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Reseña publicada en “Todoliteratura.es”:

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Título: Poemas de día. Poemas de noche

Autora: Ana Rosetti

Género: poesía infantil

Editorial: Unaria Ediciones

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 36

ISBN: 978-84-947109-5-7

Para algunos, incluso aficionados a la literatura, quizás la faceta de Ana María Bueno de la Peña (Cádiz, 1950) como escritora de poemas para niños no le resulte conocida, sin embargo, si por algo se ha distinguido esta autora todoterreno es por su versatilidad. En cambio, si revelamos que el seudónimo de esta ilustre poeta es Ana Rosetti, algunos esbozarán en su semblante un gesto de sorpresa. No es para menos. Desde que debutase en la poesía en 1980 con “Los devaneos de Erato” (Premio Gules), Rosetti ha cultivado el teatro, la poesía y el género narrativo con igual destreza; es más, su obra es un paradigma de erotismo, esteticismo y culturalismo marcado por un estilo muy personal.

    Por si fuera poco, en el año 1997 publicó “Un baúl lleno de momias”, lo que sería el comienzo de otra vertiente de su literatura, esta orientada hacia un público infantil y juvenil, que continúa hasta el presente con la publicación bajo el sello Unaria Ediciones de “Poemas de día. Poemas de noche”, un original libro de poemas para niños.

    La apasionada y barroca autora de “Devocionario” (1985) cambia drásticamente en su poesía de registro y nos ofrece un libro de poemas para niños a partir de cuatro años en el que la fantasía y el color de sus versos no solo está en la palabra, sino también en la pintura. La joven artista castellonense Sara Bellés ilustra a la perfección los poemas de Rosetti, no solo encuentra una gama de colores y motivos que comulga armoniosamente con la desnudez y frescura de los versos, sino también potencia hábilmente su atractivo.

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    Esta fusión de talentos resulta en un libro de gran formato que debería estar en la biblioteca de todos los niños. Editado a todo color, una de sus cualidades es la de ser un libro reversible. Tanto si comenzamos su lectura comenzando por sus poemas de día, como si lo hacemos por sus poemas de noche, llegaremos a un punto intermedio en el que deberemos dar la vuelta al libro para poder continuar leyendo.

    De Ana Rosetti, como poeta, poco vamos a descubrir. Sus casi cuatro décadas de trayectoria como escritora le avalan, y no solo eso, su experiencia dota  a los poemas de variados matices: inocencia, ternura, magia, humor; sensaciones que su sensibilidad hilvana sutilmente a nuestra tradición literaria, pues muchos de los poemas  estremecen nuestros corazones a través de rimas asonantes: «Por el aire va el limón, / la canela y el café, / el incienso y el clavel / y el pan recién horneado. // Por el aire va la voz, / el aullido, el balido, / el ruido y el sonido / del eco reverberando».

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    El viaje propuesto por la autora cruza por playas y bosques, amaneceres, ventanas, jardines, primaveras; un recorrido narrado desde los ojos de un niño que se fascina por esas pequeñas cosas que pasan inadvertidas para los adultos y sin embargo en él despiertan sueños y emociones. El cromatismo de las ilustraciones trasciende a los versos, o viceversa, todo se impregna de color y luz, de vida en los albores del despertar infante. Algo que cambia en los “Poemas de noche”, donde la luna, los gatos, un astronauta o simplemente, una ciudad, viven entre las sombras y se  revelan personajes y parajes de bellezas  subrayadas por la poesía fluorescente de las imágenes de Sara Bellés y las palabras de Ana Rosetti.

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Ana Rosetti

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Crtica publicada en el número 1 de “Crátera. Revista de Crítica  Poesía Contemporánea” (2017).

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Título: Infierno y nadie

Autor: Antonio Marín Albalate

Editorial: Unaria Ediciones

Género: poesía

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 346

ISBN: 978-84-943850-8-7

 

 «Nací cerca del mar y creo en mis hijos como en la palabra por venir. Dejo para el fuego cuanto he publicado. No busco otro destino que escribir un verso muy hondo, donde ahogar la nieve de la vida».

 

Con estas precisas palabras se presentaba a sí mismo el poeta Antonio Marín Albalate (Cartagena, 1955) en una de sus páginas digitales. Y sí, es cierto que deja para el fuego cuanto ha publicado. Poeta esforzado en ser y escribir, no lo es tanto para bailar el agua, pavonearse o entrar en los escaparates de intercambio de favores, tan a la orden del día en la lírica actual. Como ocurre con los grandes poetas, escriban prosa, textos periodísticos o la lista de la compra, en sus palabras siempre se halla poesía.

    Como poeta díscolo y no homologado por la ortodoxia del canon, Albalate lleva componiendo desde el año 1978, en el que publicó Apocalipsis en mi menor para bajo a una sola voz (Cuadernos de poesía “El Cuervo”), una densa e irreverente obra poética que respira por sus múltiples heridas y a su vez se regenera y cicatriza en su particular búsqueda de una belleza sincera en contraluz con el absurdo.

    Como parte de ese autorretrato involuntario que compone toda bibliografía, vuelvo a poner de ejemplo las palabras del propio autor como reflejo verdadero de su vida y su poética:

«Yo, Antonio -que, como Juan Cartagena, ¿Sombra de lo siniestro? escribí- siguiendo el dictado de Pessoa, me declaro un fingidor y, por tanto, partidario del elogio a la mentira. Ejercitándome en ello, a la hora de escribir, he perdido ya más de media vida. Por eso estoy tan Todo, de vuelta de Nada; llamarme Pilatos y sólo eso sí, en el camino, escuchando la música de las palabras por si llegaran a ser canción en el tiempo del poema. Desconozco el significado de la palabra vanidad, de la misma manera que detesto el necio lenguaje de los espejos. Suelo llevar agua en los bolsillos por mi tendencia a llamarme Pilatos y sólo me humillo ante la erótica del poder que la Belleza ejerce en mis ojos. Lo demás, es más mentira todavía».

    Navegar como lector por Infierno y nadie, una antología esencial —editada por Unaria Ediciones— que compendia treinta y seis años de vida poemática (1978-2014), propone, además de un viaje en el tiempo a través de una conciencia, el particular decálogo poético de un inconformista renovador de la palabra, como lo es Marín Albalate.

    El libro cuenta con la selección de textos, estudio preliminar y notas de José Luis Abraham López, quien en su —breve, para cuanto abarca— atrio no necesita más que unas cuantas páginas para radiografiar acertadamente al autor de El humo de las palabras (1996). Aquí, el profesor Abraham López llama al poeta «desdoblado» debido a sus múltiples perspectivas, tonos y voces; lo cual se ha transcrito también a lo largo de su carrera a través de sendos seudónimos con los que ha firmado algunos de sus libros: Juan Cartagena, Josep Tapies Segundo o Tonino Albalatto. Subraya también que la conciencia creadora del artista marcha en paralelo a su capacidad metamórfica. Y es que no es fácil esquematizar una obra conformada en treinta y seis volúmenes, un legado  diverso y polivalente que en simbiosis con la experiencia vital tiende a mutar, no solo sus modos, sino su punto de vista: «Eso pienso -luego escribo- en tanto / intento poner a punto la vieja / “Remington” que mi padre olvidara / en una caja llena de Guerra Civil».

    Poeta prolífico como pocos, Albalate ofreció al mundo, solo en los años 1996 y 2001, hasta ocho poemarios. Estamos, por tanto, ante un creador que preserva su esencia con el paso de los años, pero a su vez la pervierte, la estira y muerde, invierte y reconfigura en un ejercicio —coherente en su dinámica indagadora— paralógico.

    Esa capacidad transformadora se convierte en manos del autor en una herramienta incidental y parentética frente a la realidad aglutinante y su discurso. Su novación continua de la forma para replantear y enriquecer el fondo es una constante que flexibiliza su poética al tiempo que incentiva a participar al lector más activo.

    En esta síntesis poética es frecuente encontrar sarcasmo, erotismo, realismo, criticismo. Como también, paráfrasis, antonimia o antítesis, como vehículos de una potenciación gráfica capaz de trascender en el pensamiento, lo que revela el doloroso divorcio del lenguaje y el mundo.

    Entre el juego (bala de fogueo) y la necesidad de expresar (ráfaga de tiros), los versos de Albalate no censuran sus estados de ánimo, al contrario, los magnifica y vuelve juez de su particular duelo con la vida: «Frío es tener hígado con cirrosis / para ver cómo se desangra el poema. / Frío es tener hígado suficiente  / para rematarlo en un callejón  / sin salida. De una bala en la bilis,  / rematar a esa víscera que nos mata». Y en ese desafío constante, la muerte, tácita sombra en invernal espera, cobra un valor metafísico, filosófico y determinante. Desaparecer del mundo obliga a profundizar lo máximo posible en ese tiempo de vida, el iniciático proceso de maduración, análogo al de la fruta, que comienza por asumir el desapego y culmina, al igual que esta, en servir para algo antes de la putrefacción: «Frío es también abrir la nevera / y no hallar cerveza alguna con que / seguir asesinando al rojo pardo / que en su síndrome de abstinencia protesta; / y frío es abrir sin éxito alguno / la ventana para ver cómo el vacío / todavía no se atreve a llamarnos».

    Pesimista por existencialista, pero también libre por apasionado y comprometido con la vida, Marín Albalate llama a las cosas por su nombre sin tapujos y sus preocupaciones mundanas, trasladadas a la poesía, se transforman en incertidumbres universales: «Dejarse llevar por la maquinaria / de la melancolía es muy fácil. / Lo realmente complicado es poder / pararla a tiempo, antes de que / su engranaje nos detenga a nosotros».

    Antonio Marín Albalate, además de poeta, es agitador cultural y un personaje habitual en la cultura murciana. Famosos son sus intentos por fusionar poesía y otros géneros, así como sus ediciones sobre Leopoldo María Panero y trabajos con grandes cantautores, como Serrat o Aute.

    Entre los numerosos premios que ha conseguido por su obra poética podemos citar algunos como: Murcia-Joven, 1984; Ciudad de Hellín, 1993; Ernestina de Champourcin, 1995; Ciudad de Purchena, 1997; Emma Egea, 1997; José de Espronceda, 1999; Pedro Marcelino Quintana, 2001; Juan Bernier, 2002.

    Infierno y nadie quizá cierra una etapa para abrir otra nueva. Su anárquico talento necesita un sesgo trasgresor en constante cambio: ultraísmo, creacionismo; en definitiva, valentía, para contrarrestar la caterva, cada vez más ingente, de un mundillo poético adocenado.

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Antonio Marín Albalate

Publicado en la revista “Oculta Lit”:

http://www.ocultalit.com/narrativa/el-hombre-que-cabia-en-la-palma-de-su-mano-la-opera-prima-de-francesc-barbera/

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Título: El hombre que cabía en la palma de su mano

Autor: Francesc Barberá

Ilustraciones: Riki Blanco

Editorial: Unaria Ediciones

Género: microrrelato

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 215

ISBN: 978-84-947109-3-3

Amelia Díaz Benlliure es una gran poeta castellonense. Su labor como editora, al frente de Unaria Ediciones, no es menos grande si tenemos en cuenta la visible evolución de un sello editorial —de los honestos, sí, esos que no piden dinero a sus autores por publicar— que en pocos años ya gestiona su propio certamen literario, tiene presencia activa en ferias y festivales a nivel nacional, y su nómina de autores ya aglutina bastantes firmas imprescindibles.

La importantísima figura del editor en el panorama literario actual se está perdiendo. Algunas editoriales maquetan lo que el autor les envía, sin proponer un mínimo de corrección ortográfica o de estilo, trasladan a la imprenta unas galeradas a las que les falta la opinión experta de un editor; porque una cosa es escribir, y otra muy diferente, es editar. Toda publicación rigurosa debe pasar por las manos de un editor al que le apasione su trabajo, que mime cada publicación, y ese es el caso de Díaz Benlliure. Como editora, no solo tiene el mérito de apostar por autores noveles que más tarde despuntarán, sino también de encontrar la forma física más adecuada para cada obra que publica.

El hombre que cabía en la palma de su mano está escrito y editado de forma valiente. Sus medidas de bolsillo (14,5 x 15,5 cm) lo convierten en un objeto fácilmente manipulable, puede acompañarnos en el autobús o el metro; pero su estética y tacto seducen desde el exterior: encolado, solapas, página de guarda en consonancia estética; y ya en el interior, nada se apelotona ni entorpece la lectura, al contrario; los microrrelatos se encuentran en las páginas recto, y el blanco de la página o en ocasiones, las ilustraciones en blanco y negro de Riki Blanco, en las páginas verso. Su diseño, desde la tipografía, al color (luminosidad) y la ubicación centrada de los textos, son rasgos que denotan una cuidada edición que, para aquel que entiende, no cae en saco roto.

Por microrrelato, entendemos un texto breve, aunque los hay de más de una página. Evidentemente, pensamos en un texto narrativo, una especie de historia condensada en pocas líneas, un ejercicio literario de síntesis en el que la retórica o lo no significativo no tienen lugar. Y entendemos bien, aunque por brevedad, el libro que nos ocupa es más breve, si cabe. Como dato, decir que uno de los microrrelatos de Barberá está escrito únicamente con seis palabras, más el título; por tanto, no solo microrrelatos, sino una buena cantidad de nanorrelatos, componen esta obra. Lejos quedan esas doscientas palabras o ciento cuarenta caracteres a los que estamos acostumbrados. Y qué decir de los títulos. Ante una empresa tan ardua, el valor catafórico del título cobra especial relevancia. La elección de los títulos como tales, además de su presencia en mayúscula, negrita y yuxtapuesto al texto, es muy acertada, hace que la posible interpretación del texto siempre caiga del lado bueno. Una buena muestra de ello es el siguiente ejemplo:

SE PRECISA VIDENTE

— Llamaba por lo del anuncio que publicaréis mañana.

Barberá se revela como un malabarista de palabras, ya en la contraportada del libro, Miguel A. Zapata previene de  esta forma:

No es imposible que un hombre quepa en la palma de su mano. Solo se precisa la palabra exacta que conjure el prodigio. En este espléndido y sorprendente volumen de textos brevísimos, Francesc Barberá nos deleita con brillantes juegos léxicos, piruetas verbales, refutaciones varias de las leyes físicas, trampantojos lúdicos, sucesos inauditos, atrocidades poéticas y crímenes ejemplares. Una obra, en definitiva, amistada con lo maravilloso como solo la buena literatura puede hacerlo.

El imaginario del autor es muy amplio, bebe de muchísimas fuentes, y por ello, la diversidad de registros en cuanto al género, o la ingente capacidad de recursos literarios, son hechos manifiestos que dotan al conjunto de un  ritmo, peso y profundidad muy equilibrados. El humor, es sin duda, una constante de su propuesta, algo que conecta con el lector y le hace empatizar rápidamente con lo narrado; múltiples géneros humorísticos se resuelven en estos relatos, quizás el humor negro tenga una especial presencia:

VACÍO

Lo abrí en canal. Ni siquiera así encontré a su niño interior.

Pero si un recurso estilístico predomina en toda la obra, ese es la elipsis. Pragmáticamente, exige un lector activo, pero la habilidad de Barberá hace de este libro una antología de minicuentos para todos los públicos. Lo no narrado, pero contrapuesto a lo narrado y por ello sugerido, se evidencia magistralmente en microrrelatos como:

TERAPIA

Ahora vístete y cuando cuente hasta tres, despertarás y no recordarás nada.

En lo formal, encontramos condensación temporal, sí, pero llena de paradojas. Indizado en la modernidad cultural,  en una urbanidad polivisual y decadente, precisamente su ironía no oculta el juicio de valor de una conciencia que expende su opinión a través de omitidas y fabulosas moralejas.

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Francesc Barberá

Su intertextualidad es poliédrica. Dado lo esquemático del espacio literario y su dependencia de lo paratextual, la concisión, tanto del enfoque narrativo, como del lenguaje empleado, revela la maestría de un autor que no parece un recién llegado a estos lares. Barberá dota de encanto a sus composiciones, se maneja como pez en el agua ante la escasez de recursos, su capacidad intelectual resuelve adecuadamente cada microhistoria, y aunque parezca mentira, las culmina con contundencia.

Los microrrelatos se suceden en un continuo que en ocasiones pone de relieve agrupaciones temáticas. Es justo señalar que las ilustraciones de Riki Blanco conviven armónicamente con los textos e incluso aportan más personalidad a la obra a través de su mordaz transparencia. Estas pequeñas píldoras de letras son, en ocasiones: pedradas, por su crítica; balas, por lo expeditivo de sus argumentos; cosquillas, por su motivación a la risa; pero también fábulas o simplemente fantásticas ficciones. Toda etiqueta es injusta e incompleta ante una obra de estas características. Este libro cabe en la palma de nuestra mano, pero no su riqueza, el talento de su autor sobrepasa cualquier límite y propone un juego en el que las reglas cambian al pasar una nueva página, como por ejemplo, en el texto titulado “El ahorcado”, donde el motivo al que se alude es descrito uniendo las letras que faltan:

EL AHORCADO

Fin_lmente, encontró un _otivo para n_ quita_se la vida.

De lectura amable, música entretenida y paisaje mental sofisticado, estas cien breverías sacuden las telarañas del cliché, por su ironía, parodia o metaficción; deshojan la rutina del lector adocenado en el redundante clasicismo y falta de innovación de gran parte de la producción literaria actual, y nos enseña, a la vez que entretiene, otra forma de hacer literatura, sin duda, pequeña gran literatura, en la que el simbolismo y la poesía, rearman y dulcifican una prosa —ilusionante— más necesaria que nunca:

PANTOMIMA

En el parque, la gente se burlaba del mimo que tiraba de una cuerda.

Hasta que aquel edificio se derrumbó.

Publicado en Revista de Letras de Las Vanguardia:

http://revistadeletras.net/sanchez-guallart-insurgencia-poetica/

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Título: Como soles patagónicos

Autor: Eloy Sánchez Guallart

Editorial: Unaria Ediciones

Género: poesía

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 90

ISBN: 978-84-943850-0-1

 

Tener entre las manos un libro de poemas cuyo título es Como soles patagónicos invita, cuando menos, a averiguar el significado de esa aparente metáfora titular. Y es precisamente ahí, en este —a priori— poco revelador mensaje donde se encuentran las claves para ir descifrando este salvoconducto de la conciencia.

El calor de lo cercano y apacible (soles), el frío de lo lejano y tal vez inalcanzable (patagónicos). Entre estas dos ópticas, corrientes, tesituras, realidades o utopías, Sánchez Guallart (Castellón, 1963) presenta la urdimbre de su segunda obra poética, un discurso marcado por la rabia pero también por la esperanza.

Publicado en la colección “Astrolabio” del sello editorial castellonense Unaria Ediciones, Como soles patagónicos se presenta al lector dividido estructuralmente en cuatro actos. Es significativo que el orden de estas divisiones sea a la inversa, es decir, el primer bloque corresponde al número tres, el siguiente al dos, y así sucesivamente hasta llegar al último bloque, que no es el uno, sino el cero. Una cuenta atrás, se nos acaba el tiempo para reaccionar como seres humanos enfrentados a su propia moral. Esa zona cero o epílogo final es mucho más breve que las anteriores, pero en ella se resuelve el acertijo del título y, no por nada, pone punto final al poemario con la palabra «combate».

Esta insana realidad en que vivimos necesita de poetas subversivos, de artistas que no acepten la injusticia como trivialidad ni acaten la corrupción como norma. La dimensión interior del ciudadano medio está acotada por imposiciones capitalistas, y por ende, servidumbres materiales. Casi sin advertirlo coexistimos y sobrevivimos en una sociedad enferma que lastra tradiciones y defectos por sistema y potencia su deshumanización con cada avance tecnológico.

Sánchez Guallart es un poeta comprometido, dota a su poesía de una característica tensión en el lenguaje que, si en Manifiesto asténico —su anterior obra— se intuía como sesgo autoral, en Como soles patagónicos se intensifica y revela como consecuencia formal de un fondo que busca sublimarse en la palabra.

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Eloy Sánchez Guallart. Fotografía de José Saiz.

Este libro es una descripción —en primer lugar— en primera persona del mundo que rodea al poeta, y una reflexión —en segundo lugar—, por esto mismo, acerca de una realidad más social que metafísica. Sin embargo, el lirismo de Sánchez Guallart trasciende —no sabemos muy bien por qué resorte— y aquello más allá del cuerpo, lo inefable, constituye un universo simbólico con el que descifrar lo cotidiano.

Y es que la poesía de este autor castellonense está llena de matices y referencias, como por ejemplo las referidas al mundo del cine. Su vasta experiencia cinéfila lo provee de habilidad para encontrar analogías entre el mundo real y el representado en el séptimo arte. Pero también de la música beben estos versos, valiéndose de elementos de estas dos artes el poeta circunscribe y fecha a menudo y singularmente cada poema en un marco pictórico-temporal.

Este hecho también es llevado a cabo mediante referencias socio-político-culturales contemporáneas. La realidad es el modelo a pintar (salvar, cambiar, proteger), una realidad que se filtra en los poemas, a veces de forma violenta, e invita al sometimiento por defecto y a la acción —por lo que en ella todavía hay de necesario— por ese arrastre hacia el abismo al que está sometida, víctima de un capitalismo oligárquico-cainita.

Los insectos quieren ser llama. / Es su diálogo una armonía / que parece dar sentido / a una apresurada antología del silencio. La búsqueda de un sentido a lo absurdo y mecánico de argumentos cotidianos justifica el irracionalismo poético. La armonía, el silencio, se convierten en baluartes ideales frente a sus antónimos reales, balas de fogueo que en manos del poeta-actor contrapesan una balanza sobrecargada de sombras.

[…] Y pequeñas muertes se sientan a la mesa / y educadas esperan su turno de comida. Los versos de Sánchez Guallart son blancos y libres, en ellos el poeta hace un uso restringido de la coma. Esta apreciación hace proclive la interpretación particular del lector en cuanto a, no solo lo que al ritmo concierne, sino también al sentido de algunos versos. También invita a leer cada poema, al menos, dos veces, pues esa composición de lugar puede reconfigurarse por muchos motivos en una segunda lectura. Como sabemos, un texto, en condiciones normales, puede que no ofrezca todo su mensaje tras una primera lectura, menos aún si es poesía y todavía menos si el poeta utiliza recursos estilísticos, sintácticos y retóricos, como Eloy Sánchez Guallart.

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La poesía de Como soles patagónicos alza su vuelo sobre rupturas gramaticales, usos anárquicos del espacio textual, elipsis e irreverencia ortográfica (ausencia de signos en el poema “¡Hola!”), entre otras cosas. Su disentimiento moral y argumental contra la tendencia global de la sociedad trasciende al propio lenguaje, así durante ese proceso de cuenta atrás asistimos a una transformación parcial del tono lírico. Los interrogantes van abundando más y más en los versos, aumentan las preguntas y las palabras compuestas, las aposiciones sustantivas; de lo testimonial pasamos a lo contestatario, no sin advertir nociones experimentales, como la utilización de eslóganes publicitarios y titulares de periódico, bien como cuerpo del poema o como estrofas alternas del texto poético.

Si en el poema titulado “Ciudad desidia” los versos tienden morfológicamente a una naturaleza prosaica: En lugar de río una plataforma intercambiable / tiene la ciudad que me patea y reza satisfecha en sus estigmas, en el poema “Los más” el poeta utiliza ya sin titubeos la prosa poética: Desbordados de ceguera hasta los hombros, ciudadanos sin cartilla, / espuma ante la piedra artificial que ha sido edificada desde los centros / neurálgicos de la insidia.

La problemática social (general) y todas sus consecuencias intelectuales (particular) son un subterfugio generativo para Sánchez Guallart, quien despliega su particular laboratorio de escritura exploratoria  justo dónde y cuándo más se necesita. La tierra se mueve bajo nuestros pies, la información bulle, muchas veces, teniendo poco o nada que ver con la realidad. Algunos afirman que estamos asistiendo al cambio hacia una nueva era, que seremos testigos de la cuarta revolución industrial y que la próxima guerra mundial será la última. La poesía de Sánchez Guallart apela a nuestra conciencia, el poeta se revela humanista y su poesía, arenga. Síntesis moral de su propio cisma de fuerzas antitéticas, estos inconformes versos no son nada gratuito, responden a una necesidad vital y reflexiva, de insumisión y defensa de los valores humanos. Cada poema es un cadáver exquisito de la crónica de nuestros días, un brote de esperanza que busca su propagación en análogos disidentes proclives a su contagio.

Y para terminar, un poema íntegro del libro.

Siendo

 

 

Si tengo este abismo

de voces lleno

de pisadas con barro hasta la frente

de andamios colgando

de una rama parapléjica

 

es que estoy vivo en un 97 %

y hasta mi autómata me pide

extender su autonomía.

 

Si doblo mis ojeras

en la cama cada noche

y las cuelgo en una percha

-no necesito los ojos para tocarte-

es por necesario descanso

(hombre blanco, primer mundo, clase media en proceso de derribo,

cuarentaytantos años, 1’65, sin tumores conocidos)

 

Si no me hago a un lado

arderé en el cortejo

si no me doy la vuelta

y os miro a los ojos

si ensancharan las calles y pudiera

escribir sin costuras

todo lo que le falta a la palabra

para hacerse necesaria.

 

Así estamos

los unos por los otros

y sin los otros.

 

 

Publicado en:

http://elcoloquiodelosperros.weebly.com/la-biblioteca-de-alonso-quijano/fotos-de-manicomio

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Título: Fotos de manicomio

Autor: Jesús Arroyo

Editorial: Unaria Ediciones

Género: poesía

Número de páginas: 99

Año de publicación: 2015

ISBN: 978-84-943850-7-0

 

Bajo el sello castellonense Unaria Ediciones, el poeta madrileño Jesús Arroyo ha publicado Fotos de manicomio, el que supone ser su cuarto poemario, un trabajo que cuenta con ilustraciones a color de Paco Ibáñez, Pilar López Alcolea y Miguel de Unamuno Vera.

Montse Morata, Doctora en Periodismo y escritora, firma un breve prólogo titulado “El manicomio de la realidad”; un espacio liminar en el que algunas de sus certeras afirmaciones previenen al lector del terreno en el cual va a adentrarse. Algunas de sus aseveraciones son estas: «Decía Edgar Allan Poe que la ciencia todavía no nos ha enseñado si la locura es la más sublime forma de inteligencia», « […] Jesús Arroyo desciende al averno del dolor y su locura para rescatar de allí la vida» o «Es una poesía que no bebe de las modas sino de los grandes». En su espléndida aportación al poemario, Morata recurre a tres personajes de la historia literaria por su clara analogía con el submundo de Jesús Arroyo;  el licenciado Vidriera de Cervantes, la trinidad formada por las Brujas de Macbeth y  la dualidad del flâneur, o curioso paseante universal de personalidad desconocida; pocos son los consejos que alguien puede dar para afrontar este intenso cuaderno de viaje que supone Fotos de manicomio, el testimonio de un artista rodeado de sufrimiento que sin pretenderlo, revela belleza.

Considero necesario señalar que este libro fue escrito por Jesús Arroyo tras vivir una experiencia que cambió su vida. Durante el invierno de 2014, el autor se encontró con la locura como nunca antes lo había hecho; fue profesor de los internos del Módulo de Discapacidad Intelectual del Centro Penitenciario VII de Estremera (Madrid), allí comprendió muchas cosas y no comprendió otras muchas, la experiencia le marcó profundamente, hasta el punto de reconocerse en gratitud emocionada, como el verdadero alumno de aquellas personas.

Nada es habitual ni pueril en este proceso psicológico, así, el primer poema del libro lleva por título “Pala sin cordura”, tres cuartetos endecasílabos de rima consonante (ABCA) que suponen ser la única pieza del conjunto con dicha estructura; tal vez este poema sea —métricamente— el elemento discordante que rompe la armonía emulando a la enfermedad mental.

Algunos poemas parecen narrar pesadillas, escenas surrealistas no exentas de ironía y crítica, y otros se asemejan al género fantástico al relatar esa otra realidad que nadie cuenta: […] y al volver la vista / el rincón aguarda en telaraña, / decidió, a piel desnuda / y ojo terciopelo, / retirar con mimo aquellos hilos / para vestirse de artrópodo. // Se aseguró: / a ocho manos / la limosna sería una constante.

En el poema titulado “Creyéndose Balzac” los versos narran la heroica gesta de un enfermo que decidió no separarse jamás de un manojo de poemas, en su gesto y en el de sus compañeros, pervive una solemnidad enmascarada de disturbio: Lo único que quiso / fue llevarse a la tumba / los veinte poemas escritos en la sensatez de un escondite, / el olor a humedad que deja la tinta en las paredes / y una mirada de amor que jamás sacó de sus pupilas. // El pabellón, en fila y cuerdo de demencia, / asistió a cada uno de sus veinte funerales.

Emocionado al narrar la vida en un escenario tan estremecedor, la gramática se vuelve quebradiza y por cada grieta se filtra la poesía; no es de extrañar que para tal empresa el autor utilice sendas citas de Leopoldo María Panero o Friedrich Nietzsche, poetas del ensayo o ensayistas de la poesía que vivieron su particular relación con la locura. Aunque a decir verdad, la cita que más impresiona es la de Thomas Szasz, uno de los referentes de la antipsiquiatría, quien afirmó en su día: «Si tú hablas a Dios, estás rezando; si Dios te habla a ti, tienes esquizofrenia».

Como obedeciendo a los postulados de Szasz, los maestros de Arroyo no escatiman en lecciones y día tras día siguen expresando sus mensajes a través de su —para nosotros— nuevo lenguaje metafórico: Me lo dijo hace decenas de horas, / miles de lustros… / No supe ver la muerte en su mirada, / el final de un ciclo llamado esperanza. // Fue la rosa plantada en un jardín de hielo, / la guadaña clavada en verde prado, / la paloma invadiendo mi buhardilla.

Las ilustraciones que acompañan a los poemas no hacen más que inquietar más todavía al lector: formas humanas deformadas, doloridas, tristes; la brevedad de los poemas hace que, de un momento a otro, la situación sea distinta; su blancura vibra con la asepsia. El discurso de Jesús Arroyo es un doloroso testimonio cuya máxima pretensión es ser justo con esos desheredados que describe; su conciencia, contrariada por lo que supuso un azote a su sensibilidad, no duda en mostrar la crueldad, el caos o el rencor si es preciso, su poética no se adscribe a nada, sobrevive y se hace fuerte en su protección a la verdad: A ti, educador de púber, / más diablo que Marista / en proclama de iglesia que no sientes / creyente y dueño del sermón / que nunca llevarás a confesiones. […] A ti, masturbador entre lavabos / a cambio del notable despiadado / y clases de guitarra en dormitorio. […] A ti, que escondes en despachos / o en negro país misericordia… / no te veré morir como mereces, / ese es castigo que me toca.

Traumático y magnético relato a partes iguales. Jesús Arroyo, misionero en el infierno, nos invita a compartir su fantasmagórica vivencia, su estancia en ese purgatorio de los vivos es una exploración de la mente humana que trasciende en emociones y reflexiones a cualquier otra lectura común. Quizá la poesía sea el lenguaje más propicio para encarnar el torrencial discurso de esa otra consciencia que nos aguarda tras el fino dique de la cordura. En cualquier caso, estos retratos de manicomio son necesarios en una sociedad en la que locuras menos sanas son constituidas como negocio.

JESUS ARROYO

Jesús Arroyo

 

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Título: Tuya es la voz

Autor: Amelia Díaz Benlliure

Género: Poesía

Editorial: Los Libros de la Frontera

Año de publicación: 2013

Número de páginas: 68

ISBN: 978-84-8255-128-9

“Amelia Díaz Benlliure lanza un grito a la conciencia del ser humano en su poemario Tuya es la voz, una obra que, no satisfecha con abrir los ojos de las personas-estatua que la rodean, las azota e insta al movimiento además de cederles su testigo”.

En el número 35 de la colección “El Bardo” — fundada en 1964— la editorial Los Libros de la Frontera presenta la más reciente publicación de la poeta y editora castellonense Amelia Díaz Benlliure. Tras la publicación de su primer poemario en 2011, Manual para entender las distancias (ACEN), donde los elementos más primarios de la sociedad reflejan un alejamiento entre ellos a la manera del universo en expansión, la brillante editora de Unaria Ediciones nos propone como autora un viaje a los puntos de encuentro entre la memoria y la herida, un manifiesto lleno de dolor pero también de reivindicación que en ocasiones requiere de la plasticidad de la palabra para trasladarnos, intacta, toda su amargura.

El poeta y narrador Antonio Tello Argüello, pieza crucial de la literatura argentina del exilio, subraya en su acertado prólogo cómo los valores combatientes de la autora son los que quizá impulsen el protagonismo de sus versos hacia lo contestatario, hacia lo evocador de aquel que, cruzados los periplos, recuerda las experiencias que lo marcaron, los baluartes perdidos, como también apunta con acertada agudeza que el lector podrá encontrar, además de toda esa sustancia —revestida de lirismo— proveniente de esputos volcánicos,  muchos más matices y caminos que poder interpretar dada la riqueza como poeta de Díaz Benlliure.

La propia autora, a modo de introducción, no puede evitar dar unas pautas al lector para evitar su incomprensión, y consciente de lo arriesgado de su propuesta al mezclar su mirada en estos textos binarios con la mínima retórica y recato, prescindiendo de títulos y muros, se apiada de esa alma aventurera y señala su camino. Así pues, revela que en las páginas pares, la voz de su padre —ya desaparecido— relatará los pormenores de su calvario, y en las páginas pares, ya con voz propia, recogerá la compasión de sus lectores para transformarla en actitud y rebeldía.

Díaz Benlliure utiliza un léxico perlado, un narrar entrecortado, como el de quien describe un sueño a golpe de emociones, no necesita métricas ni rimas para transmitir su desencanto, el lenguaje simbólico toma decidido las riendas de sus versos cortos,  y las palabras se engrandecen o espacian a merced de sus vientos tautológicos.

«Bastan las manos para entender / las líneas que no se escribirán». La poeta provee a las manos de los ojos que palpan verdades, quizá porque son ellas las que ejecutan las acciones, son ellas las que escriben o acarician, son las que golpean: Son las manos / son las manos / son las manos / la voz. Manos flacas, manos de dedos negros: Sus manos contaron memorias / de los niños sin padres. Es esa terminación del brazo, esa extremidad superior la que llora ensangrentada o aprieta sus falanges formando un puño. «Fueron tiempos oscuros/paraísos mutilados / flores desangradas / en los campos del califa», el escenario cruel de una historia ya ocurrida no ofrece redención posible si no es a través de la lucha: Sabes / que ya no existen otros caminos, / Este / -tus pasos- / el único. La poeta es cronista del pasado, enemiga del olvido, y denuncia a los que ordenan desmemoria con el afán de borrar las huellas de sus errores. Las páginas pares esgrimen versos de naturaleza más breve y dispar, y concebidos como un mismo discurso no encuentran tropiezos ni anotaciones, de esta forma la libertad creadora se desata, unas veces a través de un marcado yo lírico, otras sin él, llegando a situaciones creacionistas como por ejemplo en el símil que referencia a la Biblia en el poema de los jinetes, cuatro estrofas, de tres versos cada una, donde los segundos versos son cuatro sustantivos sin separaciones ortográficas y los terceros, separados espacialmente, son coherentes leídos en conjunto o entre sí.

En otro poema, la autora forma el símbolo del infinito en un sencillo caligrama utilizando tan sólo la reversible palabra «reconocer». En un plausible ejemplo de la interacción de las páginas pares con las impares, Díaz Benlliure exclama en un verso: hambres eternas globales jamás, y lo realza en negrita entre seis versos más que lo rodean repitiendo el mismo texto, ocupando la misma extensión y consecutivamente. Después, en la página siguiente, la autora utiliza ese mismo verso como leit motiv de una especie de rezo en el que reconoce el hambre y sus múltiples efectos.

No es fácil digerir ni descifrar la poesía que contiene este libro, exige un gran compromiso del lector activo, pues si se le concede una lectura subliminal, poco profunda, las letras no revelarán nunca su mensaje; es fácil perderse en su ausencia de signos o de artículos, en su ausencia de títulos o disparidad de voces, pero sin duda es un ejercicio arriesgado que no deja indiferente a los buenos lectores.

Amelia Díaz Benlliure, licenciada en Matemáticas y reconocida guerrera del mundo editorial, con este golpe sobre la mesa consigue ascender un peldaño más en su carrera como escritora, al defender dignamente una apuesta tan compleja que camina con extrema habilidad por las fronteras de la poesía social, poesía del silencio y poesía de la experiencia sin perder jamás el sello propio que la hace tan personal.

Marcelo Díaz nos concede en su epílogo una prórroga cual bis que continúa el poemario haciendo uso de una prosa poética —que aun sin ser demandada— nos flagela el corazón al terminar —tan brevemente— y privarnos para siempre de su discurso ornamental y neologista. Sin duda un broche de gala que cierra el conjunto dejando un buen sabor de boca, tanto, que algunos se preguntan —o nos preguntamos— desde ya, cuál será el próximo proyecto de la artista.

Más información sobre la autora en:

 http://azulmareterno.blogspot.com.es/