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Publicado en la revista “Oculta Lit”:

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Título: Annie Hall ya no vive aquí

Autor: Boris Rozas

Editorial: Celya

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 69

ISBN: 978-84-16299-69-0

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A finales de los años setenta hubo dos cineastas que marcaron de alguna manera a Boris Rozas (Buenos Aires, 1972), fueron Martin Scorsese y Woody Allen. A través del título del poemario, Rozas fusiona “Alicia ya no vive aquí” y “Annie Hall”, películas destacadas en la filmografía de los mencionados cineastas, en una suerte de híbrido que homenajea las singularidades, sobre todo, del mítico personaje encarnado en la gran pantalla por Diane Keaton.

    “Annie Hall ya no vive aquí” supone el duodécimo poemario de Boris Rozas, poeta hispano-argentino de dilatada trayectoria que vive uno de los momentos de mayor plenitud de su carrera; un libro sucede a otro y lo mismo ocurre con los premios, el libro que nos ocupa fue merecedor del XVI Premio Internacional de Poesía “León Felipe”, galardón que suma a su ya larga lista de reconocimientos.

    Dividido en cinco bloques y a lo largo de cuarenta y siete páginas, el yo lírico —quien parece tomar poca distancia con el autor— narra en primera persona su particular historia de amor y desamor con referencias constantes a Manhattan, New York, así como a referentes de la cultura anglosajona. Rozas consigue particularizar su obra en este sentido y parte de su acierto a la hora de dar textura a la personalidad del libro corresponde al jazz. Ya sea a través de Coltrane o un músico callejero blandiendo un saxo, la música está muy presente en toda la obra y matiza su profundidad atmosférica, pronuncia su sensorialidad.

    El primer bloque, titulado “Lowcost” se resuelve en cinco poemas numerados que como el resto de poemas del libro —salvo tres excepciones— quizá no llevan título porque son partes de un mismo poema; por tanto, estamos hablando de un macrotexto que se expande en una continua secuencia, obviando las elipsis.  El hablante lírico utiliza la metáfora del viajante que arriba a un país extranjero para extrapolarla a la fisicidad de dos amantes que se esperan. El apóstrofe al que dirige su parlamento es un ente femenino y el tono aticista de todo el poemario lo dota de hiperrealismo.

    Boris Rozas se acerca a una coloquialidad cotidiana en este libro, renuncia a complejidades retóricas para dotar a la naturalidad del verso libre de dinamismo y actualidad. Su poemario, sin perder de vista la larga tradición panhispánica de poetas que han escrito al amor, puede considerarse posmodernista.

    “Permiso concedido” es la segunda remesa de poemas. Aquí, el hablante lírico manifiesta su anhelo y para ello, no duda en personificar cosas, describir paisajes o comparar diferentes lugares y situaciones con su estado de ánimo. Y es que la inestabilidad de ese paisaje interior es la brújula que decide la profundidad de sus recuerdos.

    La parte nuclear del libro y una de las más extensas se titula “Anchorage”: la presencia de extranjerismos es constante. Aquí, la construcción memorística del amor es maridada con pinceladas críticas a la sociedad capitalista. El escenario es siempre urbano, los elementos poemáticos son actores icónicos de las grandes ciudades modernas: trenes, lonjas, cafés, paseos, grúas, dirigibles, centros comerciales, etc. El tono confesional del hablante lírico apunta a una sinceridad que no se arruga por más debilidades que revele, y por lo mismo, la posibilidad de que el lector se reconozca en sus versos aumenta conforme vamos adentrándonos en el poemario.

    “La primera vez que salté por una escalera de incendios” comienza con un poema dividido cuyas dos estrofas comienzan con el verso que da título al bloque; dicho recurso anafórico es empleado de forma recursiva a lo largo del poemario, bien dentro de un mismo poema, como el citado, o enlazando el primer y último poema del primer bloque, lo cual deviene en intertextualidad propia y su efecto vinculante de abroche.

    En esta parte del poemario la melancolía por el desencuentro asume el primer plano. La soledad, el llanto, la despedida, cada elemento del poema apunta en dirección a un dolor de ausencia, a un autorreproche rebuscado en la conciencia herida de memoria. En esta latitud es donde más entroncan estos versos con la búsqueda de amor e incertidumbre que rodaron Allen y Scorsese, artistas antagónicos que supieron hacer de ideas sencillas grandes películas.

    “Annie Hall ya no vive aquí”, quinta y última parte,  clausura el conjunto dejando en el lector un sabor agridulce, pues la apasionada reconstrucción del amor comienza con sensaciones placenteras que van oscureciéndose a medida que una fotografía, un escaparate, van envenenando de vacío la aparente felicidad del hablante lírico. Los últimos poemas confirman que la apelación del protagonista resulta en monólogo y recogen una versión del amor más descarnada, más centrada en los estragos que produce su ausencia que en las bondades que brinda su evocación.

    Boris Rozas, sin duda, se encuentra en su madurez poética. Su estilema es accesible a todos los públicos y representa acertadamente cómo funciona y entiende el mundo. Su ideología poética renuncia a la rima, métrica y complejas retóricas para asentarse en un realismo cotidiano. De alguna forma, este libro continúa su diálogo sobre la soledad, comenzado en “Las mujeres que paseaban perros imaginarios” (Piediciones, 2017), su anterior poemario, y persiste en la audacia, transgresora y contestataria, fiel a su labor como cronista e hijo de su tiempo que le ha distinguido como estilo propio.

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Boris Rozas

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Para aquellos que tienen una experiencia religiosa, la Naturaleza en su totalidad es susceptible de revelarse como sacralidad cósmica. El Cosmos en su totalidad puede convertirse en una hierofanía. El hombre de las sociedades arcaicas tiene tendencia a vivir lo más posible en lo sagrado o en la intimidad de los objetos consagrados. La Sociedad Moderna habita un Mundo desacralizado.

Mircea Eliade

 Publicado en la revista “Oculta Lit”:

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Para el lector de poesía occidental, incluso para los poetas occidentales, resulta extraño tomar a cierta forma poética por poco menos que un formato, una convención cultural que no excede el plano lingüístico. Su familiaridad con el materialismo instaurado en una sociedad secularizada o en proceso de secularización, complejiza su abrazo a ideologías que conviven con lo contrario. Resultaría desproporcionado para ellos, no solo no tomar a una forma poética como mero continente de una obra artística, sino dotarla de una poderosa significación y trascendencia tal como para consagrar nuestra vida a ella y aspirar mediante su práctica a un acercamiento al equilibrio de la verdad.

    Esta concepción del haiku verdadero incluye la no distinción entre forma y fondo; si la literatura es una mera herramienta y poco importa la retórica y las ínfulas literarias del creador de haiku, solo el fondo es lo realmente importante. Esta concepción holística no impide exigir ciertas cualidades a un poema breve para ser considerado un haiku, y aunque es responsabilidad del haijin lograr la naturalidad en la sutil utilización de los recursos estilísticos, conviene saber detectar los rasgos nucleares que debe representar todo buen haiku.

    Si entendemos la poesía mística española como una teología moral basada en el conocimiento mental y experimental de la presencia divina en el que el alma tiene un contacto con dios, y a su vez dividimos en tres fases dicho proceso: ascética o purificativa, iluminativa y unitiva; podemos encontrar analogías y puntos de unión entre el haiku verdadero y este tipo de poesía que evidencian una clara convergencia.

    En primer lugar, el haijin japonés entiende la naturaleza como extensión del universo, y a este, como extensión de dios o los dioses; ya que tanto el Sintoísmo como el Taoísmo, importantes influencias durante su proceso de maduración, proponen un sistema polipanteísta de deidades. Es decir, podemos interpretar en el haiku una apelación que va de lo particular a lo general, pero en realidad refiere a esa inabarcable verdad última que pervive en el tiempo y dota de sentido a todo. Hablar de la naturaleza en un haiku es hablar de lo sagrado, por tanto, ningún elemento poemático debe tomarse como tal, sino como un símbolo contextualizado entre otros símbolos cuya aspiración es mover a la enseñanza.

De entre todos ellos[1]

uno de los asagao floreció

rompiendo su cuerpo.

                    Nomura Toshirô

 

    Hemos citado las tres etapas de la poesía mística, ahora veremos cómo cada una de ellas, además de estar relacionadas con el proceso de creación y lectura poética, se dan en un plano distinto.

    Si en la etapa ascética se da una conversión súbita o gradual en el poeta con referencia al momento en el que adquiere conciencia  de la realidad divina y su propia limitación, ello le mueve a ignorar las tentaciones mundanas y esperar con buena disposición de espíritu. Esto correspondería al plano vivencial del haijin, quien compelido a contemplar lo pequeño en la grandeza del entorno, espera en soledad esa emoción profunda que lo arrobe y empuje a compartir su experiencia a través de un haiku. Es por todos conocida la austeridad con la que viven los monjes, así como su generosidad y humildad con sus semejantes; también el respeto por toda vida y el desapego de lo material.

  En la etapa iluminativa se encontraría el ingreso en la vida mística; quietud, recogimiento y la anulación de los sentidos como resultado del momento de infusión de luz, el momento del éxtasis. En esta etapa se vinculan el plano vivencial del haijin y el plano textual de plasmación del poema. La analogía más apropiada es el aware, esa emoción profunda del ser humano ante las cosas del mundo. A través del shasei (captar el momento) se introduce el tiempo de espera en el haiku, lo bello no se explica, se evidencia y cobra especial relevancia el asombro de lo que no ocurre.

    Ya en la etapa unitiva, en la que se da la fusión entre el alma y dios, podemos asociar esta culminación a la aspiración del haiku: conmover a quien lo experimenta y a quien lo lee revelando la importancia de estar en paz con el mundo, buscar el equilibrio emocional y sentir amor y respeto por todo cuanto le rodea. Esta etapa incluye a poeta y lector y justifica la utilización por parte del poeta de recursos como el kigo (palabra estacional), el cual podríamos relacionar con una dimensión temporal con connotaciones físicas; el haimi (sensorialidad) nos ayudaría a potenciar la expresividad de los versos apelando a los sentidos, puesto que ante una experiencia tan profunda, con meras palabras no se alcanza a transcribir con precisión lo vivido; o el wabi-sabi (mezcla de emociones), el cual supondría una traslación de ese momento de éxtasis mediante un cúmulo de emociones yuxtapuestas, vividas simultáneamente y de las que no predomina ninguna.

    Si, como hemos dicho, las palabras comunes no alcanzan a describir una experiencia tan profunda, y consideramos como posible solución el simbolismo, tanto en el haiku como en la poesía mística, otro de los problemas que han manifestado los místicos es la inefabilidad de dios, algo, como también hemos dicho, a lo que el haijin japonés propone la naturaleza como significado —palpable y real— extensional del mismo.

    Para contextualizar más con la poesía mística española, esta concepción oriental del poema y de la actitud del poeta frente a la vida, entroncaría con los «místicos eclécticos», pertenecientes a la Orden Carmelita y verdaderos místicos, quienes renuncian por entero a la actividad intelectual y deciden llegar a dios tan solo por la vía emocional.

   Por tanto, podemos decir que el haiku supone una suerte de hierofanía simple adaptada a la creencia religiosa del poeta japonés. Y por hierofanía, término místico, el diccionario nos dice:

Es el acto de manifestación de lo sagrado, conocido también entre los hinduistas y budistas con la palabra de la lengua sánscrita darśana, y, en la forma más concreta de manifestación de un dios, deidad o numen, se denomina teofanía. El término fue acuñado por Mircea Eliade, en su obra “Tratado de historia de las religiones”, para referirse a una toma de consciencia de la existencia de lo sagrado, cuando éste se manifiesta a través de los objetos de nuestro cosmos habitual como algo completamente opuesto al mundo profano[2].

    Me gustaría destacar que aunque quizá el lector español de poesía pueda entender mejor la dimensión espiritual del haiku a través de una lectura en clave mística, el haiku sigue siendo una escritura libre a la que muchos quieren asociar con diversas religiones.

    Si tal como afirma Vicente Haya el haiku es un vaciamiento del yo para dejar entrar el mundo en nosotros, no queda muy lejos esta definición de la concepción ascética del mundo. La defensa del Beatus Ille frente al caótico funcionamiento de un mundo tecnológico mediatizado, donde el ciudadano es cautivo de las servidumbres materialistas, se convierte en una recuperación de valores perdidos más necesaria que nunca.

[1] El espacio interior del haiku (Shinden Ediciones, 2015),

Vicente Haya, pág. 55.

[2] Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Hierofan%C3%ADa

 

Publicado en la revista “Oculta Lit”:

http://www.ocultalit.com/narrativa/el-hombre-que-cabia-en-la-palma-de-su-mano-la-opera-prima-de-francesc-barbera/

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Título: El hombre que cabía en la palma de su mano

Autor: Francesc Barberá

Ilustraciones: Riki Blanco

Editorial: Unaria Ediciones

Género: microrrelato

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 215

ISBN: 978-84-947109-3-3

Amelia Díaz Benlliure es una gran poeta castellonense. Su labor como editora, al frente de Unaria Ediciones, no es menos grande si tenemos en cuenta la visible evolución de un sello editorial —de los honestos, sí, esos que no piden dinero a sus autores por publicar— que en pocos años ya gestiona su propio certamen literario, tiene presencia activa en ferias y festivales a nivel nacional, y su nómina de autores ya aglutina bastantes firmas imprescindibles.

La importantísima figura del editor en el panorama literario actual se está perdiendo. Algunas editoriales maquetan lo que el autor les envía, sin proponer un mínimo de corrección ortográfica o de estilo, trasladan a la imprenta unas galeradas a las que les falta la opinión experta de un editor; porque una cosa es escribir, y otra muy diferente, es editar. Toda publicación rigurosa debe pasar por las manos de un editor al que le apasione su trabajo, que mime cada publicación, y ese es el caso de Díaz Benlliure. Como editora, no solo tiene el mérito de apostar por autores noveles que más tarde despuntarán, sino también de encontrar la forma física más adecuada para cada obra que publica.

El hombre que cabía en la palma de su mano está escrito y editado de forma valiente. Sus medidas de bolsillo (14,5 x 15,5 cm) lo convierten en un objeto fácilmente manipulable, puede acompañarnos en el autobús o el metro; pero su estética y tacto seducen desde el exterior: encolado, solapas, página de guarda en consonancia estética; y ya en el interior, nada se apelotona ni entorpece la lectura, al contrario; los microrrelatos se encuentran en las páginas recto, y el blanco de la página o en ocasiones, las ilustraciones en blanco y negro de Riki Blanco, en las páginas verso. Su diseño, desde la tipografía, al color (luminosidad) y la ubicación centrada de los textos, son rasgos que denotan una cuidada edición que, para aquel que entiende, no cae en saco roto.

Por microrrelato, entendemos un texto breve, aunque los hay de más de una página. Evidentemente, pensamos en un texto narrativo, una especie de historia condensada en pocas líneas, un ejercicio literario de síntesis en el que la retórica o lo no significativo no tienen lugar. Y entendemos bien, aunque por brevedad, el libro que nos ocupa es más breve, si cabe. Como dato, decir que uno de los microrrelatos de Barberá está escrito únicamente con seis palabras, más el título; por tanto, no solo microrrelatos, sino una buena cantidad de nanorrelatos, componen esta obra. Lejos quedan esas doscientas palabras o ciento cuarenta caracteres a los que estamos acostumbrados. Y qué decir de los títulos. Ante una empresa tan ardua, el valor catafórico del título cobra especial relevancia. La elección de los títulos como tales, además de su presencia en mayúscula, negrita y yuxtapuesto al texto, es muy acertada, hace que la posible interpretación del texto siempre caiga del lado bueno. Una buena muestra de ello es el siguiente ejemplo:

SE PRECISA VIDENTE

— Llamaba por lo del anuncio que publicaréis mañana.

Barberá se revela como un malabarista de palabras, ya en la contraportada del libro, Miguel A. Zapata previene de  esta forma:

No es imposible que un hombre quepa en la palma de su mano. Solo se precisa la palabra exacta que conjure el prodigio. En este espléndido y sorprendente volumen de textos brevísimos, Francesc Barberá nos deleita con brillantes juegos léxicos, piruetas verbales, refutaciones varias de las leyes físicas, trampantojos lúdicos, sucesos inauditos, atrocidades poéticas y crímenes ejemplares. Una obra, en definitiva, amistada con lo maravilloso como solo la buena literatura puede hacerlo.

El imaginario del autor es muy amplio, bebe de muchísimas fuentes, y por ello, la diversidad de registros en cuanto al género, o la ingente capacidad de recursos literarios, son hechos manifiestos que dotan al conjunto de un  ritmo, peso y profundidad muy equilibrados. El humor, es sin duda, una constante de su propuesta, algo que conecta con el lector y le hace empatizar rápidamente con lo narrado; múltiples géneros humorísticos se resuelven en estos relatos, quizás el humor negro tenga una especial presencia:

VACÍO

Lo abrí en canal. Ni siquiera así encontré a su niño interior.

Pero si un recurso estilístico predomina en toda la obra, ese es la elipsis. Pragmáticamente, exige un lector activo, pero la habilidad de Barberá hace de este libro una antología de minicuentos para todos los públicos. Lo no narrado, pero contrapuesto a lo narrado y por ello sugerido, se evidencia magistralmente en microrrelatos como:

TERAPIA

Ahora vístete y cuando cuente hasta tres, despertarás y no recordarás nada.

En lo formal, encontramos condensación temporal, sí, pero llena de paradojas. Indizado en la modernidad cultural,  en una urbanidad polivisual y decadente, precisamente su ironía no oculta el juicio de valor de una conciencia que expende su opinión a través de omitidas y fabulosas moralejas.

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Francesc Barberá

Su intertextualidad es poliédrica. Dado lo esquemático del espacio literario y su dependencia de lo paratextual, la concisión, tanto del enfoque narrativo, como del lenguaje empleado, revela la maestría de un autor que no parece un recién llegado a estos lares. Barberá dota de encanto a sus composiciones, se maneja como pez en el agua ante la escasez de recursos, su capacidad intelectual resuelve adecuadamente cada microhistoria, y aunque parezca mentira, las culmina con contundencia.

Los microrrelatos se suceden en un continuo que en ocasiones pone de relieve agrupaciones temáticas. Es justo señalar que las ilustraciones de Riki Blanco conviven armónicamente con los textos e incluso aportan más personalidad a la obra a través de su mordaz transparencia. Estas pequeñas píldoras de letras son, en ocasiones: pedradas, por su crítica; balas, por lo expeditivo de sus argumentos; cosquillas, por su motivación a la risa; pero también fábulas o simplemente fantásticas ficciones. Toda etiqueta es injusta e incompleta ante una obra de estas características. Este libro cabe en la palma de nuestra mano, pero no su riqueza, el talento de su autor sobrepasa cualquier límite y propone un juego en el que las reglas cambian al pasar una nueva página, como por ejemplo, en el texto titulado “El ahorcado”, donde el motivo al que se alude es descrito uniendo las letras que faltan:

EL AHORCADO

Fin_lmente, encontró un _otivo para n_ quita_se la vida.

De lectura amable, música entretenida y paisaje mental sofisticado, estas cien breverías sacuden las telarañas del cliché, por su ironía, parodia o metaficción; deshojan la rutina del lector adocenado en el redundante clasicismo y falta de innovación de gran parte de la producción literaria actual, y nos enseña, a la vez que entretiene, otra forma de hacer literatura, sin duda, pequeña gran literatura, en la que el simbolismo y la poesía, rearman y dulcifican una prosa —ilusionante— más necesaria que nunca:

PANTOMIMA

En el parque, la gente se burlaba del mimo que tiraba de una cuerda.

Hasta que aquel edificio se derrumbó.