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Publicado en el número 3 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”.

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Título: Raíz olvido

Autor: Jesús Cárdenas

Ilustrador: Jorge Mejías

Editorial: Maclein y Parker

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas. 113

ISBN: 978-84-946586-9-3

Dos códigos, aparentemente distintos, aúnan su potencial expresivo, y cuanto surge es música. Música visual, lingüística, una armonía que busca su equilibrio en el color de la palabra y la belleza informe de lo abstracto. Lo inefable se concretiza en los trazos de Jorge Mejías Garrón (Sevilla, 1967), ilustrador que convierte a Raíz olvido en un viaje sensorial, telúrico, que con el paso de cada página emite un latido metafísico, a su vez existencialista y también apasionado, en forma de hipnóticas pinceladas, indisociables de los versos.

    Los poemas de Jesús Cárdenas (Sevilla, 1973) son destellos de luz entre las densas nebulosas de color de Mejías Garrón. Es muy difícil deslindar los terrenos emocionales que ambos abarcan con su talento. Esta confluencia expresiva posibilita la coexistencia de ambas artes en un mismo plano; pintura y poesía, poesía y pintura: no hay lenguaje principal ni secundario; la pintura hiere el corazón de la página y su veneno se diluye y se extiende impregnando los versos. La palabra, somatizada por la virulenta incidencia del pigmento, se aquilata, se hunde y sacraliza en el lienzo. El color, quizás inspirado en las imágenes, lo no dicho o las metáforas poemáticas, también se contagia del plectro apasionado de una voz que bulle y aspira a la verdad a pesar de lo incierto.

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    Una cita del desaparecido poeta Francisco Basallote: «[…] las hondas profundidades de su raíz de olvido», advierte que el título del poemario está ligado a la noche. Y esa noche es transfigurada en los colores del primer bloque, con predominio de tonos oscuros, y en los poemas, como metáfora del desasosiego, como en el poema titulado “La belleza en lo natural”: «En la constancia de la noche / no hay salidas, tan solo el viento logra / agitar las ramas lechosas / simulando senderos o riberas / por donde fluyan los mejores versos». O en el poema titulado “Lunáticos”, como azote y cancela de una naturaleza sancionadora: «[…] alzamos nuestras manos / queriendo alcanzar su flujo astral, / como un breviario hecho para el ensueño / antes de ser prendida en el estanque de la noche».

    Tres movimientos necesita el poeta para articular este ensayo poético. “En busca del instinto” es el primero y más extenso e intenso de ellos. Intuición es valor, búsqueda es voluntad; pero esa determinación no impide la interna presencia de la duda: sombra del miedo que irá aglutinando incertidumbres y será protagonista del último apartado.

    La discursividad de los poemas, escrita en verso libre, trasluce agrupaciones polimétricas, y dentro de ellas, el endecasílabo es la estructura versal más iterativa. Poemas de una página conviven con otros poemas muy breves. La asonancia, presente en pequeña medida, pero en casi la totalidad de los poemas, se vuelve un eco no reconocible debido a las pausas, silencios y pericia sintáctica: «En nuestra soberbia obviamos / no reconocernos / en el palpitar de los cuerpos, / en el caos de su vértigo, / en su gris corazón de invierno».

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    Raíz olvido es más que un libro. Sin ser herejes del canon ni haber patentado la idea del siglo, los autores de este pictopoemario transgreden y se diferencian del estándar convencional que el sistema literario fabrica en series repetitivas. Es una convergencia de talentos expresivos que convierten su propuesta, no en un producto comercial o un juguete estético, sino en  una compleja reflexión del ser y sus circunstancias, elevada a canto escultural, a grabado melodioso; sin duda: una pieza de coleccionista.

    Para quien no conozca la tramoya vital de este poemario, se le hará muy difícil averiguar si los poemas son écfrasis de las imágenes, o las ilustraciones nacen de las palabras. La imbricación es tal que no importa el origen, sino la belleza de su nuevo, palpitante y clamoroso estado. No conviene revelar su contenido, sino invitar a experimentarlo.

    Obras como esta ponen de manifiesto la capacidad ilimitada del arte, de la fusión de las artes, para seguir describiendo cavidades, latitudes, dimensiones de la conciencia humana. El estilo aticista y confesional de los versos supone una extensión antitética a la barroca y bruñida albúmina de Mejías Garrón. Su parte del bosque es un universo caleidoscópìco. La forma es sutilmente insinuada en un acceso a lo aparentemente irracional que se revela como pulsión onírica, quizás automática, del pensamiento o subconsciente.

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    Todo parece compuesto alla prima, pero en esta encáustica de emociones, poco o nada está concebido ni colocado al azar. La oscuridad, los espejos, el azul, son elementos recurrentes que amplían su polisemia paulatinamente hasta dejar de ser identificables. La disolución y plasticidad de los versos sobrecogen, a la par que su historia, la historia de cualquier vivo sufriente y pensante que se resiste a morir en la ignorancia.

    La carnación, exenta en las pinturas, reside en los poemas. La acrílica pluma de Mejías Garrón abstrae los elementos nucleares del poema, y no cabe duda, los sublima. Ambos lenguajes se tocan y contagian, ante la mirada y en el imaginario del lector.

    La poeta Ana Gorría advierte en su prólogo este diálogo entre el color y la palabra. También, como argumentos nucleares de esa conversación destaca: la creación, la vida, el destino, el amor o la naturaleza. No menos acertada es su afirmación del lenguaje simbolista como piedra angular de la ecuación; no de otra forma es posible trascender y abarcar tanto perímetro como este libro consigue.

    La edición, a cargo de la joven editorial Maclein y Parker, es todo un acierto y constata un buen gusto y una seriedad en su trabajo que presagia una interesante futura actividad. No es baladí dotar a un libro de todo cuanto su mensaje exige: buen tamaño, forro con solapas, ilustraciones a color, más todavía sabiendo que todos esos factores harán encarecer el precio de venta al público, comprometiendo con ello su adquisición por los lectores. La maquetación y diseño, tareas de Antonio Abad, son —a todas luces— excelentes. Es visible que Maclein y Parker ha apostado por la poesía de Cárdenas Sánchez.

    Raíz olvido presenta sus avales a su autor para constituirse como el punto de apoyo necesario para dar un giro a su poesía. Su grado de culminación expresiva, es homóloga al alcanzado por su autor a lo largo de una intensa producción poética basada en temas y formas recurrentes, lo cual, invita a ello. La poesía de Jesús Cárdenas ha madurado indudable y sensiblemente durante la última década, sus poco más de cuarenta años y el talento demostrado, previenen de un futuro más que prometedor para un poeta que se desnuda y entrega en cada libro, como parte de un proceso vital que de la efusividad y celebración le va mostrando un indefectible paso hacia lo hondo y reflexivo.

(Ilustraciones de Jorge Mejías Garrón).

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Publicado en Revista de Letras de La Vanguardia:

http://revistadeletras.net/jesus-cardenas-los-refugios-que-olvidamos/

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Título: Los refugios que olvidamos

Autor: Jesús Cárdenas

Editorial: Anantes Gestoría Cultural

Género: poesía

Año de publicación: 2016

Número de páginas: 81

ISBN: 978-84-945910-0-6

 

Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaira, Sevilla, 1973) se encuentra sin duda en el apogeo de una etapa prolífica —con todo lo bueno y malo que ello conlleva— de su carrera como poeta. Desde que en el año 2005 fuese merecedor del Premio José María de los Santos por su obra titulada Algunos arraigos me vienen hasta nuestros días, el autor sevillano ha publicado seis interesantes poemarios: La luz de entre los cipreses, Mudanzas de lo azul, Después de la música, Sucesión de lunas y el libro que nos ocupa. Los cinco últimos libros han sido publicados con una periodicidad de libro por año, lo cual manifiesta un envidiable estado de inspiración, no tanto por cantidad, sino en su caso, por calidad.

Ya en la cubierta de Los refugios que olvidamos, encontramos la singular obra pictórica titulada “Manchas de invierno” del pintor sevillano Jorge Mejías Garrón. En esta pintura el autor representa la abstracción de un rostro humano que parece fundirse con texturas invernales, —o una abstracción del invierno fundiéndose con texturas humanas— y son precisamente esos dos elementos, el ser humano y la naturaleza, esa insinuación de identidad entre el maremágnum sombrío, ese aparente frío y ese estremecedor gesto anónimo, los factores principales de este manual de confesiones.

Pero la pintura de Garrón no se queda ahí, su juego de estratos y de capas revela más analogías que las argumentales. Por ejemplo, cuatro son los colores principales de esta obra: azul, negro, albo (o blanco mate) y rojo. Cuatro son también los bloques en que se divide el poemario. Mientras que los colores azul, negro y albo armonizan entre sí, el artista utiliza el rojo para dar una vigorosa pincelada —en la hipotética sien del rostro— que rompe con ellos y reclama su importancia en el lienzo. Resulta que esa oposición cromática, ese antitético pigmento encuentra su traslación en el texto, precisamente en los títulos de los cuatro bloques, y por extensión, en el contenido de los poemas.

La primera parte del libro se titula “La humedad”, este mismo sustantivo ya posee connotaciones invernales, además de evocación del agua, de materia blanda y cuerpo ajado: Se hizo invierno en la flor. / Su halo se muestra al jardinero. Por el contrario, el siguiente apartado del poemario lleva por título “Hojas secas”: Un cielo tan otoñal sin aristas de labios / en la noche preclara vierte la sed sin límites / donde cada silencio es ardiente vacío, lienzo en blanco. Huelga decir que toda su semántica es inversa. Lo mismo sucede con el tercer y cuarto bloque, “Anclaje” y “Sumideros” respectivamente, en ambos casos un singular contrapuesto a un plural. La lucha de contrarios, aquello a lo que asirse y lo que nos arrastra, de lo firme y seguro (refugio) a lo inestable y amenazador. La intemperie y el miedo, itinerario vital, de experiencias rotundas que como el propio poeta indica en la parte final del libro, sugieren ese cambio de ciclo —que nada tiene que ver con la aritmética— tan drástico como necesario.

El tono embebido en elegía de Jesús Cárdenas empuja a su poesía al dramatismo, su representación lírica es dolorosa, pero también compartida. El lector no es un convidado de piedra en este espectáculo, es flor y jardinero, tarde muda, un tronco más. El hipotético lector participa en estos versos porque la humanidad del poeta, su necesidad misma de expresarse, conlleva implícita también la de comunicarse. La apasionada poética de Jesús Cárdenas rompe la tercera pared del libro abierto e involucra en sus aguas a sus intrépidos observantes.

Desde ese virtual tercer segmento del triángulo, mirada y conciencia del traductor se ahorman a la densidad equilátera del verso. Todo se reconoce, nada parece extraño: Como hojas verdes lloviznadas, / tus ojos brillaban a oscuras / con destello de astro en la noche, / con el resplandor propio de la vida.

Los refugios que olvidamos se compone de cincuenta poemas, en su mayoría de poesía amorosa, sin embargo el tono metafísico y celebratorio de otros pasajes temporales en la bibliografía de su autor ha derivado en domada experiencia y cierto pesimismo. Un paño sombrío se cierne sobre todo esplendor descrito aquí, y aunque no lo corrompe ni apaga, ya no es lo mismo saber que ahí está: Al principio, eran manos asustadizas, / huidizas a la luz, sólo a oscuras, / en secreto, se hallaban a sus anchas. // […] Veranos e inocencia aniquilados / los viste mi memoria de oro viejo.

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Jesús Cárdenas. Fotografía de Ismael Rojas

El poeta nos habla de refugios, de chiqueros finitos donde salvaguardar la esperanza que ve amenazada su existencia por fuerzas muy superiores: Era tu voz el único refugio / señalado en la cumbre. Nos hace creer que ese fuerte destinado a protegernos es un lugar físico, cuando en verdad esa entidad protectora no es otra que quien lo lee y comprende, la homóloga carencia al otro lado de la escritura: Entonces, cómo lo hago, madre, sin sentir este frío, / sin temblar, qué escribo para salvarme. El sujeto lírico busca redención en la palabra poética, quizás el verdadero último refugio de un hombre medio cuya causa excede su salvación: Ya desde por la mañana se entiende / lejos de todos, cerca del abismo, / muy cerca del temblor, de los sollozos. // Insiste en aferrarse a cada libro, / a lo único que le queda. Fin de etapa.

Quizás a ese fin de ciclo anunciado siga un cambio de registro poético. Hasta ahora el amor ha sido el motor principal de una poética que ha dado seis frutos, distintos, jerárquicos, pero unidos por su vibración en una misma frecuencia.

La tesis es la esperanza, la antítesis el miedo; en manos del lector está configurar la síntesis de tan tremenda combinación.

Esos refugios ideales van cambiando a lo largo de nuestra vida. Su morfología muta al paso de nuestras necesidades. La desesperación por encontrarlos, conservarlos o recobrarlos se agudiza con el tiempo y su peor carcoma es el olvido. No solo un ejercicio de memoria puede anclarnos a ellos, también de autobúsqueda, desbrozo y desnudez. En los altares de la verdad lo humano es siempre duda, volubilidad, es siempre ambiguo.

De la futura antología total de Jesús Cárdenas, esa que algún admirador de su poesía formará cuando su autor haya cruzado el arco iris estigio, podrá extraerse un poemario accidental formado por poemas involuntarios; me refiero a esos poemas que este autor viene no escribiendo en los índices de primeros versos de casi todos sus libros. Los refugios que olvidamos no podía quedar al margen de ese holográfico glosario y también contiene versos luminosos para aquel que se tome la molestia de buscarlos:

[…]

Erotismo de la hoja,

tarde muda,

el amor no muere, se reinventa:

crisálida del cielo.

Hoja expresionista,

la doble vida esquinas:

conjetura un refugio.

Transparencia líquida,

casa abandonada,

reflejo de un solitario sin rencores;

detrás,

la puerta,

tentaciones,

cuerpo derramado.