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Reseña publicada en “Todoliteratura.es”:

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FLOR-EN-EL-AGUA

Título: Flor en el agua

Autor: Vicente Barberá

Género: poesía

Editorial: Lastura

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 100

ISBN: 978-84-948512-1-6

Tal como escribe Vicente Barberá (Castellón, 1937) en el extenso prólogo —más de veinte páginas—  de “Flor en el agua” (Lastura, 2018), tras realizar dos viajes a Japón, entre 2013 y 2014, quedó fascinado con la riqueza de la cultura nipona. No es para menos. Tras dedicar su vida a la docencia, siendo inspector de Educación, pedagogo y autor de varias decenas de libros sobre evaluación pedagógica, Barberá despertó como poeta —tardío, según Pedro J. de la Peña en su prólogo a “Después del amor”— en el año 2014 con la publicación de “De amor y sombras” (Páginacero Ediciones) y desde entonces son cuatro sus libros publicados con aspiraciones líricas. Además, Barberá es uno de los miembros fundadores del grupo literario “El limonero de Homero”, lo que le ha llevado a participar en sus diversas antologías, también como poeta.

    Inquieto espiritualmente y viajero incansable, Barberá, quien en la actualidad, entre sus numerosas ocupaciones se dedica a impartir talleres sobre la felicidad, reúne todos los componentes necesarios para interesarse por la poesía japonesa, concretamente, por el haiku; algo que, no solo le ha llevado a integrarlo en sus talleres, sino también a conocer otras formas poéticas japonesas.

    “Flor en el agua” se compone de cuatro partes y cada una de ellas está compuesta según un formato poético japonés en el siguiente orden y cantidad: haiku (55), senryu (84), tanka (27) y mondoo (3). Cada una de las partes va encabezada por una bella ilustración de Susana Benet. A modo de prólogo y epílogo, el autor abre y cierra el poemario con sendos sonetos, formato con el que se halla muy familiarizado.

    Si exceptuamos el primer bloque dedicado al haiku, podemos decir que el resto del libro, en sí, es un canto al amor romántico. Como sabemos, el haiku tradicional, llamado «de lo sagrado», se enclava en la naturaleza y no permite al autor expresar sus emociones o pensamientos; es por eso que en este primer bloque, titulado “En la linde del agua”, el autor, llevando a cabo un ejercicio de educación del yo, consigue inhibir esa tendencia expresiva que le caracteriza y será en los demás bloques donde la desatará a través de diferentes formas poéticas.

    Los haikus de Barberá ocupan siete páginas, a razón de cuatro poemas por hoja. En ellos encontramos una constante métrica: todos están escritos en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente, lo cual deviene en una cacofonía rítmica a pesar de alternar las cesuras entre los primeros y segundos versos de cada poema. La rima de todos ellos es acertadamente blanca, y aquí se aprecia un denodado esfuerzo por no incurrir en consonancias ni asonancias, algo que se suele encontrar con mucha frecuencia en otros autores.

    Los haikus de Vicente Barberá se basan más en una contemplación descriptiva que en la sensorialidad del olor, el sonido o el tacto, aunque encontremos un poema en el que el olor indefinido de unas calles parece contaminarse negativamente por los demás elementos del poema: «Graznan los cuervos. / En un barrio de Kioto / las calles huelen». Su mirada recorre el paisaje natural en busca de esa pequeña belleza que no solo encierra en sí misma el funcionamiento y orden del mundo, sino también representa el equilibrio entre fuerzas antagónicas que permite y en el que sucede la vida. Como ejemplo, el haiku número dos, donde la quietud de la chicharra contrasta con el movimiento de las hojas mientras conviven en un mismo árbol: «Chicharra inmóvil / en el tronco del árbol. / Las hojas tiemblan». Este mismo poema cumple también ese grado de indeterminación que se exige al haiku verdadero, pues no sabemos por qué tiemblan las hojas; el poeta deja la causa del temblor de las hojas en una elipsis, recurso que utilizará en otros poemas.

    Por ejemplo, en el haiku número cuarenta y ocho, donde desconocemos el motivo por el que llora el ciego: «Guirnaldas verdes. / En la fiesta de otoño / un ciego llora»; poema en el que a su vez vuelven a salir representadas antitéticamente la alegría de una fiesta y un llanto, además de señalarnos con la palabra `otoño´ una referencia estacional.

    Algunos haikus contienen elementos urbanos, por lo que se alejan del concepto «de lo sagrado». Incluso encontramos varios haikus urbanos completos, como el diecinueve: «Papel en blanco. / Un lápiz en la mesa / resbala y cae». En otros, la relación efecto causa de los elementos y la situación son demasiado evidentes: «Corren las liebres. / Pisando los rastrojos / un cazador». También encontramos algún zappai en toda regla, como el número cuarenta y siete: «Un viejo pino. / Sobre el césped helado / sólo unas matas», el cual no es ninguna ocurrencia, parte de la observación, pero carece de suceso.

    En ocasiones, la escena descrita es tan sugerente que al terminar el poema nos quedamos pensando en lo descrito, pero también en lo que podría suceder después, como en los poemas veintisiete y cuarenta y uno: «Noche nevada. / El perro está dormido, / alguien se acerca», «Una paloma / se acerca lentamente. / Niños mirando». Por lo general, los poemas suelen ser muy gráficos, algunos de atractivo efecto cromático: «En el estanque, / cardumen de colores. / Vuela un zorzal».

    Teniendo en cuenta el valor fundacional de este libro con referencia a la relación entre su autor y la poesía japonesa, el balance es esperanzador y positivo.

    “Los límites del cielo” es el título de la segunda parte, la más extensa, dedicada al senryu. Este tipo de poesía, a pesar de conservar la métrica imparisílaba de la anterior, permite verter en ella pensamientos, temas variados, como el amor o relaciones sociales, incluso añadiendo ironía y humor, entre otras cosas. Aquí, la torrencial voz de Barberá parece resolverse hábilmente a pesar de incurrir en ocho asonancias, pues crea hermosas metáforas ya liberado de las ataduras del haiku: «El cenicero / contiene las cenizas / de mi pasado».

    El yo lírico aparece y adquiere suma importancia, se alternan sus observaciones: «En la piscina / se reflejan dos rostros / desdibujados» con pensamientos: « ¿A dónde irán  / todos los estudiantes / si ya no estudian» e incluso con apelaciones a un apóstrofe amado: «Ven. Sentirás / que el mar por la mañana / brilla y murmura».

    Pero sobre todo, los poemas en esta parte del libro y de aquí en adelante, nos descubren a un poeta romántico que encuentra en el amor la viga maestra sobre la que construir su reino: «Llora hasta el perro / en la casa habitada, / si tú no estás».

    Este romanticismo estará totalmente justificado en “En brazos de su amante”, el siguiente bloque. Como anticipamos, los poemas siguientes son tankas, una composición poética milenaria en Japón que fue concebida como medio de comunicación de los amantes furtivos, quienes después del encuentro amoroso se enviaban abanicos o ramos de flores a través de mensajeros e incluían en ellos pequeños poemas en los que hablaban de su encuentro, pero de una manera que solo ellos podían entender. Estos poemas conservan la métrica del senryu anterior pero añaden una segunda estrofa compuesta por un dístico de heptasílabos.

    Como singularidad sintáctica el tanka incluye la posibilidad de vincular la idea y elementos de los dos primeros versos con la idea y elementos —aparentemente diferentes— de los dos últimos a través del tercero, punto de inflexión y eje clave para relacionar los argumentos expuestos en ambas estrofas.

    Así pues, como ejemplo del tercer verso con función de pivote encontramos el poema número ocho, en el que la mujer nadando aparece en ese proverbial tercer verso ofreciendo la clave para interpretarlo: «Cauce del río / con el sol en sus aguas / y ella nadando. // Veo el torso desnudo / y pienso, sólo pienso».

    La adición de los dos últimos versos permite al poeta ampliar su abanico creativo y rematar de alguna forma la idea sugerida en los primeros: «En el verano / tu cuerpo, arena y agua, / se mece al viento. / Sobre la playa ardiente / atracan mis deseos».

    “Si no te tengo cerca” es el título de la cuarta y última parte, donde el poeta redunda en el amor, pero esta vez utilizando el mondoo (combinación de dos katautas): poema en dos estrofas de cinco, siete y siete sílabas en las que la primera estrofa una persona sugiere una pregunta y en la segunda estrofa otra persona le responde. De esta manera se relacionan las estrofas, lo que además permite encadenar poemas de manera interminable.

    A diferencia de todos los poemas de los bloques anteriores, el mondoo sí lleva título, carece de rima, como toda la poesía japonesa y está abierto a múltiples temáticas. Como sabemos, Barberá escoge el amor como tema central y en su poema “Ausencia” escribe: « ¿Dónde estás hoy / que no te encuentro, amor, / en la linde del lago? // Ya me marché, / amor, a otros lugares / donde florece el viento». Esa `linde del lago´ nos recuerda a la flor de loto del primer haiku del libro, por lo que además de sensación de intertextualidad y abroche como clausura del final, intuimos la relación entre la flor y la mujer como sinónimos de una misma belleza.

    El siguiente poema, de título “Espejo”, me inclino a pensar que a pesar de carecer de pregunta es una de las variantes del sedoka, poema que comparte con el mondoo métrica y estructura de pregunta y respuesta, con la salvedad de que en el sedoka solo hay una persona que se pregunta y responde a sí misma; juzguen ustedes: «Miro el espejo / buscando tu hermosura / y me encuentro a mí mismo. // A veces pienso: / qué amarga es la distancia / si no te tengo cerca».

    “Flor en el agua” supone la primera y más que digna incursión de Vicente Barberá en la poesía japonesa, una osadía que ha afrontado con respeto y dedicación y de la que es difícil salir indemne, por lo que es posible que su inquieto andar en busca de conocimiento y belleza vuelva a conducirle a esta senda, aunque probablemente debido a la experiencia transformadora, la meditación y el tiempo, ni la senda ni él sean los mismos.

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Vicente Barberá Albalat

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Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2016/06/la-simetria-de-los-insectos-de-jorge.html

 

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Título: La simetría de los insectos

Autor: Jorge Ortiz Robla

Género: poesía

Editorial: Lastura

Número de páginas: 87

Año de publicación: 2014

ISBN: 978-84-942866-3-6

Jorge Ortiz Robla (Las Palmas de Gran Canaria, 1980) es escritor y restaurador de bienes culturales, su inquietud literaria —hasta el momento— le ha llevado a cultivar el relato, el microrrelato y la poesía, y ha demostrado en todos estos géneros una equilibrada destreza, como también, un merecido reconocimiento. Y es que este autor canario se mueve excelentemente en las distancias cortas; motivo por el cual me atrevo a vaticinar que no tardará en abordar, como género más de su bibliografía, el aforismo.

La simetría de los insectos, publicado por Lastura, ya va por su tercera edición, ocupa el número diecinueve de su colección Alcalima de poesía, y cuenta con el valor añadido de Joaquín Pérez Azaústre, cuya signatura esplende en un acertado prólogo como pretexto a los poemas.

Muchas son las percepciones que se avienen tras la lectura de este poemario, la poética de Ortiz Robla invita a ello. Comenzaré diciendo que nos encontramos ante una obra muy madura que no responde a esa fragmentación del hielo a que acostumbran las primeras obras de un autor; por el contrario, el poeta afincado en Catarroja (Valencia), con este libro no comienza a levantar del suelo su bibliografía poética, sino que ahonda en la tierra para cimentar en ella la sólida base que soportará todo el peso de su futura estructura.

La economía lingüística es otro rasgo en el estilema de Ortiz Robla, los poemas son —en general— breves, lo que no evita que en poco más de trescientos versos su autor componga su particular decálogo poético, un manifiesto que nos lleva a otra apreciación sobre su poesía, lo humanístico.

La simetría de los insectos se divide en seis apartados, cada uno de ellos compuesto por un número diferente de poemas a los que, por lo general, se suma un texto breve cuyo epígrafe es “Cuaderno de bitácora”, este elemento literario, histórico cuaderno de sucesos del navegante, compone aquí su particular doble lectura, ya que, mientras los poemas divagan acerca de preocupaciones existenciales, antropológicas y metafísicas; los cuadernos de bitácora parecen narrar la historia paralela de un prestidigitador a la deriva que culmina su periplo marino —invadido de recuerdos—, divisando tierra.

Aunque el amor sea el pretexto e hilo conductor de todo el libro: Ese es nuestro fin, buscar siempre nuestra otra mitad. Un amor al que se invita: Mi corazón, una puerta abierta, / de par en par. Un amor al que se recuerda: Cómo no recordarte, / cómo no imaginar tu cuerpo / apoyado en la mesilla / proyectándose hacia afuera; Ortiz Robla, con esta obra se adscribe a la corriente posmodernista, demuestra ser un poeta de su tiempo, su discurso es actual, como también sus modos, aunque en su caso se encuentra más cerca del irracionalismo y la elipsis, que al culturalismo o hermetismo. Su palabra, indagadora, en verso libre y blanco, también se acoge a los postulados del criticismo, todo es cuestionable, no a la indiferencia, por ello, en ocasiones, el poemario adquiere tintes de poesía social.

Uno de los temas centrales en los “poetas posmodernistas” es la descripción del mundo inmediato frente al cosmopolitanismo modernista. Los nuevos poetas centran su atención en lo cercano —no en lo exótico—, y en lo cotidiano —como símbolo de lo universal— encuentran la metáfora perfecta. El enclave escénico de La simetría de los insectos es urbano, a él responde toda la iconografía de sus imágenes: Llegar a casa y buscarte en Google Earth, // […] otra vez mi reflejo / en la profundidad lacónica del metro. Y es precisamente en esa tesitura, inconformista y contemporánea, donde el poeta encuentra su mejor versión: Amo las bolsas de los supermercados / y detesto las de las tiendas caras. / Su rugosidad / sus asperezas / sus asas de cuerda, que me recuerdan a una soga. / La hondilla que esposa el consumismo / a nuestras muñecas. La poética de Ortiz Robla arremete sin tapujos contra la burguesía y el capitalismo, su conciencia liberal y filosófica no comprende a una sociedad tecnócrata donde la única estabilidad la otorga el dinero: Asegurarse un plato caliente / con un máster en riesgos laborales. / Asegurar el aparato de los dientes, / la maleta, el Ipod y el coche. / [Como si eso fuera la vida].

La postmodernidad es un período que problematiza los discursos totalizadores procedentes de la idea de progreso basada a su vez en la idea de la razón ilustrada. El racionalismo se convirtió en una sucesión de dogmas malheridos que desembocaron en el totalitarismo, por lo que el poeta posmodernista está obligado a ser expeditivo y voluntarioso, razones por las cuales algunos se radicalizan. No es el caso de Ortiz Robla, quien con equilibrada técnica transita diversos géneros, senderos y ámbitos morales sin caer en ningún momento en la caricatura, la parodia o el esperpento.

Algunos de sus poemas podrían considerarse aforismos, tanto por su brevedad, como por su dosis reflexiva: Intentar labrarte un futuro. / [Y que la tierra que sacas se convierta en fango, / y arenas movedizas]. O este otro: Tu cuerpo es la solapa del libro / que se escribe / dentro de ti.

Así culmina el tercer acto de una historia de amor: Después llegaron las rarezas del sexo, / la manera de esconderse entre los cojines y la cama / y decidir follarse / entre las plumas y la lycra / de su descanso. Realismo que lo acerca a la concepción poética de Pablo García Casado, poeta admirado al que homenajea en una de sus citas.

El amargo escepticismo —síntoma del fin de la modernidad— choca contra el neovanguardismo formal y surge la duda, la incertidumbre óntica que criminaliza a la certeza: Nadie sabe lo que es en verdad el hombre, / nadie sabe, / nadie conoce, / nadie desbrizna la pauta. // […] pero lo que no es, / bien, / bien, / lo conocemos.

Sin duda, a Jorge Ortiz Robla le espera una interesante carrera literaria, en breve verá la luz su segundo poemario que llevará por título Presbicia y será editado por la editorial tinerfeña Baile del Sol; un  trabajo al que deseo tenga un largo recorrido.

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Jorge Ortiz Robla