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Reseña publicada en: “Revista de Letras” de “La Vanguardia”:

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Título: El ocho de las abejas

Autora: Cleofé Campuzano Marco

Editorial: Devenir

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 60

ISBN: 978-84-16459-56-8

Cleofé Campuzano Marco (Murcia, 1986), poeta y gestora cultural. Inició sus estudios universitarios en Filología Hispánica, posteriormente se graduó en Educación Social y se especializó en la vertiente sociocultural, a través de estudios de posgrado en educación, mediación y museos, por la Universidad de Zaragoza y por la Universidad de Murcia.  Habitualmente ha colaborado en diversos medios con trabajos científicos y reseñas. Ha participado en revistas de poesía y espacios literarios como La Galla Ciencia, Empireuma, El coloquio de los perros, Círculo de Poesía, Oculta Lit, Crátera, entre otros. Actualmente compagina la producción literaria con trabajos de investigación en la Universidad de Lleida y el comisariado pedagógico de arte contemporáneo. El ocho de las abejas (Devenir, 2018) es su primer libro publicado hasta la fecha.

    Los formalistas rusos advirtieron que la función poética del lenguaje conlleva un alejamiento de este con respecto a su uso ordinario. Es decir, por radical que suene, si queremos producir un efecto estético en el lector, el lenguaje debe llamar la atención sobre sí mismo; la forma, de alguna manera, debe superar la rutina del lugar común expresivo en su intento de comunicación.

    María Cleofé Campuzano Marco (Murcia, 1986), más conocida como Cleofé Campuzano, toma al pie de la letra esta observación formalista y es precisamente ese desvío del uso cotidiano de la lengua una de las características más llamativas de su poética. El ocho de las abejas (Devenir, 2018) no representa su primera publicación para aquellos que ya la seguíamos a través de las redes sociales, porque la poesía de Campuzano podemos decir que ha nacido y ha trazado un genésico recorrido, tanto en revista literarias como Crátera, como en el virtual campo de letras que propone el ámbito digital.

    La poesía de Cleofé Campuzano, de carácter irracionalista por lo intuitivo de sus asociaciones de palabras, se caracteriza por desautomatizar la sintaxis de sus versos, dicha deslocalización del sentido gramático es llevada a cabo a través de un aparato retórico que no es casual ni accidental, sino producto de una ideología literaria que filtra sus convicciones desde lo conceptual a lo físico, a un plano textual que se complejiza al adaptar el fondo a la forma del poema, o viceversa, es decir, estamos ante una poesía verdadera que busca sus propios códigos y cauces.

    A esta conclusión puede llegarse tras una primera lectura completa del libro, tras la cual podemos averiguar de qué nos habla, qué nos dicen los poemas. El balance tras esto puede ser negativo por la densidad de lo pesimista, pero sin duda, pronto advertiremos que la significación semántica del léxico solo apunta a partes de una verdad que la poeta obliga a descodificar a través de la intuición, pues parece que con ella ha sido codificada.

    Llegamos hasta aquí tras una primera lectura, pero es preciso leer de nuevo el libro por segunda vez para que nuestra agudeza empiece a detectar qué resortes lingüísticos ejercen en el texto su particular influencia. Con la primera lectura podemos saber qué dice el texto, con la segunda, qué hace.

    Llegados a este punto podemos deducir que la poeta es coherente con su propio discurso. La elección del recurso literario en cada poema es la apropiada para transmitir un mensaje vital que bulle en su interior y necesita compartir.

    El sujeto lírico, al que podemos considerar alter ego de la autora, se expresa en mayor medida en primera persona, puntualmente lo hace también en segunda y tercera, pero el peso de la primera persona puede ser considerado como confesional, una apelación a un apóstrofe no mencionado, pero conforme vayamos avanzando en la lectura sospecharemos si dicho discurso es en verdad dirigido a una otredad tácita y anónima, o verdaderamente estamos ante un monólogo interior, un flujo de conciencia que deriva su discurso mediante las formas personales para introducir en él la digresión.

    La poeta hace un irreverente uso de la puntuación, lo cual ya influye en la asociación de algunas palabras y las imágenes que proponen, como por ejemplo, en el poema titulado “En un sembrado tierno y feroz”: «Allí caes y confías / caes sin miedo ni rencor / en un sembrado tierno y feroz / que te atrapará en la noche / aún ajena / aún in vitro / en una noche estrecha / al alza de dos copos de nieve que desaparecerán / mucho antes de vivir». Además, este tipo de recurso favorece las elipsis.

    Los versos son blancos y libres, su autora no confía su discurso lírico a recursos métricos ni fonéticos, sí a algunos retóricos, como por ejemplo, la antítesis. La ambivalencia de dos fuerzas contrarias que se equilibran en la palabra es recurrente a lo largo del poemario: «tierno y feroz», «prodigioso y mudo», pero no solo a través de estas construcciones bimembres, sino también en la elección de los elementos actoriales del poema.

    Cleofé Campuzano introduce en ocasiones términos aparentemente antipoéticos en los poemas: «diseccional», «mercantil», «congénere», «impasse», «salvajear». Parte del extrañamiento que produce su poética reside en el encuentro con palabras que difieren por su naturaleza del entorno. También gusta de utilizar personificaciones de la naturaleza muerta, adjetivación del sustantivo, participios, infinitivos que modalizan el texto hacia lo impersonal; pero todos estos rasgos personalizan todavía más su discurso pues, en palabras del propio José Luis Zerón Huguet, prologuista del libro, la poeta nos habla del azar, del anudamiento entre la vida y la muerte, del destino, la providencia y lo ambiguo de conceptos como `instinto´ e `inteligencia´. También, de la ausencia de dios, del sentimiento de culpa, de la incertidumbre y orfandad del ser humano, un ser humano que se interroga como causante del dolor y la desolación. Toda su argumentación temática justifica los recursos escogidos porque hay angustia y miedo a la muerte, y quien hable de ello debe hacerlo con la respiración entrecortada, con la sensibilidad violentada por el pensamiento, con inseguridad, pero también, con rabia; la desorientación que realmente siente la autora ante preocupaciones tan trascendentales se transmite habilidosamente al lector a través de los múltiples rasgos de su poética.

    Poesía ontológica, pero también existencial, que basa la fuerza de su discurso en el simbolismo que marida un correlato objetivo de imágenes y sensaciones que nos asombran, desconciertan e inquietan. Es posible reconocerse en el manifiesto de una herida, por muy surrealista que sea, porque del dolor venimos y hacia él vamos, y nunca ha dejado de ser nuestro maestro.

    El ocho de las abejas no es un poemario que pueda ni deba explicarse, si su presentación exige de alguna manera una síntesis general; si el rol de mediador cultural propone ingeniosas perífrasis o maneras de reducir a lo elemental algo plural y dinámico, la respuesta más honesta sería una invitación a su lectura, pues su discurso poético busca un lector activo, abierto a lo sensorial, una sensorialidad intuitiva que sin duda cristalizará en lo reflexivo.

    Para terminar, encuentro en la paradoja del viajero la metáfora perfecta para describir la huella que deja este poemario en el lector. Un turista regresa de todos los lugares que ha visitado con la maleta llena de recuerdos, con múltiples fotografías y anécdotas que contar, ha disfrutado de los lugares que ha visitado pero ninguno le ha tocado realmente; el viajero, vuelve cambiado, la experiencia de su viaje queda marcada indeleblemente en su interior. Ante El ocho de las abejas somos atrevidos viajeros que desconocen el paraje que exploran, que ignoran cuanto dejan atrás y solo esperan a que la duda se transforme en sorpresa y la belleza que encuentren justifique —cuanto menos— todos sus peligros.

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Cleofé Campuzano

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Reseña publicada en “Revista de Letras”:

http://revistadeletras.net/antonio-rodriguez-encontrar-la-verdadera-poesia/

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Título: La sociedad secreta de los poetas. Estéticas diferenciales de la poesía española contemporánea

Autor: Antonio Rodríguez Jiménez

Editorial: Ediciones Carena

Género: ensayo

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 591

ISBN: 978-84-16843-94-7

Escuché una vez en cierta presentación literaria sucedida en Valencia unas palabras del poeta Jaime Siles en las que evidenciaba su desconfianza por la poesía de los grandes premios o la abanderada por la oligarquía de las grandes editoriales: «a la verdadera poesía hay que encontrarla». En aquel entonces, puso como ejemplo uno de los mayores descubrimientos líricos de su vida, encontrar la poesía de Manuel Álvarez Ortega. La lectura de Dios de un día cuando era adolescente supuso algo deslumbrante y transformador que lo motivó, no solo a viajar y conocer en persona a Álvarez Ortega, sino a consagrarse a una palabra poética que parecía contener muchas más cosas de las que aparentaba. Librerías de viejo, mercadillos o pequeñas editoriales con apenas distribución siguen siendo a día de hoy importantes caladeros en los que hallar poesía verdadera.

    Jaime Siles es, muy acertadamente, uno de los 48 poetas que Antonio Rodríguez Jiménez (Córdoba, 1956) reúne en La sociedad secreta de los poetas (Ediciones Carena, 2017), un libro necesario por cuanto salvaguarda de la poesía y los poetas que de ella han hecho su vida y no siempre han sido reconocidos en su justa medida ni a tiempo, lleva a cabo. También está incluido —y no por casualidad— Manuel Álvarez Ortega, un poeta ya desaparecido al que es justo invitar a descubrir.

   Antonio Rodríguez Jiménez es doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, además de licenciado en Filología Hispánica y periodista: profesión, esta última, que lo llevó a ejercer el periodismo cultural durante más de tres décadas. Director de la revista Cuadernos del Sur, es a través de su experiencia al frente de este mítico foro, y de otras experiencias, como la de dirigir el Instituto Cervantes de Fez (Marruecos), que Rodríguez Jiménez estructura y va vehiculando un discurso ensayístico a través de artículos breves y bien cohesionados.

    Ya en la contraportada del libro se nos advierte de que este libro es un acercamiento crítico a la obra de 48 poetas nacidos en el siglo XX y seleccionados bajo un criterio de calidad diferente. Poetas-isla a los que algunos pueden considerar consagrados y reconocidos, pero el talante reivindicador de Rodríguez Jiménez destaca de ellos, además, su autenticidad y creatividad insobornables. El periodo temporal cubierto por este estudio son los ochenta años comprendidos desde la última gran generación española de poetas (1927) hasta la actualidad.

    Hemos dicho «calidad diferente» porque ese es otro de los rasgos que caracterizan este estudio. No hay que olvidar que su autor fue uno de los poetas fundadores del movimiento después conocido como Poesía de la Diferencia. Desde esa perspectiva, la de un defensor de la poesía plural y libre, Rodríguez Jiménez acomete la tarea de escribir las semblanzas de 48 poetas, precedidas por más de 90 páginas de reflexión crítica sobre el asunto, latitud del libro verdaderamente interesante, no solo por lo que contiene, sino por la valentía y claridad con las que está expresado.

    A continuación, paso a enumerar todos los autores compendiados, ya que me parece un dato interesante hacia sus futuros lectores, para después comentar esa extensa introducción, la cual nos permite conocer el cariz lírico e ideológico de Rodríguez Jiménez: Rafael Alberti, Rafael Álvarez Merlo, Manuel Álvarez Ortega, Blanca Andréu, Julio Aumente, Enrique Badosa, Ricardo Bellveser, Juan Bernier, Guillermo Carnero, Francisco Carrasco Heredia, Antonio Carvajal, Juana Castro, Carlos Clementson, Antonio Colinas, Pedro J. de la Peña, Leopoldo de Luis, Carlos Edmundo de Ory, Fernando de Villena, Antonio Enrique, Domingo F. Faílde, Antonio Gala, Antonio Gamoneda, Pablo García Baena, Ángel García López, Concha García, Rafael Guillén, Antonio Hernández, José Hierro, Luis Jiménez Martos, Manuel Jurado López, Concha Lagos, Mario López, José Lupiáñez, Manuel Mantero, José de Miguel, Ricardo Molina, José Antonio Muñoz Rojas, Vicente Núñez, María Antonia Ortega, Rafael Pérez Estrada, Fernando Quiñones, Manuel Ríos Ruiz, Pedro Rodríguez Pacheco, Claudio Rodríguez, Mariano Roldán, Eduardo Scala, Jaime Siles y Rafael Soto Vergés.

    Sorprende, a primera vista, lo descompensado entre autores y autoras en cuanto a cantidad. Pero a decir verdad, toda antología es incompleta. Hay que poner en valor, en cambio, el afán recuperador de Rodríguez Jiménez, quien entiende entre las funciones del crítico literario la de corregir —en la medida de lo posible— los olvidos naturales y no tan naturales del sistema.

    Rodríguez Jiménez señala en su introducción de casi cien páginas, que poetas como José Ángel Valente ya criticaron en su momento el afán reduccionista y monopolizador de grupos literarios que pretendían ser modelos de una nueva tradición: « […] la poesía es una aventura rigurosamente individual, de una soledad equiparable a la del corredor de fondo». No duda en poner nombres y apellidos a quienes considera realizan funciones de lobby. Una de esas sociedades secretas —en el sentido más romántico del término— es la constituida como Poesía de la Experiencia en los años 80, formada por Juan Carlos Rodríguez, Javier Egea, Antonio Jiménez Millán, Álvaro Salvador y Luis García Montero. Como acólitos a este grupo Rodríguez Jiménez menciona a Benjamín Prado, Luis Muñoz, Álvaro García, Carlos Marzal, Felipe Benítez Reyes e Inmaculada Mengíbar. Reconoce en Montero al líder con poder y posible autor intelectual de un expolio que no solo afecta a la repercusión de una estética en los medios de comunicación, sino a toda una corruptela de premios literarios y procedimientos oscuros para favorecer el ascenso de unos autores en detrimento de otros.

    Frente a un tipo de poesía oficialista, uniformada y estereotipada, se defiende desde las páginas de Cuadernos de Sur en 1986 una poesía libre, heterogénea y universal, que no atienda específicamente a modas, sino que permita que todo tenga cabida y que sea el criterio de la originalidad y profundidad el único que se imponga.

    Con el objetivo de articular una oposición a estos hechos denunciados se abrió un campo de discusión en la revista Cuadernos del Sur. Constantes son las referencias y alusiones de Rodríguez Jiménez a artículos allí publicados que van dando la réplica a su discurso, además de ampliar las líneas de observación. El autor reconoce que los poetas no son una raza gregaria por naturaleza, aunque en la actualidad muchos lo sean, y subraya que la responsabilidad de cambiar el mundo pesa sobre los hombros de media docena de poetas, a los que no nombra, y se refiere a ellos como francotiradores y unicornios.

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Antonio Rodríguez Jiménez

    Atención especial se presta a dos poetas-críticos que tratan —según Rodríguez Jiménez— de emular a Castellet: Luis Antonio de Villena y José Luis García Martín. A través de sus antologías y estudios el autor va dibujando un trayecto literario-temporal en el que aparecen otras tendencias, como la escuela de Trieste, formada por: Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Ángel Rupérez, Ángel Guache, Ramón Andrés, Julio Llamazares, José Carlón, Juan Carlos Mestre o Julio Martínez Mesanza; también los poetas pertenecientes al Neosurrealismo: Blanca Andréu, Fernando Beltrán, Amalia Iglesias, Pedro Casariego Córdoba, Ángel Muñoz Petisme, Francisco Serradilla o Luisa Castro. Asimismo hará lo propio con las nóminas del Minimalismo, Tradicionalismo, poesía elegíaca y metafísica.

    En el apartado titulado “Crisis de autenticidad creativa” Rodríguez Jiménez pone el dedo en la llaga al afirmar que la poesía española a principios de los años 90 se encuentra en un atolladero repetitivo con falta de nervio expresivo y languidez creadora, para ello se apoya en tesis de otros dos críticos: Antonio Garrido y Juan José Lanz, quienes certifican ese estado comatoso diagnosticando sus efectos y causas. Un artículo de Lanz, titulado “La poesía sin experiencia” da pie a una afirmación que denunciaba el conservadurismo del modelo estético predominante: «En ningún momento de nuestra historia de la poesía de este siglo se había conseguido estar más alejado del devenir del mundo moderno».

    Una de las secciones de la citada revista Cuadernos del Sur fue “Antología consultada de poetas no clónicos” (1992), en ella, Rodríguez Jiménez entrevistaba a poetas acerca del estado actual de la poesía, aquella experiencia fraguó en la publicación de un libro y en el epígrafe «poetas clónicos» para identificar a todos aquellos poetas de obra epigonal que se refugiaban bajo la etiqueta neorrealista:

    Por el contrario, el poeta no clónico es el que se distingue de los demás por su voz auténtica, porque es genuino, tiene personalidad propia, siente y vibra por sí mismo. No es el eco ni la copia de nadie y se distingue por su propia coherencia, no detenta parcela de poder alguna, no está de moda, no practica la oficialidad, ni medra.

    Con una media de cinco páginas por ambas caras para cada autor seleccionado, el espacio literario se presta óptimo para esbozar los caracteres generales de una obra, o comentar puntos concretos de un texto o biografía, sin embargo, la actitud de estos artículos es quizá demasiado generalista y abarcadora con relación a su extensión, y por ello, cuanto gana en diversidad lo pierde en profundidad. En cualquier caso, de cada autor escogido se apuntan características interesantes y puntos de vista subjetivos e historicistas, suficientes como para incitar al lector a averiguar más datos de los autores y obras comentadas.

    Hay que dejar claro que Rodríguez Jiménez, como buen cordobés, pone en valor a los poetas del sur atendiendo especialmente a los integrantes del grupo Cántico, y lo hace con conocimiento de causa; defiende y abandera ese movimiento de múltiples estéticas que supone la Poesía de la Diferencia, estética de la que él mismo es cofundador. Sus principios, postulados, denuncias y defensas quedan muy claras tras la lectura de este valiente y necesario libro, para dilucidar la veracidad o no de lo aquí manifestado habrá que esperar a esa diacronía que ofrecerá la realidad histórica y compararla con las que otros cronistas y críticos —como él— trazarán en un futuro.

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Publicado en “Revista de Letras” de “La Vanguardia”:

http://revistadeletras.net/gema-palacios-maneras-de-nombrar-el-vacio/

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Título: Treinta y seis mujeres

Autora: Gema Palacios

Editorial: El sastre de Apollinaire

Género: poesía

Número de páginas: 78

Año de publicación: 2016

ISBN: 978-84-938931-9-4

Treinta y seis mujeres es el tercer poemario de Gema Palacios (Zaragoza, 1992), Compañeros del crimen (Ediciones Paralelo, 2014) y Morada y plata (Ebediziones, 2013) le preceden. Esta joven autora ha encontrado acomodo en El sastre de Apollinaire, sello editorial en proyección ascendente, gestionado hábilmente por Agustín Sánchez Antequera. Si fácil es entregarse como editor a ese brote cantautoril del que algunos sacan buen partido, y no tanto pecho, Antequera ha escogido el camino difícil. Apuesta en esta ocasión por Gema Palacios, exponente de una generación poética —liderada por Elvira Sastre y coetánea a la generación aludida— que ha florecido líricamente durante el último lustro, pero demuestra haber perdido su tiempo cribando la arena de las letras, y como buen forty-niner, en cada nueva entrega nos ofrece su selecto yacimiento.

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Gema Palacios, fotografía de Alberto Rivas.

Libro dedicado a tres mujeres; una cita de la poeta rusa Marina Tsvietáieva: La poesía es el ser, el no poder hacer de otra manera, nos previene de ese irrevocable fervor poético al que está abocado todo letraherido. Un fervor que en este poemario se concentra en una defensa de lo femenino, si es que tal distinción puede hacerse, además de un inconformismo moral e intelectual, a lo que hay que añadir el amor. Estas tres vetas nucleares confluyen y conforman, de manera indisoluble, los rasgos característicos de la identidad del hablante lírico.

“Tres maneras de nombrar el vacío” es un preludio que además de revelar la fascinación que siente la autora por la estética arábiga, expone sin titubeos su radical postura ante el machismo endémico que carcome la sociedad: Las mismas mujeres que ahora recobran la voz, / ahora hablan. Esas tres maneras de nombrar el vacío a las que alude el epígrafe, se corresponden con los tres actos en los que se divide el libro, si tomamos “El lugar para ser” como una coda prorrateada en cuatro partes.

A su vez, dichos actos ya anticipan catafóricamente en el título la direccionalidad de una mirada que comienza su recorrido en las manos, para dirigirse después a los labios y terminar en los ojos de quien enfrenta. Esa ascendente visión de lo metafísico en lo físico viene condicionada por el título de su primera parada: “Palabras-palma de la mano”, término utilizado por la citada Marina Tsvietéieva —heroína en quien la autora reconoce sus propios valores— en una de sus cartas a Abraham Vizniak. De esa construcción compuesta por «palabra» y «palma», dos naturalezas diferentes unidas para formar una nueva y ambivalente figura, la poeta arguye la idea para componer, de la misma forma, los títulos de los sucesivos bloques. Así encontramos “Labios precipicio” y “Ojos horizonte”, dos bellas aposiciones sustantivas que además de señalar las coordenadas de la geografía humana, asocian cada una de ellas al campo semántico de algo que puede ser, al mismo tiempo, estremecedor y majestuoso.

Uno de los rasgos caligráficos llamado a significar la disidencia moral proclamada en los versos, es la irreverencia ortográfica. Los poemas comienzan con mayúscula y terminan con punto final, pero carecen de cualquier interrupción ortográfica que no sea la ruptura sisrremática de los continuos encabalgamientos, tan solo espaciados por la distancia estrófica: Te sueño horizontal / la piel de arena / desierto entre los labios conocidos // tu voz así / mullida y plena // temblor constante en que me hundo / y mano. La ausencia de comas, puntos y otros signos, favorece las elipsis, e invita a agudizar sus cualidades interpretativas al lector más atento. Si en el primer bloque, los poemas son más breves que en el resto, en el conjunto del libro, tanto los espacios en blanco, como un aparente uso caótico de la sangría, serán constantes de principio a fin.

Gema Palacios utiliza con mayor frecuencia el uso de la primera persona como direccionalidad de su voz lírica; un yo, por fuerza, teatralizado y mínimamente diseminado entre las personas del verbo, que aspira a ser trasunto de su voz interior: Dadme / un vaso de agua / que no sacie mi sed sino que me convierta / en la única criatura / que lama la palma de su mano // Yo quiero tener sed de mí misma.

Los poemas del primer apartado carecen de títulos, únicamente son enumerados por cifras romanas; en el segundo apartado, en cada poema esplende un epígrafe propio; y será en el tercer y último apartado troncal, donde la autora utilice los versos de Alejandra Pizarnik para titular sus poemas, a modo de glosa.

En ocasiones, a sí misma, y en otras, a un interlocutor que no responde, la poeta se interroga en su propia descripción, se acerca o aleja de su propia conciencia de ser en cada pensamiento, en cada relato; parece que interpela, pero en verdad se descubre a golpe de verso, un verso que somatiza un dolor incandescente entre lo reflexivo y sensorial: Qué innato ver prever cada resquicio / cada nuevo insomnio / cada testamento // Yo // no soy salvo en tu aroma.

Imaginario repleto de abismos y soledades, su virulenta mezcla de amor y dolor provoca una cascada de adjetivos; más inquietante en su sustantivación, las aposiciones se suceden en una suerte de constatación del poder del nombre: Donde empieza la palabra te apareces; doble articulación del lenguaje cuya proposición nominal anticipa y enardece un particular lirismo: voz rasguño // fantoche mujer // formato página // formato angustia.

Gema Palacios no esconde sus referentes literarios, al contrario, los expone a las claras a través de citas o alusiones directas; de esta forma encontramos a: Julieta Valero, Olga Novo o Luisa Castro, quienes actualizan concomitancias con Virginia Woolf y las citadas Pizarnik y Tsvietáieva, a quienes está dedicado el poemario. Y lo mismo ocurre con el apartado masculino, que también lo hay, representado por: Borges, Rosales o Rilke. De distintas geografías y temporalidades ha bebido la autora. Realismo y surrealismo conviven en sus poemas, de corte intimista, donde conatos de romanticismo son rápidamente disueltos por versos existencialistas que golpean con toda su verdad.

Versos blancos y libres, de lenguaje sencillo y descalabrados en un espacio-tiempo de gramática herida, en ellos, una noción de irracionalidad anega las zonas deprimidas de una orografía volcánica: A veces gimo y no se produce sonido alguno / como bien sabes // Parpadeo dos veces antes de sustraerme el órgano vital / me doy a bocanadas por si la hipérbole / y sí / has venido a dar de comer a los pájaros.

Este tercer bloque, titulado “Simetrías”, además de vincularse a los versos de Pizarnik, puesto que los poemas nacen a partir de sus versos, a modo de cadáver exquisito, la autora señala que han sido escogidos en simetría con una selección de fotografías de la artista Francesca Woodman;  no cabe duda de que la inclusión de dichas fotografías hubiese engrandecido el conjunto.

En este bloque, la autora se descubre, y también advierte una grave soledad. Su actitud estética, lejos de parecer impostada, se naturaliza en su humana heredad. Nada es trivial a su mirada, así sus versos se enriquecen en imágenes y destilan velados aforismos y no tan velados tintes de erotismo: Entonces muevo los brazos compulsivamente / muevo mi vida hasta perder el tacto / y todo es frenesí / y todo es niebla // Su memoria es mi memoria es mi huracán.

“En un lugar para ser” supone un broche expeditivo a una obra que crece y se adensa conforme va avanzando. La sensibilidad de Gema Palacios hiere, porque acusa y señala, y se hace admirar y temer, pues no se rinde y doblega. Su visión histórica no olvida los calvarios impuestos a mujeres dique que abrieron brechas libertarias: A todas las mujeres que han sido silenciadas / a lo largo de la Historia. En esta coda, la rotundidad en sí misma y sus posibilidades como mujer, se concretizan paulatinamente, conforme nos acercamos al final. No hay más seguridad y certeza que la lucha, el propio enfrentamiento, contra sí mismo y el mundo, será la única vía hacia la dignidad: Porque estoy aquí, / porque temo y deseo la belleza con tanta ferocidad / que no puedo entregarme al abrazo sin oponer resistencia; (único poema del libro con presencia de comas).

Treinta y seis mujeres: treinta y seis poemas de una autora en decidida proyección ascendente. La poesía de Gema Palacios, henchida de un romanticismo que alude a la muerte de lo divino en la flaqueza y contradicción de lo humano, no busca condescendencia, sus poemas son denuncia y homenaje, constatación de una actitud firme y coherente que enfrenta a cuanto no asume, a cuanto cree injusto, y lo hace con una efervescencia poética que inocula su propia fuerza interior.

Gema Palacios, fotografía de Laura Carrascosa Vela

Gema Palacios, fotografiada por Laura Carrascosa Vela.