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Crónica publicada en “Todoliteratura.es”:

https://www.todoliteratura.es/articulo/presentaciones/elena-torres-presenta-gramatica-sombras-homenaje-palabra-poetica/20180907181824048952.html

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El pasado jueves, 6 de septiembre, la Librería Ramón Llull de Valencia estrenó su temporada con la presentación del poemario “Gramática de sombras” (Calambur, 2018) de Elena Torres. Dicho libro es el decimocuarto en la bibliografía de su autora. Y para la ocasión, la poeta contó con la presencia de Sergio Arlandis, poeta, crítico, y en este caso, editor del sello Calambur, además de Blas Muñoz, reconocido poeta y profesor de larga trayectoria.

    A pesar de la fecha escogida para la presentación, teniendo en cuenta que el verano levantino se vive hasta mediados de septiembre, el público no defraudó y llenó uno de los foros culturales más emblemáticos de la Comunidad Valenciana. Como consecuencia de ello, escritores de la talla de Jaime Siles, Pedro José Moreno, Gloria de Frutos, Mar Busquets o Bibiana Collado, entre otros, arroparon a la autora.

    Para quienes no conozcan a Elena Torres, apuntaré brevemente que empezó su trayectoria como poeta en 1994 con Don de la memoria (Instituto de Estudios Modernistas), editorial del recientemente desaparecido Ricardo Llopesa, y a este libro sucedieron Alta fidelidad (Páginacero, 2001, Alrededor del deseo (Torremozas, 2011) o Frágil (Obrapropia, 2012), libro que mereció el Premio Ciudad de Valencia Vicente Gaos.

    El acto comenzó con unas palabras del poeta y anfitrión —junto a Almudena— Francisco Benedito, con las que agradeció al público su asistencia y subrayó la relevancia cultural y el cariño que las tres figuras literarias allí reunidas despiertan en la casa.

    Sergio Arlandis, una de las voces más destacadas de su generación, tomó la palabra en calidad de editor para manifestar que el manuscrito de Elena Torres no convenció a la mayoría del comité lector a su llegada a la editorial, sino a todos. Puso en valor la dilatada experiencia de la autora y su particular admiración por una obra que conecta emocional e intelectualmente con el lector a varios niveles. Alabó la capacidad de síntesis de los poemas, su arraigo con lo cotidiano pero a la vez metafísico, su universalidad y carácter metaliterario, lo que dota a los versos de profundidad y múltiples interpretaciones. Arlandis añadió que el lenguaje y su finitud gramatical lo convierten, precisamente, en una herramienta de infinitas posibilidades, motivo temático que filtrará toda su simbología por los diferentes pasajes del libro.

    Elena Torres, por su parte, compartió con los allí presentes algunas claves que ayudan a conocer mejor su poética y a desentrañar el libro. Comentó que urdió el poemario con la idea preconcebida de abordar temas nucleares y recurrentes en su poética, como lo son: el amor, el deseo, el tiempo, la duda; añadió que el libro está dividido en ocho partes y que a cada una de ellas precede una cita en la que se encuentra implícita la palabra temática a la que va referida cada sección. Decidió envolver esta obra con una retórica lingüística en la que la palabra fuese vehículo, pero también modelo y cuerpo de su universo simbólico. De este modo, la autora manifestó haber subrayado la importancia de los adverbios, las preposiciones y locuciones como partes de la gramática que posibilitan combinaciones que nos acerquen a describir lo inefable.

    El poeta Blas Muñoz fue breve en su intervención, pero —tal y como acostumbra— contundente y preciso. Vinculó la importancia de esas mínimas partes de la oración, como pueden ser los adverbios y preposiciones, con la coherencia y cohesión de una gramática necesitada de esas membranas articulatorias del discurso. Antepuso el valor de la solvente utilización de dichos nexos  a la sustantivación o adjetivación, recursos  banalizados y trillados por el acervo popular. Al igual que Sergio Arlandis, Blas Muñoz fue uno de los lectores privilegiados cuando Gramática de sombras era solo un borrador, y sostuvo con la autora una conversación en la que ambos comentaron la decisiva influencia que su criterio tuvo en el acabado final del libro.

    El acto culminó con un breve recital de los poemas del libro a cargo de Blas Muñoz y Elena Torres, quienes pausadamente y alternando sus lecturas convirtieron la declamación en un diálogo brillante y fluido que no hizo más que revelar la condición de macrotexto de la obra.

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Publicado en el blog de Vicente Barberá:

http://vicentebarbera.blogspot.com.es/2017/05/poetas-en-el-ateneo-cronica-de-jose.html?m=1

Publicado en la página web del Ateneo Mercantil de Valencia:

http://www.ateneovalencia.es/poetas-en-el-ateneo-xii-blas-munoz-en-la-poesia-siempre-hay-que-buscar-la-voz-propia/

(Todas las fotografías son autoría de José Luis Vila Castañer).

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De izquierda a derecha: Vicente Barberá, Blas Muñoz y Vicente Bosch. (José Luis Vila Castañer)

 

Presentación

Un 25 de abril nacieron Leopoldo Alas “Clarín” y José Ángel Valente, y por azar del destino, también un 25 de abril —o quizá por justicia poética— el poeta Blas Muñoz Pizarro visitó el ciclo Poetas en el Ateneo, un distinguido foro por el que han dejado huella algunos de los mejores autores líricos valencianos.

Celebrado en el Salón Sorolla del Ateneo Mercantil, uno de los coliseos culturales más señeros de la ciudad de Valencia, dicho ciclo es coordinado por Vicente Bosch, presente en la mesa, y presentado por Vicente Barberá, poeta y compañero del poeta invitado en el grupo literario El limonero de Homero.

A partir de las 19 horas fue llegando el público, hay que destacar que el aforo se llenó, algo que subraya la importancia de Blas Muñoz en el círculo poético valenciano, ya que como viene siendo una costumbre, el mismo día y a la misma hora, los actos literarios se solapan en Valencia.

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Entre el público, algunas de las personas más relevantes del panorama cultural valenciano se dieron cita en lo que, más que una exposición de vida y obra del poeta, se convirtió en un homenaje: Jaime Siles, Pedro J. de la Peña, Ricardo Bellveser, Pedro José Moreno o Elena Torres, fueron algunos de los escritores que acudieron al evento.

Quiero hacer visible la extraordinaria labor de José Luis Vila Castañer, reconocido fotógrafo valenciano, quien es el encargado de inmortalizar a través del objetivo de su cámara estos cíclicos encuentros con poetas destacados.

Vicente Bosch tomó la palabra para agradecer a Muñoz Pizarro su presencia en este proyecto, además de manifestarle su admiración como reconocido poeta, y no menos, mejor persona y amigo. Bosch subrayó el importante compromiso del poeta con la entidad convocante, por lo que terminó su intervención poniendo en valor no solo todo lo que Blas Muñoz ha dado al Ateneo Mercantil como persona, sino también la aportación global del grupo al que pertenece, El limonero de Homero, compuesto además por: María Teresa Espasa, Joaquín Riñón, Antonio Mayor y Vicente Barberá; grupo literario que coordina el Aula I de Poesía del Ateneo.

Era de prever que entre Vicente Barberá, como conductor del encuentro y buen limonero, y Blas Muñoz, surgiesen confidencias y la química de una amistad unida por la poesía deparase momentos de entrañable complicidad.

El Proyecto Poetas en el Ateneo acostumbra a dividirse en tres partes: exposición fotográfica, entrevista de Barberá al poeta invitado y ronda de preguntas del público, todo esto alternado con la proyección de un vídeo y un breve recital a cargo de poetas invitados.

Antes de dar paso a la primera fotografía, Vicente Barberá recordó que por este ciclo han pasado hasta once poetas de la talla de Antonio Cabrera, Jaime Siles, Ricardo Bellveser, Sergio Arlandis, Guillermo Carnero, Vicente Gallego, Rafael Soler, Francisca Aguirre, Pedro J. de la Peña, Juan María Calles o Carlos Marzal. Con la presencia de Blas Muñoz se cierra un periodo que culminará en su próxima entrega para dar paso al parón veraniego, siendo su pretensión reanudar la actividad ya entrados en septiembre. Invitó a los presentes a hacerse con uno de los dípticos sobre el poeta y su poesía que se ofrecían en la entrada al recinto y explicó que estos encuentros pretenden, no solo conocer la labor literaria del poeta convocado, sino también, y lo más importante, conocer un poco más su dimensión humana.

Fotografías

Así pues, dio comienzo el primer bloque. Apareció proyectada en la pantalla una fotografía en blanco y negro donde una joven señorita, ataviada con un vestido y un paraguas oscuros, sonríe a la cámara en mitad de unas vías de tren; el poeta ilustró al público al contar que aquel paisaje era la estación de Aragón (1972) y reveló que aquella mujer era Mercedes, a quien se dirige como Merche, su esposa, presente entre el público, y sus palabras y sus ojos se llenaron de luz. Con aquella pintura, el poeta rememoraba el drástico cambio que sufrió su vida, ya que enamorarse supuso pasar del narcisismo del yo a la entrega sin condiciones, lo que le llevó a escribir el poema “Consumación” y culminar así un poemario que llevaba entre manos, se refería, por supuesto, a Naufragio de Narciso.

La siguiente fotografía mostraba un autógrafo de Juan Gil-Albert, poeta admirado por Blas, quien tras las periódicas visitas de un joven y prometedor poeta, tuvo a bien, no solo dedicarle una de sus obras —Concierto en «mi» menor. Homenaje a Marcel Proust (1974) , sino a esbozar dentro del mismo autógrafo y en palabras de Muñoz Pizarro: la primera crítica a su poesía.

De la nostalgia y veneración de los que, sin duda, son momentos cruciales e imborrables en la etapa de un poeta joven, pasamos a la fotografía número tres, donde el reconocimiento del mundo literario y los primeros pasos de un autor comienzan a hacerse realidad. En esta fotografía en blanco y negro vemos a un Blas Muñoz muy joven y delgado, recogiendo el Premio Nacional de Poesía José Antonio Torres en la ciudad de Tomelloso. Vestido de esmoquin y pajarita, el autor comenta que justo detrás, se encontraba el poeta Antonio Gala. A lo que añade que entre el jurado que lo premió se encontraban el poeta Félix Grande, Eladio Cabañero y García Pavón. El pregonero de las fiestas ese año fue Francisco Umbral y tuvo el privilegio de ser nombrado pregonero para el año siguiente. Sin duda, un espaldarazo para alguien que todavía no había cumplido treinta años y tenía mucho que decir.

El poeta nicaragüense afincado en Valencia, Ricardo Llopesa, amigo de Blas Muñoz desde finales de los años sesenta, es quien aparece en la siguiente fotografía. Recordemos que Muñoz Pizarro tras publicar en 1981 Naufragio de Narciso, mantuvo un silencio editorial hasta el año 2007, momento en que finaliza La mirada de Jano, que fue publicado en 2009 por el Ayuntamiento de Petrer. En este nuevo momento crucial, fue Ricardo Llopesa quien le abrió las puertas de sus tertulias literarias en Valencia, hecho que acabaría siendo decisivo para desencadenar el éxito y repercusión de la etapa posterior del poeta.

No podía faltar una instantánea sobre El limonero de Homero, sus cinco componentes aparecen en la quinta fotografía, lo que aprovecha Blas para dar lectura a una décima compuesta expresamente para ellos. Sobre este grupo hablaremos más adelante, a colación de las preguntas que formulará Barberá.

Con motivo de un viaje a Portugal, y aprovechando que este evento se celebró en el aniversario de la «Revolución de los Claveles», en la siguiente fotografía aparece el poeta posando frente a una librería con un ejemplar de Mensagem, el único libro de Pessoa publicado en vida, hecho que lo llevó a improvisar “Rua do Carmo” un poema que regalará posteriormente a sus compañeros de El limonero, y que lo llevará también a reflexionar sobre el mismo hecho de la improvisación en su poesía: pocas veces sirve un poema escrito deprisa.

En la séptima fotografía vemos al ya desaparecido poeta José Luis Parra, en un instante del año 2011, en el también desaparecido Café Malvarrosa de Valencia. Blas Muñoz recuerda ese momento con sentimientos encontrados, puesto que por un lado, gracias al recital que allí ofreció consolidó su amistad con Juan Pablo Zapater, Francisco Benedito y Víctor Segrelles, hoy editores de la revista 21veintiunversos y entonces gestores culturales de uno de los foros poéticos más emblemáticos de Valencia. Y por otra parte, su amistad con Parra lo llevó a encargarle la presentación de su libro La herida de los días, pero poco después cayó enfermo y falleció. Por este motivo el siguiente libro de Blas Muñoz, En la desposesión, está dedicado emotivamente a José Luis Parra.

Con el motivo de la obtención de otro premio literario, en este caso el Memorial Bruno Alzola García (2011), en la siguiente fotografía vemos a Blas Muñoz en el que sería su tercer encuentro con el maestro Antonio Gamoneda. El momento retratado transcurre en Asturias, en el restaurante La Sauceda, propiedad de Ramón Alzola. Este momento fue una ocasión para manifestar su admiración por el poeta ovetense, así como la satisfacción por haber merecido un prestigioso premio a un soneto clásico.

Sin embargo, de los muchos reconocimientos que Blas Muñoz ha obtenido, El Premio de la Crítica Literaria Valenciana que obtuvo en el año 2012 por su obra La herida de los días, es como él mismo manifiesta: su más preciada distinción. Por ello, la siguiente fotografía recuerda el instante en que Juan Luis Bedins, presidente de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios, le hace entrega del citado galardón.

A continuación, y refiriéndose a una presentación en la Sociedad General de Autores y Editores de Valencia (SGAE) de su libro En la desposesión, un libro por el que consiguió el premio Flor de Jara de la Diputación de Cáceres, el poeta señaló a sus acompañantes aquel día, y no eran otros que Mila Villanueva, presentadora y organizadora del acto a través de Concilyarte, la asociación que preside; Ana Noguera, quien disertó magníficamente sobre el libro y el poeta valenciano José Antonio Olmedo, quien aquel día asistió a la presentación como parte del público y terminó anecdóticamente tocando el piano en el escenario, debido a la ausencia de la pianista anunciada.

La siguiente fotografía, tomada por Guadalupe Grande, rememoró un encuentro en Madrid, en casa de Francisca Aguirre, viuda de Félix Grande. Muñoz Pizarro acudió a la capital acompañando a María Teresa Espasa, quien presentaba en Madrid su libro Tanto y tanto silencio (2014) y a ambos les acompañaba su buen amigo y también poeta, Ricardo Bellveser. Blas recordó que mientras se celebraban en la capital los fastos por la coronación de Felipe VI, todos ellos disfrutaron de una velada íntima e inolvidable.

Marta Hazas, la popular actriz nacida en Santander y protagonista de series televisivas como Velvet o El internado, acompaña a Blas Muñoz en la penúltima fotografía. Tomada en diciembre de 2014 durante la gala de entrega del Premio Laguna de Duero de Valladolid, galardón que obtuvo Blas y gala en la que la actriz participó junto a Javier Veiga, esta instantánea sirvió para que el poeta valorase a esa juventud que lucha, representada en la actriz, pues no solo trabaja en cine y televisión, sino también en el especialmente exigente teatro clásico.

Y para terminar con la sección fotográfica, Blas comentó una instantánea en la que aparecieron Sergio Arlandis, Gregorio Muelas, Mila Villanueva y José Antonio Olmedo. De Sergio Arlandis comentó que escribió un excelente prólogo a su libro De la luz al olvido, un trabajo por el que le está muy agradecido; añadió que Arlandis es uno de los grandes poetas de su generación, además de investigador, por lo que anunció su próxima visita a la Feria del Libro de Valencia en unos días, e invitó a los presentes a conocer (In)verso, su último poemario. A Gregorio Muelas, con quien comparte una buena amistad, se refirió como autor del interesante libro de haikus La soledad encendida, una publicación en coautoría con José Antonio Olmedo, también presente, y a ambos incluyó también en su comentario sobre la nueva revista de crítica y poesía, Crátera, ya que son editores y críticos de la misma, deseándoles una larga y próspera trayectoria en esta nueva etapa. De Mila Villanueva destacó su magnífica labor al frente de Concilyarte, una de las asociaciones valencianas de mayor auge en la actualidad, y alabó también las cualidades como escritora de la autora de Bajo la luna de Kislev. Y por último, Muñoz Pizarro deseó al libro La flor de la vida de José Antonio Olmedo, actualmente nominado a los Premios de la Crítica Literaria Valenciana, la mejor de las suertes y un largo recorrido, pues a su parecer es uno de los libros de poesía más interesantes que se han publicado en Valencia durante el pasado año.

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Collage de las fotografías comentadas. (José Luis Vila Castañer)

Entrevista y recital

Vicente Barberá, en adelante (V.B.), confesó que su amistad con Blas Muñoz (B.M.) se remonta diez años en el tiempo. La culpa de su primer encuentro fue de Joaquín Riñón, ya que los invitó a ambos a la boda de su hija mayor. Aquel fue el momento fundacional de El limonero de Homero, grupo literario con el que han ofrecido más de cuarenta recitales, tanto en Valencia como por el resto de la geografía española. Siguiendo con las palabras de Barberá, admitió que de Blas admira muchas cosas, por ejemplo, su meticulosidad a la hora de trabajar los poemas. Blas es un arquitecto del verso, perfecto conocedor del metro clásico, en su poética abunda el verso medido y su escrupulosa y precisa armonía siempre ha dado que hablar en los corrillos literarios. Por este motivo, Barberá contó que expuso uno de sus poemas a Muñoz Pizarro, fue en el año 2007, y el poema en concreto “El triunfo del amor”. Este gesto es una costumbre cotidiana entre los miembros de El limonero, ya que su amistad y también la experiencia y magisterio de sus componentes hacen posible que de unos a otros opinen de sus obras con naturalidad, con la sana aspiración de aprender y perfeccionar sus textos. El laudo de Blas no dejó indiferente a Vicente, ya que le escribió dos folios de correcciones y recomendaciones demostrando lo que ya sabía: siempre se ha tomado la poesía muy en serio.

Barberá siguió comentando con vehemencia que admira a Muñoz Pizarro por su capacidad para interpretar el sentido de los poemas, su vocación docente unida a su habilidad para desentrañar esa historia subterránea de los versos lo convierten en un artista de lo formal, un excelente poeta, de mucho oficio, perfeccionista y con dominio de la técnica, en definitiva: un maestro con mayúsculas.

V.B: — ¿Para ser un buen poeta es necesario el dominio de la técnica?

B.M: —Sí. Es preciso practicarla hasta dominarla, como también es preciso el proceso de corrección. Hay que escribir métrica sin contar los versos. Antonio Machado decía: líbrate del verso cuando te esclavice. El poema no debe forzarse.

(Pascual Casañ recita el poema “De anaranjadas sombras” contenido en el poemario La mirada de Jano).

V.B: — ¿Por qué ahora no escribes poesía?

B.M: —Nunca me obligo a escribirla. Tampoco sé por qué lo hago cuando la escribo.

V.B: — ¿Es verdad que sufres mientras escribes?

B.M: —Sí, si el poema no es bueno. Si eres exigente con tu trabajo siempre hay una insatisfacción al no estar seguro de dar al poema lo que este te pide. Generalmente, el poema me revela su mensaje cuando lo termino.

V.B: — ¿Qué es la poesía para ti?

B.M: —Si hablara como profesor, diría que es una transgresión, la separación del significante y significado para crear esa grieta abierta en el signo (palabra, poema, obra) una nueva significación. Pero sería insuficiente. La poesía no se agota en ninguna definición, y menos aún si se pide brevedad. En el acto poético, de escritura o de lectura, la realidad se muestra como una revelación intensa por la que una inteligencia emocionada crece en conocimiento y en comunicación. En otras palabras, es la palabra justa en el momento preciso con una carga de emoción que no empañe el poema pero que actúe en el lector.

(Antonio Mayor recita el poema número diez de “El paso de la luz” contenido en el libro De la luz al olvido).

V.B: —De tus poetas preferidos cita tan solo cuatro, tres españoles y uno extranjero.

B.M: —Podría decirte el nombre de 34 poetas. Pero te diré: Garcilaso, Góngora, Claudio Rodríguez y Rilke.

(Recita Joaquín Riñón el poema titulado “Como otras veces” incluido en el libro La mano pensativa).

V.B: — ¿Por qué elegiste el poema titulado “Si de mí hablo” para que aparezca en el díptico?

B.M: —Porque podría decirse que ese poema es como mi propia poética. Nunca sé lo que voy a escribir, cuando escribo no sé a dónde voy. Es al final del poema, como he dicho antes, que el poema se revela, excepto en los poemas de ocasión, dedicados, o cosas así.

(Se proyecta el vídeo realizado por Virgilio Fuero, en el que él mismo recita el poema titulado “Im promptu” perteneciente al libro De la luz al olvido. Terminada la proyección, Fuero regala al poeta el CD con la grabación del mismo).

V.B: — ¿Después del Premio de la Crítica Literaria Valenciana qué otro premio de los que has conseguido consideras más importante?

B.M: —Quizás el Premio del Gobierno de Aragón que me fue entregado por el libro La herida de los días.

(Recita Juan Ramón Barat el poema titulado “Insomnio” incluido en los pecios de la antología De la luz al olvido).

V.B: — Si El limonero de Homero no fuera perfecto ¿cómo podría serlo?

B.M: —Con la interacción de todos ha mejorado con los años. Todos hemos mejorado. La amistad permite decirse con sinceridad las imperfecciones del poema para mejorar.

(Recita Mar Busquets el poema titulado “Nana de tu ausencia”, perteneciente al libro El Limonero de Homero III).

Vicente Barberá anuncia que El limonero de Homero ya prepara su cuarto libro conjunto y da comienzo la ronda de preguntas rápidas.

V.B: — ¿Qué admiras de un poeta?

B.M: —Autenticidad.

V.B: — ¿Qué te hubiese gustado ser además de poeta?

B.M: —Lo que soy.

V.B: —Algo que detestes.

B.M: —El orgullo.

V.B: — ¿Dónde te gustaría vivir, que no sea Valencia?

B.M: —En Cuenca.

V.B: —Nombra un poeta vivo al que admires.

B.M: —Francisco Brines.

V.B: — ¿Cerveza o vino?

B.M: —Vino.

V.B: — ¿Pintura o poesía?

B.M: —Poesía.

V.B: — ¿En qué te gustaría ser mejor?

B.M: —Me gustaría ser mejor como padre, esposo y abuelo.

V.B: —Cita un poema cuya lectura haya sido importante para ti.

B.M: —El primero de Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez.

(Termina la ronda de preguntas rápidas y Blas Muñoz lee algunos de sus poemas).

En primer lugar, el poeta da lectura  al poema “Ella bajo la lluvia” de 1972, inspirado en la fotografía expuesta anteriormente de su esposa Merche, cuando era joven, tomada en la estación de tren de Aragón.

Seguidamente, Muñoz Pizarro comenta que su amigo José Luis Parra le dedicó el poema “Cortes de luz” en su último libro, un texto en el que se evocan los tiempos difíciles de la posguerra. Razón por la cual, Blas Muñoz lee el poema citado y además el poema “1950 (por ejemplo)”, perteneciente a su poemario La herida de los días y lo dedica y lee con tanto cariño hacia su amigo que no puede evitar emocionarse.

Para terminar sus lecturas, Blas recitó un soneto clásico titulado “La mano pensativa” contenido en su libro de mismo nombre.

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Escritores que leyeron poemas del autor invitado. (José Luis Vila Castañer)

Ronda de preguntas del público

Juan Ramón Barat: —Cuando te leo siento que se te entiende, pero con profundidad, eres claro y profundo a la vez. ¿Defiendes claridad y profundidad en la poesía?

B.M: —Pienso que a eso deberían responderte los lectores. Cambio de registro y es muy difícil etiquetarme. En mi libro En la desposesión hay algo de poesía hermética, pero la claridad o el hermetismo vienen dados al autor. Pertenezco a la generación novísima por edad y en mis inicios bebí de ellos, de su culturalismo.

Rafael Pla López: — ¿Una buena poesía debe sorprender o sonar?

B.M: —La sorpresa o la ruptura son relativas, a veces son mínimas, pero necesarias. Hay que prescindir de tópicos, huir de lo trillado. Si suena mucho un poema, malo. Hay que buscar siempre la voz propia.

Salvador Garay: —Me sorprenden tus poetas favoritos.  ¿Qué fue de aquel Blas amante de Rafael Alberti en sus comienzos?

B.M: —He admirado a muchos, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero, Manuel Álvarez Ortega, aunque he ido por etapas. He bebido de muchas fuentes y de Alberti bebí cuando fui adolescente.

Ricardo Bellveser: —En que puede haber poesía no escrita supongo que todos estaremos de acuerdo. Yo también abogo por la claridad en la poesía, las vanguardias espantaron a mucho público de la poesía, tanto experimentar hizo que la mayoría de personas no comprendiesen los poemas. Hay que recuperar la poesía-verdad.

B.M: —Sin dejar de estar de acuerdo, pienso sin embargo que la poesía debe tirar del lector, debe hacerlo crecer. En la ruptura, en la grieta está el poema. También es necesario un punto de extrañeza para desarbolar las convenciones y empujar al lector a terminar el poema.

(A petición de Vicente Barberá una persona del público se presta voluntaria para dar lectura al poema que figura en el díptico y con el que se clausurará el evento).

Antes de dar lectura al poema “Si de mí hablo”, el voluntario confiesa haberse emocionado con lo expuesto en el acto.

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Ronda de preguntas del público. (José Luis Vila Castañer)

Despedida

Vicente Barberá agradece la presencia de todos los asistentes y cede la palabra a Vicente Bosch, Directivo del Ateneo, que emplazó a los allí presentes a interesarse por la próxima entrega de los premios literarios que organiza y concede el Ateneo Mercantil de Valencia, una previsible fiesta de las letras que tendrá lugar los días 10 y 11 de mayo. Por último, despidió el evento no sin antes agradecer al público y a todos los participantes su presencia y colaboración.

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Foto general. (José Luis Vila Castañer)

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De derecha a izquierda: Rafael Soler, Sara Juárez, Ricardo Bellveser, Robert Archer y Sergio Arlandis.         Fotografía: Hasbia Ma

El pasado miércoles, 29 de marzo, en la Librería Ramón Llull de Valencia, y en un acto organizado por la asociación cultural Concilyarte, tuvo lugar la presentación del libro “Primavera de la noche”, el más reciente poemario del poeta, periodista, ensayista y narrador valenciano, Ricardo Bellveser. Como no podía ser de otra manera, el acto reunió a un numerosísimo público, un público en el que se encontraban algunas de las personalidades más destacadas de la cultura valenciana. No era para menos, “Primavera de la noche” corona cuatro décadas en la vida poética de Ricardo Bellveser, para ello, y presentados por Mila Villanueva, organizadora del evento, también escritora y presidenta de Concilyarte, tres grandes escritores arroparon al poeta y lo hicieron por este orden: Sergio Arlandis, Rafael Soler y Robert Archer.

Arlandis, destacado poeta y crítico literario, intervino como editor, ya que en la actualidad es el responsable editorial de tres colecciones de la editorial Calambur, sello bajo el que está publicado “Primavera de la noche”. Sus palabras fueron breves, pero concisas y en ellas se trasluce la admiración y el respeto que siente por Bellveser: «Los solitarios y sus amigos es una colección en la que hemos publicado poetas como Gamoneda o Antonio Colinas y sin duda, con la inclusión de Ricardo Bellveser, esta colección se enriquece».

Por su parte, Rafael Soler, poeta valenciano radicado en Madrid, habló de la importancia del título del libro, lo definió como una suerte de equilibrio antitético, entendiendo por «primavera» quizás el primero de los cuatro estadios temporales que anteceden a esa postrera «noche» o transfiguración de la muerte. También apuntó el momento de madurez e introspección del autor, obligado por sus propias reflexiones vitales, al recuerdo, a las ausencias, al amor y sus reconocibles huellas en el tiempo. Sus palabras compusieron un tributo de prosa poética, no solo por su belleza, sino por su solemnidad y hondura.

Robert Archer, escritor e hispanista londinense, residente en Valencia, con no menos vehemencia, sino con sorpresa y fascinación añadidas, reveló que la lectura de “Primavera de la noche” le había hecho reflexionar acerca de las cuestiones existenciales que en libro se tratan, y aún más, confesó que los versos de Bellveser lo subyugaron también en sueños. Este hecho —según palabras textuales del propio Archer— le hizo reconsiderar su postura ante la vida y el paso del tiempo, acercándose con ello a la actitud de un amigo al que por anteriores opiniones sobre temas de esta índole, creía diferente.

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Fotografía: Hasbia Ma

Ricardo Bellveser tomó la palabra y como es lógico, agradeció debidamente a sus compañeros de mesa todo su cariño y generosidad. Ya dirigiéndose al público, el poeta apuntó que la poesía debe recobrar la verdad, es decir, todo lo que los poetas románticos consiguieron —en lo que acercar la poesía a toda clase social se refiere—, fue destruido por los vanguardistas. Según Bellveser, la poesía demasiado intelectual, irracional, surrealista, experimental, llámese como se quiera, alejó al no erudito en literatura de la poesía. En su opinión, que alguien enfrente un poema y no lo comprenda es un fracaso para todos. De ahí su invitación a la poesía verité, rasgo representado en los poemas que componen “Primavera de la noche”, un fluido discurso que huye de tecnicismos y retórica, donde cada palabra está justificada y tanto el tono, léxico, ritmo y argumento demuestran libertad, pero también —y lo más importante— sinceridad.

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La actriz Sara Juárez recitando versos de Bellveser.                                       Fotografía: Hasbia Ma.

El acto fue culminado por la actriz Sara Juárez, quien intervino recitando poemas del libro, maravillando al público presente con su particular sensibilidad.

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Reseña publicada en Revista de Letras:

http://revistadeletras.net/jaime-siles-cantico-de-disolucion/

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Jaime Siles

Título: Cántico de disolución (1969-2011) poemas escogidos

Autor: Jaime Siles (poemas seleccionados por Martín Rodríguez-Gaona)

Género: poesía

Editorial: Verbum

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 316

ISBN: 978-84-9074-150-4

Poetizar es un acto de realidad y de lenguaje, transformar los nombres hasta el sustrato primigenio, indagar tras el concepto originario, pulsar el ser desde lo uno hasta lo múltiple. Devolver la realidad a la Realidad.

Jaime Siles, 1974.

 

La obra y figura de Jaime Siles (Valencia, 1951) siempre ha sido de gran relevancia en la lírica española. Desde que a finales de la década de los sesenta publicase Génesis de la luz (1969), siendo un muchacho de apenas diecinueve años, hasta este Cántico de disolución (2015), el cual recoge una selección de sus poemas hasta 2011, su obra, coherente y evolutiva, ha ido aquilatándose con el tiempo y alcanzando cotas de verdadera maestría. Muchos son quienes buscan su consejo literario antes de publicar un poemario, su magisterio y cercanía propician que a diario lleguen nuevos libros a su despacho, siempre de poesía. A pesar de estar afincado en Valencia sus viajes por todo el globo terráqueo son constantes: cursos, conferencias, fallos de concursos. La comunidad poética española e internacional requieren su presencia a menudo, lo que constata su reconocido prestigio, no solo como poeta, sino como ensayista e investigador del campo humanístico.

Pocas presentaciones necesita uno de los novísimos de la segunda hornada, no apareció en la famosa antología de Castellet, Nueve Novísimos (1970), pero sí lo hizo en Nueva poesía española, de Enrique Martín Pardo, publicada el mismo año, además de figurar también en otras posteriores.

Martín Rodríguez-Gaona, (Lima, 1969) poeta, ensayista y traductor peruano, es el responsable de esta edición que se inscribe en la colección de poesía que posee la editorial Verbum, un distinguido foro coordinado por Pedro Shimose. Rodríguez-Gaona en los más de cien poemas que selecciona para Cántico de disolución ofrece una perspectiva unitaria de la obra poética de Siles, sin divisiones temáticas de títulos o épocas, y demuestra así, a pesar de sus múltiples registros, la continuidad de su escritura. Quizá ese rasgo es lo que diferencia a esta antología de otras anteriores, como por ejemplo, Cenotafio. (Antología poética, 1969-2009), Cátedra (2011) de Sergio Arlandis. La tarea de Rodríguez-Gaona no es fácil si tenemos en cuenta que la obra poética de Jaime Siles ha ido transformándose a lo largo del tiempo, a pesar de haber mantenido ciertas constantes en su escritura su universo simbolista ha mutado y con él los códigos que lo descifran; tanto es así que el propio autor reconoce haber transcurrido de lo barroco y surrealista a lo puro y esencialista, pasando por lo postmoderno y urbano hasta llegar a su último registro, lo existencial.

Preservar aquello que une y conforma el invisible hilo conductor de una vida consagrada a la poesía es un desafío superado en Cántico de disolución, un  viaje a través de las personas poemáticas de Jaime Siles en una obra que compendia: Horas extra (2011), Desnudos y acuarelas (2009), Actos de habla (2009), Colección de tapices (2008), Pasos en la nieve (2004), Himnos tardíos (1999), Semáforos, semáforos (1990), El gliptodonte y otras canciones para niños malos (1990), Poemas al revés (1987), Columnae (1987), Música de agua (1983), Alegoría (1977), Canon (1973), Biografía sola (1971) y Génesis de la luz (1969).

A lo ya atractivo de por sí que resulta este compendio lírico debemos añadir un breve texto ensayístico del propio autor, unas palabras liminares —de gran valor— que bajo el epígrafe “El texto es hoy el único escenario” introducen al lector en el pensamiento poético del artista. En dicho texto, no son pocas las confesiones que el poeta hace, su razón de poeta, consciente de que la desnudez es el mejor resorte entre el artista y el receptor de su arte, llama a las cosas por su nombre y desglosa conceptos que a menudo, —bien por ignorancia o falta de rigor— se transmiten unidos. Así vamos diferenciando entre poética y pensamiento poético, vamos acotando un fluir lírico que siempre ha ido unido al filosófico entre “poema-instante”  y “poema-discurso”, términos referenciales de Henry Gil entre los que el poeta articula su pensamiento.

Y llegamos a una de las claves que además de aclarar el sentido del título del poemario, hace lo propio con el estilema y el proceso de transición del poema mental al poema escrito. El poeta cita textualmente a Ernestina de Champourcin[1]: « […] cada emoción tiene su forma; cada momento, su ritmo». Y en este aserto justifica el poeta el proceso de formación de la estructura del poema, andamio determinante, ya que sobre él se articulará el lenguaje y combinará los signos en función de la emoción, el instante, la intuición y todo aquello que configura la conciencia y los factores que sobre ella influyen. Ese momento conceptual en el que el poema es fonación que busca su cadencia en el alfabeto, la palabra es pre-palabra, la lengua es pre-lengua y el signo es pre-signo, todo se ordena aspirando a una arquitectura visual que rara vez será significada por completo; es por eso que el poeta confiesa: creo en la voz más que en la escritura.

¿Por qué, cántico?

Como ya hemos dicho, ese ritmo interior al que obedece el lenguaje, en Siles configura muchas veces un constructo que no rehúye los metros y rimas clásicos, como en el poema “Hortus conclusus” de Columnae: Por donde el firmamento / columnas no sostiene ni levanta, / todo es pensamiento / que la noche suplanta: / vacío de la voz que, muda, canta. Aquí los versos se ahorman al canon de la lira clásica incluyendo su rima consonante, pero también es recurrente en su poética la utilización de la rima asonante, como en el poema “Expiaciones sin pecado” de Pasos en la nieve: Por la muerte se avanza muy despacio. / No se entra de lleno en su morada, / no se habita ni se cruzan sus campos: / se adivinan, se saben, se presienten, / más que sus territorios, sus espacios. No sólo en la utilización de la rima sonora advertimos el tono musical de los poemas, su carácter hímnico otras veces se muestra en el ritmo resultante de una ruptura gramatical: Éste sin voz ni límite, que es cielo, / corazón de rumor reverberante, / líquido mármol donde el agua toda / suena dormida bajo el tiempo múltiple. // Dura, palabra, dura, sé distancia / que el resplandor aleje de la sombra, / arco afilado que por siempre tense / mi paladar sonoro transcurriendo.

¿Y por qué, disolución?

« […] El lenguaje, en cambio, sí ha constituido siempre para mí una angustia y una obsesión: una especie de laberinto en el que la ósmosis del espacio y del tiempo en la memoria nunca llega a ser fijada por los signos, a los que no sostiene nada sino sólo la voz. Y esta nada de la voz, que es también la del signo, traduce la nada del yo. Resbalar por la voz es como resbalar por el tiempo: el lenguaje se convierte así en un abismo en el que se diluyen las cosas tanto como el yo. La disolución del yo es como la disolución del signo. Y esa disolución es lo que el poema nos deja después de habernos hecho sentir la totalidad del Absoluto, que es lo único que confiere realidad al yo. La nostalgia de ese Absoluto, del que sólo hemos visto parte de sus reflejos, es lo que a mí, al menos, me hace seguir escribiendo».

Todo un sistema filosófico, cultual, metafísico, orbitando alrededor de un lenguaje al que se ama por lo que ofrece y al que se cuestiona por lo mismo. Esa fe en la palabra-laberinto, palabra-abismo, desata el vértigo del creador pensante y a su vez el temblor por alcanzar el punto más cercano a ese absoluto idealizado.

Por su parte, Rodríguez-Gaona propone al final de la lectura un texto ensayístico titulado “Del ala de la duda al cántico de disolución”, en él expone los motivos por los que considera a Jaime Siles una pieza fundamental (membrana, articulación) entre los planteamientos estéticos y discursivos de varias décadas. Acierta al denominar al autor de Mayans o el fracaso de la inteligencia como “poeta de poetas”; señala con nitidez los arbotantes de su sistema poético: confrontación, tensión y líneas rojas entre identidad y lenguaje; viaje del silencio hacia la música; punto de encuentro entre lo clásico y lo moderno: indagación, reflexión y lirismo.

La poesía de Martín Rodríguez-Gaona figura en las antologías Festivas formas de Eduardo Espina (Medellín: Universidad de Antioquía, 2009) y Los relojes se han roto: poesía peruana de los noventa. (Guadalajara: Ediciones Arlequín, 2005), y ha sido analizada en el estudio En la comarca oscura. Lima en la poesía peruana 1950-2000 (Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2006). Sus traducciones y ensayos van amalgamando una identidad que se afianza crítica en lo personal y rigurosa en lo científico.

Cántico de disolución hará las delicias de quienes ya conocen la poesía de Jaime Siles, ilustrará y seducirá a quienes se enfrenten por primera vez a su singular obra poética, pero sobre todo, constituye un homenaje —entre los muchos que vendrán— a una trayectoria poética y vital unida indeleblemente a la poesía.

 

 

Perdóname, lector

           

Perdóname, lector, por lo que escribo,

por lo que he escrito y lo que escribiré.

Ni tú ni yo tenemos parte o culpa

pero la vida es una expiación―

de qué no sabría decirlo,

pero conozco―e incluso casi amo―su dolor:

aparece de pronto y cae lentamente,

se demora en los ángulos como, a veces, la luz

y se extiende por dentro

hasta formar un edificio con columnas

y puertas y ventanas

orientadas hacia una idea cálida

a la que quien creemos ser se asoma

para obtener alguna imagen rápida de sí.

Pero no hay nada dentro sino esta

conciencia de la angustia

que es arquitectura y autorretrato del dolor

y tal vez su más cierta presencia imaginaria.

 

(de Himnos tardíos, 1999)

 

[1] Publicado en “La Gaceta Literaria”, 15 de julio de 1928.

 

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El pasado miércoles 9 de diciembre la asociación cultural Concilyarte organizó en Valencia la presentación del libro “Cántico de disolución (1973-2011) Poemas escogidos“, una antología del poeta Jaime Siles publicada por Verbum. Pedro Shimose, responsable de la colección “Poesía” de la editorial Verbum, incluye a Jaime Siles en su flamante nómina de poetas, entre la que destacan nombres como: Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena o Antonio Gamoneda.

El acto de presentación tuvo lugar en el Museo de Bellas Artes de Valencia, la escritora Gloria de Frutos fue la encargada de desempeñar las labores de presentadora. Además, la presentación contó con tres invitados de excepción que acompañaron a Siles en la mesa presidencial: Fernando Delgado, Guillermo Carnero y Sergio Arlandis.

En primer lugar intervino el poeta, ensayista y profesor Sergio Arlandis, quien a su regreso de tierras americanas vuelve a formar parte del devenir poético y cultural valenciano con una apretada agenda. Arlandis, quien puede presumir de ser el responsable de la anterior antología sobre Jaime Siles, Cenotafio, antología poética 1969-2009 (Cátedra, 2011), disertó extensa y acertadamente sobre la obra y estilo del autor de Himnos tardíos (Visor, 1999). Su conocimiento profundo, tanto de la obra, como de la persona del poeta, hizo posible que el público presente, y a través de su discurso, fijase su atención en cosas como la pluralidad de la palabra poética o la fe en el lenguaje, escenario de una batalla entre el yo personal y el yo poético, factores clave en el estilema de Jaime Siles.

Por su parte, el poeta novísimo Guillermo Carnero, amigo de Siles desde su etapa de estudiante, enfocó su intervención desde una perspectiva menos académica y más distendida y entrañable, consciente de —como él mismo apuntó— que aquel acto, más que una presentación al uso, constituía un homenaje a la obra y figura de uno de los Hijos Predilectos de la Ciudad de Valencia. Entre las muchas anécdotas que el autor de El sueño de Escipión (Visor, 1971) tuvo a bien contar, destacaré una que llamó mi atención. En el año 1989, Siles Ruiz optó a una cátedra de Literatura Española e Iberoamericana de la Universidad de St. Gallen (Suiza), tras conseguirla por méritos, le fueron mostrados los currículum de las personas con las que había “competido”, cuál fue su sorpresa al descubrir que su querido amigo Guillermo Carnero, estaba entre los aspirantes a esa misma cátedra, y aún más, Carnero, cuatro años mayor que Siles, al conocer —mucho antes— que podía perjudicar a su amigo optando a esa misma tribuna, envió una carta a la Universidad retirando su candidatura y documentación, alegando que él jamás competiría con su buen amigo Jaime. La verdad es que Carnero se extendió bastante en su discurso, pero el público agradeció el tono divertido y cercano de su intervención con carcajadas cómplices y un caluroso aplauso.

En último lugar intervino el novelista y poeta Fernando Delgado, quien en la actualidad es miembro del jurado del Premio Planeta y buen amigo de Jaime Siles desde la década de los setenta. Fernando, en la línea de Carnero, contó anécdotas entrañables pero también subrayó la importancia de la voz poética de Jaime Siles, tanto dentro como fuera de España, así como también puso en valor su gran aportación a la poesía. Y es que la poesía de Siles, inundada de filosofía, de ritmo, de referencias latinas, culturalista e indagatoria, en tensión contra el propio lenguaje, es hoy objeto de estudio de poetas e investigadores.

Por su parte, la intervención del poeta homenajeado, fue breve y agradecida, no leyó poemas del libro, no es dado a presentaciones propias, es más, con 46 años de trayectoria bibliográfica, esta era la primera “presentación” oficial de un libro suyo en la que él mismo participaba. Anécdotas aparte, Siles Ruiz agradeció también al poeta peruano Martin Rodríguez-Gaona, quien es el responsable de esta edición, su esfuerzo y dedicación en una compilación de más de cien poemas donde están representados todos sus libros de poesía, una edición que cuenta, además de una “poética” de su autor al principio del libro “El texto es hoy el único escenario”, con un texto ensayístico de Rodríguez-Gaona titulado “Del ala de la duda al cántico de disolución”, todo un atractivo añadido a las más de 290 páginas de poesía.

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Esta fotografía es un bello recuerdo de una magnífica tarde de poesía vivida en Valencia. El maestro Jaime Siles presentó su antología “Cántico de disolución” acompañado de los poetas Sergio Arlandis, Fernando Delgado y Guillermo Carnero. Fue todo un lujo escucharles.

 

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Título: De la luz al olvido

Autor: Blas Muñoz Pizarro

Editorial: Vitruvio

Género: Poesía

Número de páginas: 253

Año de publicación: 2015

ISBN: 978-84-944159-6-8

Todavía, a día de hoy, después de haber leído varias veces este libro, después de haber asistido a su primera presentación en Valencia, después de haber entrevistado a su autor; todavía hoy pienso que Pablo Méndez, editor de Vitruvio, además de poeta, no es verdaderamente “consciente” de la gran —y necesaria— labor que ha llevado a cabo al editar este libro. Y afirmo esto desde la admiración y el respeto, no es fácil dimensionar a un poeta como Blas Muñoz, ni siquiera para quienes le conocen, pero si algo, entre otras cosas, ha conseguido esta antología, es hacer justicia.

Desde hace años y en su mayoría,  la poesía de Blas Muñoz se ha publicado merced a los numerosos premios que ha ido cosechando; algo que muchos pueden considerar positivo, puesto que ganar un premio siempre supone obtener un prestigio y gozar de cierta divulgación, no cabe duda, pero en lo que a distribución y trascendencia de esa poesía se refiere, la cosa cambia. Ediciones de no muchos ejemplares, editoriales que desaparecen o ausencia de distribuidor, son algunos de los escollos que la poesía de Muñoz Pizarro ha debido sortear, y si a eso unimos el largo silencio, de veintiséis años, que el autor mantuvo entre 1981 y 2007, es tan lógico como injusto, que un poeta de su envergadura sea un gran desconocido en buena parte de la geografía española.

Y dicho esto, pasemos a dilucidar algunos aspectos de esta experiencia poética urdida a modo de antología personal que abarca 53 años.

El poeta valenciano Sergio Arlandis, quien hoy trabaja como docente en la Universidad de Pennsylvania, es el encargado de introducir al lector a través de un prólogo que se convierte en la antesala necesaria para abordar estos versos, ya que, Arlandis disecciona los ejes temáticos de la obra y expone analogías e interpretaciones de los mismos con total naturalidad y rigor: autenticidad, semiótica personal, mundo propio o vida al margen de las tendencias, son algunas de las acertadas apreciaciones que Arlandis vierte en su prólogo,  una gran aportación al libro que, si cabe, lo revaloriza aún más.

El primer bloque que encontramos se titula Pecios, y está compuesto por siete poemas escritos en la etapa adolescente, un pequeño compendio, aquí protopoético, en el que ya podemos encontrar algunas de las técnicas, recursos y preocupaciones del autor, aun de manera germinal. En los poemas: Parábola, El primer amor, Llanto y Nana de tu ausencia, es decir, cuatro de los siete poemas, el poeta emplea retóricamente la anáfora como recurso lírico en busca de la musicalidad; y esa misma anáfora, pero en su acepción filosófica, vertebra invisiblemente el libro completo, de principio a fin, como proceso desde el inicio del ser hasta su realización. Los poemas “En silbo y espuma” y “Parábola” están escritos en versos blancos, mientras que “El primer amor” yCanción” utilizan rima asonante, y los poemas “A R. Alberti”, “Llanto” y “Nana de tu ausencia” riman en consonante, es decir; ya se apunta la polivalencia de formas y formatos, como también una inclinación hacia una métrica imparisílaba que esplenderá repetidamente a lo largo del libro en la horma canónica del soneto, como por ejemplo, en el poema “Nana de tu ausencia”: Me duele como a tierra de secano / tu ausencia de raíz en mi cintura, / hondo sueño imposible de agua oscura / en los áridos cauces del verano. El poeta «invoca» al hijo que nunca vendrá en estos versos, «suplica» en “En silbo y espuma” y todo el conjunto es una «ofrenda» al amor, al dolor, a la celebración, inscribiéndose así en otra de las acepciones de la palabra «anáfora», vocablo griego que significa «acción de elevar» y que litúrgicamente en las creencias orientales, además de suponer un trayecto eucarístico, también representa la oblación, súplica e invocación como necesario diálogo introductorio a modo de gratitud.

A continuación encontramos el poema “La danza”, escrito entre 1965 y 1971 y que fue merecedor del premio “José Antonio Torres”. Este poema, de larga extensión, bien podría  haber sido escrito en la madurez del poeta: su clasicismo formal en el discurso, su medida escritura en alejandrinos de verso blanco; pero nos encontramos ante un poema escrito entre los veintiuno y veintisiete años, por tanto, esa retrospectiva en el tiempo confirma la versatilidad del yo en la poesía de Muñoz Pizarro, esa hondura existencialista que el poema retrata con la reconstrucción de un pasado en el interior de una casa vacía, esas sombras, esos vacíos, no son más que el grito desgarrador de un padre que ha visto marchar a sus hijos —quizá a una guerra—, una fabulación hecha verdad en versos acertadamente esculpidos, un lamento en el que la evocación del agua no siempre sugiere algo idílico: Porque voy de regreso, ahora voy de regreso / y contemplo las aguas como la vez primera, / con el mismo pavor, secreta certidumbre / de quien levanta un velo y teme el desengaño.

Naufragio de Narciso (1971-73) se presenta aquí de forma íntegra. Podríamos decir que es un relato sobre el mito griego condenado por Némesis, pero a su vez es una reflexión sobre lo vano de vivir, lo vano de sufrir para después morir. Un canto a la fugacidad narrado en tres actos (temporales) que, por supuesto, también versan sobre lo fútil de la vanidad y lo efímero de la belleza, puntos referenciales en la leyenda de Narciso.

El primer acto está dividido en trece poemas, convirtiéndose el séptimo,Narciso en osicrán”[1], en el eje de un bloque en el que el yo lírico del poeta encarna al efebo sumergido en las aguas que le propiciaron la muerte; desde allí, como si su conciencia y su mirada permaneciesen intactas después de haber muerto, tanto Narciso como Muñoz Pizarro comprenden que fue absurdo despreciar el amor de las ninfas, resultó fatal enamorarse de sí mismo para terminar bajo ese vitral/cárcel que es el río, un río que ha cristalizado sus aguas para no dejarlo salir jamás; por eso este ahogado pone su frente en el cristal: la copia fraudulenta de unos rasgos / no exentos de belleza que fueron juveniles: / un rostro afín; y derrotado: un rostro / como el mío). A través de esa vítrea frontera, el poeta discierne una paloma en vuelo y filosofa a cerca de lo absurdo, siente los peces golpearle y con ellos, la desesperación: estos muros vidriados, / tras los cuales / peces brillan, / llamean, / llaman. / (¿llaman?).

El segundo acto temporal en que divido este poemario corresponde a un solo poema, “La corbata”, donde el poeta, en una referencia análoga a la tragedia narcisista, encuentra en su quehacer diario, al levantarse una mañana, esa misma desazón, resuelta al consumar el ritual de la rutina,  otro nudo más de la corbata, otra vez el rostro ante el espejo, pero jamás hacia el recuerdo regresarán las aves.

Este bloque se cierra impecablemente con “Consumación”, un poema
post escriptum— ya que su tiempo poético trasciende a lo versificado anteriormente, quizá tras muchos años, a muchas muertes de distancia, donde bajo la luna / el mar era (y será) un suicidio, para todo aquel que no consiga amar y ser amado, el poeta clausura con estos versos: Besarte aquí,  besarte / ciegamente mientras por las dunas rodamos / y nuestros cuerpos caen y se ciernen y dudan y flotan y al fin / sin fin / se precipitan.

La mirada de Jano, cuya escritura se comprende entre un periodo de treinta y cinco años (1973–1981 y 2007–2008), también se incluye de manera íntegra en este libro. Debo decir que analizar este poemario —únicamente— ya merecería la extensión total de esta reseña,  así que por razones obvias me limitaré a sintetizar mis argumentos y a tratar de ser justo con los detalles de esta obra que merecen ser destacados.

Si en Naufragio de Narciso el protagonista era un dios griego, aquí su homólogo es un dios romano. En la Mitología Romana, Jano es el dios de las puertas, de los principios y los finales, de ahí que le fuese atribuido el primer mes del calendario, vínculo que justifica el nombre de enero. Jano es representado con dos caras orientadas en direcciones opuestas y, aunque Albert Camus se refirió a él como alusión a la hipocresía en su novela La caída, para aquellos que lo invocaban era un héroe cultural a la manera de Prometeo, ya que se le atribuyen invenciones como el dinero, la navegación o la agricultura entre otras cosas. Sin embargo, el poeta Ovidio en el primer libro de sus Fastos, caracteriza a Jano como aquel que en soledad custodia el Universo. No por nada Muñoz Pizarro se vale de los textos de Ovidio para ir orientando al lector, en su trayecto, por mediación de varias citas, lo que le posiciona más cercano a la interpretación del glosador de Calímaco y Propercio que de alguna otra.

En el primer poema, titulado “Habla el rostro en sombra de Jano”, el poeta se expresa a través de alejandrinos blancos y su discurso supone el pensamiento del dios Jano recluido en su templo bajo los cien cerrojos que lo custodiaban en tiempos de paz. Ese comienzo, teniendo en cuenta que el último poema se titula “Habla el rostro iluminado de Jano”, lo que hace presagiar una guerra, hace que la narración de este poemario sea circular; termina donde empieza. Pero este dato no sería tan relevante de no ser por otros factores estructurales que seguidamente podremos comprobar.

El siguiente poema —y a partir de este todos los demás—, está escrito en heptasílabos blancos, heptasílabos que conforman una estrofa de siete versos (septeto), estrofa que en este primer poema es poema en sí, pero que en los poemas posteriores irá aumentando en número a razón de una estrofa por poema. Es decir, que el conjunto irá creciendo exponencialmente en progresión geométrica, así hasta llegar al poema número siete. Por lo tanto, tendremos siete poemas compuestos de estrofas de siete versos, algo que subraya la importancia de dicho número para el autor. Para Pitágoras, el siete era el número perfecto. El número siete está considerado el signo del pensamiento, la espiritualidad, la conciencia, el análisis psíquico o la sabiduría. La Luna cambia de fase cada siete días. Hay algo mágico en ese número, algo irracional y poderoso que el poeta pretende inocular en sus versos a través de la estructura, y no sólo eso, cada poema de este conjunto está asociado a uno de los siete colores del arco iris y a toda su simbología. Al finalizar cada poema, entre paréntesis, aparece el nombre de un color, son siete y en total son —como descubrió Newton— los colores que forman el espectro luminoso. Llegados a este punto debemos ser verdaderamente conscientes de la complejidad de este trabajo, un sistema de versos perfectamente hilvanado y encajado que por su precisión resulta inamovible. Pero eso no es todo, ¿por qué los colores del arco iris?

Al comienzo del último discurso de la primera parte de Así habló Zaratustra, “De la virtud que hace regalos”, Zaratustra se despide de la ciudad que su corazón amaba y cuyo nombre es «La Vaca Multicolor» (traducción del nombre de una de las ciudades donde peregrinó Buda). En ese pasaje, Zaratustra pronuncia su discurso llamado “De las tres transformaciones” donde, tanto al principio como al final, enumera los llamados «colores básicos de la historia del espíritu del hombre occidental». Entramos ya en un tema metafísico demasiado peliagudo para abordarlo en una reseña, a lo que hay que añadir  lo metapoético de una estructura que aspira a formar parte del contenido.

Al llegar al siguiente bloque de La mirada de Jano, titulado “Tríptico del espectro contemplado por Jano”; núcleo del sistema; advertimos que su autor ha complicado más la arquitectura del poemario y encontramos, que el primero de los tres poemas se compone de los siete primeros versos de los poemas anteriores, es decir, una especie de glosa a la inversa que titula “Visión del arco iris”. El segundo poema es de nuevo un septeto de nombre “Visión de su reflejo” y el tercer poema “Círculo total” es la combinación en siete versos alejandrinos de los dos poemas anteriores. Esta ordenación cabalística de los versos es capaz de hacer pensar a cualquier lector que en los poemas de Blas Muñoz hay mucha más poesía de la que es capaz de leer. La hipertextualidad adquiere un valor preponderante. Pero al seguir leyendo los siguientes “siete” poemas del libro, volvemos a descubrir que el septeto titulado “Visión de su reflejo”, el que constituía el segundo poema del núcleo, es glosado en los siguientes poemas en cada uno de sus primeros versos. La cuadratura total de esta mímesis matemática y cósmica, tiene lugar con la lectura de “Habla el rostro iluminado de Jano”, último poema que clausura el poemario con ese regreso al principio, de nuevo alejandrinos y de nuevo es el dios, ahora derrotado, quien describe entre ruinas, la composición de campo de su tragedia. Épico colofón para un ambicioso poemario, un desafío técnico que su autor culmina con malabar destreza: Ah vosotros, culpables por creer tantos siglos / en dioses excluyentes, en líderes y en patrias, / dejad que los poetas den voz a mi silencio.

La mirada de Jano es un buen exponente de «poesía migratoria», donde el lector asiste y es partícipe de un proceso creador; debe desplazarse sobre las páginas para encontrar referentes que por su ambigüedad resultan muy complejos pero fascinantes para intentar aprehenderlos. Por tanto, sin llegar al hermetismo, el culturalismo de Muñoz Pizarro se dirige aquí al lector activo.

“Pecios II” (de otros poemas exentos, 2006–2008) se compone de dos poemas premiados, “El silencio de Dios” y ”Estación de término”. Para el director de cine Ingmar Bergman, el silencio era el lenguaje de Dios. Esa misma certidumbre suscribe Muñoz Pizarro en una peculiar composición de hemistiquios octosílabos. La blancura de sus versos subraya a su vez la soledad, la fe en la palabra como único tesoro, una palabra que es ofrenda y canto, desahogo y plegaria: Y como si Él me escuchara, como si, al nombrarlo, hiciera / real mi presentimiento, como si con mi palabra / imitara su poder, voy a cantar esta noche…

Por su parte, “Estación de término” vuelve a incidir en la soledad, una soledad de blanca melodía y métrica imparisílaba que sobrecoge con cada estrofa y que constata secular a ese regreso de la memoria al origen de la herida, jácena fundamental en la poética de Muñoz Pizarro. Pero ese regreso, presente en cada libro, lejos de recrearse en el dolor de forma elegíaca, deturpa el arquetipo de mártir para instalarse en una esperanzada y reflexiva enseñanza de la «desolación». Para mí, Blas Muñoz es un poeta de la desolación en su más amplio y ontológico sentido. La sensación de hundimiento o vacío provocada por una angustia, dolor o tristeza grandes, sin duda, es el detonante para provocar lo contrario. Esa dolorosa emoción —en manos del poeta— no destruye, sino crea. Es la Nada como provocación del Todo: Sólo ahora, como entonces, / en esta indefensión o en ese simulacro / con que otras veces vino a visitarme, / puede herirnos de nuevo el mortecino / fulgor de la memoria, / ese dedo de sal que hurga en la huella / de un dolor, de una ausencia, de un vacío.

Viva ausencia (2007–2009), El que silba entre las cañas (2008–2009), La mano pensativa (2008-2009), La herida de los días (2009-2010) y En la desposesión (2010-2011) son poemarios bien representados en esta antología —imposible de compendiar justamente en una reseña—, a lo que hay que añadir sendas remesas de Pecios y el primer bloque de un poemario inédito, El paso de la luz (2011-2013). Poesía con mayúsculas que no puedo —ni debo— abordar aquí para garantizar que esa curiosidad, ese interés —que espero haber despertado en el lector— del amante de la buena poesía provoque acercarse a este libro con la intención de descubrirlo y descubrirse, porque la poesía de Blas Muñoz tiende puentes entre lo clásico y lo moderno, es estremecimiento y reflexión, isotopía y arquitectura, palimpsesto y espejo.

 

[1] Poema escrito en prosa. «Osicrán» es la palabra «narciso» escrita al revés, (aunque en el siguiente poema el autor le otorgue una significación geográfica) por lo que queda evidenciada esa excesiva recursividad sobre uno mismo a la par que se alude a la metáfora de mirar dentro de los cuerpos para advertir que —bellezas aparte— todos somos iguales en el interior; enseñanza que no sirvió de mucho al efebo.

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Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2015/12/de-la-luz-al-olvido-de-blas-munoz.html?spref=fb

 

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Con motivo de la reciente publicación de De la luz al olvido (Vitruvio, 2015), una antología poética que abarca un periodo vital de más de cinco décadas, el poeta valenciano Blas Muñoz Pizarro hace balance de un ciclo literario que recorre desde los poemas de juventud a la madurez, pasando por la plenitud y el reconocimiento.

 

Entrevista

Muchos aficionados a la poesía en Valencia, entre los que me incluyo, pensamos que este libro era necesario, no sólo abarca su amplia trayectoria como poeta, sino que incluye libros íntegros y un poemario inédito. ¿Cómo surgió la idea de editar este libro y por qué ahora?

Tras la escritura de En la desposesión, mi última experimentación formal, regresé, parcialmente al menos, al tono de La herida de los días con un nuevo proyecto: un poemario en endecasílabos blancos, en esa ocasión no con la estructura del soneto usada en “La herida…” sino con una serie de poemas, en endecasílabos también, sí, pero sometidos a la horma de las 20 líneas en cada uno de ellos. El verso final de uno era, a su vez, el verso inicial del siguiente: exigencias formales no gratuitas sino significativas. El proyecto pretendía desarrollarse en tres partes dedicadas, respectivamente, a la mañana, la tarde y la noche. En cada una de ellas, el yo lírico seguía el transcurrir del tiempo en doce poemas que se iniciaban en noviembre y finalizaban en octubre: la mirada (y la palabra) seguía la mañana, mes a mes, desde el amanecer hasta el mediodía, en un espacio exterior; la tarde, mes a mes, en el espacio interior de la casa; y la noche, mes a mes, en otro espacio interior: el de la propia conciencia. La primera parte concluyó, con el título de El paso de la luz (el poemario inédito que cierra De la luz al olvido), pero sólo pude escribir dos poemas de la segunda parte que no me satisficieron. Y del mismo modo que dejé de escribir en 1981 dejando una obra inacabada, La mirada de Jano, sin continuarla hasta muchos años después, he dejado de escribir desde hace dos años hasta ahora, al menos habitualmente. Ante este nuevo silencio, del que no sé cuándo voy a salir y que sólo interrumpo para escribir algún poema ocasional que me es solicitado, me planteo la posibilidad de esta antología: como si se hubiera cerrado un ciclo. De hecho, así es.

 

En el interesante prólogo que otro gran poeta valenciano, Sergio Arlandis, escribe para introducir al lector en sus poemas, comenta que es difícil adscribir su poética a etiqueta alguna, ¿se encuentra cómodo en esa tesitura o siente afinidad con alguno de los géneros, ya sea vanguardista o tradicional?

Es obvio que en mis lecturas iniciales, como les ha sucedido a todos, estuvieron los clásicos, Bécquer, Machado y Juan Ramón. Luego vinieron los poetas del ’27 más Neruda y Miguel Hernández, y algunos nombres del ’36, como Vivanco y, sobre éste y los demás, Leopoldo Panero. Y muchos de los ’50, claro. De los más jóvenes, fue una revelación Diego Jesús Jiménez, un año mayor que yo. Parece que con estos mimbres tenía que haber estado lejos de lo que estaba naciendo entre los “novísimos”, los autores de mi generación a quienes no conocía, y así fue en mis poemas iniciales y en La danza, un largo poema iniciado en 1965, que recojo en la antología. Sin embargo, cuando empiezo a escribir Naufragio de Narciso (1971-1973) ya tengo en las manos la antología de Castellet, publicada por Barral en 1970, y su influencia es rastreable en ese libro y en la primera parte del siguiente, La mirada de Jano, ya nombrado. Pero luego vino ese largo silencio de 26 años y cuando en 2007 escribo la segunda mitad de “La mirada…” mi voz es otra. ¿Con qué influencias? Con todas y con ninguna. En esos años de silencio ‒que coinciden con mis años de profesor de latín, tras mi salida de la banca‒ he leído mucho, he asimilado, además, a los poetas latinos, y lo he aceptado casi todo. No rechazo nunca un poema bien hecho en el que nunca me paro a diferenciar qué se dice de cómo está dicho. La forma del poema también es el contenido del poema. Por eso no descarto en mi obra ninguna posibilidad formal. Mi libertad es absoluta a la hora de escribir. Sin embargo, no me nace hacerlo en prosa y tiendo, como es natural si hablamos de verso y no de prosa cortada sin más ni más en renglones breves, a la métrica imparisílaba, en la que pienso sin esfuerzo, con naturalidad. Cuando digo “prosa cortada”, muy frecuente y distinta del verso llamado libre, no estoy descartando su validez poética: se trata únicamente de una cuestión de ritmo.

 

De la luz al olvido es un título bastante representativo en cuanto a que alude a ese camino de vida, arte y esplendor que recorre cualquier poeta a lo largo de su existencia, para después hundirse en la cruda realidad del olvido como trasunto de la muerte y el tiempo. Algo que sesga la pretensión humana de trascender y convierte en absurdo cualquier esfuerzo. ¿Ese planteamiento “realista” lo convierte en un poeta de la desolación?

Bueno, eso sería una etiqueta de las que habla Sergio Arlandis, ¿no? No lo sé. Tal vez sea excesiva la palabra “desolación”, al menos para definir mi obra. Yo no soy capaz de etiquetarme pero no me importa que lo hagan otros. Ojalá lo hicieran. Me explico: se añade, en mi caso, a lo ya dicho otra circunstancia que dificulta la tarea del crítico: mi “inexistencia” como poeta y mi ausencia en las antologías canónicas que han surgido durante ese tiempo. Después de Un siglo de poesía en Valencia, aparecida en 1975, en la que fui incluido por Ricardo Bellveser, nadie volvió a hablar de mí cuando pudo hacerse: mi primer libro no se distribuyó por enfermedad y fallecimiento del editor. Sólo tuvo una reseña, favorable pero una, en “Cuadernos Hispanoamericanos” (115, Nov. 1981). Ahora, desde hace seis años, la edición de once libros, seis de ellos de poesía en solitario, y la consecución de varios premios de alguna relevancia, han despertado cierto interés. Pero sigo igual: la distribución de mis libros, todos ellos premiados por instituciones oficiales, es prácticamente nula; las reseñas pueden contarse con los dedos de las manos: nadie me ha “clasificado” y, en consecuencia, casi nadie me ha tenido en cuenta, como es lógico. Y volviendo a la pregunta añado que coincido con su interpretación inicial. Pero se trata, como Vd. dice, de un “planteamiento realista”, sin patetismo alguno. Las citas que abren el libro tras el prólogo son explícitas. Baste una, la de mi admirado Manuel Álvarez Ortega: Del tiempo a la nada, de la rama a la piedra…

 

Es conocido que el libro que desencadenó el interés por la poesía en Jaime Siles, otro de nuestros ilustres poetas valencianos, fue Dios de un día (1962) de Manuel Álvarez Ortega, a quien rememora usted en una de sus citas al principio del libro. ¿Qué libro, qué verso o qué poeta —si es que lo ha habido— provocó en usted ese mismo despertar?

En la casa de mi niñez, muy humilde, había pocos libros, ninguno de poesía. Pero se conservaba un cuaderno de mi tío Víctor, quien, condenado a pena de muerte, sufrió años de cárcel después de la guerra. En él había poemas suyos y poemas ajenos, todos ellos de versos sencillos y emocionados, muy cercanos al sufrimiento de los pobres. Recuerdo una poesía que aprendí de memoria y cuyo principio aún puedo recitar. Se titulaba “Un duro al año”. Me resultaba maravillosa la música de aquellas palabras que intentaba imitar en mis versos infantiles. Muchos años después llegarían las lecturas y los autores que antes he citado, pero no despertaron una vocación que ya existía. Eso sí: me descubrieron que además del ritmo y la rima de los versos sentimentales y bienintencionados existía algo más, que se llamaba poesía. Fundamental en esto fue también para mí, como para Siles, Álvarez Ortega, aunque ya me llegó después, en 1971. En mi opinión, entre los autores vivos, él (junto con Brines, Gamoneda y Caballero Bonald) representaba, hasta su reciente fallecimiento, una de las voces más altas y más personales de la poesía en castellano, al menos en España.

 

Como diría David Acebes Sampedro, otro poeta y amigo que tenemos en común: «usted es un poeta de verdad», algo reconocible teniendo en  cuenta su trayectoria. Sergio Arlandis habla en su prólogo de la autenticidad como valor en alza pero también de la dificultad para distinguirla. ¿Qué factores cree usted que hay en su literatura que le permiten ser reconocido en ese aspecto?

Me alegra esa opinión pero no sé justificarla. Hay poemas en los que me siento reconciliado conmigo mismo a pesar de que el yo del poema es otro (una mujer estéril en Nana de tu ausencia, o un hombre mayor que contempla su casa vacía en La danza, poema escrito a mis veintipocos años, por ejemplo). No se trataría, pues, de la adecuación vida/escritura. Tal vez la respuesta esté en el binomio qué/cómo; es decir, en mi obsesión por darle a un contenido la forma que lo justifica; y al revés, claro. En una poética solicitada ya decía hace cuatro años lo siguiente hablando del poema: No es que no me importe qué se dice en él: es que sólo puede importarme lo que se dice si esta dicho como sólo puede decirse, si se cumple en mí (como lector de una obra ajena y como lector y corrector de mi misma obra, mientras la escribo) el estremecimiento del hallazgo, la fulguración del misterio, la salvación de su necesaria retórica, mejor cuanto menos visible. El lenguaje poético, transgresor por definición, debe salvar la realidad transcendiéndola, y depositarla, encendida, iluminada, en un  lector preparado. Y el primer lector es, tiene que serlo, el propio autor.

 

Quizá influenciado por su amor a la filología y el latín, usted escribió un primer poemario de corte culturalista, sin embargo, posteriormente en cada libro ha ido transitando caminos variados; aunque —como es lógico— ha mantenido el sesgo de autor, cada libro es diferente. ¿Le preocupa repetirse como artista, es inquieto literariamente o esa pluralidad de estilos forma parte de su razón de escritor?

Sí: cada uno de mis libros tiene un registro formal diferente. Y en cada caso hay una razón que lo justifica. Sería ocioso y largo extenderme ahora en explicarlo. Pero, sin excluir el propósito de no repetirme (al menos en lo que concierne a los últimos cinco libros, escritos en un breve plazo de cuatro años) prefiero creer que fui sincero cuando dije, en la poética antes citada, que “ante la página en blanco […] empiezo a ciegas, con la sola guía de una estrofa, de una métrica, de un ritmo… previamente e intuitivamente elegidos la escritura del poema.  De eso depende en gran medida que el texto asuma más o menos riesgos, que se rompa en aristas silenciosas o que fluya, sereno y discursivo; que se inserte más en una tradición poética que en otra. Eso no me importa. Luego, mientras escribo y corrijo, el milagro sucede si sucede, y el poema al concluirse se desvela y me revela.” Sucede, sin embargo, que, como dijo Eliot en un ensayo sobre Yeats (y recojo la cita de César Antonio Molina), “un poeta en la madurez de su vida, para evitar la autoimitación, tenía que seguir tres caminos: dejar de escribir del todo, una opción realmente drástica; repetirse con destreza y virtuosismo; o, finalmente, adaptarse y encontrar un modo de trabajar diferente”. Yo he ensayado ya los tres caminos, y en este momento me veo situado, espero que temporalmente, en el primero desde hace dos años, como también ha quedado dicho.

 

Una de esas pautas de autor que ha conservado a lo largo de los años, métricamente hablando, es la utilización de formatos clásicos como el romance, el madrigal o la décima; su escritura se edifica —genéricamente— sobre los cimientos del canon clásico, incluso teniendo en cuenta la rima consonante. Verso octosílabo, alejandrino y una predilección por el endecasílabo. Sin embargo hay un afán en sus versos por aunar lo clásico y lo moderno. Ceñirse a un corsé métrico aumenta el desafío del poeta, ¿tiene esto algo que ver con una aspiración por conciliar forma y fondo? ¿Cómo definiría usted esta tendencia?

Matizo: el romance no lo he usado, al menos en los poemas que he querido conservar. Tampoco he tanteado el madrigal clásico en silva rimada aunque sí poemas ligeros semejantes en el tono y el asunto. En Naufragio de Narciso el verso libre inicial se acercaba luego con frecuencia a la métrica imparisílaba. Y en En la desposesión los versos se rompen, se escalonan o se solapan sin dejar de ser endecasílabos o heptasílabos. En los libros de formato isométrico, en cambio, los constantes encabalgamientos difuminan o disimulan la acentuación rítmica. Puede decirse, sí, que en mi modo de hacer se unen clasicismo y modernidad.

 

En el primer bloque del libro titulado “Pecios”, encontramos breves poemas escritos entre los 16 y 21 años, poemas de adolescencia que a modo de restos de un naufragio van configurando un mosaico que denota una gran influencia de la Generación del 27. Miguel Hernández, Alberti, García Lorca, fueron lecturas determinantes y poetas a los que todavía homenajea. Sus primeros poemas cohesionan perfectamente con su poética posterior, puesto que ya representaba en ellos técnicas y pensamientos que más tarde desarrollaría, algo que me recuerda a Caballero Bonald, pero que sin embargo es atípico en la mayoría de escritores que escribieron de jóvenes y después triunfaron. ¿Qué tiene que decir usted al respecto?

He querido representar cada uno de esos años (de los 16 a los 21) con un poema. En una selección rigurosa hubieran quedado fuera pero mi deseo era dejar constancia de mi evolución, con sus tanteos iniciales y sus imperfecciones. Tampoco he eliminado poemas no logrados de mis dos primeros libros, para salvaguardar la cohesión del conjunto en cada uno de ellos. En cuanto a la presencia en esos breves y escasos poemas iniciales de técnicas y temas germinales de un desarrollo posterior (métrica, ritmo, estrofas; la luz, el paso del tiempo, el desamor, la ausencia…) es algo no buscado, pero me satisface que así sea, si así es.

 

No voy a preguntarle el motivo de ese silencio editorial que mantuvo usted durante veintiséis años porque eso es algo muy personal, pero llama mucho mi atención ese dilatado tiempo de espera en un autor, un periodo que, sin duda, sirvió para fraguar esa contundente obra, ese universo blasmuñozniano que a partir del año 2007 le llevó a ser laureado en repetidas ocasiones. Este hecho —probablemente— ha sido crucial en su trayectoria como poeta. Háblenos a cerca de lo que significó para usted esta etapa de su vida.

Es difícil de resumir: Yo trabajaba en la banca, con un pasado de militancia sindical difícil y con un futuro profesional incierto. Había estudiado Filología al mismo tiempo que trabajaba, ya casado y con hijos, y en 1981 decidí preparar oposiciones libres a Agregaduría de Latín. Fueron dos años de enclaustramiento total dedicado al estudio y alejado de la poesía y del mundo literario de Valencia, que tanto había frecuentado. En el verano de 1983, durante mi mes vacacional, oposité en Madrid y me convertí en profesor de Bachillerato. Mis primeros destinos, fuera de Valencia ciudad, y la entrega total a una profesión que me entusiasmó hicieron el resto: la poesía permaneció en mí como lector asiduo y al tanto de lo que iba sucediendo, pero se apagó totalmente como autor. En el año 2006 escribo unos poemas ocasionales en mi Instituto con motivo, primero, de la celebración del Día de la Mujer y, después, para despedirme en la revista del centro ante mi inminente jubilación. A finales de ese año, ya jubilado, me reúno con Joaquín Riñón, excompañero de trabajo, y con su amigo Vicente Barberá, y creamos la tertulia poética semanal que luego se llamará El limonero de Homero, integrada, además, por Antonio Mayor y Mª Teresa Espasa. Entonces vuelvo a escribir de forma regular y recupero, además, poemas antiguos. Eso fue todo. Sin misterios. Y sin dramas: Vivir es más fácil que escribir.

 

Desde la perspectiva del tiempo que su experiencia le otorga y como buen conocedor del mundo literario valenciano, ¿cree usted que la poesía que actualmente se escribe en Valencia goza de buena salud?

Sí. Y creo que siempre ha sido así, al menos desde hace un siglo. Pero sin excepcionalidad alguna: lo que opino sería extensible a cualquier otra zona geográfica de España. En nuestro ámbito (y voy a restringirlo aún más refiriéndome sólo a la poesía en castellano) ha habido en cada generación unas voces, pocas, que han ejercido su magisterio y han conciliado a tirios y troyanos (Miguel Hernández, Gil-Albert, Francisco Brines hoy…); luego están algunas voces más ya desaparecidas, tal vez de similar valía pero de reconocimiento menor del debido, a mi juicio (Vicente Gaos, César Simón, María Beneyto, José Albi, Carlos Sahagún, José L. Parra…), y otras voces de autores que perdurarán sin duda (Aguirre, Carnero, Siles, Talens, López-Casanova, Espasa, Bellveser… en una primera hornada, o Marzal, Gallego, Cabrera, Soler,… después). No se trata de acumular nombres porque cabría citar otros muchos y el listado sería casi interminable. Y, después, o también, muchos otros poetas de obra tan estimable como la de los anteriores (que los dioses me perdonen no haberles citado) y algunos jóvenes que están abriendo claramente las puertas de un futuro esperanzador. Por lo demás, todas las corrientes poéticas están representadas, de forma más o menos excluyente entre ellas. Por eso hay algunos compartimentos casi estancos, sobre todo en la ciudad de Valencia, no cerrados totalmente a su intercomunicación. Y todos ellos, en sus pequeñas y respectivas capillas sixtinas, en plena efervescencia de lecturas, de presentaciones o de tertulias con frecuencia coincidentes. Un panorama enriquecedor y, con frecuencia, agotador para quienes quieren asistir o participar.

 

En el año 2011 publicó su relato La caracola que fue ganador del Primer Premio de Relatos del VII Concurso Literario de la UDP Madrid (2007). A pesar de tratarse de un relato poético ¿qué singularidad le brinda la poesía que no le ofrece la prosa?

Soy lector de narrativa, más de breve que de larga para la que no tengo paciencia ni tiempo, pero no me siento narrador. La caracola era un relato escrito en mi juventud que releí al regresar a la escritura. No me disgustó. Lo reescribí con muy pocas modificaciones, necesarias para rebajar su excesivo lirismo, y lo remití a un certamen cuya importancia ignoraba (a pesar de ser uno de los mejor dotados en aquellos años en España) porque estaba restringido a personas mayores. Luego supe que entre los casi quinientos participantes había una docena de nombres conocidos. Ganó el primer premio y se editó ese mismo año, 2007, junto a los otros siete finalistas en un volumen colectivo. En la edición del 2011 volvió a publicarse, esta vez en solitario, en la colección “Breviarios: Raíces de Papel”, ilustrado con montajes fotográficos de Carlos B. Muñoz. Forma, por eso, parte de mi ficha bibliográfica, pero ha sido un accidente aislado en mi obra. La poesía no me exige una hoja de ruta, esa preparación previa que debe preceder a la escritura de un texto narrativo. Aún así, no descarto volver a la narrativa breve. De hecho he transitado, ocasional pero cómodamente, por la escritura de microrrelatos.

 

Y ya para finalizar, ¿qué consejo daría a esos escritores invisibles o poetas que no llegan a grandes editoriales, a grandes distribuidores y siguen escribiendo y participando —a pesar de todo— en concursos que nunca ganan?

No me atrevo a aconsejar mi propio camino a otros. Yo mismo no sé cuál es la razón que lleva a un jurado a elegir un poema entre docenas o entre cientos. Cada jurado es distinto, incluso puede serlo en el mismo premio de una convocatoria a otra, y sería agotador establecer una estrategia para ganar. Diría que hay que creer en la propia obra desde la humildad de saber que podemos y debemos mejorarla. E insistir si creemos en ella. Aparte de esto, los premios honestos (que los hay) no te llevan a “grandes editoriales” y, mucho menos, a “grandes distribuidores”. En mi caso, así es. Otro camino, no seguido por mí y más aconsejable, sería el de hacerse visible, en el entorno real y en el digital. Y eso, con trabajo, con rigor, con paciencia, sin prisas: la juventud tiene un futuro que, a  mi edad, es envidiable.

 

Información sobre Blas Muñoz Pizarro

Blas Muñoz Pizarro es profesor de latín. Licenciado en Filología Hispánica. En 1971 obtuvo el Premio Nacional de Poesía «José Antonio Torres». En 1975 fue incluido en la antología Un siglo de poesía en Valencia, del antólogo Ricardo Bellveser. Publicó en 1981 el poemario Naufragio de Narciso (1971-1973) becado por el Ayuntamiento de Valencia. Ha permanecido luego en silencio editorial hasta el año 2007, en el que reinicia su obra literaria. Finaliza entonces La mirada de Jano, Premio de Poesía “Paco Mollá” 2008 del Ayuntamiento de Petrer.

En estos últimos años ha sido reconocido con numerosos galardones, entre ellos, por citar algunos de los más relevantes, los primeros premios de los certámenes “Pedro Antonio de Alarcón”, “Fray Luis de León”, “Memorial Bruno Alzola García”, “Alfambra”, “Alcaraván”, “Maxi Banegas”, “Villa de La Roda”, “Amigos de La Herradura”, “Ciudad de Archidona” o “Laguna de Duero”…, y ha sido finalista y accésit de los Premios del Tren 2008 “Antonio Machado” de Poesía. Ha sido igualmente finalista, en certámenes para libros, del Premio Fundación Loewe de Poesía (años 2008 y 2010), y de los Premios “Jaén” (2010), “Ciudad de Badajoz” (2010, 2011 y 2012), “Dionisia García-Universidad de Murcia” (2011), “Ciudad de Mérida” (2011) y “Bienal Provincia de León” (2012).

En El limonero de Homero (2010), El limonero de Homero II (2011) y El limonero de Homero III (2012), libros compartidos con sus cuatro compañeros de tertulia literaria, reúne algunos de sus poemas premiados. Además de los libros ya citados, sus últimas publicaciones son: el poemario El que silba entre las cañas, Premio “Poeta Juan Calderón Matador” (2010), el relato La caracola (2011), Primer Premio de Relatos del “Concurso Literario de la UDP 2007”, La herida de los días, Premio de Poesía “Miguel Labordeta 2010” del Gobierno de Aragón (2011), Viva ausencia, Premio de Poesía “Ernestina de Champourcín 2010” de la Diputación Foral de Álava (2011), La mano pensativa, Premio del XXVIII Certamen de Poesía “Ángel Martínez Baigorri” (Lodosa, 2012),  En la desposesión, XV Premio “Flor de Jara” de la Diputación de Cáceres (mayo de 2013) y, por último, De la luz al olvido. Antología personal (1960-2013) [Ediciones Vitruvio. Madrid. 2015].

 

. Con Viva ausencia y La herida de los días ha sido, respectivamente, finalista y ganador, en la modalidad de poesía, de los XXII Premios de la Crítica Literaria Valenciana (2012).

 

Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2015/12/de-la-luz-al-olvido-de-blas-munoz.html?spref=fb

 

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Título: Caso perdido

Autor: Sergio Arlandis

Género: Poesía

Editorial: Renacimiento

Año de publicación: 2010

Número de páginas: 57

ISBN: 978-84-847-2513-8

Como si de una conjunción de estrellas se tratara, el jurado que decidió premiar este libro de poemas lo formaron: Ricardo Bellveser, Guillermo Carnero, Carlos Marzal, Vicente Gallego y Antonio Hernández.

Sergio Arlandis nació en Quart de Poblet (Valencia) allá por el año 1976, por lo que, a mi entender, pertenece a una de las generaciones más interesantes y a tener en cuenta en la actual poesía valenciana. Es filólogo y docente de Literatura en la Universidad de Valencia, en el año 2007 se encargó del Diccionario de Autores Valencianos de la Biblioteca de Valencia, y además de gran poeta es un gran teórico de la poesía, algo tan poco común hoy en día como necesario. En sus publicaciones, los estudios literarios superan a los poemarios: “Vicente Aleixandre” (2004), los dos tomos de “Verso a verso” (2004-2005), “Mapa. Treinta poetas valencianos en la democracia” (2009), la edición crítica de “Las brasas” de Francisco Brines, o la “Cenotafio, Antología poética” de Jaime Siles (2010). Su poemario anterior al presente es: “Cuando sólo queda el silencio” Ayuntamiento de Mislata (1999).

Caso perdido está estructurado en tres partes: “Nada en particular”, “Caso perdido” y “Anunciación de la carne”, un solitario poema “Coda” es el broche que cierra el conjunto. Ya en las primeras páginas, y antes de llegar a los primeros versos, Arlandis comienza a sincerarse con el lector a través de nombres propios como por ejemplo: Evangelina Rodríguez, a quien va dedicado el primer bloque, con quien trabajó en la exhaustiva redacción de: léxico y vocabulario de la práctica escénica en el teatro de los siglos de oro: hacia un diccionario crítico e histórico. fase I y II. Seguidamente encontramos dos citas de apertura, una de Marco Aurelio y otra de Vicente Aleixandre. Recordemos que el premio nobel ha motivado numerosos estudios del poeta valenciano sobre su vida y obra por lo que el respeto y la admiración sentidos a Aleixandre son tan enormes que lo convierten en un referente no confesado. Y llegamos a la dedicatoria del primer poema “Nada en particular” a Carlos Alcorta, el poeta de Torrelavega, autor de: Sol de resurrección, con quien Arlandis ha compartido ponencias y ha declarado en varias ocasiones ser admirador de su obra. Por tanto entramos en los primeros versos condicionados a ser sorprendidos por anotaciones que nos hagan rememorar tiempos pasados, las huellas de un pasado que permanecen imperturbables en el presente. “Nada en particular” narra la duda existencial del yo lírico a través de la metáfora de la realidad que lo rodea, así abril nunca sabremos si es abril verdaderamente, y por tanto es inútil afirmar que lo es y cómo lo es: Es injusto —será siempre— / sobrevivir sin más alegato, / como si faltaran pruebas / de que abril no es abril…

En el poema “El regreso” el poeta sueña con volver a instaurar la alegría en la vida, una alegría necesaria que necesita de paciencia para tejer sus costuras a las nuestras: Propongo la feliz paciencia siempre, / tejer su manto en las enjutas noches / de su delgada ausencia. El poeta adolece el estigma del paso del tiempo, muy presente en toda la obra y cree que ese devenir nos traerá consigo una ligera recompensa: El tiempo nos hará en la espera a su imagen, / y sonrisa en los labios de la tierra.

Los poemas: “Aroma” “La maldición” así como el segundo bloque del poemario “Caso perdido” van dedicados a sendos ex futbolistas del Valencia C.F; Juan Manuel Mata, Fernando Gómez Colomer y José Manuel Sempere respectivamente. Sin duda es un tributo a personajes que marcaron la vida del autor a su paso por el Valencia C.F como jugador, ya que Arlandis fue jugador de fútbol tanto del Valencia como del Xátiva, Tenerife…etc.

En “Recuento de bajas” como si de una guerra contra la soledad se tratara, el autor hace balance de los daños sufridos, de los seres y valores perdidos en su sangrada contienda: “Cierro el almanaque: / las fechas son contadas heridas”, “los días estallan / sin color de fondo”, “…solo este acto erróneo de recuerdo, / estos versos que nada curan / de su hemorragia”. Sergio, tanto en este poema como en “Regla” protesta en sintonía con Gamoneda y su concepción de la vida como un error. Recordar, vivir, soñar, son cosas que no deberían estar ocurriendo en el natural transcurso de las cosas, cada segundo de vida es un milagro, un milagro empapado de su consciente y efímera existencia. Este mismo poema va dedicado a Fernando Operé, autor del poemario Salmos de la materia (Madrid, año 2000), y compañero de Arlandis en su etapa docente en la Universidad de Virginia, en Estados Unidos.

Ya en el segundo bloque encontramos una cita de José Luis Hidalgo, poeta, ensayista, pintor y grabador español nacido en Torres, Cantabria en 1919. Hidalgo, a pesar de haber vivido 28 años, brilló en la llamada “Quinta del 42” junto a poetas como José Hierro y ha sido estudiado por Arlandis y difundido en varias conferencias.

El poema “Realidad usada” título que también enuncia el blog personal de Sergio Arlandis, dedicado entre otras cosas a la crítica literaria, es un poema que se hermana con la coda final del poemario, ya no por lo parecido de su título si no por la impregnación que ambos textos reciben por parte de la soledad. Una soledad que pretende profanar la extensa y rica sustancia de la memoria sembrando en nuestros corazones el vacuo contenido del olvido, la nada. “Realidad usada” está dedicado a Miguel Ángel García, con quien Arlandis colaboró en la redacción de Olvidar es morir: nuevos encuentros con Vicente Aleixandre. Miguel Ángel, desde la Universidad de Granada escribió un precioso artículo sobre el poemario Caso perdido de Arlandis, publicado en la revista semestral de humanidades y ciencias sociales “El genio maligno”.

Como si de un estudio antropológico se tratara, Arlandis nos va sumergiendo con su poemario en un encadenamiento de inquietudes humanas, desde: la muerte, el tiempo, la soledad o la nada, hasta el amor, la memoria, el miedo,  el sueño o el erotismo. En “Sentencia” los breves versos de Sergio dilapidan al protagonista de un sueño, que no es más que un alter ego del autor, que necesita de la maravilla onírica para soportar la crueldad y sordidez de su vida real.

En “Las pruebas del crimen” el autor exculpa a  los artistas que como él se escudan en la escritura como terapia: “Pero ten claro que todo lo escrito / fue siempre en defensa propia”. “Cárcel de sombra” asevera que la condición humana, los reversos ocultos, esa oscura parcela del que vive, no es menos impropia al amor como a cualquier otra cosa, y nada que pensemos, sintamos o imaginemos podrá escapar a ese influjo sombrío que todos llevamos dentro.

En definitiva, Caso perdido, a pesar de ser un poemario de no muchas páginas, posee un elevado peso metafísico, como la tremenda fuerza con que arrastra las piedras un oculto río subterráneo, hay una precisión en la palabra y en el punto de vista que eleva a la categoría de poesía aluviones de renglones escritos. Hay una necesidad de explicar el porqué de la melancolía, el porqué de un pesimismo implícito, un afán por separar el caos para ordenarlo, así como una musicalidad en su discurso. Espero que Arlandis, afincado de nuevo en Valencia, a pesar de seguir dedicando la mayoría de sus publicaciones a la investigación y difusión de la literatura (aunque también se aventure en labores de edición) siempre tenga el detalle de escribir un poemario, aunque sea cada diez años, que es el tiempo transcurrido entre sus dos primeros poemarios, ya que para mí, la poesía necesita de ambas cosas, teoría y práctica, y en ambos terrenos Sergio Arlandis es un valor seguro.