«Los árboles son santuarios»

Hermann Hesse

Artículo publicado en el número 43 de la gaceta trimestral del haiku “Hojas en la acera” (HELA), pág. 8:

https://hela17.blogspot.com/2019/10/numero-43-arboles.html?m=1&fbclid=IwAR3EWCc0ssnGJeTlAXzX2Pi_AuuuEo4G-f_pqaOp68X_fngsInAHdfvHHwU

Pagoda in a Japanese garden in Kyoto

Las flores del cerezo representan en Japón la primavera, la inocencia y la simplicidad, lo que las convierte en un símbolo de renovación y esperanza: proceso y estado de máxima relevancia para el japonés contemporáneo. Denominados `sakura´, las flores de este árbol —para algunos— comparten el título de «flor nacional» junto al crisantemo. Tal es la adoración que la sociedad japonesa profesa a este tipo de floración que en su honor celebran el famoso festival llamado `hanami´, el cual consiste en reunirse con familiares y amigos, al comienzo de la primavera, para merendar o almorzar bajo la sombra del cerezo mientras este florece. Dichas reuniones o recepciones también dan lugar a reflexiones grupales sobre todos los aspectos representados en esta singular flor de primavera.

     Incluso existe una leyenda sobre el sakura que lo relaciona con el amor verdadero. Desde hace más de cincuenta años la Agencia Meteorológica de Japón se encarga de controlar el florecimiento del cerezo, que tiene lugar de sur a norte y al que denominan `sakura-senzen´ (el frente del sakura), y para ello se sirven de la Ecuación de Arrhenius ligeramente modificada. Dicha ecuación relaciona las velocidades de una reacción química con respecto a la temperatura que experimenta. Para llevar a cabo este cálculo la Agencia Meteorológica escoge 59 árboles índice, esparcidos por toda la geografía, uno de los cuales se encuentra en el santuario de Yasukuni en Tokio. La apertura de la quinta flor de un árbol índice significa que el florecimiento ha comenzado y lo denominan `kaika´ (abrir flor).

     La significación de este árbol, y más concretamente de su flor, no se agota en las mencionadas atribuciones, pues es bien sabido que casi siempre en abril el suelo de parques y jardines es cubierto por mantos de estas flores, y este espectáculo se asocia a la belleza de la naturaleza, además de recordar al ciudadano japonés lo valioso del tiempo que posee quien está vivo y sabe que algún día —igual que estas flores— morirá.

     Los antiguos samuráis también fijaron su atención en la arrebatadora belleza de del sakura florecido, precisamente se identificaban con su fugacidad, pues al igual que estas flores, un verdadero samurái no solía vivir muchos años debido a las múltiples batallas en las que se inmiscuía. Por seguir con los samuráis, la pigmentación rojiza que posee esta flor fue utilizada como analogía de las gotas de sangre vertidas por estos guerreros en el campo de batalla. Por tanto, nos encontramos ante el símbolo viviente de una parte considerable de la cultura japonesa.

      En Japón, se conoce como `shinrin-yoku´ (baño de bosque) la técnica de imbuirse del bosque a través de los cinco sentidos. Esta práctica tiene un impacto tan beneficioso para el habitante del Japón actual, que se incluye como parte de un programa de salud que promueve el Estado. No olvidemos que el sincretismo japonés incluye el contraste entre la meditación y la filosofía que armonizan con la naturaleza y el estrés y la contaminación provocado por otra parte de la sociedad dependiente de la tecnología. Ante ese contraste de formas de vida se convierte en algo importante reivindicar el silencio, la contemplación y, entre otras cosas, la importancia del árbol como santuario ante el que poner en práctica el equilibrio espiritual y el respeto por la naturaleza.

7-impresionantes-arboles-sagrados-que-existen-en-el-mundo-4

      Conocido como `el árbol sagrado de la estación´ se encuentra un alcanforero de 700 años de antigüedad conocido como Kusunoki en la localidad de Neyagawa (Osaka). En la cultura japonesa se piensa que algunas deidades o kami pueden residir en el interior de los árboles más longevos, es por esto que se construyen santuarios bajo ellos. A esos árboles capaces de albergar y proteger a las entidades que los habitan se les conoce como goshinboku, y a la entidad ocupante, encargada de proteger el lugar donde mora se le otorga el nombre de ujigami. Estos árboles pueden reconocerse por unas gruesas cuerdas que anudan a su tronco.

BigKusuTreeOfKayashima_5_TheKayashimaStation_Osaka_arquitectura_naturaleza_ecología_estimulante

    Los veinte metros de altura y siete, de diámetro, de este alcanfor se vieron amenazados cuando se proyectó en su enclave la construcción de la estación de tren llamada Kayashima, lo que dividió las opiniones de las gentes del lugar. Tras un intento de tala por parte de la empresa constructora se sucedieron los comentarios de desdichas, enfermedades y mala suerte para todo aquel que estuviese involucrado, por lo que se desistió en la empresa de talarlo y la estación se reconfiguró para construirse alrededor de él. Hoy en día la estación de Kayashima es una de las atracciones turísticas de la localidad y su proyecto arquitectónico recibió un premio como recompensa por el respeto y aporte paisajístico a la ciudad de Osaka.

    Mucha y muy variada es la tradición lírica del haiku y su relación con los árboles. A continuación selecciono una pequeña pero ilustrativa muestra de ella que nos servirá tanto para dimensionar la importancia del árbol en la cultura japonesa, como para pulir y perfeccionar nuestra concepción de poema.

El sauce verde
pinta cejas al mar
sobre la fuente

                 Moritake

    Moritake (1473-1540) renuncia, por ejemplo, a la pausa versal y se deja llevar en su poema por la efusividad de haber encontrado una imagen natural, a través de superposición de elementos, en la que parece que el sauce personifica al mar con sus ramas. Sería más correcto cambiar la forma verbal por otra palabra o sintagma, ya que el segundo verso dibuja una metáfora fuerte que hay que suavizar o anular. La consonancia en las rimas del primer y tercer verso debería evitarse. La limitación del poema al campo visual y su dedicación plena a describir el grafismo encontrado por casualidad que nos evoca un rostro (anamorfosis), hace que en el poso del poema no haya lugar para reflexión.

El alto cielo
miraba, ¡y un aroma!
el del ciruelo

         Soin

 

    A este haiku escrito por Soin (1604-1682) podríamos recriminar la consonancia contenida en las rimas de su primer y tercer verso, pero probablemente sea debido a una no muy cuidada traducción. También podríamos adecuar el único verbo que posee, el cual se encuentra al principio del segundo verso, cambiándolo a su forma en presente (miro), puesto que el aquí y ahora temporal del haiku es uno de sus rasgos insustituibles. Los signos de exclamación transmiten la irrupción del olor a ciruelo, un descubrimiento sorpresivo y agradable en el que reside el aware que armoniza el plano celestial del primer verso con el plano terrenal del tercero. Por tanto, la forma verbal y la expresión exclamativa se convierten en el eje de rotación del poema, la membrana que articula y relaciona sabiamente a través de los sentidos los márgenes del mundo.

Se ve de noche
la fogata de un templo
Bosque invernal

                          Taigi

    En este hermoso haiku de Taigi (1709-1771) al contraste del fuego y el frío se añade la hermosura de tres elementos más: la noche, un templo y un bosque. El resplandor del fuego en la oscuridad nocturna manifiesta la actividad en el interior del templo y la aparición del bosque y la referencia estacional enmarcan e intensifican la sensación de frío y a su vez majestuosidad. El punto de vista del haijin hace que el lector deba agudizar sus sentidos: olfato, oído y tacto para intuir que sin el fulgor de esa fogata sería prácticamente imposible distinguir nada entre la oscuridad.

Un solo lazo de papel votivo

 

en una rama seca

movida por el viento

                                  Tsuji Mitsuhiro

 

    Mitsuhiro (maestro japonés contemporáneo) potencia el wabi-sabi (sensación de belleza triste) en su poema, pues la costumbre de algunos japoneses que visitan un monasterio es comprar un papel especial en el que escriben un deseo para después atarlo con un lazo a una de las ramas de un árbol consagrado. Este tipo de árboles se encuentran en el recinto interior del monasterio y suelen estar llenos de lazos con deseos, además de poseer perennes hojas verdes, síntoma de contener la vida, y por ende, lo sagrado. En el poema que nos propone Mitsuhiro alguien se ha equivocado de árbol, por eso la rama de la que pende su deseo está seca y por eso es el único lazo que hay. Si la imagen llama la atención de cualquiera que la observe, sino una pena, sí brota una compasión adyacente al saber que una persona que desea algo estaba tan desorientada o confundida que no podrá ver su deseo cumplido.

    Los árboles han sido y seguirán siendo una gran fuente de inspiración para el haijin japonés. Su analogía en el haijin occidental se ve profundamente condicionada por una rica cultura que respeta y venera la naturaleza, frente a otra, que ve arder sus bosques con demasiada asiduidad, por no hablar de la contaminación y tala descontrolada de árboles, síntomas que manifiestan una oculta y endémica enfermedad moral.

comentarios
  1. Mª Filomena Almarcha dice:

    Hablar de la naturaleza siempre es fascinante, por todo lo que ella contiene de cromatismo, de vida encerrada en su propio vórtice, ordenado y cíclico; también espiritual y ascético.
    Voy a recordar, en una especie de cosmogonía, rutas y leyendas de árboles en flor.
    La ruta de Valdelacalzada en Flor, un pueblo de las Vegas Bajas del Guadiana, en la provincia de Badajoz, que se engalana cada primavera cuando las flores de los ciruelos, membrilleros o nísperos, estallan en un arco iris de colores en los árboles frutales.
    La flor del almendro, pura, adoncellada, que se abre paso en las crudezas del invierno anunciando con su claridad, el inicio de una nueva estación, con sus hileras de verticilos blancos, en la cuenca mediterránea.
    La leyenda del ave del paraíso o flor del pájaro, con cuyos penachos anaranjados se adornaban los caciques la cabeza en la España colonial.
    Los cedros de Dios, inmensos bosques que cubrían antiguamente las laderas del monte Líbano, cuya madera fue utilizada para construir el Templo de Jerusalén.
    La sakura o flor del cerezo, en el País del Sol naciente; sus bosques con árboles sagrados y sus templos para los dioses. Hasta me atrevo a componerles un Haiku:
    Vuelvo a ser flor,
    luminaria votiva
    en el camino.

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