Posts etiquetados ‘editorial renacimiento’

Reseña publicada en el número 3 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”:

9788416981519

Título: Ultramor

Autor: Alfonso Brezmes

Editorial: Renacimiento

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 100

ISBN: 978-84-16981-51-9

Alfonso Brezmes (Madrid, 1966) demostró con La noche tatuada (2013) y después con Don de lenguas (2015), ambos libros editados por Renacimiento, que no es un poeta de paso. Debutó en la poesía, pasada la cuarentena, pero con tan solo tres libros es ya un valor seguro entre los poetas de su generación. En sus poemas, parte de la clásica y culturalista tradición novísima se encuentra con la forma y motivos de la experiencia. Aunque poco importan las etiquetas en una poesía-verdad, concebida tras muchas lecturas y vivencias y un gran amor por la fotografía y el collage. En los poemas de Ultramor se filtra toda la sapiencia de un viajante, de un observador de curiosidad inextinguible que ofrece sin remordimiento el fruto maduro de su experiencia.

    Leyendo este libro habrá quien recuerde a Sven, Wilhem o Caro Baroja, quienes hicieron de sus «cuadernos de campo» ejemplares archivos de anotaciones acerca de sus extraordinarios viajes. No menos extraordinario es el viaje propuesto por Alfonso Brezmes, ya que tras cada poema se intuye esa tarea de investigación, lo que en poesía se traduce como reflexión precedida de sorpresa, en su singular incursión en busca de la fuente primaria de la emoción: «Ahora elijo con cuidado los caminos, / no por la ciudad a que conducen, / sino por lo que ofrecen a mis pies».

    Brezmes escinde Ultramor en dos partes: «Ojos que no ven» y «Corazón que presiente». Y ya en esta ruptura del cliché se manifiesta una nítida declaración de intenciones: mirada y sentimiento. Estas dos aparentes abstracciones de dichos epígrafes contienen en sí la semblanza aproximada de lo que este libro representa. Pero al igual que esta titular nueva ordenación de lo trillado, nada será lo que parece a ojos del lector, pues el poeta es un hábil conocedor del medio en que se expresa: el lenguaje, y los juegos de palabras y de imágenes, las elipsis, figuras y referencias, serán constantes en una obra densa, metalingüística y viva, que a través de la palabra se dice y se desdice, cuestionándolo todo, hasta su propia esencia: «El último día que pasé contigo fue / el primer día que pasé conmigo. / Salí de ti para encontrarme».

    Si en una primera clase de Filosofía del Lenguaje se nos pregunta acerca del concepto de «significado», la poesía de Alfonso Brezmes realiza un elogio y refutación de sus propias teorías a este respecto. Titular este libro con un neologismo, ese amor prefijado, subraya la importancia de —pese a no haber un eje temático — un discurso intermitente, emitido por el hablante lírico hacia la persona amada: «Siempre tuve tendencia a desmitificar, / me inicié con tu cuerpo en la mitología»; pero también, da cuenta de su inquebrantable fe en la palabra: «el mundo ha vuelto a creer / en lo que no precisa ser cantado, / y la belleza consiste ahora en escuchar / cómo algo se escribe dentro de nosotros».

    Muchas son las preocupaciones, recuerdos y pensamientos del poeta; los temas de los poemas, análogamente reproducen esa pluralidad en un amplio abanico de colores: recuerdos, pensamientos, plegarias, ideas; y como si de un collage se tratase, no solo argumentalmente son diferentes los poemas, también lo son en lo formal: si algunos de ellos están escritos íntegramente con versos imparisílabos —con predominio del endecasílabo—, en otros, la heteropolaridad —no exenta de cadencia— lo acerca al verso libre. Una constante formal es la rima blanca de los versos, algo que se sostiene con pulcritud.

    En el transcurso del libro, la naturaleza inquieta del poeta es transmitida, como también, su inteligencia. La palabra se tensa para tratar de derivar su significado a través de la grieta. El pensamiento, alerta para esquivar los lugares comunes, busca la originalidad argumental dentro de una coherencia sintáctica que no busca lo poético en la ruptura gramatical.

    Poeta singular, Alfonso Brezmes es difícil de etiquetar o adscribir a algún bando o ideología poética. Probablemente, la particularidad de ser independiente, de escribir sin porqué ni pensando en rendir cuentas, favorezca esa libertad creadora que esplende en los poemas.

    Uno de los rasgos que definen su poesía en este Ultramor es esa capacidad para contar una historia en el interior del poema. Si en su modo confesional y descriptivo el autor es íntimo y preciso; no lo es menos cuando recurre en ocasiones a una función narradora de especial contundencia, ya que no solo expone y desarrolla un hecho, la actitud frente a él de un personaje o su situación tras las consecuencias, sino que remata cada poema incluso con moraleja: «[…] y una lágrima rodó sigilosa / hasta desteñir la piel del mundo. // Pero yo ya no estaba allí / para poder contarlo».

    Baluarte en su estilema es la elección de un léxico limpio que no cede un centímetro a los ruegos de la estética. Este rasgo es consonante a la serenidad de una voz madura que hace de la incertidumbre un cálido remanso para la reflexión, una reflexión que deviene asunción del mundo, del ser humano y sus complicados procesos; donde el lenguaje es un lugar para esconderse: palabra sanadora, creadora, pero también, semilla de esperanza: «[…] mientras en las ruinas de antiguas bibliotecas / los pájaros se posan en silencio, / con la emoción apenas contenida / de aquello que está a punto de decirse».

LA CASA SIN PUERTAS

Homero vio a Dios:

esa fue la causa de su ceguera.

Borges leyó a Homero,

y en sus hexámetros las naves

surcaban el mar para llevar el sol

hasta el ciego horizonte de sus ojos.

Yo he leído antes a Borges

y otro me lee a mí ahora.

Así viaja la luz

por esta casa sin puertas

cuyos muros son palabras:

iluminando unos cuartos

tras dejar otros a oscuras.

unnamed

Alfonso Brezmes

Anuncios

Publicado en “Todoliteratura.es”:

http://www.todoliteratura.es/articulo/presentaciones/jose-iniesta-presenta-poemario-eje-luz-libreria-ambreta-valencia/20180203080700046321.html

20180201_192822uyt

   La tarde del pasado viernes, 1 de febrero, fue oscura, lluviosa y desapacible en Valencia, pero todos aquellos quienes tuvimos ocasión de escuchar los poemas de José Iniesta en la voz de su autor, fuimos iluminados por su luz y guarecidos por el calor de su palabra.

    A partir de las siete de la tarde, en la librería Ambreta, de Valencia, dio comienzo la presentación del poemario “El eje de la luz”, un libro editado por Renacimiento que supone el séptimo poemario de su autor. Recayó en las manos de Juan Noyes-Kuehn, filólogo, profesor y poeta, amigo de Iniesta, la labor de introducir a los asistentes a la presentación-recital. De esta forma pudimos conocer que la senda místico-trascendente transitada por el poeta en libros como Y tu vida de golpe (2013) o Las razones del viento (2016) también es hollada en El eje de la luz. Noyes-Kuehn, con acertadas palabras, subrayó que la desnudez del alma del poeta, no solo se expone en los versos, sino también se funde en la densidad de un paisaje que no es solo lontananza, se revela trasunto, hermosa analogía para describir el interior del ser humano.

   José Iniesta comenzó a recitar sus versos con esa forma tan apasionada que le caracteriza y pronto sedujo a un selecto y numeroso público asistente, entre el que se encontraban poetas ilustres de la Comunidad Valenciana, como Juan Ramón Barat y Blas Muñoz. Entre poema y poema conocimos a través de las palabras de Iniesta que una de sus vocaciones se convirtió en oficio, la docencia. La naturaleza en todas sus formas está muy presente en su poesía, hecho influido —según sus propias confesiones— por su cercanía a la tierra, desde su infancia, en parajes tan bellos como La Pobla de Sant Miquel (municipio de la comarca del Rincón de Ademuz) y Oliva (comarca de La Safor).      La contemplación de la belleza se trasluce en los versos de Iniesta en forma de celebración, y dentro de esa celebración la jácena maestra es la luz. Un símil o símbolo tan utilizado en literatura suena a nuevo en los poemas de El eje de la luz, la vitalidad de una poética enraizada en lo terrenal, pero con la mirada en lo celeste, es uno de los rasgos de un autor valenciano que se agiganta como poeta con cada libro. Emoción, sí, pero también meditación, destilan los versos de este libro:

Me basta con sentarme y asentir

en este patio mío donde el sol

resplandece en un muro que se agrieta.

    Puesto que su manifiesta conciencia de vida le insta a escudriñar el recorrido de una nube,  la luz del sol sobre un muro o el rostro de su mujer durante un desayuno cualquiera, el poeta encuentra en algunos sucesos un símbolo, una enseñanza que le obliga a contar y cantar la vida.

    La lectura de poemas terminó con una gran ovación y posteriormente el público tomó la palabra, así el autor pudo departir cercanamente con los asistentes a razón de sus preguntas.

  La poesía de José Iniesta, de hondo calado y sencillez léxica, camina entre la experiencia y lo místico, otorgando, a la manera de los poetas japoneses, una importancia sagrada a la naturaleza, templo real de quien rinde culto a una belleza que —al igual que él—  no malgasta su tiempo con impostadas retóricas.

13934751_32261297810742240_n-1

José Iniesta

978841698196

2257-large_default

Título de la obra: Con la luz sumergida

Autor: Víctor del Moral

Género: poesía

Editorial: Renacimiento

Año de publicación: 2009

Número de páginas: 54

ISBN: 978-8484724469

Víctor del Moral nació en Úbeda (Jaén) allá por el año 1979, pero su destino lo llevó muy pronto —él y a su familia— a Granada, tierra de poetas. Su vocación literaria lo condujo a licenciarse en Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona, y posteriormente realizó estudios de Filosofía en la Universidad Ramón Llull.

Por tanto, estamos hablando de un escritor joven, con amplios conocimientos en el ámbito de la filosofía y el verso, ingredientes que inundan esta obra en forma de fotones de la luz de la memoria.

Víctor toma el título prestado de entre los versos de Luis García Montero y dedica su libro al poeta compostelano Miguel D’ors, quizá un espejo en el que poder reflejar parte de su tradicionalismo lírico y de sus preocupaciones poéticas.

Un jurado compuesto por: Ricardo Bellveser, Ignacio Caparrós, Santiago Fortuño, Antonio Hernández y José Iniesta, decidió premiar a del Moral con el premio Vicente Gaos de poesía del año 2009.

Después de varias lecturas del poemario, aún hoy no consigo explicarme cómo con tan poco material literario este libro ha podido conseguir un premio tan prestigioso, a lo que hay que añadir el auspicio de uno de los mejores sellos editoriales en el género; no es por desmerecer en ningún momento la tarea del poeta, ni mucho menos la labor del jurado (el ganador depende de la calidad de los demás participantes), sino porque contando las páginas escritas suman veintinueve y muchas de ellas contienen tan sólo cortas estrofas. Es evidente que la cantidad no lleva a la calidad, quizá sea por mi modo de entender la poesía, pero no pude encontrarle el tono; no fui lector para este libro. Para lectores que hayan leído otras obras premiadas en este certamen, la lectura de este poemario les supondrá un salto cuantitativo y cualitativo considerable, ya que la escritura de del Moral también escatima en simbolismos y lenguaje poético.

El poemario se divide en cinco partes y comienza con este verso del poema “Reseña”: Paisajes que transforma la memoria. Sin duda, un vaticinio de su argumento. En el poema titulado “Junto al mármol eterno”, la mirada del poeta evoca una estancia en Roma y en concreto, la visión de una niña que toma apuntes mientras yace apoyada en una columna del pórtico de Adriano; por alguna razón, esa imagen queda grabada indeleblemente en su memoria y queda traducida en estos versos: Y estos versos quisieran / rescatar su belleza / junto al mármol eterno, / protegerla del tiempo / y su avaricia huraña. El poeta pretende adscribir su estilo a la poesía de la experiencia, con la cual posee concomitancias, pero en poesía no todo es ordenar las palabras al número y color del canon, el verso debe tener alma.

El poema “Ordesa” es otro apunte paisajístico y memorial de la estancia del poeta en el monte pirenaico: Frontera de dos mundos. / Nubarrones huraños la cortejan / con una luz sin tiempo. En el poema “Un epílogo” la luz sigue incidiendo en los versos: Sólo anotas —te dices—, / las cosas que vas viendo / con la luz sumergida. Lo mismo que en el poema “La Belleza”: No era la nostalgia que Rafael retuvo / en unos ojos del Museo del Prado. / Ni la luz herrumbrosa de las calles de Roma; o en el poema “Recuerda”: […] y con la voz sellada / de naufragios, regreses / a la luz de tu patria.

En la luz, encuentra el poeta su referente a todos los niveles: físico, simbólico, metafísico; es un tropo recurrente en la poesía lírica, de su uso y abuso todos conocemos clichés gastados, un hándicap que obliga a quien adopte la luz como baluarte totémico, —cuando menos— un esfuerzo en su renovación.

Quizá su punto fuerte radica en la pulcritud métrica y el equilibrio en la combinación de versos. Ese andamio es estructura y retórica que invita a recrear un mar de sensaciones en el que el argumento no hace pie.

Lamentablemente, a estas alturas de la historia de la Poesía, el tema de la luz está más que manido, por lo tanto su uso es sensato regulado a pinceladas, o si se prefiere tratar en profundidad exige del autor enfoques nuevos y originales, factores que no se hallan en esta obra.

Durante toda la obra se cita a D’ors, Borges o Eloy Sánchez Rosillo, por lo que es fácil pensar que su autor siente admiración hacia ellos. Por ejemplo en su poema “Víctor contra Víctor” ya desde el título hace un guiño al famoso poema de Jaime Gil de Biedma en que dialoga consigo mismo como si fuese otra persona. Toda la poética representada en el libro no rebasa el homenaje, los lugares comunes, la enunciación y descripción en lugar de la emoción o reflexión. Quizá por falta de riesgo o limitaciones del talento, su lectura me ha resultado mimética e intrascentemente epigonal.

En definitiva, encuentro el conjunto del poemario de fácil y breve lectura, la utilización de un lenguaje sencillo y la somera profundidad de un  planteamiento costumbrista hacen que al poemario no se le pueda exigir mucho.

Actualmente Víctor del Moral es profesor de enseñanza secundaria en Castilla La Mancha y este poemario sigue siendo, desde el año 2009, su única aportación a la Poesía.

 

 

blog_resena_52_thumb-620x270

 

11328117_938572212849149_1228074168_o2

 

Título: Caso perdido

Autor: Sergio Arlandis

Género: Poesía

Editorial: Renacimiento

Año de publicación: 2010

Número de páginas: 57

ISBN: 978-84-847-2513-8

Como si de una conjunción de estrellas se tratara, el jurado que decidió premiar este libro de poemas lo formaron: Ricardo Bellveser, Guillermo Carnero, Carlos Marzal, Vicente Gallego y Antonio Hernández.

Sergio Arlandis nació en Quart de Poblet (Valencia) allá por el año 1976, por lo que, a mi entender, pertenece a una de las generaciones más interesantes y a tener en cuenta en la actual poesía valenciana. Es filólogo y docente de Literatura en la Universidad de Valencia, en el año 2007 se encargó del Diccionario de Autores Valencianos de la Biblioteca de Valencia, y además de gran poeta es un gran teórico de la poesía, algo tan poco común hoy en día como necesario. En sus publicaciones, los estudios literarios superan a los poemarios: “Vicente Aleixandre” (2004), los dos tomos de “Verso a verso” (2004-2005), “Mapa. Treinta poetas valencianos en la democracia” (2009), la edición crítica de “Las brasas” de Francisco Brines, o la “Cenotafio, Antología poética” de Jaime Siles (2010). Su poemario anterior al presente es: “Cuando sólo queda el silencio” Ayuntamiento de Mislata (1999).

Caso perdido está estructurado en tres partes: “Nada en particular”, “Caso perdido” y “Anunciación de la carne”, un solitario poema “Coda” es el broche que cierra el conjunto. Ya en las primeras páginas, y antes de llegar a los primeros versos, Arlandis comienza a sincerarse con el lector a través de nombres propios como por ejemplo: Evangelina Rodríguez, a quien va dedicado el primer bloque, con quien trabajó en la exhaustiva redacción de: léxico y vocabulario de la práctica escénica en el teatro de los siglos de oro: hacia un diccionario crítico e histórico. fase I y II. Seguidamente encontramos dos citas de apertura, una de Marco Aurelio y otra de Vicente Aleixandre. Recordemos que el premio nobel ha motivado numerosos estudios del poeta valenciano sobre su vida y obra por lo que el respeto y la admiración sentidos a Aleixandre son tan enormes que lo convierten en un referente no confesado. Y llegamos a la dedicatoria del primer poema “Nada en particular” a Carlos Alcorta, el poeta de Torrelavega, autor de: Sol de resurrección, con quien Arlandis ha compartido ponencias y ha declarado en varias ocasiones ser admirador de su obra. Por tanto entramos en los primeros versos condicionados a ser sorprendidos por anotaciones que nos hagan rememorar tiempos pasados, las huellas de un pasado que permanecen imperturbables en el presente. “Nada en particular” narra la duda existencial del yo lírico a través de la metáfora de la realidad que lo rodea, así abril nunca sabremos si es abril verdaderamente, y por tanto es inútil afirmar que lo es y cómo lo es: Es injusto —será siempre— / sobrevivir sin más alegato, / como si faltaran pruebas / de que abril no es abril…

En el poema “El regreso” el poeta sueña con volver a instaurar la alegría en la vida, una alegría necesaria que necesita de paciencia para tejer sus costuras a las nuestras: Propongo la feliz paciencia siempre, / tejer su manto en las enjutas noches / de su delgada ausencia. El poeta adolece el estigma del paso del tiempo, muy presente en toda la obra y cree que ese devenir nos traerá consigo una ligera recompensa: El tiempo nos hará en la espera a su imagen, / y sonrisa en los labios de la tierra.

Los poemas: “Aroma” “La maldición” así como el segundo bloque del poemario “Caso perdido” van dedicados a sendos ex futbolistas del Valencia C.F; Juan Manuel Mata, Fernando Gómez Colomer y José Manuel Sempere respectivamente. Sin duda es un tributo a personajes que marcaron la vida del autor a su paso por el Valencia C.F como jugador, ya que Arlandis fue jugador de fútbol tanto del Valencia como del Xátiva, Tenerife…etc.

En “Recuento de bajas” como si de una guerra contra la soledad se tratara, el autor hace balance de los daños sufridos, de los seres y valores perdidos en su sangrada contienda: “Cierro el almanaque: / las fechas son contadas heridas”, “los días estallan / sin color de fondo”, “…solo este acto erróneo de recuerdo, / estos versos que nada curan / de su hemorragia”. Sergio, tanto en este poema como en “Regla” protesta en sintonía con Gamoneda y su concepción de la vida como un error. Recordar, vivir, soñar, son cosas que no deberían estar ocurriendo en el natural transcurso de las cosas, cada segundo de vida es un milagro, un milagro empapado de su consciente y efímera existencia. Este mismo poema va dedicado a Fernando Operé, autor del poemario Salmos de la materia (Madrid, año 2000), y compañero de Arlandis en su etapa docente en la Universidad de Virginia, en Estados Unidos.

Ya en el segundo bloque encontramos una cita de José Luis Hidalgo, poeta, ensayista, pintor y grabador español nacido en Torres, Cantabria en 1919. Hidalgo, a pesar de haber vivido 28 años, brilló en la llamada “Quinta del 42” junto a poetas como José Hierro y ha sido estudiado por Arlandis y difundido en varias conferencias.

El poema “Realidad usada” título que también enuncia el blog personal de Sergio Arlandis, dedicado entre otras cosas a la crítica literaria, es un poema que se hermana con la coda final del poemario, ya no por lo parecido de su título si no por la impregnación que ambos textos reciben por parte de la soledad. Una soledad que pretende profanar la extensa y rica sustancia de la memoria sembrando en nuestros corazones el vacuo contenido del olvido, la nada. “Realidad usada” está dedicado a Miguel Ángel García, con quien Arlandis colaboró en la redacción de Olvidar es morir: nuevos encuentros con Vicente Aleixandre. Miguel Ángel, desde la Universidad de Granada escribió un precioso artículo sobre el poemario Caso perdido de Arlandis, publicado en la revista semestral de humanidades y ciencias sociales “El genio maligno”.

Como si de un estudio antropológico se tratara, Arlandis nos va sumergiendo con su poemario en un encadenamiento de inquietudes humanas, desde: la muerte, el tiempo, la soledad o la nada, hasta el amor, la memoria, el miedo,  el sueño o el erotismo. En “Sentencia” los breves versos de Sergio dilapidan al protagonista de un sueño, que no es más que un alter ego del autor, que necesita de la maravilla onírica para soportar la crueldad y sordidez de su vida real.

En “Las pruebas del crimen” el autor exculpa a  los artistas que como él se escudan en la escritura como terapia: “Pero ten claro que todo lo escrito / fue siempre en defensa propia”. “Cárcel de sombra” asevera que la condición humana, los reversos ocultos, esa oscura parcela del que vive, no es menos impropia al amor como a cualquier otra cosa, y nada que pensemos, sintamos o imaginemos podrá escapar a ese influjo sombrío que todos llevamos dentro.

En definitiva, Caso perdido, a pesar de ser un poemario de no muchas páginas, posee un elevado peso metafísico, como la tremenda fuerza con que arrastra las piedras un oculto río subterráneo, hay una precisión en la palabra y en el punto de vista que eleva a la categoría de poesía aluviones de renglones escritos. Hay una necesidad de explicar el porqué de la melancolía, el porqué de un pesimismo implícito, un afán por separar el caos para ordenarlo, así como una musicalidad en su discurso. Espero que Arlandis, afincado de nuevo en Valencia, a pesar de seguir dedicando la mayoría de sus publicaciones a la investigación y difusión de la literatura (aunque también se aventure en labores de edición) siempre tenga el detalle de escribir un poemario, aunque sea cada diez años, que es el tiempo transcurrido entre sus dos primeros poemarios, ya que para mí, la poesía necesita de ambas cosas, teoría y práctica, y en ambos terrenos Sergio Arlandis es un valor seguro.

 

9788484727385

12193826_954281447971495_6329940215550471487_n

Título: La Velocidad del Sueño

Autor: Juan Pablo Zapater

Género: Poesía

Nº de páginas: 74

Año de publicación: 2012

Editorial: Renacimiento

ISBN: 978-84-847273-8-5

La editorial Renacimiento al publicar el volumen número 113 de su colección “Calle del aire” se ha marcado un tanto con respecto a sus competidoras al añadir a su colección el flamante regreso del poeta valenciano Juan Pablo Zapater a la poesía.

Cuando en el año 1989 un joven Zapater fue elegido merecedor del premio de poesía Fundación Loewe en la modalidad de joven creación con su obra “La Coleccionista” todo el mundo esperó con interés su siguiente trabajo, lo que muy pocos sabían era que tendrían que esperar 22 años para tenerlo entre sus manos. A diferencia de cualquier otro poeta que viese galardonada su obra con un premio tan prestigioso, en lugar de motivarse mucho más a la hora de publicar trabajos, Zapater decidió guardar un silencio editorial que muchos lamentaron, un silencio quizá entablillado por su perfeccionismo como creador o tal vez instaurado por una necesidad vital que lo llevó a macerar su mundo interior en una prospección que lo ha conducido, sin duda, a su consagración.

La velocidad del Sueño es un poemario dividido en dos partes: “Libro de huéspedes” que comienza con una cita de Paul Auster y “Rosas para otras manos” que comienza con otra cita de Rilke, cada una de las dos partes se compone de quince poemas, por lo que estructuralmente el poemario en general posee cierto grado de simetría. Podríamos decir que el poemario es por entero dialogístico, ya que Zapater dirige el argumento del yo lírico a un interlocutor que puede ser el lector, otras veces (en los poemas dedicados sobre todo) su voz se dirige a esa tercera persona enunciada, y además en algunos poemas la elocuencia de su dictado se proyecta hacia masas desconocidas (vosotros) o hacia masas conocidas (nosotros). Quizá por ese planteamiento de diálogo poético tan reconocible y tan cercano adquiera mayor trascendencia el poder de su palabra poética. Por eso y por una cuidada métrica imparisílaba, al igual que sus colegas Gallego y Marzal, Zapater hace uso de ese método que tanto reconocimiento les ha otorgado alternando los versos heptasílabos con los endecasílabos al estilo —digamos— de un concepto modernizado de lira castellana que prioriza su estructura al argumento y no a la estética.

El primer poema del libro se titula “La extraviada” refiriéndose a la Gaya Ciencia y hablándole directamente a ella reproduce versos de Aleixandre, Salinas o Neruda, en un ejercicio de sinceridad que quizá revela sus influencias como lector en un poema que viene a conmemorar y celebrar su regreso del silencio benefactor a la poesía por tanto tiempo extraviada.

“Libro de huéspedes” es un pequeño resplandor de nostalgia en lucha constante con la sensatez, el poeta no puede resistirse a la melancolía que produce desempolvar un relicario de recuerdos aun siendo consciente del riesgo que conlleva despertar viejos dolores, un ejercicio de atrevimiento que es más prudente tomar cuando los instintos ya están domados.

En “Dolor de los pecados mediocres” el poeta se sincera ante el gran público por su conducta irresponsable hacia alguien que lo estima y que él estimó, en este caso el poema está dedicado al prontamente desaparecido — y también poeta— José Luis Parra. Como buscando su propia absolución, aun a sabiendas que nunca llegará, Zapater pronuncia sus pecados y la ambición que le llevó a cometerlos en un lance de desahogo, un intento por disminuir la carga que lo merma y convierte el poema en un canto a la redención.

Confieso que al leer el poemario encontré dos poemas consecutivos que consiguieron erizarme el vello, dos poemas que hicieron olvidar al ojo agudo los trucos del escritor más avezado, dos poemas que al alma eximieron de la ardua tarea de desbrozar la retórica, dos poemas por los que sin duda merece la pena reseñar este libro: “La mitad del camino” y “El olvido del ángel”. El primero, por ser el disloque de una reflexión de dolor ternurizada, el segundo por ser una deyección de sentimientos en vorágine, una disuria forzada por demonios tras la pérdida de un ser querido, el universal dolor de la ausencia elevado a la belleza de unos versos para el recuerdo: …las nanas que a mi voz nunca le oíste / en las noches cantar y por no darte / en aquel hospital y aquella hora / una cuna en la tumba de mis ojos.

La devónica fuerza de la rosa invade por completo la segunda parte del poemario, una rosa tangible y abstracta, onírica y simbólica que a Zapater le sirve como pretexto luminoso para subrayar los contraluces de la realidad.

En el poema “Carta a un amigo” dedicado a Vicente Gallego, sorprende la sinceridad con que Juan Pablo intenta concienciar a su paisano de que el dogma espiritual al que se ha convertido no es menos ajeno al bien y el mal que cualquier otro, y el razonamiento final del poema dibujando el paralelismo de la espina y la rosa estremece por su incisiva elocuencia al mismo tiempo que por su desnudez encandecida.

El poema “Oración lunática” es una oda a la Luna inspiradora. Es el único poema del libro en que Zapater prescinde por completo del verso de Petrarca y enlaza en un compendio de acrílicas figuras un homenaje a ese ojo lunar que padece estrabismo.

El poema “Río” comienza con una cita de Pío Baroja que marca la pauta general del poema, su máxima contiene las palabras “recordar” e “imaginar” a las que Zapater añade “olvidar” para formar el acrónimo de “río” que reproducen sus iniciales, por eso el autor divide el poema en tres estrofas y comienza con esas tres palabras cada una de ellas.

En el poema “La noche del ateo” no pueden ocultarse ya los vestigios de un agnosticismo empírico, instaurado por la certeza de la experiencia, una experiencia que ha flagelado hasta el exceso hasta el más minúsculo grano de esperanza. La rosa de la fe dejó de hablarte / con su hermoso lenguaje sordomudo. Tras esta contundente ipseidad ya no quedan valores más creíbles que la resignación y la prudencia, el mismo y pesaroso mensaje que transmite el poema “La velocidad del sueño” versos que clausuran el libro ante nuestra mirada atónita, y no podemos reprochar ni un ápice de pesimismo ¿o acaso debemos exigir a aquel que ha padecido y padece dolores inextinguibles que viva esperanzado? Quizá eso sería más hipócrita que optimista.

Tras varias profundas, nocturnas y reveladoras lecturas, el poemario de Zapater se descube como un devocionario no confesado, un excelente trabajo de sinceridad armonizada que adolece el estigma de la velocidad de los sueños, la prisa y rapidez del mundo actual trascendidas como magnitud al mundo onírico, una magnitud demonizada que puede acercar o alejar a voluntad  a los pobres individuos de sus metas.