Archivos para octubre, 2018

 

FOTO DAVID ACEBES (1)

David Acebes Sampedro

“El perro que escribía poemas de amor”, del escritor vallisoletano David Acebes, es la obra ganadora del I Premio Liliput de Narrativa Infantil, convocado por MAR Editor, habiendo sido seleccionada entre 105 obras procedentes de 15 países.

Se le concede un accésit a la novela de corte juvenil “Al otro lado de la raya”, de la valenciana María Luisa González de León.

El jurado quiere destacar el valor de las obras finalistas, que han coincidido en buscar nuevos códigos estéticos y aprendizajes sin moralina para el lector más joven.

Las obras finalistas son las siguientes:

– “El grave misterio de la gravedad”, J.L. Baños.

– “Juega conmigo”, de Antonio Ibarra.

– “El maravilloso mundo de Wayland”, de Antonia Sáez.

– “Cuentos de la luna azul”, de Fernando Codina.

– “Las aventuras de Ariel”, de Isaac Pérez Vega.

La obra ganadora: “El perro que escribía poemas de amor”

Bajo la apariencia de cuentos populares tradicionales, el autor ha dado un giro a los personajes para convertirlos en protagonistas de historias modernas y con finales más adecuados a la época. Sus genios no viven en las profundidades del bosque sino que van a Irlanda a hacerse novios de una pelirroja; burros autistas o perros que escriben poemas de amor; con los que presenta a los niños realidades como la de la emigración y la pérdida de las raíces, las enfermedades infantiles y cómo marcan la vida de quienes la sufren y cómo deben ser respetados o la importancia de la creatividad.

El libro está ilustrado por la Ilustradora coruñesa Sonsoles Yáñez, quien ha publicado sus ilustraciones en los libros “Víctor el Centauro” y “Somos diferentes”.

El autor. David Acebes Sampedro

(Valladolid,1976).

Licenciado en Derecho. Escritor y poeta experimental. Es miembro del consejo director de la revista de crítica y poesía contemporánea “Crátera”. Ha obtenido, entre otros, los premios literarios Jóvenes Poetas de Valladolid (2003), el Primavera Arbo (2013), el Poesía Social La Alpujarra-Antonio Ferrero (2014), el Sierra de Francia (2015) y el Ateneo Blasco Ibáñez (2017). Ha expuesto su obra de poesía experimental y fotografía en diversas salas de exposiciones de Valladolid y Barcelona. Ha publicado los libros: “La poesía es cosa de burros”, “Una décima parte de mí “y “Víctor el centauro”.

Accésit: “Al otro lado de la raya”

El protagonista es Elías Bandrés, nacido en 1940, en lo peor de la posguerra española. Es un niño menudo de lágrima fácil, sus ojos claros se empañan con frecuencia, pero está decidido a dominar las situaciones adversas y el miedo ante la terrible situación del país y se repite una y otra vez Soy valiente. Vivimos con él aventuras iniciáticas en una España dura en la que su inocencia le salvará de naufragar en la realidad.

La autora. María Luisa de León

Nace en Valencia a mediados del siglo XX. Desde pequeña escribió cuentos y sobre todo poemas. Premiada en concursos de relato corto, ha colaborado en libros de poesía y micro relatos. Convalidó sus estudios con la carrera de piano, y trabajó como profesora de conservatorio. Editó un método para niños sobre conciertos pedagógicos. Ha aparecido en las antologías de relatos “Mujeres en La historia”, “Mujeres en La historia (2)”, “Mujeres en La historia (3)”, “Casa de fieras”, y “Castilla y León Puerta de la Historia”.

Toda la información en

http://www.mareditor.com/premios/premio_liliput_1.html

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Reseña publicada en el número 3 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”:

9788416981519

Título: Ultramor

Autor: Alfonso Brezmes

Editorial: Renacimiento

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas: 100

ISBN: 978-84-16981-51-9

Alfonso Brezmes (Madrid, 1966) demostró con La noche tatuada (2013) y después con Don de lenguas (2015), ambos libros editados por Renacimiento, que no es un poeta de paso. Debutó en la poesía, pasada la cuarentena, pero con tan solo tres libros es ya un valor seguro entre los poetas de su generación. En sus poemas, parte de la clásica y culturalista tradición novísima se encuentra con la forma y motivos de la experiencia. Aunque poco importan las etiquetas en una poesía-verdad, concebida tras muchas lecturas y vivencias y un gran amor por la fotografía y el collage. En los poemas de Ultramor se filtra toda la sapiencia de un viajante, de un observador de curiosidad inextinguible que ofrece sin remordimiento el fruto maduro de su experiencia.

    Leyendo este libro habrá quien recuerde a Sven, Wilhem o Caro Baroja, quienes hicieron de sus «cuadernos de campo» ejemplares archivos de anotaciones acerca de sus extraordinarios viajes. No menos extraordinario es el viaje propuesto por Alfonso Brezmes, ya que tras cada poema se intuye esa tarea de investigación, lo que en poesía se traduce como reflexión precedida de sorpresa, en su singular incursión en busca de la fuente primaria de la emoción: «Ahora elijo con cuidado los caminos, / no por la ciudad a que conducen, / sino por lo que ofrecen a mis pies».

    Brezmes escinde Ultramor en dos partes: «Ojos que no ven» y «Corazón que presiente». Y ya en esta ruptura del cliché se manifiesta una nítida declaración de intenciones: mirada y sentimiento. Estas dos aparentes abstracciones de dichos epígrafes contienen en sí la semblanza aproximada de lo que este libro representa. Pero al igual que esta titular nueva ordenación de lo trillado, nada será lo que parece a ojos del lector, pues el poeta es un hábil conocedor del medio en que se expresa: el lenguaje, y los juegos de palabras y de imágenes, las elipsis, figuras y referencias, serán constantes en una obra densa, metalingüística y viva, que a través de la palabra se dice y se desdice, cuestionándolo todo, hasta su propia esencia: «El último día que pasé contigo fue / el primer día que pasé conmigo. / Salí de ti para encontrarme».

    Si en una primera clase de Filosofía del Lenguaje se nos pregunta acerca del concepto de «significado», la poesía de Alfonso Brezmes realiza un elogio y refutación de sus propias teorías a este respecto. Titular este libro con un neologismo, ese amor prefijado, subraya la importancia de —pese a no haber un eje temático — un discurso intermitente, emitido por el hablante lírico hacia la persona amada: «Siempre tuve tendencia a desmitificar, / me inicié con tu cuerpo en la mitología»; pero también, da cuenta de su inquebrantable fe en la palabra: «el mundo ha vuelto a creer / en lo que no precisa ser cantado, / y la belleza consiste ahora en escuchar / cómo algo se escribe dentro de nosotros».

    Muchas son las preocupaciones, recuerdos y pensamientos del poeta; los temas de los poemas, análogamente reproducen esa pluralidad en un amplio abanico de colores: recuerdos, pensamientos, plegarias, ideas; y como si de un collage se tratase, no solo argumentalmente son diferentes los poemas, también lo son en lo formal: si algunos de ellos están escritos íntegramente con versos imparisílabos —con predominio del endecasílabo—, en otros, la heteropolaridad —no exenta de cadencia— lo acerca al verso libre. Una constante formal es la rima blanca de los versos, algo que se sostiene con pulcritud.

    En el transcurso del libro, la naturaleza inquieta del poeta es transmitida, como también, su inteligencia. La palabra se tensa para tratar de derivar su significado a través de la grieta. El pensamiento, alerta para esquivar los lugares comunes, busca la originalidad argumental dentro de una coherencia sintáctica que no busca lo poético en la ruptura gramatical.

    Poeta singular, Alfonso Brezmes es difícil de etiquetar o adscribir a algún bando o ideología poética. Probablemente, la particularidad de ser independiente, de escribir sin porqué ni pensando en rendir cuentas, favorezca esa libertad creadora que esplende en los poemas.

    Uno de los rasgos que definen su poesía en este Ultramor es esa capacidad para contar una historia en el interior del poema. Si en su modo confesional y descriptivo el autor es íntimo y preciso; no lo es menos cuando recurre en ocasiones a una función narradora de especial contundencia, ya que no solo expone y desarrolla un hecho, la actitud frente a él de un personaje o su situación tras las consecuencias, sino que remata cada poema incluso con moraleja: «[…] y una lágrima rodó sigilosa / hasta desteñir la piel del mundo. // Pero yo ya no estaba allí / para poder contarlo».

    Baluarte en su estilema es la elección de un léxico limpio que no cede un centímetro a los ruegos de la estética. Este rasgo es consonante a la serenidad de una voz madura que hace de la incertidumbre un cálido remanso para la reflexión, una reflexión que deviene asunción del mundo, del ser humano y sus complicados procesos; donde el lenguaje es un lugar para esconderse: palabra sanadora, creadora, pero también, semilla de esperanza: «[…] mientras en las ruinas de antiguas bibliotecas / los pájaros se posan en silencio, / con la emoción apenas contenida / de aquello que está a punto de decirse».

LA CASA SIN PUERTAS

Homero vio a Dios:

esa fue la causa de su ceguera.

Borges leyó a Homero,

y en sus hexámetros las naves

surcaban el mar para llevar el sol

hasta el ciego horizonte de sus ojos.

Yo he leído antes a Borges

y otro me lee a mí ahora.

Así viaja la luz

por esta casa sin puertas

cuyos muros son palabras:

iluminando unos cuartos

tras dejar otros a oscuras.

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Alfonso Brezmes

Reseña de J. Rafael Mesado publicada en “Todoliteratura.es”:

 

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  1. Pequeñas pistas

La poesía que Heberto de Sysmo (presencia heterómina de José Antonio Olmedo López-Amor) transmite en este poemario es una poesía, en cierto modo, naïf; sencilla en apariencia pero densa y vehemente en su semántica. Discurso que expresa un significado oscuro, en ocasiones terriblemente intelectualizado y, desde aquí, se dirige a la realidad que se halla más allá de las palabras y de los conceptos, hacia el silencio. Es así una poesía que apunta a lo innombrable, a lo exclusivamente tangible. Este viaje gravita sobre diversas zonas de interés como la poesía como conocimiento, la poesía como magia y alquimia, la mística, la metapoesía… De todos modos, se trata, en todo momento, de una poesía metapoética, pues la poesía reflexiona sobre sí misma y establece sus relaciones con la realidad, con la tradición simbólica, con el lenguaje (como representación), con el sujeto…

            En este poemario se concibe la poesía como una operación alquímica, cuya tarea consiste en desvelar el significado más profundo de la realidad, en extraer la materia prima de la oscuridad. Solo ella nos permite pescar en las aguas del misterio.

                        Costumbre adolescente del poeta:

                        irse de versos,

                        volver ebrio de magia,

                        despedir el ocaso de la Luna.

                                               («Versotropismo»)

  1. Metapoesía

            La metapoesía es un movimiento que se dirige al interior del poema, este se convierte en el único universo de referencia al plegarse sobre sí mismo y erigirse como espacio de meditación. Meditación ve viene establecida desde la misma estructura del poemario («Physis», «Mathesis», «Mímesis», «Semiosis»: realidad, representación, reflejo, discurso). La metapoesía se convierte aquí en espacio propicio para la teoría, en el que repensar sobre la función que se le atribuye a la propia poesía: conocimiento del ser, expresión de la realidad más cercana, intento de representación de lo irrepresentable, espacio de conjunción entre los humanos…  En algunos poemas se plantean cuestiones relativas a la distinción entre el lenguaje y la realidad o entre el código poético y su sujeto. Este es el caso del poema que inicia el poemario y que se titula «Dicotomía saussureana», en él se distingue el lenguaje como invención y artificio humano [(conceptual) que se proyecta sobre una realidad ilimitada, tangible, a la que recorta] del lenguaje individual, profundo (poético). La poesía se separa del entramado social, de la red conceptual colectiva, porque supone un código íntimo (individual), subjetivo y enigmático. Es el único lenguaje («dialecto en alambique») capaz de representar lo más misterioso, tanto del ser como de la realidad:

                        Esta jerga de nadie y para todo;

                        arquitectura afín a la conciencia.

                        Este modo de creer que somos y decimos.

                        Este acopio de signos sin ternura

                        ¿es mi lenguaje?

           

Pero, aún así, cabe plantearse si este responde a un sujeto que lo produce: «¿es mi lenguaje?».

            En el poema «Atavío» la poesía, como producto lingüístico, aparece como traición a lo real, como otra realidad, representada, que se rige (como ficción e invención: mentira) por otros parámetros existenciales.

                        Sabes que en la metáfora sucede

                        algo nunca ocurrido:

                        que la ficción es hueso que vertebra

                        la entintación de otra mentira;

                        sabes que en la escritura

                        la belleza es hológrafa.

                        Si en algo aprecias la sinceridad

                        ¿por qué sigues leyendo?

Poesía que es ficción, porque se establece, como entramado de signos, sobre el engrudo de la realidad sin articulación ni delimitaciones. Pero, ficción que desvela realidades humanas que escapan a la tiranía de la lógica:

                        La Poesía es inteligencia;

                        conforman ambas ese matrimonio

                        en que la intuición es rol de amante.

                        Obviamos la entidad inteligente

                        cuando nos entregamos a su lira,

                        mas sin inteligencia, Poesía

                        sigue siendo aquello que hojece;

                        el lampo en la deriva.

                                               («Lampo en la deriva»)

La poesía, mediatizada por su significado emocional, conecta intuición y sentimiento con la  producción mental, de signo lógico. Pero cuando el poema queda desatado de sus servidumbres conceptuales se manifiesta como un relámpago de inmediatez (símbolo del satori[1] en el budismo zen) cuya manifestación literaria es el koan[2]. Así el lenguaje se abandona al oleaje de sus palabras y danza consigo mismo.

3 Conocimiento

            Heberto de Sysmo concibe la poesía como método de conocimiento y de aprehensión de la realidad, tanto exterior como interior y humana. Se trata de un acercamiento, intuitivo y emocional, al ser, para profundizar en sus más intransitables laberintos y en sus más inaccesibles sótanos. A su vez, supone también de un acercamiento al ser humano como colectividad, a su tradición simbólica mediante la expresión y reactivación de sus arquetipos[3] o figuras simbólicas. La poesía se establece así como discurso del inconsciente:

Literatura del Bien Común:

                        pesadilla de Licofrón.

                        Escabel del orgullo:

                        emunción intrahumana.

                        Émulos del lenguaje somos,

                        grafólogos de la inconsciencia,

                        arquitectos de bella antigrafía.

                                               («Esbatimiento»)

                        Lenguaje es pensamiento,

                        argumento y vehículo,

                        forma de la ocurrencia,

                        decir de lo inefable.

                        Somos en el lenguaje,

                        a través suyo urdimos

                        cartografías de la mente.

                                               («Isoyeta»)

            Así encontramos imágenes arquetípicas como la espiral o el infinito (cinta de Moebius), que actúan en su dignificado de circularidad o continuidad, eterno movimiento continuo que simboliza el ritmo incesante y dinámico de la existencia. Tal es el significado del símbolo taoísta del yin/yang.

                        Decir para vivir,

                        vivir para decir,

                        y después de haber dicho

                        volver a desdecirse.

                                               («Espiral de vida»)

                        Invierto una palabra,

                        y en su reverso

                        atisbo el arañazo

                        de aquel primer encuentro.

                                               («Vida en la elipsis»)

            La escritura poética, tal como queda formulada en la poética de Heberto de Sysmo, supone una vía intuitiva al conocimiento, ya que refleja justamente aquello que escapa al control racional, aquellas significaciones perdidas en los espacios más oscuros de nuestro laberinto interior, aquellos misterios que se esconden en los pliegues de la realidad más cercana. La práctica poética es una voluntad de conocimiento, espejo de aquello que somos, tal como se indica en el poema «Vitral delicuescente»:

                        Palabra es el espéculo tardío

                        de la consciencia.

No solo la poesía es espejo, sino que significa la posibilidad de percibirnos tal como somos. Poesía que se concibe como el fondo oscuro y necesario donde percibir los trazos de tiza en una pizarra, como el silencio blanco del papel donde se recorta el sonido dibujado por la tinta de la palabra. La poesía es como la muerte, el fondo desde donde podemos percibir la vida. Poesía y ser poseen una relación polar, ya que ella nos escribe y nos pronuncia:

                        Para que todo sea

                        debemos expresarnos

                                               («Tendencia de copista»)

                        Resistirse a decir, convierte al hombre

                        en el bruto animal del que procede.

                                               («Las Fuerzas de la Literatura»)

            La poesía no solo consiste en una tarea de desvelar lo que somos, sino que ofrece un espacio de posibilidades (tanto al ser como al saber). Pues ella es una vía alternativa de conocimiento, donde las palabras, sometidas a su propio vaivén, son convocadas unas por otras y de su conjunción aparece la chispa de la conciencia, el relámpago que expande el pensamiento más allá de sí mismo. La poesía crea realidades, al igual como la mente crea símbolos o los árboles crean hojas, automáticamente.

  1. Sujeto

            Heberto de Sysmo plantea la existencia de una poesía que rechaza las normativas de los códigos comunicativos y se abandona a su propia vorágine, a su mismo discurrir. La poesía se construye a sí misma sin los dictados de un sujeto, de una autoría que dicta. Sin ego, el poema se construye así, el propio lenguaje es quien lo construye. Es el discurso quien dibuja sus estrategias y establece sus conjunciones, una tierra de nadie que revela sus propias significaciones, que explora territorios nómadas y desérticos.

                        Si criticas el riesgo

                        y no aceptas que el canto

                        es un estado de silencio;

                        piensa que

                        en terra nullius

                        siempre florecerán palabras nuevas.

                                               («Espíritu de campanario»)

Lenguaje en su propio discurrir, sin sujeto.

                        ¿Qué determina cuál,

                        o qué o cómo o cuánto,

                        sino el propio poema?

                        Hablar por él es algo

                        —cuando menos, impropio—

                        de quien en humildad subsiste.

                        Por eso solo creo

                        en los «casi poetas»,

                        esos falsos maestros

                        presos en versos libres.

                                               («Ponderación de la hermosura»)

Poesía sin límites, rizomática[4], que (como el rizoma) no tiene ni sujeto ni objeto, por ello se pliega perfectamente sobre los territorios que transita. Escritura que es fluctuación, multisecuencial. La poesía, en este sentido, no se pliega solamente sobre la red de símbolos que es el lenguaje; sino sobre el silencio que queda entre sus huecos. Huecos por donde sobresale la realidad.

            Se trata de un intento de ir más allá del lenguaje, hacia el silencio de la realidad. Donde el lenguaje se desdibuja, abandonando la noción de sujeto, y adquiere matices nuevos y diferentes. El poema hace que el sujeto quede revelado en él (el poema me conoce, me escribe, me realiza), es él quien se escribe a sí mismo:

                        Entre los versos

                        arden palabras libres

                        nunca escritas.

                                               («Caligrafía oculta»)

                        El pensamiento abunda

                        en los ángulos muertos del lenguaje.

                                               («Apostema»)

                        Soy el verbo, la estrofa, la cesura,

                        el cronopio tachado y abstraído,

                        en el papel estoy, como en el aire,

                        pretendiendo nombrar hasta mi encuentro.

                                               («Cantor idente»)

            No es el sujeto quien crea el poema, sino el poema quien certifica la existencia del sujeto, aquello que lo posibilita. Además, el poema es un espacio de encuentros, el del sujeto con el receptor. Es la mirada del receptor quien hace posible la existencia del poema, pues este lo recrea con sus ojos y le da vida, lo revive. Así queda expresado en el poema «El encuentro»:

                        Atrapado en la hoja de papel

                        palpita un verso;

                        espera

                        estremecer un corazón,

                        deslumbrar una mente,

                        desarbolar una conciencia…

                        Para ser Poesía.

 

            La poesía, pues, es un discurso activo, que, como toda lectura, necesita de la actividad del receptor, quien la hace posible con su tarea. Reactivación del poema, recreación de lo que se halla latente.

  1. Alquimia

            Para Heberto de Sysmo la poesía supone una alquimia del lenguaje, numerosas son sus referencias directas (fuego, luz, oro…) y también son numerosas las imágenes arquetípicas, propias de la alquimia, que quedan insertadas en ella. La poesía es el proceso de transmutación interior cuyo fin, si de fin puede hablarse, es la experiencia mística: viaje al origen, a la unidad de la cual venimos, a la vacuidad, a la totalidad. Renacimiento. Como en los ritos y misterios de la antigüedad, las operaciones alquímicas suponen una experiencia de desmembración y de reintegración, de muerte y de renacimiento. A ello se alude en el poema «Células comunicantes», en el que podemos atisbar un guiño a Lao-Tsé:

                        Quien está muerto calla,

                        quien está vivo expresa.

                        El lenguaje es la vida,

                        yo mismo soy lenguaje;

                        cada acto de expresión

                        —como origen del todo—

                        es un renacimiento.

 

            En otras ocasiones la poesía toma la imagen del fuego primordial, la llama de la transmutación que ilumina la existencia. Como la alquimia, la poesía supone un viaje de la oscuridad hacia la luz. La llama, como pasión y dolor, debe ser atravesada para ver la realidad tal como es, sin velos que la enmascaren. Romper el velo de maya y ver un universo formado por la estrecha unión de todos los seres, sin límites, infinito:

                        Vagar hacia esa luz, antes del tiempo,

                        para implorar volver, doler la carne,

                        es la contradicción: ser-en-el-mundo.

                                               («Génesis de la luz»)

Imagen del Bhodisattva, el ser iluminado que abandona el nirvana ya alcanzado y regresa al samsara en su intento de que todos los seres puedan obtener el estado de budeidad. El poema «Mies de oro» activa la imagen del fuego, elemento necesario para obtener el lapis philosophorum, el oro, la materia divina:

                        Cuando mi canto aprende

                        de los signos, el vuelo;

                        cuando el dolor,

                        cuando el silencio,

                        cuando el fuego;

                        mis manos de labriego aparvan

                        las trilladas semillas

                        del verbo.

 

            La poesía obtiene los poderes de la magia y, como expresión alquímica, adquiere la propiedad de atravesar el dolor y de convertirlo en goce y gratitud. De este modo, queda convertida en sanación.

                        La palabra poética se expande

                        buscando un corazón —lecho fungible—

                        […]

                        su luz encuentra heridas y las sana.

                        El verso se resuelve en quien lo sueña,

                        su gracia infunde paz y en algo cambia

                        a aquellos que su majestad corona.

                                               («Investidura»)

  1. Mística

            La función última de la poesía de Heberto de Sysmo es la mística. No se trata de una mística  establecida en los límites de la ortodoxia del cristianismo occidental, sino que más bien ahonda en el fondo místico de todas las creencias, religiones o filosofías posibles. Aquello a lo que Aldous Huxley llamó filosofía perenne[5] y que recibe varios nombres como lo absoluto, conciencia cósmica, totalidad, unidad, inconsciente sagrado… Mística que consiste en la participación de todas las individualidades en un todo sagrado.

                        Es escribir, el virus

                        que en tinta se propaga;

                        gramático y semántico,

                        hermético o desnudo,

                        el son alfanumérico,

                        el líquido y la copa,

                        la luz androtelúrica.

                                               («Huésped»)

Unidad entre hombre y cosmos. Cosmos que adquiere entidad de divinidad, divinidad inmanente y no trascendente. Aquí el autor sigue patrones poéticos cercanos como lo son Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre o Carlos Edmundo de Ory u otros más alejados como Lao-Tsé, Basho o Joso.

                        Tras las cesuras

                        oscuras de la mente…

                        Luz hemistiquia.

                                               («Canon»)

                        Entre los versos

                        arden palabras libres

                        nunca escritas.

                                               («Caligrafía oculta»)

            Heberto de Sysmo participa así de la poética del silencio, cercana al taoísmo y al budismo zen, en la que el silencio manifiesta el pensamiento que escapa al sujeto, a la lógica. Pensar con el no pensamiento, hallar un lenguaje que se escriba por sí mismo. Pues el lenguaje, por sí, supone una violencia (en cuanto alteración) sobre una realidad sin límites conceptuales.

                        Amenazamos

                        con el filo lingüístico del habla.

                        La paz será el silencio.

                                               («Orgullo letrado»)

 

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[1]Estado de repentina iluminación, budeidad o naturaleza de Buda.

[2]El koan y el haiku, manifestaciones poéticas del zen, son acercamientos al silencio. El haiku representa un instante de budeidad y se asocia a las reverberaciones del agua de un estanque creadas por la caída una piedra en una noche de luna llena. Éste supone un acto de gratitud por aquello que se percibe y ello se consigue mediante la supresión del ruido interno. El  koan, en cambio, supone una fractura en el lenguaje, hecho que hace que la conciencia se expanda más allá de conceptos y signos. Su imagen más acertada sería un relámpago en la noche o una pedrada en pleno cráneo.

[3]El arquetipo, expresión del inconsciente colectivo según Carl Gustav Jung, es la representación de una imagen simbólica que aparece a través de la historia en diversas culturas (la svástica, la espiral, el mandala…). Por ello, la imagen arquetípica es universal.

[4]Deleuze, Gilles y Guattari, Félix, Mil plateaux (capitalisme et schizophrénie), 1980; Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia, Pre-Textos, 2008, pp. 9-29. Texto donde se ofrecen las claves de una escritura rizomática.

[5]Huxley, Aldous, The Perennial Philospphy, 1945; La filosofía perenne, Barcelona, Edhasa, 2010.

Publicado en el número 3 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”.

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Título: Raíz olvido

Autor: Jesús Cárdenas

Ilustrador: Jorge Mejías

Editorial: Maclein y Parker

Género: poesía

Año de publicación: 2017

Número de páginas. 113

ISBN: 978-84-946586-9-3

Dos códigos, aparentemente distintos, aúnan su potencial expresivo, y cuanto surge es música. Música visual, lingüística, una armonía que busca su equilibrio en el color de la palabra y la belleza informe de lo abstracto. Lo inefable se concretiza en los trazos de Jorge Mejías Garrón (Sevilla, 1967), ilustrador que convierte a Raíz olvido en un viaje sensorial, telúrico, que con el paso de cada página emite un latido metafísico, a su vez existencialista y también apasionado, en forma de hipnóticas pinceladas, indisociables de los versos.

    Los poemas de Jesús Cárdenas (Sevilla, 1973) son destellos de luz entre las densas nebulosas de color de Mejías Garrón. Es muy difícil deslindar los terrenos emocionales que ambos abarcan con su talento. Esta confluencia expresiva posibilita la coexistencia de ambas artes en un mismo plano; pintura y poesía, poesía y pintura: no hay lenguaje principal ni secundario; la pintura hiere el corazón de la página y su veneno se diluye y se extiende impregnando los versos. La palabra, somatizada por la virulenta incidencia del pigmento, se aquilata, se hunde y sacraliza en el lienzo. El color, quizás inspirado en las imágenes, lo no dicho o las metáforas poemáticas, también se contagia del plectro apasionado de una voz que bulle y aspira a la verdad a pesar de lo incierto.

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    Una cita del desaparecido poeta Francisco Basallote: «[…] las hondas profundidades de su raíz de olvido», advierte que el título del poemario está ligado a la noche. Y esa noche es transfigurada en los colores del primer bloque, con predominio de tonos oscuros, y en los poemas, como metáfora del desasosiego, como en el poema titulado “La belleza en lo natural”: «En la constancia de la noche / no hay salidas, tan solo el viento logra / agitar las ramas lechosas / simulando senderos o riberas / por donde fluyan los mejores versos». O en el poema titulado “Lunáticos”, como azote y cancela de una naturaleza sancionadora: «[…] alzamos nuestras manos / queriendo alcanzar su flujo astral, / como un breviario hecho para el ensueño / antes de ser prendida en el estanque de la noche».

    Tres movimientos necesita el poeta para articular este ensayo poético. “En busca del instinto” es el primero y más extenso e intenso de ellos. Intuición es valor, búsqueda es voluntad; pero esa determinación no impide la interna presencia de la duda: sombra del miedo que irá aglutinando incertidumbres y será protagonista del último apartado.

    La discursividad de los poemas, escrita en verso libre, trasluce agrupaciones polimétricas, y dentro de ellas, el endecasílabo es la estructura versal más iterativa. Poemas de una página conviven con otros poemas muy breves. La asonancia, presente en pequeña medida, pero en casi la totalidad de los poemas, se vuelve un eco no reconocible debido a las pausas, silencios y pericia sintáctica: «En nuestra soberbia obviamos / no reconocernos / en el palpitar de los cuerpos, / en el caos de su vértigo, / en su gris corazón de invierno».

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    Raíz olvido es más que un libro. Sin ser herejes del canon ni haber patentado la idea del siglo, los autores de este pictopoemario transgreden y se diferencian del estándar convencional que el sistema literario fabrica en series repetitivas. Es una convergencia de talentos expresivos que convierten su propuesta, no en un producto comercial o un juguete estético, sino en  una compleja reflexión del ser y sus circunstancias, elevada a canto escultural, a grabado melodioso; sin duda: una pieza de coleccionista.

    Para quien no conozca la tramoya vital de este poemario, se le hará muy difícil averiguar si los poemas son écfrasis de las imágenes, o las ilustraciones nacen de las palabras. La imbricación es tal que no importa el origen, sino la belleza de su nuevo, palpitante y clamoroso estado. No conviene revelar su contenido, sino invitar a experimentarlo.

    Obras como esta ponen de manifiesto la capacidad ilimitada del arte, de la fusión de las artes, para seguir describiendo cavidades, latitudes, dimensiones de la conciencia humana. El estilo aticista y confesional de los versos supone una extensión antitética a la barroca y bruñida albúmina de Mejías Garrón. Su parte del bosque es un universo caleidoscópìco. La forma es sutilmente insinuada en un acceso a lo aparentemente irracional que se revela como pulsión onírica, quizás automática, del pensamiento o subconsciente.

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    Todo parece compuesto alla prima, pero en esta encáustica de emociones, poco o nada está concebido ni colocado al azar. La oscuridad, los espejos, el azul, son elementos recurrentes que amplían su polisemia paulatinamente hasta dejar de ser identificables. La disolución y plasticidad de los versos sobrecogen, a la par que su historia, la historia de cualquier vivo sufriente y pensante que se resiste a morir en la ignorancia.

    La carnación, exenta en las pinturas, reside en los poemas. La acrílica pluma de Mejías Garrón abstrae los elementos nucleares del poema, y no cabe duda, los sublima. Ambos lenguajes se tocan y contagian, ante la mirada y en el imaginario del lector.

    La poeta Ana Gorría advierte en su prólogo este diálogo entre el color y la palabra. También, como argumentos nucleares de esa conversación destaca: la creación, la vida, el destino, el amor o la naturaleza. No menos acertada es su afirmación del lenguaje simbolista como piedra angular de la ecuación; no de otra forma es posible trascender y abarcar tanto perímetro como este libro consigue.

    La edición, a cargo de la joven editorial Maclein y Parker, es todo un acierto y constata un buen gusto y una seriedad en su trabajo que presagia una interesante futura actividad. No es baladí dotar a un libro de todo cuanto su mensaje exige: buen tamaño, forro con solapas, ilustraciones a color, más todavía sabiendo que todos esos factores harán encarecer el precio de venta al público, comprometiendo con ello su adquisición por los lectores. La maquetación y diseño, tareas de Antonio Abad, son —a todas luces— excelentes. Es visible que Maclein y Parker ha apostado por la poesía de Cárdenas Sánchez.

    Raíz olvido presenta sus avales a su autor para constituirse como el punto de apoyo necesario para dar un giro a su poesía. Su grado de culminación expresiva, es homóloga al alcanzado por su autor a lo largo de una intensa producción poética basada en temas y formas recurrentes, lo cual, invita a ello. La poesía de Jesús Cárdenas ha madurado indudable y sensiblemente durante la última década, sus poco más de cuarenta años y el talento demostrado, previenen de un futuro más que prometedor para un poeta que se desnuda y entrega en cada libro, como parte de un proceso vital que de la efusividad y celebración le va mostrando un indefectible paso hacia lo hondo y reflexivo.

(Ilustraciones de Jorge Mejías Garrón).

 

Artículo publicado en la Gaceta Internacional del Haiku “Hojas en la Acera” (39):

https://hela17.blogspot.com/2018/09/numero-39-bibliografia-del-haiku-ii.html?m=1

 

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Fotografía: José Antonio Olmedo

 

Psicoanalíticamente podríamos considerar el asombro o aware japonés —suceso desencadenante del haiku— análogo en cierta medida a la catarsis, no tan aristotélica en cuanto a purificadora, sino  volcánica, en la medida en que posibilita la erupción de una emoción. Es cierto que la actitud del buscador ha de ser proclive a la iluminación del encuentro con aquello que busca, no debe ir condicionado, pero sí predispuesto a dejarse traspasar por dicha experiencia.

        En la epifanía religiosa, el sujeto protagonista experimenta una aparición de algo que lo conmueve profundamente. Todo concuerda y encaja en el kairós de los griegos, ese `tiempo de plenitud´ en el que todo tiene razón de ser. Nirvanas, éxtasis y todo tipo de momentos de iluminación son prescritos en muchas filosofías y religiones de diferentes culturas como el momento culmen de una espiritualidad que toca techo y de alguna manera, da sentido a su vida.

     El ser humano busca esa revelación desde tiempos inmemoriales, en cuanto a inquietud espiritual, al interés por las grandes respuestas, no hemos cambiado tanto como nos pensamos. La emoción —algo vital para un óptimo aprendizaje— que sintieron los filósofos de la antigüedad al observar las estrellas suspendidas en el firmamento, les hizo preguntarse y escudriñar el mapa celeste en busca de nuevos hallazgos. En muchos casos, la emoción anticipa un saber que quedará en nosotros precisamente por esa huella emocional con que nos marca.

      Así, existirá un núcleo de definición que, según los construccionistas sociales, estaría formado por los atributos de activación fisiológica, la vivencia de pasión o descontrol, una situación causal y una tendencia de acción, unida a normas sociales. Así desde esta perspectiva prototípica, la emoción puede ser definida como un conjunto de respuestas o de procesos activados por un estímulo desencadenante (Philippot, 1993).

       Cuando en el siglo XIX Japón abrió sus puertas a Occidente tuvo lugar un choque de culturas semejante al de otros países en otros periodos, por ejemplo, la conquista de América llevada a cabo por los españoles. En ese tipo de situaciones, si hay una cultura dominante puede llegar a absorber a la cultura dominada; puede ocurrir que solo una de ellas modifique su esencia; o también, que ambas culturas asimilen cosas la una de la otra, a dicho fenómeno denominamos `transculturación´.

      Japón venía de un periodo medieval donde los señores feudales dominaban el país bajo la mirada impertérrita del emperador. Los samuráis formaban un sector importante de la sociedad. Sin contacto con el exterior, Japón legó de generación en generación y durante siglos antiguas tradiciones que solo tenían lugar entre sus pobladores. Si el Sintoísmo fue la creencia fundacional del país, en la actualidad es el Budismo quien recoge su testigo, aunque es paradigmático señalar que un amplio sector de la población practica el sincretismo, ya que en menor medida, muchas otras filosofías y religiones conviven con aparente equilibrio.

      Necesitado de modernización y no sin grandes conflictos sociales, Japón comenzó a abrirse y a adquirir cultura de otros países —aunque ya había asimilado en el pasado aportaciones de la cultura China— en un intercambio que no a todos favoreció por igual.

     Un personaje clave en el cambio de rumbo de la nación japonesa es sin duda el embajador Tomomi Iwakura, que defenderá la restauración del poder en el emperador, y se opondrá al aislamiento impuesto por los Tokugawa. Será también uno de los padres del Japón constitucional de la era Meiji, el impulsor fundamental del pensamiento occidental en el archipiélago.

     Surgió una “nueva especie” de ciudadanos acordes con la modernización de las urbes, conocidos como Moga (chica moderna) y Mobo (chico moderno). Éstos cultivaron el gusto por el jazz, las ropas de estilo occidental y el refinamiento de corte europeo. Entre esta incipiente clase urbana brotaron diversas corrientes culturales y el pragmatismo norteamericano (Alicia Báez, 2013).

     Hubo un filósofo, Kitaro Nishida (1870-1945) que se atrevió a maridar el Budismo Zen con los presupuestos neokantianos y la filosofía hegeliana. Ante el cambio de paradigma que presenció, no dudó en etiquetar aquella realidad como «el lugar de la nada, donde se percibe la forma de la informidad y el sonido de la insonoridad».

    La cultura occidental ha abrazado ciertos aspectos de otras culturas, como en este caso el haiku japonés, pues se veía necesitada de trascendencia y espiritualidad. Según su perspectiva, adoptar una `costumbre o género literario´ con la que canalizar una inclinación innata hacia el equilibrio o la contemplación, es menos violento e invasivo que abrirse a una creencia o a un dogma de fe. Con inocente ignorancia y avidez, la caterva de ególatras literatos que pretenden impresionar a sus círculos de acólitos cultivando nuevas y exóticas estrofas, no tardan —paradójicamente— en malinterpretar y travestir esta antigua vía espiritual, comenzando con ello un proceso de transculturación, pero también, de secularización y profanización.

     Aunque, por suerte, el haiku goza de buena salud en el círculo panhispánico, son mayoría quienes lo practican o leen con el convencimiento de que se trata de literatura breve para ciudadanos con prisas. La desinformación, la falta de rigor y muchas veces la injerencia de los grandes mediadores: editores, premios, críticos, quienes si se lo propusiesen podrían vender como literatura hasta la lista de la compra, hace más que necesaria su defensa y explicación.

    En un contexto poscolonial, el intercambio fluido de culturas y valores puede engendrar incongruencias en la visión de la realidad de las culturas a las cuales pertenece el sujeto. Estas nociones conflictivas de uno mismo son las raíces de las crisis de identidad (Erikson, 1980).

     Parece que el capitalismo y sus costumbres coloniales además de ser responsables del hambre en el mundo, lo son también de una general crisis de identidad. Esto demuestra el poder transformador de la cultura, motor generador de costumbres y modelos que arraigados en la conciencia conforman e influyen en buena parte de nuestra personalidad.

    El haiku no es literatura. No para el haijin japonés. Podríamos decir que es una ofrenda espiritual a través de la escritura, lo cual, podría interpretarse como una excelente propuesta de salida de esa crisis mencionada. Sin embargo, Occidente y su maquinaria capitalista produce sus sucedáneos en serie y comercializa con ellos como si lo fuera. El haiku no debe ser ficción, es pura realidad; ni su función lingüística predominante debe ser la estética: la labor de su autor es la de mero transcriptor, simple notario de un suceso vivido. El haijin es un cronista fiel e insobornable que deambula y medita hasta el encuentro con algo que lo emociona y de esa experiencia, que incluye la reflexión, intuye que aquello que ha vislumbrado está relacionado con la belleza.

    Culminemos o no ese camino adquiriendo una enseñanza, el haiku posee un alto valor cultural en cuanto a que posibilita una visión del mundo no intoxicada con la mercadotecnia de egos materialistas. Si su iniciación requiere desposesión, vaciamiento, consagrarse a él exige contemplar en silencio los ejemplos de la naturaleza para entregarlos tal y como son. Sin la actitud de autor, o de filósofo o aforista, el haijin debe ser un mediador sin pretensiones, algo parecido a una anciana que deja en la calle un cuenco de leche y se marcha esperando a que acudan a él los gatos abandonados y hambrientos.

    Parece demostrado que los niños poseen una increíble capacidad de asombro que les propicia vivir su infancia bajo la mágica influencia de este sentido innato. Parece demostrado también que conforme el niño va creciendo va perdiendo esa facultad hasta que se convierte en adulto. Distraídos por la tecnología, hemos olvidado dedicar tiempo a observar la naturaleza, llevar a nuestros hijos a contemplar el bosque y sus innumerables hallazgos. Nuestra capacidad de asombro puede ser ejercitada y con ello recuperar parte de nuestra identidad y la gratificante experiencia de admirar la naturaleza y encontrar en ella, resumida, la historia del universo.

    Terapeutas y educadores coinciden en que para obtener un desarrollo óptimo en la persona y su creatividad es necesario cultivar nuestra capacidad de asombro en un entorno natural. El haiku es un instrumento apropiado para abrir nuestra percepción a otras cotas de realidad, o como dice Rachel Carson, quien es consciente de estar entre las bellezas y misterios de la tierra, nunca estará solo.

    Aquellos, tanto científicos como profanos, que moran entre las bellezas y los misterios de la Tierra nunca están solos o hastiados de la vida.
El don del sentido del asombro, es un inagotable antídoto contra el aburrimiento y el desencanto de los años posteriores a la niñez, los años de la estéril preocupación por problemas artificiales y del distanciamiento de la fuente de nuestra fuerza.
Aquellos que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerzas que durarán hasta que la vida termine.Cualquieras que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y a un renovado entusiasmo por vivir.
Hay una belleza tanto simbólica como real en cada manifestación natural, en la migración de las aves, en el flujo y reflujo de la marea, en los repliegues de las yemas preparadas para la primavera.
Hay algo infinitamente reparador en los reiterados estribillos de la naturaleza, la garantía de que el amanecer viene tras la noche, y la primavera tras el invierno (Carson, 2012).

BIBLIOGRAFÍA

—Báz Gaetano, S.A.; Belén, Lucila (2013). Japón se abre al occidente: la era Meiji, cambios culturales, religiosos, y sociales 1868/1912.

—Carson, Rachel (2012). El sentido del asombro. Ediciones Encuentro S. A. Prólogo y traducción de Mª. Ángeles Martín Rodríguez-Ovelleiro.

—Erikson, E. H. (1980). Identity and the Life Cycle. New York: Norton.

—Philippot, P. (1993). Represión,  percepción subjetiva y reacción fisiológica emocional. En D. Páez (Ed.). Salud, expresión y represión social de las emociones. Valencia: Promolibro.