Archivos para mayo, 2019

Nota de prensa publicada en “El Cotidiano”:

http://www.elcotidiano.es/se-reeditan-las-divinas-palabras-de-valle-inclan-a-cargo-de-david-acebes-sampedro/?fbclid=IwAR1cRj5yH2Du6qkYtbvaChuBylfRMbyZFTI4GkBjV6pYK-Qzf_wJrgW0yT8

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La madrileña Ediciones Irreverentes, que obtuvo en 2014 el Premio a la Mejor Labor Editorial, otorgado por la Asociación de Autores de Teatro, publica Divinas Palabras, en una edición crítica a cargo del escritor vallisoletano David Acebes Sampedro.

    Divinas Palabras  es una de las obras más conocidas de Valle-Inclán. Publicada por primera vez en 1919, no fue representada hasta 1933. Supuso la culminación de un ciclo mítico, con una estética muy cercana al esperpento. Escrita para ser leída más que para ser representada, su acción transcurre en una Galicia rural detenida por el tiempo, llena de mendigos y romeros que muestran lo peor de la condición humana.

    Para David Acebes Sampedro (Valladolid, 1976), encargado de esta nueva edición crítica, Divinas palabras «se construye a partir de una dualidad sostenida entre el bien, que representa la figura de Pedro Gailo, y el mal, representado por Lucero. Lo curioso de este conflicto es que no solo Lucero/Lucifer es el que comete todos los pecados, sino que su acusador Pedro Gailo también los comete, sobre todo los pecados de soberbia, avaricia y lujuria, que son ante todo pecados humanos».

    Ramón María del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, 1866 – Santiago de Compostela, 1936) fue novelista, dramaturgo y cuentista. Autor de obras teatrales como El marqués de BradomínRomance de lobosLos cuernos de don Friolera o Luces de bohemia; fue el creador del esperpento, género literario que se caracterizó por la presentación de una realidad deformada y grotesca y la degradación de los valores consagrados a una situación ridícula.

    Divinas palabras supone el n. º 106 de la colección de teatro de Ediciones Irreverentes, que cuenta entre sus títulos publicados con obras como El jardín de los cerezos, de Chéjov o Tartufode Molière.

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Título: Los falsos días

Autor: Jesús Cárdenas

Editorial: Alhulia

Género: poesía

Año de publicación: 2019

Número de páginas: 93

ISBN: 978-84-120098-2-8

Los falsos días

Jesús Cárdenas Sánchez (Sevilla, 1973) hace ya algunos años que viene siendo el Woody Allen de la poesía española contemporánea, seguramente habrá otros casos, pero el fluido ritmo de publicación —un poemario nuevo cada año— de este poeta sevillano no le impide cohesionar buenas obras, como por ejemplo, Los falsos días (Alhulia, 2019), libro que nos ocupa, el cual fue finalista en el XXXIII Certamen Andaluz de Poesía “Villa de Peligros”.

      La luz de entre los cipreses (2012), Mudanzas de lo azul (2013), Después de la música (2014), Sucesión de lunas (2015), Los refugios que olvidamos (2016), Raíz olvido (2017) y ahora Los falsos días, constatan que Cárdenas Sánchez está viviendo un momento de plenitud creativa que sin duda le ha llevado a la madurez poética.

     Escindido en cinco movimientos: “Preludio a la realidad”, “Penumbras de la realidad”, “La realidad ardiendo”, “Los falsos días” y “Saber romperse”, dicha parcelación ya avanza una honda reflexión sobre lo real cotidiano que encontrará su antítesis en lo irreal memorístico para terminar en una mutación del yo que asumirá ambas experiencias como parte del proceso vital.

      Un anticipo propedéutico —aunque bien podría colocarse al final del poemario e incluso ser más significativo— resulta el poema inaugural titulado “Invitación”, donde la noche y el día, o la oscuridad y la luz, delimitan con su maniqueísmo un territorio emocional donde la memoria y la realidad turnan corporeizarse en palabra jaculatoria. Concebido a modo de advertencia dariniana, en sus últimos versos, el poema rompe el pacto ficcional e invita al lector a leer también su propia vida: «Deja el libro: hemos transcrito otro. // Entra y cierra la puerta».

   Ya desde su primer poema advertimos que el ritmo, delator habitual de infraestructuras menos manifiestas, devela una estructura formal que abunda en la construcción imparisílaba de los versos. Este hecho demuestra que al fervoroso ímpetu de una voz poética que necesita comunicar, se une el artesanal trabajo de orfebrería de un poeta con oficio que entiende que no solo en aquello que se dice reside la poesía de un mensaje, de una idea, sino también en el cómo.

      La acerada piel de una ciudad hostil y fría es el escenario del primer movimiento, casi una narración fílmica del recuerdo nocturno de un amor que se pregunta y huye de sí mismo: «En nuestros sueños nos convocaba la luna callada / y, en algún momento, tras los pájaros, / llegábamos a conspirar contra ella».

      Las descripciones del hablante lírico son muy visuales, incluyendo una écfrasis de un cuadro de Adolph Menzel, su mirada recorre los escenarios físicos detallando cinematográficamente sus pormenores a la manera de un narrador intradiegético: «En otro lado de la escena, / alguien enciende un cigarrillo / observando la búsqueda». Títulos de algunos poemas “Serie B”, “Darkness” y alusiones a películas concretas “El retorno” demuestran que la referencia cinematográfica trasciende lo visual para significar su icónica simbología.

    Advertimos la urbanidad, la humedad de la noche, pero también un desencanto general, como si el entorno somatizara las emociones del hablante lírico hasta el patético hastío de la inconformidad: «Roto el sueño, el abismo te devuelve / del barranco a la náusea en que te hallas».

     Como obedeciendo a la cita de Hauden que encabeza el segundo movimiento: «No hay poeta que pueda proporcionar verdad alguna sin haber introducido en su poesía lo problemático, lo doloroso, lo caótico, lo feo», Cárdenas Sánchez nos sumerge en la oscuridad de su propuesta sin más arma que una palabra etérea e inmaculada, ajena a las tinieblas de lo físico, una palabra: «con la que mirar los ojos limpios de lo oscuro». Por tanto, su deseo es hallar la belleza de lo feo, la esencia en lo insignificante inmediato.

      Su fe en la palabra, y por ende el lenguaje, hace que ningún fracaso sea definitivo. La capacidad de decir es motivo de optimismo y regocijo ante la incertidumbre y la adversidad: «Es halago del hombre, / triunfo de la especie; vibra en el aire / la génesis de la intuición. // Has de saber que nada / se perderá definitivamente».

      Así, esta segunda parte subraya la posibilidad demiúrgica del hacedor de palabras, la simbólica justicia literaria frente a las injusticias de la realidad. Decir, sigue siendo estar vivo, sigue siendo amar. Y la palabra se alza como heroína misteriosa que atraviesa la noche silenciosa, insoluble y resuelta, grácil en su majestuosa invisibilidad: «Silencio ahora: / dejemos que sus pasos alineen sus vértebras / y recen en la noche». Ella germina una esperanza sin nombre y convierte el poemario en una alegoría metaliteraria.

      La cotidianeidad está ahí, frente a nuestros ojos, con su agónica rutina, sus naufragios diarios; en ella, la palabra, es capaz de obrar el milagro. El poeta, pues, que: «es capaz de incendiar / las tardes melancólicas, / los muros infinitos / bajo cielos rojizos de lava», armado de ella, está obligado moralmente a renombrarlo todo.

     La realidad ardiendo es el recuerdo flamígero del amor, un amor que encuentra analogías en lo lingüístico para ejemplificar la sistematicidad de su abrazo. En este apartado el afán descriptivo del poeta propicia la multiplicación metafórica, la riqueza de tropos y el resultado es “La realidad ardiendo”, uno de los mejores —y más extenso— poemas del libro, lleno de matices e interpretaciones de lectura: «Me fueron vedados tu nombre y tu cuerpo […] / huidos ya al abismo de los astros. / Inútil de alcanzar, por más que lo evocara. / En ese momento recordé el náufrago / que, en aguas quietas, traza, / abatido, con luz descolorida, / el reflejo de lo volátil / en la curvatura del tiempo».

       El apartado “Los falsos días” se compone de cuatro poemas y supone la revelación de la herida. Al desconcierto por carecer de respuestas a las grandes preguntas del ser humano, se añade la tautología de la muerte, que se dice a sí misma en cada peligro, con cada ausencia. Llegados a este punto, la reflexión existencial choca contra algo insondable que la sobrepasa y muestra su verdadera cara.

       Ello motiva que en el siguiente y último bloque, el poeta descanse la posibilidad de su salvación en el amor. Las promesas de amor, el baile de los enamorados y de todo cuanto les rodea inunda “Saber romperse” hasta convencernos de su posibilidad de curación. Jesús Cárdenas persiste en su gran tema para decirnos que quien ama es más feliz que quien no lo hace e ignora las mismas respuestas. El amor es en sí una dulce espera que a su vez es respuesta involuntaria a todas las preguntas.

      Los falsos días es un libro agradecido, que nos deja entrar en él con la facilidad que una flor, por más que la arranquemos, no evita que la observemos, regalemos y olamos. Sus versos se nos entregan desnudos, impregnados del néctar de la buena poesía, esa que lejos de la mercadotecnia y el aparatoso ruido de prefabricadas poéticas nos sigue recordando que en la claridad y el trabajo sigue estando el triunfo.

    Jesús Cárdenas es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla, ejerce como profesor de Enseñanza Secundaria. Ha obtenido el primer premio de poesía en el XVI Certamen José María de Los Santos y en el VI Certamen Florencio Quintero; y ha participado en el Concurso Internacional de Poesía Latin Heritage Foundation (EE.UU.). Imparte talleres de creación y ha sido coordinador del curso de verano en la Sede de la Universidad Pablo de Olavide en Carmona y del Programa de Creatividad Literaria dispuesto por la Junta de Andalucía los últimos dos cursos. Colabora en revistas impresas y digitales y ha participado en diversas antologías. Algunos de sus poemas han sido traducidos al rumano, bable, italiano e inglés.

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Jesús Cárdenas Sánchez

Reseña publicada en el número 5 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”.

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Título: Lo que hace el tiempo

Autora: Yolanda Pantin

Editorial: Visor

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 89

ISBN: 978-84-9895-310-7

 

Ya desde el propio título Lo que hace el tiempo (Visor, 2017) señala los efectos producidos por ese transcurrir inagotable que todo lo erosiona. Para Yolanda Pantin (Venezuela, 1954) el tiempo es una preocupación existencial pero su poética no centra su atención en el torbellino que todo lo arrasa, sino también en aquello que deja a su paso, pues precisamente eso es la vida.

      Lo que hace el tiempo mereció el XVII Premio de Poesía Americana que otorga la Casa de América de Madrid, elegido entre 961 obras de 22 países.  En 1979 la autora fue galardonada con la Mención de Honor del Premio Nacional de Poesía Francisco Lazo Martí por su obra Casa o Lobo. Cultivada en literatura infantil, dramaturgia y edición, además de en poesía, Yolanda Pantin no ha recibido el reconocimiento que su literatura merece.

     Dividida en cuatro secciones cuyos epígrafes son números sucesivos del uno al cuatro, esta obra encuentra su culminación en una coda concebida en forma de cuento, la íngrima prosa de “El corneto” es un original y contrastivo cierre a este conjunto.

  Titular al primer poema del libro “Descanso” y evocar en él: protección, despreocupación por el tiempo y escucha de música, deja al esfuerzo, al castigo, en una elipsis inicial que anticipará otras, y subraya una de ellas: indeterminación: « […] cuando el sol / no hiere // sin medir / la hora, van // con el canto / de otra lengua […]». El tiempo mítico y el tiempo real se confabulan en la poesía de Pantin. Para quien conoce su obra, leer la descripción de la sombra de una flor —por poner un ejemplo— pone el foco principal en la propia flor que no es descrita. El remanso de quietud y paz, el recogimiento de ese descanso inicial señala a una volcánica actividad simultánea como digresión implícita de una realidad convulsa que solo puntualmente manifestará sus erupciones.

    Si la ideología literaria de cualquier autor atraviesa sus ideales políticos, sociales y económicos y por ello, se impregna de las causas que provocan tal efecto, no resulta difícil suponer el perfil de esa ideología cultural en una poeta como Pantin, sufriente poeta contemporánea de una Venezuela que en sus propias palabras: «está entrampada en un delirio histórico». Por lo tanto, lo que hace el tiempo existencialmente en el ser humano, tiene su correlato en los poemas con la lacerante injerencia de un régimen en un país. La realidad social preconiza un efecto literario que en el caso de Yolanda Pantin es un motivo recurrente: «Hoy salieron los vecinos / con sus perros. // No hay muertos que valgan para ellos, / tampoco para mí cuando los veo / vestidos de domingo en las plazas». Estos versos, contenidos en el poema titulado “Belleza” están dedicados a la memoria de Verónica Luján, quien fue asesinada en un asalto en Caracas. El poema culmina de esta manera: «Puede la belleza conquistar los días / y sobre el luto, aunque duelan / todavía: luz, candela, candelaria». No son necesarias las mayúsculas ni los puntos suspensivos para apreciar que el último verso refiere concretamente a personas desaparecidas.

    Asimismo, el arte representa esa necesaria contrapartida moral e intelectual a la injusticia y la violencia, aunque la jácena del poemario es una profunda reflexión acerca del tiempo y la memoria, la música y la pintura sirven a la autora para introducir reflexiones o evocaciones que serán equidistantes de un tácito dolor, como por ejemplo, en el poema titulado “La pintura”, donde ante la imposibilidad de valorar e interpretar un hermoso cuadro que ha sido regalado a la familia, esta opta por envolverlo y olvidarlo: « —Qué hacer para no herir susceptibilidades / si nos parece tan rara? discutían. // En el valle no hay ojos que vean tanto / ni nosotros / estamos preparados / para dar el salto de lo nuevo». Aquí, la poeta transparenta una corrección social, un conservadurismo que pone de manifiesto una jerárquica e injusta limitación cultural. Sin embargo, recuerdos como este son narrados con una nostalgia que evidencia su ternura y angustia a pesar de estar contenida.

    Venezuela es un personaje más, está muy presente en todo el poemario a través de topónimos, costumbres, personajes; la esperanza, como pequeña llama inapagable, fulgura en poemas como el titulado “Invierno”: «Todo es lejos en el frío. La llovizna // pasada la tormenta / que hizo / temblar las ventanas // y adentro, // como el niño / que ha llorado sin consuelo, // un querer decir».

    Muchos poemas son prosaicos deliberadamente, otros, dialógicos, la poesía es un arma con balas de fogueo que muestra su fragilidad tras el combate con la realidad: «La luz que cae sobre algo // para exaltar ese algo / que recibe la luz // y era nada, o poca cosa, / en la sombra, es un poema // y en segundos deja de serlo».

    Lo inconsistente de las máscaras de la mentira, la vacuidad como forma de no pensar en el tiempo, la belleza cambiante, los instintos, el regreso a la infancia, la transformación a la que nos aboca el dolor; hondos y múltiples registros contiene este poemario, una perífrasis del sufrimiento visual de lo vivido, la caótica búsqueda de verdad en la frondosa memoria, recuerdos de oscuridad y luz irremediablemente bajo el yugo del tiempo, un tiempo cruel y sádico del que brota la belleza en metáforas como esta: «Fue por esos años. // Yo iba sola / sentada en mi asiento / de metal, tranquila, / cuando una araña / en la otra silla, / escogió // tejer su tela / entre mis piernas».

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Yolanda Pantin

Publicado en “El Cotidiano”:

http://www.elcotidiano.es/opalala-el-almuerzo-de-la-discordia/?fbclid=IwAR0FEMfGC41rdTi-cW4RwTPuh_-bBjFWn-4yGhPj2B9fMfvZHNWOS2BNfMQ

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Fotografía de José Antonio Olmedo López-Amor

En el año 2010 murió la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, quien creó la denominada «Teoría de la espiral de silencio»: una apuesta por el conocimiento de la opinión pública para poder influir sobre ella. En su tesis, Neumann no aboga por tergiversar la información, sino por conocer cuáles son los cambiantes dogmas predominantes en la sociedad y estudiar el comportamiento colectivo; de esa forma, la doctora afirma que es la propia sociedad quien margina o abraza al individuo según este comulgue o no con el sentir mayoritario del pueblo. Para ello, es necesario sondear periódicamente a los ciudadanos e influir sobre ellos, premiando con la inclusión del individuo en un colectivo o sociedad, como también amenazando con ese aislamiento tan temido según sus criterios o ideales.

      A través de este recurso de control las sociedades capitalistas no deben preocuparse de la ideología y comportamiento del individuo aisladamente, pues influyendo sobre el núcleo más numeroso será la propia sociedad quien presione a la oveja descarriada para que regrese al hato. La lobotomización general se focaliza así en las colmenas y ceden los espacios periféricos al errático transitar de su nimia resistencia.

     Obra dramática inmediata, en clave de comedia, no mediada por ningún narrador, de doble enunciación entre dos únicos personajes que caminan en perpendicular a pesar de que trabajen juntos, ¡Opalalá! Es una descarnada representación de las relaciones de poder en la sociedad actual, pero también una reflexión acerca de lo absurdo de santificar las tradiciones, obsesionarse por pertenecer a un determinado grupo social u odiar a aquel que no piensa igual que tú.

     ¿A cuántas conversaciones banales y clasistas entre funcionarios —sea en su descanso o no— hemos asistido a lo largo de nuestras vidas? ¡Opalalá! Parte del momento rutinario en el que dos innominados trabajadores públicos, cual autómatas, repiten la mecánica tarea de sellar y clasificar documentos; a partir de ahí llega la hora del almuerzo y los sesenta minutos aproximados que dura la obra tendrán lugar en ese tiempo diegético de esparcimiento laboral.

     Escenificada como una austera oficina de atrezzo fijo, la obra consiste en el diálogo y coreografía constantes entre los actores Òscar Bosch y Rafael Cruz, quienes encarnan dos extremos de la conducta burguesa: el autoritarismo orgulloso de serlo y la discreta humildad de quien asiente y obedece. Ambos realizan magníficamente sus roles, aun a pesar de la dificultad de comer y beber durante su actuación, incluir una actuación musical estelar a mitad de la obra y tener al público de la primera fila a poco más de un metro en una sala de setenta butacas.

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De izquierda a derecha: Òscar Bosch y Rafael Cruz

    La exigencia física de ambos papeles es colosal, como también su interactuación mediante réplicas rapidísimas e ingeniosas. El espacio escénico será parcelado en ocasiones por efectos lumínicos y a pesar de transcurrir con orden cronológico, el tiempo parece detenerse en algunos momentos, como sus pasajes monológicos.

     El libreto, de Joaquín Daniel, es un auto para nada autocomplaciente ni concesivo, es denso literariamente y en ocasiones, hasta agresivamente subversivo. La cuarta pared es derribada —por ejemplo— para insultar con múltiples e indecorosos epítetos al público (tercer personaje, colectivo) al cual se refieren como `ellos´, pues encarnan la otredad, considerada peligrosa e inferior al no profesar su mismo dogma.

    «Procura ser uno de nosotros y la vida te sonreirá», reza el eslogan: consigna que podemos asociar a todos los `ismos´ casposos y caducos que la tradición se encarga de perpetuar.

     Unos tras otros se irán sucediendo los temas en el diálogo: la familia, la crueldad, la felicidad; la sucesión de situaciones cómicas irá dando paso a una escondida realidad más miserable y trágica.

      Símbolos de la clase media alta, los personajes, a través de sus escarceos dialógicos dibujarán hasta el absurdo los rasgos de su ideología y anticiparán con ello la obsolescencia de conductas patriarcales, machistas o de abuso, tan normalizadas en nuestra sociedad. Entre el listo (Òscar Bosch) y el tonto (Rafael Cruz) queda un espacio propicio para la reflexión, para la moderación a la que invitan sus excesos.

     Nada queda al azar en esta comedia con tintes dramáticos: desde las frases contenidas en los cuadros de la pared; hasta el signo que imprimen en los sellos y después aparece como quemadura en las palmas de las manos de uno de los personajes. Hasta el más mínimo detalle se convierte en algo relevante y significativo.

    La palabra `upalalá´ se recoge en un glosario de jergas y modismos argentinos (variedad geolectal del español) como una interjección impropia para expresar asombro, cuyo equivalente en español sería `narices´, por ejemplo. El cambio paronomásico que sufre el término para convertirse en el título de la obra podría deberse a una velada crítica al mercantilismo a través de la OPA (oferta pública de adquisición de acciones, etc.), ya que no hay que olvidar que ambos personajes son anodinos trabajadores sumidos en su rutina diaria.

    Sin posicionarse claramente, la obra deja resquicios abiertos a la interpretación del espectador y hace mejor en traslucir y develar los síntomas de la enfermedad que carcome a nuestra sociedad que en nombrar tajantemente los factores que la enferman: por una parte, evita ofender; y por otra, invita a reflexionar.

    La hora de almorzar termina y solo uno de los trabajadores regresa a sus labores, puesto que tras lo acaecido en su contienda verbal uno de ellos, el obediente, revela las bajezas humanas de las que son capaces los «nosotros» y no encuentra sentido a seguir viviendo en una burbuja de prejuicios y humillaciones constantes. Por tanto, como tránsfuga, su decisión final será pasarse al bando de los «ellos» por convicciones morales, justo aquello que su enseñanza reclama a los ciudadanos del contexto histórico representado.

    ¡Opalalá! Viene a entretenernos, a divertirnos, pero también a demostrarnos que ciertas actitudes sociales marcan las líneas rojas que forman guetos y son las balizas imaginarias que levantan muros impenetrables de odio e incomprensión entre nuestros semejantes.

    La obra se representará los días 3,4, 10 y 11 de mayo (21 horas) en la sala La Máquina (c/ Padre Jofré, n. º 7) de Valencia.

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