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Reseña publicada en “Revista de Letras”:

http://revistadeletras.net/antonio-rodriguez-encontrar-la-verdadera-poesia/

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Título: La sociedad secreta de los poetas. Estéticas diferenciales de la poesía española contemporánea

Autor: Antonio Rodríguez Jiménez

Editorial: Ediciones Carena

Género: ensayo

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 591

ISBN: 978-84-16843-94-7

Escuché una vez en cierta presentación literaria sucedida en Valencia unas palabras del poeta Jaime Siles en las que evidenciaba su desconfianza por la poesía de los grandes premios o la abanderada por la oligarquía de las grandes editoriales: «a la verdadera poesía hay que encontrarla». En aquel entonces, puso como ejemplo uno de los mayores descubrimientos líricos de su vida, encontrar la poesía de Manuel Álvarez Ortega. La lectura de Dios de un día cuando era adolescente supuso algo deslumbrante y transformador que lo motivó, no solo a viajar y conocer en persona a Álvarez Ortega, sino a consagrarse a una palabra poética que parecía contener muchas más cosas de las que aparentaba. Librerías de viejo, mercadillos o pequeñas editoriales con apenas distribución siguen siendo a día de hoy importantes caladeros en los que hallar poesía verdadera.

    Jaime Siles es, muy acertadamente, uno de los 48 poetas que Antonio Rodríguez Jiménez (Córdoba, 1956) reúne en La sociedad secreta de los poetas (Ediciones Carena, 2017), un libro necesario por cuanto salvaguarda de la poesía y los poetas que de ella han hecho su vida y no siempre han sido reconocidos en su justa medida ni a tiempo, lleva a cabo. También está incluido —y no por casualidad— Manuel Álvarez Ortega, un poeta ya desaparecido al que es justo invitar a descubrir.

   Antonio Rodríguez Jiménez es doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, además de licenciado en Filología Hispánica y periodista: profesión, esta última, que lo llevó a ejercer el periodismo cultural durante más de tres décadas. Director de la revista Cuadernos del Sur, es a través de su experiencia al frente de este mítico foro, y de otras experiencias, como la de dirigir el Instituto Cervantes de Fez (Marruecos), que Rodríguez Jiménez estructura y va vehiculando un discurso ensayístico a través de artículos breves y bien cohesionados.

    Ya en la contraportada del libro se nos advierte de que este libro es un acercamiento crítico a la obra de 48 poetas nacidos en el siglo XX y seleccionados bajo un criterio de calidad diferente. Poetas-isla a los que algunos pueden considerar consagrados y reconocidos, pero el talante reivindicador de Rodríguez Jiménez destaca de ellos, además, su autenticidad y creatividad insobornables. El periodo temporal cubierto por este estudio son los ochenta años comprendidos desde la última gran generación española de poetas (1927) hasta la actualidad.

    Hemos dicho «calidad diferente» porque ese es otro de los rasgos que caracterizan este estudio. No hay que olvidar que su autor fue uno de los poetas fundadores del movimiento después conocido como Poesía de la Diferencia. Desde esa perspectiva, la de un defensor de la poesía plural y libre, Rodríguez Jiménez acomete la tarea de escribir las semblanzas de 48 poetas, precedidas por más de 90 páginas de reflexión crítica sobre el asunto, latitud del libro verdaderamente interesante, no solo por lo que contiene, sino por la valentía y claridad con las que está expresado.

    A continuación, paso a enumerar todos los autores compendiados, ya que me parece un dato interesante hacia sus futuros lectores, para después comentar esa extensa introducción, la cual nos permite conocer el cariz lírico e ideológico de Rodríguez Jiménez: Rafael Alberti, Rafael Álvarez Merlo, Manuel Álvarez Ortega, Blanca Andréu, Julio Aumente, Enrique Badosa, Ricardo Bellveser, Juan Bernier, Guillermo Carnero, Francisco Carrasco Heredia, Antonio Carvajal, Juana Castro, Carlos Clementson, Antonio Colinas, Pedro J. de la Peña, Leopoldo de Luis, Carlos Edmundo de Ory, Fernando de Villena, Antonio Enrique, Domingo F. Faílde, Antonio Gala, Antonio Gamoneda, Pablo García Baena, Ángel García López, Concha García, Rafael Guillén, Antonio Hernández, José Hierro, Luis Jiménez Martos, Manuel Jurado López, Concha Lagos, Mario López, José Lupiáñez, Manuel Mantero, José de Miguel, Ricardo Molina, José Antonio Muñoz Rojas, Vicente Núñez, María Antonia Ortega, Rafael Pérez Estrada, Fernando Quiñones, Manuel Ríos Ruiz, Pedro Rodríguez Pacheco, Claudio Rodríguez, Mariano Roldán, Eduardo Scala, Jaime Siles y Rafael Soto Vergés.

    Sorprende, a primera vista, lo descompensado entre autores y autoras en cuanto a cantidad. Pero a decir verdad, toda antología es incompleta. Hay que poner en valor, en cambio, el afán recuperador de Rodríguez Jiménez, quien entiende entre las funciones del crítico literario la de corregir —en la medida de lo posible— los olvidos naturales y no tan naturales del sistema.

    Rodríguez Jiménez señala en su introducción de casi cien páginas, que poetas como José Ángel Valente ya criticaron en su momento el afán reduccionista y monopolizador de grupos literarios que pretendían ser modelos de una nueva tradición: « […] la poesía es una aventura rigurosamente individual, de una soledad equiparable a la del corredor de fondo». No duda en poner nombres y apellidos a quienes considera realizan funciones de lobby. Una de esas sociedades secretas —en el sentido más romántico del término— es la constituida como Poesía de la Experiencia en los años 80, formada por Juan Carlos Rodríguez, Javier Egea, Antonio Jiménez Millán, Álvaro Salvador y Luis García Montero. Como acólitos a este grupo Rodríguez Jiménez menciona a Benjamín Prado, Luis Muñoz, Álvaro García, Carlos Marzal, Felipe Benítez Reyes e Inmaculada Mengíbar. Reconoce en Montero al líder con poder y posible autor intelectual de un expolio que no solo afecta a la repercusión de una estética en los medios de comunicación, sino a toda una corruptela de premios literarios y procedimientos oscuros para favorecer el ascenso de unos autores en detrimento de otros.

    Frente a un tipo de poesía oficialista, uniformada y estereotipada, se defiende desde las páginas de Cuadernos de Sur en 1986 una poesía libre, heterogénea y universal, que no atienda específicamente a modas, sino que permita que todo tenga cabida y que sea el criterio de la originalidad y profundidad el único que se imponga.

    Con el objetivo de articular una oposición a estos hechos denunciados se abrió un campo de discusión en la revista Cuadernos del Sur. Constantes son las referencias y alusiones de Rodríguez Jiménez a artículos allí publicados que van dando la réplica a su discurso, además de ampliar las líneas de observación. El autor reconoce que los poetas no son una raza gregaria por naturaleza, aunque en la actualidad muchos lo sean, y subraya que la responsabilidad de cambiar el mundo pesa sobre los hombros de media docena de poetas, a los que no nombra, y se refiere a ellos como francotiradores y unicornios.

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Antonio Rodríguez Jiménez

    Atención especial se presta a dos poetas-críticos que tratan —según Rodríguez Jiménez— de emular a Castellet: Luis Antonio de Villena y José Luis García Martín. A través de sus antologías y estudios el autor va dibujando un trayecto literario-temporal en el que aparecen otras tendencias, como la escuela de Trieste, formada por: Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Ángel Rupérez, Ángel Guache, Ramón Andrés, Julio Llamazares, José Carlón, Juan Carlos Mestre o Julio Martínez Mesanza; también los poetas pertenecientes al Neosurrealismo: Blanca Andréu, Fernando Beltrán, Amalia Iglesias, Pedro Casariego Córdoba, Ángel Muñoz Petisme, Francisco Serradilla o Luisa Castro. Asimismo hará lo propio con las nóminas del Minimalismo, Tradicionalismo, poesía elegíaca y metafísica.

    En el apartado titulado “Crisis de autenticidad creativa” Rodríguez Jiménez pone el dedo en la llaga al afirmar que la poesía española a principios de los años 90 se encuentra en un atolladero repetitivo con falta de nervio expresivo y languidez creadora, para ello se apoya en tesis de otros dos críticos: Antonio Garrido y Juan José Lanz, quienes certifican ese estado comatoso diagnosticando sus efectos y causas. Un artículo de Lanz, titulado “La poesía sin experiencia” da pie a una afirmación que denunciaba el conservadurismo del modelo estético predominante: «En ningún momento de nuestra historia de la poesía de este siglo se había conseguido estar más alejado del devenir del mundo moderno».

    Una de las secciones de la citada revista Cuadernos del Sur fue “Antología consultada de poetas no clónicos” (1992), en ella, Rodríguez Jiménez entrevistaba a poetas acerca del estado actual de la poesía, aquella experiencia fraguó en la publicación de un libro y en el epígrafe «poetas clónicos» para identificar a todos aquellos poetas de obra epigonal que se refugiaban bajo la etiqueta neorrealista:

    Por el contrario, el poeta no clónico es el que se distingue de los demás por su voz auténtica, porque es genuino, tiene personalidad propia, siente y vibra por sí mismo. No es el eco ni la copia de nadie y se distingue por su propia coherencia, no detenta parcela de poder alguna, no está de moda, no practica la oficialidad, ni medra.

    Con una media de cinco páginas por ambas caras para cada autor seleccionado, el espacio literario se presta óptimo para esbozar los caracteres generales de una obra, o comentar puntos concretos de un texto o biografía, sin embargo, la actitud de estos artículos es quizá demasiado generalista y abarcadora con relación a su extensión, y por ello, cuanto gana en diversidad lo pierde en profundidad. En cualquier caso, de cada autor escogido se apuntan características interesantes y puntos de vista subjetivos e historicistas, suficientes como para incitar al lector a averiguar más datos de los autores y obras comentadas.

    Hay que dejar claro que Rodríguez Jiménez, como buen cordobés, pone en valor a los poetas del sur atendiendo especialmente a los integrantes del grupo Cántico, y lo hace con conocimiento de causa; defiende y abandera ese movimiento de múltiples estéticas que supone la Poesía de la Diferencia, estética de la que él mismo es cofundador. Sus principios, postulados, denuncias y defensas quedan muy claras tras la lectura de este valiente y necesario libro, para dilucidar la veracidad o no de lo aquí manifestado habrá que esperar a esa diacronía que ofrecerá la realidad histórica y compararla con las que otros cronistas y críticos —como él— trazarán en un futuro.

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   Publicado en “Todoliteratura.es”:

http://www.todoliteratura.es/articulo/presentaciones/poeta-castellonense-manuel-emilio-castillo-presenta-valencia-desierto/20180228131943046719.html

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De izquierda a derecha: Juan Luis Bedins, Jaime Siles, Manuel Emilio Castillo y Ricardo Bellveser.

El pasado martes, 27 de febrero, el emblemático Museo de la Ciudad, en Valencia, acogió la presentación del poemario titulado “Desierto”, del poeta castellonense Manuel Emilio Castillo. El acto, organizado por la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios (CLAVE), tuvo en la figura de Juan Luis Bedins, su presidente, un excelente maestro de ceremonias.

    La tarde, meteorológicamente, no fue muy propicia para una celebración literaria, pero ni la lluvia ni el frío impidieron que una digna afluencia de público arropase al poeta. A Bedins le correspondió presentar, además de a Manuel Emilio Castillo, a dos inmensas personalidades de las letras valencianas, como son Jaime Siles y Ricardo Bellveser. Fue Bellveser quien tomó la palabra y deleitó a los presentes con un soberbio discurso en el cual, además de disertar magistralmente sobre el libro, expuso cuáles son los motivos —a su juicio— que explican el poco e injusto reconocimiento que como poeta ha tenido en su trayectoria Manuel Emilio Castillo; groso modo, un inicio tardío en la publicación, publicación, además llevada a cabo en editoriales de escasa proyección o haber nacido y habitado en una localidad periférica de Castellón, fueron según Bellveser, motivos más que suficientes para que este poeta, cercano por edad a la generación novísima, se haya mantenido fuera del canon.

    Por su parte, Jaime Siles, recién llegado de Málaga, donde ha sido nombrado académico por la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, deslumbró mediante la pertinente lucidez de algunas anécdotas, como al enumerar las claves de un poemario basado en dos ideas nucleares: el amor y el hecho de versar; aunque comentó que también poseía tintes místicos y metafísicos. Alabó la certera precisión lingüística de Emilio Castillo, su economía del lenguaje y la coherente organicidad de un poemario dividido en tres segmentos definidos. Subrayó la importancia de algunos versos del libro, como por ejemplo, los que abren el poema titulado “Convergencia”: Esta es la clave del verso, / la síntesis de la intemperie y la penumbra; y apuntó después que esta definición del verso era más acertada que la de algunos teóricos.

    Bellveser manifestó lo acertado del título, ya que la persona poemática de los versos habla desde el fracaso y la desesperanza. Siguió añadiendo que el tercer apartado del poemario, titulado «Encuentro», supone una poética fragmentada, apreciación que Siles amplió con datos históricos muy relevantes.

     La presentación, en manos de dos poetas, críticos, ensayistas y referentes intelectuales como Jaime Siles y Ricardo Bellveser, se convirtió en una conferencia de extremada riqueza que terminó por emocionar a Manuel Emilio Castillo, quien al término de ambas intervenciones, se fundió en un caluroso abrazo con sus invitados.

    El poeta, conmocionado en igual medida que el público asistente, dio lectura a sus poemas bajo la atenta mirada y el silencio de los allí congregados, silencio que se rompió en aplauso al finalizar la lectura. Tras algunas preguntas formuladas por personas del público, Juan Luis Bedins agradeció la presencia a personalidades y público y dio por clausurada la presentación.

    “Desierto” supone el séptimo poemario para Manuel Emilio Castillo, un autor cuya poesía se aquilata con el tiempo y, en palabras de Bellveser: este libro es un excelente candidato a los Premios de la Crítica Literaria Valenciana del próximo año.

Publicado en el blog de Vicente Barberá:

http://vicentebarbera.blogspot.com.es/2017/05/poetas-en-el-ateneo-cronica-de-jose.html?m=1

Publicado en la página web del Ateneo Mercantil de Valencia:

http://www.ateneovalencia.es/poetas-en-el-ateneo-xii-blas-munoz-en-la-poesia-siempre-hay-que-buscar-la-voz-propia/

(Todas las fotografías son autoría de José Luis Vila Castañer).

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De izquierda a derecha: Vicente Barberá, Blas Muñoz y Vicente Bosch. (José Luis Vila Castañer)

 

Presentación

Un 25 de abril nacieron Leopoldo Alas “Clarín” y José Ángel Valente, y por azar del destino, también un 25 de abril —o quizá por justicia poética— el poeta Blas Muñoz Pizarro visitó el ciclo Poetas en el Ateneo, un distinguido foro por el que han dejado huella algunos de los mejores autores líricos valencianos.

Celebrado en el Salón Sorolla del Ateneo Mercantil, uno de los coliseos culturales más señeros de la ciudad de Valencia, dicho ciclo es coordinado por Vicente Bosch, presente en la mesa, y presentado por Vicente Barberá, poeta y compañero del poeta invitado en el grupo literario El limonero de Homero.

A partir de las 19 horas fue llegando el público, hay que destacar que el aforo se llenó, algo que subraya la importancia de Blas Muñoz en el círculo poético valenciano, ya que como viene siendo una costumbre, el mismo día y a la misma hora, los actos literarios se solapan en Valencia.

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Entre el público, algunas de las personas más relevantes del panorama cultural valenciano se dieron cita en lo que, más que una exposición de vida y obra del poeta, se convirtió en un homenaje: Jaime Siles, Pedro J. de la Peña, Ricardo Bellveser, Pedro José Moreno o Elena Torres, fueron algunos de los escritores que acudieron al evento.

Quiero hacer visible la extraordinaria labor de José Luis Vila Castañer, reconocido fotógrafo valenciano, quien es el encargado de inmortalizar a través del objetivo de su cámara estos cíclicos encuentros con poetas destacados.

Vicente Bosch tomó la palabra para agradecer a Muñoz Pizarro su presencia en este proyecto, además de manifestarle su admiración como reconocido poeta, y no menos, mejor persona y amigo. Bosch subrayó el importante compromiso del poeta con la entidad convocante, por lo que terminó su intervención poniendo en valor no solo todo lo que Blas Muñoz ha dado al Ateneo Mercantil como persona, sino también la aportación global del grupo al que pertenece, El limonero de Homero, compuesto además por: María Teresa Espasa, Joaquín Riñón, Antonio Mayor y Vicente Barberá; grupo literario que coordina el Aula I de Poesía del Ateneo.

Era de prever que entre Vicente Barberá, como conductor del encuentro y buen limonero, y Blas Muñoz, surgiesen confidencias y la química de una amistad unida por la poesía deparase momentos de entrañable complicidad.

El Proyecto Poetas en el Ateneo acostumbra a dividirse en tres partes: exposición fotográfica, entrevista de Barberá al poeta invitado y ronda de preguntas del público, todo esto alternado con la proyección de un vídeo y un breve recital a cargo de poetas invitados.

Antes de dar paso a la primera fotografía, Vicente Barberá recordó que por este ciclo han pasado hasta once poetas de la talla de Antonio Cabrera, Jaime Siles, Ricardo Bellveser, Sergio Arlandis, Guillermo Carnero, Vicente Gallego, Rafael Soler, Francisca Aguirre, Pedro J. de la Peña, Juan María Calles o Carlos Marzal. Con la presencia de Blas Muñoz se cierra un periodo que culminará en su próxima entrega para dar paso al parón veraniego, siendo su pretensión reanudar la actividad ya entrados en septiembre. Invitó a los presentes a hacerse con uno de los dípticos sobre el poeta y su poesía que se ofrecían en la entrada al recinto y explicó que estos encuentros pretenden, no solo conocer la labor literaria del poeta convocado, sino también, y lo más importante, conocer un poco más su dimensión humana.

Fotografías

Así pues, dio comienzo el primer bloque. Apareció proyectada en la pantalla una fotografía en blanco y negro donde una joven señorita, ataviada con un vestido y un paraguas oscuros, sonríe a la cámara en mitad de unas vías de tren; el poeta ilustró al público al contar que aquel paisaje era la estación de Aragón (1972) y reveló que aquella mujer era Mercedes, a quien se dirige como Merche, su esposa, presente entre el público, y sus palabras y sus ojos se llenaron de luz. Con aquella pintura, el poeta rememoraba el drástico cambio que sufrió su vida, ya que enamorarse supuso pasar del narcisismo del yo a la entrega sin condiciones, lo que le llevó a escribir el poema “Consumación” y culminar así un poemario que llevaba entre manos, se refería, por supuesto, a Naufragio de Narciso.

La siguiente fotografía mostraba un autógrafo de Juan Gil-Albert, poeta admirado por Blas, quien tras las periódicas visitas de un joven y prometedor poeta, tuvo a bien, no solo dedicarle una de sus obras —Concierto en «mi» menor. Homenaje a Marcel Proust (1974) , sino a esbozar dentro del mismo autógrafo y en palabras de Muñoz Pizarro: la primera crítica a su poesía.

De la nostalgia y veneración de los que, sin duda, son momentos cruciales e imborrables en la etapa de un poeta joven, pasamos a la fotografía número tres, donde el reconocimiento del mundo literario y los primeros pasos de un autor comienzan a hacerse realidad. En esta fotografía en blanco y negro vemos a un Blas Muñoz muy joven y delgado, recogiendo el Premio Nacional de Poesía José Antonio Torres en la ciudad de Tomelloso. Vestido de esmoquin y pajarita, el autor comenta que justo detrás, se encontraba el poeta Antonio Gala. A lo que añade que entre el jurado que lo premió se encontraban el poeta Félix Grande, Eladio Cabañero y García Pavón. El pregonero de las fiestas ese año fue Francisco Umbral y tuvo el privilegio de ser nombrado pregonero para el año siguiente. Sin duda, un espaldarazo para alguien que todavía no había cumplido treinta años y tenía mucho que decir.

El poeta nicaragüense afincado en Valencia, Ricardo Llopesa, amigo de Blas Muñoz desde finales de los años sesenta, es quien aparece en la siguiente fotografía. Recordemos que Muñoz Pizarro tras publicar en 1981 Naufragio de Narciso, mantuvo un silencio editorial hasta el año 2007, momento en que finaliza La mirada de Jano, que fue publicado en 2009 por el Ayuntamiento de Petrer. En este nuevo momento crucial, fue Ricardo Llopesa quien le abrió las puertas de sus tertulias literarias en Valencia, hecho que acabaría siendo decisivo para desencadenar el éxito y repercusión de la etapa posterior del poeta.

No podía faltar una instantánea sobre El limonero de Homero, sus cinco componentes aparecen en la quinta fotografía, lo que aprovecha Blas para dar lectura a una décima compuesta expresamente para ellos. Sobre este grupo hablaremos más adelante, a colación de las preguntas que formulará Barberá.

Con motivo de un viaje a Portugal, y aprovechando que este evento se celebró en el aniversario de la «Revolución de los Claveles», en la siguiente fotografía aparece el poeta posando frente a una librería con un ejemplar de Mensagem, el único libro de Pessoa publicado en vida, hecho que lo llevó a improvisar “Rua do Carmo” un poema que regalará posteriormente a sus compañeros de El limonero, y que lo llevará también a reflexionar sobre el mismo hecho de la improvisación en su poesía: pocas veces sirve un poema escrito deprisa.

En la séptima fotografía vemos al ya desaparecido poeta José Luis Parra, en un instante del año 2011, en el también desaparecido Café Malvarrosa de Valencia. Blas Muñoz recuerda ese momento con sentimientos encontrados, puesto que por un lado, gracias al recital que allí ofreció consolidó su amistad con Juan Pablo Zapater, Francisco Benedito y Víctor Segrelles, hoy editores de la revista 21veintiunversos y entonces gestores culturales de uno de los foros poéticos más emblemáticos de Valencia. Y por otra parte, su amistad con Parra lo llevó a encargarle la presentación de su libro La herida de los días, pero poco después cayó enfermo y falleció. Por este motivo el siguiente libro de Blas Muñoz, En la desposesión, está dedicado emotivamente a José Luis Parra.

Con el motivo de la obtención de otro premio literario, en este caso el Memorial Bruno Alzola García (2011), en la siguiente fotografía vemos a Blas Muñoz en el que sería su tercer encuentro con el maestro Antonio Gamoneda. El momento retratado transcurre en Asturias, en el restaurante La Sauceda, propiedad de Ramón Alzola. Este momento fue una ocasión para manifestar su admiración por el poeta ovetense, así como la satisfacción por haber merecido un prestigioso premio a un soneto clásico.

Sin embargo, de los muchos reconocimientos que Blas Muñoz ha obtenido, El Premio de la Crítica Literaria Valenciana que obtuvo en el año 2012 por su obra La herida de los días, es como él mismo manifiesta: su más preciada distinción. Por ello, la siguiente fotografía recuerda el instante en que Juan Luis Bedins, presidente de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios, le hace entrega del citado galardón.

A continuación, y refiriéndose a una presentación en la Sociedad General de Autores y Editores de Valencia (SGAE) de su libro En la desposesión, un libro por el que consiguió el premio Flor de Jara de la Diputación de Cáceres, el poeta señaló a sus acompañantes aquel día, y no eran otros que Mila Villanueva, presentadora y organizadora del acto a través de Concilyarte, la asociación que preside; Ana Noguera, quien disertó magníficamente sobre el libro y el poeta valenciano José Antonio Olmedo, quien aquel día asistió a la presentación como parte del público y terminó anecdóticamente tocando el piano en el escenario, debido a la ausencia de la pianista anunciada.

La siguiente fotografía, tomada por Guadalupe Grande, rememoró un encuentro en Madrid, en casa de Francisca Aguirre, viuda de Félix Grande. Muñoz Pizarro acudió a la capital acompañando a María Teresa Espasa, quien presentaba en Madrid su libro Tanto y tanto silencio (2014) y a ambos les acompañaba su buen amigo y también poeta, Ricardo Bellveser. Blas recordó que mientras se celebraban en la capital los fastos por la coronación de Felipe VI, todos ellos disfrutaron de una velada íntima e inolvidable.

Marta Hazas, la popular actriz nacida en Santander y protagonista de series televisivas como Velvet o El internado, acompaña a Blas Muñoz en la penúltima fotografía. Tomada en diciembre de 2014 durante la gala de entrega del Premio Laguna de Duero de Valladolid, galardón que obtuvo Blas y gala en la que la actriz participó junto a Javier Veiga, esta instantánea sirvió para que el poeta valorase a esa juventud que lucha, representada en la actriz, pues no solo trabaja en cine y televisión, sino también en el especialmente exigente teatro clásico.

Y para terminar con la sección fotográfica, Blas comentó una instantánea en la que aparecieron Sergio Arlandis, Gregorio Muelas, Mila Villanueva y José Antonio Olmedo. De Sergio Arlandis comentó que escribió un excelente prólogo a su libro De la luz al olvido, un trabajo por el que le está muy agradecido; añadió que Arlandis es uno de los grandes poetas de su generación, además de investigador, por lo que anunció su próxima visita a la Feria del Libro de Valencia en unos días, e invitó a los presentes a conocer (In)verso, su último poemario. A Gregorio Muelas, con quien comparte una buena amistad, se refirió como autor del interesante libro de haikus La soledad encendida, una publicación en coautoría con José Antonio Olmedo, también presente, y a ambos incluyó también en su comentario sobre la nueva revista de crítica y poesía, Crátera, ya que son editores y críticos de la misma, deseándoles una larga y próspera trayectoria en esta nueva etapa. De Mila Villanueva destacó su magnífica labor al frente de Concilyarte, una de las asociaciones valencianas de mayor auge en la actualidad, y alabó también las cualidades como escritora de la autora de Bajo la luna de Kislev. Y por último, Muñoz Pizarro deseó al libro La flor de la vida de José Antonio Olmedo, actualmente nominado a los Premios de la Crítica Literaria Valenciana, la mejor de las suertes y un largo recorrido, pues a su parecer es uno de los libros de poesía más interesantes que se han publicado en Valencia durante el pasado año.

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Collage de las fotografías comentadas. (José Luis Vila Castañer)

Entrevista y recital

Vicente Barberá, en adelante (V.B.), confesó que su amistad con Blas Muñoz (B.M.) se remonta diez años en el tiempo. La culpa de su primer encuentro fue de Joaquín Riñón, ya que los invitó a ambos a la boda de su hija mayor. Aquel fue el momento fundacional de El limonero de Homero, grupo literario con el que han ofrecido más de cuarenta recitales, tanto en Valencia como por el resto de la geografía española. Siguiendo con las palabras de Barberá, admitió que de Blas admira muchas cosas, por ejemplo, su meticulosidad a la hora de trabajar los poemas. Blas es un arquitecto del verso, perfecto conocedor del metro clásico, en su poética abunda el verso medido y su escrupulosa y precisa armonía siempre ha dado que hablar en los corrillos literarios. Por este motivo, Barberá contó que expuso uno de sus poemas a Muñoz Pizarro, fue en el año 2007, y el poema en concreto “El triunfo del amor”. Este gesto es una costumbre cotidiana entre los miembros de El limonero, ya que su amistad y también la experiencia y magisterio de sus componentes hacen posible que de unos a otros opinen de sus obras con naturalidad, con la sana aspiración de aprender y perfeccionar sus textos. El laudo de Blas no dejó indiferente a Vicente, ya que le escribió dos folios de correcciones y recomendaciones demostrando lo que ya sabía: siempre se ha tomado la poesía muy en serio.

Barberá siguió comentando con vehemencia que admira a Muñoz Pizarro por su capacidad para interpretar el sentido de los poemas, su vocación docente unida a su habilidad para desentrañar esa historia subterránea de los versos lo convierten en un artista de lo formal, un excelente poeta, de mucho oficio, perfeccionista y con dominio de la técnica, en definitiva: un maestro con mayúsculas.

V.B: — ¿Para ser un buen poeta es necesario el dominio de la técnica?

B.M: —Sí. Es preciso practicarla hasta dominarla, como también es preciso el proceso de corrección. Hay que escribir métrica sin contar los versos. Antonio Machado decía: líbrate del verso cuando te esclavice. El poema no debe forzarse.

(Pascual Casañ recita el poema “De anaranjadas sombras” contenido en el poemario La mirada de Jano).

V.B: — ¿Por qué ahora no escribes poesía?

B.M: —Nunca me obligo a escribirla. Tampoco sé por qué lo hago cuando la escribo.

V.B: — ¿Es verdad que sufres mientras escribes?

B.M: —Sí, si el poema no es bueno. Si eres exigente con tu trabajo siempre hay una insatisfacción al no estar seguro de dar al poema lo que este te pide. Generalmente, el poema me revela su mensaje cuando lo termino.

V.B: — ¿Qué es la poesía para ti?

B.M: —Si hablara como profesor, diría que es una transgresión, la separación del significante y significado para crear esa grieta abierta en el signo (palabra, poema, obra) una nueva significación. Pero sería insuficiente. La poesía no se agota en ninguna definición, y menos aún si se pide brevedad. En el acto poético, de escritura o de lectura, la realidad se muestra como una revelación intensa por la que una inteligencia emocionada crece en conocimiento y en comunicación. En otras palabras, es la palabra justa en el momento preciso con una carga de emoción que no empañe el poema pero que actúe en el lector.

(Antonio Mayor recita el poema número diez de “El paso de la luz” contenido en el libro De la luz al olvido).

V.B: —De tus poetas preferidos cita tan solo cuatro, tres españoles y uno extranjero.

B.M: —Podría decirte el nombre de 34 poetas. Pero te diré: Garcilaso, Góngora, Claudio Rodríguez y Rilke.

(Recita Joaquín Riñón el poema titulado “Como otras veces” incluido en el libro La mano pensativa).

V.B: — ¿Por qué elegiste el poema titulado “Si de mí hablo” para que aparezca en el díptico?

B.M: —Porque podría decirse que ese poema es como mi propia poética. Nunca sé lo que voy a escribir, cuando escribo no sé a dónde voy. Es al final del poema, como he dicho antes, que el poema se revela, excepto en los poemas de ocasión, dedicados, o cosas así.

(Se proyecta el vídeo realizado por Virgilio Fuero, en el que él mismo recita el poema titulado “Im promptu” perteneciente al libro De la luz al olvido. Terminada la proyección, Fuero regala al poeta el CD con la grabación del mismo).

V.B: — ¿Después del Premio de la Crítica Literaria Valenciana qué otro premio de los que has conseguido consideras más importante?

B.M: —Quizás el Premio del Gobierno de Aragón que me fue entregado por el libro La herida de los días.

(Recita Juan Ramón Barat el poema titulado “Insomnio” incluido en los pecios de la antología De la luz al olvido).

V.B: — Si El limonero de Homero no fuera perfecto ¿cómo podría serlo?

B.M: —Con la interacción de todos ha mejorado con los años. Todos hemos mejorado. La amistad permite decirse con sinceridad las imperfecciones del poema para mejorar.

(Recita Mar Busquets el poema titulado “Nana de tu ausencia”, perteneciente al libro El Limonero de Homero III).

Vicente Barberá anuncia que El limonero de Homero ya prepara su cuarto libro conjunto y da comienzo la ronda de preguntas rápidas.

V.B: — ¿Qué admiras de un poeta?

B.M: —Autenticidad.

V.B: — ¿Qué te hubiese gustado ser además de poeta?

B.M: —Lo que soy.

V.B: —Algo que detestes.

B.M: —El orgullo.

V.B: — ¿Dónde te gustaría vivir, que no sea Valencia?

B.M: —En Cuenca.

V.B: —Nombra un poeta vivo al que admires.

B.M: —Francisco Brines.

V.B: — ¿Cerveza o vino?

B.M: —Vino.

V.B: — ¿Pintura o poesía?

B.M: —Poesía.

V.B: — ¿En qué te gustaría ser mejor?

B.M: —Me gustaría ser mejor como padre, esposo y abuelo.

V.B: —Cita un poema cuya lectura haya sido importante para ti.

B.M: —El primero de Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez.

(Termina la ronda de preguntas rápidas y Blas Muñoz lee algunos de sus poemas).

En primer lugar, el poeta da lectura  al poema “Ella bajo la lluvia” de 1972, inspirado en la fotografía expuesta anteriormente de su esposa Merche, cuando era joven, tomada en la estación de tren de Aragón.

Seguidamente, Muñoz Pizarro comenta que su amigo José Luis Parra le dedicó el poema “Cortes de luz” en su último libro, un texto en el que se evocan los tiempos difíciles de la posguerra. Razón por la cual, Blas Muñoz lee el poema citado y además el poema “1950 (por ejemplo)”, perteneciente a su poemario La herida de los días y lo dedica y lee con tanto cariño hacia su amigo que no puede evitar emocionarse.

Para terminar sus lecturas, Blas recitó un soneto clásico titulado “La mano pensativa” contenido en su libro de mismo nombre.

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Escritores que leyeron poemas del autor invitado. (José Luis Vila Castañer)

Ronda de preguntas del público

Juan Ramón Barat: —Cuando te leo siento que se te entiende, pero con profundidad, eres claro y profundo a la vez. ¿Defiendes claridad y profundidad en la poesía?

B.M: —Pienso que a eso deberían responderte los lectores. Cambio de registro y es muy difícil etiquetarme. En mi libro En la desposesión hay algo de poesía hermética, pero la claridad o el hermetismo vienen dados al autor. Pertenezco a la generación novísima por edad y en mis inicios bebí de ellos, de su culturalismo.

Rafael Pla López: — ¿Una buena poesía debe sorprender o sonar?

B.M: —La sorpresa o la ruptura son relativas, a veces son mínimas, pero necesarias. Hay que prescindir de tópicos, huir de lo trillado. Si suena mucho un poema, malo. Hay que buscar siempre la voz propia.

Salvador Garay: —Me sorprenden tus poetas favoritos.  ¿Qué fue de aquel Blas amante de Rafael Alberti en sus comienzos?

B.M: —He admirado a muchos, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero, Manuel Álvarez Ortega, aunque he ido por etapas. He bebido de muchas fuentes y de Alberti bebí cuando fui adolescente.

Ricardo Bellveser: —En que puede haber poesía no escrita supongo que todos estaremos de acuerdo. Yo también abogo por la claridad en la poesía, las vanguardias espantaron a mucho público de la poesía, tanto experimentar hizo que la mayoría de personas no comprendiesen los poemas. Hay que recuperar la poesía-verdad.

B.M: —Sin dejar de estar de acuerdo, pienso sin embargo que la poesía debe tirar del lector, debe hacerlo crecer. En la ruptura, en la grieta está el poema. También es necesario un punto de extrañeza para desarbolar las convenciones y empujar al lector a terminar el poema.

(A petición de Vicente Barberá una persona del público se presta voluntaria para dar lectura al poema que figura en el díptico y con el que se clausurará el evento).

Antes de dar lectura al poema “Si de mí hablo”, el voluntario confiesa haberse emocionado con lo expuesto en el acto.

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Ronda de preguntas del público. (José Luis Vila Castañer)

Despedida

Vicente Barberá agradece la presencia de todos los asistentes y cede la palabra a Vicente Bosch, Directivo del Ateneo, que emplazó a los allí presentes a interesarse por la próxima entrega de los premios literarios que organiza y concede el Ateneo Mercantil de Valencia, una previsible fiesta de las letras que tendrá lugar los días 10 y 11 de mayo. Por último, despidió el evento no sin antes agradecer al público y a todos los participantes su presencia y colaboración.

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Foto general. (José Luis Vila Castañer)

 

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Ilustración de Juan Carlos Mestre

Dirección de Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea:

Gregorio Muelas Bermúdez
Jose Antonio Olmedo López-Amor
Jorge Ortiz Robla

Comité asesor:

David Acebes Sampedro
Ramón Campos
Bibiana Collado Cabrera
José Ángel García Caballero
Eduard Xavier Montesinos
Antonio Praena

Para el número 0, estos son los contenidos y colaboradores:

Ilustraciones:
Cubierta y contraportada de Juan Carlos Mestre
Interior: Sara García

Inéditos:
Jaime Siles, Ángel Guinda, Miguel Veyrat, Joaquín Pérez Azaústre, José Luis Rey, Andrés García Cerdán, Ana Gorría, Antonio Praena, Ben Clark, Ramon Guillem, José Iniesta, Katy Parra, David González, Sara Castelar, José Daniel García, Berta García Faet.

La mirada de Basho (haikus):
Susana Benet, Ricardo Virtanen, Gorka Arellano Pérez

Traducción:
Robert Rozhdestvensky por Natalia Litvinova, Mircea Petean por Elisabeta Botan, Eugenio Montale por Carlos Vitale,
Hilde Domin por Gema Estudillo.

Experimental:
Atilano Sevillano, Rafael Marín. (Selección de David Acebes)

Entrevista:
Marcus Versus por Jorge Ortiz Robla

Investigación:
“Justo y perfecto” por Justo Serna

Reseñas:
“Blanco Roto”, por Álvaro Valverde; “El club del crimen”, por Carlos Alcorta; “Reflejos en el cristal cotidiano”, por David Acebes Sampedro; “Llamo desde otro planeta”, por José Ángel García Caballero; “Tópo”, por Gregorio Muelas Bermúdez; “Contra las cosas redondas”, por Gregorio Muelas Bermúdez; “Infierno y nadie: antología poética esencial 1978-2014”, por José Antonio Olmedo López-Amor; “Masa crítica”, por José Antonio Olmedo López-Amor

Leído por:
“Sabe la noche”, por Ramón Campos; “Nostalgia de la acción”, por Jorge Ortiz Robla; “Sense treva”, por Eduard Xavier Montesinos

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Cubierta y contraportada diseño de Juan Carlos Mestre

Próximas presentaciones en Valencia y Madrid:

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Reseña publicada en Revista de Letras:

http://revistadeletras.net/jaime-siles-cantico-de-disolucion/

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Jaime Siles

Título: Cántico de disolución (1969-2011) poemas escogidos

Autor: Jaime Siles (poemas seleccionados por Martín Rodríguez-Gaona)

Género: poesía

Editorial: Verbum

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 316

ISBN: 978-84-9074-150-4

Poetizar es un acto de realidad y de lenguaje, transformar los nombres hasta el sustrato primigenio, indagar tras el concepto originario, pulsar el ser desde lo uno hasta lo múltiple. Devolver la realidad a la Realidad.

Jaime Siles, 1974.

 

La obra y figura de Jaime Siles (Valencia, 1951) siempre ha sido de gran relevancia en la lírica española. Desde que a finales de la década de los sesenta publicase Génesis de la luz (1969), siendo un muchacho de apenas diecinueve años, hasta este Cántico de disolución (2015), el cual recoge una selección de sus poemas hasta 2011, su obra, coherente y evolutiva, ha ido aquilatándose con el tiempo y alcanzando cotas de verdadera maestría. Muchos son quienes buscan su consejo literario antes de publicar un poemario, su magisterio y cercanía propician que a diario lleguen nuevos libros a su despacho, siempre de poesía. A pesar de estar afincado en Valencia sus viajes por todo el globo terráqueo son constantes: cursos, conferencias, fallos de concursos. La comunidad poética española e internacional requieren su presencia a menudo, lo que constata su reconocido prestigio, no solo como poeta, sino como ensayista e investigador del campo humanístico.

Pocas presentaciones necesita uno de los novísimos de la segunda hornada, no apareció en la famosa antología de Castellet, Nueve Novísimos (1970), pero sí lo hizo en Nueva poesía española, de Enrique Martín Pardo, publicada el mismo año, además de figurar también en otras posteriores.

Martín Rodríguez-Gaona, (Lima, 1969) poeta, ensayista y traductor peruano, es el responsable de esta edición que se inscribe en la colección de poesía que posee la editorial Verbum, un distinguido foro coordinado por Pedro Shimose. Rodríguez-Gaona en los más de cien poemas que selecciona para Cántico de disolución ofrece una perspectiva unitaria de la obra poética de Siles, sin divisiones temáticas de títulos o épocas, y demuestra así, a pesar de sus múltiples registros, la continuidad de su escritura. Quizá ese rasgo es lo que diferencia a esta antología de otras anteriores, como por ejemplo, Cenotafio. (Antología poética, 1969-2009), Cátedra (2011) de Sergio Arlandis. La tarea de Rodríguez-Gaona no es fácil si tenemos en cuenta que la obra poética de Jaime Siles ha ido transformándose a lo largo del tiempo, a pesar de haber mantenido ciertas constantes en su escritura su universo simbolista ha mutado y con él los códigos que lo descifran; tanto es así que el propio autor reconoce haber transcurrido de lo barroco y surrealista a lo puro y esencialista, pasando por lo postmoderno y urbano hasta llegar a su último registro, lo existencial.

Preservar aquello que une y conforma el invisible hilo conductor de una vida consagrada a la poesía es un desafío superado en Cántico de disolución, un  viaje a través de las personas poemáticas de Jaime Siles en una obra que compendia: Horas extra (2011), Desnudos y acuarelas (2009), Actos de habla (2009), Colección de tapices (2008), Pasos en la nieve (2004), Himnos tardíos (1999), Semáforos, semáforos (1990), El gliptodonte y otras canciones para niños malos (1990), Poemas al revés (1987), Columnae (1987), Música de agua (1983), Alegoría (1977), Canon (1973), Biografía sola (1971) y Génesis de la luz (1969).

A lo ya atractivo de por sí que resulta este compendio lírico debemos añadir un breve texto ensayístico del propio autor, unas palabras liminares —de gran valor— que bajo el epígrafe “El texto es hoy el único escenario” introducen al lector en el pensamiento poético del artista. En dicho texto, no son pocas las confesiones que el poeta hace, su razón de poeta, consciente de que la desnudez es el mejor resorte entre el artista y el receptor de su arte, llama a las cosas por su nombre y desglosa conceptos que a menudo, —bien por ignorancia o falta de rigor— se transmiten unidos. Así vamos diferenciando entre poética y pensamiento poético, vamos acotando un fluir lírico que siempre ha ido unido al filosófico entre “poema-instante”  y “poema-discurso”, términos referenciales de Henry Gil entre los que el poeta articula su pensamiento.

Y llegamos a una de las claves que además de aclarar el sentido del título del poemario, hace lo propio con el estilema y el proceso de transición del poema mental al poema escrito. El poeta cita textualmente a Ernestina de Champourcin[1]: « […] cada emoción tiene su forma; cada momento, su ritmo». Y en este aserto justifica el poeta el proceso de formación de la estructura del poema, andamio determinante, ya que sobre él se articulará el lenguaje y combinará los signos en función de la emoción, el instante, la intuición y todo aquello que configura la conciencia y los factores que sobre ella influyen. Ese momento conceptual en el que el poema es fonación que busca su cadencia en el alfabeto, la palabra es pre-palabra, la lengua es pre-lengua y el signo es pre-signo, todo se ordena aspirando a una arquitectura visual que rara vez será significada por completo; es por eso que el poeta confiesa: creo en la voz más que en la escritura.

¿Por qué, cántico?

Como ya hemos dicho, ese ritmo interior al que obedece el lenguaje, en Siles configura muchas veces un constructo que no rehúye los metros y rimas clásicos, como en el poema “Hortus conclusus” de Columnae: Por donde el firmamento / columnas no sostiene ni levanta, / todo es pensamiento / que la noche suplanta: / vacío de la voz que, muda, canta. Aquí los versos se ahorman al canon de la lira clásica incluyendo su rima consonante, pero también es recurrente en su poética la utilización de la rima asonante, como en el poema “Expiaciones sin pecado” de Pasos en la nieve: Por la muerte se avanza muy despacio. / No se entra de lleno en su morada, / no se habita ni se cruzan sus campos: / se adivinan, se saben, se presienten, / más que sus territorios, sus espacios. No sólo en la utilización de la rima sonora advertimos el tono musical de los poemas, su carácter hímnico otras veces se muestra en el ritmo resultante de una ruptura gramatical: Éste sin voz ni límite, que es cielo, / corazón de rumor reverberante, / líquido mármol donde el agua toda / suena dormida bajo el tiempo múltiple. // Dura, palabra, dura, sé distancia / que el resplandor aleje de la sombra, / arco afilado que por siempre tense / mi paladar sonoro transcurriendo.

¿Y por qué, disolución?

« […] El lenguaje, en cambio, sí ha constituido siempre para mí una angustia y una obsesión: una especie de laberinto en el que la ósmosis del espacio y del tiempo en la memoria nunca llega a ser fijada por los signos, a los que no sostiene nada sino sólo la voz. Y esta nada de la voz, que es también la del signo, traduce la nada del yo. Resbalar por la voz es como resbalar por el tiempo: el lenguaje se convierte así en un abismo en el que se diluyen las cosas tanto como el yo. La disolución del yo es como la disolución del signo. Y esa disolución es lo que el poema nos deja después de habernos hecho sentir la totalidad del Absoluto, que es lo único que confiere realidad al yo. La nostalgia de ese Absoluto, del que sólo hemos visto parte de sus reflejos, es lo que a mí, al menos, me hace seguir escribiendo».

Todo un sistema filosófico, cultual, metafísico, orbitando alrededor de un lenguaje al que se ama por lo que ofrece y al que se cuestiona por lo mismo. Esa fe en la palabra-laberinto, palabra-abismo, desata el vértigo del creador pensante y a su vez el temblor por alcanzar el punto más cercano a ese absoluto idealizado.

Por su parte, Rodríguez-Gaona propone al final de la lectura un texto ensayístico titulado “Del ala de la duda al cántico de disolución”, en él expone los motivos por los que considera a Jaime Siles una pieza fundamental (membrana, articulación) entre los planteamientos estéticos y discursivos de varias décadas. Acierta al denominar al autor de Mayans o el fracaso de la inteligencia como “poeta de poetas”; señala con nitidez los arbotantes de su sistema poético: confrontación, tensión y líneas rojas entre identidad y lenguaje; viaje del silencio hacia la música; punto de encuentro entre lo clásico y lo moderno: indagación, reflexión y lirismo.

La poesía de Martín Rodríguez-Gaona figura en las antologías Festivas formas de Eduardo Espina (Medellín: Universidad de Antioquía, 2009) y Los relojes se han roto: poesía peruana de los noventa. (Guadalajara: Ediciones Arlequín, 2005), y ha sido analizada en el estudio En la comarca oscura. Lima en la poesía peruana 1950-2000 (Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2006). Sus traducciones y ensayos van amalgamando una identidad que se afianza crítica en lo personal y rigurosa en lo científico.

Cántico de disolución hará las delicias de quienes ya conocen la poesía de Jaime Siles, ilustrará y seducirá a quienes se enfrenten por primera vez a su singular obra poética, pero sobre todo, constituye un homenaje —entre los muchos que vendrán— a una trayectoria poética y vital unida indeleblemente a la poesía.

 

 

Perdóname, lector

           

Perdóname, lector, por lo que escribo,

por lo que he escrito y lo que escribiré.

Ni tú ni yo tenemos parte o culpa

pero la vida es una expiación―

de qué no sabría decirlo,

pero conozco―e incluso casi amo―su dolor:

aparece de pronto y cae lentamente,

se demora en los ángulos como, a veces, la luz

y se extiende por dentro

hasta formar un edificio con columnas

y puertas y ventanas

orientadas hacia una idea cálida

a la que quien creemos ser se asoma

para obtener alguna imagen rápida de sí.

Pero no hay nada dentro sino esta

conciencia de la angustia

que es arquitectura y autorretrato del dolor

y tal vez su más cierta presencia imaginaria.

 

(de Himnos tardíos, 1999)

 

[1] Publicado en “La Gaceta Literaria”, 15 de julio de 1928.

Publicado en la revista Todoliteratura.es:

http://www.todoliteratura.es/noticia/9897/literatura/se-pone-a-la-venta-el-volumen-xxviii-de-algo-que-decir.html

También en El Cotidiano:

http://www.elcotidiano.es/ya-esta-a-la-venta-algo-que-decir-volumen-xxviii/

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FRONTAL ALGO Q DECIR XXVIII

En pleno estallido de la llamada «crisis económica» la institución valenciana Ateneo Blasco Ibáñez, proyectó editar una colección de poesía, narrativa y ensayo, con la finalidad principal de dar voz a aquellos autores que, por mecanismos del selectivo engranaje editorial, sistemáticamente quedan fuera de los grandes circuitos literarios. Con una empresa así de solidaria, allá por el año 2008, la colección “Algo que decir” comenzó a andar en un panorama social poco esperanzador. Hoy, ocho años después, no sólo es de celebrar que este proyecto continúe, sino que el denodado esfuerzo de su máxima impulsora, Isabel Oliver (presidente del Ateneo), así como la dispar y rica variedad de autores participantes, lo han convertido en un referente cultural, no sólo a nivel local, sino nacional.

Y es que cuando las cosas se llevan a cabo con voluntad y razón de ser, el objeto resultante va más allá de lo testimonial. Ocho años de andadura, a una media que supera los tres libros por año, dan para mucho. En esta colección tienen cabida, tanto los libros particulares de los escritores socios del Ateneo, como antologías artísticas que aglutinan diversas disciplinas, hasta analectas o compilaciones de manifiestos a favor de causas solidarias, como pueden ser los volúmenes XIV, Latidos contra la violencia de género y XXIV, Antología pro Derechos Humanos. 

La nobleza de esta causa ha propiciado que grandes plumas de la literatura valenciana se sumen a este proyecto sin poner trabas, a la hora de compartir encuadre, con autores de toda alcurnia e índole. Tal es el caso del poeta Ricardo Bellveser, quien además de ser Socio de Honor de esta entidad, ha sido y es un prologuista de lujo, prestando toda su sabiduría y generosidad, de forma desinteresada, como padrino y presentador de las voces literarias que “Algo que decir” recoge.

Así, en Algo que decir XXVIII, una pléyade de 77 autores componen una excelsa antología de poesía, narrativa y ensayo, entre la que destacan voces consagradas como: Francisco Brines, Jaime Siles, Jesús Huguet y hasta el propio Ricardo Bellveser. 328 páginas, con fotografías de sus autores en color y breves biografías. A continuación, la lista de autores participantes:

Isabel Oliver (prólogo)

Alberto Requena, Amparo Bonet, Amparo Carbonell, Amparo Gómez, Ana Fdez. de Córdova, Ana María Lorenzo, Ángela María Valdés, Antonia Sajardo, Antonio Capilla, Antonio Manuel Lucena, Antonio Molina, Antonio Montero, Antonio Prima, Antonio Quero, Antonio Vaqué, Begoña Soler, Carlos Gil, Carmen Sánchez, Celestino Álvarez-Cienfuegos, Conchita Bonell, Consuelo Ciscar, Cristina Cordón, David Acebes, Elia Cristi, Encarna Beltrán-Huertas, Encarnación Gómez, Encarnación Sánchez, Fernando Martín, Fernando Robles, Florencio Alejandre, Francisca Martínez, Francisca Llosá, Francisco Brines, Francisco de P. Blasco, Francisco Guillermo Domingo, Francisco Ponce, Gregorio F. Jiménez, Hasbia Mohamed, Heberto de Sysmo, Isabel Oliver, Isabel Rezmo, Jaime Siles, Javier Tallón, Jesús Huguet, Jesús Moreda, Joaquín Castillo, José Carlos Lloréns, José Francisco Juste, José Llorca, Josefina Alonso, Juan Emilio Ríos, Laura Font, Leonor Villaseñor, Luis Auñón, Manuel Giménez, Manuel Juan Ibáñez, Manuel Salvador, Manuel Vélez, María Antonia Diego, María José Martí, María Roca, Marta Abella, Maruxa Duart, Mercedes Huertas, Miguel Ángel Martínez, Pascual Huedo, Ricardo Bellveser, Rocío Biedma, Rosa García, Rosa María Lorenzo, Rosa Sellés, Rosa María Vilarroig, Toñi Chávez, Victoria Godoy, Víctor José Maicas, Verónica Victoria Romero y Víctor Vázquez.

El denominador común de todas estas personas, profesionales de la escritura, amateur o aficionados, es que tienen algo que decir, y es ahí donde radica una de las grandezas de este proyecto, que lo es a su vez de la literatura.

Sin pretenderlo, el Ateneo Blasco Ibáñez (Valencia) está siendo un ejemplo social y cultural para el mundo, sus principios de igualdad, de unión y creatividad, ofrecidos, no sólo como expresión artística del individuo, sino también como armónico pensamiento colectivo, trascienden la barrera del arte como entretenimiento o ejercicio estético, y su hondo mensaje, rutilante, imperativo, se inocula cada vez más profundamente en el subconsciente de nuestra sociedad.

Para comprar el libro desde cualquier parte contactar con:

Isabel Oliver. Tlfn: 679190051

PVP: 10 euros

Para obtener más información del Ateneo Blasco Ibáñez:

http://ateneoblascoibanez.com/

(El Ateneo también tiene un sello editorial propio: Ediciones Ateneo Blasco Ibáñez)

 

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El pasado miércoles 9 de diciembre la asociación cultural Concilyarte organizó en Valencia la presentación del libro “Cántico de disolución (1973-2011) Poemas escogidos“, una antología del poeta Jaime Siles publicada por Verbum. Pedro Shimose, responsable de la colección “Poesía” de la editorial Verbum, incluye a Jaime Siles en su flamante nómina de poetas, entre la que destacan nombres como: Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena o Antonio Gamoneda.

El acto de presentación tuvo lugar en el Museo de Bellas Artes de Valencia, la escritora Gloria de Frutos fue la encargada de desempeñar las labores de presentadora. Además, la presentación contó con tres invitados de excepción que acompañaron a Siles en la mesa presidencial: Fernando Delgado, Guillermo Carnero y Sergio Arlandis.

En primer lugar intervino el poeta, ensayista y profesor Sergio Arlandis, quien a su regreso de tierras americanas vuelve a formar parte del devenir poético y cultural valenciano con una apretada agenda. Arlandis, quien puede presumir de ser el responsable de la anterior antología sobre Jaime Siles, Cenotafio, antología poética 1969-2009 (Cátedra, 2011), disertó extensa y acertadamente sobre la obra y estilo del autor de Himnos tardíos (Visor, 1999). Su conocimiento profundo, tanto de la obra, como de la persona del poeta, hizo posible que el público presente, y a través de su discurso, fijase su atención en cosas como la pluralidad de la palabra poética o la fe en el lenguaje, escenario de una batalla entre el yo personal y el yo poético, factores clave en el estilema de Jaime Siles.

Por su parte, el poeta novísimo Guillermo Carnero, amigo de Siles desde su etapa de estudiante, enfocó su intervención desde una perspectiva menos académica y más distendida y entrañable, consciente de —como él mismo apuntó— que aquel acto, más que una presentación al uso, constituía un homenaje a la obra y figura de uno de los Hijos Predilectos de la Ciudad de Valencia. Entre las muchas anécdotas que el autor de El sueño de Escipión (Visor, 1971) tuvo a bien contar, destacaré una que llamó mi atención. En el año 1989, Siles Ruiz optó a una cátedra de Literatura Española e Iberoamericana de la Universidad de St. Gallen (Suiza), tras conseguirla por méritos, le fueron mostrados los currículum de las personas con las que había “competido”, cuál fue su sorpresa al descubrir que su querido amigo Guillermo Carnero, estaba entre los aspirantes a esa misma cátedra, y aún más, Carnero, cuatro años mayor que Siles, al conocer —mucho antes— que podía perjudicar a su amigo optando a esa misma tribuna, envió una carta a la Universidad retirando su candidatura y documentación, alegando que él jamás competiría con su buen amigo Jaime. La verdad es que Carnero se extendió bastante en su discurso, pero el público agradeció el tono divertido y cercano de su intervención con carcajadas cómplices y un caluroso aplauso.

En último lugar intervino el novelista y poeta Fernando Delgado, quien en la actualidad es miembro del jurado del Premio Planeta y buen amigo de Jaime Siles desde la década de los setenta. Fernando, en la línea de Carnero, contó anécdotas entrañables pero también subrayó la importancia de la voz poética de Jaime Siles, tanto dentro como fuera de España, así como también puso en valor su gran aportación a la poesía. Y es que la poesía de Siles, inundada de filosofía, de ritmo, de referencias latinas, culturalista e indagatoria, en tensión contra el propio lenguaje, es hoy objeto de estudio de poetas e investigadores.

Por su parte, la intervención del poeta homenajeado, fue breve y agradecida, no leyó poemas del libro, no es dado a presentaciones propias, es más, con 46 años de trayectoria bibliográfica, esta era la primera “presentación” oficial de un libro suyo en la que él mismo participaba. Anécdotas aparte, Siles Ruiz agradeció también al poeta peruano Martin Rodríguez-Gaona, quien es el responsable de esta edición, su esfuerzo y dedicación en una compilación de más de cien poemas donde están representados todos sus libros de poesía, una edición que cuenta, además de una “poética” de su autor al principio del libro “El texto es hoy el único escenario”, con un texto ensayístico de Rodríguez-Gaona titulado “Del ala de la duda al cántico de disolución”, todo un atractivo añadido a las más de 290 páginas de poesía.

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Esta fotografía es un bello recuerdo de una magnífica tarde de poesía vivida en Valencia. El maestro Jaime Siles presentó su antología “Cántico de disolución” acompañado de los poetas Sergio Arlandis, Fernando Delgado y Guillermo Carnero. Fue todo un lujo escucharles.

 

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Con motivo de la reciente publicación de De la luz al olvido (Vitruvio, 2015), una antología poética que abarca un periodo vital de más de cinco décadas, el poeta valenciano Blas Muñoz Pizarro hace balance de un ciclo literario que recorre desde los poemas de juventud a la madurez, pasando por la plenitud y el reconocimiento.

 

Entrevista

Muchos aficionados a la poesía en Valencia, entre los que me incluyo, pensamos que este libro era necesario, no sólo abarca su amplia trayectoria como poeta, sino que incluye libros íntegros y un poemario inédito. ¿Cómo surgió la idea de editar este libro y por qué ahora?

Tras la escritura de En la desposesión, mi última experimentación formal, regresé, parcialmente al menos, al tono de La herida de los días con un nuevo proyecto: un poemario en endecasílabos blancos, en esa ocasión no con la estructura del soneto usada en “La herida…” sino con una serie de poemas, en endecasílabos también, sí, pero sometidos a la horma de las 20 líneas en cada uno de ellos. El verso final de uno era, a su vez, el verso inicial del siguiente: exigencias formales no gratuitas sino significativas. El proyecto pretendía desarrollarse en tres partes dedicadas, respectivamente, a la mañana, la tarde y la noche. En cada una de ellas, el yo lírico seguía el transcurrir del tiempo en doce poemas que se iniciaban en noviembre y finalizaban en octubre: la mirada (y la palabra) seguía la mañana, mes a mes, desde el amanecer hasta el mediodía, en un espacio exterior; la tarde, mes a mes, en el espacio interior de la casa; y la noche, mes a mes, en otro espacio interior: el de la propia conciencia. La primera parte concluyó, con el título de El paso de la luz (el poemario inédito que cierra De la luz al olvido), pero sólo pude escribir dos poemas de la segunda parte que no me satisficieron. Y del mismo modo que dejé de escribir en 1981 dejando una obra inacabada, La mirada de Jano, sin continuarla hasta muchos años después, he dejado de escribir desde hace dos años hasta ahora, al menos habitualmente. Ante este nuevo silencio, del que no sé cuándo voy a salir y que sólo interrumpo para escribir algún poema ocasional que me es solicitado, me planteo la posibilidad de esta antología: como si se hubiera cerrado un ciclo. De hecho, así es.

 

En el interesante prólogo que otro gran poeta valenciano, Sergio Arlandis, escribe para introducir al lector en sus poemas, comenta que es difícil adscribir su poética a etiqueta alguna, ¿se encuentra cómodo en esa tesitura o siente afinidad con alguno de los géneros, ya sea vanguardista o tradicional?

Es obvio que en mis lecturas iniciales, como les ha sucedido a todos, estuvieron los clásicos, Bécquer, Machado y Juan Ramón. Luego vinieron los poetas del ’27 más Neruda y Miguel Hernández, y algunos nombres del ’36, como Vivanco y, sobre éste y los demás, Leopoldo Panero. Y muchos de los ’50, claro. De los más jóvenes, fue una revelación Diego Jesús Jiménez, un año mayor que yo. Parece que con estos mimbres tenía que haber estado lejos de lo que estaba naciendo entre los “novísimos”, los autores de mi generación a quienes no conocía, y así fue en mis poemas iniciales y en La danza, un largo poema iniciado en 1965, que recojo en la antología. Sin embargo, cuando empiezo a escribir Naufragio de Narciso (1971-1973) ya tengo en las manos la antología de Castellet, publicada por Barral en 1970, y su influencia es rastreable en ese libro y en la primera parte del siguiente, La mirada de Jano, ya nombrado. Pero luego vino ese largo silencio de 26 años y cuando en 2007 escribo la segunda mitad de “La mirada…” mi voz es otra. ¿Con qué influencias? Con todas y con ninguna. En esos años de silencio ‒que coinciden con mis años de profesor de latín, tras mi salida de la banca‒ he leído mucho, he asimilado, además, a los poetas latinos, y lo he aceptado casi todo. No rechazo nunca un poema bien hecho en el que nunca me paro a diferenciar qué se dice de cómo está dicho. La forma del poema también es el contenido del poema. Por eso no descarto en mi obra ninguna posibilidad formal. Mi libertad es absoluta a la hora de escribir. Sin embargo, no me nace hacerlo en prosa y tiendo, como es natural si hablamos de verso y no de prosa cortada sin más ni más en renglones breves, a la métrica imparisílaba, en la que pienso sin esfuerzo, con naturalidad. Cuando digo “prosa cortada”, muy frecuente y distinta del verso llamado libre, no estoy descartando su validez poética: se trata únicamente de una cuestión de ritmo.

 

De la luz al olvido es un título bastante representativo en cuanto a que alude a ese camino de vida, arte y esplendor que recorre cualquier poeta a lo largo de su existencia, para después hundirse en la cruda realidad del olvido como trasunto de la muerte y el tiempo. Algo que sesga la pretensión humana de trascender y convierte en absurdo cualquier esfuerzo. ¿Ese planteamiento “realista” lo convierte en un poeta de la desolación?

Bueno, eso sería una etiqueta de las que habla Sergio Arlandis, ¿no? No lo sé. Tal vez sea excesiva la palabra “desolación”, al menos para definir mi obra. Yo no soy capaz de etiquetarme pero no me importa que lo hagan otros. Ojalá lo hicieran. Me explico: se añade, en mi caso, a lo ya dicho otra circunstancia que dificulta la tarea del crítico: mi “inexistencia” como poeta y mi ausencia en las antologías canónicas que han surgido durante ese tiempo. Después de Un siglo de poesía en Valencia, aparecida en 1975, en la que fui incluido por Ricardo Bellveser, nadie volvió a hablar de mí cuando pudo hacerse: mi primer libro no se distribuyó por enfermedad y fallecimiento del editor. Sólo tuvo una reseña, favorable pero una, en “Cuadernos Hispanoamericanos” (115, Nov. 1981). Ahora, desde hace seis años, la edición de once libros, seis de ellos de poesía en solitario, y la consecución de varios premios de alguna relevancia, han despertado cierto interés. Pero sigo igual: la distribución de mis libros, todos ellos premiados por instituciones oficiales, es prácticamente nula; las reseñas pueden contarse con los dedos de las manos: nadie me ha “clasificado” y, en consecuencia, casi nadie me ha tenido en cuenta, como es lógico. Y volviendo a la pregunta añado que coincido con su interpretación inicial. Pero se trata, como Vd. dice, de un “planteamiento realista”, sin patetismo alguno. Las citas que abren el libro tras el prólogo son explícitas. Baste una, la de mi admirado Manuel Álvarez Ortega: Del tiempo a la nada, de la rama a la piedra…

 

Es conocido que el libro que desencadenó el interés por la poesía en Jaime Siles, otro de nuestros ilustres poetas valencianos, fue Dios de un día (1962) de Manuel Álvarez Ortega, a quien rememora usted en una de sus citas al principio del libro. ¿Qué libro, qué verso o qué poeta —si es que lo ha habido— provocó en usted ese mismo despertar?

En la casa de mi niñez, muy humilde, había pocos libros, ninguno de poesía. Pero se conservaba un cuaderno de mi tío Víctor, quien, condenado a pena de muerte, sufrió años de cárcel después de la guerra. En él había poemas suyos y poemas ajenos, todos ellos de versos sencillos y emocionados, muy cercanos al sufrimiento de los pobres. Recuerdo una poesía que aprendí de memoria y cuyo principio aún puedo recitar. Se titulaba “Un duro al año”. Me resultaba maravillosa la música de aquellas palabras que intentaba imitar en mis versos infantiles. Muchos años después llegarían las lecturas y los autores que antes he citado, pero no despertaron una vocación que ya existía. Eso sí: me descubrieron que además del ritmo y la rima de los versos sentimentales y bienintencionados existía algo más, que se llamaba poesía. Fundamental en esto fue también para mí, como para Siles, Álvarez Ortega, aunque ya me llegó después, en 1971. En mi opinión, entre los autores vivos, él (junto con Brines, Gamoneda y Caballero Bonald) representaba, hasta su reciente fallecimiento, una de las voces más altas y más personales de la poesía en castellano, al menos en España.

 

Como diría David Acebes Sampedro, otro poeta y amigo que tenemos en común: «usted es un poeta de verdad», algo reconocible teniendo en  cuenta su trayectoria. Sergio Arlandis habla en su prólogo de la autenticidad como valor en alza pero también de la dificultad para distinguirla. ¿Qué factores cree usted que hay en su literatura que le permiten ser reconocido en ese aspecto?

Me alegra esa opinión pero no sé justificarla. Hay poemas en los que me siento reconciliado conmigo mismo a pesar de que el yo del poema es otro (una mujer estéril en Nana de tu ausencia, o un hombre mayor que contempla su casa vacía en La danza, poema escrito a mis veintipocos años, por ejemplo). No se trataría, pues, de la adecuación vida/escritura. Tal vez la respuesta esté en el binomio qué/cómo; es decir, en mi obsesión por darle a un contenido la forma que lo justifica; y al revés, claro. En una poética solicitada ya decía hace cuatro años lo siguiente hablando del poema: No es que no me importe qué se dice en él: es que sólo puede importarme lo que se dice si esta dicho como sólo puede decirse, si se cumple en mí (como lector de una obra ajena y como lector y corrector de mi misma obra, mientras la escribo) el estremecimiento del hallazgo, la fulguración del misterio, la salvación de su necesaria retórica, mejor cuanto menos visible. El lenguaje poético, transgresor por definición, debe salvar la realidad transcendiéndola, y depositarla, encendida, iluminada, en un  lector preparado. Y el primer lector es, tiene que serlo, el propio autor.

 

Quizá influenciado por su amor a la filología y el latín, usted escribió un primer poemario de corte culturalista, sin embargo, posteriormente en cada libro ha ido transitando caminos variados; aunque —como es lógico— ha mantenido el sesgo de autor, cada libro es diferente. ¿Le preocupa repetirse como artista, es inquieto literariamente o esa pluralidad de estilos forma parte de su razón de escritor?

Sí: cada uno de mis libros tiene un registro formal diferente. Y en cada caso hay una razón que lo justifica. Sería ocioso y largo extenderme ahora en explicarlo. Pero, sin excluir el propósito de no repetirme (al menos en lo que concierne a los últimos cinco libros, escritos en un breve plazo de cuatro años) prefiero creer que fui sincero cuando dije, en la poética antes citada, que “ante la página en blanco […] empiezo a ciegas, con la sola guía de una estrofa, de una métrica, de un ritmo… previamente e intuitivamente elegidos la escritura del poema.  De eso depende en gran medida que el texto asuma más o menos riesgos, que se rompa en aristas silenciosas o que fluya, sereno y discursivo; que se inserte más en una tradición poética que en otra. Eso no me importa. Luego, mientras escribo y corrijo, el milagro sucede si sucede, y el poema al concluirse se desvela y me revela.” Sucede, sin embargo, que, como dijo Eliot en un ensayo sobre Yeats (y recojo la cita de César Antonio Molina), “un poeta en la madurez de su vida, para evitar la autoimitación, tenía que seguir tres caminos: dejar de escribir del todo, una opción realmente drástica; repetirse con destreza y virtuosismo; o, finalmente, adaptarse y encontrar un modo de trabajar diferente”. Yo he ensayado ya los tres caminos, y en este momento me veo situado, espero que temporalmente, en el primero desde hace dos años, como también ha quedado dicho.

 

Una de esas pautas de autor que ha conservado a lo largo de los años, métricamente hablando, es la utilización de formatos clásicos como el romance, el madrigal o la décima; su escritura se edifica —genéricamente— sobre los cimientos del canon clásico, incluso teniendo en cuenta la rima consonante. Verso octosílabo, alejandrino y una predilección por el endecasílabo. Sin embargo hay un afán en sus versos por aunar lo clásico y lo moderno. Ceñirse a un corsé métrico aumenta el desafío del poeta, ¿tiene esto algo que ver con una aspiración por conciliar forma y fondo? ¿Cómo definiría usted esta tendencia?

Matizo: el romance no lo he usado, al menos en los poemas que he querido conservar. Tampoco he tanteado el madrigal clásico en silva rimada aunque sí poemas ligeros semejantes en el tono y el asunto. En Naufragio de Narciso el verso libre inicial se acercaba luego con frecuencia a la métrica imparisílaba. Y en En la desposesión los versos se rompen, se escalonan o se solapan sin dejar de ser endecasílabos o heptasílabos. En los libros de formato isométrico, en cambio, los constantes encabalgamientos difuminan o disimulan la acentuación rítmica. Puede decirse, sí, que en mi modo de hacer se unen clasicismo y modernidad.

 

En el primer bloque del libro titulado “Pecios”, encontramos breves poemas escritos entre los 16 y 21 años, poemas de adolescencia que a modo de restos de un naufragio van configurando un mosaico que denota una gran influencia de la Generación del 27. Miguel Hernández, Alberti, García Lorca, fueron lecturas determinantes y poetas a los que todavía homenajea. Sus primeros poemas cohesionan perfectamente con su poética posterior, puesto que ya representaba en ellos técnicas y pensamientos que más tarde desarrollaría, algo que me recuerda a Caballero Bonald, pero que sin embargo es atípico en la mayoría de escritores que escribieron de jóvenes y después triunfaron. ¿Qué tiene que decir usted al respecto?

He querido representar cada uno de esos años (de los 16 a los 21) con un poema. En una selección rigurosa hubieran quedado fuera pero mi deseo era dejar constancia de mi evolución, con sus tanteos iniciales y sus imperfecciones. Tampoco he eliminado poemas no logrados de mis dos primeros libros, para salvaguardar la cohesión del conjunto en cada uno de ellos. En cuanto a la presencia en esos breves y escasos poemas iniciales de técnicas y temas germinales de un desarrollo posterior (métrica, ritmo, estrofas; la luz, el paso del tiempo, el desamor, la ausencia…) es algo no buscado, pero me satisface que así sea, si así es.

 

No voy a preguntarle el motivo de ese silencio editorial que mantuvo usted durante veintiséis años porque eso es algo muy personal, pero llama mucho mi atención ese dilatado tiempo de espera en un autor, un periodo que, sin duda, sirvió para fraguar esa contundente obra, ese universo blasmuñozniano que a partir del año 2007 le llevó a ser laureado en repetidas ocasiones. Este hecho —probablemente— ha sido crucial en su trayectoria como poeta. Háblenos a cerca de lo que significó para usted esta etapa de su vida.

Es difícil de resumir: Yo trabajaba en la banca, con un pasado de militancia sindical difícil y con un futuro profesional incierto. Había estudiado Filología al mismo tiempo que trabajaba, ya casado y con hijos, y en 1981 decidí preparar oposiciones libres a Agregaduría de Latín. Fueron dos años de enclaustramiento total dedicado al estudio y alejado de la poesía y del mundo literario de Valencia, que tanto había frecuentado. En el verano de 1983, durante mi mes vacacional, oposité en Madrid y me convertí en profesor de Bachillerato. Mis primeros destinos, fuera de Valencia ciudad, y la entrega total a una profesión que me entusiasmó hicieron el resto: la poesía permaneció en mí como lector asiduo y al tanto de lo que iba sucediendo, pero se apagó totalmente como autor. En el año 2006 escribo unos poemas ocasionales en mi Instituto con motivo, primero, de la celebración del Día de la Mujer y, después, para despedirme en la revista del centro ante mi inminente jubilación. A finales de ese año, ya jubilado, me reúno con Joaquín Riñón, excompañero de trabajo, y con su amigo Vicente Barberá, y creamos la tertulia poética semanal que luego se llamará El limonero de Homero, integrada, además, por Antonio Mayor y Mª Teresa Espasa. Entonces vuelvo a escribir de forma regular y recupero, además, poemas antiguos. Eso fue todo. Sin misterios. Y sin dramas: Vivir es más fácil que escribir.

 

Desde la perspectiva del tiempo que su experiencia le otorga y como buen conocedor del mundo literario valenciano, ¿cree usted que la poesía que actualmente se escribe en Valencia goza de buena salud?

Sí. Y creo que siempre ha sido así, al menos desde hace un siglo. Pero sin excepcionalidad alguna: lo que opino sería extensible a cualquier otra zona geográfica de España. En nuestro ámbito (y voy a restringirlo aún más refiriéndome sólo a la poesía en castellano) ha habido en cada generación unas voces, pocas, que han ejercido su magisterio y han conciliado a tirios y troyanos (Miguel Hernández, Gil-Albert, Francisco Brines hoy…); luego están algunas voces más ya desaparecidas, tal vez de similar valía pero de reconocimiento menor del debido, a mi juicio (Vicente Gaos, César Simón, María Beneyto, José Albi, Carlos Sahagún, José L. Parra…), y otras voces de autores que perdurarán sin duda (Aguirre, Carnero, Siles, Talens, López-Casanova, Espasa, Bellveser… en una primera hornada, o Marzal, Gallego, Cabrera, Soler,… después). No se trata de acumular nombres porque cabría citar otros muchos y el listado sería casi interminable. Y, después, o también, muchos otros poetas de obra tan estimable como la de los anteriores (que los dioses me perdonen no haberles citado) y algunos jóvenes que están abriendo claramente las puertas de un futuro esperanzador. Por lo demás, todas las corrientes poéticas están representadas, de forma más o menos excluyente entre ellas. Por eso hay algunos compartimentos casi estancos, sobre todo en la ciudad de Valencia, no cerrados totalmente a su intercomunicación. Y todos ellos, en sus pequeñas y respectivas capillas sixtinas, en plena efervescencia de lecturas, de presentaciones o de tertulias con frecuencia coincidentes. Un panorama enriquecedor y, con frecuencia, agotador para quienes quieren asistir o participar.

 

En el año 2011 publicó su relato La caracola que fue ganador del Primer Premio de Relatos del VII Concurso Literario de la UDP Madrid (2007). A pesar de tratarse de un relato poético ¿qué singularidad le brinda la poesía que no le ofrece la prosa?

Soy lector de narrativa, más de breve que de larga para la que no tengo paciencia ni tiempo, pero no me siento narrador. La caracola era un relato escrito en mi juventud que releí al regresar a la escritura. No me disgustó. Lo reescribí con muy pocas modificaciones, necesarias para rebajar su excesivo lirismo, y lo remití a un certamen cuya importancia ignoraba (a pesar de ser uno de los mejor dotados en aquellos años en España) porque estaba restringido a personas mayores. Luego supe que entre los casi quinientos participantes había una docena de nombres conocidos. Ganó el primer premio y se editó ese mismo año, 2007, junto a los otros siete finalistas en un volumen colectivo. En la edición del 2011 volvió a publicarse, esta vez en solitario, en la colección “Breviarios: Raíces de Papel”, ilustrado con montajes fotográficos de Carlos B. Muñoz. Forma, por eso, parte de mi ficha bibliográfica, pero ha sido un accidente aislado en mi obra. La poesía no me exige una hoja de ruta, esa preparación previa que debe preceder a la escritura de un texto narrativo. Aún así, no descarto volver a la narrativa breve. De hecho he transitado, ocasional pero cómodamente, por la escritura de microrrelatos.

 

Y ya para finalizar, ¿qué consejo daría a esos escritores invisibles o poetas que no llegan a grandes editoriales, a grandes distribuidores y siguen escribiendo y participando —a pesar de todo— en concursos que nunca ganan?

No me atrevo a aconsejar mi propio camino a otros. Yo mismo no sé cuál es la razón que lleva a un jurado a elegir un poema entre docenas o entre cientos. Cada jurado es distinto, incluso puede serlo en el mismo premio de una convocatoria a otra, y sería agotador establecer una estrategia para ganar. Diría que hay que creer en la propia obra desde la humildad de saber que podemos y debemos mejorarla. E insistir si creemos en ella. Aparte de esto, los premios honestos (que los hay) no te llevan a “grandes editoriales” y, mucho menos, a “grandes distribuidores”. En mi caso, así es. Otro camino, no seguido por mí y más aconsejable, sería el de hacerse visible, en el entorno real y en el digital. Y eso, con trabajo, con rigor, con paciencia, sin prisas: la juventud tiene un futuro que, a  mi edad, es envidiable.

 

Información sobre Blas Muñoz Pizarro

Blas Muñoz Pizarro es profesor de latín. Licenciado en Filología Hispánica. En 1971 obtuvo el Premio Nacional de Poesía «José Antonio Torres». En 1975 fue incluido en la antología Un siglo de poesía en Valencia, del antólogo Ricardo Bellveser. Publicó en 1981 el poemario Naufragio de Narciso (1971-1973) becado por el Ayuntamiento de Valencia. Ha permanecido luego en silencio editorial hasta el año 2007, en el que reinicia su obra literaria. Finaliza entonces La mirada de Jano, Premio de Poesía “Paco Mollá” 2008 del Ayuntamiento de Petrer.

En estos últimos años ha sido reconocido con numerosos galardones, entre ellos, por citar algunos de los más relevantes, los primeros premios de los certámenes “Pedro Antonio de Alarcón”, “Fray Luis de León”, “Memorial Bruno Alzola García”, “Alfambra”, “Alcaraván”, “Maxi Banegas”, “Villa de La Roda”, “Amigos de La Herradura”, “Ciudad de Archidona” o “Laguna de Duero”…, y ha sido finalista y accésit de los Premios del Tren 2008 “Antonio Machado” de Poesía. Ha sido igualmente finalista, en certámenes para libros, del Premio Fundación Loewe de Poesía (años 2008 y 2010), y de los Premios “Jaén” (2010), “Ciudad de Badajoz” (2010, 2011 y 2012), “Dionisia García-Universidad de Murcia” (2011), “Ciudad de Mérida” (2011) y “Bienal Provincia de León” (2012).

En El limonero de Homero (2010), El limonero de Homero II (2011) y El limonero de Homero III (2012), libros compartidos con sus cuatro compañeros de tertulia literaria, reúne algunos de sus poemas premiados. Además de los libros ya citados, sus últimas publicaciones son: el poemario El que silba entre las cañas, Premio “Poeta Juan Calderón Matador” (2010), el relato La caracola (2011), Primer Premio de Relatos del “Concurso Literario de la UDP 2007”, La herida de los días, Premio de Poesía “Miguel Labordeta 2010” del Gobierno de Aragón (2011), Viva ausencia, Premio de Poesía “Ernestina de Champourcín 2010” de la Diputación Foral de Álava (2011), La mano pensativa, Premio del XXVIII Certamen de Poesía “Ángel Martínez Baigorri” (Lodosa, 2012),  En la desposesión, XV Premio “Flor de Jara” de la Diputación de Cáceres (mayo de 2013) y, por último, De la luz al olvido. Antología personal (1960-2013) [Ediciones Vitruvio. Madrid. 2015].

 

. Con Viva ausencia y La herida de los días ha sido, respectivamente, finalista y ganador, en la modalidad de poesía, de los XXII Premios de la Crítica Literaria Valenciana (2012).

 

Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2015/12/de-la-luz-al-olvido-de-blas-munoz.html?spref=fb