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Reseña publicada en el número 3 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”:

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Título: Ultramor

Autor: Alfonso Brezmes

Editorial: Renacimiento

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 100

ISBN: 978-84-16981-51-9

Alfonso Brezmes (Madrid, 1966) demostró con La noche tatuada (2013) y después con Don de lenguas (2015), ambos libros editados por Renacimiento, que no es un poeta de paso. Debutó en la poesía, pasada la cuarentena, pero con tan solo tres libros es ya un valor seguro entre los poetas de su generación. En sus poemas, parte de la clásica y culturalista tradición novísima se encuentra con la forma y motivos de la experiencia. Aunque poco importan las etiquetas en una poesía-verdad, concebida tras muchas lecturas y vivencias y un gran amor por la fotografía y el collage. En los poemas de Ultramor se filtra toda la sapiencia de un viajante, de un observador de curiosidad inextinguible que ofrece sin remordimiento el fruto maduro de su experiencia.

    Leyendo este libro habrá quien recuerde a Sven, Wilhem o Caro Baroja, quienes hicieron de sus «cuadernos de campo» ejemplares archivos de anotaciones acerca de sus extraordinarios viajes. No menos extraordinario es el viaje propuesto por Alfonso Brezmes, ya que tras cada poema se intuye esa tarea de investigación, lo que en poesía se traduce como reflexión precedida de sorpresa, en su singular incursión en busca de la fuente primaria de la emoción: «Ahora elijo con cuidado los caminos, / no por la ciudad a que conducen, / sino por lo que ofrecen a mis pies».

    Brezmes escinde Ultramor en dos partes: «Ojos que no ven» y «Corazón que presiente». Y ya en esta ruptura del cliché se manifiesta una nítida declaración de intenciones: mirada y sentimiento. Estas dos aparentes abstracciones de dichos epígrafes contienen en sí la semblanza aproximada de lo que este libro representa. Pero al igual que esta titular nueva ordenación de lo trillado, nada será lo que parece a ojos del lector, pues el poeta es un hábil conocedor del medio en que se expresa: el lenguaje, y los juegos de palabras y de imágenes, las elipsis, figuras y referencias, serán constantes en una obra densa, metalingüística y viva, que a través de la palabra se dice y se desdice, cuestionándolo todo, hasta su propia esencia: «El último día que pasé contigo fue / el primer día que pasé conmigo. / Salí de ti para encontrarme».

    Si en una primera clase de Filosofía del Lenguaje se nos pregunta acerca del concepto de «significado», la poesía de Alfonso Brezmes realiza un elogio y refutación de sus propias teorías a este respecto. Titular este libro con un neologismo, ese amor prefijado, subraya la importancia de —pese a no haber un eje temático — un discurso intermitente, emitido por el hablante lírico hacia la persona amada: «Siempre tuve tendencia a desmitificar, / me inicié con tu cuerpo en la mitología»; pero también, da cuenta de su inquebrantable fe en la palabra: «el mundo ha vuelto a creer / en lo que no precisa ser cantado, / y la belleza consiste ahora en escuchar / cómo algo se escribe dentro de nosotros».

    Muchas son las preocupaciones, recuerdos y pensamientos del poeta; los temas de los poemas, análogamente reproducen esa pluralidad en un amplio abanico de colores: recuerdos, pensamientos, plegarias, ideas; y como si de un collage se tratase, no solo argumentalmente son diferentes los poemas, también lo son en lo formal: si algunos de ellos están escritos íntegramente con versos imparisílabos —con predominio del endecasílabo—, en otros, la heteropolaridad —no exenta de cadencia— lo acerca al verso libre. Una constante formal es la rima blanca de los versos, algo que se sostiene con pulcritud.

    En el transcurso del libro, la naturaleza inquieta del poeta es transmitida, como también, su inteligencia. La palabra se tensa para tratar de derivar su significado a través de la grieta. El pensamiento, alerta para esquivar los lugares comunes, busca la originalidad argumental dentro de una coherencia sintáctica que no busca lo poético en la ruptura gramatical.

    Poeta singular, Alfonso Brezmes es difícil de etiquetar o adscribir a algún bando o ideología poética. Probablemente, la particularidad de ser independiente, de escribir sin porqué ni pensando en rendir cuentas, favorezca esa libertad creadora que esplende en los poemas.

    Uno de los rasgos que definen su poesía en este Ultramor es esa capacidad para contar una historia en el interior del poema. Si en su modo confesional y descriptivo el autor es íntimo y preciso; no lo es menos cuando recurre en ocasiones a una función narradora de especial contundencia, ya que no solo expone y desarrolla un hecho, la actitud frente a él de un personaje o su situación tras las consecuencias, sino que remata cada poema incluso con moraleja: «[…] y una lágrima rodó sigilosa / hasta desteñir la piel del mundo. // Pero yo ya no estaba allí / para poder contarlo».

    Baluarte en su estilema es la elección de un léxico limpio que no cede un centímetro a los ruegos de la estética. Este rasgo es consonante a la serenidad de una voz madura que hace de la incertidumbre un cálido remanso para la reflexión, una reflexión que deviene asunción del mundo, del ser humano y sus complicados procesos; donde el lenguaje es un lugar para esconderse: palabra sanadora, creadora, pero también, semilla de esperanza: «[…] mientras en las ruinas de antiguas bibliotecas / los pájaros se posan en silencio, / con la emoción apenas contenida / de aquello que está a punto de decirse».

LA CASA SIN PUERTAS

Homero vio a Dios:

esa fue la causa de su ceguera.

Borges leyó a Homero,

y en sus hexámetros las naves

surcaban el mar para llevar el sol

hasta el ciego horizonte de sus ojos.

Yo he leído antes a Borges

y otro me lee a mí ahora.

Así viaja la luz

por esta casa sin puertas

cuyos muros son palabras:

iluminando unos cuartos

tras dejar otros a oscuras.

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Alfonso Brezmes

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Publicado en “Todoliteratura.es”:

http://www.todoliteratura.es/articulo/presentaciones/jose-iniesta-presenta-poemario-eje-luz-libreria-ambreta-valencia/20180203080700046321.html

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   La tarde del pasado viernes, 1 de febrero, fue oscura, lluviosa y desapacible en Valencia, pero todos aquellos quienes tuvimos ocasión de escuchar los poemas de José Iniesta en la voz de su autor, fuimos iluminados por su luz y guarecidos por el calor de su palabra.

    A partir de las siete de la tarde, en la librería Ambreta, de Valencia, dio comienzo la presentación del poemario “El eje de la luz”, un libro editado por Renacimiento que supone el séptimo poemario de su autor. Recayó en las manos de Juan Noyes-Kuehn, filólogo, profesor y poeta, amigo de Iniesta, la labor de introducir a los asistentes a la presentación-recital. De esta forma pudimos conocer que la senda místico-trascendente transitada por el poeta en libros como Y tu vida de golpe (2013) o Las razones del viento (2016) también es hollada en El eje de la luz. Noyes-Kuehn, con acertadas palabras, subrayó que la desnudez del alma del poeta, no solo se expone en los versos, sino también se funde en la densidad de un paisaje que no es solo lontananza, se revela trasunto, hermosa analogía para describir el interior del ser humano.

   José Iniesta comenzó a recitar sus versos con esa forma tan apasionada que le caracteriza y pronto sedujo a un selecto y numeroso público asistente, entre el que se encontraban poetas ilustres de la Comunidad Valenciana, como Juan Ramón Barat y Blas Muñoz. Entre poema y poema conocimos a través de las palabras de Iniesta que una de sus vocaciones se convirtió en oficio, la docencia. La naturaleza en todas sus formas está muy presente en su poesía, hecho influido —según sus propias confesiones— por su cercanía a la tierra, desde su infancia, en parajes tan bellos como La Pobla de Sant Miquel (municipio de la comarca del Rincón de Ademuz) y Oliva (comarca de La Safor).      La contemplación de la belleza se trasluce en los versos de Iniesta en forma de celebración, y dentro de esa celebración la jácena maestra es la luz. Un símil o símbolo tan utilizado en literatura suena a nuevo en los poemas de El eje de la luz, la vitalidad de una poética enraizada en lo terrenal, pero con la mirada en lo celeste, es uno de los rasgos de un autor valenciano que se agiganta como poeta con cada libro. Emoción, sí, pero también meditación, destilan los versos de este libro:

Me basta con sentarme y asentir

en este patio mío donde el sol

resplandece en un muro que se agrieta.

    Puesto que su manifiesta conciencia de vida le insta a escudriñar el recorrido de una nube,  la luz del sol sobre un muro o el rostro de su mujer durante un desayuno cualquiera, el poeta encuentra en algunos sucesos un símbolo, una enseñanza que le obliga a contar y cantar la vida.

    La lectura de poemas terminó con una gran ovación y posteriormente el público tomó la palabra, así el autor pudo departir cercanamente con los asistentes a razón de sus preguntas.

  La poesía de José Iniesta, de hondo calado y sencillez léxica, camina entre la experiencia y lo místico, otorgando, a la manera de los poetas japoneses, una importancia sagrada a la naturaleza, templo real de quien rinde culto a una belleza que —al igual que él—  no malgasta su tiempo con impostadas retóricas.

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José Iniesta

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Título: La Velocidad del Sueño

Autor: Juan Pablo Zapater

Género: Poesía

Nº de páginas: 74

Año de publicación: 2012

Editorial: Renacimiento

ISBN: 978-84-847273-8-5

La editorial Renacimiento al publicar el volumen número 113 de su colección “Calle del aire” se ha marcado un tanto con respecto a sus competidoras al añadir a su colección el flamante regreso del poeta valenciano Juan Pablo Zapater a la poesía.

Cuando en el año 1989 un joven Zapater fue elegido merecedor del premio de poesía Fundación Loewe en la modalidad de joven creación con su obra “La Coleccionista” todo el mundo esperó con interés su siguiente trabajo, lo que muy pocos sabían era que tendrían que esperar 22 años para tenerlo entre sus manos. A diferencia de cualquier otro poeta que viese galardonada su obra con un premio tan prestigioso, en lugar de motivarse mucho más a la hora de publicar trabajos, Zapater decidió guardar un silencio editorial que muchos lamentaron, un silencio quizá entablillado por su perfeccionismo como creador o tal vez instaurado por una necesidad vital que lo llevó a macerar su mundo interior en una prospección que lo ha conducido, sin duda, a su consagración.

La velocidad del Sueño es un poemario dividido en dos partes: “Libro de huéspedes” que comienza con una cita de Paul Auster y “Rosas para otras manos” que comienza con otra cita de Rilke, cada una de las dos partes se compone de quince poemas, por lo que estructuralmente el poemario en general posee cierto grado de simetría. Podríamos decir que el poemario es por entero dialogístico, ya que Zapater dirige el argumento del yo lírico a un interlocutor que puede ser el lector, otras veces (en los poemas dedicados sobre todo) su voz se dirige a esa tercera persona enunciada, y además en algunos poemas la elocuencia de su dictado se proyecta hacia masas desconocidas (vosotros) o hacia masas conocidas (nosotros). Quizá por ese planteamiento de diálogo poético tan reconocible y tan cercano adquiera mayor trascendencia el poder de su palabra poética. Por eso y por una cuidada métrica imparisílaba, al igual que sus colegas Gallego y Marzal, Zapater hace uso de ese método que tanto reconocimiento les ha otorgado alternando los versos heptasílabos con los endecasílabos al estilo —digamos— de un concepto modernizado de lira castellana que prioriza su estructura al argumento y no a la estética.

El primer poema del libro se titula “La extraviada” refiriéndose a la Gaya Ciencia y hablándole directamente a ella reproduce versos de Aleixandre, Salinas o Neruda, en un ejercicio de sinceridad que quizá revela sus influencias como lector en un poema que viene a conmemorar y celebrar su regreso del silencio benefactor a la poesía por tanto tiempo extraviada.

“Libro de huéspedes” es un pequeño resplandor de nostalgia en lucha constante con la sensatez, el poeta no puede resistirse a la melancolía que produce desempolvar un relicario de recuerdos aun siendo consciente del riesgo que conlleva despertar viejos dolores, un ejercicio de atrevimiento que es más prudente tomar cuando los instintos ya están domados.

En “Dolor de los pecados mediocres” el poeta se sincera ante el gran público por su conducta irresponsable hacia alguien que lo estima y que él estimó, en este caso el poema está dedicado al prontamente desaparecido — y también poeta— José Luis Parra. Como buscando su propia absolución, aun a sabiendas que nunca llegará, Zapater pronuncia sus pecados y la ambición que le llevó a cometerlos en un lance de desahogo, un intento por disminuir la carga que lo merma y convierte el poema en un canto a la redención.

Confieso que al leer el poemario encontré dos poemas consecutivos que consiguieron erizarme el vello, dos poemas que hicieron olvidar al ojo agudo los trucos del escritor más avezado, dos poemas que al alma eximieron de la ardua tarea de desbrozar la retórica, dos poemas por los que sin duda merece la pena reseñar este libro: “La mitad del camino” y “El olvido del ángel”. El primero, por ser el disloque de una reflexión de dolor ternurizada, el segundo por ser una deyección de sentimientos en vorágine, una disuria forzada por demonios tras la pérdida de un ser querido, el universal dolor de la ausencia elevado a la belleza de unos versos para el recuerdo: …las nanas que a mi voz nunca le oíste / en las noches cantar y por no darte / en aquel hospital y aquella hora / una cuna en la tumba de mis ojos.

La devónica fuerza de la rosa invade por completo la segunda parte del poemario, una rosa tangible y abstracta, onírica y simbólica que a Zapater le sirve como pretexto luminoso para subrayar los contraluces de la realidad.

En el poema “Carta a un amigo” dedicado a Vicente Gallego, sorprende la sinceridad con que Juan Pablo intenta concienciar a su paisano de que el dogma espiritual al que se ha convertido no es menos ajeno al bien y el mal que cualquier otro, y el razonamiento final del poema dibujando el paralelismo de la espina y la rosa estremece por su incisiva elocuencia al mismo tiempo que por su desnudez encandecida.

El poema “Oración lunática” es una oda a la Luna inspiradora. Es el único poema del libro en que Zapater prescinde por completo del verso de Petrarca y enlaza en un compendio de acrílicas figuras un homenaje a ese ojo lunar que padece estrabismo.

El poema “Río” comienza con una cita de Pío Baroja que marca la pauta general del poema, su máxima contiene las palabras “recordar” e “imaginar” a las que Zapater añade “olvidar” para formar el acrónimo de “río” que reproducen sus iniciales, por eso el autor divide el poema en tres estrofas y comienza con esas tres palabras cada una de ellas.

En el poema “La noche del ateo” no pueden ocultarse ya los vestigios de un agnosticismo empírico, instaurado por la certeza de la experiencia, una experiencia que ha flagelado hasta el exceso hasta el más minúsculo grano de esperanza. La rosa de la fe dejó de hablarte / con su hermoso lenguaje sordomudo. Tras esta contundente ipseidad ya no quedan valores más creíbles que la resignación y la prudencia, el mismo y pesaroso mensaje que transmite el poema “La velocidad del sueño” versos que clausuran el libro ante nuestra mirada atónita, y no podemos reprochar ni un ápice de pesimismo ¿o acaso debemos exigir a aquel que ha padecido y padece dolores inextinguibles que viva esperanzado? Quizá eso sería más hipócrita que optimista.

Tras varias profundas, nocturnas y reveladoras lecturas, el poemario de Zapater se descube como un devocionario no confesado, un excelente trabajo de sinceridad armonizada que adolece el estigma de la velocidad de los sueños, la prisa y rapidez del mundo actual trascendidas como magnitud al mundo onírico, una magnitud demonizada que puede acercar o alejar a voluntad  a los pobres individuos de sus metas.