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Título: Memoria crepuscular

Autor: Joaquín Riñón Rey

Editorial: Olé Libros

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 124

ISBN: 978-84-17003-88-3

Joaquín Riñón Rey (Madrid, 1943) debuta en la poesía con “Memoria crepuscular” (Olé Libros, 2018), un poemario inundado  de lucidez y nostalgia que constata la rotundidad de  su voz poética.

    No podemos afirmar fácilmente este hecho ante cualquier poeta que comienza a publicar sus primeros versos, las razones de este libro son manifiestas y varias, entre ellas: Riñón Rey vio ligada su adolescencia al teatro; se licenció y ejerció como profesor de Lengua y Literatura; ya jubilado, pudo dedicarse a cultivar la poesía y durante esta etapa y hasta nuestros días goza de la amistad y magisterio de los miembros del grupo literario El limonero de Homero —al que pertenece—, formado por los poetas y profesores: María Teresa Espasa, Blas Muñoz, Antonio Mayor y Vicente Barberá. Cuatro han sido hasta la fecha las antologías que este grupo ha publicado desde 2010 y en ellas, Riñón Rey ha ido publicando poemas que, además, muchos de ellos han sido premiados, como por ejemplo en los certámenes: Internacional de Poesía “Aldaba”, Premio de Primavera “Luis Chamizo” o el “Fiesta de la Primavera” organizado por la asociación Amigos de la Poesía de Valencia.

El propio Antonio Mayor, miembro de El limonero de Homero, es quien escribe el prólogo del libro, y lo hace de manera exhaustiva y metódica, añadiría, a todos los niveles, resultando un proemio que es la brújula perfecta para adentrarse en las profundidades del libro.

    La experiencia de una vida que ya sobrepasa las siete décadas, unida a una vocación artística que parece haber encontrado el momento idóneo para su eclosión, convierten a “Memoria crepuscular” en un libro que no debe pasar desapercibido para el amante de la buena poesía. Toni Alcolea, editor valenciano que en los últimos meses está haciendo una gran labor editorial, así lo cree y ha apostado sabiamente por la poética de este autor madrileño afincado en Valencia.

    Preguntas y recuerdos parecen fundirse en una moviola que proyecta multitud de registros: poesía metafísica, elegíaca, del silencio, y quizá entre ellos predomine además de la evocación anunciada en el título, un tono reflexivo y poco condescendiente con el desprendimiento y dolor de la historia que narra.

    El libro se estructura en seis partes que carecen de título. En la primera de ellas encontramos el poema titulado “Memoria crepuscular”, el cual coincide con el título del libro, y comprobamos que en él se sintetizan —como bien señala Antonio Mayor en su prólogo— las vigas maestras sobre las cuales el poeta edificará su discurso: presentimiento de la muerte, vacío como sinsentido o soledad, un ejercicio memorístico en el que el silencio cobrará un valor tan importante como ambivalente. En este poema, dividido en diez fragmentos, ya es manifiesta la apuesta por recuperar el valor de la adjetivación, un recurso que el poeta maneja con singular destreza reivindicando con ello su uso. Y encontramos un elemento poemático: la belleza, el cual estará presente durante el poemario pero también en su poema final. De esta manera el poeta enhebra un principio y un final, o un final y un principio —de ahí lo crepuscular—  sin necesidad de recursos forzosos, de una manera natural y circular a la manera de un macrotexto. Este poema funciona también como una suerte de metáfora, ya que la evolución argumental que se da en él va de lo físico a lo metafísico, de la evocación a la aceptación, de la vida a la muerte, exactamente de la misma forma en la que lo hará el libro.

    El segundo apartado se compone de doce poemas en los que hay una ausencia absoluta de comas. Esa decisión de prescindir de ellas es coherente con la idea de despojamiento y pérdida general del libro. Las ausencias, los vacíos, los adioses, son la confirmación de una desposesión paulatina que terminará, no solo eliminándonos, sino también borrando nuestro recuerdo, y ello se representa con la ausencia de signos como traslación de esa fuga al plano textual.

    Quizá este apartado sea el más filosófico. En el poema titulado “La ley” el poeta nos habla de lo inexorable del tiempo, no desde una perspectiva patética o quejumbrosa, sino desde la asunción madura que no muestra resistencia a aquello que le excede, y esa actitud será uno de los tonos y perspectiva generales del libro.

    Una aceptación de ese calibre hace que el poeta emplee a través del léxico recursos que transmitan esa dureza, como por ejemplo, a través de arcaísmos: soledumbre, furente —de marcada fuerza telúrica—; pero también mediante palabras a priori no poéticas utilizadas en mayor medida: informatizado, deletreado, trizada, silueteada; participios que intentan adjetivar e incluso cultismos, todo ello de manera equilibrada, sin llegar a un oscurantismo farragoso.

    Dicha asunción es representada nítidamente en el poema titulado “Caracol pensativo”. Aquí, el caracol simboliza a un ser humano, un ser elemental que se arrastra y vaga en busca de algo por un mundo inhóspito, un ser que carga con todo cuanto es y cuanto recuerda y finalmente se esconde en su concha para permanecer en su ignorancia.

    La tercera parte del poemario corresponde a un solo poema presentado en tres actos. De título “La frontera”, en él el poeta utiliza la luz y el silencio como instrumentos a través de los cuales motivar una experiencia sensorial en el hablante lírico. La mirada encuentra en el espectáculo de la naturaleza un mensaje invisible que es todavía complejo de descifrar pero muy fácil de intuir: «Las piedras y peñascos / —informes, sin medida— / otorgan su verdad / de pedernales siglos».

    La luz seguirá siendo un protagonista importante en el cuarto apartado. En el poema titulado “Las luces de mi casa vacía” el poeta habla de varias luces de naturaleza diferente, y ya sea natural o artificial, siempre advierte en ella connotaciones positivas: « […] luz donde me refugio / de las espumas que no alientan, / y de la voz / de los fantasmas / que me destruyen». Esa acusación a la virulencia de los fantasmas no es otra cosa que la dentellada de la memoria, el dolor que provoca recordar seres queridos y quedar en soledad, en una soledad reflexiva frente a su ausencia.

    Será la reflexión y sensaciones por lo evocado y lo perdido aquello que propiciará que dicha luz trascienda en música: «Canción indescifrable, luz de cáliz / volcada para el credo, / música de himno ambiguo». Y esa música se abre paso al plano textual a través de aliteraciones, como en estos versos: « […] luz de lucidez cósmica / en el convulso pálpito del pulso […] ». La liquidez de su sonoridad devela un curso aéreo que el lector percibe subliminalmente merced a la versatilidad técnica del poeta.

    La apuesta formal del poemario no escoge una métrica concreta, en la blancura de los versos predomina una combinación de versos imparisílabos que oscila entre los endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos en menor medida, frente a la supremacía del eneasílabo. La gama de recursos retóricos del poeta es amplia, desde el encabalgamiento abrupto a la antítesis y el hipérbaton, pasando por aposiciones, elipsis e hipérboles. El poemario está plagado de imágenes sugerentes y referencias a poetas admirados, como Cernuda o Juan de la Cruz, su lectura deja un poso de dolor y escepticismo a partes iguales.

    En el poema titulado “Meditación” encontramos una estrofa que resume a la perfección la esencia del poemario, un pasaje en el que la belleza se revela como vía purificadora del alma:

Ungido por el óleo divino

de esta canción de entera luz,

se idealiza mi nostalgia

 —necesario aparejo

para mi mente reflexiva—;

se extrema el mundo de mis sensaciones

purificándose con la belleza,

aunque nos comunique su expresión

con símbolos de diferente nombre.

    La zona crepuscular o batial del océano es una de las capas en las que la luz comienza a palidecer, un mundo nubloso, preámbulo a la zona abisal, donde hay una completa ausencia de luz. Los versos de Memoria crepuscular parecen haber sido concebidos en dicha zona espiritual, pero durante una caída libre hacia la zona hadal, la latitud más profunda y fría de la memoria y de la vida. Encontramos pesimismo, cierto, pero es más serena y fuerte la aceptación del destino que la queja vacía o el sentimentalismo.

    La quinta parte del libro a través de sus juegos metaliterarios muestra a las claras su postura combativa, resiliencia como actitud para dignificar el dolor. Aquí la escritura se adensa, los poemas se expanden y el poeta se vacía en cuerpo y letra antes de rematar su obra con un tríptico marítimo.

    Su poética cobra vigor al abrazar lo inevitable: «Y así mi pensamiento es mirada que siente / lo permanente como irrevocable»,  y sigue viviendo y poetizando hasta agotar el alma. El ritmo, el silencio, la mirada o la divagación, irán vertebrando poemas reflexivos hasta llegar al poema titulado “Un buen día”. Aquí, un rotundo optimismo desborda las estrofas y convierte a los versos en una oración, en un himno que el poeta grita y esculpe en la piedra de todas las losas: « […] romperemos la luz de la ignorancia / de aquellos que no quieren ver / la floración cuando abre su fruto entre las piedras».

    Una cita de Virgilio: «Y el dolor por fin dejó pasar su voz», como pórtico a la sexta y última parte del libro nos previene de la transformación, de la transición a la transparencia de una conciencia que por más atravesada y rota que se encuentre no implora clemencia.

    El mar, su grandeza y ambigüedad naturales son la metáfora escogida por el poeta para representar en tres partes la culminación de su obra. Ese mar de profundidad crepuscular ofrece la música en el rumor de sus olas, la paz, cuando está en calma, o la furia en su tormenta; todo un mundo de vida sobrevive bajo su superficie y sus profundidades siguen siendo temidas y misteriosas. Ese mar se transforma en un mar de sábanas, medicamentos y agujas en el poema “Mar cerrado”, la voz de la sangre explorando sus límites pone contra las cuerdas, hiere y amenaza a toda esperanza de vida.

    “Muerte en la Malvarrosa” es un estremecedor colofón, cual homenaje a la película Muerte en Venecia, del cineasta italiano Luchino Visconti, ya que el hablante lírico observa a unas muchachas jugar en la orilla de una playa mientras se siente herido de muerte, analogía perfecta de la escena final protagonizada en la película por  Gustav von Aschenbach (alter ego del hablante lírico) y Tadzio (belleza idealizada encarnada en un joven). Frases intertextuales aparecen en cursiva para fortalecer esa imagen de la playa cuyo oxímoron humano nos parece escuchar al ritmo del famoso Adagietto de Gustav Mahler: « […] aquel que ha contemplado la belleza / está condenado a seducirla o morir […] ». Y en este punto comprendemos todo el dramatismo que supone la disquisición estético-filosófica acerca del adiós a la juventud y la belleza, y lo que algunos podrían interpretar como una oda a la pedofilia no es más que el doloroso fin de una era, el réquiem de un soñador que deja intacto su sueño y esa gota de sudor que recorre la sien del moribundo sabemos, por Dirk Bogarde, que es sangre.

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Joaquín Riñón Rey

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Título: El laberinto de Venus

Autora: María Teresa Espasa Moltó

Editorial: Lastura Ediciones

Género: narrativa (relatos)

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 177

ISBN: 978-84-947779-6-7

 

El sello editorial Lastura publica en el número 31 de su colección Alquisa, de narrativa, el último libro de María Teresa Espasa “El laberinto de Venus”, una compilación de relatos eróticos que supone la primera incursión de su autora en este género.

    Nacida en Denia, un bello pueblo de la Marina Alta valenciana, María Teresa Espasa estudió Filosofía y Teología en Valencia, además de Arqueología Bíblica en Israel. De reconocida trayectoria como poeta, algunos títulos publicados son: Desierto articulado (1992), Cuando puedas llama (1999) o Tanto y tanto silencio (2014), obra por la que obtuvo un premio especial en los Premios de la Crítica Literaria Valenciana. Conocida por su dilatada trayectoria como gestora cultural al frente de la asociación de escritores Tertulia la Buhardilla, una de sus últimas aportaciones a la cultura literaria valenciana ha sido la fundación de la Plataforma de Escritoras del Arco Mediterráneo, compuesta por algunas de las mejores voces poéticas de la Comunidad.

    El laberinto de Venus no es un libro de relatos convencional. Al hecho de ser el primer libro de relatos —tras varias décadas escribiendo poesía— publicado por su autora, hay que añadir el hecho de que María Teresa Espasa es ante todo poeta. Y esa mirada de poeta —como bien señaló Ricardo Bellveser en una de las presentaciones del libro— estará presente en todos y cada uno de los relatos, ya sea por la sensibilidad de las descripciones o situaciones de los personajes, por el lenguaje o en la mayoría de casos, por el tratamiento y punto de vista de la idea.

    La identidad poética de la autora irá manifestándose también en el plano argumental, ya que la mayoría de personajes están ligados a la escritura y muchas de las situaciones que viven están relacionadas con el quehacer habitual del mundo literario. Por si fuera poco, gran parte de los personajes son poetas.

    A cada uno de los relatos preceden citas de otros autores, no son autores cualesquiera, sino personas cercanas a la autora y su presencia —en ocasiones, agrupadas por sentido biográfico—, además de introducir al clima de cada historia, supone un detalle de gratitud.

    Es interesante el hecho de encontrar en la prosa de Teresa Espasa analogías formales con su poesía. Ya que la intención fundacional de su escritura es contar, expresarse y comunicar con la mayor claridad posible, esa claridad se traduce en sus párrafos en un lenguaje sencillo y asequible hasta para un lector ocasional. La sencillez aparente de su lectura entraña un enorme trabajo de desbrozo y síntesis, ya que las historias contenidas son por lo general breves (hasta de una página) y en ellas no se encuentra retórica de relleno ni pasajes aburridos o farragosos. La acción es sintética, no solo de principio a fin de cada relato, sino también de principio a fin del libro. Relatos climáticos, por la transparencia de su forma, forma de un fondo que por lo general apela a la emoción.

    Concebido como un ejercicio memorístico en el que se entrevera la ficción, no sabemos si para rellenar espacios que el tiempo y el olvido han ido borrando o para fantasear y saborear impunemente  los gozos del atrevimiento y la irreverencia. Lo cierto y probado, es que Teresa Espasa ofrece cierto grado de ficción en sus historias, pero siempre partiendo de una base biográfica real; algo que ha enseñado a sus alumnos en sus múltiples talleres de escritura y ahora pone en práctica con su narrativa.

    Así, personajes y lugares en los que transcurre la acción, poseen una importancia personal e histórica para la autora y las personas referenciadas. Ir tratando de desentrañar identidades reales tras los personajes, o lugares y sucesos que han tenido lugar tal cual se citan o de forma parecida, es un juego que añade un valor paralelo a la degustación de su lectura.

    Una de esas transfiguraciones la encontramos en el nombre de la protagonista de “todas” las historias, y no es otra que Tsa; acrónimo de Teresa, verdad a medias, pero una verdad al fin y al cabo que señala al yo real del autor, algo que nos hace reflexionar tras leer el primer texto que inaugura el libro, titulado “El yo ficcionado”, unas palabras liminares a modo de poética, en las que ya se nos previene de la delgada línea que separa a la realidad de la ficción y en el que encontramos una pregunta cuya respuesta aspira a justificar ese juego de falsas o verdaderas apariencias: «¿Es preferible un amante de papel construido con palabras , o un amante real que después de seducir esconde la mirada?».

    El primero de los diecisiete relatos lleva por título “Hablemos de Eros”, toda una declaración de intenciones; la forma verbal del título encierra un enclítico «nosotros» que no solo incluye al lector, sino también al autor al mismo nivel y a esto acompaña todas las connotaciones del dios griego Eros, a quien atribuyen la responsabilidad, no solo del amor, sino también del sexo o la fertilidad. En esta primera historia, enfocada como una reunión de amigos, aparece el tema erótico como frívola conversación de un día festivo, lo que da paso a una reflexión mucho más seria y profunda de un amor, que como extensión o como trasunto del sexo en el universo simbólico de la autora, filtrará su poder en cada relato ofreciendo un contraste entre la realidad (amor/desamor) y la ficción (lujuria/sexo) que será uno de los rasgos troncales del libro.

    El relato titulado “La estrategia”, además de nombrar a Ricardo Bellveser, reconocido poeta y periodista, en la cita que lo introduce, alude también al libro de mismo título que Bellveser publicó en 1977, y es justo subrayar la importancia de su autor, tanto en esta obra como en otras de Teresa Espasa, debido a la sana amistad e influencia que los une. En este relato, el narrador se dirige a un coprotagonista, de forma dialógica, desencadenando una pasión que pretende ser erótica pero resulta ser romántica. Y estas dos palabras, `pasión´ y `romanticismo´, definen a la perfección el cariz amatorio de El laberinto de Venus. En el siguiente pasaje puede verse con claridad esta afirmación: «Aunque quisiera, no podría reprimir este afán por abrazarte, ni atemperar mi avaricia por ceñirme a tu cuerpo y decirte: amor, amor…».

    La importancia y trascendencia que la autora da al amor o al sexo en este libro viene estrechamente ligada y condicionada por un plausible estado de ánimo. De escritura intuitiva, puede considerar a enamorarse como algo de vida o muerte: « […] pensé que al igual que Alfonsina yo también podría morir sin amor»; o tomar el hecho de conocer a un hombre apuesto y decidido a conquistar como un mero juego o motivo de diversión, como por ejemplo, en el relato titulado “El pacto”: Nosotras teníamos muchas cosas que compartir. Después de todo, aquel hombre alto, fuerte, elegante, de ojos intensos y mirada penetrante, no nos merecía la pena». En este mismo relato, Tsa, alter ego de la autora, se ve en la tesitura de compartir con su grupo de amigas dos reuniones anuales en las que se olvidarán del mundo y tratarán de compartir y preservar una amistad que, entre otras cosas, es lo que les hace dar algo de sentido a sus mundanas vidas. Y este hecho, no deja de ser un planteamiento utópico y romántico de la amistad en un mundo globalizado y mediatizado por la prisa. El obstáculo de la realidad, las emociones subterráneas, la erosión del tiempo, pero sobre todo, un ejemplo de cómo esquivar la tentación, serán algunas de las propuestas de esta historia protagonizada por cinco amigas.

    Por no destripar al lector más entresijos de un libro al que le invito a adentrarse, terminaré refiriéndome al relato titulado “El regreso de Kaléb”, el cual se presenta como un regreso que es también despedida, una hermosa declaración de amor en forma de aparición que puede leerse en clave lírica como poema en prosa: «Contigo llega la revolución de las cosas pequeñas, astillas de sospecha, recuerdo de una vida que añoraba el susurro de tu voz. // Regresas con la audacia entrecortada, el salitre entre los labios y el beso que siempre  aguarda…».

    No hay rubor ni ofensa en el erotismo de una poeta, pues su búsqueda agónica es la del amor; un amor que restituya el tiempo perdido, que sane las heridas y enseñe a ser feliz. Teresa Espasa llora y grita a través de sus personajes, en ocasiones, sus palabras fingen altanería, orgullo, presunción, pero si fijamos nuestra atención en esos renglones no escritos que todo buen lector intuye y todo buen escritor sugiere, advertiremos que bajo esa petición de amor aguarda un dolor insufrible, un desencanto extremo y una decepción del mundo y sus seres ingratos y mentirosos, que mantiene una constante lucha con su esperanza, su ilusión de vivir y soñar, la virtud de poder amar y ser amada; batalla que teme perder al flaquear sus fuerzas, pero jamás por rendirse, claudicar o simplemente, por no entender la vida de otra forma sino amando.

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Publicado en el blog de Vicente Barberá:

http://vicentebarbera.blogspot.com.es/2017/05/poetas-en-el-ateneo-cronica-de-jose.html?m=1

Publicado en la página web del Ateneo Mercantil de Valencia:

http://www.ateneovalencia.es/poetas-en-el-ateneo-xii-blas-munoz-en-la-poesia-siempre-hay-que-buscar-la-voz-propia/

(Todas las fotografías son autoría de José Luis Vila Castañer).

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De izquierda a derecha: Vicente Barberá, Blas Muñoz y Vicente Bosch. (José Luis Vila Castañer)

 

Presentación

Un 25 de abril nacieron Leopoldo Alas “Clarín” y José Ángel Valente, y por azar del destino, también un 25 de abril —o quizá por justicia poética— el poeta Blas Muñoz Pizarro visitó el ciclo Poetas en el Ateneo, un distinguido foro por el que han dejado huella algunos de los mejores autores líricos valencianos.

Celebrado en el Salón Sorolla del Ateneo Mercantil, uno de los coliseos culturales más señeros de la ciudad de Valencia, dicho ciclo es coordinado por Vicente Bosch, presente en la mesa, y presentado por Vicente Barberá, poeta y compañero del poeta invitado en el grupo literario El limonero de Homero.

A partir de las 19 horas fue llegando el público, hay que destacar que el aforo se llenó, algo que subraya la importancia de Blas Muñoz en el círculo poético valenciano, ya que como viene siendo una costumbre, el mismo día y a la misma hora, los actos literarios se solapan en Valencia.

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Entre el público, algunas de las personas más relevantes del panorama cultural valenciano se dieron cita en lo que, más que una exposición de vida y obra del poeta, se convirtió en un homenaje: Jaime Siles, Pedro J. de la Peña, Ricardo Bellveser, Pedro José Moreno o Elena Torres, fueron algunos de los escritores que acudieron al evento.

Quiero hacer visible la extraordinaria labor de José Luis Vila Castañer, reconocido fotógrafo valenciano, quien es el encargado de inmortalizar a través del objetivo de su cámara estos cíclicos encuentros con poetas destacados.

Vicente Bosch tomó la palabra para agradecer a Muñoz Pizarro su presencia en este proyecto, además de manifestarle su admiración como reconocido poeta, y no menos, mejor persona y amigo. Bosch subrayó el importante compromiso del poeta con la entidad convocante, por lo que terminó su intervención poniendo en valor no solo todo lo que Blas Muñoz ha dado al Ateneo Mercantil como persona, sino también la aportación global del grupo al que pertenece, El limonero de Homero, compuesto además por: María Teresa Espasa, Joaquín Riñón, Antonio Mayor y Vicente Barberá; grupo literario que coordina el Aula I de Poesía del Ateneo.

Era de prever que entre Vicente Barberá, como conductor del encuentro y buen limonero, y Blas Muñoz, surgiesen confidencias y la química de una amistad unida por la poesía deparase momentos de entrañable complicidad.

El Proyecto Poetas en el Ateneo acostumbra a dividirse en tres partes: exposición fotográfica, entrevista de Barberá al poeta invitado y ronda de preguntas del público, todo esto alternado con la proyección de un vídeo y un breve recital a cargo de poetas invitados.

Antes de dar paso a la primera fotografía, Vicente Barberá recordó que por este ciclo han pasado hasta once poetas de la talla de Antonio Cabrera, Jaime Siles, Ricardo Bellveser, Sergio Arlandis, Guillermo Carnero, Vicente Gallego, Rafael Soler, Francisca Aguirre, Pedro J. de la Peña, Juan María Calles o Carlos Marzal. Con la presencia de Blas Muñoz se cierra un periodo que culminará en su próxima entrega para dar paso al parón veraniego, siendo su pretensión reanudar la actividad ya entrados en septiembre. Invitó a los presentes a hacerse con uno de los dípticos sobre el poeta y su poesía que se ofrecían en la entrada al recinto y explicó que estos encuentros pretenden, no solo conocer la labor literaria del poeta convocado, sino también, y lo más importante, conocer un poco más su dimensión humana.

Fotografías

Así pues, dio comienzo el primer bloque. Apareció proyectada en la pantalla una fotografía en blanco y negro donde una joven señorita, ataviada con un vestido y un paraguas oscuros, sonríe a la cámara en mitad de unas vías de tren; el poeta ilustró al público al contar que aquel paisaje era la estación de Aragón (1972) y reveló que aquella mujer era Mercedes, a quien se dirige como Merche, su esposa, presente entre el público, y sus palabras y sus ojos se llenaron de luz. Con aquella pintura, el poeta rememoraba el drástico cambio que sufrió su vida, ya que enamorarse supuso pasar del narcisismo del yo a la entrega sin condiciones, lo que le llevó a escribir el poema “Consumación” y culminar así un poemario que llevaba entre manos, se refería, por supuesto, a Naufragio de Narciso.

La siguiente fotografía mostraba un autógrafo de Juan Gil-Albert, poeta admirado por Blas, quien tras las periódicas visitas de un joven y prometedor poeta, tuvo a bien, no solo dedicarle una de sus obras —Concierto en «mi» menor. Homenaje a Marcel Proust (1974) , sino a esbozar dentro del mismo autógrafo y en palabras de Muñoz Pizarro: la primera crítica a su poesía.

De la nostalgia y veneración de los que, sin duda, son momentos cruciales e imborrables en la etapa de un poeta joven, pasamos a la fotografía número tres, donde el reconocimiento del mundo literario y los primeros pasos de un autor comienzan a hacerse realidad. En esta fotografía en blanco y negro vemos a un Blas Muñoz muy joven y delgado, recogiendo el Premio Nacional de Poesía José Antonio Torres en la ciudad de Tomelloso. Vestido de esmoquin y pajarita, el autor comenta que justo detrás, se encontraba el poeta Antonio Gala. A lo que añade que entre el jurado que lo premió se encontraban el poeta Félix Grande, Eladio Cabañero y García Pavón. El pregonero de las fiestas ese año fue Francisco Umbral y tuvo el privilegio de ser nombrado pregonero para el año siguiente. Sin duda, un espaldarazo para alguien que todavía no había cumplido treinta años y tenía mucho que decir.

El poeta nicaragüense afincado en Valencia, Ricardo Llopesa, amigo de Blas Muñoz desde finales de los años sesenta, es quien aparece en la siguiente fotografía. Recordemos que Muñoz Pizarro tras publicar en 1981 Naufragio de Narciso, mantuvo un silencio editorial hasta el año 2007, momento en que finaliza La mirada de Jano, que fue publicado en 2009 por el Ayuntamiento de Petrer. En este nuevo momento crucial, fue Ricardo Llopesa quien le abrió las puertas de sus tertulias literarias en Valencia, hecho que acabaría siendo decisivo para desencadenar el éxito y repercusión de la etapa posterior del poeta.

No podía faltar una instantánea sobre El limonero de Homero, sus cinco componentes aparecen en la quinta fotografía, lo que aprovecha Blas para dar lectura a una décima compuesta expresamente para ellos. Sobre este grupo hablaremos más adelante, a colación de las preguntas que formulará Barberá.

Con motivo de un viaje a Portugal, y aprovechando que este evento se celebró en el aniversario de la «Revolución de los Claveles», en la siguiente fotografía aparece el poeta posando frente a una librería con un ejemplar de Mensagem, el único libro de Pessoa publicado en vida, hecho que lo llevó a improvisar “Rua do Carmo” un poema que regalará posteriormente a sus compañeros de El limonero, y que lo llevará también a reflexionar sobre el mismo hecho de la improvisación en su poesía: pocas veces sirve un poema escrito deprisa.

En la séptima fotografía vemos al ya desaparecido poeta José Luis Parra, en un instante del año 2011, en el también desaparecido Café Malvarrosa de Valencia. Blas Muñoz recuerda ese momento con sentimientos encontrados, puesto que por un lado, gracias al recital que allí ofreció consolidó su amistad con Juan Pablo Zapater, Francisco Benedito y Víctor Segrelles, hoy editores de la revista 21veintiunversos y entonces gestores culturales de uno de los foros poéticos más emblemáticos de Valencia. Y por otra parte, su amistad con Parra lo llevó a encargarle la presentación de su libro La herida de los días, pero poco después cayó enfermo y falleció. Por este motivo el siguiente libro de Blas Muñoz, En la desposesión, está dedicado emotivamente a José Luis Parra.

Con el motivo de la obtención de otro premio literario, en este caso el Memorial Bruno Alzola García (2011), en la siguiente fotografía vemos a Blas Muñoz en el que sería su tercer encuentro con el maestro Antonio Gamoneda. El momento retratado transcurre en Asturias, en el restaurante La Sauceda, propiedad de Ramón Alzola. Este momento fue una ocasión para manifestar su admiración por el poeta ovetense, así como la satisfacción por haber merecido un prestigioso premio a un soneto clásico.

Sin embargo, de los muchos reconocimientos que Blas Muñoz ha obtenido, El Premio de la Crítica Literaria Valenciana que obtuvo en el año 2012 por su obra La herida de los días, es como él mismo manifiesta: su más preciada distinción. Por ello, la siguiente fotografía recuerda el instante en que Juan Luis Bedins, presidente de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios, le hace entrega del citado galardón.

A continuación, y refiriéndose a una presentación en la Sociedad General de Autores y Editores de Valencia (SGAE) de su libro En la desposesión, un libro por el que consiguió el premio Flor de Jara de la Diputación de Cáceres, el poeta señaló a sus acompañantes aquel día, y no eran otros que Mila Villanueva, presentadora y organizadora del acto a través de Concilyarte, la asociación que preside; Ana Noguera, quien disertó magníficamente sobre el libro y el poeta valenciano José Antonio Olmedo, quien aquel día asistió a la presentación como parte del público y terminó anecdóticamente tocando el piano en el escenario, debido a la ausencia de la pianista anunciada.

La siguiente fotografía, tomada por Guadalupe Grande, rememoró un encuentro en Madrid, en casa de Francisca Aguirre, viuda de Félix Grande. Muñoz Pizarro acudió a la capital acompañando a María Teresa Espasa, quien presentaba en Madrid su libro Tanto y tanto silencio (2014) y a ambos les acompañaba su buen amigo y también poeta, Ricardo Bellveser. Blas recordó que mientras se celebraban en la capital los fastos por la coronación de Felipe VI, todos ellos disfrutaron de una velada íntima e inolvidable.

Marta Hazas, la popular actriz nacida en Santander y protagonista de series televisivas como Velvet o El internado, acompaña a Blas Muñoz en la penúltima fotografía. Tomada en diciembre de 2014 durante la gala de entrega del Premio Laguna de Duero de Valladolid, galardón que obtuvo Blas y gala en la que la actriz participó junto a Javier Veiga, esta instantánea sirvió para que el poeta valorase a esa juventud que lucha, representada en la actriz, pues no solo trabaja en cine y televisión, sino también en el especialmente exigente teatro clásico.

Y para terminar con la sección fotográfica, Blas comentó una instantánea en la que aparecieron Sergio Arlandis, Gregorio Muelas, Mila Villanueva y José Antonio Olmedo. De Sergio Arlandis comentó que escribió un excelente prólogo a su libro De la luz al olvido, un trabajo por el que le está muy agradecido; añadió que Arlandis es uno de los grandes poetas de su generación, además de investigador, por lo que anunció su próxima visita a la Feria del Libro de Valencia en unos días, e invitó a los presentes a conocer (In)verso, su último poemario. A Gregorio Muelas, con quien comparte una buena amistad, se refirió como autor del interesante libro de haikus La soledad encendida, una publicación en coautoría con José Antonio Olmedo, también presente, y a ambos incluyó también en su comentario sobre la nueva revista de crítica y poesía, Crátera, ya que son editores y críticos de la misma, deseándoles una larga y próspera trayectoria en esta nueva etapa. De Mila Villanueva destacó su magnífica labor al frente de Concilyarte, una de las asociaciones valencianas de mayor auge en la actualidad, y alabó también las cualidades como escritora de la autora de Bajo la luna de Kislev. Y por último, Muñoz Pizarro deseó al libro La flor de la vida de José Antonio Olmedo, actualmente nominado a los Premios de la Crítica Literaria Valenciana, la mejor de las suertes y un largo recorrido, pues a su parecer es uno de los libros de poesía más interesantes que se han publicado en Valencia durante el pasado año.

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Collage de las fotografías comentadas. (José Luis Vila Castañer)

Entrevista y recital

Vicente Barberá, en adelante (V.B.), confesó que su amistad con Blas Muñoz (B.M.) se remonta diez años en el tiempo. La culpa de su primer encuentro fue de Joaquín Riñón, ya que los invitó a ambos a la boda de su hija mayor. Aquel fue el momento fundacional de El limonero de Homero, grupo literario con el que han ofrecido más de cuarenta recitales, tanto en Valencia como por el resto de la geografía española. Siguiendo con las palabras de Barberá, admitió que de Blas admira muchas cosas, por ejemplo, su meticulosidad a la hora de trabajar los poemas. Blas es un arquitecto del verso, perfecto conocedor del metro clásico, en su poética abunda el verso medido y su escrupulosa y precisa armonía siempre ha dado que hablar en los corrillos literarios. Por este motivo, Barberá contó que expuso uno de sus poemas a Muñoz Pizarro, fue en el año 2007, y el poema en concreto “El triunfo del amor”. Este gesto es una costumbre cotidiana entre los miembros de El limonero, ya que su amistad y también la experiencia y magisterio de sus componentes hacen posible que de unos a otros opinen de sus obras con naturalidad, con la sana aspiración de aprender y perfeccionar sus textos. El laudo de Blas no dejó indiferente a Vicente, ya que le escribió dos folios de correcciones y recomendaciones demostrando lo que ya sabía: siempre se ha tomado la poesía muy en serio.

Barberá siguió comentando con vehemencia que admira a Muñoz Pizarro por su capacidad para interpretar el sentido de los poemas, su vocación docente unida a su habilidad para desentrañar esa historia subterránea de los versos lo convierten en un artista de lo formal, un excelente poeta, de mucho oficio, perfeccionista y con dominio de la técnica, en definitiva: un maestro con mayúsculas.

V.B: — ¿Para ser un buen poeta es necesario el dominio de la técnica?

B.M: —Sí. Es preciso practicarla hasta dominarla, como también es preciso el proceso de corrección. Hay que escribir métrica sin contar los versos. Antonio Machado decía: líbrate del verso cuando te esclavice. El poema no debe forzarse.

(Pascual Casañ recita el poema “De anaranjadas sombras” contenido en el poemario La mirada de Jano).

V.B: — ¿Por qué ahora no escribes poesía?

B.M: —Nunca me obligo a escribirla. Tampoco sé por qué lo hago cuando la escribo.

V.B: — ¿Es verdad que sufres mientras escribes?

B.M: —Sí, si el poema no es bueno. Si eres exigente con tu trabajo siempre hay una insatisfacción al no estar seguro de dar al poema lo que este te pide. Generalmente, el poema me revela su mensaje cuando lo termino.

V.B: — ¿Qué es la poesía para ti?

B.M: —Si hablara como profesor, diría que es una transgresión, la separación del significante y significado para crear esa grieta abierta en el signo (palabra, poema, obra) una nueva significación. Pero sería insuficiente. La poesía no se agota en ninguna definición, y menos aún si se pide brevedad. En el acto poético, de escritura o de lectura, la realidad se muestra como una revelación intensa por la que una inteligencia emocionada crece en conocimiento y en comunicación. En otras palabras, es la palabra justa en el momento preciso con una carga de emoción que no empañe el poema pero que actúe en el lector.

(Antonio Mayor recita el poema número diez de “El paso de la luz” contenido en el libro De la luz al olvido).

V.B: —De tus poetas preferidos cita tan solo cuatro, tres españoles y uno extranjero.

B.M: —Podría decirte el nombre de 34 poetas. Pero te diré: Garcilaso, Góngora, Claudio Rodríguez y Rilke.

(Recita Joaquín Riñón el poema titulado “Como otras veces” incluido en el libro La mano pensativa).

V.B: — ¿Por qué elegiste el poema titulado “Si de mí hablo” para que aparezca en el díptico?

B.M: —Porque podría decirse que ese poema es como mi propia poética. Nunca sé lo que voy a escribir, cuando escribo no sé a dónde voy. Es al final del poema, como he dicho antes, que el poema se revela, excepto en los poemas de ocasión, dedicados, o cosas así.

(Se proyecta el vídeo realizado por Virgilio Fuero, en el que él mismo recita el poema titulado “Im promptu” perteneciente al libro De la luz al olvido. Terminada la proyección, Fuero regala al poeta el CD con la grabación del mismo).

V.B: — ¿Después del Premio de la Crítica Literaria Valenciana qué otro premio de los que has conseguido consideras más importante?

B.M: —Quizás el Premio del Gobierno de Aragón que me fue entregado por el libro La herida de los días.

(Recita Juan Ramón Barat el poema titulado “Insomnio” incluido en los pecios de la antología De la luz al olvido).

V.B: — Si El limonero de Homero no fuera perfecto ¿cómo podría serlo?

B.M: —Con la interacción de todos ha mejorado con los años. Todos hemos mejorado. La amistad permite decirse con sinceridad las imperfecciones del poema para mejorar.

(Recita Mar Busquets el poema titulado “Nana de tu ausencia”, perteneciente al libro El Limonero de Homero III).

Vicente Barberá anuncia que El limonero de Homero ya prepara su cuarto libro conjunto y da comienzo la ronda de preguntas rápidas.

V.B: — ¿Qué admiras de un poeta?

B.M: —Autenticidad.

V.B: — ¿Qué te hubiese gustado ser además de poeta?

B.M: —Lo que soy.

V.B: —Algo que detestes.

B.M: —El orgullo.

V.B: — ¿Dónde te gustaría vivir, que no sea Valencia?

B.M: —En Cuenca.

V.B: —Nombra un poeta vivo al que admires.

B.M: —Francisco Brines.

V.B: — ¿Cerveza o vino?

B.M: —Vino.

V.B: — ¿Pintura o poesía?

B.M: —Poesía.

V.B: — ¿En qué te gustaría ser mejor?

B.M: —Me gustaría ser mejor como padre, esposo y abuelo.

V.B: —Cita un poema cuya lectura haya sido importante para ti.

B.M: —El primero de Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez.

(Termina la ronda de preguntas rápidas y Blas Muñoz lee algunos de sus poemas).

En primer lugar, el poeta da lectura  al poema “Ella bajo la lluvia” de 1972, inspirado en la fotografía expuesta anteriormente de su esposa Merche, cuando era joven, tomada en la estación de tren de Aragón.

Seguidamente, Muñoz Pizarro comenta que su amigo José Luis Parra le dedicó el poema “Cortes de luz” en su último libro, un texto en el que se evocan los tiempos difíciles de la posguerra. Razón por la cual, Blas Muñoz lee el poema citado y además el poema “1950 (por ejemplo)”, perteneciente a su poemario La herida de los días y lo dedica y lee con tanto cariño hacia su amigo que no puede evitar emocionarse.

Para terminar sus lecturas, Blas recitó un soneto clásico titulado “La mano pensativa” contenido en su libro de mismo nombre.

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Escritores que leyeron poemas del autor invitado. (José Luis Vila Castañer)

Ronda de preguntas del público

Juan Ramón Barat: —Cuando te leo siento que se te entiende, pero con profundidad, eres claro y profundo a la vez. ¿Defiendes claridad y profundidad en la poesía?

B.M: —Pienso que a eso deberían responderte los lectores. Cambio de registro y es muy difícil etiquetarme. En mi libro En la desposesión hay algo de poesía hermética, pero la claridad o el hermetismo vienen dados al autor. Pertenezco a la generación novísima por edad y en mis inicios bebí de ellos, de su culturalismo.

Rafael Pla López: — ¿Una buena poesía debe sorprender o sonar?

B.M: —La sorpresa o la ruptura son relativas, a veces son mínimas, pero necesarias. Hay que prescindir de tópicos, huir de lo trillado. Si suena mucho un poema, malo. Hay que buscar siempre la voz propia.

Salvador Garay: —Me sorprenden tus poetas favoritos.  ¿Qué fue de aquel Blas amante de Rafael Alberti en sus comienzos?

B.M: —He admirado a muchos, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero, Manuel Álvarez Ortega, aunque he ido por etapas. He bebido de muchas fuentes y de Alberti bebí cuando fui adolescente.

Ricardo Bellveser: —En que puede haber poesía no escrita supongo que todos estaremos de acuerdo. Yo también abogo por la claridad en la poesía, las vanguardias espantaron a mucho público de la poesía, tanto experimentar hizo que la mayoría de personas no comprendiesen los poemas. Hay que recuperar la poesía-verdad.

B.M: —Sin dejar de estar de acuerdo, pienso sin embargo que la poesía debe tirar del lector, debe hacerlo crecer. En la ruptura, en la grieta está el poema. También es necesario un punto de extrañeza para desarbolar las convenciones y empujar al lector a terminar el poema.

(A petición de Vicente Barberá una persona del público se presta voluntaria para dar lectura al poema que figura en el díptico y con el que se clausurará el evento).

Antes de dar lectura al poema “Si de mí hablo”, el voluntario confiesa haberse emocionado con lo expuesto en el acto.

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Ronda de preguntas del público. (José Luis Vila Castañer)

Despedida

Vicente Barberá agradece la presencia de todos los asistentes y cede la palabra a Vicente Bosch, Directivo del Ateneo, que emplazó a los allí presentes a interesarse por la próxima entrega de los premios literarios que organiza y concede el Ateneo Mercantil de Valencia, una previsible fiesta de las letras que tendrá lugar los días 10 y 11 de mayo. Por último, despidió el evento no sin antes agradecer al público y a todos los participantes su presencia y colaboración.

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Foto general. (José Luis Vila Castañer)

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Blas Muñoz Pizarro

 

Título: La mano pensativa

Autor: Blas Muñoz Pizarro

Editorial: Ediciones Fecit (en colaboración con el Ayuntamiento de Lodosa)

Número de páginas: 65

Género: Poesía

Fecha de publicación: 2012

País: España

 

     Con una breve pero sugerente acuarela de Susana Benet en la portada, Blas Muñoz nos presenta su poemario La mano pensativa, ganador del “XXVIII Certamen Poético Ángel Martínez Baigorri 2011”. Dicho premio, organizado por el Ayuntamiento de Lodosa (Navarra), fue fallado el 9 de Marzo de 2012 con un jurado compuesto por: Daniel Aldaya Marín, Javier Asiain Urtasun y Victor Izco Cruz, quienes consideraron a la obra de Muñoz Pizarro la justa merecedora de tal galardón.

     Susana Benet, no se limita a ilustrar la cubierta del volumen, sino que también firma un excelente prólogo que resulta una magnífica introducción al lector. Recordemos que Susana, es toda una institución en el mundo del haiku cultivado por occidentales, una autora paradigmática —si se me permite— en este formato poético para algunos, vía espiritual para otros, ya que conjuga como nadie la dimensión humana con esa mirada trascendente del haijín en un arriesgado carácter de estilo que su talento y oficio le han hecho distinguirse como autora de haiku, y es precisamente ese leit motive, el haiku y otras formas poéticas japonesas, las hormas escogidas por Muñoz Pizarro para este poemario.

     La mano pensativa comienza con un fragmento de la obra “Círculo total”, y dice así: …un bosque, ya extinguido, por donde el hombre pasa, materia incandescente, de la luz al olvido. Y en estos versos, el poeta encuentra un motivo vehicular para toda la obra, ya que le sirven para subtitular cada bloque; de alguna manera, esta estrofa une los diferentes bloques y cohesiona el conjunto referenciando con ello la cuadratura de su propio título. Tras este metafísico envido encontramos el único soneto del libro, —y pieza clave— titulado igual que la obra, una  pieza que sirve de fantástica apertura, no sólo ya por su temática, pues habla acerca de los elementos y de la importancia de trascender al tiempo mediante la escritura, sino por la sonoridad de su rima, un soneto de estilo clásico con ritmo interior, que contrasta enormemente con la blancura de los haikus posteriores. La importancia de este soneto en el libro es su valor enunciativo, ya que advierte que el autor, en lugar de aludir a las estaciones del año —rasgo fundamental en el haiku de lo sagrado— utilizando palabras kigo, Blas Muñoz utiliza los cuatro elementos de la naturaleza como síntesis “estacional” y eje humano, trascendiendo con ello el valor polisémico de lo matérico. Quizá por ello, por ese contraste tan notorio, y por la indudable belleza y síntesis del endecasílabo clásico, haya escogido el autor esta forma poética para comenzar su andadura.

     “Haikus de la piedra en el agua” es el primer bloque de versos, repartidos en veinticinco poemas, hecho que se repite en los bloques posteriores, veinticinco senryus y veinticinco tankas, lo que dota al conjunto de una armónica simetría. La estructura métrica que utiliza el poeta es la del haiku clásico, diecisiete sílabas distribuidas en tres versos sin rima: 5 / 7 / 5. Iniciados ya en ese bosque metafísico, encontramos joyas de valor pictórico como: Vuelve a llover, / se desbordan los cálices / de los narcisos. Este es un buen ejemplo de la plasticidad, pictoricidad y sonoridad de la palabra lírica en Muñoz Pizarro, cualidades que estarán presentes durante todo el libro. Atendiendo a la preceptiva de los maestros japoneses, los haikus de Blas Muñoz tienen como eje matriz el principio de la subjetividad, pero en la traslación al papel de esa mirada trascendente del artista, ese principio implica la idea de interioridad y particularidad. Dos profundos escenarios: el universo de la naturaleza  y la conciencia humana; el lienzo en el que esa coalescencia ocurre es la palabra, la palabra poética. Esta articulación sucede cuando la animación atraviesa y supera la mera presencia de los objetos para convertirse, así, en apariencia espiritual, en transfiguración de los motivos representados.

   En la maraña / del granado sin hojas, / un petirrojo. He escogido este haiku porque su alusión al suceso —rasgo imprescindible del haiku verdadero— es sutil hasta el punto en que algunos podrían considerarlo zappai; el zappai es otro formato poético que respeta la estructura métrica del haiku clásico pero prescinde del suceso. Es tan densa como luminosa la sensibilidad y riqueza de matices en la escritura de Muñoz Pizarro, recordemos la dificultad de este tipo de poesía oriental, un parangón de imagen y síntesis que fue popularizado Bashô. Además de ceñirse al cómputo de diecisiete sílabas sin rima, lo cual obliga a desdeñar la retórica y el artificio, hay una exigencia en cuanto al protagonismo del yo lírico, una frontera a veces no muy bien definida y que, como en el caso del libro que nos ocupa, no siempre es tan sencillo demarcar.

     En “Senryus del sueño de la tierra”, el segundo bloque, Muñoz Pizarro hace gala del oficio de un autor que lleva toda una vida dedicada a la escritura y ha cosechado numerosos éxitos, no en vano alcanza cotas de lírica madurez: Entre sus dedos / latía el corazón / de las palabras. Aquí el lenguaje y el ser humano se entremezclan, ya amparados por la permisividad del senryu, y lo metapoético florece para aportar su prisma a este poliedro sensorial: Cae una lágrima / como si fuera un punto: / fin del poema.

     En “Tankas de la sombra del fuego”, tercer bloque del poemario,  la poesía de Muñoz Pizarro se intensifica en registros dada la mayor amplitud que ofrece el formato, no sólo en extensión, sino de contenido, y con dos heptasílabos más es capaz de crear poemas como estos: Junto al jazmín / han crecido alhelíes / que no he plantado: / ¿Quién puede rechazar / un regalo de nadie? Existe la contemplación del hombre frente a la Naturaleza, existe el sacro vínculo de la persona con el mundo, hay reflexión: En las paredes / de esta casa de campo / abandonada / la humedad sueña sombras / de los que aquí vivieron. No conviene desvelar en esta reseña más poemas que los citados, animo a los lectores a zambullirse en su lectura y a descubrir por sí mismos, tanto la polivalencia de Blas Muñoz Pizarro, como los múltiples registros que la poesía oriental nos ofrece.

     Un poema en verso libre y una cita de Octavio Paz, cierran una obra bien estructurada y figurativa, coherente con la voz y forma poética del autor. Si como el propio poeta reconoció durante la presentación del libro en la Sociedad General de Autores y Editores de Valencia, este trabajo fue emprendido como descanso de su obra Viva ausencia (Diputación Foral de Álava, 2010), es decir, escrito en intervalos donde el artista necesitaba salir de los corsés del canon más estricto de estructuras clásicas para oxigenarse e impulsar su creación; si es así, entonces, bendito sea ese descanso del guerrero.

Publicado en:

http://revistadeletras.net/espasa-en-alguna-parte-es-otono/

 

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Título: En alguna parte es otoño

Autora: María Teresa Espasa

Editorial: Hiperión

Género: poesía

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 80

ISBN: 978-84-9002-070-8

 

El número 692 de la colección de poesía de la editorial Hiperión, colección dirigida por el poeta Jesús Munárriz, corresponde al más reciente poemario de María Teresa Espasa, En alguna parte es otoño, un trabajo que mereció el XXXII Premio Ciudad de Valencia “Vicente Gaos”, uno de los premios literarios más prestigiosos de la Comunidad Valenciana.

Desde el año 1978 en que María Teresa Espasa publicó A través del silencio (Adelapos, 1978), su primer poemario, hasta la actualidad, la poeta de Denia ha publicado dieciocho poemarios. Su trayectoria literaria se ha visto jalonada de numerosos premios y reconocimientos, no solo en su faceta literaria, sino también como ensayista y narradora.

Dos son los temas troncales en la poética de Teresa Espasa: el amor y el tiempo; amor como gran tesoro a merecer, conquistar y proteger; un amor platónico y deslumbrante que puede tornarse en herida y dolor, un dolor que en la mirada melancólica de la poeta se traduce en todas sus representaciones posibles; y el tiempo, verdugo de todo cuanto amamos y maestro cruel que puede transformarse en muerte u olvido.

Amor y tiempo son las preocupaciones de esta poeta, unas preocupaciones que la conducen a la reflexión, a la nostalgia, y por tanto, al silencio. En el silencio de Teresa Espasa se fragua su rebeldía, su estupor, su fascinación, su dolor, su poesía. Sus versos son humanos, sinceros, desnudos; ante ellos puede verse reflejado cualquier ser viviente: ¿Cómo expresar con palabras / la raíz última / de lo que siento? De esta forma comienza el poemario, confesando una debilidad, tratando de sortear una dificultad imposible por inefable. Pero antes de traspasar ese “Pórtico”, título del primer poema, la autora revela de forma sencilla el desgarrador enclave desde donde se dispone a narraros su historia: […] la letra capitular que guía esta historia papita por las / calles en medio de la nada. / ¡Este ha sido mi mundo! / He perdido la noción y la inocencia del tiempo, ahora sólo busco escribir mi destino…

Esa confesión es trágica, descorazonadora, de ese desencuentro entre uno mismo y con los demás nace un sentimiento artístico que, lejos de llorar, lamentarse o temer, hace que la poeta celebre la vida y con ella, todos sus dones: A pesar de los retos impuestos / por la vida, / allí estabas, / sobre frágiles capas de arena, / dunas color ocre.

Dicha celebración no está exenta de melancolía, incluso de tristeza, pero predomina en ella una necesidad de búsqueda, de comprensión, que la empuja a reconocerse en la memoria; pero hasta la memoria -cuando el tiempo interviene- es imprecisa, traidora, difusa; la poeta, lejos de rendirse, reconstruye esa memoria o desmemoria utilizando tan sólo su poesía, acaso todo cuanto tiene: Cuando se acerca diciembre / y no sé dónde pensarte, / leo tus poemas, // y las horas se suceden sin remedio / y tu imagen cabrillea / en el fondo del espejo. // Y no logro saber: / dónde la ficción, / dónde el olvido. // Cuándo la memoria.

La poesía de Teresa Espasa posee un gran calado romántico, pero también existencial, a través de un lenguaje sencillo, a la par que evocador, la poeta narra algunos momentos que marcaron su vida al mismo tiempo que da lugar y color a esas calas del pensamiento que yacen anegadas bajo la marea del tiempo y que tanto necesita recobrar.

La sutileza a la hora de abordar esos recuerdos -vividos o inventados- revela una escritura sensorial que huye de la retórica y el artificio. Uno de los rasgos característicos de la poeta es, pese a su vasta erudición, la sencillez lingüística, la claridad, lo que no implica simplicidad, sino la ausencia de trucos.

El poemario está dividido en seis partes, seis tiempos en los que la poeta divide el tránsito de su mirada. En el primer tiempo, llamado “Pórtico” se exponen las preocupaciones y poética: las imposibilidades y su angustia, el desbaste que produce lo breve de lo efímero, la sed de quien ama más allá de sí.

El segundo tiempo lleva por título “Los tiempos de la vida” y en él se suceden como fugaces resplandores del pasado, momentos donde la ilusión del amor da paso a la incertidumbre de la duda, el corazón de la poeta transita las arenas movedizas de un tiempo que recuerda, pese a todo, con ternura.

“La ley de los caminos” es el tercer tiempo y el más extenso del libro. Una hoja de ruta a modo de cuaderno paisajístico. Los montes de Gredos, Santillana del Mar, New York o el Montgó de Denia, son algunos de los parajes donde las rémoras de la artista la conducen a versos existenciales en los que todo es una bruma, un reflejo desfigurado, un espejismo.

El cuarto tiempo es “Cuando llega el silencio”, un pasaje inundado del vacío sonoro que se transforma en un arma letal en manos de la soledad. Los títulos de los poemas que componen este apartado hablan por sí solos: “Preguntas –sólo eso”, “La sal de la memoria”, “En el país de las sombras”, “Donde el azar le duele a cada uno” y “Año tras año”.

El quinto tiempo, titulado “Después de todo, regresar es lo que importa” se convierte en un breve devocionario que incluye súplicas al amado idolatrado; el reconocimiento de la duda como algo que puede ser positivo; e incluso la gallardía de afrontarse a sí mismo y aceptarse y reconocerse tal como uno es.

“Junto a ti me deslizo” clausura el poemario regresando al amor, un retorno al origen de la herida, inmarcesible, perturbador, quizá la única tabla de salvación posible para enfrentar el tiempo que eclosiona, se expande y estremece al desangrarse sobre la última estrofa.

María Teresa Espasa, ha sido y es una figura clave en la poesía valenciana de las últimas décadas, su labor al frente de la Asociación de Escritores Tertulia la Buhardilla ha marcado un antes y un después en el modo de hacer y entender la poesía en la capital del Turia. Durante años ha sido antóloga de voces poéticas hoy maduras y reconocidas a nivel nacional; también ha sido editora, fundadora de la revista Corondel, y por derecho propio, ha sido y es una institución y un referente cultural para varias generaciones de poetas.

 

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Con motivo de la reciente publicación de De la luz al olvido (Vitruvio, 2015), una antología poética que abarca un periodo vital de más de cinco décadas, el poeta valenciano Blas Muñoz Pizarro hace balance de un ciclo literario que recorre desde los poemas de juventud a la madurez, pasando por la plenitud y el reconocimiento.

 

Entrevista

Muchos aficionados a la poesía en Valencia, entre los que me incluyo, pensamos que este libro era necesario, no sólo abarca su amplia trayectoria como poeta, sino que incluye libros íntegros y un poemario inédito. ¿Cómo surgió la idea de editar este libro y por qué ahora?

Tras la escritura de En la desposesión, mi última experimentación formal, regresé, parcialmente al menos, al tono de La herida de los días con un nuevo proyecto: un poemario en endecasílabos blancos, en esa ocasión no con la estructura del soneto usada en “La herida…” sino con una serie de poemas, en endecasílabos también, sí, pero sometidos a la horma de las 20 líneas en cada uno de ellos. El verso final de uno era, a su vez, el verso inicial del siguiente: exigencias formales no gratuitas sino significativas. El proyecto pretendía desarrollarse en tres partes dedicadas, respectivamente, a la mañana, la tarde y la noche. En cada una de ellas, el yo lírico seguía el transcurrir del tiempo en doce poemas que se iniciaban en noviembre y finalizaban en octubre: la mirada (y la palabra) seguía la mañana, mes a mes, desde el amanecer hasta el mediodía, en un espacio exterior; la tarde, mes a mes, en el espacio interior de la casa; y la noche, mes a mes, en otro espacio interior: el de la propia conciencia. La primera parte concluyó, con el título de El paso de la luz (el poemario inédito que cierra De la luz al olvido), pero sólo pude escribir dos poemas de la segunda parte que no me satisficieron. Y del mismo modo que dejé de escribir en 1981 dejando una obra inacabada, La mirada de Jano, sin continuarla hasta muchos años después, he dejado de escribir desde hace dos años hasta ahora, al menos habitualmente. Ante este nuevo silencio, del que no sé cuándo voy a salir y que sólo interrumpo para escribir algún poema ocasional que me es solicitado, me planteo la posibilidad de esta antología: como si se hubiera cerrado un ciclo. De hecho, así es.

 

En el interesante prólogo que otro gran poeta valenciano, Sergio Arlandis, escribe para introducir al lector en sus poemas, comenta que es difícil adscribir su poética a etiqueta alguna, ¿se encuentra cómodo en esa tesitura o siente afinidad con alguno de los géneros, ya sea vanguardista o tradicional?

Es obvio que en mis lecturas iniciales, como les ha sucedido a todos, estuvieron los clásicos, Bécquer, Machado y Juan Ramón. Luego vinieron los poetas del ’27 más Neruda y Miguel Hernández, y algunos nombres del ’36, como Vivanco y, sobre éste y los demás, Leopoldo Panero. Y muchos de los ’50, claro. De los más jóvenes, fue una revelación Diego Jesús Jiménez, un año mayor que yo. Parece que con estos mimbres tenía que haber estado lejos de lo que estaba naciendo entre los “novísimos”, los autores de mi generación a quienes no conocía, y así fue en mis poemas iniciales y en La danza, un largo poema iniciado en 1965, que recojo en la antología. Sin embargo, cuando empiezo a escribir Naufragio de Narciso (1971-1973) ya tengo en las manos la antología de Castellet, publicada por Barral en 1970, y su influencia es rastreable en ese libro y en la primera parte del siguiente, La mirada de Jano, ya nombrado. Pero luego vino ese largo silencio de 26 años y cuando en 2007 escribo la segunda mitad de “La mirada…” mi voz es otra. ¿Con qué influencias? Con todas y con ninguna. En esos años de silencio ‒que coinciden con mis años de profesor de latín, tras mi salida de la banca‒ he leído mucho, he asimilado, además, a los poetas latinos, y lo he aceptado casi todo. No rechazo nunca un poema bien hecho en el que nunca me paro a diferenciar qué se dice de cómo está dicho. La forma del poema también es el contenido del poema. Por eso no descarto en mi obra ninguna posibilidad formal. Mi libertad es absoluta a la hora de escribir. Sin embargo, no me nace hacerlo en prosa y tiendo, como es natural si hablamos de verso y no de prosa cortada sin más ni más en renglones breves, a la métrica imparisílaba, en la que pienso sin esfuerzo, con naturalidad. Cuando digo “prosa cortada”, muy frecuente y distinta del verso llamado libre, no estoy descartando su validez poética: se trata únicamente de una cuestión de ritmo.

 

De la luz al olvido es un título bastante representativo en cuanto a que alude a ese camino de vida, arte y esplendor que recorre cualquier poeta a lo largo de su existencia, para después hundirse en la cruda realidad del olvido como trasunto de la muerte y el tiempo. Algo que sesga la pretensión humana de trascender y convierte en absurdo cualquier esfuerzo. ¿Ese planteamiento “realista” lo convierte en un poeta de la desolación?

Bueno, eso sería una etiqueta de las que habla Sergio Arlandis, ¿no? No lo sé. Tal vez sea excesiva la palabra “desolación”, al menos para definir mi obra. Yo no soy capaz de etiquetarme pero no me importa que lo hagan otros. Ojalá lo hicieran. Me explico: se añade, en mi caso, a lo ya dicho otra circunstancia que dificulta la tarea del crítico: mi “inexistencia” como poeta y mi ausencia en las antologías canónicas que han surgido durante ese tiempo. Después de Un siglo de poesía en Valencia, aparecida en 1975, en la que fui incluido por Ricardo Bellveser, nadie volvió a hablar de mí cuando pudo hacerse: mi primer libro no se distribuyó por enfermedad y fallecimiento del editor. Sólo tuvo una reseña, favorable pero una, en “Cuadernos Hispanoamericanos” (115, Nov. 1981). Ahora, desde hace seis años, la edición de once libros, seis de ellos de poesía en solitario, y la consecución de varios premios de alguna relevancia, han despertado cierto interés. Pero sigo igual: la distribución de mis libros, todos ellos premiados por instituciones oficiales, es prácticamente nula; las reseñas pueden contarse con los dedos de las manos: nadie me ha “clasificado” y, en consecuencia, casi nadie me ha tenido en cuenta, como es lógico. Y volviendo a la pregunta añado que coincido con su interpretación inicial. Pero se trata, como Vd. dice, de un “planteamiento realista”, sin patetismo alguno. Las citas que abren el libro tras el prólogo son explícitas. Baste una, la de mi admirado Manuel Álvarez Ortega: Del tiempo a la nada, de la rama a la piedra…

 

Es conocido que el libro que desencadenó el interés por la poesía en Jaime Siles, otro de nuestros ilustres poetas valencianos, fue Dios de un día (1962) de Manuel Álvarez Ortega, a quien rememora usted en una de sus citas al principio del libro. ¿Qué libro, qué verso o qué poeta —si es que lo ha habido— provocó en usted ese mismo despertar?

En la casa de mi niñez, muy humilde, había pocos libros, ninguno de poesía. Pero se conservaba un cuaderno de mi tío Víctor, quien, condenado a pena de muerte, sufrió años de cárcel después de la guerra. En él había poemas suyos y poemas ajenos, todos ellos de versos sencillos y emocionados, muy cercanos al sufrimiento de los pobres. Recuerdo una poesía que aprendí de memoria y cuyo principio aún puedo recitar. Se titulaba “Un duro al año”. Me resultaba maravillosa la música de aquellas palabras que intentaba imitar en mis versos infantiles. Muchos años después llegarían las lecturas y los autores que antes he citado, pero no despertaron una vocación que ya existía. Eso sí: me descubrieron que además del ritmo y la rima de los versos sentimentales y bienintencionados existía algo más, que se llamaba poesía. Fundamental en esto fue también para mí, como para Siles, Álvarez Ortega, aunque ya me llegó después, en 1971. En mi opinión, entre los autores vivos, él (junto con Brines, Gamoneda y Caballero Bonald) representaba, hasta su reciente fallecimiento, una de las voces más altas y más personales de la poesía en castellano, al menos en España.

 

Como diría David Acebes Sampedro, otro poeta y amigo que tenemos en común: «usted es un poeta de verdad», algo reconocible teniendo en  cuenta su trayectoria. Sergio Arlandis habla en su prólogo de la autenticidad como valor en alza pero también de la dificultad para distinguirla. ¿Qué factores cree usted que hay en su literatura que le permiten ser reconocido en ese aspecto?

Me alegra esa opinión pero no sé justificarla. Hay poemas en los que me siento reconciliado conmigo mismo a pesar de que el yo del poema es otro (una mujer estéril en Nana de tu ausencia, o un hombre mayor que contempla su casa vacía en La danza, poema escrito a mis veintipocos años, por ejemplo). No se trataría, pues, de la adecuación vida/escritura. Tal vez la respuesta esté en el binomio qué/cómo; es decir, en mi obsesión por darle a un contenido la forma que lo justifica; y al revés, claro. En una poética solicitada ya decía hace cuatro años lo siguiente hablando del poema: No es que no me importe qué se dice en él: es que sólo puede importarme lo que se dice si esta dicho como sólo puede decirse, si se cumple en mí (como lector de una obra ajena y como lector y corrector de mi misma obra, mientras la escribo) el estremecimiento del hallazgo, la fulguración del misterio, la salvación de su necesaria retórica, mejor cuanto menos visible. El lenguaje poético, transgresor por definición, debe salvar la realidad transcendiéndola, y depositarla, encendida, iluminada, en un  lector preparado. Y el primer lector es, tiene que serlo, el propio autor.

 

Quizá influenciado por su amor a la filología y el latín, usted escribió un primer poemario de corte culturalista, sin embargo, posteriormente en cada libro ha ido transitando caminos variados; aunque —como es lógico— ha mantenido el sesgo de autor, cada libro es diferente. ¿Le preocupa repetirse como artista, es inquieto literariamente o esa pluralidad de estilos forma parte de su razón de escritor?

Sí: cada uno de mis libros tiene un registro formal diferente. Y en cada caso hay una razón que lo justifica. Sería ocioso y largo extenderme ahora en explicarlo. Pero, sin excluir el propósito de no repetirme (al menos en lo que concierne a los últimos cinco libros, escritos en un breve plazo de cuatro años) prefiero creer que fui sincero cuando dije, en la poética antes citada, que “ante la página en blanco […] empiezo a ciegas, con la sola guía de una estrofa, de una métrica, de un ritmo… previamente e intuitivamente elegidos la escritura del poema.  De eso depende en gran medida que el texto asuma más o menos riesgos, que se rompa en aristas silenciosas o que fluya, sereno y discursivo; que se inserte más en una tradición poética que en otra. Eso no me importa. Luego, mientras escribo y corrijo, el milagro sucede si sucede, y el poema al concluirse se desvela y me revela.” Sucede, sin embargo, que, como dijo Eliot en un ensayo sobre Yeats (y recojo la cita de César Antonio Molina), “un poeta en la madurez de su vida, para evitar la autoimitación, tenía que seguir tres caminos: dejar de escribir del todo, una opción realmente drástica; repetirse con destreza y virtuosismo; o, finalmente, adaptarse y encontrar un modo de trabajar diferente”. Yo he ensayado ya los tres caminos, y en este momento me veo situado, espero que temporalmente, en el primero desde hace dos años, como también ha quedado dicho.

 

Una de esas pautas de autor que ha conservado a lo largo de los años, métricamente hablando, es la utilización de formatos clásicos como el romance, el madrigal o la décima; su escritura se edifica —genéricamente— sobre los cimientos del canon clásico, incluso teniendo en cuenta la rima consonante. Verso octosílabo, alejandrino y una predilección por el endecasílabo. Sin embargo hay un afán en sus versos por aunar lo clásico y lo moderno. Ceñirse a un corsé métrico aumenta el desafío del poeta, ¿tiene esto algo que ver con una aspiración por conciliar forma y fondo? ¿Cómo definiría usted esta tendencia?

Matizo: el romance no lo he usado, al menos en los poemas que he querido conservar. Tampoco he tanteado el madrigal clásico en silva rimada aunque sí poemas ligeros semejantes en el tono y el asunto. En Naufragio de Narciso el verso libre inicial se acercaba luego con frecuencia a la métrica imparisílaba. Y en En la desposesión los versos se rompen, se escalonan o se solapan sin dejar de ser endecasílabos o heptasílabos. En los libros de formato isométrico, en cambio, los constantes encabalgamientos difuminan o disimulan la acentuación rítmica. Puede decirse, sí, que en mi modo de hacer se unen clasicismo y modernidad.

 

En el primer bloque del libro titulado “Pecios”, encontramos breves poemas escritos entre los 16 y 21 años, poemas de adolescencia que a modo de restos de un naufragio van configurando un mosaico que denota una gran influencia de la Generación del 27. Miguel Hernández, Alberti, García Lorca, fueron lecturas determinantes y poetas a los que todavía homenajea. Sus primeros poemas cohesionan perfectamente con su poética posterior, puesto que ya representaba en ellos técnicas y pensamientos que más tarde desarrollaría, algo que me recuerda a Caballero Bonald, pero que sin embargo es atípico en la mayoría de escritores que escribieron de jóvenes y después triunfaron. ¿Qué tiene que decir usted al respecto?

He querido representar cada uno de esos años (de los 16 a los 21) con un poema. En una selección rigurosa hubieran quedado fuera pero mi deseo era dejar constancia de mi evolución, con sus tanteos iniciales y sus imperfecciones. Tampoco he eliminado poemas no logrados de mis dos primeros libros, para salvaguardar la cohesión del conjunto en cada uno de ellos. En cuanto a la presencia en esos breves y escasos poemas iniciales de técnicas y temas germinales de un desarrollo posterior (métrica, ritmo, estrofas; la luz, el paso del tiempo, el desamor, la ausencia…) es algo no buscado, pero me satisface que así sea, si así es.

 

No voy a preguntarle el motivo de ese silencio editorial que mantuvo usted durante veintiséis años porque eso es algo muy personal, pero llama mucho mi atención ese dilatado tiempo de espera en un autor, un periodo que, sin duda, sirvió para fraguar esa contundente obra, ese universo blasmuñozniano que a partir del año 2007 le llevó a ser laureado en repetidas ocasiones. Este hecho —probablemente— ha sido crucial en su trayectoria como poeta. Háblenos a cerca de lo que significó para usted esta etapa de su vida.

Es difícil de resumir: Yo trabajaba en la banca, con un pasado de militancia sindical difícil y con un futuro profesional incierto. Había estudiado Filología al mismo tiempo que trabajaba, ya casado y con hijos, y en 1981 decidí preparar oposiciones libres a Agregaduría de Latín. Fueron dos años de enclaustramiento total dedicado al estudio y alejado de la poesía y del mundo literario de Valencia, que tanto había frecuentado. En el verano de 1983, durante mi mes vacacional, oposité en Madrid y me convertí en profesor de Bachillerato. Mis primeros destinos, fuera de Valencia ciudad, y la entrega total a una profesión que me entusiasmó hicieron el resto: la poesía permaneció en mí como lector asiduo y al tanto de lo que iba sucediendo, pero se apagó totalmente como autor. En el año 2006 escribo unos poemas ocasionales en mi Instituto con motivo, primero, de la celebración del Día de la Mujer y, después, para despedirme en la revista del centro ante mi inminente jubilación. A finales de ese año, ya jubilado, me reúno con Joaquín Riñón, excompañero de trabajo, y con su amigo Vicente Barberá, y creamos la tertulia poética semanal que luego se llamará El limonero de Homero, integrada, además, por Antonio Mayor y Mª Teresa Espasa. Entonces vuelvo a escribir de forma regular y recupero, además, poemas antiguos. Eso fue todo. Sin misterios. Y sin dramas: Vivir es más fácil que escribir.

 

Desde la perspectiva del tiempo que su experiencia le otorga y como buen conocedor del mundo literario valenciano, ¿cree usted que la poesía que actualmente se escribe en Valencia goza de buena salud?

Sí. Y creo que siempre ha sido así, al menos desde hace un siglo. Pero sin excepcionalidad alguna: lo que opino sería extensible a cualquier otra zona geográfica de España. En nuestro ámbito (y voy a restringirlo aún más refiriéndome sólo a la poesía en castellano) ha habido en cada generación unas voces, pocas, que han ejercido su magisterio y han conciliado a tirios y troyanos (Miguel Hernández, Gil-Albert, Francisco Brines hoy…); luego están algunas voces más ya desaparecidas, tal vez de similar valía pero de reconocimiento menor del debido, a mi juicio (Vicente Gaos, César Simón, María Beneyto, José Albi, Carlos Sahagún, José L. Parra…), y otras voces de autores que perdurarán sin duda (Aguirre, Carnero, Siles, Talens, López-Casanova, Espasa, Bellveser… en una primera hornada, o Marzal, Gallego, Cabrera, Soler,… después). No se trata de acumular nombres porque cabría citar otros muchos y el listado sería casi interminable. Y, después, o también, muchos otros poetas de obra tan estimable como la de los anteriores (que los dioses me perdonen no haberles citado) y algunos jóvenes que están abriendo claramente las puertas de un futuro esperanzador. Por lo demás, todas las corrientes poéticas están representadas, de forma más o menos excluyente entre ellas. Por eso hay algunos compartimentos casi estancos, sobre todo en la ciudad de Valencia, no cerrados totalmente a su intercomunicación. Y todos ellos, en sus pequeñas y respectivas capillas sixtinas, en plena efervescencia de lecturas, de presentaciones o de tertulias con frecuencia coincidentes. Un panorama enriquecedor y, con frecuencia, agotador para quienes quieren asistir o participar.

 

En el año 2011 publicó su relato La caracola que fue ganador del Primer Premio de Relatos del VII Concurso Literario de la UDP Madrid (2007). A pesar de tratarse de un relato poético ¿qué singularidad le brinda la poesía que no le ofrece la prosa?

Soy lector de narrativa, más de breve que de larga para la que no tengo paciencia ni tiempo, pero no me siento narrador. La caracola era un relato escrito en mi juventud que releí al regresar a la escritura. No me disgustó. Lo reescribí con muy pocas modificaciones, necesarias para rebajar su excesivo lirismo, y lo remití a un certamen cuya importancia ignoraba (a pesar de ser uno de los mejor dotados en aquellos años en España) porque estaba restringido a personas mayores. Luego supe que entre los casi quinientos participantes había una docena de nombres conocidos. Ganó el primer premio y se editó ese mismo año, 2007, junto a los otros siete finalistas en un volumen colectivo. En la edición del 2011 volvió a publicarse, esta vez en solitario, en la colección “Breviarios: Raíces de Papel”, ilustrado con montajes fotográficos de Carlos B. Muñoz. Forma, por eso, parte de mi ficha bibliográfica, pero ha sido un accidente aislado en mi obra. La poesía no me exige una hoja de ruta, esa preparación previa que debe preceder a la escritura de un texto narrativo. Aún así, no descarto volver a la narrativa breve. De hecho he transitado, ocasional pero cómodamente, por la escritura de microrrelatos.

 

Y ya para finalizar, ¿qué consejo daría a esos escritores invisibles o poetas que no llegan a grandes editoriales, a grandes distribuidores y siguen escribiendo y participando —a pesar de todo— en concursos que nunca ganan?

No me atrevo a aconsejar mi propio camino a otros. Yo mismo no sé cuál es la razón que lleva a un jurado a elegir un poema entre docenas o entre cientos. Cada jurado es distinto, incluso puede serlo en el mismo premio de una convocatoria a otra, y sería agotador establecer una estrategia para ganar. Diría que hay que creer en la propia obra desde la humildad de saber que podemos y debemos mejorarla. E insistir si creemos en ella. Aparte de esto, los premios honestos (que los hay) no te llevan a “grandes editoriales” y, mucho menos, a “grandes distribuidores”. En mi caso, así es. Otro camino, no seguido por mí y más aconsejable, sería el de hacerse visible, en el entorno real y en el digital. Y eso, con trabajo, con rigor, con paciencia, sin prisas: la juventud tiene un futuro que, a  mi edad, es envidiable.

 

Información sobre Blas Muñoz Pizarro

Blas Muñoz Pizarro es profesor de latín. Licenciado en Filología Hispánica. En 1971 obtuvo el Premio Nacional de Poesía «José Antonio Torres». En 1975 fue incluido en la antología Un siglo de poesía en Valencia, del antólogo Ricardo Bellveser. Publicó en 1981 el poemario Naufragio de Narciso (1971-1973) becado por el Ayuntamiento de Valencia. Ha permanecido luego en silencio editorial hasta el año 2007, en el que reinicia su obra literaria. Finaliza entonces La mirada de Jano, Premio de Poesía “Paco Mollá” 2008 del Ayuntamiento de Petrer.

En estos últimos años ha sido reconocido con numerosos galardones, entre ellos, por citar algunos de los más relevantes, los primeros premios de los certámenes “Pedro Antonio de Alarcón”, “Fray Luis de León”, “Memorial Bruno Alzola García”, “Alfambra”, “Alcaraván”, “Maxi Banegas”, “Villa de La Roda”, “Amigos de La Herradura”, “Ciudad de Archidona” o “Laguna de Duero”…, y ha sido finalista y accésit de los Premios del Tren 2008 “Antonio Machado” de Poesía. Ha sido igualmente finalista, en certámenes para libros, del Premio Fundación Loewe de Poesía (años 2008 y 2010), y de los Premios “Jaén” (2010), “Ciudad de Badajoz” (2010, 2011 y 2012), “Dionisia García-Universidad de Murcia” (2011), “Ciudad de Mérida” (2011) y “Bienal Provincia de León” (2012).

En El limonero de Homero (2010), El limonero de Homero II (2011) y El limonero de Homero III (2012), libros compartidos con sus cuatro compañeros de tertulia literaria, reúne algunos de sus poemas premiados. Además de los libros ya citados, sus últimas publicaciones son: el poemario El que silba entre las cañas, Premio “Poeta Juan Calderón Matador” (2010), el relato La caracola (2011), Primer Premio de Relatos del “Concurso Literario de la UDP 2007”, La herida de los días, Premio de Poesía “Miguel Labordeta 2010” del Gobierno de Aragón (2011), Viva ausencia, Premio de Poesía “Ernestina de Champourcín 2010” de la Diputación Foral de Álava (2011), La mano pensativa, Premio del XXVIII Certamen de Poesía “Ángel Martínez Baigorri” (Lodosa, 2012),  En la desposesión, XV Premio “Flor de Jara” de la Diputación de Cáceres (mayo de 2013) y, por último, De la luz al olvido. Antología personal (1960-2013) [Ediciones Vitruvio. Madrid. 2015].

 

. Con Viva ausencia y La herida de los días ha sido, respectivamente, finalista y ganador, en la modalidad de poesía, de los XXII Premios de la Crítica Literaria Valenciana (2012).

 

Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2015/12/de-la-luz-al-olvido-de-blas-munoz.html?spref=fb