Archivos para agosto, 2019

Reseña publicada en “Todo Literatura”:

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Título: Canciones acusadoras

Autor: Miguel Ángel Gómez

Editorial: Baile del Sol

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 68

ISBN: 978-84-17263-45-4

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Que la poesía escrita le debe su esencia rítmica a la música, es un hecho que desde la época de los juglares queda constatado. Poemas cantables, como las antiguas cantigas portuguesas, demuestran que la línea que separa al poema de la canción es muy fina, si es que no son la misma cosa. Obviando las diferencias entre ambas disciplinas y centrándonos en sus textos, tanto la música, como la poesía, poseen una función estética común pero sin embargo parece que articulan un discurso literario diferente.

     El germen de todo poema es musical, o debería serlo. Si la poesía medida, regida por la métrica, busca una armonía sonora —además de con los consabidos recursos literarios— a través de la prosodia que deviene de su arquitectura, el verso libre del sector en el que se inscribe la poesía de Miguel Ángel Gómez (Oviedo, 1980) en la poesía contemporánea —priorizando mucho menos el rasgo prosódico— hace lo propio a través de la acentuación, puntuación, pausas o encabalgamiento. Aunque tras la lectura del libro este aspecto no parece haber sido una de las prioridades del autor, pues el fondo se antepone con claridad a los andamios de la forma.

    ¿Qué ocurriría si se publicase como un poemario las letras de las canciones de cualquier cantante? Como mínimo, en el plano formal, encontraríamos impostura, demasiada aliteración, sobrecarga de clichés, además de frases forzadas por su adaptación al ritmo. Todos estos factores devienen sistemáticamente por defecto al utilizar este formato, por lo que la pericia del poeta que pretenda ser original y auténtico con él deberá ser mayor que, por ejemplo, quien se exprese a través de poesía discursiva.

    La poesía de Miguel Ángel Gómez en Canciones acusadoras es descriptiva y muy narrativa, libre formalmente pero dependiente del carisma y la personalidad de su hablante lírico: al que podemos considerar un epígono de Bob Dylan que mira de reojo a Shakespeare. Estos dos elementos referenciales tienen un peso específico en el decir poético de este autor: del primero, la variedad de temas sociales y el punto de vista de una estrella mediática; del segundo, un romanticismo trágico puntual que trata de adaptarse a las exigencias del guion.

    Marcelo García en el alegre prólogo del libro llama `aullante convulso´ a Miguel Ángel Gómez y relata, además, como una proeza el hecho de que el poeta haya publicado siete libros en tres años. Ni que decir tiene que la poesía es libre de todas las cláusulas que queramos atribuirle, por más que queramos definirla o acotarla, tarde o temprano llega alguien que hace lo contrario que tú en un poema y su texto alza el vuelo poético. Si algo nos queda claro a los que intentamos escribir poesía es que tras el rapto de la inspiración y su apresurado dictado viene el verdadero oficio de poeta, el trabajo de pulir y seleccionar los versos. Muchas veces este proceso requiere más tiempo que el que requeriría corregir un trabajo académico, por poner un ejemplo. Los versos exigen una respiración sin su autor, una maduración, una fermentación en el silencio, un regreso a ellos tras un tiempo para asegurarnos de si existen o no inconsistencias, volver a ellos para volverlos a enfrentar y sentir tras su lectura si nos seguimos reconociendo, si debemos modificar algo o suprimirlo. Este importantísimo paso es imposible llevarse a cabo con un ritmo de publicación como el que tiene Miguel Ángel Gómez, lo cual no quiere decir que su autor se equivoque, cada cual escoge su forma de versar; su vertiginosa inspiración se encomienda a la intuición y, de alguna manera, esta y otras decisiones de su poética señalan en la dirección del lector que este libro  busca.

     A esta misma costumbre de someter los versos a una hibernación se refiere el poeta en uno de sus textos recordando a Henry Miller: «La imaginación lo es todo: / en espera de que me arponeen / los critiquillos hago esto: / dejo los nuevos poemas en un / cajón / ¿es que los voy a someter al suplicio / de Tántalo toda la noche? / Mejor así / es mi forma de dar el rapapolvo». Por tanto, nos encontramos ante una estrategia premeditada de destrucción de la convención y la particular dosis de extrañamiento devengada de ello.

    El prólogo lleva por título “Anatomía de una convulsión” y a la palabra `convulsión´ precede la palabra `compulsión´ pero deliberadamente tachada, lo cual devela la vocación torrencial e improvisada del discurso. Esta naturaleza puede advertirse en poemas como “Mi buena chica”: « ¿No ves / cómo me hallo? / Hum, hum, hum. Oigo tu voz, / caigo en trance, me recuesto en un blando / cojín, / aflojo la mano y no retiras la tuya. / Los comunistas acechan fabricando / chistes morbosos».

    El poemario se estructura en tres partes; las dos primeras se equiparan en extensión (14-12 poemas), mientras que la tercera se culmina con cinco poemas, por tanto, los apartados van adelgazando progresivamente la cantidad de poemas que contienen hasta el final. Las partes constituyentes llevan por título “Primera parte” y así sucesivamente, epígrafes impersonales que no anuncian un cambio temático y tal vez sí de tono. A su vez, las páginas que contienen estos epígrafes separadores contienen  poemas sin título, los cuales podemos considerar como paratextos.

    El título del libro apunta tanto a su condición de libreto o partitura lingüística, como a la tentativa de denuncia ante hechos sociales injustos. Esta actitud inconformista y vindicativa se corresponde con la de los primeros años musicales de Dylan, unos sesenta que le permitieron desafiar al sistema e incluso al género musical que utilizó para retratarlo. Miguel Ángel Gómez, filólogo y profesor de Lengua y Literatura de formación, conoce a la perfección la tradición y sin embargo opta por un discurso arriesgado que rompe muchas convenciones y de alguna manera se hermetiza para el profano. Este libro busca a su particular lector. Sin duda, hará las delicias de los seguidores del genio de Minnesota, ya que conocen su imaginario y comparten su cultura; y por lo mismo, aquellos más alejados a todo ello no terminarán de hacer pie.

    Imbuido por completo en la cultura anglosajona, el poeta despliega su repertorio de acusaciones a la manera de “Blowin’ in the Wind” y “A Hard Rain’s a-Gonna Fall”: «Shaw  y Hauptmann y Lewisohn pelean / en el Cuerno de Oro mientras músicos lastimeros / se lavan las manos cuidadosamente». La metáfora y la ironía se mezclan coloquialmente en una ideología culturalista que podría interpretarse como canción protesta: «Bailaste con el conejo blanco de Alicia y Worsworth, / Amy Lowell / y F. Scott Fitzgerald. / Ven, querida mía, y manda todo al cuerno / para dormir al raso conmigo».

    En el poema titulado “Un poni indio” diez textos monoestróficos y breves se suceden separados por un asterisco. Parece que entre ellos no hay conexión alguna. Al leer uno por uno encontramos verdaderos aforismos, como estos: «El optimismo / es una especie / de hemorragia / extática»; «A quien vive en un paraíso / la serpiente le pregunta / dulcemente». La noción genológica desdibuja sus bordes, el poeta atribuye a la extensión de los versos medidas muy desiguales, utiliza prosa poética en algunos poemas, puntúa con comas de manera arbitraria, abunda la irreverencia ortográfica y hace de los límites del género sus cables de funambulista.

    En ocasiones, la lectura del poemario, por todos los rasgos citados anteriormente, da la sensación de que nos encontramos ante canciones, sí, pero que han sido traducidas de otra lengua libremente perdiendo coherencia y sentido. La aglomeración de recursos deviene en impersonalidad, en agramaticalidad, como también en la desactivación del clímax. El estilema del poeta impide una lectura rápida y complica su etiquetado debido a su eclecticismo. De alguna manera, estas canciones desartizan y desacralizan con su asimetría la idea romántica del poema como tal para constituirse un artefacto molotov compuesto con pedazos de realidad.

    Con alevosía o sin ella, la arriesgada propuesta de Miguel Ángel Gómez requiere valor, habilidad y una determinación dignas de un artista libre al que le importa poco lo que digan de él.  Collage de surrealistas combinaciones, la urgencia por decir queda por delante de la necesidad de expresión en un poemario que se justifica por sí mismo en un contexto social que necesita de voces discordantes como la suya.

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Miguel Ángel Gómez

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Reseña publicada en “Todo Literatura”:

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Título: El último rincón del alma

Autora: Eliana Cevallos

Editorial: Olé Libros

Género: poesía

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 77

ISBN: 978-84-17003-86-9

En el último rincón de nuestra alma reside el lenguaje, un lenguaje que quien se hunde en el silencio de la contemplación reconoce revelador, pues su sintaxis transparenta una semántica no dicha que amplía su campo de emoción y reflexión. Esto nos dice Eliana Cevallos Rojas, poeta ecuatoriana residente en Suiza que estudió Derecho y Psicología. Como anteriores obras de la autora se encuentran La didáctica del amor en pareja (libro de Psicología) y Donde se mecen suavemente las hojas, un poemario con el que llegó a ser finalista del Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo.

   Por tanto, la capacidad de la autora para descifrar los signos de la mente, su corta bibliografía —lo que indica que está empezando a mostrar la riqueza de su mundo interior— y una marcada creencia en la trascendencia de la vida de altura religiosa, anticipa una obra densa, llena de deslumbramientos, emociones y preguntas que ejerce un singular efecto en la conciencia del lector.

    José Luis Guinot nos adentra a través del prólogo por esa latitud inhóspita de nuestro interior —que a su vez es la interioridad de la autora— que constela lo físico, psíquico y cultural en una suerte de reflejo del lenguaje. «Oasis para el alma, respiro, alerta», con estas definiciones sintetiza Guinot un libro al que supone como concreción de un proceso de encuentro consigo misma —o con la otredad— de la autora. Ofrenda experiencial, el prologuista considera este poemario como un regalo que tras ser recibido a través de su lectura, algo cambia en su receptor.

    Cinco partes se unen para cohesionar el guion lírico de El último rincón del alma, cinco estadios de la conciencia que organizan cronológicamente ese citado encuentro: «La contemplación, La soledad, El silencio, El encuentro y La comprensión». Digamos, que estos cinco movimientos son del todo mudos para el individuo que los experimente en el plano real, pero conociendo las limitaciones del lenguaje —y por ello la autora ha escogido el lenguaje más rico, el poético— de las que la autora es plenamente consciente, estos poemas aspiran a poner voz y compartir con el público ese silencioso cisma que se origina en lo más íntimo del ser humano.

   Esas cinco partes en las que se estructura la obra se delimitan formalmente por poemas en prosa titulados temáticamente, lo que significa que realmente todos los poemas se suceden, están unidos a pesar del carácter diferenciado de cada una de las partes señaladas. La autora emplea el verso libre y sin rima para componer poemas estróficos en los que proliferan las citas bíblicas. Esas referencias a los Evangelios cristianos encuentran una analogía formal en el empleo de las letras mayúsculas. Será recurrente encontrar palabras que empiezan con mayúscula cuando estas aludan a algún aspecto o entidad relacionados con la divinidad o lo inefable superior.

    Es aconsejable interpretar esta obra, en el plano literario, como anagogía en el sentido del filósofo neoplatónico Clemente de Alejandría, es decir, superando la interpretación literal para llegar a un nivel superior. Así manejaremos la metáfora, la alegoría, como herramientas para desentrañar aquello que no puede decirse y su más cercana pista se encuentra encriptada en lo simbólico.

    La ilustración de la guarda, titulada “De los árboles naranjas”, la cual se puede atisbar antes de abrir el libro a través del troquelado de la cubierta, es obra del famoso y ya desaparecido retratista valenciano Sebastián Capella. Un óleo en el que se representa, o eso se puede interpretar, la tierra, los árboles y el cielo, como correlato o reflejo de ese trámite versado en los poemas que parte de lo terreno a lo celeste y de lo físico a lo inefable que atraviesa indefectiblemente la naturaleza.

    La palabra `Dios´ aparece ya en el primer poema, titulado “La contemplación”, donde la autora a través de una prosa que no busca lo poético ni fuerza su sintaxis para alzar el vuelo es contundente y clara en su exposición: «De la observación nace la atención y de la atención brota la contemplación». Cevallos Rojas reconoce que el ser humano puede ser depredador para otros semejantes, también, que se puede equivocar, pero advierte que en algún momento su vorágine se detendrá y «se dejará tomar por el orden perfecto que llamamos belleza y descubrirá que somos unidad en medio de una danza perfecta en movimiento». Precisa propedéutica, este apartado se compone de cuatro poemas cuyos títulos forman al unirse esta frase: «Escucho donde se mecen suavemente las hojas, las palabras vivas de la tierra: tu belleza». Quizás de manera inconsciente, la autora hilvana en estos cuatro poemas su particular maqueta de la obra total.

   En la contemplación, el viento se personifica y habla, la luz, las hojas, el musgo, contienen un significado nunca antes interpretado y esto conmociona a un hablante lírico que cae de rodillas entre las cuerdas de la lluvia. Lo sublime es obrado por la naturaleza y ello lleva al éxtasis a quien lo contempla. De ahí nace el anhelo de imitarlo: «Quisiera poder escribir como escribe la nieve cuando cae en el pentagrama de pinos». Pero la asunción de su imposibilidad forja la promesa de entender el silencio y confiar al lenguaje toda sustancia de su transcripción.

    En poemas como “Tu belleza” el hablante lírico parece interpelar de manera directa a un apóstrofe magnificente que la subyuga con su poder: «Hoy tu belleza fue la mía. // Me tocó, / tropezó en mi mente, / alborotó palabras / hilvanó mis párpados con los tuyos». Aquí ya puede intuirse que el fin de la experiencia espiritual es un acercamiento hasta el contacto con la divinidad a la manera mística: «Desperté en tu inmensidad / y quedó el silencio atrapando todas las palabras».

    Esto nos lleva hasta la soledad «como vacío para el Tú», la hornacina que espera a la escultura que le otorgue su sentido. Aquí se refuerza el acceso místico como culmen del viaje espiritual con poemas como el titulado “Noche oscura”, de claros ecos de Juan de la Cruz: «No me queda ni un abrigo, ni una sombra, ni un reflejo. // Soy dolor expirando entre temores». Aumenta la sensación de desvalimiento en la soledad y ello aumenta también la desesperación.

    El presagio de la muerte, la presencia del dolor, todo se magnifica en la ausencia de la verdad desnuda. Así llegamos al silencio, espejo que nos muestra lo que somos y escenario propicio para el encuentro. La intertextualidad religiosa va aumentando paulatinamente: «En el principio fue la palabra. / En su alma la letra. / En su letra el silencio», mientras la certidumbre de la insuficiencia del lenguaje cobra fuerza: «Cómo decirlo si la inmensidad no cabe en las palabras».

    La palabra poética de Eliana Cevallos nos va adentrando cada vez más en un estado de conciencia que se aliena si piensa en las cosas mundanas y por ello, la invitación a abandonar el yo, como forma verdadera de encontrarse, es clara: «Surgió la belleza del abandono del yo, / la bondad que estalla suave / y sube al carrusel de las palabras».

    En el poema titulado “Llanto” ya no es suficiente con haber vislumbrado lo eterno. En mitad del llanto el yo poemático se hunde en una profunda fe que lo prepara para el siguiente paso: el encuentro. Aquí comienzan las citas bíblicas a encabezar todos los poemas de este bloque. La religiosidad ha ido aumentando hasta convertirse prácticamente en una exégesis del contenido bíblico que además pretende nombrar lo innombrado. Las alusiones a Cristo son constantes, como también las enseñanzas implícitas en sus vivencias. Los últimos poemas de este apartado ilustran el martirologio de la cruz, el sufrimiento y la muerte como fin y principio de una nueva realidad: «Getsemaní es como la muerte de una estrella, / abre misterios en hondos presentimientos».

    Por su parte, la comprensión de la experiencia espiritual es la asunción del encuentro permanente que hace imposible la soledad y el silencio. Los últimos poemas del libro rezuman la alegría de dicha certidumbre, jamás se vuelve a caminar solo después de haber hablado el lenguaje de las flores y la lluvia, después de haber comprendido la unidad de todo cuanto existe y el hondo significado de la vida: el amor.

    Publicado en la singular colección Imaginal del sello valenciano Olé Libros, El último rincón del alma afianza a Eliana Cevallos como destacada poeta mística entre sus compañeros de promoción, algo tan atípico como necesario en los lares de la poesía contemporánea.

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Eliana Cevallos