Archivos para junio, 2018

Reseña publicada en el número dos de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”

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Título: Sangre seca

Autor: Josep M. Rodríguez

Editorial: Hiperión

Género: poesía

Número de páginas: 76

Año de publicación: 2017

ISBN: 978-84-9002-093-7

Hace casi veinte años que Josep M. Rodríguez (Súria, 1976) publicó Las deudas del viajero (Dama Ginebra, 1998), ópera prima de lo que con posterioridad se ha constituido como una brillante carrera lírica. Y es que este catalán, de apenas cuarenta y un años, además de inquieto poeta, es un excelente crítico y traductor.

    Al leer cualquiera de los libros de poesía de Rodríguez, uno tiene siempre la extraña sensación de estar ante un demiurgo, un contador de historias que ha afincado su experiencia vital en la palabra. El autor de Arquitectura yo (Visor, 2012), a pesar de haber publicado en prestigiosas editoriales y de haber ganado importantes premios literarios, jamás se ha conformado ni con su rédito, ni su poética, algo encomiable que comparte con otros compañeros de generación, como por ejemplo Joaquín Pérez Azaústre. Josep M. Rodríguez sigue buscando en la poesía y en el lenguaje. Sus poemas están inundados de sugerentes imágenes, de gráficas y palpables figuras retóricas, de vida.

    Ángel Luis Prieto de Paula en “Un poema, ¿una poética?”, su aportación al número siete de la revista Fragmenta (2016), volumen dedicado por entero al autor de este libro, comenta la riqueza visual de su poesía, como también, otro de los rasgos que caracterizan su estilo, la referencia biográfica. Si toda poesía nace ineludiblemente de la experiencia, esta queda representada en la poesía de Rodríguez mediante recuerdos aparentemente mencionados para quien se reconozca en ellos: «En los últimos meses de estar juntos / parecíamos // ascensores de hotel. / Siempre a destiempo». El fotógrafo no se resiste a figurar en el otro lado de la cámara.

    Con referencia a la pregunta que plantea el artículo de De Paula, si pudiésemos deconstruir un poema de Josep M. Rodríguez y diferenciar y señalar cada una de sus partes, en la inmensa mayoría de las piezas descubriríamos una veta clásica, al menos en lo métrico, pero también los nudos de su ruptura. Su fase temporal: la diacronía de la vida, aunque narrada de forma sincrónica y descriptiva.

   Joyce, Dickinson y Aleixandre, alternan —que no dividen— con los poemas dibujando un todo en tres instantes. Sus citas apelan al yo como identidad poliédrica, factor consustancial al hecho poético de Josep M. Rodríguez: «Al nacer nos entregan una máscara. / Mi rostro ya ha crecido / hasta encajar en ella».

    Las metáforas bullen en los versos de Sangre seca, su escenario está lleno de espejos que proponen tanto el autorreconocimiento, como mostrar a las claras las —en contraste con lo otro— pequeñas diferencias. Sin duda, las metáforas más logradas son aquellas que no son precedidas por ningún artículo, adverbio o preposición, ex profesos, ya que la necesidad de golpear al lector, de abrir su campo de visión, se vuelve más natural y creíble sin su manifiesta confesión: «El dolor es un bosque que se quema de pronto / y te deja su tizne y su vacío».

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Josep M. Rodríguez

    Rodríguez pertenece a esa generación —por edad— de poetas aglutinada en El canon abierto. Última poesía en español (1970-1985), publicada por Visor y llevada a cabo por la investigadora Remedios Sánchez García. El contraste de esta genial hornada de la poesía española muestra su heterogeneidad, prácticamente todas las corrientes poéticas discursivas que se practican en la actualidad están reflejadas en ella. La aportación de Josep María Rodríguez busca equilibrio, precisión, sugerencia y respeto por la tradición, rasgos inamovibles en su arqueológica y dinámica poética.

    Sangre seca, ya desde su título evoca a la reminiscencia de la herida. La sequedad de la sangre puede interpretarse como una ubicación temporal postraumática, el análisis tras el dolor, pero también puede leerse como el comienzo de un proceso de cicatrización, una mudanza de la carne viva a su curtición. Por ello, y por la dirección y forma del camino andado, algunos pensamos que este libro puede ser un punto de inflexión en la carrera del poeta.

Memoria y tradición literaria son los temas capitales de un poemario que estudia a ambos para averiguar la forma de superarlos. Por tanto, el pasado juega un papel muy importante en la morfología del yo, recuerdo y referente se transfiguran en una suerte de esperanza por trascenderlos, sí, pero en el fondo, también por cambiarlos.

    Buscar el reflejo actualizado de la analogía sin renunciar al ritmo, y al mismo tiempo, no renunciar a la autenticidad, no es tarea fácil, exige un trabajo de maduración y poda, también tensión en el lenguaje. Y todo ello se trasluce en el resplandor y la relectura de estos poemas.

    En palabras de Antonio Lucas, poeta compendiado en El canon abierto y parte del jurado del Premio de Poesía Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina” que fue concedido a este libro, Sangre seca es: «Un libro que se maneja en versos cortos, que tienen una voluntad casi aforística en algunos momentos pero que van completando el discurso, la galaxia de esta obra que tiene una condición muy orgánica».

    Es cierto que periódicamente durante la lectura de estos versos, estos se preñan de toda la rotundidad del aforismo para ser piedra de engarce en un presente dialógico y convulso en el que, lo poco expeditivo, tiende a desaparecer: «Un niño se parece a una maleta / por llenar».

    Tal es la amplitud del ámbito vital, mental y abstracto del hablante lírico, que su arquitectura se complejiza, al igual que la morfología versal: se fragmentan los endecasílabos, se entrelazan tiempos. «Somos los hombres huecos», caminantes sin terminar de hacer: «Me reconozco en lo que está incompleto». La realidad inocula su virus fragmentario y en su proyección consuenan y disienten seres caleidoscópicos.

    Joan Margarit, distinguido firmante del epílogo, coincide con De Paula en la evocación personal en la poesía de Rodríguez y su cifrado, ya no para el lector más culto y refinado, sino para ese destinatario concreto que se convertirá en su único y acertado traductor. Margarit destaca que la historia personal del poeta avanza a la par que la historia colectiva, y destaca uno de sus versos, al que propone como alta y resonante divisa de un autor de quien, en cada libro, seguiremos esperando la excelencia: Oscuro el corazón y el verso claro.

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Reseña publicada en el número 2 de “Crátera. Revista de Crítica y Poesía Contemporánea”.

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Título: Tú me mueves

Autor: Agustín Pérez Leal

Editorial: Pre-Textos

Género: poesía

Año de publicación: 2016

Número de páginas: 66

ISBN: 978-84-16453-50-4

Podemos decir que la obra como poeta del turolense Agustín Pérez Leal (1965) no es muy extensa en lo material, sí en lo temporal, y lo que es más importante, es densa en lo lírico. Tú me mueves es el tercer poemario del autor de Cuarto Cuaderno o Libro de Siberia (Pre-Textos, 2001), La noche en Arras, también publicado por Pre-Textos, supuso su segunda obra en 2006.

    El libro que nos ocupa viene refrendado por el criterio de los imponentes jurados de los Premios de la Crítica Literaria Valenciana y el Internacional de Poesía “Antonio Oliver Belmás” de Cartagena, certámenes en los cuales ha sido escogido como ganador.

    Ya en La tumba de Orfeo, plaquette auspiciada en 2014 por la Comunidad Budista Soto Zen Luz Serena, y merecedora del premio “Naturaleza y conciencia”, se intuía el cariz de lo que los japoneses cercanos al haiku llaman «de lo sagrado» al referirse a iluminaciones ante la naturaleza que inducen a una trascendencia interior.

    Referirnos en nuestros versos a la naturaleza, es por extensión, referirnos al dios que la ha creado; o al menos así puede interpretarse esta afirmación en clave religiosa. Los poemas de Tú me mueves no ocultan su aspiración a un misticismo experiencial, de hecho, el propio título corresponde  a un verso  del soneto anónimo del siglo XVI, titulado “A Cristo crucificado”, casualmente, una apelación mesiánica que mucho tiene que ver con este libro, puesto que todo él es una gran apelación.

    No en vano, el primer poema de Pérez Leal en este libro lleva por título “A la luz del sol”. Tomando la naturaleza como el equivalente terreno de lo divino, podemos decir que la poética del autor es excéntrica  geométricamente, sus metáforas y aparente variedad de temas componen un dibujo hecho con puntos que a su vez forma una recta que, al ser tomada como eje de giro de la figura o cuerpo central de la obra, hace que se superpongan todos los puntos y se revelen análogos: naturaleza/dios, mundo interior/mundo exterior: Alta brisa del sol, sagrado ahora / posado sobre el alma del aceite: / yo sólo quiero ser, por un momento / esta carne que no sabrá morir… Estremece, por tanto, su unicidad, algo que comprobaremos conforme vayamos adentrándonos en sus cuarenta y un poemas. Y si estos versos anteriores hubiesen sido un colofón perfecto al primer poema, en la siguiente página comprobamos que su última estrofa continúa, y lo hace desvelando una moralidad oculta en el curso de la luz: […] sin comprender antes, / luz que atiende y desoye / porque sabe, y se da, / y nada más le queda por hacer.

    Los títulos emplean su valor catafórico para precisar una coordenada espacio-temporal en lo que supone un continuum de imágenes y reflexiones concebidas por los sentidos, principalmente la mirada, pero digeridas tras su emoción por una honda reflexión. Así en el poema titulado “Sinagoga de agua” encontramos estos versos: Por eso los bordados / de piedra, al excavar / con manos de dolor la roca viva. // Por eso este silencio / desnudo de la luz / que dora el río dulce del verano.

    La luz adquiere un valor trascendental en las esculturas lingüísticas de Pérez Leal. Propensa a iluminarnos, el poeta encuentra en ella la metáfora perfecta para encontrar —por ejemplo— la pertinencia de lo inevitable: El pie está muerto, la cabeza viva. / La noche ensaya su disfraz de aurora. / Con su lanza de luz, paloma loca, / lava el alba las sombras de la tierra.

    Próximo a la poética del último Vicente Gallego, el poeta entrelaza versos desnudos componiendo aparentemente sencillas guirnaldas que una vez paladeadas resultan ser más graves y profundas que lo que se prevé complejo: Como amantes oscuros, / dueños de un mismo idioma inexplicable, / seamos uno en otro / cauce y caudal, en donde el mundo es uno.

    El poema titulado “Tanka” reza así: Sobre el estanque / se han posado un momento / seis alas frías. // Sucede el mundo. La brisa se las lleva. Ciñéndonos al canon de la tanka japonesa, dicho poema es correcto en su argumento, pero para serlo también en lo métrico y formal observo dos carencias: necesita dos sílabas más en su cuarto verso y quizás una cesura en la primera estrofa.

    En el poema titulado “La obcecada” encuentro la mejor versión de Pérez Leal. Nueve versos le son suficientes para narrar de forma omnisciente el nacimiento de una strelitzia tan condenada como ajena a la hostilidad de su entorno. Ese irrefrenable surgir de la belleza, ese nacer y morir incomprensible al ojo de quien piensa, más que una analogía sobre la vida y la muerte, incardina reflexiones mucho más amplias que el hecho descrito: ¿es mala la nieve? ¿Es absurdo esperar para ser? ¿Es nuestra cerrazón paso a tragedias? Todo eso y mucho más entraña la lectura de estos versos: Ayer nevó en la sierra, / no lejos de la casa. / En el jardín, ave del paraíso / sin alas ni horizonte, la strelitzia / ha comenzado a florecer. / El frío es denso aún; pero ella insiste. / Su corazón no sabe de estas cosas. // Y en esa obcecación / le va la vida.

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Agustín Pérez Leal

    La armonía mística en Pérez Leal no abusa de hosannas, ni se viste de atuendos excesivamente clásicos; posee en algunas partes resonancias de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, pero se esfuerza por actualizar un canto en el que paulatinamente va desvelándose el amor, un amor al que no intuíamos protagonista, pero que irrumpe con todo su fuego y exige la renuncia al cuerpo para fundirse con todo aquello que se ama.

    Conforme vamos llegando al final del poemario, el hablante lírico va sumiéndose en una catarsis de liberación y éxtasis que lo induce a emplear más referentes religiosos, así como a hablar por aquello a lo que antes describía: Que somos salvos. / Que somos los libertos de la Tierra: / los cimarrones puros, mixtos puros, / ansiados por la luz del Paraíso.

    Tú me mueves es un canto dialogístico que no siempre busca una respuesta tras su interpelación. La respuesta aparente, no se da en el texto, se revela inaudible en la emoción del lector. La no voz de ese interlocutor es flexión, desinencia que atañe a una amplificación de la propia conciencia que se reconoce a tientas en la hipotiposis de lo sagrado.

     «Renunciar a la posesión ha sido la piedra de toque de la excelencia del espíritu y de la sabiduría, en la tradición utópica religiosa y política» (Francisco Díaz de Castro). Ese desapego es plausible en la contemplación de lo permanente, en la vida austera, reflexiva y autocrítica de quien no honra lo superfluo y efímero y halla ejemplos de equilibrio universal en lo particular y cotidiano.

    Quizá lo único reprochable del libro, en lo formal, sean sus múltiples asonancias. Tanto el verso blanco como su axis homeopolar, llevados a cabo desde el principio, presentan sus fisuras a través de versos parisílabos —en menor medida— y asonancias —de mayor presencia— que no empañan en absoluto la solvencia lírica del conjunto.

    La poesía de Pérez Leal nos sumerge en un silencio contemplativo que invita a reflexionar, pero también a perderse y dejarse llevar por cada ignorada brizna de belleza que nos rodea. Porque la tarea del poeta no debería ser otra que hacernos regresar a la verdad, dimensión platónica que reconocemos porque a ella hemos pertenecido, pero quizá también nouménica e imposible para quien entre sus pérdidas irreparables llora también a la propia inocencia.

Desde este próximo viernes, 15 de junio, la revista “Crátera” estará en Vociferio, 7º Festival de Poesía Oral y Escénica de Valencia. Será un placer compartir con todos vosotros las experiencias de un proyecto tan apasionante como es editar esta revista. Feria de editoriales, charlas, recitales; no os perdáis las actividades de este festival. Más información, en el enlace.
http://vociferio.es/es/

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Generación Crátera

Publicado: 10 junio, 2018 en publicaciones
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Número 4, de próxima aparición.

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Contenidos de número 4. Especial de poesía hispanoamericana

Portada y contraportada: Juan Carlos Mestre

Inéditos (Ilustración de portadilla de Jorge Mejías Garrón)

Hugo Mujica, Mercedes Roffé, María Negroni, Miguel Ángel Zapata, Nilton Santiago, Paulo Franchetti, Caridad Atencio, Laura Giordani, Arturo Borra, Carlos Castillo Quintero, Carlos Roberto Gómez Beras, Pedro Antonio Valdez, Álvaro Torres-Calderón, Boris Rozas, Silvia Goldman, Abel Dávila Sabina.

La mirada de Basho (Ilustración de portadilla de Sara García Lafont)

Mirta Gili, Elías Dávila, León Leiva Gallardo.

Experimental (Ilustración de portadilla de Jorge Mejías Garrón)

Rosa Gravino, Maya López Muro. (Selección de David Acebes Sampedro)

Traducción (Ilustración de portadilla de Abel Dávila Sabina)

Mónica de la Torre (inglés), por Antonio Martínez Arboleda; Angela Gabriela Nache Mamier (rumano), por Elisabeta Botan; Stelios Hourmouziadis (griego), por Natasa Lambrou.

La entrevista (Ilustración de portadilla de Hilario Barrero)

Aníbal Cristobo es entrevistado por Jorge Ortiz Robla

Investigación (Ilustración de portadilla de Jorge Mejías Garrón)

“Hablar y deshablar, tener y destener. La innovación lingüística en la poesía de Juan Gelman como vestigio de la herida”, por Marisa Martínez Pérsico; “La poesía de Jacobo A. Rauskin: período del escepticismo”, por José Vicente Peiró; “Ficciones fónicas”, por Gabriela Milone.

Reseñas (Ilustración de portadilla de Hilario Barrero)

“El frío de vivir” de Sergio García Zamora, por Adalber Salas Hernández; “Margen interno. Ensayos y semblanzas” de Juan Malpartida, por Juan Marqués; “Décimas lezámicas” de Roberto López Moreno, por David Acebes Sampedro; “Los habitados” de Piedad Bonnett, por José Ángel
García Caballero; “Mar en los huesos” de Juana Goergen, por Álvaro Hernando; “Borealis” de Rocío Cerón, por Gregorio Muelas Bermúdez; “Los espejos comunicantes” de Óscar Hahn, por José Antonio Olmedo López-Amor.

Leído por (Ilustración de portadilla de Juan G. Sorlí)

“El último apaga la luz” de Nicanor Parra, por Ramón Campos; “Un hogar fuera de mí” de Luciana Reif, por Bibiana Collado Cabrera; “Cesto de trenzas” de Natalia Litvinova, por Jorge Ortiz Robla; “Indrets del temps” de Ramon Xirau, por Eduard Xavier Montesinos.