“Armonía versus Entropía”: un universo en nuestras cenizas.

Publicado: 30 marzo, 2019 en reseñas literarias
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Reseña publicada en la revista “Todo Literatura”:

https://www.todoliteratura.es/noticia/50832/poesia/armonia-versus-entropia:-un-universo-en-nuestras-cenizas.html

 

caratula_ARMONIAvsENTROPIA

Lo de abajo es como lo de arriba, y lo de arriba es como lo de abajo, para obrar los milagros de una sola cosa. Así como todas las cosas han sido hechas, así proceden de uno, por la meditación de uno, también todas las cosas nacen de esta cosa única por adaptación… Su fuerza o potencia es entera cuando se convierte y cambia en tierra.

Tabla Esmeralda (atribuida a Hermes Trimegisto)

 

Leí una noticia no hace mucho tiempo en la que se narraba la experiencia de una joven estudiante de Ciencias mexicana posteriormente a la pérdida por fallecimiento de su padre. Cumpliendo el último deseo de su progenitor, la joven incineró el cadáver, pero como movida por un impulso desconocido motivado por la intuición y la muerte, decidió observar las cenizas funerarias a través de los microscopios de la UNAM. La experiencia fue sorprendente y cambió su vida, ya que, contrariamente a lo que los doctores le anticiparon que iba a ver, en aquellos restos mortales encontró imágenes a todo color de un universo en formación: nebulosas, nubes de gas, estrellas. Cambió su tristeza por alegría y concluyó que la unión con su padre sería eterna, además de aducir que aquello era una prueba fehaciente de que somos polvo de estrellas; lo cual es lo mismo que afirmar que somos uno.

     La romántica analogía entre la vida y la forma es clara. No por nada encontramos en las culturas más antiguas de la humanidad imágenes talladas de espirales logarítmicas: forma de nuestra galaxia, ADN, nacimiento del pelo, cóclea (oído interno), huella digital y tantas y tantas cosas, animales, humanas, físicas y no físicas en las que se inscribe.

     Ivonne Sánchez Barea nos propone un viaje iniciático a través de esas enigmáticas pistas que el investigador vislumbra en la naturaleza y todas ellas nos conducen al principio: campos mórficos, teoría del caos, masa crítica; todos los conceptos nos dicen que el todo y la nada son la misma cosa, quizás en diferentes estados, y por ello, todo, en algún momento, estuvo unido y fue una misma cosa.

     Pero nada se afirma con la intención de sentar cátedra, las ideas y conceptos son expuestos con claridad y el lector es quien debe extraer sus propias conclusiones. Esa es una de las grandezas del libro y uno de los rasgos de la poesía como idioma universal que —como dice Francisco Brines— es capaz de educarnos en la tolerancia.

     Cuando en los poemas se habla del dodecaedro, la autora no refiere a un cuerpo geométrico de doce caras, sino al sólido platónico distinguido por considerarse el patrón del universo, tótem que Dalí incluyó —por el mismo motivo— en su famoso cuadro La última cena. Y es que la forma es muy importante en esta antología, hemos de tomarla como una suerte de transfiguración del espacio. Un espacio que según Galileo se medía en números, y por tanto, eran las Matemáticas su idóneo y natural lenguaje.

     Para Sánchez Barea, las formas que ocupan el espacio se componen de masa. Esa masa, dicho por la Física actual, se descompone —según disponemos de tecnología para hacerlo— en cada vez más y más formatos diminutos: gluón, leptón, quark, etc. poniendo en duda si tales subdivisiones alguna vez llegarán a su fin. Por ello, para la autora, los diferentes nombres que utilizamos para nombrar acaso una misma cosa no son sino una catalogación sinecdótica de una sola verdad manifiesta. Nada es lo que parece ante los ojos de una mente abierta que anhela crecer y descubrir, incluso cuestionando sus propias certezas.

    La lectura de este libro ofrece una perspectiva panóptica acerca de una realidad posible que se manifiesta y pide ser revelada. Esa realidad trasciende los límites que queramos ponerle y va más allá de palabras o sensaciones. Lo que algunos llamarían Dios puede traducirse en un imaginario científico como una singularidad desnuda: lugar donde las leyes físicas se rompen y supone un desafío para el entendimiento humano.

      Esa fe en lo inefable ordenado va corporeizándose en los poemas hasta atribuir a una entidad superior los hechos naturales, tan inexplicables como incontestables. Aquí, el lector gnóstico podrá encontrar una solución poco pragmática, pero salvando las diferencias ideológicas, el poemario se defiende con sólidos argumentos y no pierde un ápice de fuerza e interés.

      La poesía de Ivonne Sánchez Barea es más intelectual que emocional, más compleja que sencilla y si tuviese que etiquetarla con referencia a su género, diría sin lugar a dudas que estamos ante una poesía cientifista. Este poemario, merced a la aspiración didáctica y pedagógica que manifiesta su autora, es una herramienta de divulgación científica más potente que cualquier sesudo ensayo. La Ciencia, en el más puro estado y con mayúsculas, es el corazón que vertebra esta obra. ¿Y qué ha sido y es la Ciencia, sino el perenne cuestionamiento de las hipótesis, los datos, en busca de la verdad?

     La capacidad, no ya para comunicar, sino para hacerlo de una forma tan amena, mnemotécnica e inductiva, es uno de los grandes atractivos y valores que encuentro en este libro. La poesía de Sánchez Barea consigue implicar al lector en sus divagaciones y reflexiones, convierte a un lector curioso en un lector activo porque tiene el don de despertar la curiosidad en quien lo lee y con ello, de abrir una inconsciente vía de entrada al conocimiento.

     Sánchez Barea se deja llevar, en parte, por una de las armas más poderosas que ostenta el ser humano: la intuición. Véanse los verbos empleados, sin ir más lejos, en su propia introducción: capto, percibo, inhalo, exhalo, construyo, conjugo; una gama sensorial, orgánica y creativa en diferentes escalas; pero también, encontramos expresiones que apuntan a una parte más racional y práctica: analizo, invito, aliento, pregunto. Y es que esta poeta es ambas cosas en una suerte de ambiguo equilibrio. Razonamiento e intuición caminan juntos en sus versos: una parte camina cuando la otra no se siente segura para hacerlo y entre ambas consiguen que la lectura no decaiga, que el lector no se pierda y que el mensaje del poema quede claro para aquel que se plantee las preguntas adecuadas.

      No se trata de resolver acertijos curiosos sin más, sino de replantearnos lo que damos por sentado, de cuestionar lo incuestionado y pensar que tal vez lo que la Física Cuántica alcanza a afirmar en nuestros días con cierta rotundidad no sea más que una interpretación sinonímica de lo ya contenido en el Rig-veda indio (siglo XV a. C.).

      Y para ello, la autora se vale —entre otras cosas— del poder catafórico implícito en los títulos de los poemas, ya que a través de ellos cataloga los dilemas y proposiciones que más tarde en los versos desarrollará y resolverá, o no; uno de sus grandes aciertos no está en las respuestas que ofrece, sino en las preguntas y en la forma de plantearlas.

     Algunos poemas pueden leerse en clave sinonímica o perifrástica: la autora, en su afán esclarecedor, ofrece múltiples formas de representar un concepto o idea en una suerte de ráfagas descriptivas, a cada cual más gráfica: «Invisible frontera espacio-tiempo», «imaginaria superficie», «gravitación intensa» (poema titulado “Horizonte de sucesos”). Esta habilidad a la hora de dibujar descripciones solo puede alcanzarse a través de una gran erudición. Sánchez Barea se confirma como una apasionada científica que a través del lenguaje lírico pretende condensar y explicar el sentido de cientos de miles de ecuaciones: de ahí, su valor pedagógico.

     No falto a la verdad si afirmo que Ivonne Sánchez Barea —por decirlo en términos científicos— es una exopoeta. Su conciencia creativa orbita otros soles, otras lunas que las de la mayoría de galaxias líricas que se acumulan y compactan alrededor de algunas estéticas y, a la manera de Kepler —referente histórico al que ambos admiramos—, parece condenada por ello a ser tan adelantada a sus coetáneos colegas, como a ser incomprendida.

      Para descifrar o hilvanar las perífrasis e hilos que Sánchez Barea coloca como balizas de un camino que va apareciendo ante nuestros ojos, es preciso que sus lectores compartan con ella su avidez de conocimientos, su pasión por lo tan difícilmente documentable como imposible de negar. Es preciso no conformarse con la ignorancia y sentir que no todo está dicho en un mundo sistematizado por la economía burguesa y adoctrinado por las instituciones que velan por sus intereses que no tiene respuestas para las grandes preguntas de la humanidad y sin embargo invita a lobotomizar y deshumanizar nuestras conciencias.

    La poesía de Sánchez Barea quiere abrirnos los ojos a otras formas de pensar y entender la vida. Aspira a ser el azote del despertar, el resplandor fiable en una oscuridad bituminosa. No es preciso inventar la nueva fórmula de la pólvora para derribar mitos erigidos en una sociedad de la posverdad que adora a la mentira. Basta con proponerse la honesta tarea de estudiar la naturaleza y reflexionar sobre ella para darse cuenta del funcionamiento del cosmos, así como del ínfimo lugar que ocupamos en él.

     El lector menos avezado en cuestiones científicas no deberá tomar al pie de la letra los poemas de este libro. Deberá, para una comprensión más rica y flexible de su contenido, interpretar figurativamente las imágenes y afirmaciones que con visos a veces categóricos se sucederán ante él. Huelga decir que aquel que carezca de una base cultural y científica solo alcanzará a descifrar parcialmente la riqueza intelectual contenida en los poemas. Armonía versus Entropía no es un libro vetado al gran público, pero si cualquier libro elige a su lector y exige de él ciertas condiciones para completar su círculo, quizás este restrinja más esa búsqueda y aumente los requisitos de su lector ideal.

     Con referencia al estilo literario que emplea Sánchez Barea para acometer su empresa podemos decir que se expresa en verso libre: una elección que libera al texto de las servidumbres de rima y métrica y compone poemas —en general— estróficos, sangrados en el centro de la página.

    En cuanto a su prosodia, la poeta utiliza el verso esticomítico en detrimento del encabalgamiento. Este hecho favorece la asunción del verso-cláusula a la manera de bloques de información. La apotacsis como recurso continuo afecta a la utilización de los enlaces oracionales, por lo que algunos poemas dan la sensación de ser telegramáticos.

    Escritos en verso libre y sin rima, los versos no solo traslucen un apasionante mundo científico, además, muestran una variada y rica tradición filosófica no solo de culturas occidentales. La filosofía ocupa un puesto clave en el imaginario creativo e intelectual de Sánchez Barea, algo que ella marida sabiamente con innumerables disciplinas y ámbitos del conocimiento.

    En estas más de doscientas páginas de antología bilingüe se compendia, no solo el arte de una autora comprometida con sus pensamientos y pulsiones, sino la sabiduría y sensibilidad de una historia milenaria que sintetiza su saber en una gota de agua convirtiéndose, a través del frío, en un geométrico fractal; el poso de una vida que se glosa a sí misma para compartir, y acaso provocar, ese grado de evolución espiritual que las experiencias vitales, las interrogantes y visiones contenidas en los poemas han motivado en la autora, solo, en su camino de ida.

    El camino de vuelta de ese virtual toroide cíclico que vuelve sobre sí mismo, pero no al mismo lugar, es la lectura. Esa parte del todo reservada a la otredad pensante que contribuye con su composición de campo a completar la obra.

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Ivonne Sánchez Barea

comentarios
  1. Muchas gracias José Antonio Olmedo López-Amor, por tu excelente reseña en la que se recoge la esencia del pensamiento filosófico basado en la Filosofía de la ciencia , la física y el pensamiento cuántico.

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