tipo de cáncer hereditario, es en manos de Martín-Santos un pretexto ideal para presentar la sociedad estratificada de la época. El protagonista representa esa clase media y también un antihéroe, mientras que su amigo Matías pertenece a una clase superior, adinerada y con contactos importantes. Por su parte, la escoria de la sociedad es la mayor representada, personajes como Muecas o Cartucho encarnan, por un lado, el afán superviviente con o sin dignidad, y por otro, la maldad, el odio y el desprecio por la vida.

    Sin alusiones directas en su argumento a la realidad política de aquellos años, Martín-Santos no da puntada sin hilo en la elección de protagonistas y las circunstancias que experimentan. Pedro investiga con ratones en su laboratorio y se ve obligado a interrumpir su investigación ya que debido a la falta de instrumental y medios económicos —crítica a la inversión en investigación— sus ratones escasean y además, no procrean según lo previsto. Razón que lo lleva a visitar a Muecas, un pobre desgraciado que vive en un poblado de chabolas infestado de ratas. Allí, Muecas parece haber encontrado la solución a la cría de ratones, el calor. Las dos hijas del suministrador de roedores acurrucan en su pecho a los animales y al calentarlos con su propio cuerpo estos se ven poco después empujados a procrear.

    Pedro se traslada por dos razones: las hijas de Muecas pueden haber enfermado de cáncer, debido a su cercanía a los ratones, lo cual demostraría que la causa es vírica y podría encontrarse una vacuna, y la segunda y más poderosa razón: en la pensión de mala muerte donde se hospeda encuentra el amor en Dorita, nieta de la casera.

    Florita, una de las hijas de Muecas se ve a escondidas con Cartucho, peligroso maleante de navaja que intervendrá poco pero de manera contundente. Matías llevará a Pedro de borracheras y prostíbulos, también a una conferencia de un famoso filósofo, a lo que sucederá el embarazo y accidental aborto de Florita, lo cual desencadenará toda una trama de investigaciones, odios, arrepentimientos y gama de acciones instintivas que dará paso a un inesperado final.

    Puesto al nivel de Faulkner y el propio Joyce, Martín-Santos hace alarde de numerosos recursos literarios para desarrollar su historia. Todo en ella es excesivo: las aliteraciones, anáforas, polisíndeton, epítetos, subordinaciones; su  amplísima gama de recursos, pero también su acidez, su ironía, su vocación destructiva en cuanto a clichés narrativos, convierten a toda la novela en un experimento hiperbólico de densa y complicada lectura. Se nombra a algunos personajes por procesos metonímicos con relación a sus características, el libro se divide en 63 secuencias no separadas mediante numeración ni título; un simple doble espacio puede suponer un salto temporal o espacial. Abundan los cultismos, arcaísmos, neologismos y también hay una renuncia al uso de algunas mayúsculas y cursivas, por ejemplo en nombres propios, extranjerismos e incluso renuncia a términos castellanizados o castellaniza extranjerismos.

   Esferoidal, fosforescente, retumbante, oscura-luminosa, fibrosa-táctil, recogida en pliegues, acariciadora, amansante, paralizadora recubierta de pliegues protectores, olorosa, materna, impregnada de alcohol y derramado por la boca, capitoné azulada, dorada a veces por una bombilla anémica cuyo resplandor hiere los ojos noctámbulos, arrulladora, sólo apta para el murmullo, denigrante, copa del desprecio de la prostituta para el borracho, lugar donde la patrona vuelve a ser un reverendo padre que confiesa dando claras y rectas normas mediante las que el pecado de la carne es evitable, longitudinal, túnel donde la náusea sube, color tierra cuando el gusano-cuerpo entra en contacto con las masas [..].

    A pesar de sus numerosas prolongaciones retóricas, la narración consigue ir remontando sensiblemente esos descensos al exceso. Uno de los recursos que mejor se utiliza e influye en esa recuperación es el monólogo interior. Si bien el narrador de esta novela podríamos considerarlo omnisciente, en ocasiones se focaliza en algunos personajes, otras veces se aparta, pero el hecho de que comente y opine sobre la acción lo acerca al rol de autor implícito. Dicho monólogo interior es libre en sus mejores pasajes, ayudado por una digresión que raya lo poemático en sus fluidos de conciencia irracional.

    Múltiples decisiones del autor, como el maridaje entre el barroquismo, realismo dialéctico o lo que es lo mismo, invertir a lo Góngora la escala de valores literaria en  la que el significante es más importante que el significado, hace que el efecto más poderoso y sorpresivo sea el de la desautomatización. Un entierro es narrado como si un grupo de operarios estuviesen compitiendo alegremente en sus horas de trabajo; unas chabolas apestosas son descritas con la magnificencia que sería descrito un alcázar, y así vamos siendo sometidos a un desencuentro entre un lenguaje que jerarquiza sus objetivos y una realidad que es simbolizada en arquetipos irreverentes. El extrañamiento del lector ante esta obra es mayúsculo, casi tanto como el poder transformador y corrosivo que el entorno lleva a cabo en los personajes.

    ¡Allí estaban las chabolas! Sobre un pequeño montículo en el que concluía la carretera derruida. Amador se había alzado —como muchos siglos antes Moisés sobre un monte más alto— y señalaba con ademán solemne y con el estallido de la sonrisa de sus belfos gloriosos  el vallizuelo escondido entre dos montañas altivas, una de escombrera y cascote, de ya vieja y expoliada basura ciudadana la otra (de la que la busca de los indígenas colindantes había extraído toda sustancia aprovechable valiosa o nutritiva) en el que florecían, pegados los unos a los otros, los soberbios alcázares de la miseria.

    El final de la novela, por no destriparla a quienes no la hayan leído, es iluminador en cuanto al rol existencial de su protagonista. En sus reflexiones reconocemos quizá una moderna e igual preocupación, la de no reconocernos en la inacción. Entonces, eran tiempos de silencio, sí, pero no reaccionar ante las circunstancias no es tan grave como no sentirse indignado por no sentir indignación. Ese rotundo mensaje trasciende a la lectura y demuestra la vigencia de una historia no tan lejana como pueda parecer.

    De tan actualidad puede considerarse que hace solo unas semanas (26 de abril) tuvo lugar el estreno de la primera adaptación teatral de la novela. El académico José Luis Gómez llevó al Teatro de la Abadía la representación a cargo del director suizo-alemán Rafael Sánchez. Lola Casamayor y Fernando Soto son dos de los siete actores con que cuenta el reparto. Ya en 1986 el director de cine Vicente Aranda adaptó la historia al cine sin demasiado éxito, esperemos que su paso por el teatro, con todos los desafíos y dificultades que propone, sea de mayor recorrido.

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Luis Martín-Santos

 

Publicado en “Círculo de Poesía”:

https://circulodepoesia.com/2018/04/poesia-espanola-heberto-de-sysmo/

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Publicamos tres textos inéditos del poeta español Heberto de Sysmo, seudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor (Valencia, 1977). Además de poeta, también es crítico literario y cinematográfico, ensayista, cronista, articulista y divulgador científico. Redactor y colaborador en medios de comunicación, nacionales e internacionales, digitales e impresos, como: Revista de Letras (La Vanguardia), La Galla CienciaEl Coloquio de los PerrosCaoCulturaPeriódico de Poesía (UNAM, México), Crítica (Universidad de Puebla, México) y así hasta más de cuarenta, en los que realiza una intensa labor crítica y periodística. Miembro del consejo editorial y Delegado Territorial en la Comunidad Valenciana de Todoliteratura.es.

 

 

PALABRA MANDÍA

 

Tu belleza me increpa.

Sí, pienso en desvestirte

y desglosarte inmune.

 

Mi cuerpo es amasijo de materias

desconcertadas, su ínfula inasible,

transfigurada y sísmica,

reconfigura la cartografía:

mi craquelada piel.

 

Cróbilos, frondas, lazos: fractaria porcelana

en reverberación por ti:

estruendo mudo.

 

Encallar en tu costa inexplorada

invita a desguazar mentira y muerte,

dolor anacoluto, sobreexpuesto

a ardidas luminarias de tus orbes.

 

Cincelo el petroglifo que en tu carne

horada la avenida del delirio,

tiento la algarabía de una música

entre la esquizofrenia y el milagro;

lloro tendido, soy espejo

de tu mundana herida.

 

Desollar tu epidermis,

ser tatuaje, no: hueso;

columna que vertebre tu inocencia

para, después, herirla y corromperla

como jamás se ha visto.

 

En tu cuerpo, mi escombro

recuerda que fue muro.

Siento —metralla inmóvil—

haber explosionado

frente a una flor que nace.

 

Palabra fuego.

Nuestras lenguas en celo

—apéndices comunicantes—,

no saben más idioma que el contacto

de los cuerpos, cercados y ateridos

a este tiempo caníbal, distancia sin espacio,

de quien por hambre come.

 

 

 

 

 

 

 

  

 

HOMEOLOGÍA

(Receta casera de la poesía)

 

«Solo aquellos que ardieron como cirios

en los templos vacíos del silencio,

son dignos de fervor y seguimiento».

Ignacio Caparrós

 

 

Revierte tu tristeza en un cuaderno.

Añádele dos lágrimas.

Ahora ciérralo bien fuerte.

Apriétalo contra tu pecho.

Agítalo.

Transfiérele tu fe y confianza.

Guárdalo en un lugar fresco y seguro.

Espera un tiempo.

Sí,                                    mucho tiempo.

Tiene que fermentar en el olvido.

Y cuando aquel dolor

que dio origen a su escritura

te impulse a regresar a sus páginas,

comprobarás que debes ofrecerlo;

ya que tal vez, no a ti,

pero sí a otros muchos

será capaz de restaurar su daño.

 

 

 

 

 

 

TATUAJE

  

Arrugas en la frente son renglones vacíos.

Las “haches” por detrás de las rodillas

son insonoras huellas.

La “i griega” entre tus ingles y tus muslos

es el canope vaso que contiene la vida.

La “o” duerme en tus ojos,

los paréntesis en tus nudillos;

en la cartografía de la carne

también se manifiesta esta tragedia.

En esta anatomía de asterisco

vibra una turbamulta de pulsiones,

impulsos que en el signo encuentran cauce.

La “uve” está en el óvalo del rostro,

tu sexo en su cabello porta un mundo

—mosaico enrevesado de formas y textura—,

por eso cuando hacemos el amor

somos palabras nuevas.

Publicado en “El Mundo” (edición de papel, Comunidad Valenciana) del lunes 23.4.18

Autor del texto: Ricardo Bellveser 

Temática: sobre el libro “Polifonía de lo inmanente. Apuntes sobre poesía española contemporánea (2010-2017)” de José Antonio Omedo y Gregorio Muelas (Lastura Ediciones & Ediciones El Juglar, 2017).

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De 40 autores, 12 son valencianos

El crítico valenciano José Antonio Olmedo López-Amor, utiliza como “percha” de introducción a su libro de rarísimo título, “Polifonía de lo inmanente”, escrito en coautoría con el también valenciano Gregorio Muelas, una definición del poeta y profesor Jaime Siles, que dice: “La poesía es un estado de gracia, como la crítica lo es —o debería serlo— de conciencia”, interesante por lo que tiene de particular.


Mi titularidad académica universitaria es de ‘Crítica Literaria’, asignatura que en otros momentos se llamó ‘Poética’, terminología tomada de Aristóteles, incluso ‘Literatura Comparada’, y como tal la he entendido en el ámbito filosófico de la frase de Siles, pues para mí la Crítica Literaria significa pensamiento y reflexión pero además hay que exigirle que cumpla una función mediadora.


Este volumen de 328 páginas (coedición de Lastura Ediciones y Editorial Juglar, diciembre de 2017), selecciona a 40 autores sobre los que construyen unos “apuntes sobre poesía española contemporánea 2010-2017”, de los cuales, al menos doce son valencianos y el resto, mayoritariamente, andaluces o aragoneses, lo que hace pensar que para los autores la poesía española hoy, pasa por estos territorios. 


A Joseph Addison, (1672-1719), un personaje realmente interesante cuando se habla de estas materias, le leí la siguiente maldad: “una buena señal para distinguir al crítico que carece de gusto y de instrucción es que raras veces se aventura a alabar pasaje alguno de una obra que no haya sido previamente bien acogida y aplaudida por el público, y que su crítica se ensaña en los defectos y errores más leves de un autor. En este su empeño, el crítico tiene tantas probabilidades de éxito, que aún el más vulgar lector, a la aparición de algún poema nuevo, posee la agudeza y mala voluntad bastante, para poner en ridículo algunos pasajes del mismo, y ciertamente, a menudo con razón”
José Antonio y Gregorio, en su libro, no sé si conscientes o no, se han puesto en fila en esta tradición de pensamiento, lo que incluye la concepción de la crítica literaria como un estado de conciencia a lo que yo acabo de añadir el concepto de mediación. 


Vamos a ver: entre las múltiples fórmulas de comprensión de la crítica literaria, prevalece la crítica erudita, aunque en mi opinión, el factor dominante debe ser el gusto. Se lo hemos oído antes a Joseph Addison luego no hablamos, de ninguna novedad.


José Antonio señala, en su introducción, que la crítica literaria “nunca ha dejado de ser necesaria”, por supuesto, eso la historia nos lo desvela, y Gregorio da un paso más y se pregunta “¿qué ocurre ahora?”. Ese es el quid de la cuestión, aparte de distinguir entre crítica e ideología, porque el prestigio de la crítica y teoría literaria marxista, representada por Mijaíl Bajtín, introductor del concepto de éthos, ética, desbancó a todas las demás, y pasó, ya en el siglo XX, del formalismo ruso, a la estilística europea (Dámaso Alonso) o la crítica estructuralista (Barthes).


Los autores de este libro miran con simpatía las posiciones postmodernas como las de Luis Alberto de Cuenca, quien considera que hoy el lector ha sustituido a Zeus por Supermán y reinterpretan a críticos futuristas como sucede con el Canto a la máquina de Cano Ballesta ––la vida corre y los autores consideran como de especial interés a poetas ‘vivos’ como García Baena, al que el tiempo se ha llevado este mes de enero–– , pero no hay intención antológica en las autores seleccionados.


El libro se divide en dos partes, la primera es de teoría literaria, de todo aquello de lo que venimos hablando desde hace unos minutos aquí, y la segunda es una relativa aplicación del mundo teórico, aplicación sobre casos, libros y autores concretos. Pero recuerdan los autores que este libro no tiene ni propósito, ni deseo, ni intención, ni finalidad antológica , sino que reúne una lista de escritos críticos que los dos autores han venido elaborando durante el último lustro, desde 2013 cuando empezaron a publicar estos artículos, guiados principalmente por la subjetividad . 


Por esta razón, a mí personalmente, mucho más que los poetas y escritores seleccionados, me interesa el discurso del método que desde la diletancia han establecido en las 75 primeras páginas, de formulación severamente teórica. De todos modos, son 40 las reseñas sobre otros tantos poetas o escritores, relación en la que figuran poetas muy conocidos y populares, y otros casi secretos por su juventud o porque sus obras han trascendido poco públicamente.

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Publicado en “Todo Literatura”:

https://www.todoliteratura.es/articulo/poesia/mirada-silencio-viaje-helenico-miguel-romaguera/20180421130146047379.html

Mirada de silenci

José Antonio Mateo Albeldo señala en el prólogo a Mirada de silencio que este poemario es una revisión de un opúsculo publicado por Romaguera en 1983. Entonces, supuso su segunda publicación como poeta, tras Semillas (Síntesis, 1978), y ha esperado casi tres décadas para revisitarlo y reescribirlo, como ya hiciese con su citada primera obra y con Jardín de ida (1984), por el que consiguió uno de los premios literarios más prestigiosos de la Comunidad Valenciana, y me refiero al Ciudad de Valencia Vicente Gaos. Quizás no sea casualidad, pero la publicación de estas tres obras revisitadas fue en el año 2012, por lo que esta fecha podría considerarse refundacional, como un punto de inflexión en su carrera literaria.

    Este hecho certifica que la madurez como poeta de Miguel Romaguera está de acuerdo a medias con sus primeras publicaciones. Qué duda cabe, el paso del tiempo otorga una nueva perspectiva, más por el proceso vital que por los aprendizajes. Y esto lo sabe muy bien este poeta de Picassent (Valencia), filólogo por vocación y autor de Jardín de ida, el que es, a nivel nacional y en palabras de José Luis Falcó; uno de los mejores poemarios de los últimos tiempos.

    Constituido por diecisiete poemas en un continuo sin divisiones, Mirada de silencio remite en su cubierta a un “Páramo en Villaricos”, obra de Miguel García Cano; un paisaje en acrílico sobre madera que representa una costa rocosa y el mar. Y este apunte visual será completado después por los poemas hasta constituir el vaso comunicante entre Grecia y Valencia (España), el mar Mediterráneo como nexo umbilical de una conciencia escindida en el tiempo y el espacio, sino como visión primera de ese mágico viaje que el yo lírico irá realizando a partir del quinto poema por unas idealizadas islas griegas.

    En el poema titulado “Lo que dijo el pájaro”, una sombra que cruza sobre las cabezas profiere unas palabras desafiantes: «tú no sabes nada de la muerte»; y nombrando intuitivamente «pájaro» a lo que puede ser la otredad de una entidad como la muerte o una alteridad derivada de su propia mente, el protagonista poemático se dirige al bosque en busca de refugio y recogimiento y allí su mirada hará de la contemplación el diálogo entre sus reflexiones, pasiones, fantasías y experiencias.

    El bucolismo es predominante en toda la obra, las descripciones de los paisajes irán trazando analogías con la orografía de ese otro paisaje interior que parece reconocerse en la práctica del Beatus Ille, tópico literario que aquí resulta ser un marco perfecto para la espiritualidad. Así, un campo semántico que conduce al frío en el cromatismo del poema titulado “Mirada de silencio”: invierno, hojas secas, nieve, viento gris perla; nos conduce a un extraño encuentro: «La tierra estaba en los ojos / de un animal que miraba con inocencia». Y es a partir de entonces cuando: « […] escuché otras voces, / reminiscencias, / el bosque lleno de pájaros, / mirando en silencio». El yo lírico que observaba se convierte en lo observado, y esas voces ayudan a pensar en una agitación mental como resorte del posterior proceso ilocutivo.

    En los poemas titulados “El jardín de la noche” y “Semejanza” se da el ocaso de esta primera parte de preparación y concienciación al hipotético viaje astral u onírico que vendrá después. Con la noche y el invierno como escenario, el jardín parece constituirse como la frontera entre el mundo real y el plano metafísico y la fusión de la naturaleza con los seres vivos hace que el texto se abra al irracionalismo y simbolismo de una serie de sucesos que ocurrirán en un tiempo mítico: «Las sombras y la hierba / llegaron a ser uno, /el bosque el animal, / el río el pasado futuro. // Donde estaba el jardín / estaba todo fuera de sí mismo».

    En el poema titulado “A la vista de Corfú” comienzan a aparecer las referencias al mundo griego. El yo lírico ha trascendido el mar y ya en tierras griegas se encuentra en una primavera: « […] el alma se tornó sustancia / e incidió sobre el cuerpo / hasta darle un sentido / que capté cuando me sentía convertido / en mi misma trascendencia / para el instinto renaciendo […]». Corfú, ciudad de los castillos y Patrimonio de la Humanidad, será el primer contacto del yo lírico con las islas y archipiélagos griegos, lo que a su sensorialidad descriptiva añadirá un evidente culturalismo. A partir de aquí las referencias y alusiones a la cultura y mitología helénicas serán constantes.

    El viento, siempre presente como un agente modulador de las formas y coreógrafo de los cuerpos, provoca en el poema titulado “Delos” una toma de conciencia frente a lo desconocido. Pero es en los poemas “Thira” y “El acantilado” donde el poeta manifiesta el sentido último de su viaje: «Dejé de pensar qué miraba. / Dejé de pensar que miraba». La ausencia de una tilde indica el gradual vaciamiento del yo para que la naturaleza y su ejemplo invadan su espacio deíctico: […] una nueva ley / de inteligencias, / otro equilibrio, / más individual. // […] una metamorfosis / que llamamos amor, / crecimiento, una mano tendida hacia la tierra». Sentado al borde del acantilado el yo lírico experimenta el asombro que le produce la grandes de una naturaleza en armonía, por lo que su actitud lo emparenta al haijin japonés que va en busca de un profundo asombro que lo conmueva.

   El ideal mensaje del cielo, su inmensidad en armonía con el canto del mar, son asunciones que los poemas entreveran con una memorística reconstrucción del amor. Amor como dación permanente escrito en las olas y en los árboles, amor que provoca ser árbol y ser ola a un yo lírico desbordado por una profunda belleza que lo colma. Por ello, la libertad adquiere relevante importancia. Ser en lo demás, fuera de sí, destierra las servidumbres y preocupaciones.

    La parte final del poemario constata una nueva concepción de la vida, una nueva filosofía que une al ser humano con su entorno para vibrar en consonancia. Hay una especie de misticismo, de realismo mágico en los últimos poemas que denotan una apertura a una nueva sensibilidad: «Y en el cielo el clemente oráculo: / el amor / haciendo pensar intensamente. // El sol declinó por oriente. // Entré en la oscuridad más completa». Entregado a los instintos, la noche es la lontananza ideal de esta transformación paulatina. Y llegamos al poema titulado “La existencia”, donde culmina la enseñanza por la contemplación y asunción de lo sagrado: «Todo envuelto en la noche silenciosa. // De súbito el árbol dijo su nombre. // Comprendí la materia, / su extensión cognitiva».

    “Adiós desde Turquía” y sobre todo “El Saler” son los poemas en los que esa conciencia adscrita a un entrelazamiento temporal que se vuelve también espacial en la palabra, regresa a su origen con la misma facilidad con que se separó de él. En este caso, un simple cambio de color en las aguas del mar traerá consigo la descripción de un entorno reconocible y familiar que jamás volverá a ser el mismo. La paz y serenidad de la experiencia vivida dibuja un horizonte nuevo en el que las conchas marinas y las olas que las empujan son tan afines entre sí como una nube a un camino.

    La poesía de Miguel Romaguera, poeta relacionado con la poesía de la experiencia y actualmente casi retirado de la vida cultural valenciana, es difícil de adscribir a una etiqueta canónica. Sus poemas, escritos en verso libre, rezuman libertad, pero también Intuismo: movimiento cultural artístico-filosófico basado en la intuición, con un trasfondo espiritual. Iniciado a finales del siglo XX por Ian Joseph Garpal, el Intuismo o intuicionismo se distingue por buscar la Verdad o la percepción de realidades no mensurables sin recurrir a la razón. Y mucho de esto tiene este libro de Romaguera, un poeta diferente que no se siente en deuda con nadie y lo demuestra a través de sus palabras.

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Miguel Romaguera

Publicado en la revista “Contrapunto” que edita el Área de Literatura Española de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares:

http://www.revistacontrapunto.es/descargas/numero_46.pdf

 

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Sandra Sánchez, Una manzana en la nevera

Asturias, PIEdiciones

111 páginas, 10 euros

 

 

Pablo Malmierca revela en sus palabras liminares a Una manzana en la nevera varias de las claves de este libro escrito por Sandra Sánchez (Oviedo, 1971). Algunas de esas claves refieren a lo simbólico del microcosmos cotidiano como analogía universal; otras, argumentativas, apuntan al amor, la niñez, la muerte, el deseo o la identidad, como asuntos recurrentes entre las preocupaciones de su autora. Y sin duda, acierta plenamente en sus disertaciones sobre esta ópera prima. Un primer poemario lleno de experiencias que en nada se parece a esas primeras obras publicadas precozmente en las que más que un estilo o una voz poética brilla una esperanzada inmadurez.

    Lo primero que llama la atención de los versos de Sandra Sánchez es la perspectiva y tono del yo lírico. Si los temas troncales pueden considerarse comunes, no lo es sin duda su tratamiento. En el primer poema del libro, titulado “Ikea” en tan solo tres versos se esboza su poética: “He comprado un corazón / y lo he armado con paciencia. / Me lo he quedado, venía roto”. Encontramos una necesidad de amor y por ello, su búsqueda; intuimos una entregada voluntad que no encuentra el ideal y se conforma con lo imperfecto; hay que cubrir esa necesidad vital pero, al mismo tiempo, reside en estos versos una contundente crítica a la sociedad capitalista, a la obsolescencia programada y al conformismo del ciudadano-usuario que tolera y practica la doctrina materialista.

  Escrito en verso libre, los poemas de “Una manzana en la nevera” poseen las características de un realismo mágico que florece intercalado entre poemas existencialistas: “Alguien dijo tu nombre / y de repente, / del asfalto gris de las aceras / brotaron rosas”. El tema amoroso guarda su veta romántica no en lo dicho, sino en lo sugerido, y su desnudez climática es proferida a través de la expeditiva realidad: “En un rincón oscuro / de aquel bar de mala muerte / te comí la boca: // tu lengua poco hecha; / los labios, al punto”.

    La estructura del poemario es un fluir continuo sin parcelar, y una de sus constantes es el poder semiológico de la manzana. Tótem infinito, si tenemos en cuenta que en el interior de su corazón radica la semilla que de nuevo la florecerá; pero también fruto original empuñado por seres primordiales, último alimento en la nevera medio vacía o medio llena y un recurrente símbolo de extenso campo semántico: “Si soy Yo fruto del pasado […] Ahora —en la copa de este árbol— / somos fruta fresca que (de)pende / sólo de nosotros… // ¿Nos comemos?”.

    Como ya hiciesen los poetas españoles de la generación de medio siglo, la poeta une su historia particular a una historia universal actualizada, rasgo que se manifiesta a través de los elementos poemáticos: “Hay muertos que caminan por las calles / que se sientan a tu lado / en autobuses sin destino […] Pega sus gotas a los escaparates / y a los cristales de las gafas. / Estanca el hastío de los oficinistas”.

    A la manera de un soliloquio o como apelaciones al lector, el yo lírico despliega su optimismo o pesimismo en un rastro de poemas vinculados a un estado de ánimo; en sus descripciones y narraciones puede entreverse un correlato objetivo que transita con igual eficiencia por diversos tópicos literarios: Amor ferus, Aurea mediocritas, Comtemptu mundi, sin olvidar el Memento mori que todo lo sobrevuela. Es precisamente en la gama cromática de sus formas donde los versos encuentran una profunda trascendencia, como por ejemplo, en el poema titulado “Se yergue la flor”: “Lo que me conmina a mirarla, / a contemplar —aunque sea un momento— / tanta delicadeza / es, sobre todo, / esa incertidumbre de no saber / si estará para mí, ahí, / mañana”.

    La poesía de Sandra Sánchez trae consigo la mejor de las noticias para un lector de poesía, y es la certeza del nacimiento de una poeta. Su voz es la de alguien que tiene mucho que decir y no tiene miedo en buscar y encontrar la forma de hacerlo. Su compromiso lírico no es solo con el arte, también con la verdad.

Para aquellos que tienen una experiencia religiosa, la Naturaleza en su totalidad es susceptible de revelarse como sacralidad cósmica. El Cosmos en su totalidad puede convertirse en una hierofanía. El hombre de las sociedades arcaicas tiene tendencia a vivir lo más posible en lo sagrado o en la intimidad de los objetos consagrados. La Sociedad Moderna habita un Mundo desacralizado.

Mircea Eliade

 Publicado en la revista “Oculta Lit”:

https://www.ocultalit.com/ensayo/haiku-significacion-trascendencia-espiritual/

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Para el lector de poesía occidental, incluso para los poetas occidentales, resulta extraño tomar a cierta forma poética por poco menos que un formato, una convención cultural que no excede el plano lingüístico. Su familiaridad con el materialismo instaurado en una sociedad secularizada o en proceso de secularización, complejiza su abrazo a ideologías que conviven con lo contrario. Resultaría desproporcionado para ellos, no solo no tomar a una forma poética como mero continente de una obra artística, sino dotarla de una poderosa significación y trascendencia tal como para consagrar nuestra vida a ella y aspirar mediante su práctica a un acercamiento al equilibrio de la verdad.

    Esta concepción del haiku verdadero incluye la no distinción entre forma y fondo; si la literatura es una mera herramienta y poco importa la retórica y las ínfulas literarias del creador de haiku, solo el fondo es lo realmente importante. Esta concepción holística no impide exigir ciertas cualidades a un poema breve para ser considerado un haiku, y aunque es responsabilidad del haijin lograr la naturalidad en la sutil utilización de los recursos estilísticos, conviene saber detectar los rasgos nucleares que debe representar todo buen haiku.

    Si entendemos la poesía mística española como una teología moral basada en el conocimiento mental y experimental de la presencia divina en el que el alma tiene un contacto con dios, y a su vez dividimos en tres fases dicho proceso: ascética o purificativa, iluminativa y unitiva; podemos encontrar analogías y puntos de unión entre el haiku verdadero y este tipo de poesía que evidencian una clara convergencia.

    En primer lugar, el haijin japonés entiende la naturaleza como extensión del universo, y a este, como extensión de dios o los dioses; ya que tanto el Sintoísmo como el Taoísmo, importantes influencias durante su proceso de maduración, proponen un sistema polipanteísta de deidades. Es decir, podemos interpretar en el haiku una apelación que va de lo particular a lo general, pero en realidad refiere a esa inabarcable verdad última que pervive en el tiempo y dota de sentido a todo. Hablar de la naturaleza en un haiku es hablar de lo sagrado, por tanto, ningún elemento poemático debe tomarse como tal, sino como un símbolo contextualizado entre otros símbolos cuya aspiración es mover a la enseñanza.

De entre todos ellos[1]

uno de los asagao floreció

rompiendo su cuerpo.

                    Nomura Toshirô

 

    Hemos citado las tres etapas de la poesía mística, ahora veremos cómo cada una de ellas, además de estar relacionadas con el proceso de creación y lectura poética, se dan en un plano distinto.

    Si en la etapa ascética se da una conversión súbita o gradual en el poeta con referencia al momento en el que adquiere conciencia  de la realidad divina y su propia limitación, ello le mueve a ignorar las tentaciones mundanas y esperar con buena disposición de espíritu. Esto correspondería al plano vivencial del haijin, quien compelido a contemplar lo pequeño en la grandeza del entorno, espera en soledad esa emoción profunda que lo arrobe y empuje a compartir su experiencia a través de un haiku. Es por todos conocida la austeridad con la que viven los monjes, así como su generosidad y humildad con sus semejantes; también el respeto por toda vida y el desapego de lo material.

  En la etapa iluminativa se encontraría el ingreso en la vida mística; quietud, recogimiento y la anulación de los sentidos como resultado del momento de infusión de luz, el momento del éxtasis. En esta etapa se vinculan el plano vivencial del haijin y el plano textual de plasmación del poema. La analogía más apropiada es el aware, esa emoción profunda del ser humano ante las cosas del mundo. A través del shasei (captar el momento) se introduce el tiempo de espera en el haiku, lo bello no se explica, se evidencia y cobra especial relevancia el asombro de lo que no ocurre.

    Ya en la etapa unitiva, en la que se da la fusión entre el alma y dios, podemos asociar esta culminación a la aspiración del haiku: conmover a quien lo experimenta y a quien lo lee revelando la importancia de estar en paz con el mundo, buscar el equilibrio emocional y sentir amor y respeto por todo cuanto le rodea. Esta etapa incluye a poeta y lector y justifica la utilización por parte del poeta de recursos como el kigo (palabra estacional), el cual podríamos relacionar con una dimensión temporal con connotaciones físicas; el haimi (sensorialidad) nos ayudaría a potenciar la expresividad de los versos apelando a los sentidos, puesto que ante una experiencia tan profunda, con meras palabras no se alcanza a transcribir con precisión lo vivido; o el wabi-sabi (mezcla de emociones), el cual supondría una traslación de ese momento de éxtasis mediante un cúmulo de emociones yuxtapuestas, vividas simultáneamente y de las que no predomina ninguna.

    Si, como hemos dicho, las palabras comunes no alcanzan a describir una experiencia tan profunda, y consideramos como posible solución el simbolismo, tanto en el haiku como en la poesía mística, otro de los problemas que han manifestado los místicos es la inefabilidad de dios, algo, como también hemos dicho, a lo que el haijin japonés propone la naturaleza como significado —palpable y real— extensional del mismo.

    Para contextualizar más con la poesía mística española, esta concepción oriental del poema y de la actitud del poeta frente a la vida, entroncaría con los «místicos eclécticos», pertenecientes a la Orden Carmelita y verdaderos místicos, quienes renuncian por entero a la actividad intelectual y deciden llegar a dios tan solo por la vía emocional.

   Por tanto, podemos decir que el haiku supone una suerte de hierofanía simple adaptada a la creencia religiosa del poeta japonés. Y por hierofanía, término místico, el diccionario nos dice:

Es el acto de manifestación de lo sagrado, conocido también entre los hinduistas y budistas con la palabra de la lengua sánscrita darśana, y, en la forma más concreta de manifestación de un dios, deidad o numen, se denomina teofanía. El término fue acuñado por Mircea Eliade, en su obra “Tratado de historia de las religiones”, para referirse a una toma de consciencia de la existencia de lo sagrado, cuando éste se manifiesta a través de los objetos de nuestro cosmos habitual como algo completamente opuesto al mundo profano[2].

    Me gustaría destacar que aunque quizá el lector español de poesía pueda entender mejor la dimensión espiritual del haiku a través de una lectura en clave mística, el haiku sigue siendo una escritura libre a la que muchos quieren asociar con diversas religiones.

    Si tal como afirma Vicente Haya el haiku es un vaciamiento del yo para dejar entrar el mundo en nosotros, no queda muy lejos esta definición de la concepción ascética del mundo. La defensa del Beatus Ille frente al caótico funcionamiento de un mundo tecnológico mediatizado, donde el ciudadano es cautivo de las servidumbres materialistas, se convierte en una recuperación de valores perdidos más necesaria que nunca.

[1] El espacio interior del haiku (Shinden Ediciones, 2015),

Vicente Haya, pág. 55.

[2] Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Hierofan%C3%ADa

 

Reseña publicada en “Todoliteratura.es”:

http://www.todoliteratura.es/articulo/criticas/laberinto-venus-homenaje-literatura-teresa-espasa/20180328090407047080.html

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Título: El laberinto de Venus

Autora: María Teresa Espasa Moltó

Editorial: Lastura Ediciones

Género: narrativa (relatos)

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 177

ISBN: 978-84-947779-6-7

 

El sello editorial Lastura publica en el número 31 de su colección Alquisa, de narrativa, el último libro de María Teresa Espasa “El laberinto de Venus”, una compilación de relatos eróticos que supone la primera incursión de su autora en este género.

    Nacida en Denia, un bello pueblo de la Marina Alta valenciana, María Teresa Espasa estudió Filosofía y Teología en Valencia, además de Arqueología Bíblica en Israel. De reconocida trayectoria como poeta, algunos títulos publicados son: Desierto articulado (1992), Cuando puedas llama (1999) o Tanto y tanto silencio (2014), obra por la que obtuvo un premio especial en los Premios de la Crítica Literaria Valenciana. Conocida por su dilatada trayectoria como gestora cultural al frente de la asociación de escritores Tertulia la Buhardilla, una de sus últimas aportaciones a la cultura literaria valenciana ha sido la fundación de la Plataforma de Escritoras del Arco Mediterráneo, compuesta por algunas de las mejores voces poéticas de la Comunidad.

    El laberinto de Venus no es un libro de relatos convencional. Al hecho de ser el primer libro de relatos —tras varias décadas escribiendo poesía— publicado por su autora, hay que añadir el hecho de que María Teresa Espasa es ante todo poeta. Y esa mirada de poeta —como bien señaló Ricardo Bellveser en una de las presentaciones del libro— estará presente en todos y cada uno de los relatos, ya sea por la sensibilidad de las descripciones o situaciones de los personajes, por el lenguaje o en la mayoría de casos, por el tratamiento y punto de vista de la idea.

    La identidad poética de la autora irá manifestándose también en el plano argumental, ya que la mayoría de personajes están ligados a la escritura y muchas de las situaciones que viven están relacionadas con el quehacer habitual del mundo literario. Por si fuera poco, gran parte de los personajes son poetas.

    A cada uno de los relatos preceden citas de otros autores, no son autores cualesquiera, sino personas cercanas a la autora y su presencia —en ocasiones, agrupadas por sentido biográfico—, además de introducir al clima de cada historia, supone un detalle de gratitud.

    Es interesante el hecho de encontrar en la prosa de Teresa Espasa analogías formales con su poesía. Ya que la intención fundacional de su escritura es contar, expresarse y comunicar con la mayor claridad posible, esa claridad se traduce en sus párrafos en un lenguaje sencillo y asequible hasta para un lector ocasional. La sencillez aparente de su lectura entraña un enorme trabajo de desbrozo y síntesis, ya que las historias contenidas son por lo general breves (hasta de una página) y en ellas no se encuentra retórica de relleno ni pasajes aburridos o farragosos. La acción es sintética, no solo de principio a fin de cada relato, sino también de principio a fin del libro. Relatos climáticos, por la transparencia de su forma, forma de un fondo que por lo general apela a la emoción.

    Concebido como un ejercicio memorístico en el que se entrevera la ficción, no sabemos si para rellenar espacios que el tiempo y el olvido han ido borrando o para fantasear y saborear impunemente  los gozos del atrevimiento y la irreverencia. Lo cierto y probado, es que Teresa Espasa ofrece cierto grado de ficción en sus historias, pero siempre partiendo de una base biográfica real; algo que ha enseñado a sus alumnos en sus múltiples talleres de escritura y ahora pone en práctica con su narrativa.

    Así, personajes y lugares en los que transcurre la acción, poseen una importancia personal e histórica para la autora y las personas referenciadas. Ir tratando de desentrañar identidades reales tras los personajes, o lugares y sucesos que han tenido lugar tal cual se citan o de forma parecida, es un juego que añade un valor paralelo a la degustación de su lectura.

    Una de esas transfiguraciones la encontramos en el nombre de la protagonista de “todas” las historias, y no es otra que Tsa; acrónimo de Teresa, verdad a medias, pero una verdad al fin y al cabo que señala al yo real del autor, algo que nos hace reflexionar tras leer el primer texto que inaugura el libro, titulado “El yo ficcionado”, unas palabras liminares a modo de poética, en las que ya se nos previene de la delgada línea que separa a la realidad de la ficción y en el que encontramos una pregunta cuya respuesta aspira a justificar ese juego de falsas o verdaderas apariencias: «¿Es preferible un amante de papel construido con palabras , o un amante real que después de seducir esconde la mirada?».

    El primero de los diecisiete relatos lleva por título “Hablemos de Eros”, toda una declaración de intenciones; la forma verbal del título encierra un enclítico «nosotros» que no solo incluye al lector, sino también al autor al mismo nivel y a esto acompaña todas las connotaciones del dios griego Eros, a quien atribuyen la responsabilidad, no solo del amor, sino también del sexo o la fertilidad. En esta primera historia, enfocada como una reunión de amigos, aparece el tema erótico como frívola conversación de un día festivo, lo que da paso a una reflexión mucho más seria y profunda de un amor, que como extensión o como trasunto del sexo en el universo simbólico de la autora, filtrará su poder en cada relato ofreciendo un contraste entre la realidad (amor/desamor) y la ficción (lujuria/sexo) que será uno de los rasgos troncales del libro.

    El relato titulado “La estrategia”, además de nombrar a Ricardo Bellveser, reconocido poeta y periodista, en la cita que lo introduce, alude también al libro de mismo título que Bellveser publicó en 1977, y es justo subrayar la importancia de su autor, tanto en esta obra como en otras de Teresa Espasa, debido a la sana amistad e influencia que los une. En este relato, el narrador se dirige a un coprotagonista, de forma dialógica, desencadenando una pasión que pretende ser erótica pero resulta ser romántica. Y estas dos palabras, `pasión´ y `romanticismo´, definen a la perfección el cariz amatorio de El laberinto de Venus. En el siguiente pasaje puede verse con claridad esta afirmación: «Aunque quisiera, no podría reprimir este afán por abrazarte, ni atemperar mi avaricia por ceñirme a tu cuerpo y decirte: amor, amor…».

    La importancia y trascendencia que la autora da al amor o al sexo en este libro viene estrechamente ligada y condicionada por un plausible estado de ánimo. De escritura intuitiva, puede considerar a enamorarse como algo de vida o muerte: « […] pensé que al igual que Alfonsina yo también podría morir sin amor»; o tomar el hecho de conocer a un hombre apuesto y decidido a conquistar como un mero juego o motivo de diversión, como por ejemplo, en el relato titulado “El pacto”: Nosotras teníamos muchas cosas que compartir. Después de todo, aquel hombre alto, fuerte, elegante, de ojos intensos y mirada penetrante, no nos merecía la pena». En este mismo relato, Tsa, alter ego de la autora, se ve en la tesitura de compartir con su grupo de amigas dos reuniones anuales en las que se olvidarán del mundo y tratarán de compartir y preservar una amistad que, entre otras cosas, es lo que les hace dar algo de sentido a sus mundanas vidas. Y este hecho, no deja de ser un planteamiento utópico y romántico de la amistad en un mundo globalizado y mediatizado por la prisa. El obstáculo de la realidad, las emociones subterráneas, la erosión del tiempo, pero sobre todo, un ejemplo de cómo esquivar la tentación, serán algunas de las propuestas de esta historia protagonizada por cinco amigas.

    Por no destripar al lector más entresijos de un libro al que le invito a adentrarse, terminaré refiriéndome al relato titulado “El regreso de Kaléb”, el cual se presenta como un regreso que es también despedida, una hermosa declaración de amor en forma de aparición que puede leerse en clave lírica como poema en prosa: «Contigo llega la revolución de las cosas pequeñas, astillas de sospecha, recuerdo de una vida que añoraba el susurro de tu voz. // Regresas con la audacia entrecortada, el salitre entre los labios y el beso que siempre  aguarda…».

    No hay rubor ni ofensa en el erotismo de una poeta, pues su búsqueda agónica es la del amor; un amor que restituya el tiempo perdido, que sane las heridas y enseñe a ser feliz. Teresa Espasa llora y grita a través de sus personajes, en ocasiones, sus palabras fingen altanería, orgullo, presunción, pero si fijamos nuestra atención en esos renglones no escritos que todo buen lector intuye y todo buen escritor sugiere, advertiremos que bajo esa petición de amor aguarda un dolor insufrible, un desencanto extremo y una decepción del mundo y sus seres ingratos y mentirosos, que mantiene una constante lucha con su esperanza, su ilusión de vivir y soñar, la virtud de poder amar y ser amada; batalla que teme perder al flaquear sus fuerzas, pero jamás por rendirse, claudicar o simplemente, por no entender la vida de otra forma sino amando.

Foto Teresa Espasa-P1020129