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Artículo de investigación publicado en “Oculta Lit”:

https://www.ocultalit.com/narrativa/arquitectura-de-la-narracion-edurne-portela-belen-gopegui/

 

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Belén Gopequi

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Edurne Portela

Introducción

Las novelas Mejor la ausencia, de Edurne Portela y El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui, son brillantes ejemplos de la narrativa española actual en cuanto a los diversos efectos que una cuidada y estructurada narración puede producir en el lector. Además, en ambas novelas se trata la violencia de la sociedad de diferentes maneras, por lo que ofrece modos diferentes de afrontar un problema sin que por ello afecte a su originalidad y efectividad narrativa. El estudio de las voces narradoras y la relación entre ellas, así como las consecuencias de adoptar determinadas perspectivas al narrar determinan en ambos casos el posicionamiento ideológico de las autoras, y todo ello es el objeto de estudio de este trabajo.

 

 

Focalización interna y oralidad

Amaia Gorostiaga es una niña de cinco años que vive con sus padres y hermanos en un pequeño pueblo de la margen izquierda del Nervión  durante la etapa más efervescente del conflicto vasco. En 1979 arranca Mejor la ausencia, el periplo de una familia que irá desestructurándose influida por la violencia y el machismo de una sociedad que en plena crisis identitaria contaminará sus vidas y les abocará irremediablemente al fracaso.

  Edurne Portela Camino (Santurce, Vizcaya; 1974), es bien conocedora de la problemática social y política en la que se enmarca su novela. No por casualidad, la autora, en 1979 también contaba cinco años de edad, por lo que el rol de su protagonista apunta visos de corresponderse con su alter ego. Como ya demostró Portela Camino en su ensayo El eco de los disparos (Galaxia Gutenberg, 2016) y ahora en su primera novela, su preocupación por entender cómo influye la violencia de una sociedad en las personas aspira a  cristalizar en la enunciación de una cultura capaz de afrontar sus consecuencias.

    Desactivada la amenaza terrorista de ETA y merced al fenómeno provocado por obras como Patria, de Fernando Aramburu, parece que no solo es oportuno, sino necesario, abordar los problemas del pasado para esclarecer algunos momentos de la historia que marcaron la personalidad de un país.

    La novela se compone de dos partes, la primera y más extensa, titulada “Parte I. 1979-1992”, que comprende el periodo de vida de Amaia, su protagonista, desde los cinco hasta los dieciocho años; y “Parte II. El regreso (2009)”, donde se narra su regreso al escenario de su juventud siendo ya adulta.

    Como hiciese García Márquez al comienzo de su Crónica de una muerte anunciada, también Portela Camino hace saber al lector que Amadeo Gorostiaga, padre de Amaia, morirá en algún momento de la novela; un breve paratexto de apariencia periodística —anacronía en forma de prolepsis— describe cómo encuentran su cadáver después de haberse suicidado con somníferos en uno de los hoteles más lujosos de Bilbao. Este hecho crea una tensión en el lector, puesto que le hace saber de antemano que tanto la ambigua relación con su hija como los asuntos turbios en los que anda metido se verán interrumpidos traumáticamente por su muerte.

    Amadeo y Elvira forman un matrimonio en el que las ausencias de él y los problemas con el alcohol de ella influirán en la conducta y el desapego de sus cuatro hijos. Aitor, Aníbal, Kepa y Amaia representan cuatro posibilidades de enfrentar los problemas que les acucian dentro y fuera de casa. Así,  Aitor tiene inquietudes filosóficas, Aníbal está enganchado a la heroína y Kepa parece seguir los pasos de su padre, quien es acusado de ser gudari, junto al tío Josu, y de defender a Euskal Herria. Elvira, la esposa de Amadeo, vive la mayor parte del tiempo sometida a las ausencias y la iniciativa de su marido.

    Toda esta problemática familiar alternará protagonismo con acontecimientos sociales de esa otra problemática política q         ue completará el convulso contexto en el que se narra la novela. Y es precisamente en este punto, en la narración, donde la autora encuentra el modo de distinguirse a la vez que dota de hiperrealismo a su historia.

    Mejor la ausencia está narrada en la primera persona de Amaia, personaje principal, y será a través de sus ojos como toda la acción será, no solo contada, sino también comprendida, descrita y nombrada. Es decir, Amaia tiene cinco años, por eso durante los primeros años de narración habrá muchas cosas que no comprendamos como lectores, puesto que el conocimiento de una niña de su edad hace incomprensibles ciertas palabras, situaciones o hechos. Un ejemplo de ello es la secuencia en la que con motivo de un viaje para visitar a su tío Josu, la pequeña cuenta cómo unos militares armados con metralletas los detienen y los entretienen unos minutos pidiéndoles su documentación; evidentemente, ella ignora que todo ello es producido por cruzar la frontera con Francia.

     Por lo mismo, el léxico de la narración será muy sencillo, hasta coloquial. De hecho, buena parte de la novela incurre casi en una oralidad —con todos los vicios e imprecisiones que ello conlleva— que utiliza la autora para dotar de veracidad y ritmo a su relato. No será infrecuente encontrar vulgarismos, jerga, sustantivación; lo que resulta en dinamismo en los diálogos y prácticamente en un nulo aparato retórico.

    El léxico y los referentes irán cambiando según la protagonista crezca y vaya enfrentándose cada vez a situaciones más duras: uno de los hermanos muere, su amor por Iker nunca terminará de consolidarse y su primera experiencia con el sexo será poco menos que traumática. Dicha dureza también se verá aumentada debido a la lucidez del personaje narrador, quien ya irá llamando a las cosas por su nombre y advirtiendo el grado de peligro de cualquier amenaza. Por ejemplo, cuando Amaia era niña y era testigo de la quema de vehículos en la calle solo le preocupaba si debido a eso llegaría tarde a la escuela, mientras que el verdadero peligro de situaciones así queda latente para el lector, debido en este caso al punto de vista del narrador.

    Esta decisión, la de contar la novela a través de los ojos de Amaia, será llevada con asombrosa pulcritud[1] hasta el final de la primera parte en un virtual grado cero temporal en el que lo aparente es la confluencia del tiempo del relato y el tiempo de la historia. Por lo tanto, será una narradora autodiegética y simultánea a la acción de los sucesos, puesto que todo se narra en tiempo presente, el narrador como elemento principal tiende a desaparecer. Conoceremos parte de los pensamientos de los demás personajes solo a través de sus propios diálogos. El lector desconocerá lo mismo que la protagonista, por lo que tendrá muchas dudas y ello motivará la continuación de la lectura.

    Que el lector conozca solo esa parcela de realidad que Amaia presencia influye decisivamente en la descripción de una violencia condicionada a su entendimiento. Si en lugar de escoger a un narrador autodiegético de poca edad, la autora hubiese elegido, por ejemplo, un narrador omnisciente de edad madura, el efecto de la violencia en la novela hubiese sido más crudo y pronunciado, así como la tensión que genera la incertidumbre hubiera sido sustituida por una precisa pero menos tensa descripción de hechos. De todas maneras, como Edurne Portela crea una ficción basándose en un contexto histórico real, los pequeños indicios de violencia fuera de la familia pueden ser interpretados históricamente sin necesidad de que el narrador especifique más detalles: debido a ello se sostiene la novela y resulta francamente buena y sugerente su lectura en sus primeros pasajes, apela a un lector activo.

    Acertadamente, la autora terminará con esa focalización exterior en todos los personajes e interior únicamente en Amaia cuando llegamos a la segunda parte de la novela. Aquí comenzarán las anisocronías, el narrador se volverá extradiegético en algunos pasajes, focalizará internamente en otros personajes, incluso dejará el tiempo presente para narrar hechos pasados e iremos resolviendo así todas las dudas generadas en la primera parte.

    Ninguna analepsis es gratuita. Es cierto que alguna misma secuencia es narrada desde varios puntos de vista diferentes, pero siempre para aportar datos necesarios que propician el desenvolvimiento de la historia. En este bloque deja de coincidir el tiempo del relato con el tiempo de la historia, por lo que la narración se complejiza y resuelve precipitándose hacia su desenlace.

    Analizando los roles femeninos de la novela y las vicisitudes que atraviesan podemos afirmar que en Mejor la ausencia su autora defiende el feminismo, un feminismo al que es inevitable defender, ya que la violencia física y psíquica se inflige a las mujeres desde la impunidad patriarcal. Amadeo dará varias palizas a Amaia, un grupo de amigos de Iker la acosará y tratarán de aprovecharse de su estado de embriaguez; muchos son los ejemplos de sometimiento y maltrato a las mujeres y desgraciadamente el tipo de sociedad en la que se enmarcan los naturaliza.

    Pero hemos de diferenciar dos tipos de violencia en esta novela. Por un lado, la interna, dentro del núcleo familiar, que afecta a todos los personajes, ya sea por medio de una paliza, una ausencia o un mandato; algo frente a lo que la autora se posiciona desde una perspectiva socialdemócrata o izquierdista, poniéndose del lado del más débil y empatizando con él. Y por otro, esa otra violencia social que alterna iniciativa contra el poder hegemónico al que combate, una violencia concreta de la que no se puede escapar, ya que tanto si se participa activamente en ella, como si se trata de ignorarla pasivamente, somos afectados por ella. El posicionamiento de la autora es el mismo. Ambos tipos de violencia corroen a los seres que sobreviven en sus alrededores, ambas transforman paulatina pero imparablemente sus conductas y personalidades y construye un escenario patriarcal donde el machismo se naturaliza y las relaciones de poder marcan la diferencia.

    Mejor la ausencia se pronuncia en contra del silencio cómplice que posibilita las injusticias. Toda la crudeza y el dolor padecido en la infancia de sus personajes se transforma en rebeldía, visceralidad, pero sobre todo, en descreimiento del amor cuando son adultos. Las relaciones familiares se distancian, se endurecen y los buenos momentos y buenos deseos pronto se esfuman y disuelven en la ácida realidad.

    La novela de Edurne Portela nunca deja de tocar suelo y aunque seamos testigos de muchos hechos intrascendentes y cotidianos narrados sin ningún afán estético, la historia se sostiene y nos mantiene atentos a la lectura sin pretender deslumbrarnos con grandes alardes. La gallina Caponata, Barrio sésamo, La bola de cristal, Mortadelo y Filemón; toda una galería de personajes y espacios icónicos del imaginario infantil de la época se irán transformando —Eskorbuto, Kortatu— y revelando a lo largo de los años como anclajes a una realidad que no está tan alejada de cualquier español que haya vivido los años ochenta.

    Juventud desarraigada, paro, desindustrialización —como modelos de violencia pasiva—, pero sobre todo, violencia, son los elementos nucleares que definen esta ópera prima de Edurne Portela. El patriarcado impone sus estructuras de poder en una suerte de trampa inesquivable en la que todos los personajes van cayendo. Una historia que demuestra lo imposible que resulta despolitizar la cultura, desactivar el metabolé que de alguna manera es endémico y condena a los atribulados protagonistas, pero lo más importante, un dolor transmitido de generación en generación y la imposibilidad de detenerlo, pues va implícito en el bituminoso contexto histórico que a todos impregna, que a todos nos flagela y marca, que a todos y todo condiciona.

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Capitalismo y solución

Si la novela de Edurne Portela podemos decir que se centra más en las relaciones humanas de una familia y en los efectos que en ellas produce la violencia endémica de una sociedad enferma, en El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui, la situación es bien distinta. A través de un contratiempo cotidiano, Gopegui pondrá de relieve una problemática de clases y sus círculos de influencia que no es tomada como tal por sus propios protagonistas. El hecho de formar parte del problema, por ser un diente más en las ruedas que hacen girar el capitalismo, hace que las personas pierdan perspectiva y no llamen a algunas cosas por su nombre y por lo mismo, no sean conscientes del problema y por supuesto, no vayan en busca de su solución.

    Y ahí radica una de las fortalezas del capitalismo: controla y somete al ciudadano de manera que este crea que es libre, lo anestesia e impide su reacción al no considerarse violentado. Belén Gopegui (Madrid, 1963) es una destacada novelista de manifiesto activismo social, de hecho, su madre fue una de las fundadoras de Amnistía Internacional. El padre de Blancanieves es su sexta novela y en cada nuevo libro la autora deja más claras sus ideas socialistas. También a estas alturas es muy claro el enemigo al que combate, el capitalismo hegemónico. Pero si algo aporta esta novela a ese escenario de posicionamiento y denuncia es una propuesta de solución.

    Susana, ingeniera agrónoma e hija de Manuela, profesora de instituto, madre de tres hijos y esposa de Enrique de cuarenta y nueve años, cuenta en una asamblea que organiza gente de izquierdas de vocación ecologista el aparente nimio problema que su madre sufrió hace unos días. Manuela pide la compra por teléfono al supermercado pero su entrega se retrasa, por lo que vuelve a llamar y el encargado del supermercado se compromete a hacerle el envío con retraso. Manuela, cansada de esperar, se marcha y cuando llega el repartidor ella no está en casa, razón por la cual el trabajador, de nacionalidad ecuatoriana, se ve obligado a dejar la compra en casa de unos vecinos. Como es natural, los alimentos congelados se estropean con el paso del tiempo y esta situación obliga a Manuela a volver a llamar al comercio, esta vez quejándose y pidiendo explicaciones. Este hecho provoca el despido fulminante del trabajador y ante su nueva situación de desamparo y pobreza, y obligado por sus cargas familiares, este decide hablar con Manuela y presionarla para que le consiga un nuevo trabajo.

    Un hecho tan aparentemente banal pone en marcha un conflicto cuyas verdades vertebrales presenta Gopegui desnudas. El ecuatoriano cree que él ha hecho bien su trabajo y por lo tanto exige a Manuela que arregle su situación, iniciativa que podría darse o no, pero desata una relación de culpabilidad y responsabilidad adquiridas por medio de amenazas que resulta en que los padres de Susana encuentran un nuevo trabajo para el ecuatoriano en una frutería algo alejada. Es por esto que Susana relata este hecho a la asamblea, por su solución: « Podríamos intentar algo parecido. Llevar las consecuencias de los problemas al lugar donde se originan. Necesitamos todo lo que estamos haciendo ahora, la lucha, la reflexión, la organización». Su visión pragmática del asunto no lo es solo por un funcionalismo de interés ególatra, aunque pretenda aplicarlo a su círculo más inmediato, en todas sus protestas subyace la lucha por un principio moral de igualdad y justicia: « ¿Por qué no podemos intervenir en la elección de los bienes que van a producirse? ¿Por qué permitimos que una minoría se apropie de esa elección y de los bienes?». Y esta reflexión entronca con los principios que la autora manifestó en una entrevista concedida al suplemento El Cultural:

Pertenezco a esa imaginaria clase media que parece flotar hasta que viene un momento de crisis y entonces es empujada directamente al proletariado; sostengo que gran parte del dolor es evitable y no por vías metafísicas, sino modificando un sistema económico que se basa en la apropiación privada de los excedentes productivos.

    Acto seguido, Gopegui nos presenta un comunicado muy particular. La asamblea de miembros de los grupos antiglobalización en los que participa la veinteañera Susana adquiere voz propia como sujeto colectivo y su apelación es un documento, como no podría ser de otra manera. En su intervención, plantea en tono irónico el absurdo fanatismo que puede provocar la fe en unas siglas, cuestiona la inmaterialidad del dogma y se burla de la importancia que las personas dan a diferenciar entre lo colectivo y lo particular, algo que queda ridiculizado tras sus palabras, pues ese intento de definición se dará durante toda la novela y fracasará en el intento: « No somos férreos, ¿cómo podríamos serlo si nuestra naturaleza es la única capaz de desmaterializarse y volverse a materializar sin que medie la muerte?».

    Por rasgos como este, la autora parece acercarse a la misma aspiración que planteó en su novela Lo real (Anagrama, 2001): crear una novela colectiva donde lo particular se mezcla, fragmenta y se confunde fiel a la máxima de Bertolt Brecht: «El público es una asamblea de individuos capaces de transformar el mundo y que reciben informes sobre él». Además de en esto, Gopegui coincide con Brecht en su ideología comunista. De alguna forma, la autora sigue sus pasos en el sentido de que no se limita a denunciar unos hechos frente a una sociedad oprimida, no se limita a expresar sus ideales, pretende concienciar al lector e invitarlo a reflexionar para que este actúe y cambie las cosas, algo a lo que el creador del teatro dialéctico se acercó en 1919 con su obra Tambores en la noche, basada en la revolución liderada por los espartaquistas alemanes, en la que al final de la función se desmarca del anterior teatro tradicional, el cual era neutro en cuanto a ideales políticos, y rompe la cuarta pared y el pacto de ficción al dirigirse uno de los actores en estos términos al público: «Todo esto no es más que puro teatro. Simples tablas y una luna de cartón. Pero los mataderos que se encuentran detrás, ésos sí que son reales».

    Belén Gopegui utiliza diversos modos para intentar colectivizar lo particular en algunos de los capítulos de su novela, si podemos llamarlos así. De hecho, comienza algunos de ellos con los datos del personaje que va a presentar del modo en el que aparecerían en una ficha de trabajo. Incluso utiliza títulos con valor didascálico, previos al texto del capítulo para señalar tanto el narrador que va a intervenir como su actitud frente a los demás personajes: «Susana a la asamblea». Así, los comunicados emitidos por la asamblea se irán sucediendo y alternando con capítulos dedicados por entero a diálogos entre los personajes, pero también con el contenido de los cuadernos de Sara y Manuela. Del narrador autodiegético con focalización interna de los personajes se pasa a un narrador omnisciente y extradiegético en pasajes que comienzan por letras mayúsculas. La dinámica narrativa es total.

    Encuentro una analogía y correlación entre lo colectivo como correspondencia de lo que representa el capitalismo y lo particular y lo que representaría la pobreza; buscar ese punto intermedio entre ambos sería lo mismo que buscar esa clase media que estaría entre el pobre y el rico, lo público y lo privado, y en ambos casos, la autora sugiere que no existe ese término medio.

    Si en Mejor la ausencia  encontramos a un único narrador durante el ochenta y cinco por ciento de la obra, en El padre de Blancanieves la situación cambia completamente y en ese sentido puede considerarse coral. Este hecho favorece a que el lector conozca múltiples puntos de vista a través de los personajes y los comprenda o no, pero desde luego amplía su registro de información, algo que le beneficia a la hora de juzgar y posicionarse.

    El uso de las diversas voces narrativas de la novela deviene en una complicada trama de relaciones que va complejizándose más conforme vamos llegando al final, esa especie de cadena de favores sugerida por Susana que cambiaría drásticamente el orden de las cosas, ese inconformismo inicial y su posterior apelación a la acción devela una mecánica de causa-efecto y a ello contribuye la amplitud de miras de la autora, quien no reduce el problema de la violencia a un caso concreto, a una podredumbre puntual, sino que la presenta en todas partes, llega desde cualquier persona y en las circunstancias más triviales. La sociedad ha absorbido el modelo competitivo capitalista y desde la publicidad, hasta la información, las artes o la literatura están impregnadas de sus consignas de forma subliminal. Nadie está a salvo de su difusa influencia, no es fácilmente reconocible y se esfuerza porque el pueblo no se alíe y permanezca separado.

    Gopegui nos advierte de forma no tan idealista como parece de lo que podría pasar, ubica su historia en un emplazamiento real pero fabula con causas morales conflictivas más que probables y sus posibles efectos en la sociedad. En tan solo dos páginas de la novela, la 298 y 299, Gopegui nos relata diversas posibles situaciones conflictivas de las que podría extraerse una novela de cada una de ellas, y demuestra con ello que el problema social está muy lejos de ser erradicado: el chico de la empresa de sondeos que es despedido y chantajeado para perder su indemnización a cambio del paro; los científicos que venden a la empresa privada su descubrimiento debido a la incompetencia de la Universidad; los emigrantes que trabajan en el horno y nadie les advierte que hay que abrigarse para entrar en la cámara de frío y contraen pulmonía; el chico que desmonta un escenario y le cae en la cabeza una barra de hierro; o el hombre que trabaja en una productora y soporta a un jefe que le chilla a cada momento y por eso, cuando llega a casa, casi sin darse cuenta, se encuentra chillándole a su hijo. Todos estos microuniversos solo se esbozan, no llegan a desarrollarse, pero en todos ellos reside un núcleo germinal de parcela de poder en la que tiene lugar la desproporcionada fuerza del fuerte aplastando al más débil. En todos ellos reside un motivo que procura su continuación. Este pasaje de la novela es especialmente relevante.

    Gopegui regresa a la historia de su madre y el repartidor ecuatoriano para subrayar que el hombre blanco solvente, no solo es responsable del trabajo precario del ecuatoriano por su silencio, también lo es por haber conquistado, robado e invadido sus tierras durante siglos en el pasado; quizá por ello, la madre de Susana entra en crisis. Las razones o pretextos que pueden explicar cómo hemos llegado hasta aquí parecen inabarcables.

    La pelea en el colegio de Rodrigo, el hermano pequeño de Susana, pone en tela de juicio la existencia de la clase media una vez más, esta vez en su propia familia: «no ganáis el suficiente dinero» pronuncia Susana a sus padres, refiriéndose a que para garantizar que la violencia y los problemas de la gente pobre se queden fuera de la burbuja familiar hay que tener varias casas y numerosas propiedades. Curiosa reflexión en una sociedad de consumo. En todo momento, la novela de Belén Gopegui plantea preguntas acerca de lo normal y lo no normal, cuestión interesante que nos lleva a replantearnos la ideología de los poderes fácticos.

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Conclusiones

Tanto Mejor la ausencia como El padre de Blancanieves confluyen en su denuncia contra el silencio cómplice. En el caso de la novela de Belén Gopegui el metafórico padre de Blancanieves podría ser el padre de Susana a nivel particular y a nivel colectivo lo sería esa hipotética clase media que no reacciona y permite el monopolio capitalista.

    Las arquitecturas narrativas de ambas novelas permiten ver las contradicciones de los personajes así como las diferentes formas que el mundo utiliza para erosionarlos. Si bien, Portela se centra más en la parte humana y dramática de la familia que retrata, Gopequi amplía su radio de acción y presenta una violencia menos concreta y más difícil de detectar, puesto que las relaciones humanas, empresariales y el imaginario completo de la sociedad han absorbido las prácticas invasivas del capitalismo como algo normal.

    La novela de Edurne Portela carece de la figura de narrador como tal, no existe el narrador extradiegético y omnisciente que lo sabe todo y nos explica con detalle cada asunto, son los personajes quienes cuentan desde su perspectiva las vicisitudes que pasan, por lo que toda información que recibe el lector está mediatizada por las características de su personalidad. Con esta decisión, sobre todo en las primeras ciento ochenta páginas, se atenúa el efecto de la violencia para favorecer la intriga.

    Esto no ocurre en la novela de Gopegui, pues su versatilidad narrativa es manifiesta y nos cuenta su historia desde perspectivas diferentes en todo momento y con varios tipos de narrador. Gopegui maneja a su antojo la tesis y la antítesis, aunque a mi juicio no termina de dibujar la síntesis que las supera. La complejidad de El padre de Blancanieves quizás requiera de esa suma de voces para no desconcertar al lector con un enfoque único de la narración, puesto que hay un momento en que empiezan a aparecer personajes que se entrecruzan y podría aturdir la variedad de voces, pero la autora se encarga de seguir un hilo que está muy bien marcado durante toda la obra.

    En ambas novelas el uso de la voz narrativa condiciona el dibujo de su sociedad histórico-política, así como el tratamiento de la violencia. Mientras Portela dosifica el efecto de la violencia en sus personajes, Gopegui es más expeditiva y gráfica en sus propuestas. En cualquier caso, narran realidades diferentes pero quedan bien retratadas en el funcionamiento del mundo, ambas son realistas, pero la historia de Gopegui es la más contestataria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

 

 

BRECHT, Bertolt; Wikipedia, página consultada el 12 de noviembre de 2018.

https://es.wikipedia.org/wiki/Bertolt_Brecht

GOPEGUI, Belén; “Me gustaría parecerme a un Dostoyevsky de este siglo, con su misma fiebre, pero menos desesperación”, entrevistada por Nuria Azancot, El Cultural (13/11/2007), pp. 9-12. Página consultada el 12 de noviembre de 2018.

https://www.elcultural.com/revista/letras/Belen-Gopegui/21163

GOPEGUI, Belén; El padre de Blancanieves, Barcelona: Anagrama (2009).

—PORTELA, Edurne; Mejor la ausencia, Barcelona, Galaxia Gutenberg (2017).

 

 

[1] Únicamente encuentro un desliz de este tipo de narrador en el cuarto renglón de la página catorce, donde Amaia, al estar dormida, no puede ser consciente de quién la lleva a la cama, algo que sin embargo se narra de forma omnisciente.

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¡Espléndido titular! ¿Verdad? Después de leer algo así, cualquiera pensaría que todo va bien. Los juegos se celebran cuando toca, no han reparado en gastos para la ceremonia —por lo que es deslumbrante—, y este año se celebra en Brasil, ni más ni menos que un país exótico, lleno de playas tropicales con cuerpos esculturales; una imagen que da la sensación de que las gentes de allí estén permanentemente en verano, y lo que es peor, de fiesta.

Todos sabemos que los medios de comunicación contribuyen como nadie a que esta época en la que vivimos sea la era del eufemismo. Desde el momento en que se permitió que la ley de los mercados marcase los tiempos de la economía, y no al revés, admitimos la condena a muerte de la libertad de prensa. Grandes inversores se encuentran detrás de los grandes medios, y esa obvia correlación entre el poder económico y el poder político tiene como misiva no dejar resquicio a cualquier publicación contraproducente. Sólo en pequeños medios, no indizados, en los que su repercusión es poco evidente o casi nula, podemos encontrar artículos que no apartan la mirada de esa errática verdad que los poderes mediáticos: tergiversan, demonizan o simplemente ignoran.

La diferencia entre la vida real y la vida contada por los medios es de una envergadura irrisoria; «el hombre despierto, debe ser definido como un animal que ríe» (Bueno, Gustavo; “Ética de la risa”, El Gallo, Salamanca, marzo de 1953). ¿Somos seres despiertos? Esta pregunta cobra especial sentido, principalmente, cuando aceptamos que aceptamos lo que a priori no deberíamos aceptar. Desde luego, esa desafección ante problemas universales que son solucionables con compromiso, mueve a risa. Lo peor de todo es que tampoco somos felices.

Más allá de si la felicidad es un estado anímico fugaz o una impresión subjetiva de la realidad, ¿quién puede ser feliz viviendo en la pobreza extrema? Y con pobreza, no me refiero únicamente a carecer de posición social, carecer de dinero líquido o posesiones, sino a no tener para comer. Tal es el caso de 45,8 millones de personas en Brasil. La mayor pobreza se sitúa en áreas suburbanas y en la región nordeste del país, donde el cuarenta por ciento de las familias sobrevive en la inopia. Sí, Brasil, la tierra donde en estos momentos se celebran los Juegos Olímpicos. ¿Qué pensarán las personas que viven en las favelas cuando vean pasar las limosinas con escolta, o cuando sepan el precio de la ropa que lució la modelo Gisele Bundchen en su desfile durante la gala inaugural?

La región de América Latina y el Caribe es, según Oxfam, la más desigual en ingresos del mundo, ya que en 2015 el 1% poseía el 41% de la riqueza regional, mientras que el 99% restante debe repartirse el otro 60%. Hoy, la avaricia de la clase pudiente ya no esconde su cara más ostentosa, su cara más cruel. Una de las propuestas del incipiente presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, es construir un muro que separe a Estados Unidos —en su frontera— con México, para evitar la entrada de personas ilegales. Desgraciadamente, ese infame proyecto ya es una realidad en Brasil —además de en otros países—, la denominada favela Vila Autódromo, sufrió el derribo de gran parte de sus viviendas en estado precario por su cercanía al recinto que hoy es utilizado como Villa Olímpica, en su lugar, hoy se erige un gigantesco muro de hormigón. El proyecto tenía como finalidad evitar cualquier riesgo de intrusión por parte de los más pobres, respecto al perímetro donde se hospedarán los deportistas durante un par de semanas.

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[Las meditaciones sobre el Poder tienen un carácter moral o ético –son «filosofía moral», y en esto estamos casi todos de acuerdo. Toda reflexión sobre el Poder (aunque, en sus comienzos, no sea estrictamente filosófica, sino científica, categorial) alcanza inmediatamente resonancias morales, por tanto: induce a una meditación filosófica. «El Poder (El Estado) es el Padre» –dice una fórmula muy extendida que intenta penetrar categorialmente (puesto que «Padre» es un concepto categorial, histórico, sociológico…etc.) en la esencia del Poder. Pero la penetración en esta esencia «categorial», induce, aunque no lo quiera, múltiples «líneas de fuerza» constitutivas de un campo moral, a la manera como la corriente que pasa por un conductor induce un campo magnético cuyas líneas de fuerza envuelven al cable. Para muchos psicoanalistas, decir «El Poder es el Padre» es tanto como condenarlo, sugerir la iniciación de la tarea edípica de la «muerte del Padre»].

Gustavo Bueno,

Sobre el Poder (en torno a un libro de Eugenio Trías),

El Basilisco, 1978.

Para alcanzar ese grado de rebelión, para acometer la tarea de Edipo, hay que ser plenamente consciente, tanto de uno mismo, como de sus congéneres y el contexto de la realidad que los rodea. Ocurre que el capitalismo ya se ocupa de que la sociedad tenga su opinión dividida acerca de cuál es su verdadero enemigo, o de que directamente carezcan de opinión. El caso paradigmático de la aplicación del videojuego Pokemon Go, y todo el revuelo que ha organizado a nivel global, es una muestra más del sometimiento mental al que la sociedad anda inducida. Esta “aventura”, pionera en realidad aumentada, ha sido desarrollada por Niantic, y aunque a algunos pueda parecerles mentira, factura nueve millones de euros al día, cantidad que es repartida entre las nueve empresas que intervienen en su comercialización.

Zygmunt Bauman, en su libro titulado Ceguera moral (2015), escrito junto a Leonidas Donskis, ya alertó de la pérdida del sentido de comunidad en los individuos que coexisten —que no conviven— en un mundo individualista. Esa ceguera moral, esa insensibilidad a los problemas propios y ajenos, hace imposible que seamos seres despiertos, mucho menos, que seamos autores de esa «muerte del Padre», y ha cambiado innegablemente la eterna lucha de clases de la humanidad por una lucha particular en la que ya, los valores que blande la parte más débil, no son los que eran.

Y siguiendo con la sociología que propugna Bauman y ese efecto adormecedor con el que están experimentando los responsables de las redes:

«Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa».

Zygmunt Bauman

Entrevista concedida a Babelia, enero de 2016.

A esa deshumanización paulatina y evidente, hay que añadir el grado de indefensión que sufrimos las personas ante la pérdida de libertades, la injerencia política en la privacidad del ciudadano ya es invisible e imparable. Aunque muchos no quieran admitirlo, la lobotomización general hace tiempo que comenzó y se sigue evidenciando.

Aquí, en España, la noticia es que Nadal participó en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, o que Mireia Belmonte ha conseguido la primera medalla para España. Amo el deporte y admiro a los atletas, son un ejemplo de superación, ellos son la mejor demostración de una costumbre que comparto y me tomo —quizá— demasiado en serio: uno mismo debe ser su único rival. El problema es que son muy pocos quienes toman a estos atletas como ejemplo, la masa social está más preocupada de ir a la moda, consumir el último grito en productos que no necesita, y en definitiva, obedecer las órdenes enmascaradas de un sistema que se hace llamar «demócrata», mientras perfecciona su dictadura a golpe de tecnología.

Brasil es el cuarto país del mundo en cuanto a extensión territorial se refiere, su reciente industrialización, así como su riqueza natural son el motivo de una importante expansión de su industria agrícola, un sector que aporta importantes beneficios a la hacienda pública, un erial que ya calcula su renta per cápita a razón de 4.320 dólares. Sin embargo, uno de cada cuatro brasileños debe recurrir a ayudas estatales para evitar el hambre.

Brasil tiene frontera con diez estados sudamericanos, buena parte de ellos son los mayores productores de droga del continente, este dato no es ningún misterio, es conocido a todas luces, como consecuencia de la poca o nula atención de este problema, Brasil es el segundo país que más drogas consume, después de Estados Unidos, y una de las mayores vías de tráfico de estupefacientes de todas las Américas.

Por si no fuera suficiente, y basándose en estadísticas internacionales, Brasil se encuentra a la cabeza en la lista de los países más violentos del mundo. En la ciudad de Río de Janeiro, por ejemplo, entre enero y mayo del año 2007, 546 personas resultaron heridas o muertas por consecuencia de tiroteos en enfrentamientos entre bandas rivales que se disputaban puntos de venta de droga en las favelas o la ciudad.

¿Alguien piensa que alguno de estos problemas se subsanará tras la celebración de los Juegos? Muchos aplauden la celebración de eventos mundiales en tierra brasileñas, como el mundial de fútbol de 2014, porque es una importante fuente de ingresos debido al turismo, principalmente. Lo que no piensan es que esos beneficios irán siempre a parar a los mismos.

Aquí, en España, los ciudadanos estamos siendo testigos de una bochornosa actuación de los partidos políticos en lo que a pactos y formación de gobierno se refiere. Si no consiguen llegar a un acuerdo, seguirá gobernando un partido imputado por corrupción —ya en términos de organización criminal— que ha obtenido menos de ocho millones de votos, es decir, que esos ocho millones de votos decidirán quiénes gobiernan a los otros treinta y nueve millones de la población restante, democracia pura y dura. Aquí, la desafección política y el descrédito no provocan en la casta el efecto que claramente manifiesta; la frase nítida e irreductible de: señores, ya no creemos en vosotros, queda traducida en los mítines a: la ciudadanía nos ha dicho que tenemos que pactar. Como sociedad, estamos esperando impasiblemente ser descabellados en unas terceras elecciones que sólo provocarán un gasto innecesario a las arcas públicas y constatará el mensaje ya enviado por nosotros, esos mansos labriegos que forman una ciudadanía a la que no se le agota la paciencia; dejemos de acudir en masa a los Black Friday, no comentemos más el desproporcionado precio del último fichaje del Manchester United y pongámonos en serio a reflexionar y actuar en aquellos problemas verdaderamente acuciantes para todos.

Mientras sigamos el sendero de la dichosa y telegrafiada [des]integración social, no habrá conatos de parricidio, sólo un suicidio colectivo y anunciado. Los flautistas de Hamelín del capitalismo guiaron las hordas de la clase media al precipicio del endeudamiento; si algo tan terrible no ha tenido castigo, puesto que ha aumentado el número de ricos, ¿qué puede tranquilizarnos sintiendo cómo el pie del Gran Padre está oprimiéndonos el cuello? El opio del pueblo. Si pretendemos fabricar armas y vivir de ello, no podemos permitir nada que favorezca la paz, (capitalismo, dixit).

Los primeros Juegos Olímpicos de la historia datan del 776 a.C. desde entonces, hasta hoy y cada cuatro años, el deporte ha sido motivo de unión de los países, algo que no deja de ser paradigmático. Hoy, una parte importante del planeta está en guerra, y otra se siente amenazada. Contemplar el accidentado recorrido de la antorcha olímpica por las calles de Brasil, me hizo sentir que el ser humano todavía cree en simbolismos, la llama no debe apagarse y para ello se emplea cualquier medio. Lo cierto es que aquello que verdaderamente llevamos a rajatabla es la perpetuación de las costumbres. No cambiar la tradición, más aún cuando esta atenta contra la dignidad o integridad de otros seres, sigue siendo una incógnita sin candidato para la etología moderna. El dinero sigue imprimiendo nuevas páginas a su evangelio espurio, si finalmente las Humanidades se acaban suprimiendo de la enseñanza, y con ellas se constata la leucemia de la educación, suscribo al cien por cien la afirmación de Luis Alberto de Cuenca: «El suicidio definitivo de la civilización está a la vuelta de la esquina» (La Razón.es, 2016).

Estamos aquí para despertar de la ilusión

de que estamos separados.

Thich Nhat Hanh

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LA CREDULIDAD DEL IGNORANTE

 

Cualquier constitución elaborada para legislar un país presume entre sus artículos de palabras como: justicia, igualdad, libertad, ordenamiento jurídico o pluralismo político. No hay que ser una autoridad en la materia para darse cuenta de su sistemático incumplimiento. Y es que uno de los resortes de los que se ayuda el poder para alcanzar su estatus, es precisamente el engaño. Un engaño —más que evidente—, a día de hoy, que hace uso de todos los recursos a su disposición —legales o no— para materializarse.

Como ciudadanos de países «desarrollados» estamos acostumbrados a recibir misivas de comportamiento: publicidad, noticias, arte, tecnología…etcétera, directrices que no interpretamos como mandato —lo que verdaderamente son—, sino como tendencia, corrección o «medidas de integración social». Y es que, no por nada, las cúpulas de la inteligencia mundial basan sus proyectos de gobierno en estudios sociológicos, somos objeto de una etología sumergida, análisis que determinan los perfiles generales de una masa anónima que demanda y manifiesta inconscientemente alimentar sus instintos mostrando una actitud manipulable (gregarismo).

La condición humana está formada por una serie de vicios distintivos, una letanía de rasgos animales que arrastran consigo la pesada carga del materialismo, la envidia, la ambición, valores arraigados que hábilmente estimulan los facinerosos gobernantes. Nos dibujan un paradisíaco escenario poblado de derechos seráficos para después desviar nuestra atención con cortinas de humo que les permiten llevar a cabo sus intenciones onerosas, valiéndose de la anquilosada estructura de un sistema que ellos mismos complican para su ocultación. Tal vez sea ese principio el erróneo, la política, pensar que un estamento tan alambicado y corrupto como ese sea el único válido para gestionar los recursos de una nación; o por lo menos, la política que conocemos. En estas últimas décadas, filósofos tan influyentes y distintos como Mounier (personalismo), Lévinas (fenomenología), Ricoeur (hermenéutica), Rawls (contractualismo), Apel (kantismo), Rorty (paganismo), Maclntyre (aristotelismo)… Se han mostrado conscientes de que sus reflexiones éticas, en un intento por humanizar la política introduciéndole la ética o emanan de profundas preocupaciones políticas o constituyen una referencia crítica al quehacer democrático. Y esta penetración en el pensamiento político no proviene de una causal opción de cada pensador, sino que responde a las internas exigencias del propio pensar ético-filosófico.

El hecho de convocar a los ciudadanos a las urnas cada cierto tiempo, puede decirse que no es más que una farsa, una pantomima que alimenta la creencia del propio individuo a cerca de la «importancia» que tiene para su gobierno su «valiosa» opinión. Si bien, en una campaña electoral todos los discursos de los líderes políticos versan sobre el consenso de los partidos, la economía del bien común o la prioridad de los intereses generales de la sociedad sobre cualquier otro asunto, una vez adquirido el poder, el grupo de turno aliena toda esa dialéctica de vapor que propagaba asentando una inmoralidad recalcitrante. Una vez más, la masa necesitada de liderazgo renuncia a su autonomía y es manipulada debido a uno de sus caracteres más subrayados, su heteronomia.

LA CULTURA COMO ARMA INSOBORNABLE

Lo que aparenta ser lo más fuerte

ha sobrepasado ya su tiempo de vida.

El futuro depende de lo que se está fraguando desde abajo.

Seamus Heaney

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Como dijo el icónico revolucionario por antonomasia, Ernesto “Che” Guevara: «Un pueblo que no sabe leer ni escribir es un pueblo fácil de engañar». Creemos que sabemos leer y escribir, pero nos sirve de poco. Volviendo a los rasgos que nos caracterizan como sociedad global, encontramos la ignorancia como constante inamovible, aunque parezca mentira, una gran parte de la población sigue siendo analfabeta, otra gran parte no completa los estudios básicos, otra parte apenas culmina unos estudios medios y así sucesivamente. Abandono escolar, falta de recursos económicos de las familias, asilvestramiento de una juventud desencantada quizá por no encontrar un revulsivo en estudiar una carrera para después engrosar la lista del desempleo. En la actualidad, tener un trabajo ya no significa dejar de ser pobre. La subida de tasas en las universidades, el desequilibrio entre la inflación y la renta per cápita, la preservación del misérrimo salario mínimo interprofesional y un largo etcétera, son motivo más que suficiente para producirse una expansiva pérdida de derechos y el desamparo intelectual de varias generaciones.

El poder es esencialmente egoísta, no quiere ciudadanos que piensen por sí mismos, no quiere verse cuestionado por seres inferiores que lo único que tienen que pensar es en mantenerlo, por eso fabrica la cultura de masas y trata de dificultar el acceso de las clases medias y bajas a la educación. Es muy consciente de que la cultura es una de las llaves que puede romper su monopolio, su estrategia básicamente se reduce a desorientar y desunir al pueblo, en lugar de aumentar y proteger sus derechos. Uno de los resortes mundiales creado para esa función de monopolio es sin duda la globalización, un fenómeno inducido que ya es tendencia y aumenta las diferencias entre clases sociales, motivando con ello el aumento de la producción y el beneficio de los mercados a costa de un precio medioambiental incalculable y una supresión de libertades y derechos del ciudadano que nos retrotrae a tiempos de guerra. Los pequeños y medianos comercios están desapareciendo,  la facilidad para comunicar con personas en la otra parte del planeta de manera inmediata hace que todos nos decantemos por las mismas vías y sin querer, estamos marcando un rastro con nuestra información fácilmente detectable. Son tantas las connotaciones negativas de esta tendencia mundial sobre la sociedad que cualquiera que aumente sus conocimientos en ese sentido advertirá de inmediato un ofensivo intrusismo en la libertad, que como consecuencia, nos desemboca en una sensación beligerante. La educación es la puerta, la cultura la llave.

LA CIUDADANÍA Y SU ROL FÁCTICO

En el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo

el artista y el objeto de su arte, es el escultor y el mármol,

 el médico y el paciente.

Erich Fromm

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El mundo está en peligro, la amenaza del pensamiento único, de un gobierno mundial, sobrevuela todos los escenarios futuros, el sociólogo M. McLuhan introdujo ya hace tiempo el concepto de «aldea global» para referirse a la interdependencia creciente entre las diferentes sociedades del planeta. Universalismo no equivale a homogeneidad. Algunos piensan que la mundialización que padecemos es inevitable, otros pensamos que —al menos— sí es reorientable y eso exige pasar a la «acción».

Mientras la economía no esté al servicio de las personas y de la biosfera no será posible disfrutar de un sistema inclusivo y solidario, evolutivo y sostenible, algo poco probable si analizamos los intereses que defienden instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio, los verdaderos reyes de esta arcadia de degradación y pobreza en expansión.

La ciudadanía no es consciente del inmenso poder que posee, el ciudadano de a pie se siente vulnerado, inferior a sus dictadores que los tratan como semovientes, pero nada de eso, precisamente está en manos de la ciudadanía, el único y verdadero poder para oponerse eficazmente a estas fuerzas y hasta pulverizar cualquier instancia de poder a la que considere deshonesta. Tan sólo debe cerciorarse, cada individuo, de que los fines que él persigue son los mismos que los de su vecino, advirtiendo así que son perfectamente realizables aunando fuerzas. Si la sociedad quisiera, podría derrocar a cualquier rey, arruinar a una empresa determinada o convertir en inaplicable cualquier decreto que ella no acatara. Pero para eso hace falta perder el miedo y ganar la convicción. Si sabemos de una empresa que explota a niños para manufacturar sus productos, promovamos una campaña de acoso y derribo y no compremos ninguno de sus artículos. Toda aquella marca que no cumpla las normativas de comercio justo, todo aquel grupo político que no respete las leyes ni el decálogo de su precampaña electoral debería temblar ante el expeditivo acto de una sociedad indignada y bien canalizada que los ajusticiara al momento. Pero no es así, PERMITIMOS que unos bancos sufragados con dinero público expolien a sus propios clientes cuando lo que deberíamos hacer es atacar masivamente y no ingresar moneda alguna en sus cuentas. Los bancos, como brazos articulados de los gobiernos, son una lacra que sirve para controlar e intimidar a los ciudadanos, si fuésemos capaces de reclamar nuestra soberanía como pueblo veríamos que los sistemas que tenemos por factibles son meras dictaduras disfrazadas, y seríamos testigos, con una crueldad pasmosa, de que el siguiente paso del sistema sería la violencia, y no dudarían en utilizar cualquier medio, por cruento que fuese, para eliminar sus amenazas.

Es necesaria la revolución para salir de la oscuridad, todos somos títeres, números que viven en la parte más oscura de una sombra, sujetos potencialmente consumistas para quien manipula los hilos, un rol umbrío que a través del valor y la cultura debemos y podemos cambiar. Debemos creer en el antropocentrismo a cualquier precio, desobedecer las normas y potenciar nuestras virtudes, nadie hace caso de manifestaciones pacíficas, es más, las criminalizan, eso no nos deja muchos cauces para canalizar nuestra discrepancia. Los periódicos son las sagradas escrituras del eufemismo, hay que decir «basta» y movilizarse.

DE LA SUMISIÓN A LA SUBLEVACIÓN

Cuando la dictadura es un hecho,

la revolución se convierte en un derecho.

Víctor Hugo

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El paso que debemos dar como ciudadanos libres y conscientes de nuestras responsabilidades, no es fácil, pero es necesario, no es digno soportar por más tiempo las vejaciones a las que nos someten los mecánicos e insensibles métodos de la ambición de los pudientes. Si no remediamos a tiempo que la agresividad de los mercados determine las circunstancias económico-sociales de los continentes, pronto llegaremos —de mano de la tecnología— a escenarios donde la rebelión ciudadana se limitará a una pobre e insulsa resistencia. Si tal como está vaticinado, la robótica desarrollará sus técnicas y nos ofrecerá los primeros cyborg completamente insertados en la sociedad, ¿qué clase de empresario no querrá contratar al empleado perfecto, que no se detiene a comer, que no llega tarde ni enferma, que no percibe sueldo ni emite queja alguna? El futuro se presenta desolador. Actualmente, una empresa de producción de Smartphone ubicada en China ha despedido a todos sus empleados y los ha suplantado por robots, triplicando con ello su producción. Imaginen un ejército de sicarios robóticos, sin remordimientos ni escrúpulos, sin dudas ni humanidad, ¿alguien piensa que no serían utilizados para reducir a los desobedientes?

Las mismas familias que actualmente monopolizan los recursos del planeta, serán las mismas que lo hagan de aquí a cien o doscientos años, la única salvedad es que para entonces, la balanza —si no hacemos nada— ya se habrá desequilibrado por completo. Que nadie lo dude: no somos libres. Que nadie lo dude: estamos condenados. Que nadie dude de la inexorabilidad de estos procesos, ya imparables, que van deteriorando y acotando al ser humano.

El ser humano es el factótum que hace girar la maquinaria del mundo, nadie puede convencerme de que deba ser esclavizado por el capitalismo: pluralidad de culturas y respeto, equitativas normas, poderes públicos. Nada debe escapar al escrutinio de la verdadera democracia, aquella que garantiza la prosperidad y bienestar de sus practicantes. Si una entidad bancaria no funciona, debería cerrarse. Si un partido político estafa o no cumple su programa electoral, debería suprimirse. La dignidad de una persona no es moneda de cambio. Derechos inviolables, normas relativas. Libertad, sanidad, educación, el planeta ofrece recursos para todos ¿quién no proporcionaría alimento a aquel que muere de hambre? Mientras no luchemos por ello no merecemos llamarnos seres humanos. Escuchad a Hessel. Hay que paliar la pobreza, el hambre, el miedo, nadie lo hará por nosotros. Las circunstancias nos exigen el mazo, el golpe sobre la mesa, la convicción desatada, no titubeemos más en la obediencia sistemática, nos han defraudado tantas veces que ya no hay decoro en el silencio. Cambiemos mártires por héroes, son mucho más baratos, viven menos y no piden disculpas. La mascarada tiene sus días contados, debe eclosionar la primavera de las conciencias, debe terminar este declive que corrompe hieráticos edenes y contamina idílicos estuarios. Facundia tras facundia, mentira tras mentira y el odio nacerá para buscar su forma.

Desde luego, no debe ser fácil poner en riesgo la integridad de uno mismo y su familia, arriesgarse a perder el seudoconfort que nos permiten tener, pero mientras no lo hagamos, mientras no reaccionemos pacíficamente ante esta amenaza y sigamos escribiendo y pensando lo que nos permitan escribir y pensar, mientras sigamos comiendo y diciendo lo que nos permitan comer y decir, no seremos más que las ratas inducidas de un cruel y jactancioso «flautista de Hamelín».

La violencia, esa arma a la que nuestro sentido común relega siempre como último recurso en cualquier pleito, es el último reducto —lo queramos o no— ante la derrota; esperemos que nuestra pasividad no lo convierta en el único.

 

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Trader Vincent Vincent Quinones, foreground right, gathers with other traders on the floor of the New York Stock Exchange, Tuesday March 18, 2008.  Wall Street gave up some of its steep gains Tuesday while investors digested the Federal Reserve's decision to cut interest rates by three-quarters of a percentage point. Many investors had expected a cut of a full percentage point. (AP Photo/Richard Drew)

Dicen que lo mejor de «tocar fondo» es que puedes hacer pie para subir. Cuando todo va bien, los amigos florecen, la gente se acerca y quiere compartir tu éxito contigo. Las «vacas gordas», esos tiempos de bonanza o buena suerte en que creemos que somos felices, envuelven nuestra vida  bajo una frágil capa de optimismo que enmascara a nuestro entorno pero también a los que nos rodean.

Para muchos, la palaba «crisis» trae mal fario, es algo que tratan de evitar pronunciar, es como el tabú de la palabra «bomba» en un avión; sin embargo, qué duda cabe, es en las situaciones límite cuando somos conscientes de cuánto podemos aguantar, hasta dónde podemos llegar, y lo más importante, sabemos quiénes han estado siempre a nuestro lado y quienes nunca han estado y jamás lo estarán.

Entrar en crisis, a pesar de ser algo que consideramos dañino, puede tratarse de un proceso necesario en el trayecto evolutivo de cualquier ser vivo. La duda, la incertidumbre, el bloqueo, sentirse atrapado y desbordado por las circunstancias, activa en nuestra mente resortes que desconocíamos poseer, y es que el ser humano atesora en sus genes un imperioso afán superviviente que lo empuja a la épica, a la gesta, a crecerse ante la adversidad, hechos que, misteriosamente, le hacen olvidar su condición frágil y mortal. Somos seres resilientes por naturaleza, algo que siempre ha favorecido nuestra supervivencia como individuos, y como especie.

Es preferible soportar el trance de los tiempos convulsos y conocerse a sí mismo, o por lo menos, conocerse más, además de desenmascarar a los supuestos amigos, supuestos familiares o personas de confianza que merodean a nuestro alrededor, que vivir siempre en el interior de una burbuja de apariencia estable que en verdad resulta ser una mentira.

Es muy probable que después de soportar una crisis económica, afrontemos con fuerzas renovadas el futuro, y no sólo renovaremos nuestras energías, sino que valoraremos mucho más cuanto tenemos, seremos menos derrochadores, más eficientes, y potenciaremos nuestra austeridad, nuestra sensibilidad como personas comprensivas y solidarias con los demás, en definitiva, buscaremos nuevos depositarios de nuestra confianza.

Una crisis matrimonial puede enseñarnos el camino de la autocrítica,  el camino de la ternura, de la reflexión, del perdón. Hay típicas frases a este efecto que, aun convertidas en clichés, no dejan de ser de lo más verdaderas, como: “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana” o “no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos”. Tocar fondo siempre es algo doloroso, pero también una escuela. Las cicatrices endurecen la piel que dañan, las experiencias curten, el dolor nos invita a reinventarnos.

Si una crisis sistémica y global azota a los habitantes del mundo, es muy probable que haya sido orquestada, pero lo sea o no, podemos extraer ciertas conclusiones o reflexiones en todo caso: ¿quién se ha visto beneficiado por ella? ¿Qué factores pone en marcha una crisis para influir drásticamente en nuestras vidas? ¿Sabemos con certeza de qué depende nuestra estabilidad? Si una crisis no ha sido orquestada, cuando menos, su parte positiva es que pone a prueba las virtudes y defectos de un sistema. Y si ha sido prefabricada para golpear a las personas, sin duda es una herramienta letal que permite manipular sin que la persona manipulada pueda acusar a nadie —con nombres y apellidos— de su sufrimiento. Por tanto, ya sea para evitar su reproducción o para tratar de desenmascarar a sus responsables, toda crisis merece una autopsia, un análisis profundo desde su gestación a desaparición, incluyendo el pertinente skyline de los ámbitos modificados en su radio de acción; sólo así su experiencia habrá sido de alguna manera “ventajosa” a largo plazo, salvando las pérdidas y tribulaciones.

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Parece que la mayoría de analistas está de acuerdo en que la crisis “económica” mundial surgió en Estados Unidos (2008), la distancia del tiempo transcurrido desde entonces (8 años) nos brinda una nueva perspectiva con referencia a ese aserto: el dólar ha recortado una importante distancia con el euro. O lo que es lo mismo, el valor de dos de las más fuertes divisas del sistema capitalista occidental se equiparan tras la crisis mundial. Actualmente un euro se cambia en el mercado por 1,0830 dólares. ¿Dónde están aquellas diferencias entre ambas divisas que a principios del milenio eran mucho más abultadas? ¿Acaso han utilizado la crisis como juego económico entre inversores? ¿Estamos ante una nueva forma de «Terrorismo de Estado»?

El periodista Joaquín Estefanía publicó un artículo para el diario El Mundo, el 26 de octubre de 2008, en el que afirmaba, a poco más de un año de comenzar los efectos recesionistas que más tarde terminarían como depresión, «la crisis financiera ha acabado con los dogmas dominantes de los últimos 25 años».

Werner Sombart

Werner Sombart

El sociólogo alemán Werner Sombart creó el concepto económico llamado «destrucción creativa» que popularizó más tarde el economista y fundador de la Escuela de Viena, el austriaco Joseph Alois Schumpeter en su libro Capitalismo, socialismo y democracia (1942). Este concepto engloba el proceso de innovación que tiene lugar en las economías de mercado mediante el cual las nuevas formas, productos, hojas de ruta, no sólo desbancan a los antiguos modelos, sino que los destruyen. Las innovaciones de los llamados «emprendedores» o ejecutivos, constituyen la fuerza que hay detrás de un proyecto económico, del que se presupone, será sostenible en el tiempo; la —permitida— caída de la compañía global de servicios financieros estadounidense llamada Lehman Brothers, considerado el cuarto banco más poderoso de América, confirmó esta teoría de destrucción y renovación al anunciar su quiebra en septiembre de 2008. Por este y muchos elementos más, y según la teoría de Schumpeter, debemos encontrarnos muy cerca de un cambio global inminente.

Joseph Alois Schumpeter

Joseph Alois Schumpeter

Para Schumpeter la esencia del capitalismo es el dinamismo, de esta forma, un capitalismo estático sería una contradicción en sí mismo; así, en su citado libro, establece cinco casos de innovación que justificarían la destrucción de la estructura antigua:

  1. La introducción de un nuevo bien.
  2. La introducción de un nuevo método de producción o comercialización de bienes existentes.
  3. La apertura de nuevos mercados.
  4. La conquista de una nueva fuente de materias primas.
  5. La creación de un nuevo monopolio o la destrucción de uno existente.

Si bien, en dicha obra, Schumpeter asegura que la dinámica del capitalismo debería estar regida por la libre concurrencia y competencias de los mercados, algo que no ocurre y por la naturaleza de las decisiones que el capitalismo está tomando en la actualidad garantizará que jamás ocurra, prevé un ocaso del sistema capitalista motivado por su propia injerencia en los estados así como por su exacerbada ambición.

Sin duda, vivimos una época en la que un nuevo orden mundial es necesario, aunque quizá no en las condiciones y dirección en que se está desarrollando. Mucha gente se pregunta hacia dónde vamos, pero si somos atentos a esos cinco puntos que Schumpeter mencionaba, veremos que es en el desarrollo de la ciencia en aquello que capitalista deposita su máxima esperanza de crecimiento. Vivimos en una sociedad tecnócrata cuyos valores morales son más que cuestionables, las nuevas tecnologías fagocitan la deshumanización del individuo al tiempo que favorecen a los estados a llevar a cabo su manipulación.

Esa manipulación o alienación de los derechos fundamentales de las personas, es cada vez más evidente y perpetrada desde las instituciones y poderes fácticos de cada sociedad. Algunos intelectuales afirman sin dubitación que aquello que el ciudadano medio cree saber —por ejemplo— de su propia Historia, es lo que la Iglesia Católica ha querido y permitido que este sepa; no olvidemos que los escribas de la Iglesia eran los encargados de salvaguardar las fuentes del conocimiento antiguo, así como también eran los encargados de traducir, reescribir o destruir obras capitales de la Historia Universal en función de sus propios intereses.

Lo que conocemos por Justicia o Derecho, trasladado a la legislación de un país, permite cada vez más y con más impunidad, la contaminación viral de sus artículos  —ya sea por inclusión u omisión— con esa sombra alargada del capitalismo encarnado en cláusulas leoninas que estafan, condenan y esclavizan a los seres humanos. Desde el momento en que alguien especuló y le salió rentable, se estableció una especie de contrato tácito entre los pudientes para explotar una nueva vía de latrocinio sin castigo en un intento por patentar un nuevo concepto de rentabilísima «propiedad privada».

Desde que la especulación destructiva es lícita —aun proviniendo de la utilización “ilegal” de información privilegiada— la sociedad sufre sus devastadoras consecuencias. Especular no es de por sí algo malo, pero sí se vuelve muy dañino cuando va asociado a un monopolio; devaluar los bienes en función de intereses, influir direccionalmente en las inversiones basándose en cálculos al alza, emitir a través de los mercados financieros dinero inorgánico favoreciendo con ello la inflación, son factores que bogan hacia la destrucción de una competencia que permita la subida de precios, primero en bienes de primera necesidad y así sucesivamente, hasta constituir una megasociedad global donde las leyes sean regidas por una oligarquía tecnológica y su único y desproporcionado arbitrio.

La actualidad es un escenario perfecto para poner en práctica nuestras dotes deconstructoras, nuestra capacidad de improvisación y creatividad, la realidad líquida de la que hablaba Chomsky, es un medio maleable, plástico y flexible que requiere una adaptación dinámica.

Los momentos críticos son periodos en los que se ponen de relevancia los puntos débiles de toda estructura, por tanto, padecer una crisis es un mecanismo ideal para identificarlos, y así  posteriormente, poderlos fortalecer o suprimir. Para muchos, la impotencia económica, política y cultural son consecuencias de la ingente crisis que sufrimos, para otros, como Alain Touraine, son precisamente esos los factores que han provocado el colapso.

Una crisis, en cualquiera de sus grados, siempre debería suponer la antesala de un cambio, el prolegómeno a una mudanza necesaria que debería trascendernos, desequilibrarnos para equilibrarnos. ¿Dónde nos llevará esta crisis de valores mundial que sufrimos? Quizá a un escenario empeorado por la procacidad de los mandatarios políticos, pero quizá también a un escalón más —en el sentido positivo— en la escalera evolutiva de nuestra conciencia; por lo menos, esa debería ser la aspiración.

Tropezaremos con muchos espejos durante nuestra vida, pero sólo el espejo del sufrimiento nos devolverá un reflejo verdaderamente cierto. El verdadero reflejo del dolor nos hace más humanos, más íntegros, menos vulnerables.

“El capitalismo es capaz de destruir la posibilidad de una vida digna”

Noam Chomsky

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Zygmunt Bauman

Cíclicamente, la historia se repite. Cualquier hemeroteca puede dar buena cuenta de ello: Gripe A (2009-2010), Gripe aviaria (2003) o el Síndrome Respiratorio Agudo severo (2002). Actualmente, el ciudadano del siglo XXI, sobrevive instalado en la desconfianza hacia sus gobernantes; el descrédito político es tal, que a nadie sorprende ya que -tras una investigación- una pandemia resulte ser provocada por los gobiernos para dos fines: atemorizar y controlar a la sociedad con su propagación (cortina de humo), al tiempo que para enriquecerse después con la venta de su vacuna. Entidades mediáticas como la fundada por Julian Assange (Wikileaks) en 2007, se han encargado de desvelar los oscuros propósitos de los gobiernos, así como las mentiras que han utilizado para encubrir sus verdaderos intereses. La sombra de una monumental conspiración, urdida por la mayoría de riquezas mundiales en consenso, ha provocado un florecimiento de teorías conspiratorias que daría para formar otra historia universal no contada. Poco a poco, se asume la maldad por su costumbre, se tolera porque es trivial y cotidiana, algo tan patético como terrible.

Que la salud mundial sufre secularmente serias amenazas virales, es algo —a día de hoy— innegable. Otra cosa es pensar que dichas amenazas, sean propiciadas por causas naturales. Basta con hacer un somero repaso a la aparición de algunas pandemias que han marcado relevantemente nuestra historia, para darnos cuenta de las constantes que se repiten y comparten -tácitamente- como denominador común:

En el año 430 a.C. Tuvo lugar la llamada “Plaga de Atenas”, aparecida curiosamente “durante la Guerra del Peloponeso” y más desconcertante todavía, debido a “un agente desconocido”; el caso es que le fue atribuido a la fiebre tifoidea la muerte del cuarenta por ciento de las tropas atenienses. Ya terminada la guerra, la infección siguió haciendo estragos y acabó con la cuarta parta de la población. ¿Pudo haber sido utilizada tal pandemia estratégicamente?

No es la única vez que un potente virus irrumpe al mismo tiempo que un conflicto bélico, por ejemplo, el tifus. En el año 1489 y durante las famosas Cruzadas, el tifus se llevó la vida de 20.000 españoles que combatían contra los musulmanes en Granada. Más tarde, en el año 1528, los mismos españoles se vieron beneficiados por el tifus, ya que en su lucha contra los franceses por la posesión de Italia, el tifus arrasó las filas francesas llevándose más de 18.000 vidas, dato por el cual, los franceses, perdieron su supremacía en Italia. 30.000 personas más murieron a causa del tifus en 1542, mientras se combatía a los otomanos en los Balcanes. La recurrencia de dicha enfermedad en tiempos de guerra era tal, que fue llamada «fiebre de los campamentos».

La mayor pandemia del siglo XIV, la peste negra, se “supone” que empezó en algún lugar del norte de la India. Se “supone” también que cruzó el mar a través de marineros infectados, y así pudo devastar la población europea cobrándose 25 millones de víctimas. Demasiadas suposiciones y coincidencias; brotes de origen desconocido, apariciones que casualmente coinciden con periodos de conflicto, y lo más importante, casi siempre las epidemias aparecen en zonas superpobladas: India, Europa, la antigua Rusia, China, el continente africano. El impacto causado por el Cólera, el Sida o la Viruela, ha demostrado con creces la fragilidad de nuestra especie, sus aportaciones a la raza humana, mediante grandes campañas de exterminio, nos han ayudado a sobreponernos a grandes obstáculos y a tener —cada vez— mucho más en cuenta, la vida microscópica.

Gracias al imparable desarrollo de la tecnología, cada vez resulta más fácil crear un virus letal en cualquier laboratorio y liberarlo impunemente en algún lugar inhóspito del mapa. ¿Hasta qué punto es ilícito vincular esta mascarada con la gran industria farmacológica? Recordemos que tras ellas se encuentran los grandes inversores. Esa misma sospecha -la de liberar un virus en una zona concreta- mantuvieron los habitantes de Sierra Leona desde que empezó a operar en sus tierras el famoso hospital de Kenema. Dicho hospital era gestionado tanto por administradores locales, como por doctores e investigadores de la Universidad de Tulane en Nueva Orleans, como del Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas de la Armada de los Estados Unidos. Allí trabajaba el doctor Shiekh Humar Khan, uno de los máximos expertos en Ébola de Sierra Leona, considerado un héroe nacional por su lucha contra la enfermedad y que murió el pasado 29 de julio tras ser infectado “extrañamente” por el virus. En dicho hospital, existe un laboratorio de armas biológicas, y es allí donde el experto en VIH y Ébola, Glenn Thomas, consultor de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra, participó en una serie de investigaciones acerca de operaciones de prueba en la zona con el virus. Tras esto, los habitantes de Sierra Leona culpabilizaron al hospital de inocular el virus a algunos de sus pacientes; existen pruebas constatables de ello. Thomas fue consciente de que el hospital había manipulado pruebas y diagnósticos de algunos pacientes, con la intención de convencerlos de que estaban infectados del virus y se sometieran a un tratamiento que no haría otra cosa que infectarles. Tal maniobra tenía como fin último la comercialización de una vacuna; pero la gente, tan asustada como indignada, se rebeló y el hospital fue atacado. El gobierno de Sierra Leona tomó cartas en el asunto y terminó cerrando el hospital.

Glenn Thomas se negó rotundamente a participar en tales prácticas, por lo que —y ahora viene parte de la teoría conspiratoria que sostengo— además de ser considerado peligroso, al estar al tanto de los intereses extranjeros en Sierra Leona y poder desenmascararlos, también era considerado como competencia, ya que sus estudios sobre el Ébola tarde o temprano terminarían culminando en una vacuna. Así que, casualmente, Thomas fue uno de los pasajeros que se perdieron en aquel vuelo de la compañía Malasyan Airlines sobre el cielo de Ucrania. Que cada uno extraiga sus propias conclusiones.

Tras la clausura del hospital de Kenema, hemos podido conocer, poco a poco, datos que ya ponen nombres y apellidos a las personas relacionadas —de alguna manera— con esta trama. Nombres como los de Bill Gates y su esposa Melinda, quienes —presuntamente— tenían algún tipo de conexión con este asunto. Y en esta dinámica, aparece el nombre del multimillonario George Soros, quien a través de su fundación (Fundación Soros Open Society) se descubrió como uno de los fuertes inversores interesados en la zona llamada “Triángulo de la muerte del Ébola” formada por Sierra Leona, Guinea y Liberia.

Tres grandes firmas farmacológicas han duplicado ya sus beneficios bursátiles sólo con anunciar que tienen una vacuna contra el Ébola. ¿Por qué razón desaparecen misteriosamente expertos en el tema? ¿Alguien tiene una explicación para justificar la desaparición del vuelo MH- 17 de Malasyan Airlines sobre Ucrania? Si la idea principal era que el virus del Ébola se propagase por África con posibilidad de llegar a otros países, era completamente necesario —puesto que los países vecinos son más desarrollados— que tuviese lugar una cadena de errores humanos que propiciaran su expansión. La realidad es incontestable, no hay más que leer los periódicos.

Que el virus del Ébola se expanda y mate a miles o millones de personas por todo el mundo, además de todas las “utilidades” mencionadas para sus creadores, conlleva otro “beneficio” más para aquellos que tratan de injerir y manipular el mundo; el control demográfico.

Ya en el siglo XVIII, el famoso clérigo anglicano y erudito británico Thomas Robert Malthus (1766-1834), considerado uno de los primeros demógrafos, expuso la crasa importancia que supone para un gobierno, conocer y controlar el crecimiento demográfico de su población. Malthus fue miembro de la Royal Society desde 1918, fue quien popularizó la teoría de la renta económica, y alcanzó la categoría de verdadera celebridad al publicar la primera edición de su Ensayo sobre el principio de la población (1798). En dicha obra, Malthus expuso la problemática que resulta de acrecentar el número de habitantes de un país sin tener en cuenta la cantidad de recursos naturales que la tierra puede proveer para sostener tal crecimiento. Esto mismo, es lo que en su libro resumió en dos párrafos de esta manera:

“Mas en el hombre los efectos de éste obstáculo (límites naturales de espacio y alimento) son muy complicados; guiados por el mismo instinto, le detiene la voz de la razón que le inspira el temor de ver a sus hijos con necesidades que no podrá satisfacer. Si cede a este justo temor es muchas veces por virtud. Si por el contrario le arrastra su instinto, la población crece más que los medios de subsistencia”.

“Cuando no lo impide ningún obstáculo, la población va doblando cada 25 años, creciendo de período de período, en una progresión geométrica.
Los medios de subsistencia, en las circunstancias más favorables, no se aumentan sino en una progresión aritmética”.

Robert Malthus (Ensayo sobre el principio de la población)

Para llegar a tales conclusiones, Malthus estudia el modelo de crecimiento de la sociedad norteamericana durante el siglo XVIII. Así constata que debido a la libertad de emancipación y la abundancia de los recursos alimenticios —fomentados por la industrialización—, no existe nada que frene la natural fuerza de expansión de una población y ésta puede crecer descontroladamente. Para Malthus, existían unos obstáculos al crecimiento de la población que clasificó de dos maneras: como obstáculos privativos y obstáculos destructivos:

Obstáculos privativos (implican voluntariedad)

  • Restricción moral: abstinencia del matrimonio, castidad, retraso del matrimonio hasta acumular recursos.
  • Vicios: libertinaje, prácticas contrarias a la naturaleza, violación del lecho conyugal, uniones criminales, uniones irregulares.

Obstáculos destructivos (no requieren voluntariedad)

  • Miseria: ocupaciones malsanas, trabajos penosos, pobreza, mala alimentación, insalubridad, enfermedades, epidemias, hambre, peste.
  • Vicios y desgracias: excesos, guerras.

La capacidad de síntesis de Malthus, consigue reducir a tres premisas la argumentación de su postulado:

“La población está limitada necesariamente por los medios de subsistencia.
La población crece invariablemente siempre que crecen los medios de subsistencia, a menos que lo impidan obstáculos poderosos y manifiestos.

 La fuerza superior de crecimiento de la población no puede ser frenada sin producir miseria”.

El crecimiento desmesurado de una población —según Malthus— ponía en peligro el sistema capitalista, no garantizaba el alto nivel de vida de los países desarrollados y por el contrario, sí garantizaba que una gran parte del mundo, estaría instalada por siempre en la pobreza y la miseria, por lo que se generaría una profunda desigualdad y ese numeroso estrato social se convertiría en un foco interminable de problemas: robos, epidemias, desobediencia.

Adam Smith (1723-1790), fue un ilustre economista y filósofo escocés, y para mucha gente, uno de los padres de nuestra economía actual. En su célebre obra La riqueza de las naciones (1776), asentó las bases del capitalismo moderno. A Smith, quien en sus comienzos trató de compaginar la ética y la política en sus reflexiones, debemos la idea de someter el mundo a una globalización que dependa mayoritariamente de los intereses de los mercados; y lo más interesante, también contemplaba Smith en su tesis, la idea de controlar la demografía de la población a gobernar, secundando así la propuesta de Robert Malthus.

El influjo de Malthus impregnó los dogmas de algunas de las entidades más poderosas del mundo, como: El Grupo Bilderberg, el Club de Roma, La Comisión Trilateral (TC) y el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR). El Malthusianismo convenció a estos organismos, todos masones, de una manera tal, que pronto construyeron un mecanismo para llevar a cabo ese control en la demografía a cualquier precio. En el año 1968 los integrantes del Club de Roma, convencidos de que nuestra civilización colapsaría a partir del año 2000 debido a la escasez de recursos, idearon un diabólico plan que consistía en fabricar un microbio indetectable, casi invisible, que atacara de forma infalible el sistema inmunológico de los seres vivos (VIH) y por lo tanto, favorecer que la aparición de una vacuna inmediata fuera casi imposible. Las órdenes dadas fueron desarrollar el microbio y también desarrollar una cura y profiláctico. El microbio podría ser usado contra la población en general y se introduciría mediante vacunas administradas en complicidad por la O.M.S. y organismos de salud continentales, tanto en África y Sudamérica como en Asia. El uso del profiláctico y antídoto sería utilizado en un principio por la élite gobernante. La cura sería administrada a los supervivientes, cuando los mandatarios decidiesen que ya había muerto el número de personas conveniente a sus intereses. Entonces, sería anunciada la vacuna como si fuese un descubrimiento reciente. Este plan fue llamado Global 2000.

Quien piense que está a salvo de toda esta ansia por controlar e influir en las personas, por parte de sus gobernantes —a veces en la sombra—; quien piense que todo es falso y es producto de mentes conspiranoicas; además de engañarse a sí mismo, estará contribuyendo a que dichas tramas encuentren mucha menos resistencia para ser llevadas a cabo. Dichas prácticas, conducen a un  nuevo feudalismo, donde la población atemorizada, sucumbe ante el poder del tirano que la somete y amenaza con un virus, al tiempo que lo alienta y premia con el favor de su panacea. Todo esto puede resultar mucho más grave e importante de lo que parece.

Para contrarrestar toda es urdimbre de amenazas que conllevan el capitalismo y la globalización de los mercados, encuentro un fino hilo de esperanza en la propuesta filosófica que defiende uno de los filósofos más importantes de la actualidad, Zygmunt Bauman (1925), y su teoría de “La identidad en la modernidad líquida”.

En el lúcido y referenciado planteamiento de Bauman, la búsqueda de la identidad propia, es concebida como tarea y responsabilidad vital de cualquier individuo; y su culminación, entendida como proceso y fin de su doctrina, constituirá la última fuente de arraigo del ser humano.

Bauman añade, que en la modernidad líquida —y para ello utiliza una bella y telúrica metáfora—, las identidades se asemejan a una costra volcánica que se endurece, vuelve a fundirse y cambia constantemente de forma. Todo aquel que quiera sobrevivir con dignidad, deberá adaptarse a las condiciones del entorno, cumpliendo así uno de los factores clave de la selección natural. El filósofo y ensayista polaco, plantea que dichas identidades, parecen estables desde un punto de vista externo, pero que al ser miradas por el propio sujeto revelan una fragilidad y desgarro constantes.

Según sus argumentos, en la modernidad líquida, el único valor heterorreferenciado es la necesidad de hacerse con una identidad flexible y versátil que haga frente a las distintas mutaciones que el individuo ha de superar a lo largo de su vida.

La identidad, se configura pues, como una responsabilidad reflexiva que busca la autonomía de los demás incluyendo la constante autorrealización personal, aunque, por su propia naturaleza, esté abocada a una constante inconclusión de sí misma, debido principalmente a una flagrante falta de estabilidad en todos los ámbitos de la modernidad tardía.

El Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010, entiende que la felicidad se ha transformado de aspiración ilustrada para el conjunto del género humano, a un implacable y enfermizo deseo individual. Y en una búsqueda activa, más que en una circunstancia estable, porque si la felicidad puede ser un estado, sólo puede ser un estado de excitación espoleado por la insatisfacción. El exceso en los bienes de consumo nunca será suficiente, por más que la verdadera felicidad tenga poco o nada que ver con la materia.

Bauman, al plantear la modernidad líquida, se refiere al proceso por el cual el individuo tiene que pasar para poder integrarse en una sociedad, cada vez más global, pero sin identidad fija, y sí maleable y voluble. La identidad se tiene que inventar y reinventar, construir y deconstruir, moldeando así las máscaras de la supervivencia. Sin llegar a ser una apología de la hipocresía, Bauman llega a esta conclusión a partir del análisis histórico de los grandes cambios que ha experimentado la sociedad, en especial, a partir de la lucha entre clases, entre el proletariado y los dueños de los procesos de producción, a finales del siglo XIX. El desintegramiento de las sociedades colectivas dio paso a la individualidad en términos de ciudadanía, los cambios vertiginosos que ha provocado la globalización y el imperialismo comercial de los monopolios en contubernio con los gobiernos neoliberales, el resurgimiento de la alteridad (movimientos indígenas), feminismo, la lucha arcaica en medio oriente, el crecimiento exponencial de la población mundial; son factores que han marcado y forjado —cada uno en su medida— la creación de nuestro panorama contemporáneo hasta llegar a la era de las tecnologías de la información y comunicación, donde más se observa la problemática de la identidad en la modernidad líquida. Si antes, en el siglo XVIII, la sociedad se caracterizaba por su sentido de pertenencia del individuo muy marcado entre los distintos estratos sociales, ahora con el auge de las redes sociales y los múltiples medios de comunicación, las identidades globales, volubles, permeables y propiamente frágiles, oscilan de acuerdo a la tendencia que marca el consumismo. Sin embargo, esta identidad escurridiza, nos hace cada vez más dependiente del otro y es ahí donde se encuentra la esperanza de crear condiciones de crecimiento en términos de humanidad, conciencia colectiva, siempre aspirando al bien individual pero partiendo del bien común, en un intento humanista de imitación a la naturaleza. Sin duda, un planteamiento utópico que, de ser desarrollado, compondría un nuevo y necesario orden mundial, más justo, menos destructivo, y por el que valdría la pena luchar.