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Publicado en “Sala 1. Revista Digital de Cine”:

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Después de visionar Blade Runner 2049, uno de los estrenos más esperados del año, comprendo con resignación que todas esas críticas que valoran estratosféricamente la película están más empujadas a ello por la nostalgia de recibir una secuela por la que han esperado 35 años, que por el contenido de la misma. La cinta de Villeneuve no es una mala película, pero dista mucho de ser una obra maestra o un clásico a la altura de su predecesora. Es cierto que la novedad argumental es un factor del que gozó Ridley Scott, como también es cierto que la atmósfera de oscura mega ciudad futurista, donde siempre llueve, repleta de gentes extrañas que llenan sus vacíos con tecnología, está bien conseguida y es otro apunte más del futuro distópico al que nos dirigimos. Pero ¿qué podemos exigir como espectadores a la secuela de un clásico? De entrada, que no nos decepcione. Difícil tarea si el actor protagonista es el impertérrito Ryan Gosling, si la duración del metraje sobrepasa los 160 minutos y el guion no solo no es brillante, sino flojo.

Villeneuve, cineasta de recursos, demuestra haber concentrado esfuerzos en la estética de esta película. Hasta el mínimo detalle visual está cuidado: planos, efectos, decorados, iluminación, vestuario; su factura visual es potente y atractiva, pero la historia no termina de hacer pie ni conecta emocionalmente con un espectador que no sea adepto de la saga. A fin de cuentas, las piezas fundamentales del guion son personajes y situaciones ya vistos en otras películas, como por ejemplo: Joi, papel interpretado por la prometedora actriz cubana Ana de Armas, es una sensual holografía, comercializada como un videojuego, que se convierte en el sustento emocional de K (Ryan Gosling), un modelo de replicante que puede llegar a ser más humano que los humanos; y esta situación es análoga a la interpretada por Joaquin Phoenix en la película Her (Spike Jonze, 2013).

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Como también, la actriz suiza Carla Juri interpreta a Ana Stelline, una creadora de recuerdos que más tarde serán vividos por los replicantes, papel que encuentra su analogía con el de la actriz Ellen Page (Ariadne), como arquitecta de sueños en la película Origen (Cristopher Nolan, 2010). Para que una película alcance el rango de obra maestra, su creatividad debe predominar en el guion y no únicamente en el apartado técnico.

Es de esperar que Roger Deakins, director de fotografía de Blade Runner 2049, sea oscarizado por este trabajo, además de haber sido nominado hasta en trece ocasiones, tanto la historia de la película como la forma de contarla de Villeneuve, han propiciado su merecido lucimiento. Algo parecido ocurre con Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, encargados de la banda sonora. Es cierto que algunos pasajes están basados en la partitura original de Vangelis, y su incidente potencial sonoro es empleado por Villeneuve en repetidas transiciones, pero aunque resulta efectiva como acompañamiento de las imágenes e importante factor atmosférico, no es más destacable que otras obras menores de Hans Zimmer.

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Indiferencia produce el papel de Jared Leto, poco afortunado últimamente es sus elecciones. Bien es cierto que es el único personaje que se acerca a esa poesía en los diálogos de la primera entrega, no consigue alcanzarla —algo que los seguidores de K. Dick hubiesen agradecido— quizá deliberadamente por su guionista, Hampton Fancher, o por el descrédito que su vacuo histrionismo le viene propiciando. El papel de Harrison Ford es casi prescindible, los guiños a la cinta de Scott: archivos sonoros, holografía de Sean Young, cameo de Edward James Olmos; son retóricos y parte del engarce visual de su envoltura. Las apariciones de Elvis Presley, Frank Sinatra y Marilyn Monroe son coherentes dentro de la historia, aunque hilarantes. El ritmo pausado del cine negro es acorde a la obra maestra de Scott, también su contenido filosofal en cuanto a las reflexiones sobre la conciencia y el ser humano, quizá Villeneuve debería haber inventado su propia saga más que haber prolongado la de otro, películas como Enemy (2013) o Incendies (2010) ratifican su talento como cineasta, pero sus retos no terminan aquí, ya que ha sido elegido para rodar la nueva Dune en 2018, proyecto al que le deseo tenga mayor acierto y profundidad que el aquí comentado.

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Reseña cinematográfica de “La llegada” publicada en Caocultura:

http://caocultura.com/la-llegada-ciencia-ficcion-austera-reflexiva/

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Título: La llegada

Director: Denis Villeneuve

Género: ciencia ficción / drama

Reparto: Amy Adams, Jeremy Brenner, Forest Whitaker, Michael Stuhlbarg, Mark O’Brien, Tzi Ma, Nathaly Thibault, Pat Kiely, Joe Cobden, Julian Casey, Larry Day, Russell Yuen, Abigail Pniowsky, Philippe Hartmann, Andrew Shaver

Música: Jóhann Jóhannsson

Guion: Eric Heisserer (basado en la novela corta de Ted Chiang)

Año de producción: 2016

Nacionalidad: estadounidense

Duración: 118 min.

Como suele suceder a menudo, a priori, con películas prometedoras, las opiniones al respecto tras su visionado son de lo más dispares. Bien es cierto que cuando decidí ver La llegada había leído varias críticas que vertían elogios sobre ella, también críticas negativas, pero estas eran mucho menores. Entre las positivas, por ejemplo, leí a mi apreciado Pedro Vallín: […] incontestable obra maestra de la ciencia ficción. O José Manuel Sala: “La llegada” podría representar (simbólicamente) el principio de un nuevo modelo de ciencia-ficción en el cine. Ante tales afirmaciones no dudé en abordar su visionado desde una perspectiva más seria y reflexiva a lo que es habitual en cintas de este género.

(Contiene Spoilers)

Para empezar, me llamó la atención la rapidez del comienzo, una presentación escueta del personaje principal que se limita a decirnos que es una de las mejores lingüistas del mundo y ha perdido a su hija. Dicha rapidez, por muy circular que sea el pasillo del hospital en ese plano kubrikiano, es insuficiente si tal y como afirman algunas opiniones de la película, esta pretende ser emocional.

El momento de la llegada de esas doce misteriosas naves (cascos) tampoco es filmado, nuestro contacto visual empieza con los objetos flotantes ya dispuestos, cada uno en un país —no por casualidad, potencias mundiales—, a pocos metros del suelo. Nadie advierte a la doctora Louise Banks (Amy Adams) de aquello a lo que va a enfrentarse, teniendo en cuenta que no es la primera persona en tratar de comunicarse con esos seres, no costaba mucho prepararla previamente para evitar un impacto psicológico.

Por si fuesen pocas las elipsis narrativas, el hecho de “amenaza mundial” que la aparición de estos objetos representa, se limita a imágenes de noticiario una y otra vez, algo que a las personas acostumbradas a películas de naves espaciales y criaturas extraterrestres les parecerá demasiado sobrio. Las supuestas decisiones y acciones que van tomando los diferentes países amenazados se reducen a una frase que pronuncia alguien agarrado a un teléfono.

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Para no desentonar con este recital de economía visual, la entrada y llegada al lugar de contacto con los visitantes, también es rudimentaria. Una (cutre) plataforma elevadora, de esas que se utilizan para cambiar las bombillas en los centros comerciales, es lo que utilizan los científicos para ascender a la nave. Dentro de ella, la gravedad es distinta a la que soportamos en la tierra y por temor a algún tipo de radiación utilizan trajes especiales. La raza humana ha soñado, fabulado y esperado durante mucho tiempo un contacto así, y la visionaria arquitectura de Villeneuve lo reduce todo a un rugoso pasillo vacío con una sala luminosa al fondo. En dicha sala, los científicos aguardan la llegada de esos seres separados de ellos por una especie de cristal (espejo, en la novela). Para colmo, apenas puede verse a las dos únicas criaturas que contactarán con ellos entre una espesa niebla, dos calamares gigantes que escriben símbolos escupiendo tinta. Creo que lo más trascendente que pronuncia el personaje encarnado por Jeremy Renner es: los llamaremos About y Costello. Todas las escenas del interior de la nave son desarrolladas en la misma sala y el mismo pasillo, nada cambia en el transcurso de los días, excepto en el momento culminante, en el que Villeneuve decide añadir (tachán) dos focos más de luz y un ventilador.

Flashback y flashforward, son junto a la elipsis, los recursos cinematográficos que el cineasta utiliza para poner imágenes a la historia de Ted Chiang. Adams no está mal en su rol de traductora atribulada, pero ningún personaje más es digno de mención. La música compuesta por Jóhann Jóhannsson, anterior colaborador de Villeneuve y nominado al Oscar en los dos últimos años,  tampoco es muy destacable, cumple dignamente su contribución enfática, aunque a mi parecer, apoyándose demasiado en la frialdad new age de sintetizadores y efectos enlatados,  por lo que los mejores momentos musicales de la película son al principio y al final, cuando suena On the Nature of Daylight de Max Ritcher, pieza dramática interpretada a cuerda, de delicada ejecución y bella intensidad.

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De poder haber llegado a ser una gran película, La llegada no alcanza más que a ser una película interesante, a la que debemos agradecer el hecho de no haber enfocado una visita extraterrestre a la pobre manera comercial a que nos tienen acostumbrados. Su planteamiento inicial pone de manifiesto la descentralización real de un mundo que se hace llamar global. La especie humana no se pone de acuerdo y carece de un protocolo razonable para situaciones así, lo cual, sería un buen pretexto para ponerse a ello. En la cinta se plantea el problema de tratar con una especie que no tiene un único líder, una civilización separada. Lo que debería ser un motivo de unión mundial y una madura prueba de crecimiento, se convierte en un despropósito y un caos que a punto estará de arruinarnos como especie.

Conforme la película va desarrollándose nos adentramos en el principal valor de su guion —mérito de Chiang—, la reformulación y puesta en práctica de la Relatividad Lingüística o Teoría de Sapir-Whorf. Sin este factor, la película se derrumbaría como un castillo de naipes.

Y es que, no solo del materialismo vive el ser humano. Así pues, y basándose en la conjetura de Sapir-Whorf, los alienígenas (entregan el arma) a Louise Banks, es decir, enseñan su idioma a la traductora —un pasaje del que se podría haber sacado mucho más partido—, y con él, algo muy valioso. A medida que la protagonista va descifrando sus códigos, la esencia expresiva de un hermoso lenguaje circular —uno de los indiscutibles baluartes de la película—, va siendo testigo de imágenes pasadas y futuras de su propia vida que la turban y desconciertan. La pérdida de su hija Hannah (palíndromo no casual) la sume en una grave tristeza, pero al tiempo se observa felizmente enamorada y con más descendencia, por lo que tras sucesivos flashes de emociones entremezcladas, llega a la conclusión de que el aprendizaje de aquella lengua lleva consigo una percepción panorámica del tiempo, es decir, se es consciente de la vida en diferentes tramos temporales de forma simultánea, rompiendo con ello la coherencia lineal de nuestro punto de vista temporal y de toda convención asociada a ello.

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La lengua de estas criaturas difiere por completo de su habla (sonidos ininteligibles hasta teniendo contacto visual con el hablante), lo cual hace más complicado el proceso de traducción. La idea de un lenguaje capaz de modificar el pensamiento es muy romántica, a la par que posible. La escritura apareció como tal hace miles de años en la tierra, en lugares diferentes, de forma simultánea y nadie sabe por qué. Tal vez nuestro pensamiento esté articulado en base a este lenguaje en que expresamos la duda o el miedo, reflexión o fantasía condicionados por un pasado y un futuro que no existen.

Tomamos el lenguaje como herramienta para comunicarnos pensando que es un canal por el que expresar nuestras ocurrencias, cuando podría tratarse de un caudal de información evolucionado que utiliza sus canales (nosotros) para comunicarse y cuestionarse hasta su propia existencia.

Quizá nuestro confinamiento en el lenguaje sea consecuencia de la tragedia babélica que supuso la confusión a gran escala debida a la aparición de multitud de lenguas. Quizá debamos recuperar ese protoidioma universal, pre-babélico y motor para que la especie humana actúe —verdadera y sanamente— como una inteligencia de enjambre de conciencia renovada.

El idioma alienígeno representado en la película es una especie de escritura semasiográfica parecida a una versión del Test de Rorschach. Eric Heisserer, guionista que se mantuvo diez años detrás del proyecto, trabajó junto al diseñador Patrice Vermette y los asesores científicos Stephen y Christopher Wolfram con el objetivo de crear un “código analítico del logograma”, algo para lo que utilizaron programación y codificación y consiguieron diseñar con éxito cerca de cien logogramas “con componentes capaces de mutar”.

El famoso Dilema del Prisionero, —juego de suma no nula— desarrollado por los matemáticos Merrill M. Flood y Melvin Dresher, también está presente en la película. La idea de cooperar con otras fuerzas —en teoría, enfrentadas— para cambiar lo que sería una pérdida para ambos en lugar de confrontarse, por una ganancia y evolución compartidas por el hecho de colaborar, es otra visión positivista —poco realista para algunos cuando hay desigualdad tecnológica— de una tesitura de estas características. Villeneuve, en una de sus muchas licencias con respecto a la novela corta de Chiang, decide que la raza humana sea indispensable para la supervivencia de la raza alienígena en un futuro muy lejano y ello justifica su visita y la importancia —nada altruista— de su regalo.

En cualquier caso, y para contrarrestar algunas opiniones blasfemas que no solo comparaban este film con Interstellar (Christopher Nolan, 2014), sino que la situaban muy por encima de ella cinematográfica y argumentalmente, no llega, ni mucho menos, a la altura de la tesis cosmológica contemporánea de Kip Thorne. Sin embargo, no deja de ser una película interesante, de agradable —aunque a veces lento— visionado, que aporta su granito de arena a ese grupo de no muchas películas que se toman en serio eso de la ciencia ficción.