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Publicado en la Gaceta Internacional de Haiku “Hojas en la Acera”, (núm. 34):

http://hela17.blogspot.com.es/2017/06/numero-34-el-haiku-debate.html

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Al lector acostumbrado a la poesía japonesa le resulta demasiado agresivo el contraste entre la naturaleza y lo urbano. De hecho, me atrevería a afirmar que enfrentarse a un tipo de poesía urbana, tras haber degustado la sagrada, le hace degradar inconscientemente toda aquella lectura ambientada en una fría y desesperanzadora metrópolis. La contemplación necesaria para presenciar una emoción que conduzca a un haiku se nos facilita en el recogimiento, en el silencio; no cabe duda.

Otra cosa es afirmar que solo rodeados por naturaleza somos capaces de percibir un haiku verdadero; lo cual es más que discutible. A primera vista, y tomando la urbe como algo más oscuro, artificial y contaminado que la propia naturaleza, la civilización parece haber esculpido una realidad ideal para concebir en ella el haiku cruel.

niños jugando,

el viento agita el ala

de un pájaro muerto

                                                            Félix Arce

 

Podemos imaginar la instantánea del haiku anterior de manera clásica, es decir, los niños juegan en el campo simplemente, o también podemos contextualizarlos, por ejemplo, en el parque de una gran ciudad. En ambas situaciones, el impacto de los versos en quien los lee, su punto de vista, no mengua ni siquiera un ápice.

Pero si mantenemos la objetividad, si abrimos nuestra percepción a nuestro entorno y nos guiamos por la sensibilidad, advertiremos que somos naturaleza, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos; lo orgánico, espiritual y trascendente camina con nosotros.

Uno de los primeros haijines en escribir haiku urbano fue el propio Basho. Al igual que otros haijines con posterioridad, como Kerouac, Basho fue un caminante incansable que viajó a través de la naturaleza de ciudad en ciudad, algo que, como es natural, vertió en sus haikus.

todavía en Kyoto
y ya extraño Kyoto:
canto de cuco

                                                 Matsuo Basho

Los haijines Seishi y Shuoshi son de los más mencionados en lo que a haiku urbano se refiere. En el primer tercio del siglo XX practicaron lo que denominaron «shinkoo haiku» o «haiku nuevo», algo a lo que Seishi se atrevió a definir como: versos con materiales nuevos, pero profundamente concebidos. Ambos fueron tan intrépidos como para practicar este género, aunque quizás no con la necesaria sensibilidad como para ser pioneros de algo grande y señalar una tendencia al respecto. Todo lo positivo que puede aportar que varios autores se atrevan a abrir camino en este sentido, se vuelve perjudicial para la causa si su audacia queda en mera anécdota y no trasciende en los lectores.

rugby: un pelotón de jugadores

llega corriendo

algo retrasado

                                Seishi

A este respecto, el maestro Vicente Haya comenta:

Este subgénero no existe en Japón. Se habla de “haiku contemporáneo” y se presupone que hay dentro de él un espacio posible para todo lo que es actual. He oído expertos japoneses argumentando que el coche del siglo XX es el carro del XVIII, y que por qué uno merecería entrar en el haiku y otro no.

En comentarios análogos, Haya pone en valor qué es aquello que queremos preservar en el haiku, y cito textualmente: los coches, los edificios, los postes eléctricos, el béisbol. Evidentemente, lo peyorativo de sus palabras nos previene del culto a lo artificial, un ámbito en el que podemos pasar con suma ligereza de lo cotidiano a lo vulgar.

Hablar de sociedades modernas, es hablar de atascos, comercios, fábricas, ruido, pero también de violencia, y en algunos momentos, guerra. El famoso Incidente de Manchuria provocó que un grupo de haijines pertenecientes al movimiento Shinkoo Haiku introdujesen la guerra en sus haikus. La editorial Hiperión publicó un libro con el llamativo título de Haikus de guerra, con selección de textos a cargo de Seiko Ota y traducción al castellano de Elena Gallego. Ellas mismas expresan en su libro algunos motivos de la introducción de la guerra en el haiku, así como algunas características formales del denominado en castellano «haiku contracorriente».

«Este movimiento surgió hacia 1931 en contra de la escuela Hototogisu, escuela tradicional liderada por Takahama Kyoshi, cuyos principios eran cantar a la naturaleza, mantener la métrica tradicional de 5, 7 y 5 sílabas y usar kigo, la palabra de estación. De esta manera, el movimiento de haikus contracorriente empieza a cuestionar estos dos principios básicos del haiku, como consecuencia de la dificultad para mantener el kigo al expresar la realidad de aquella época, la vida moderna y urbana, alejados de la naturaleza y rodeados de maquinaria, consecuencia de la revolución industrial y también de la realidad de las guerras».

¿Podemos hacer poesía pura de algo impuro? Precisamente, esa es una de las constantes demostraciones que ofrece la naturaleza. En el universo, no hay etiquetas, nada es puro o impuro, todo se crea, se mezcla y se transforma —o esa es nuestra percepción— con la misma arbitrariedad. El animal que muere es alimento para otros animales, estiércol para la tierra; la lluvia que anega las cosechas es la misma que florece la belleza en sus altares.

Abordar la construcción del haiku urbano no debe desacralizar al haiku de lo sagrado, al contrario, su punto de vista es el mismo, su destino, también, solo es disímil el camino. Es más, si la antítesis visual, el equilibrio de fuerzas contrarias del haiku es uno de los principales resortes de su capacidad comunicadora, el haiku urbano que combine la naturaleza y el mundo civilizado será todavía más fiel a su esencia taoísta.

al sentir pasos,

gorriones en la acera

alzan el vuelo

                                                       Grego

Tal vez no emocionen las mismas cosas a un urbanita que a una persona acostumbrada a un entorno natural, pero ambos están legitimados para buscar su emoción, cada uno a su manera, y es cuestión del compilador y crítico, desglosar esas vivencias y encontrar o no en ellas, vasos comunicantes.

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Escribir un haiku ambientado en la ciudad no es solo cambiar el escenario de nuestros versos, es también cambiar los códigos de cifrado y descifrado del mensaje, apelar a las características de una forma de vida diferente, pero en el fondo, vida. Por tanto, quizás el lector citadino esté predestinado a emocionarse solo leyendo poemas ambientados en su ecosistema, algo reversible mediante el cambio de hábitos para acercarse a lo natural.

La modernidad trajo consigo la tecnología, la frialdad de escenarios de hierro, cristal y asfalto; también la decadencia de los valores humanos. La transformación de la sociedad es un hecho a todos los niveles, y eso es algo que afecta forzosamente al individuo. Encuentro necesario, no recuperar, sino cultivar y dignificar el shinkoo haiku, ya no por la poesía japonesa, sino por el efecto conciliador entre el ser humano y su entorno que puede provocar. Siempre se ha dicho que una persona impedida físicamente debe dar seis pasos más que una persona que no lo está, para alcanzar lo mismo. Entraña dificultad recuperar el haiku urbano, pero no es imposible.

Si aspirar a escribir un haiku verdadero ya es complicado, el haiku urbano es un reto más complejo para el haijín actual, ya que para conseguir la misma meta que con el haiku sagrado, este encuentra sus símbolos sensiblemente depreciados. Los tótems de la modernidad han perdido fuerza expresiva con respecto a buscar la traslación de una honda emoción. La flor de loto, por ejemplo, su belleza natural, su historia, juegan con ventaja con respecto a una señal de tráfico o un semáforo. Es responsabilidad del haijín tratar de ir acortando esa distancia, ahora insalvable.

El haijín que consiga elevar al haiku urbano de la categoría de subgénero, será sin duda un maestro. Aunque su gesta seguramente comporte ligeras transformaciones o apuestas al cambio a un género que, como cualquier otra vertiente literaria, está expuesto a ello.

 

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autores de sin otra luz

Título: Sin otra luz

Autores: Félix Arce, Manuel Díez Orzas, Mercedes Pérez

Género: Poesía (haikus)

Editorial: LápizCero Ediciones

Número de páginas: 86

Año de publicación: 2012

ISBN: 978-84-92830-70-1

Auspiciado por Ciñe (Círculo independiente Ñ de escritores) la editorial LápizCero ediciones apuesta fuerte por una tríada de escritores españoles que desde hace tiempo están más que comprometidos con el haiku, se trata de Félix Arce Araiz, Manuel Díez Orzas y Mercedes Pérez Pérez, un grupo de haijines bien conocedores de lo que el haiku representa no sólo para el que lo lee sino también para aquel que intenta escribirlo. Debo confesar que al leer el título del poemario quedé asombrado por lo poético, ya no del título solo, sino del sugerente diseño de la cubierta obra de Xavier de Tusalle, sin embargo al leer el primer haiku y comprobar que el título provenía de su primer verso me inquieté por completo, el triunvirato de autores de Sin otra luz profesa la preceptiva del maestro Haya lo cual obliga al haijin a desaparecer de su haiku, concepto que además el propio Haya menciona en el prólogo del libro, y es en el mismo prólogo donde Vicente se pronuncia frente a lo arriesgado del título, ya que contiene apreciación personal, pero sin embargo lo considera acertado ya que «el verdadero haijin es aquel que no se deja censurar por las normas», algo en lo que los más puristas puede que no estén de acuerdo y que sin duda es arriesgado. Y siguiendo con lo singular del título, resulta que en mi cuaderno de notas tengo el dato de que en el año 2011, un año antes de la publicación de este poemario, el poeta norteamericano Juan Noyes afincado en España publica el poemario Sin otra luz y guía que fue merecedor del premio de poesía Pedro García Cabrera 2011, seguramente una casualidad anecdótica como las muchas que suelen ocurrir.

No es la primera vez que estos tres autores comparten autoría en un libro de haiku en castellano, en el año 2011 publicaron El Camino del Viento (QVE ediciones) junto a José Luis Vicent y Giovanni C. Jara, un libro muy recomendable.

Pero abordemos el poemario en cuestión, Sin otra luz, hay que decir que los poemas se presentan sin títulos ni numeración, sin mayúscula al principio de cada verso ni punto al final, sin distinción de autorías, sin dedicatorias, sin citas, es decir, lo más desnudos posible e imbricados entre sí, una concepción que sin duda lo dota de continuidad y hermanamiento, tan sólo se entromete en el discurso poético cuatro ilustraciones que hacen la función separadora de -posiblemente- cuatro bloques diferenciados por connotaciones estacionales. Esa supresión de lo prescindible, de la pretensión, de acercamiento al continuum de la pureza hallada en la Naturaleza es marca de la casa de Vicente Haya, que a su vez es legado de los grandes maestros orientales, una desnudez palpable a lo largo de 203 haikus que proyectan sus imágenes a razón de tres por página.

Uno de los muchos aciertos de la edición de Sin otra luz es el coeficiente de participación de los autores que aparece en las últimas páginas a modo de índice, algo que permite al lector identificar en todo momento qué haiku pertenece a cada autor. Así podemos adjudicar a Félix Arce (Momiji) en la página 23-1 el siguiente haiku: niños jugando, / el viento agita el ala / de un pájaro muerto; sabor de wabi-sabi, espíritu de shasei, un haiku de género cruel que no deja indiferente.

Manuel Díez, que fue ganador del IV certamen internacional de haiku Facultad de Derecho de Albacete con su trabajo Reflejos de agua, en la página 24-1 nos regala un haiku que algunos podrían interpretar como zappai, no hay suceso aparentemente pero los versos son de lo más pictórico, posee haimi y aware : cielo blanquecino… / de las ramas cuelgan / ciruelas pasas. Esa contemplación que nos subyuga puede empujarnos a verter la fascinación de nuestra mirada a veces de forma convulsa, como acto reflejo,  sin pensar siquiera en lo que estamos haciendo, por eso a veces decidimos prescindir del suceso, porque un sólo impacto visual expresado con texturas es suficiente —como en este caso— para dejarse llevar por la escritura e intentar inmortalizar el momento alcanzando la categoría de haiku.

Mercedes Pérez (Kotori) que entre otros premios ha sido ganadora del 1º y 3º premio del IV Certamen Internacional de haiku No-Michi 2011 nos ofrece por su parte en la página 18-1 el siguiente haiku: revuelo de pájaros… / el sonido de la nieve / derritiéndose. La autora potencia en este caso lo sensitivo del momento, podemos escuchar el aleteo de los pájaros contrastado con el leve sonido de la nieve derritiéndose, un recurso muy empleado para subrayar la capacidad telúrica de esta forma poética, el lector imagina esa onomatopeya y cierra el poema cumpliendo una de las reglas fundamentales, no contarlo todo en el haiku.

La variedad de haikus que contiene el libro es espléndida, desde haikus con Kigo (palabra estacional) a haikus sin Kigo (Mu-Kigo), haikus con onomatopeya, con texturas palpables (haimi), jisei, centrando su importancia en lo sagrado y haciendo uso de un Nai-Inritsu envidiable.

Carcomidas / las hojas malva / atravesadas por la luz, en este haiku de Félix Arce ubicado en la página 57-3 somos partícipes de una belleza arrebatadora, lo bello no se explica, se evidencia, nuestra mirada, a contraluz del cielo, encuentra unas hojas malva que previamente han sido horadadas por gusanos y a través de esos orificios la luz del Sol entra como rayo luminoso, sin duda, Félix consigue sintetizar en sus tres versos toda una variedad de rasgos y detalles, descritos o sugeridos, que impregnan al conjunto de un aware muy sugerente. No por nada Félix es el actual ganador del certamen internacional de haiku El Vuelo del Samandar de Cuba, y además es buen conocedor de la lengua y cultura japonesa, dato muy importante si tenemos en cuenta que de esos ingredientes proviene el haiku.

Otro ejemplo del buen hacer de Manuel Díez es el haiku ubicado en la página 78-2: hace viento… / el muro rezuma / la lluvia de anoche. La panspermia, el caos, la reconfiguración de las pequeñas cosas por la causalidad de una ¿casualidad? Un ejemplo gráfico del variado número de sílabas que se utiliza en todo el libro en general. Siguiendo las instrucciones de Haya un haiku puede serlo si sus sílabas se encuentran entre 7 y 24 siendo 19 el número más recomendable, y es importante saber que la creencia en occidente de que un haiku debe tener 5/7/5 sílabas de manera radical es falsa y que el abuso de la misma conduce a una cacofonía rítmica muy denostada entre los japoneses por lo que es importante alternar los metros, busca el metro roto (hachó) en busca de una armonía sonora, condición heterométrica que en este libro se consigue completamente.

Mercedes Pérez en la página 58-3 nos ofrece este haiku: un haz de luz; / la espiral de mosquitos / vuelve a formarse. En esta ocasión se cumple el 5/7/5 de la mayoría occidental y un hecho tan cotidiano del que seríamos testigo en cualquier día de verano es representado aquí con una simpleza y claridad tan visual como inquietante. Mercedes es la autora que contribuye con más haikus al libro, aunque después de leer el conjunto poco importa eso ya que la cohesión y armonía entre los tres autores son tan evidentes como constantes.

Hay más de un denominador común que comparten estos autores, como por ejemplo su habitual presencia en una de las publicaciones más emblemáticas del mundo del haiku en español, la gaceta Hojas en la acera que coordina el valenciano Enrique Linares. Una revista que comenzó de forma digital pero que actualmente también se distribuye también de forma impresa y sirve tanto de difusión de la cultura y arte japoneses como de sugestivo análisis de sus formas a través de artículos y ensayos.

Además Félix, Manuel y Mercedes fundaron recientemente una escuela virtual para todos aquellos que quieran iniciarse en el haiku llamada Makoto una iniciativa que fue idea de Vicente Haya, maestro y ejemplo de estos tres escritores que poco a poco van consagrando su vida a esta forma de vivir compartiendo su percepción del mundo en un camino iniciático que conduce a la comunión del ser humano con la Naturaleza al mismo tiempo que supone irse desprendiendo del yo.

En definitiva Sin otra luz es —como dice Vicente Haya en el prólogo— un libro de estudio que se diferencia de las antologías castellanas al uso tanto por su consciente y arriesgado planteamiento como por su ejercicio de aniquilación del yo, no sólo en la construcción de los poemas sino en la estructura y edición del libro, no hay firmas, biografías, títulos, ni siquiera una pequeña fotografía de los autores. Por tanto es justo reconocer la labor de abnegación invertida y recomendar encarecidamente su lectura, una lectura que debe ser pausada y paladeada como los buenos vinos para saber apreciar el haimi de cada composición y degustar los diferentes matices que esconden estos versos. Como diría el gran Blyth Sin otra luz es un compendio de meras nadas inolvidablemente significativas.