[…] todavía estaba haciéndose,
no se encontraba ni cerca ni lejos del principio o del fin,
iría cambiando de forma […].
Saer: 2005

Escultura de Tony Cragg que representa la elipsis.

(Artículo publicado en el número 36 de la gaceta del haiku “Hojas en la acera”).

https://onedrive.live.com/?authkey=%21AHF98F3YHe2m8qs&cid=E922665CD109AC5E&id=E922665CD109AC5E%21390&parId=E922665CD109AC5E%21235&o=OneUp

 

      Un amigo que viajó a Japón varias veces y quedó fascinado con la cultura, gastronomía y gentes de allí, me comentó sorprendido que entró a una librería buscando algún libro de haiku pero, únicamente disponían de dos ejemplares, y no eran otra cosa que antiguas compilaciones. ¿Cómo puede ser que aquí mucha gente conozca Japón por el haiku y allí, en una librería enorme, tan solo haya dos ejemplares y sean antologías?
La respuesta principal a esa pregunta es que el haijin japonés, con el haiku, no pretende hacer literatura. Esa abnegación que nosotros advertimos en el poeta, para él no es tal cosa. Como ciudadanos occidentales acusamos los vicios y tradiciones de una sociedad donde el consumismo y la egolatría imperan, así cualquier ámbito accede a nuestra propuesta de materialismo. El fútbol, más que un deporte, es un negocio, y lo mismo ocurre, pese a quien pese con, por ejemplo, la pintura. Etiquetar y poner un precio a cosas que no han sido concebidas como producto es tarea de las llamadas sociedades desarrolladas. De esa mercantilización del arte, y de muchas otras, huyen el haiku y sus acólitos.
Los versos de este poema japonés suponen una vía espiritual a todos los niveles. Sus practicantes se reúnen en grupos de familiares, amigos o afines a esta expresión, y lo hacen modestamente y por muchos años. Algunos miembros pueden pertenecer a otros grupos, pero tienen por costumbre no abandonar ninguno a menos que sea por motivos graves. El haiku japonés, como tal, vive en la elipsis del mundo editorial. Se distribuye en publicaciones periódicas, algunas ni siquiera poseen distribuidor, y un grueso muy importante se mueve por círculos clandestinos. Se editan libros sobre su teoría e influencia, sobre su historia y muy de cuándo en cuándo las comentadas compilaciones, casi siempre de autores clásicos. El hecho poético del haiku debe mantener esa distancia para conservar su pureza y no caer en la contaminación del decadentismo modernista.
Esa permanencia, esa conservación de la belleza en lo apartado, en el silencio, también supone uno de los rasgos inequívocos de un buen haiku. Parte de su emoción y significado deben concentrarse no en lo dicho en el poema, sino en lo sugerido. De esta manera se afianza su propuesta de algo inacabado, se agranda su misterio e invita al lector a terminarlo con su particular composición mental.

No está el colegio,
pero ha quedado en pie
la buganvilla.
Susana Benet

   En estos versos de Susana Benet el motivo que ha provocado el aware —una demolición— no es narrado en el poema. Incluso el suceso que exigimos al haiku puede hallarse sugerido si imaginamos los escombros recién formados y humeantes, o quizá a la buganvilla tambaleándose por el monumental derribo. Lo tremendo y lo frágil conviven en el poema y sin embargo el suceso desencadenante puede leerse magistralmente en la elipsis.
En el desplazamiento nuclear —en este caso, considerado algo colosal—, la atención del poema busca la poesía en una sobreviviente y mínima flor. Este poema es ejemplarizante en cuanto a los rasgos sustanciales que debe tener el haiku verdadero, además de poseer pausa, cesura o kireji, responde al canon silábico más extendido en occidente de 5 / 7 / 5, emplea versos blancos y se encuentra en tiempo presente. Por un lado, también encontramos el equilibrio entre dos elementos poemáticos en calidad de símbolos: el colegio, algo de gran tamaño y urbano, es sustituido por el gran vacío que deja su demolición, cuya imagen podría parecerse a los escombros tras un bombardeo; y por otro, tenemos la fragilidad y belleza de una pequeña flor que ha podido morir durante el derribo pero ha sobrevivido. La esencia taoísta está implícita, tan solo con dos elementos, y su resolución en la elipsis nos revela que estamos ante un gran haiku.
No debemos confundir el hecho de dejar fuera del poema quizá lo más relevante, o el motor mismo de la acción, con el hecho de componer poemas inacabados. La apariencia de esbozo es otro de los rasgos característicos del haiku verdadero. Dilucidar los elementos actoriales del poema con naturalidad, y de la misma forma entrever el vínculo entre ellos o la analogía que su observación nos produce, sesga la sensación de totalidad en el plano lingüístico y vislumbra la eternidad de lo efímero, al mismo tiempo que engrandece la cualidad transmisora del haiku. El haijin, consciente de que con tan solo unos esbozos no puede capturar plenamente lo absoluto de la emoción vivida, recurre al símbolo y todas las connotaciones semiológicas de este para significar las líneas maestras de su iluminación.

Esto significa que sabemos qué es la poesía. Lo sabemos tan bien que no podemos definirla con otras palabras, como somos incapaces de definir el sabor del café, el color rojo o amarillo, o el significado de la ira, el amor, el odio, el amanecer, el atardecer o el amor por nuestro país. Estas cosas están tan arraigadas en nosotros que sólo pueden ser expresadas por esos símbolos comunes que compartimos ¿Y por qué habríamos de necesitar de más palabras? (Borges, 2001, p. 34).

      Si esas pinceladas consiguen confabularse con la psicología y experiencia del lector, el poema es culminado con éxito. Luis Antonio de Villena, con referencia a esta indeterminación de esta poesía japonesa, tiene clara la prevalencia de la imagen sobre la idea: «[…] fragancia, resonancia y reflejo como palabras clave para una poética». Para ilustrar la sutileza de este rasgo, en el que lo inacabado abre paso al misterio y a todas sus posibles interpretaciones, termino este artículo con estos versos anónimos:

Nubes rojizas.
Mientras bebe el cernícalo
algo lo asusta.
Anónimo

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