Noelia Illán Conesa: «No se puede estar escribiendo siempre lo mismo, entre otras cosas, porque uno no siempre es el mismo».

Entrevista publicada en “Todo Literatura”:

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(Fotografías cedidas por Noelia Illán Conesa)

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José María Álvarez y Noelia Illán Conesa frente al Café Danton (París), lugar en el que en 1960 José María Álvarez comenzó a escribir su libro “Museo de cera”.

ENTREVISTA A NOELIA ILLÁN CONESA

BIOGRAFÍA DE NOELIA ILLÁN CONESA

Noelia Illán Conesa (Cartagena, 1983) es licenciada en Filología Clásica. En 2012 publicó Calamidad y Desperfectos, reeditado un año más tarde con prólogo del poeta novísimo José María Álvarez, de cuya obra es experta conocedora. Publicó en 2015 la antología de Álvarez El oro de los tigres (Editorial Balduque). Ha participado en festivales de poesía y colaborado con prensa y revistas literarias, como El Ciervo, El Coloquio de los Perros, Ágora, Carátula o Meca. Ha aparecido en varias antologías y recibido varios premios de poesía y microrrelato. Ha publicado el poemario Verbos por dentelladas (RavensWood Books, 2016), reeditado por Lastura Ediciones en 2018, con prólogo de Antonio Praena. Publicó en 2018 Volver a brindar con extraños, II Premio de poesía de La Montaña Mágica y publicado por Balduque Ediciones. Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés, inglés y griego moderno. Ha sido codirectora de la revista de poesía La Galla Ciencia desde su fundación. Acaba de preparar la segunda antología de poesía de José María Álvarez, La mirada de la esfinge, con la editorial Olé Libros.

ENTREVISTA

Con motivo de la publicación de “La mirada de la esfinge” (Olé Libros, 2019), una antología poética sobre la obra de José María Álvarez (Cartagena, 1942) que tú has seleccionado y prologado parece pertinente hablar sobre la vigencia estética de los presupuestos esgrimidos por la promoción novísima en la actualidad. ¿Qué queda de aquella ruptura con la poesía social? ¿Crees que el culturalismo es hoy una tendencia que goza de buena salud en la poesía española?

Compleja pregunta… No creo que, desde un punto de vista lector, interese mucho hoy en día el culturalismo. Todo lo contrario. Se busca lo fácil, lo inmediato, lo que me lleve menos tiempo comprender. Me sorprendo -cuando se me ocurre echar un vistazo a lo que “se lleva” en poesía- de las tonterías que se pueden decir en un poema, y todas alejadas de ese culturalismo del que hablamos. Implica, como digo, una atención y un interés al que no todo el mundo está dispuesto a enfrentarse. A mí, como lectora, me interesa mucho, pero soy una “rara avis”. Prefiero un poema de este corte que esos que parecen tuits espontáneos y que no dicen nada. Además, y con esto digo mucho, el culturalismo implica no solo un conocimiento del mundo anterior a nosotros (de los autores, obras, lugares, corrientes…), sino un reconocimiento, cierta devoción y sobre todo respeto.

¿Cómo llegaste a la poesía de José María Álvarez? ¿Cómo fue aquel primer contacto con ella? ¿Qué crees que motivó en ti como lectora?

Yo tenía menos de 15 años, y un amigo me enseñó en la biblioteca de mi barrio un libro titulado La esclava instruida. Era una novela de José María, novela que se ha convertido en uno de mis pilares. Me acompaña siempre, la leo varias veces al año, me la sé de memoria. Tengo cerca de veinte ejemplares. De ahí pasé a Museo de cera, en la edición negra de la Editora Regional. Y bueno: el flechazo fue instantáneo. Me servía a la vez de guía para otros autores y otras lecturas. Viajaba a otros países cuando los poemas me llevaban, saboreaba lo que allí se contaba, el sol que allí se describía también me iluminaba a mí. Luego empezó mi fanatismo por tener toda su obra, desde las primeras ediciones de Museo hasta conferencias, reportajes, colaboraciones en revistas… No hay nada que se le parezca. Es absolutamente original, y así lo sentí entonces. Se puede decir que hay absoluta devoción por su obra porque le debo mucho, a ella y a él como Maestro y amigo.

La mirada de la esfinge”. Cuéntanos el porqué de dicho título. A primera vista, la mirada de una mujer a la que se intuye fatal y el exotismo de tierras lejanas como Egipto son connotaciones que percibimos del mismo que casan a la percepción con el imaginario de Álvarez.

El título nace de un verso del mismo José María, del poema “Epístola moral a Fabia”. Creo que resume muy bien lo que he querido transmitir en la antología: por un lado, efectivamente la visión de esa mujer que puede acarrear nuestra propia desgracia, que nos mira poderosa desde arriba, que nos puede aniquilar de un plumazo. También está Egipto, obvio, tierra muy amada por Álvarez, pero lo elegí más por todo lo que conlleva la imagen de esa Esfinge, poderosa como la Naturaleza, soberbia y altanera. Ante esa mirada, no podemos más que arrodillarnos y dar gracias. Es una metáfora algo compleja, pero creo que se entiende.

En el prólogo a esta antología revelas a los lectores que tu criterio de selección a la hora de escoger los poemas ha sido visceral, emocional. Te confiesas lectora de José María Álvarez desde la adolescencia y manifiestas que todo lector apasionado con la obra de un autor forja una antología inconsciente en su memoria. Me parece un enfoque original que sin duda ofrece un nuevo itinerario para acercarse a la poesía del maestro, pero ¿no te preocupa haber dejado fuera poemas emblemáticos? ¿Crees que este tipo de enfoque que has dado a la antología la singulariza para bien?

Una antología tiene a mi entender dos intereses: o bien acercarnos a esa antología como un “aperitivo” para alguien que no haya leído nada de ese autor (es una selección; si le gusta, buscará el resto de sus libros); o bien que nos interese la selección que ha hecho el antólogo por el hecho de ser X antólogo. En este segundo caso, a mí como lectora me interesa la visión que pueda tener un poeta, por ejemplo, de la obra de otro poeta; o me interesa saber qué poemas incluiría tal autor de otro autor que ya conozco. También está la antología personal, claro, pero no es el caso ante el que nos encontramos.

Lo digo en el prólogo: los que conocen la obra de Álvarez puede que echen en falta algunos poemas. Sí, no hay duda. Sería difícil coincidir, y más en un autor tan prolífico. ¿Qué interés puede tener una antología hecha por Noelia Illán? Pues si me pongo en el lugar de un lector ya iniciado en José María, creo que es interesante ver precisamente por qué están unos poemas y otros no, por qué alguien que los conoce tanto elige unos sí y otros no. Pero aunque me haya movido más la emoción a la hora de elegir, creo que es una antología más que representativa de sus poemas de “deseo”, como él los llamaría. ¡Saquen, saquen más antologías de Álvarez! Yo las compraré todas.

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En los últimos diez años José María Álvarez ha demostrado ser un poeta renovado, un creador más moderno y original que muchos de los poetas actuales. ¿A qué crees que es debido esto: mérito del inconformista Álvarez o demérito de promociones de poetas conformistas? ¿Piensas que es posible actualizar un discurso lírico sin perder el respeto a la tradición ni perder de vista lo clásico?

A la segunda pregunta es fácil responder: sí, efectivamente. Álvarez lo hace, o Villena, por ejemplo, o González Iglesias, o Antonio Praena… Para eso hay que tener “la cosa” interiorizada y no tratarse de postureos baratos o pasajeros. No creo que el “renovarse” se haga con plena consciencia. Uno escribe y a veces no sabe por qué. El Arte sale solo, como la Luna, ¿no? Si Álvarez se ha “renovado” es porque no podría ser de otra manera. No se puede estar escribiendo siempre lo mismo porque no siempre uno es el mismo, ni su circunstancia, ni su visión del mundo. José María fue uno de los novísimos, sí, pero es mucho más. Es moderno hasta la médula, pero no en el sentido de “moda” (cosa que aborrezco), sino en el sentido de “actual” lo leas cuando lo leas. Tú coges un poema del primer Museo y podrías pensar que lo ha escrito hoy. O al revés. Eso tenían los clásicos: que no pasan de moda, que son “modernos”. Eso es de alabar.

Dices en el prólogo a esta antología que más que poemas sobre sexo o amor José María Álvarez escribe sobre el deseo ¿por qué el deseo? Codiciamos lo que vemos, pero también aquello que no tenemos. ¿El deseo representa un afán de superación o de conquista?

Cuando José María habla de “deseo” habla de ese deseo carnal (sexual, aunque la palabra no es la más acertada) y también de eso que llamamos amor, fascinación, devoción. Pueden ir separados amor y sexo, claro está, pero para ese “deseo” no existe en castellano una palabra acertada, como sí lo está en griego clásico para referirse a los distintos tipos de amor. El deseo puede referirse a lo que ocurre en una cama con tu amante, o a la visión de una muchacha que nos mira desde una mesa en un restaurante, o una mujer que deja su olor al rozarnos por la calle, o el recuerdo de aquella noche de pasión que nos trajo la dicha. Supongo que a eso te refieres cuando dices que ansiamos lo que no tenemos. El deseo no existe solo cuando se ejecuta: podemos desear cuanto queramos. Como en el poema de la Echegui. No son poemas pornográficos; tampoco son poemas románticos. Son todo eso a la vez. Él te diría que la gran mentira que nos intentan vender es la de la sexualidad, y estoy de acuerdo con él en este sentido. Se folla menos y peor, intuyo que te diría él…, pero mejor preguntarle a José María, que lo explica mejor que yo.

¿Podemos interpretar los poemas de Álvarez desde un punto de vista hedonista-secular o desde la perspectiva lacaniana que relaciona el deseo como una utopía, aquello irrealizable que nos moviliza? ¿Qué punto de vista crees que sería el más acertado?

Creo que cada lector debe hacer suyos los poemas y leer a José María como le plazca. A veces puede ponerse más utópico en un poema y otras veces más hedonista. Creo que en ese sentido ambas visiones son acertadas. Unas veces leemos poemas donde anhela algo que no tiene, ya sea un recuerdo, un sueño o una apetencia. Otras, se ve que es real eso que nos cuenta. ¿Qué más da si nos da un trallazo el verso? Con el cine no hacemos eso: necesariamente no estamos pensando en qué nos ha querido decir el guionista o qué visión del director es la más acertada. A veces solo disfrutamos, ¿no? Bueno, aquí el debate daría para mucho…

Tras conocer en persona a José María Álvarez ¿qué podrías contarnos sobre el poeta que no podamos deducir de su poesía? ¿Crees que es una persona coherente con lo que escribe o su poesía es una impostura estética muy lejos de ser deliberadamente biográfica?

Es la persona más honesta que conozco, del mundo poético y fuera de él. Lo que hay en su obra existe en él. Ha renunciado a muchas cosas por ser como es, por escribir como escribe. Yo no puedo más que admirarlo, pero más allá de su obra. Es un verdadero maestro, creo además que sin pretenderlo. Pero no siempre estoy de acuerdo con él, ojo, y eso no me impide admirarlo. A lo largo de estos años de amistad he ido comprobando que no hay ningún tipo de impostura en su obra. Es auténtico. Tengo mucha suerte.

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Como antóloga has sentido la necesidad de poner en valor la poesía de Álvarez frente a la polifonía del panorama actual de la poesía. Decidiste ordenar y seleccionar una poética bajo el prisma de una mirada, de una emoción que selecciona de manera intuitiva aquellos textos que le conmueven. ¿Qué crees que le puede enseñar un poeta como José María Álvarez a esas nuevas generaciones de lectores que nunca le han leído?

A muchas cosas. Para empezar, a escribir algo que vaya más allá de lo espontáneo. A valorar a los clásicos. A respetar la cultura, la civilización, el arte. A leer a otros poetas y autores. A extraer citas a destajo, suyas y de otros (ya sabes que siempre mete citas de otros autores en sus poemas). A ser honesto. A ser valiente y atrevido (que no es lo mismo). A fijarse en cosas en las que un chaval no se fija porque “nadie se fija”, y quizá no sepa ni que eso existe. Yo leo a José María a menudo en mis clases, a veces a propósito de una explicación de algo griego o romano (un poema que habla de un templo, de un emperador…), y otras veces cuando creo que lo que allí se enseña merece la pena. Y les gusta, les sorprende. Les llama la atención que no sea un poeta “joven” y que sea un mensaje tan cercano a ellos. Pero hay que abrir la mente para leer a Álvarez, no quedarse en la superficie ni recurrir a clichés que nos impiden una lectura óptima.

Cuéntanos cómo ha sido esta experiencia como antóloga y a qué problemas —que preveías o no— te has enfrentado a la hora de elaborar este libro.

Ya hice una primera antología de José María, El oro de los tigres (Balduque, 2015), sobre sus ciudades y países amados. Tuvo muy buena acogida. El problema a la hora de hacer una antología es básico: ¿qué entra y qué se queda fuera? No puedes meterlo todo. Para empezar, porque muchos temas se repiten en la obra de José María, y algunos poemas son transversales. Luego lo óptimo es elegir bien, que representen bien lo que quieres contar, y ahí puedes equivocarte. Yo espero no haber decepcionado. A él le gusta, y a los amigos más ceranos de ambos que la han leído, también. Sería ideal que sirviera sobre todo para que aquellos que no lo han leído todavía sientan la curiosidad de seguir conociéndolo. En el caso de La mirada de la esfinge, uno de los problemas a los que nos hemos enfrentado ha sido precisamente la temática. Algunos son poemas que hoy en día no gustan, o que escandalizan (como si no estuviera ya todo inventado, que diría mi abuela…). No todo el mundo está dispuesto a publicar un libro que hable de ciertos temas, aunque sean poemas ya publicados (algunos hace muchos años). La censura existe, aunque no sea una censura en el plano legal sino en el moral, que es peor, mucho peor. Esto enlaza con lo de la “gran mentira” que decíamos antes…

¿Crees que ser poeta te ha facilitado las cosas para llevar a cabo esa tarea, o por el contrario, ha sido un hándicap? ¿Cómo crees que esa influencia de Álvarez durante toda tu vida se refleja en tu poesía?

La influencia es obvia, pero más en el contenido que en la forma, creo yo. De todos modos, creo que el peor lector de tu obra eres tú mismo. Poco puede explicar uno de sus propios poemas, más allá de alguna anécdota. Uno no sabe por qué escribe ni por qué lo hace de la manera que lo hace. Tampoco creo que ser poeta sea escribir poemas. Tengo amigos poetas que no han escrito un verso en su vida. Ser poeta va más allá, en mi opinión. Que yo haya escrito no creo que perjudique para nada a la hora de hacer una antología. Es más una cuestión de conocer bien la obra del autor que quieras antologar. ¡Y encontar editor que se atreva a sacarla!

Si puedes hacerlo, háblanos de tus futuros proyectos.

Seguir leyendo, y si la Musa toca, abrirle la puerta (o no).

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“La mirada de la esfinge”: la antología poética más reciente de José María Álvarez

Reseña publicada en “Todo Literatura”:

https://www.todoliteratura.es/noticia/52353/poesia/la-mirada-de-la-esfinge:-la-antologia-poetica-mas-reciente-de-jose-maria-alvarez.html?fbclid=IwAR2KxIz20h7A1vXsHVFzs5mLTjsWo1BPP0Y-eMtsKUWb1NJzAce34bUvjLc

 

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Título: La mirada de la esfinge

Autor: José María Álvarez

Editorial: Olé Libros

Género: poesía

Año de publicación: 2019

Número de páginas: 126

ISBN: 978-84-17737-92-4 

José María Álvarez (Cartagena, 1942) es uno de los nueve poetas que escogió el crítico literario José María Castellet para conformar su famosa y polémica antología —a partes iguales— titulada Nueve novísimos poetas españoles (Barral, 1970). Concretamente, Álvarez, junto a Manuel Vázquez Montalbán y Antonio Martínez Sarrión formaron esa facción denominada `senior´ dentro de una misma antología que se completó con poetas más jóvenes, o `coqueluche´, formada por: Guillermo Carnero, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Ana María Moix, Vicente Molina Foix y Leopoldo María Panero.

    La privilegiada posición que el tiempo nos brinda medio siglo después nos da la posibilidad de advertir que Castellet solo acertó, en parte, como antólogo, ya que algunos de los poetas que escogió se distanciaron mucho de la poesía, años después, y algunos de los poetas no incluidos en su selección demostraron ser más novísimos que los propios novísimos, me refiero a: Juan Luis Panero, Luis Antonio de Villena, Jaime Siles, Marcos Ricardo Barnatán, Jenaro Talens, Antonio Colinas y un largo etcétera. Sin embargo, a su favor siempre quedará el hecho de anticipar un cambio de mentalidad en la poesía española, un registro que en años anteriores contrajeron algunos poetas españoles por contagio con algunas vanguardias de la cultura europea, sumado al hastío que les producía el desgaste de una poesía social costumbrista y agotada.

     Para algunos, la verdadera puntería de Castellet quedó representada en dos de sus poetas: Pere Gimferrer y Guillermo Carnero, poetas totales, todavía hoy activos y fieles representantes de un culturalismo que no han abandonado. La sólidas trayectorias de Gimferrer y Carnero, pero sobre todo, la importancia y trascendencia de sus obras poéticas, realzó el contraste con sus compañeros de grupo, quienes se vieron —figurativamente— invitados a desmentir la apuesta que por ellos había hecho Castellet o, por el contrario, a refrendarla.

     José María Álvarez publicó en 1964 su ópera prima, titulada Libro de las nuevas herramientas (El Bardo), obra que ya fue considerada entonces como la mejor publicación poética del año por la revista Índice. Y no fue hasta una década después que se pronunció de nuevo como poeta con la publicación de Museo de cera (Manual de exploradores), para muchos, su obra maestra, concebida entre 1960 y 1970 y después reeditada y ampliada en varias ocasiones. El gigantismo de Museo de cera recuerda a los Cantos de Ezra Pound, autor al que Álvarez conoce bien, ya que lo ha traducido y por el que le coorganizó y presidió su homenaje trece años después de su muerte, celebrado en Venecia (1985).

     Ya en sus inicios José María Álvarez mostró un especial interés por el cosmopolitismo y la variedad de la riqueza cultural a él asociada, así como un inusual gusto por la abundancia de citas de otros autores —primero— y la profusa utilización de títulos extensos —después— y en diversas lenguas. Estos rasgos y muchos otros han singularizado hasta a día de hoy su quehacer como poeta. En la actualidad, podemos afirmar que su legado poético es caleidoscópico y poliédrico, algo que le ha exigido una evidente libertad formal.

     Ensayo, novela y poesía estructuran las ramas principales de su producción literaria. A las interesantes antologías que glosan su poesía, entre las que se encuentra El vaho de Dios (Poemas venezianos) que elaboró Alfredo Rodríguez para la editorial Renacimiento, se suma ahora La mirada de la esfinge (Olé Libros, 2019) al cuidado de la también poeta Noelia Illán Conesa (Cartagena, 1983), quien es especialista en la poesía de José María Álvarez, a quien ya antologó en El oro de los tigres (Balduque, 2015).

     Si en la mencionada antología de Illán Conesa el criterio de selección poemática fue la relación de los poemas de Álvarez con aquellas ciudades amadas por el poeta, en La mirada de la esfinge plantea otro recorrido, y es el que a través del deseo los poemas del novísimo la han conducido a la emoción como lectora. Recordemos que Illán Conesa ya leía a Álvarez desde los catorce años y, como ella misma confesó en una entrevista, de su novela La esclava instruida pasó a la poesía de Museo de cera, quedando absolutamente maravillada y sobrecogida tanto por la amplitud de su registro poético como por su actualidad.

   Esta particular forma de acercarse a la poética de, en opinión de Luis Antonio de Villena, uno de los mejores poetas españoles contemporáneos, propone un sesgado itinerario sensorial muy propicio para aquellos que no han tenido contacto con su poesía. Esa parcialidad que exige el criterio de selección de los poemas no evita que en los poemas escogidos veamos representados los principales actores, temas y estilo del autor cartagenero.

     Publicada en el número cinco de la colección Vuelta de Tuerca, colección que aspira a convertirse en un referente a nivel nacional y en la que ya han publicado antologías poetas como Ricardo Bellveser, Jaime Siles, Rafael Soler y Francisca Aguirre, La mirada de la esfinge cuenta con 125 páginas en las que Illán Conesa glosa ese ya comentado recorrido trazado por el deseo en la poética alvareziana y lo escinde en dos partes: “Las huellas del deseo” e “Imposible terciopelo”; 27 y 32 poemas, respectivamente.

     Tras los agradecimientos del autor y el comentado prólogo de Illán Conesa, en el que justifica la estructura del libro agrupando los poemas más carnales al principio y los más `románticos´, después, encontramos un poema de José María Álvarez titulado “El desterrado”, y como su mismo nombre indica, se encuentra fuera del compendio general, por lo que funciona  a modo de propedéutica. Ya en este poema podemos apreciar la postura ante la vida de un viajero que asume la muerte como corolario a su existencia, un caminante al que la belleza de una mujer y la degustación de un buen licor hacen de su espera algo más llevadero: «acostumbro a mis ojos a que acepten este paisaje como / el último»; «La vida que amé […] // A veces sueño si aún / existe».

     Es en los versos centrales de este poema donde el autor confiesa una de sus grandes preocupaciones, la paulatina destrucción del mundo: «Mucho me ha costado no / desesperar, / aunque sé que la vida sólo puede / ir ya a peor». Este desasosiego es compartido por poetas como Luis Antonio de Villena, quien también se confiesa amante de lo que Venecia, como último y lacerado bastión de un pasado luminoso, representa al resistir el paso del tiempo como un devaluado símbolo.

     La erosión de la inteligencia, los valores, de las Humanidades, la reconfiguración de la moral al ser sometida al molde dictado por el capitalismo, no deja indiferente a aquellos que han vivido y luchado por todas estas virtudes y en ellas reconocen parte de la grandeza del ser humano. El citado Ezra Pound haría lo propio y reflejaría este sentimiento en sus Cantos pisanos, una profunda meditación sobre el lugar que ocupaba en el mundo, tras la guerra, una Europa en ruinas y decadente.

     Debido a la certeza de ese acabamiento irrefrenable, José María Álvarez desempolva el tópico del carpe diem para decirnos, de manera culturalista y desde la perspectiva de un burgués cultista y vitalista, pero también elitista, que debemos disfrutar el aquí y el ahora mientras podamos. En su oda-invitación al deleite de los placeres anacreónticos otros temas se cruzan en su discurso, como el simposio o el bucolismo, pero de entre la riqueza expresiva del autor de Los obscuros leopardos de la luna (2010) Illán Conesa se centra en ese carácter erótico y sensual del que son representativos poemas como “El poeta festeja entusiasmado su miembro viril” o “El esplendor perdido”: «Mi corazón aún está abierto / a su gracia adolescente, / aún puedo sentir su boca en mi cuerpo, / sus infantiles ademanes, / la música de sus pulseras todavía suena / en mis oídos y consuela mis noches».

     En algunos pasajes la lascivia recuerda a las orgías que protagonizaban los libertinos personajes de las obras del Marqués de Sade: «Y como aquella virgen núbil, / la imagino complaciéndose / a solas, juguetona, pensando en este o en aquel, / buscando el placer con sus dedos». Las referencias a Horacio, Catulo, Plutarco o Plinio son constantes, pero también el recurso a la iconografía cinematográfica: Truffaut, Ophüls, así como la aparición de personajes consagrados del celuloide amplían un dramatis personae que abarca milenios y diferentes culturas.

     Resulta magnífico, dado el enfoque de la antóloga, paladear y contrastar lo expeditivo y contundente de algunos poemas, basados en el deseo carnal, con la fragilidad y sensibilidad contenida en ese “Imposible terciopelo” como segundo movimiento de esta sinfonía. El poema que lleva por título “Templar”, el cual inaugura este apartado, posee la suficiencia axiomática de un aforismo: «Qué fantástico momento / cuando en los ojos de una mujer / te has muerto».

     Con la belleza de Helena de Troya como pretexto, el poeta nos alecciona acerca de la trascendencia e importancia de lo bello en un mundo de peste, muerte y caos: «Y perecieron. / Y pereció su estirpe. / Sin que ninguno se atreviera / a condenar la Belleza». Destaca un uso antonomásico de la tipografía mayúscula como recurso para marcar y diferenciar los paradigmas cuya polisemia podría hacer que los confundiésemos con sustantivos. Esta forma de distinguir entre nombre común y paradigma sirve en el poema titulado “Acuarela romántica” para delimitar las proposiciones no coordinadas ni subordinadas entre sí, pues el poeta renuncia en esta latitud a la puntuación ortográfica: «Era el fin de un Verano Quizá mil novecientos / cincuenta y tres / La casa grande de la playa Hemos pasado / la mañana nadando buscando cangrejos».

    Según Illán Conesa el título del libro corresponde a uno de los versos de José María Álvarez: `La mirada de la esfinge´, bella metáfora que aglutina en su interpretación la suprema vigilancia de una mujer superior, capaz de destruirnos o glorificarnos, culmen de la belleza capaz de hacernos olvidar nuestra miserabilidad. A su vez, la esfinge representa el nexo con lo exótico, el orientalismo, pero también lo mágico, desconocido y asombroso que se cifra en el arte y los tesoros del mundo.

    “Bezahar” es buen ejemplo de esa fascinación por los insólitos hallazgos en territorio extranjero. Colocado como poema de cierre y colofón del libro, en este texto se incardinan los elementos y también las palabras que sirven para traducir a la perfección el significado global de una poética que lejos de agotarse se amplía y barroquiza sin caer en lo hermético:

El oro de la tarde

sobre el mar de tu cuerpo

 

El crepúsculo ardiendo en tu mirada

 

El ulular de sirenas de tus entrañas

 

Nuestras lenguas enlazándose como pájaros suntuosos

 

Contemplando tu belleza y mi deseo

acepto la vida

 

 

 

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José María Álvarez

Canto inmarcesible en el altar de la palabra

Texto publicado en “Todo Literatura”:

https://www.todoliteratura.es/noticia/52123/poesia/canto-inmarcesible-en-el-altar-de-la-palabra.html?fbclid=IwAR0SjalPm3nHkhK2MulJs9a9j5cGdkE7o-BytvvSanaebqdwAJ7ZQ8zfTUs

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Título: Corazón de sol

Autor: César Márquez Tormo

Editorial: Olé Libros

Género: poesía

Año de publicación: 2019

Número de páginas: 100

ISBN: 978-8417737573

«Seamos ese pedazo de cielo,

ese trozo en que pasa la aventura misteriosa,

la aventura del planeta que estalla en pétalos de sueño».

 

Vicente Huidobro (Altazor o el viaje en paracaídas, 1931)

 

La finalidad estética de un texto es una de las características que pueden convertirlo en un poema. Su capacidad para comunicar un mensaje que lleve a su lector a la emoción, podemos decir que es otra de esas características transformadoras. Pero para asegurarnos de que todas esas características y algunas otras llevan a cabo la tarea de transformar un texto en un poema, hemos de comprobar que una manifiesta transformación debe darse en el lenguaje. Las palabras y su sintaxis, morfología y posibilidades semánticas se alían de forma renovadora, huyendo de los lugares comunes y demostrando que puede llegarse a un mismo lugar mediante combinaciones diferentes, que además, son capaces de aportar una diferencia embellecedora significativa con respecto a lo usual.

    Esa desactivación de lo ordinario —en su caso, a todos los niveles— es uno de los rasgos de estilo más reconocible en la poesía de César Márquez. A su vez, este hecho potencia la capacidad expresiva y dramática de sus versos, los singulariza en una especie de apertura inversa al hermetismo, ya que la denotación y connotación que sus palabras provocan impide una comunicación cero o marginación del lector. La ruptura textual que César Márquez no solo maneja en este libro, sino en toda su poética, trasciende del plano lingüístico al mental, posee una gran capacidad desautomatizadora que invita a adjudicar relaciones y sentidos de manera intuitiva, más allá de la lógica: de ahí la importancia de la palabra `corazón´ del título del libro. Por su parte, la palabra `sol´, la cual acompaña a `corazón´ en la composición del epígrafe general, simboliza todo lo demás, es decir, el cosmos; por tanto, podemos considerar que el poeta anticipa catafóricamente que este poemario versará sobre una noción de yo intuitivo en relación con el universo, que no es poco.

    Si la lectura continua de poéticas cuya retórica y capacidad inventiva se inscriben en lo gramatical puede producir un acostumbramiento lector a su cadencia, límites y forma (lo que deviene en lectores cuadriculados), tras leer a un poeta como César Márquez uno asiste a lo contrario. Podríamos tildar a este tipo de poesía de agramatical, de experimental, dada su libertad y ruptura con el canon establecido; etiquetarla como ejercicio asimétrico y creacionista que no tiene más pretensión que sorprender al lector con piruetas rebuscadas y recursos de taller de escritura creativa: pero sin lugar a dudas estamos ante una poesía que adapta al plano formal la inquietud y fe en la poesía de su autor. Por tanto, este tipo de escritura es genuina y no forzada por un afán estético o desactivador de la convención sin más, sino el idioma que un filósofo y ente sensorial necesita para comunicarse sin ser indigno a ojos de la belleza.

    Esta condición del texto no excluye una motivación estética, en cierto grado, pero siempre supeditada a exigencias teleológicas. A pesar de la innovación, de la experimentación en el poema, Márquez Tormo no pierde el respeto nunca a la tradición, no corrompe ni veja su amor a la palabra, y eso es algo que puede percibirse a lo largo de la lectura.

    Nos lleva a la poesía no con la suma lógica y semántica de sus elementos lingüísticos gramaticalmente ordenados, sino por la concatenación de palabras y de imágenes aparentemente desconectadas entre sí que van acumulando sus proposiciones y semas en nosotros. Cada verso contiene su pequeña dosis, su carga significativa que posibilita articular un sentido global a la manera de un collage. Enfrentar la poesía de César Márquez es como estar ante un cuadro de pintura abstracta que parece no serlo, pero su fuerza expresiva es tan elocuente o más que la contenida en un cuadro convencional.

    Esa capacidad transgresora e irreverente de los versos deviene en un comprensible extrañamiento del lector, quien se ve obligado a abandonar los típicos códigos de comunicación para entregarse a lo sensorial e intuitivo. El poeta tiene la cualidad de presentar este acto comunicativo como un juego, un juego de palabras en el que no es posible perderse, sino componer significados distintos. Este aparente juego es una razón de ser como poeta para quien busca caminos nuevos y empuja los márgenes de lo establecido. César Márquez no sabe de zonas de confort y escribe visceralmente aquello que el propio poema y el momento le van proponiendo casi de forma automática.

    Poesía arriesgada, y por ello, valiente, los versos de Márquez Tormo nos convierten en lectores activos, pues obligan a encontrar correlaciones, a delimitar las proposiciones a través de sus numerosas elipsis, como a experimentar, para poder descifrar un mensaje que a veces se intuye enigma.

    La tipografía negrita sirve al poeta para señalar al lector la existencia de un mensaje acróstico en el poema titulado “Universo” compuesto por la primera letra de cada verso. La lectura vertical de estas letras iniciales revela el nombre y apellidos del autor, lo cual transparenta y acentúa a la identidad frente a la descripción de un cosmos al que se intenta traducir aparentemente desde un enclave androcentrista. Pero este punto de perspectiva es ilusorio, ya que si algo podemos afirmar tanto de la poesía como de la filosofía de Márquez Tormo, es que no es reduccionista.

    La decisión de no puntuar con comas los poemas redunda en la libertad formal y a su vez abre los versos a múltiples interpretaciones, pues es el lector quien decide dónde terminan y empiezan las proposiciones. El poeta hace ostensible su libertad hasta el lector. Este recurso aumenta el tiempo de percepción del lector, propicia las elipsis y evita una lectura rápida y superficial. Debido a ello podemos considerar que en cierto grado este poemario es una obra abierta.

    La libertad creativa que Márquez Tormo imprime a sus obras recuerda a la de algunos narradores de lo fantástico, como Juan José Arreola o, más contemporáneo, China Miéville.

    Llama la atención el uso antonomásico que el poeta lleva a cabo con las letras mayúsculas. Mediante ellas, reconocemos la importancia que otorga a ciertos sustantivos, los cuales se erigen representativos de un paradigma o los corona como la personificación abstracta de algo relevante que alcanza el rango de identidad. Este rasgo subraya a través del texto un romanticismo dogmático que el poeta va exteriorizando mediante palabras precisas.

     El segundo apartado del libro está escrito —en el manuscrito original— con un color de tinta que da título al conjunto: “Violeta”. Este hecho no ha trascendido a la edición impresa pero para quienes hemos tenido el privilegio de verlo singulariza simbólicamente este bloque, uno de los más breves, y lo contextualiza con relación a la luz, como pigmento del color, tema principal. Es por esto que resulta pertinente el primero de sus poemas, elaborado caligramáticamente al disponer las palabras de manera lineal (de arriba abajo) emulando la forma de un rayo.

    Para enfatizar profusas cadenas de imágenes el autor se vale en ocasiones de una presentación asindótica de los sustantivos, recurso que acelera el ritmo del poema y favorece el contraste de elementos. Y en líneas generales, podemos afirmar que el tijeretazo a la gramática sigue en esta misma dirección, la sustracción de elementos ilativos o coordinantes. Por su parte, la aposición sustantiva trata de relacionar campos semánticos, además de calificar, precisar y dotar de relieve y profundidad a significaciones planas.

    Siguiendo este patrón formal no es de extrañar que lo metonímico y lo sinecdótico alcancen una posición relevante en el conjunto. A decir verdad, la presencia de figuras retóricas es abundante, desde la aliteración a la anáfora, pasando por el paralelismo, la personificación o la interrogación retórica, lo cual convierte al texto en un ágil discurso de gran riqueza expresiva.

    Por todo lo expuesto anteriormente, la elección del verso libre y la ausencia de rima son dos recursos que casan a la perfección con las convicciones creadoras del poeta. La libertad formal exige sus propias cláusulas y necesita espacio y oxígeno para desarrollarse. Así, los poemas estróficos, sangrados en el centro de la página, contienen versos que se justifican a izquierda y a derecha, algo que compagina con diferencias espaciales también en el interlineado.

    En el tercer bloque del poemario, titulado “Naturalezas”, encontramos tres poemas que construyen una ascensión conceptual basada en la creencia ascética, que sin embargo, culmina en su tercer estado uniéndose a la creencia mística. Así, las vías purgativa, iluminativa y unitiva (señaladas en los subtítulos de los poemas) tienen su correlación con una ascensión espacial y simbólica reflejada en los epígrafes de los poemas: “Río”, “Montaña” y “Cielo”. La búsqueda interior encuentra su propio reflejo en las cosas del mundo, la naturaleza propone un motivo y una escalera para la disolución del yo y ese encuentro cuyo centro permanece fuera de la consciencia.

    En esta trilogía, mientras los dos primeros poemas son una apelación del hablante lírico a su apóstrofe amado, en el tercer poema emplea una primera persona que narra a ambos. A su vez, este apartado sirve como catalizador o aglutinante de los conceptos fundamentales expuestos en apartados anteriores: color morado como trasunto de una luz de mistéricas cualidades; corazón como símbolo del amor y lo intuitivo: actantes que seguirán presentes más adelante, de muchas y diferentes formas, y a los que se unirá la fervorosa palabra.

    Si acaso la sonoridad de la palabra puede hacernos vibrar y abstraernos en la eufonía de sus ecos, a esa bruma nos conduce el hipnótico decir de un hablante lírico que imbrica resonancias, campos de fuerza de las propias palabras que, aún resuenan más —son más palabra— al cruzarse con nosotros.

    De los muchos ejemplos que pueden extraerse en cuanto a neologismos en este libro, destaco la palabra `palárbola´, la cual da título a uno de sus bloques y representa la significativa simbiosis entre `palabra´ y `árbol´, entre el ser humano y la naturaleza: entes que lingüísticamente escindimos, pero nunca han estado separados. Este ejemplo de formación de palabras por composición es representativo en cuanto a la labor del autor en este sentido. La necesidad de crear un vocablo a pesar de la riqueza léxica que posee la lengua castellana da buena cuenta de la inquietud creativa y de la necesidad expresiva que posee su autor. Estas nuevas palabras poseen sus propias denotaciones y connotaciones, pero sobre todo, su propia belleza caligráfica y no menos sonoridad. Aumenta, por tanto, el campo expresivo, pero también el rango emocional, la precisión descriptiva y las posibilidades de deslumbrar y desconcertar al lector a partes iguales.

    Si tenemos en cuenta los estilemas que componen el panorama de la poesía hispana contemporánea es plausible afirmar que César Márquez es un exopoeta. Su poesía no orbita alrededor de núcleos concurridos, explora otros ámbitos, otras latitudes de un universo propio que no alienan fácilmente otras poéticas. Una de sus valías radica en este hecho: su singularidad. Tanto Rosa al oído, obra seminal y no venal, casi inencontrable debido a una autoedición —como regalo sorpresa— de corta tirada, como Pecios de la estrella, anteriores poemarios del autor, confirman esta teoría y distinguen a César Márquez como un poeta sincrético e iconoclasta.

    Este poemario se compone de cincuenta y un poemas distribuidos en siete apartados temáticos en los que el amor y la palabra, pero también, el amor a la palabra y las palabras del amor, suponen la espina dorsal de todo el conjunto. El amor a la palabra es manifiesto —por ejemplo— si nos fijamos en la exquisitez del léxico escogido. Márquez Tormo pone especial cuidado en la selección de palabras que codifican su discurso lírico. Como buen orfebre y amante de la música, sus poemas alcanzan un vuelo distinto al ser recitados de forma oral, su materia fónica compone una arquitectura sonora que no pasa desapercibida para quien aprecia el ritmo y la cadencia en la poesía. De esta forma, la elección de un léxico culto, evocador, refinado, además de codificar su sustancia argumental supone la elección también de las notas musicales que conformarán su prosódica partitura.

    Sendero hermenéutico que busca lo interior en lo exterior, este poemario propende a generar una estética de la recepción u «hora del lector» —como ya hemos dicho— que empuja a quien lo lee a utilizar nuevos y diferentes niveles de abstracción. No hablamos de una muerte del autor, sino de una descodificación sancionadora, como deben serlo todas. El problema es que el margen de acción de esa recepción, de ese laudo mediado por lo experiencial, sensorial e intelectivo que posea el lector, aumenta con la distancia que el autor imponga a sus desvíos de la norma. Por tanto, si esta obra no se agota tras una o dos lecturas, menos todavía lo hará si comparamos las composiciones de campo de cada lector.

    Realidad atemporal, realidad numinosa, no realidad. Comunión espiritual con el cosmos, sentimiento oceánico y ajeno a doctrinas religiosas: mística animista. La poesía de Márquez Tormo se inscribe en un canon en el que lo imaginario y lo irracional bogan por trascender lo real a través de la palabra.

    Todo rastreo lector conduce a hallazgos deícticos, al encuentro ontológico que de alguna u otra forma devela el lenguaje y su destilación artística. Acto comunicativo, que a su vez es reflexión, la poesía de Márquez Tormo desarbola conciencias, certidumbres creativas, perspectivas logicistas. Su taumaturgia verbal alumbra oquedades oscuras y sacude los cimientos conservadores de poéticas anquilosadas.

    Librepensador y ateísta, de formas imaginistas y no formas surrealistas, la ideología creativa mostrada en Corazón de sol comulga —también— con presupuestos ultraístas: distanciamiento de la masa, uso de la metáfora, diorama de imágenes, discriminación de «trebejos ornamentales» y muchas otras características.

    Vasto es el manantial cultural del cual el poeta demuestra haber bebido: resonancias machadianas, de Vallejo y Aleixandre, de Harpur, Crowley, Celan; filosofías de culturas orientales; cada conocimiento aprehendido adhiere un color más a una voz ya policromada que espolea el pensamiento y hace efervescer las sensaciones.

    Como toda auténtica poética, la plasticidad lírica de César Márquez Tormo compone un autorretrato involuntario, una cartografía interior en la que la brújula intelectual no servirá para mucho. Su huida de la impostura revierte en la escritura desnuda de su inspiración. Lo más sensato, pues, como lectores, es entregarnos a su imprevisible vorágine confiando en que, tras el naufragio, los pecios, la costa —quizás— a la que arribaremos serán dones y ofrendas nunca antes vistos y de gran valor.

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César Márquez Tormo

Se presenta el libro número 300 de la editorial valenciana Olé Libros y es “Prenda de abrigo”, una antología poética de Francisca Aguirre

Crónica publicada en “Todo Literatura”:

https://www.todoliteratura.es/noticia/51712/presentaciones/prenda-de-abrigo-una-antologia-poetica-de-francisca-aguirre.html

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En la fotografía, de derecha a izquierda: Ricardo Bellveser, Guadalupe Grande, Jaime Siles y Rafael Soler. Fotografía de José Antonio Olmedo López-Amor

El pasado martes, 24 de septiembre, tuvo lugar en el salón de actos de Fnac, san Agustín (Valencia), la presentación oficial del libro número 300 editado por la editorial valenciana Olé Libros. Toni Alcolea, cabeza visible y responsable de este proyecto editorial, agradeció al público asistente su respuesta masiva, incluyendo en él a muchos de los escritores que forman parte de esa gran familia que es Olé Libros. También agradeció la colaboración de personas que no son publicadas en la editorial pero de algún modo colaborativo participan en ella.

    Alcolea reveló el título y la autora del paradigmático número 300 —si tenemos en cuenta que dicha editorial nació en 2012—, el cual no podía ser más atractivo y pertinente para los lectores de poesía valencianos: ni más ni menos que “Prenda de abrigo”, una antología poética de Francisca Aguirre. Como es sabido, Aguirre fue Premio Nacional de Poesía en 2011, Premio Nacional de las Letras Españolas en 2018 y ha sido y es por derecho propio una de las voces líricas más importantes, no solo de Valencia, sino a nivel nacional.

     La pertinencia de esta publicación es clara, además de por su calidad artística, Aguirre falleció el pasado 13 de abril a los ochenta y ocho años de edad, por lo que la presentación, además de tener visos de homenaje, sirvió para reivindicar la valía de una poesía y una autora de las que todos destacan su sensibilidad y humildad.

Guadalupe Grande, hija de Francisca Aguirre y del también poeta Félix Grande, participa en la selección y prólogo de esta magnífica edición. Su presencia en el acto fue de lo más acertado, pues al ser testigo directo de la vida de Paca —tal como la llamaban sus amigos— pudo ilustrar a los presentes con la narración de muchas anécdotas que provocaron en el público asombro y emotividad.

   Una de esas vivencias fue la captura y asesinato de Lorenzo Aguirre, padre de Francisca, a su regreso a España tras el exilio provocado por la Guerra Civil. Como es natural, este episodio marcaría para siempre la vida de Francisca Aguirre, pues quedó huérfana a los doce años de edad. De Lorenzo se destacó su destreza como caricaturista y su vocación como pintor, arte que heredó Jesusa, otra de sus tres hijas.

    Guadalupe Grande prosiguió en su disertación y comento, entre otras cosas, que le sorprende un hecho, y es que en la calle de Madrid donde Francisca Aguirre vivió desde 1940, en lugar de haber una placa conmemorativa con su nombre, la hay a nombre de Félix Grande, su padre. Aunque poco después explicó que dada la efervescente actividad literaria de su padre: flamencólogo reputado que daba conferencias y escribía ensayos, poeta que frecuentaba tertulias, recitales y dirigía una revista y la casi nula vida social de Francisca podría explicar hechos como este. Guadalupe, en un simpático arranque de sinceridad comentó a este respecto: «todo ocurrirá a su debido destiempo».

     Grande aseguró que su madre se sentía muy a gusto al saber que la reconocían como poeta machadiana, la perspectiva del tiempo y su notoriedad como poeta la convirtieron en la representante de una generación silenciada por las duras circunstancias, primero, de la posguerra, y después del franquismo. Como poeta-isla, y no adscrita a ninguna promoción por decisión propia, Aguirre construyó en el tiempo una trayectoria literaria tan importante o más que la de su marido, concluyó Guadalupe.

    Llegó el turno de Ricardo Bellveser, poeta y periodista valenciano que fue amigo cercano de Francisca Aguirre. En su turno de palabra, Ricardo puso en valor la compleja sencillez de la poesía de Paca, su desnudez, sinceridad y hondura. Comentó que fue una poeta tardía a la que no le preocupaba figurar en el panorama literario sino escribir sus vivencias y reflexiones para dar fiel testimonio de su paso por el mundo. Añadió que su debut en la poesía fue con una reflexión sobre el concepto de mito clásico, pero después fue decantándose por una poesía reivindicativa y existencialista.

    Por su parte, Jaime Siles, catedrático, filólogo y profesor de Lenguas Clásicas, recordó que junto a Ricardo Bellveser viajó en su día en coche para asistir al entierro de Félix Grande. Comentó que Félix Grande le invitó a su casa y Paca le atendió con su generosa hospitalidad. Siles coincidió en alguna ocasión con Aguirre, ambos, como jurados literarios. Y sobre la poesía de Paca subrayó su capacidad testimonial, su vocación de entrega: «La poesía de Paca no deja fuera al lector, lo mete dentro y ese es uno de sus principales atractivos».

    El tercer y último invitado fue el novelista y poeta Rafael Soler, quien vino desde Madrid, donde gestiona el emblemático Café Comercial, para participar en el emotivo evento. Soler, tras escuchar los espléndidos discursos de sus compañeros consideró que todo estaba dicho y dio lectura a tres poemas de Francisca Aguirre, fueron: “Oficio de tinieblas”, “Nanas del desperdicio” y “Los trescientos escalones”. La voz de Soler se entrecortó en varios pasajes debido a la emoción contenida del momento.

    Como colofón al acto se proyectó en pantalla grande un vídeo realizado por Mar Gómiz de Serranos y Ángel Salguero —allí presentes— para su proyecto Poética 2.0, en el que Francisca Aguirre recita en persona su poema “Frontera”. Tras esto, y como respuesta a una pregunta formulada por un miembro del público, Guadalupe Grande afirmó que la obra pictórica de su abuelo, Lorenzo Aguirre, no descansa mayoritariamente en galerías de arte o museos, añadió que una parte importante se su obra se perdió tras su exilio, el grueso de la misma está en posesión de sus familiares y solo algunas obras concretas descansan en pinacotecas. Permitir que todas las obras de su abuelo terminen en un museo apuntó que es una de sus tareas pendientes.

    Grande sostuvo que la obra de su madre, además de un valor literario, ostenta un valor histórico indudable porque retrata a la perfección —sin ser poesía social— los problemas y preocupaciones que afectaban a la clase trabajadora española en la segunda mitad del siglo XX. Alcolea anticipó que uno de los próximos números de la colección será dedicado al novísimo José María Álvarez y sin más, agradeció a los invitados y al público asistente su presencia. El acto se cerró con una gran ovación y la firma de libros de Guadalupe Grande.

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Elena Torres presenta su nuevo poemario: “El tiempo en las clepsidras”

Crónica publicada en “Todo Literatura”:

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En la fotografía, de derecha a izquierda: Elena Torres, Vicente Barberá, Juan Luis Bedins y Mila Villanueva. Fotografía de José Antonio Olmedo López-Amor

El pasado lunes, 18 de noviembre, el foro de la Fnac de Guillén de Castro, en Valencia, acogió la presentación del decimoquinto libro publicado por la poeta valenciana Elena Torres, El tiempo en las clepsidras (Olé Libros, 2019).

    El evento, organizado por la editorial Olé Libros, llenó su aforo y contó con las intervenciones de Juan Luis Bedins (presidente de CLAVE), Vicente Barberá (coordinador del ciclo Poetas en el Ateneo) y Mila Villanueva (prologuista y presidenta de Concilyarte). Por este mismo orden, Juan Luis Bedins tomó la palabra en calidad de presentador y relató al público que conoció a Elena Torres hace veinticinco años por mediación del escritor Ricardo Llopesa, ya fallecido. Tras esto, Bedins hizo un breve repaso de publicaciones destacadas de Elena Torres, como su poemario Don de la memoria, ópera prima en la que —según sus palabras— ya demostró razones para anticipar la sólida carrera como escritora que acontecería después. Bedins presentó a Barberá y Villanueva, y a continuación cedió la palabra a Vicente.

    Vicente Barberá, como buen conocedor de la poesía japonesa, explicó que El tiempo en las clepsidras es un poemario que contiene haiku, senryu y tanka, insignes exponentes de la poesía japonesa. De los dos primeros, dijo que componen la primera parte del libro en un apartado sin distinciones entre ambos. De este modo, Barberá citó algunos de los haikus que le habían parecido más interesantes y explicó por qué el acierto y sutileza de los poemas era digna de mención. Barberá abordó el apartado de tankas de la misma manera, habló de las características que lo singularizan como poema popular japonés y a continuación dio lectura a varias piezas.

    Bedins cedió la palabra a Mila Villanueva, quien dio lectura al prólogo contenido en el libro. En su intervención, Villanueva recordó la larga tradición española de autores como Lorca, Juan Ramón o Machado, quienes junto a poetas gallegos y catalanes introdujeron y practicaron el haiku en generaciones anteriores. Puso en valor la destreza de Elena Torres como haijin decidida a plasmar un paseo contemplativo abierto al instante y sin intención, de manera breve e intensa, de forma que lo efímero del momento se convierte en inspiración. Villanueva puso énfasis en lo nostálgico y reflexivo de algunos poemas, en la presencia del tiempo y la fidelidad a algunos aspectos propios de la poesía japonesa, como la referencia estacional. Su relación de amistad con la autora hizo de su intervención un momento emotivo.

    Por su parte, la autora se dirigió al público para agradecer su presencia, así como también a los miembros de la mesa, y dio lectura a la página de agradecimientos que contiene el libro. En un alarde de agradecimiento y generosidad, Elena Torres nombró a todas y cada una de las personas de las que ha aprendido a poetizar a la manera de los japoneses. Reveló la importancia del agua en el poemario, presente en múltiples estados y formas, y contó que el tiempo de escritura del libro se prolongó durante dos años. También, contó la forma en que la idea original del poemario se gestó y bromeó con lo singular del colofón editorial al libro.

    Publicado en el número tres de la colección Nigredo, El tiempo en las clepsidras es un libro bellamente editado por Toni Alcolea, con ilustración de cubierta autoría del artista plástico José Lapasió, quien se encontraba entre el público.

    Y siguiendo con el público, también en él se encontraban escritores distinguidos como Jaime Siles, Ricardo Bellveser, Ana Noguera; novelistas como Amparo Peris y poetas como Gloria de Frutos, María José Pastor, Salomé Chulví o Elia Saneleuterio.

    Elena Torres ofreció un extenso recital acompañada por imágenes y texto proyectado en la pantalla, un momento en el que el público fue testigo del romanticismo y sensibilidad que contienen algunos de sus poemas. La poeta dedicó el recital a su madre fallecida, a su hija, allí presente, quien mostró estar visiblemente emocionada y a su futura nieta.

  Tras ello, y como colofón al acto, la autora fue sorprendida con un obsequio, una pintura enmarcada de José Lapasió, que su propio autor le entregó. Dicha obra plástica, firmada en su reverso por escritores amigos de la autora, fue una sorpresa para conmemorar los veinticinco años de fructífera y reconocida trayectoria como poeta que Elena Torres ostenta.

    Para finalizar, Bedins tomó la palabra para agradecer la masiva presencia del público y conminar a los presentes a próximos actos literarios.

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“El último rincón del alma”: el silencio en la palabra de Eliana Cevallos

Reseña publicada en “Todo Literatura”:

https://www.todoliteratura.es/noticia/51426/poesia/el-ultimo-rincon-del-alma:-el-silencio-en-la-palabra-de-eliana-cevallos.html?fbclid=IwAR06hxvGOOdjJSllXuCGOPQFn0LoPR2OwUY4osy0dtDYUpQR-FcBarvaVuk

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Título: El último rincón del alma

Autora: Eliana Cevallos

Editorial: Olé Libros

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 77

ISBN: 978-84-17003-86-9

En el último rincón de nuestra alma reside el lenguaje, un lenguaje que quien se hunde en el silencio de la contemplación reconoce revelador, pues su sintaxis transparenta una semántica no dicha que amplía su campo de emoción y reflexión. Esto nos dice Eliana Cevallos Rojas, poeta ecuatoriana residente en Suiza que estudió Derecho y Psicología. Como anteriores obras de la autora se encuentran La didáctica del amor en pareja (libro de Psicología) y Donde se mecen suavemente las hojas, un poemario con el que llegó a ser finalista del Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo.

   Por tanto, la capacidad de la autora para descifrar los signos de la mente, su corta bibliografía —lo que indica que está empezando a mostrar la riqueza de su mundo interior— y una marcada creencia en la trascendencia de la vida de altura religiosa, anticipa una obra densa, llena de deslumbramientos, emociones y preguntas que ejerce un singular efecto en la conciencia del lector.

    José Luis Guinot nos adentra a través del prólogo por esa latitud inhóspita de nuestro interior —que a su vez es la interioridad de la autora— que constela lo físico, psíquico y cultural en una suerte de reflejo del lenguaje. «Oasis para el alma, respiro, alerta», con estas definiciones sintetiza Guinot un libro al que supone como concreción de un proceso de encuentro consigo misma —o con la otredad— de la autora. Ofrenda experiencial, el prologuista considera este poemario como un regalo que tras ser recibido a través de su lectura, algo cambia en su receptor.

    Cinco partes se unen para cohesionar el guion lírico de El último rincón del alma, cinco estadios de la conciencia que organizan cronológicamente ese citado encuentro: «La contemplación, La soledad, El silencio, El encuentro y La comprensión». Digamos, que estos cinco movimientos son del todo mudos para el individuo que los experimente en el plano real, pero conociendo las limitaciones del lenguaje —y por ello la autora ha escogido el lenguaje más rico, el poético— de las que la autora es plenamente consciente, estos poemas aspiran a poner voz y compartir con el público ese silencioso cisma que se origina en lo más íntimo del ser humano.

   Esas cinco partes en las que se estructura la obra se delimitan formalmente por poemas en prosa titulados temáticamente, lo que significa que realmente todos los poemas se suceden, están unidos a pesar del carácter diferenciado de cada una de las partes señaladas. La autora emplea el verso libre y sin rima para componer poemas estróficos en los que proliferan las citas bíblicas. Esas referencias a los Evangelios cristianos encuentran una analogía formal en el empleo de las letras mayúsculas. Será recurrente encontrar palabras que empiezan con mayúscula cuando estas aludan a algún aspecto o entidad relacionados con la divinidad o lo inefable superior.

    Es aconsejable interpretar esta obra, en el plano literario, como anagogía en el sentido del filósofo neoplatónico Clemente de Alejandría, es decir, superando la interpretación literal para llegar a un nivel superior. Así manejaremos la metáfora, la alegoría, como herramientas para desentrañar aquello que no puede decirse y su más cercana pista se encuentra encriptada en lo simbólico.

    La ilustración de la guarda, titulada “De los árboles naranjas”, la cual se puede atisbar antes de abrir el libro a través del troquelado de la cubierta, es obra del famoso y ya desaparecido retratista valenciano Sebastián Capella. Un óleo en el que se representa, o eso se puede interpretar, la tierra, los árboles y el cielo, como correlato o reflejo de ese trámite versado en los poemas que parte de lo terreno a lo celeste y de lo físico a lo inefable que atraviesa indefectiblemente la naturaleza.

    La palabra `Dios´ aparece ya en el primer poema, titulado “La contemplación”, donde la autora a través de una prosa que no busca lo poético ni fuerza su sintaxis para alzar el vuelo es contundente y clara en su exposición: «De la observación nace la atención y de la atención brota la contemplación». Cevallos Rojas reconoce que el ser humano puede ser depredador para otros semejantes, también, que se puede equivocar, pero advierte que en algún momento su vorágine se detendrá y «se dejará tomar por el orden perfecto que llamamos belleza y descubrirá que somos unidad en medio de una danza perfecta en movimiento». Precisa propedéutica, este apartado se compone de cuatro poemas cuyos títulos forman al unirse esta frase: «Escucho donde se mecen suavemente las hojas, las palabras vivas de la tierra: tu belleza». Quizás de manera inconsciente, la autora hilvana en estos cuatro poemas su particular maqueta de la obra total.

   En la contemplación, el viento se personifica y habla, la luz, las hojas, el musgo, contienen un significado nunca antes interpretado y esto conmociona a un hablante lírico que cae de rodillas entre las cuerdas de la lluvia. Lo sublime es obrado por la naturaleza y ello lleva al éxtasis a quien lo contempla. De ahí nace el anhelo de imitarlo: «Quisiera poder escribir como escribe la nieve cuando cae en el pentagrama de pinos». Pero la asunción de su imposibilidad forja la promesa de entender el silencio y confiar al lenguaje toda sustancia de su transcripción.

    En poemas como “Tu belleza” el hablante lírico parece interpelar de manera directa a un apóstrofe magnificente que la subyuga con su poder: «Hoy tu belleza fue la mía. // Me tocó, / tropezó en mi mente, / alborotó palabras / hilvanó mis párpados con los tuyos». Aquí ya puede intuirse que el fin de la experiencia espiritual es un acercamiento hasta el contacto con la divinidad a la manera mística: «Desperté en tu inmensidad / y quedó el silencio atrapando todas las palabras».

    Esto nos lleva hasta la soledad «como vacío para el Tú», la hornacina que espera a la escultura que le otorgue su sentido. Aquí se refuerza el acceso místico como culmen del viaje espiritual con poemas como el titulado “Noche oscura”, de claros ecos de Juan de la Cruz: «No me queda ni un abrigo, ni una sombra, ni un reflejo. // Soy dolor expirando entre temores». Aumenta la sensación de desvalimiento en la soledad y ello aumenta también la desesperación.

    El presagio de la muerte, la presencia del dolor, todo se magnifica en la ausencia de la verdad desnuda. Así llegamos al silencio, espejo que nos muestra lo que somos y escenario propicio para el encuentro. La intertextualidad religiosa va aumentando paulatinamente: «En el principio fue la palabra. / En su alma la letra. / En su letra el silencio», mientras la certidumbre de la insuficiencia del lenguaje cobra fuerza: «Cómo decirlo si la inmensidad no cabe en las palabras».

    La palabra poética de Eliana Cevallos nos va adentrando cada vez más en un estado de conciencia que se aliena si piensa en las cosas mundanas y por ello, la invitación a abandonar el yo, como forma verdadera de encontrarse, es clara: «Surgió la belleza del abandono del yo, / la bondad que estalla suave / y sube al carrusel de las palabras».

    En el poema titulado “Llanto” ya no es suficiente con haber vislumbrado lo eterno. En mitad del llanto el yo poemático se hunde en una profunda fe que lo prepara para el siguiente paso: el encuentro. Aquí comienzan las citas bíblicas a encabezar todos los poemas de este bloque. La religiosidad ha ido aumentando hasta convertirse prácticamente en una exégesis del contenido bíblico que además pretende nombrar lo innombrado. Las alusiones a Cristo son constantes, como también las enseñanzas implícitas en sus vivencias. Los últimos poemas de este apartado ilustran el martirologio de la cruz, el sufrimiento y la muerte como fin y principio de una nueva realidad: «Getsemaní es como la muerte de una estrella, / abre misterios en hondos presentimientos».

    Por su parte, la comprensión de la experiencia espiritual es la asunción del encuentro permanente que hace imposible la soledad y el silencio. Los últimos poemas del libro rezuman la alegría de dicha certidumbre, jamás se vuelve a caminar solo después de haber hablado el lenguaje de las flores y la lluvia, después de haber comprendido la unidad de todo cuanto existe y el hondo significado de la vida: el amor.

    Publicado en la singular colección Imaginal del sello valenciano Olé Libros, El último rincón del alma afianza a Eliana Cevallos como destacada poeta mística entre sus compañeros de promoción, algo tan atípico como necesario en los lares de la poesía contemporánea.

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Eliana Cevallos

Lunes de Lírica: curso práctico de poesía japonesa

Nota de prensa publicada en “Todoliteratura.es”:

https://www.todoliteratura.es/noticia/50264/literatura/lunes-de-lirica:-curso-practico-de-poesia-japonesa.html

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Fotografía: José Antonio Olmedo López-Amor

Que la poesía japonesa, en concreto, el haiku, es algo que está de moda, es un hecho innegable. Cada vez son más las personas interesadas por conocer en qué consiste un poema tan aparentemente sencillo, por su brevedad, pero a la vez tan profundo y diferente a lo que estamos acostumbrados los occidentales. Como suele suceder, quien se acerca a algo por primera vez, más todavía cuando es a algo que para millones de personas se ha convertido en una vía espiritual, se necesita un conocimiento, una referencia rigurosa y fiable para poder comprender y valorar en su justa medida algo que aun a pesar de suscitar interés, para nosotros sigue siendo ese gran desconocido.

    Toni Alcolea, director de la editorial valenciana Olé Libros, ha puesto en marcha el ciclo “Lunes de Lírica: curso práctico de poesía japonesa”: un intento por acercar la poesía japonesa más practicada fuera de sus fronteras: haiku, senryu y tanka, al público valenciano. El emblemático espacio Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Colón, gestionado por Pau Pérez, albergará las sucesivas citas programadas para los meses de diciembre (día 3) y enero de 2019 (día 28).

    Toni Alcolea presentará los talleres, acompañado de Vicente Barberá, encargado de coordinar e intervenir en todas sus sesiones. El pasado lunes, 19 de noviembre, dio comienzo el curso con éxito de público y participación. Los escritores Antonio Mayor y Elena Torres fueron los encargados de ilustrar a los asistentes en los no fáciles entresijos del haiku japonés. La parte práctica de estos talleres hace que tras las exposiciones de los ponentes, los aspirantes a haijin puedan preguntar sus dudas y escribir y recitar sus propios haikus: algo que sin duda dinamiza y potencia el aprendizaje.

    Alcolea y su editorial, Olé Libros, se han comprometido a publicar un libro con los mejores poemas escritos durante las clases. Este tipo de iniciativas merecen todo el apoyo posible, ya que además de ser gratuitas, concentran a escritores destacados que abandonan su zona de confort para compartir su sabiduría, preservan el estilo original de formas poéticas maltratadas por mal formados practicantes y sobre todo, dan voz  y oportunidades a todas aquellas personas interesadas en aprender.

“Un yo sin mí”: Jaime Siles presenta su nueva antología poética en Valencia.

Crónica publicada en “Todoliteratura.es”:

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Fotografía de Juan Luis Bedins

El pasado miércoles, 14 de noviembre, en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Colón, en Valencia, tuvo lugar la presentación oficial de “Un yo sin mí” (Olé Libros, 2018), la nueva antología poética de Jaime Siles (Valencia, 1951). Aclamado poeta y catedrático, además de ensayista, filólogo, traductor, crítico literario, políglota y profesor, Jaime Siles no necesita presentación entre los amantes de la poesía escrita en castellano, tanto en España, como fuera de ella.

    Siles había llegado a Valencia recientemente tras participar como jurado en el fallo del Premio Loewe de Poesía, en Madrid. El público ocupó todos los asientos del salón de actos e incluso había gente de pie. La expectación era máxima. Entre los asistentes, algunas de las plumas más destacadas de la Comunidad Valenciana, como: Blas Muñoz, María Teresa Espasa o Mar Busquets, se congregaban para disfrutar de lo que prometía ser una fiesta de la palabra.

    Acompañaron al poeta Toni Alcolea, editor de Olé Libros, los escritores Robert Archer, Rafael Soler, Bibiana Collado y Ricardo Bellveser. Alcolea fue el primero en intervenir y como era de rigor, agradeció al público su afectuosa acogida, así como al propio Jaime Siles que hubiese confiado en Olé Libros para publicar la que supone su novena antología poética. Alcolea, quien ha irrumpido en los círculos literarios valencianos con la energía de un gran proyecto editorial que abarca, novela, ensayo, poesía y certámenes literarios, ofreció algunas pinceladas de lo que engloba y representa la destacada actividad de Olé Libros.

    El anfitrión dio paso a Ricardo Bellveser, reconocido poeta, narrador y periodista valenciano, de quien hay que decir con toda justicia que fue el orador que encandiló al público, tanto por la elocuencia y pertinencia de su discurso, como por su consabida efusividad. Bellveser abordó en su intervención la original antítesis que da título a la antología: “Un yo sin mí”; y apuntó al respecto la preocupación de Jaime Siles por la identidad como tema de indagación poemática. Siguió descifrando la poética del autor de “Himnos tardíos” (1999) y lo etiquetó como «poeta del lenguaje», algo en lo que el propio Siles se reconoció más tarde, y terminó reconociéndolo como un auténtico poeta novísimo que por muchas razones debió haber figurado en la conocida antología de Castellet.

    Alcolea dio paso al hispanista Robert Archer, uno de los máximos especialistas en la obra del poeta Ausiàs March, quien desde la gran amistad que le une al poeta homenajeado habló de una anécdota muy singular que ambos vivieron con motivo de la erupción de un volcán en Islandia durante una visita de Siles por tierras británicas. Además, Archer destacó la pasión que siente y siempre ha sentido Siles por las Lenguas Clásicas, una dedicación que comparte con la Filología.

    Por su parte, la joven poeta Bibiana Collado, quien en la actualidad es profesora del Taller de Poesía de la Universidad de Valencia, tuvo palabras de agradecimiento a Jaime Siles por su generosidad con los poetas más jóvenes cuando estos se acercan a pedir su consejo. Subrayó la importancia de su magisterio como docente y reflexionó acertadamente acerca de ese yo del título de la antología que tantos comentarios suscitó.

    Por último, Rafael Soler, poeta y narrador afincado en Madrid, admiró la plena dedicación de Siles a la literatura desde que era un joven estudiante. Contó, entre otras cosas, que su precoz vocación por la poesía le llevó a compartir amistad y cartas con Vicente Aleixandre, quien se convirtió en un padre literario y referente. Añadió que su estética culturalista y esa particular revolución en el lenguaje le han permitido distinguirse y evolucionar como poeta pleno de variados matices.

    Llegó el turno de Jaime Siles y este dedicó su agradecimiento, uno por uno, a los intervinientes. Valoró muy positivamente el arrojo editorial de Toni Alcolea al apostar por la poesía valenciana; se confesó admirador de la poesía de Bibiana; alabó la precisión de los comentarios de Bellveser, quien gestionó la edición de una de sus anteriores antologías; agradeció a Archer su simpatía y sinceridad; y con referencia a Rafael Soler, además de los pertinentes agradecimientos, confesó una de las muchas cosas que ambos comparten y se puede contar: su amor por los gin tonic.

    Siles, quien se mostró distendido, agradecido y bromista, recitó algunos de sus conocidos poemas contenidos en la antología, como: “Propileo”, “Acis y Galatea” o  “Semáforos, semáforos”, pero fue al recitar un poema inspirado en la localidad de Jávea, cuando su voz se truncó por la emoción que pudo evocarle alguno de sus versos finales. Siles añadió que esta publicación representa algo especial en su trayectoria, ya que de todas las antologías editadas hasta ahora, esta es la única en la que él personalmente ha escogido los poemas; lo cual es un valor añadido al ya de por sí magnífico legado que compendia este libro.

    Debido a las muchas intervenciones de la mesa, el acto no dio para más, pero debido a la calidad de las mismas, el público se mostró conmocionado y satisfecho tras una velada espectacular que terminó con una interminable cola de lectores que esperaban una firma del autor.

“Memoria crepuscular”: un poemario de Joaquín Riñón.

Reseña publicada en “Todoliteratura.es”:

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Portada

Título: Memoria crepuscular

Autor: Joaquín Riñón Rey

Editorial: Olé Libros

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 124

ISBN: 978-84-17003-88-3

Joaquín Riñón Rey (Madrid, 1943) debuta en la poesía con “Memoria crepuscular” (Olé Libros, 2018), un poemario inundado  de lucidez y nostalgia que constata la rotundidad de  su voz poética.

    No podemos afirmar fácilmente este hecho ante cualquier poeta que comienza a publicar sus primeros versos, las razones de este libro son manifiestas y varias, entre ellas: Riñón Rey vio ligada su adolescencia al teatro; se licenció y ejerció como profesor de Lengua y Literatura; ya jubilado, pudo dedicarse a cultivar la poesía y durante esta etapa y hasta nuestros días goza de la amistad y magisterio de los miembros del grupo literario El limonero de Homero —al que pertenece—, formado por los poetas y profesores: María Teresa Espasa, Blas Muñoz, Antonio Mayor y Vicente Barberá. Cuatro han sido hasta la fecha las antologías que este grupo ha publicado desde 2010 y en ellas, Riñón Rey ha ido publicando poemas que, además, muchos de ellos han sido premiados, como por ejemplo en los certámenes: Internacional de Poesía “Aldaba”, Premio de Primavera “Luis Chamizo” o el “Fiesta de la Primavera” organizado por la asociación Amigos de la Poesía de Valencia.

El propio Antonio Mayor, miembro de El limonero de Homero, es quien escribe el prólogo del libro, y lo hace de manera exhaustiva y metódica, añadiría, a todos los niveles, resultando un proemio que es la brújula perfecta para adentrarse en las profundidades del libro.

    La experiencia de una vida que ya sobrepasa las siete décadas, unida a una vocación artística que parece haber encontrado el momento idóneo para su eclosión, convierten a “Memoria crepuscular” en un libro que no debe pasar desapercibido para el amante de la buena poesía. Toni Alcolea, editor valenciano que en los últimos meses está haciendo una gran labor editorial, así lo cree y ha apostado sabiamente por la poética de este autor madrileño afincado en Valencia.

    Preguntas y recuerdos parecen fundirse en una moviola que proyecta multitud de registros: poesía metafísica, elegíaca, del silencio, y quizá entre ellos predomine además de la evocación anunciada en el título, un tono reflexivo y poco condescendiente con el desprendimiento y dolor de la historia que narra.

    El libro se estructura en seis partes que carecen de título. En la primera de ellas encontramos el poema titulado “Memoria crepuscular”, el cual coincide con el título del libro, y comprobamos que en él se sintetizan —como bien señala Antonio Mayor en su prólogo— las vigas maestras sobre las cuales el poeta edificará su discurso: presentimiento de la muerte, vacío como sinsentido o soledad, un ejercicio memorístico en el que el silencio cobrará un valor tan importante como ambivalente. En este poema, dividido en diez fragmentos, ya es manifiesta la apuesta por recuperar el valor de la adjetivación, un recurso que el poeta maneja con singular destreza reivindicando con ello su uso. Y encontramos un elemento poemático: la belleza, el cual estará presente durante el poemario pero también en su poema final. De esta manera el poeta enhebra un principio y un final, o un final y un principio —de ahí lo crepuscular—  sin necesidad de recursos forzosos, de una manera natural y circular a la manera de un macrotexto. Este poema funciona también como una suerte de metáfora, ya que la evolución argumental que se da en él va de lo físico a lo metafísico, de la evocación a la aceptación, de la vida a la muerte, exactamente de la misma forma en la que lo hará el libro.

    El segundo apartado se compone de doce poemas en los que hay una ausencia absoluta de comas. Esa decisión de prescindir de ellas es coherente con la idea de despojamiento y pérdida general del libro. Las ausencias, los vacíos, los adioses, son la confirmación de una desposesión paulatina que terminará, no solo eliminándonos, sino también borrando nuestro recuerdo, y ello se representa con la ausencia de signos como traslación de esa fuga al plano textual.

    Quizá este apartado sea el más filosófico. En el poema titulado “La ley” el poeta nos habla de lo inexorable del tiempo, no desde una perspectiva patética o quejumbrosa, sino desde la asunción madura que no muestra resistencia a aquello que le excede, y esa actitud será uno de los tonos y perspectiva generales del libro.

    Una aceptación de ese calibre hace que el poeta emplee a través del léxico recursos que transmitan esa dureza, como por ejemplo, a través de arcaísmos: soledumbre, furente —de marcada fuerza telúrica—; pero también mediante palabras a priori no poéticas utilizadas en mayor medida: informatizado, deletreado, trizada, silueteada; participios que intentan adjetivar e incluso cultismos, todo ello de manera equilibrada, sin llegar a un oscurantismo farragoso.

    Dicha asunción es representada nítidamente en el poema titulado “Caracol pensativo”. Aquí, el caracol simboliza a un ser humano, un ser elemental que se arrastra y vaga en busca de algo por un mundo inhóspito, un ser que carga con todo cuanto es y cuanto recuerda y finalmente se esconde en su concha para permanecer en su ignorancia.

    La tercera parte del poemario corresponde a un solo poema presentado en tres actos. De título “La frontera”, en él el poeta utiliza la luz y el silencio como instrumentos a través de los cuales motivar una experiencia sensorial en el hablante lírico. La mirada encuentra en el espectáculo de la naturaleza un mensaje invisible que es todavía complejo de descifrar pero muy fácil de intuir: «Las piedras y peñascos / —informes, sin medida— / otorgan su verdad / de pedernales siglos».

    La luz seguirá siendo un protagonista importante en el cuarto apartado. En el poema titulado “Las luces de mi casa vacía” el poeta habla de varias luces de naturaleza diferente, y ya sea natural o artificial, siempre advierte en ella connotaciones positivas: « […] luz donde me refugio / de las espumas que no alientan, / y de la voz / de los fantasmas / que me destruyen». Esa acusación a la virulencia de los fantasmas no es otra cosa que la dentellada de la memoria, el dolor que provoca recordar seres queridos y quedar en soledad, en una soledad reflexiva frente a su ausencia.

    Será la reflexión y sensaciones por lo evocado y lo perdido aquello que propiciará que dicha luz trascienda en música: «Canción indescifrable, luz de cáliz / volcada para el credo, / música de himno ambiguo». Y esa música se abre paso al plano textual a través de aliteraciones, como en estos versos: « […] luz de lucidez cósmica / en el convulso pálpito del pulso […] ». La liquidez de su sonoridad devela un curso aéreo que el lector percibe subliminalmente merced a la versatilidad técnica del poeta.

    La apuesta formal del poemario no escoge una métrica concreta, en la blancura de los versos predomina una combinación de versos imparisílabos que oscila entre los endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos en menor medida, frente a la supremacía del eneasílabo. La gama de recursos retóricos del poeta es amplia, desde el encabalgamiento abrupto a la antítesis y el hipérbaton, pasando por aposiciones, elipsis e hipérboles. El poemario está plagado de imágenes sugerentes y referencias a poetas admirados, como Cernuda o Juan de la Cruz, su lectura deja un poso de dolor y escepticismo a partes iguales.

    En el poema titulado “Meditación” encontramos una estrofa que resume a la perfección la esencia del poemario, un pasaje en el que la belleza se revela como vía purificadora del alma:

Ungido por el óleo divino

de esta canción de entera luz,

se idealiza mi nostalgia

 —necesario aparejo

para mi mente reflexiva—;

se extrema el mundo de mis sensaciones

purificándose con la belleza,

aunque nos comunique su expresión

con símbolos de diferente nombre.

    La zona crepuscular o batial del océano es una de las capas en las que la luz comienza a palidecer, un mundo nubloso, preámbulo a la zona abisal, donde hay una completa ausencia de luz. Los versos de Memoria crepuscular parecen haber sido concebidos en dicha zona espiritual, pero durante una caída libre hacia la zona hadal, la latitud más profunda y fría de la memoria y de la vida. Encontramos pesimismo, cierto, pero es más serena y fuerte la aceptación del destino que la queja vacía o el sentimentalismo.

    La quinta parte del libro a través de sus juegos metaliterarios muestra a las claras su postura combativa, resiliencia como actitud para dignificar el dolor. Aquí la escritura se adensa, los poemas se expanden y el poeta se vacía en cuerpo y letra antes de rematar su obra con un tríptico marítimo.

    Su poética cobra vigor al abrazar lo inevitable: «Y así mi pensamiento es mirada que siente / lo permanente como irrevocable»,  y sigue viviendo y poetizando hasta agotar el alma. El ritmo, el silencio, la mirada o la divagación, irán vertebrando poemas reflexivos hasta llegar al poema titulado “Un buen día”. Aquí, un rotundo optimismo desborda las estrofas y convierte a los versos en una oración, en un himno que el poeta grita y esculpe en la piedra de todas las losas: « […] romperemos la luz de la ignorancia / de aquellos que no quieren ver / la floración cuando abre su fruto entre las piedras».

    Una cita de Virgilio: «Y el dolor por fin dejó pasar su voz», como pórtico a la sexta y última parte del libro nos previene de la transformación, de la transición a la transparencia de una conciencia que por más atravesada y rota que se encuentre no implora clemencia.

    El mar, su grandeza y ambigüedad naturales son la metáfora escogida por el poeta para representar en tres partes la culminación de su obra. Ese mar de profundidad crepuscular ofrece la música en el rumor de sus olas, la paz, cuando está en calma, o la furia en su tormenta; todo un mundo de vida sobrevive bajo su superficie y sus profundidades siguen siendo temidas y misteriosas. Ese mar se transforma en un mar de sábanas, medicamentos y agujas en el poema “Mar cerrado”, la voz de la sangre explorando sus límites pone contra las cuerdas, hiere y amenaza a toda esperanza de vida.

    “Muerte en la Malvarrosa” es un estremecedor colofón, cual homenaje a la película Muerte en Venecia, del cineasta italiano Luchino Visconti, ya que el hablante lírico observa a unas muchachas jugar en la orilla de una playa mientras se siente herido de muerte, analogía perfecta de la escena final protagonizada en la película por  Gustav von Aschenbach (alter ego del hablante lírico) y Tadzio (belleza idealizada encarnada en un joven). Frases intertextuales aparecen en cursiva para fortalecer esa imagen de la playa cuyo oxímoron humano nos parece escuchar al ritmo del famoso Adagietto de Gustav Mahler: « […] aquel que ha contemplado la belleza / está condenado a seducirla o morir […] ». Y en este punto comprendemos todo el dramatismo que supone la disquisición estético-filosófica acerca del adiós a la juventud y la belleza, y lo que algunos podrían interpretar como una oda a la pedofilia no es más que el doloroso fin de una era, el réquiem de un soñador que deja intacto su sueño y esa gota de sudor que recorre la sien del moribundo sabemos, por Dirk Bogarde, que es sangre.

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Joaquín Riñón Rey