Archivos para septiembre, 2017

Publicado en “Revista de Letras” de “La Vanguardia”:

http://revistadeletras.net/gema-palacios-maneras-de-nombrar-el-vacio/

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Título: Treinta y seis mujeres

Autora: Gema Palacios

Editorial: El sastre de Apollinaire

Género: poesía

Número de páginas: 78

Año de publicación: 2016

ISBN: 978-84-938931-9-4

Treinta y seis mujeres es el tercer poemario de Gema Palacios (Zaragoza, 1992), Compañeros del crimen (Ediciones Paralelo, 2014) y Morada y plata (Ebediziones, 2013) le preceden. Esta joven autora ha encontrado acomodo en El sastre de Apollinaire, sello editorial en proyección ascendente, gestionado hábilmente por Agustín Sánchez Antequera. Si fácil es entregarse como editor a ese brote cantautoril del que algunos sacan buen partido, y no tanto pecho, Antequera ha escogido el camino difícil. Apuesta en esta ocasión por Gema Palacios, exponente de una generación poética —liderada por Elvira Sastre y coetánea a la generación aludida— que ha florecido líricamente durante el último lustro, pero demuestra haber perdido su tiempo cribando la arena de las letras, y como buen forty-niner, en cada nueva entrega nos ofrece su selecto yacimiento.

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Gema Palacios, fotografía de Alberto Rivas.

Libro dedicado a tres mujeres; una cita de la poeta rusa Marina Tsvietáieva: La poesía es el ser, el no poder hacer de otra manera, nos previene de ese irrevocable fervor poético al que está abocado todo letraherido. Un fervor que en este poemario se concentra en una defensa de lo femenino, si es que tal distinción puede hacerse, además de un inconformismo moral e intelectual, a lo que hay que añadir el amor. Estas tres vetas nucleares confluyen y conforman, de manera indisoluble, los rasgos característicos de la identidad del hablante lírico.

“Tres maneras de nombrar el vacío” es un preludio que además de revelar la fascinación que siente la autora por la estética arábiga, expone sin titubeos su radical postura ante el machismo endémico que carcome la sociedad: Las mismas mujeres que ahora recobran la voz, / ahora hablan. Esas tres maneras de nombrar el vacío a las que alude el epígrafe, se corresponden con los tres actos en los que se divide el libro, si tomamos “El lugar para ser” como una coda prorrateada en cuatro partes.

A su vez, dichos actos ya anticipan catafóricamente en el título la direccionalidad de una mirada que comienza su recorrido en las manos, para dirigirse después a los labios y terminar en los ojos de quien enfrenta. Esa ascendente visión de lo metafísico en lo físico viene condicionada por el título de su primera parada: “Palabras-palma de la mano”, término utilizado por la citada Marina Tsvietéieva —heroína en quien la autora reconoce sus propios valores— en una de sus cartas a Abraham Vizniak. De esa construcción compuesta por «palabra» y «palma», dos naturalezas diferentes unidas para formar una nueva y ambivalente figura, la poeta arguye la idea para componer, de la misma forma, los títulos de los sucesivos bloques. Así encontramos “Labios precipicio” y “Ojos horizonte”, dos bellas aposiciones sustantivas que además de señalar las coordenadas de la geografía humana, asocian cada una de ellas al campo semántico de algo que puede ser, al mismo tiempo, estremecedor y majestuoso.

Uno de los rasgos caligráficos llamado a significar la disidencia moral proclamada en los versos, es la irreverencia ortográfica. Los poemas comienzan con mayúscula y terminan con punto final, pero carecen de cualquier interrupción ortográfica que no sea la ruptura sisrremática de los continuos encabalgamientos, tan solo espaciados por la distancia estrófica: Te sueño horizontal / la piel de arena / desierto entre los labios conocidos // tu voz así / mullida y plena // temblor constante en que me hundo / y mano. La ausencia de comas, puntos y otros signos, favorece las elipsis, e invita a agudizar sus cualidades interpretativas al lector más atento. Si en el primer bloque, los poemas son más breves que en el resto, en el conjunto del libro, tanto los espacios en blanco, como un aparente uso caótico de la sangría, serán constantes de principio a fin.

Gema Palacios utiliza con mayor frecuencia el uso de la primera persona como direccionalidad de su voz lírica; un yo, por fuerza, teatralizado y mínimamente diseminado entre las personas del verbo, que aspira a ser trasunto de su voz interior: Dadme / un vaso de agua / que no sacie mi sed sino que me convierta / en la única criatura / que lama la palma de su mano // Yo quiero tener sed de mí misma.

Los poemas del primer apartado carecen de títulos, únicamente son enumerados por cifras romanas; en el segundo apartado, en cada poema esplende un epígrafe propio; y será en el tercer y último apartado troncal, donde la autora utilice los versos de Alejandra Pizarnik para titular sus poemas, a modo de glosa.

En ocasiones, a sí misma, y en otras, a un interlocutor que no responde, la poeta se interroga en su propia descripción, se acerca o aleja de su propia conciencia de ser en cada pensamiento, en cada relato; parece que interpela, pero en verdad se descubre a golpe de verso, un verso que somatiza un dolor incandescente entre lo reflexivo y sensorial: Qué innato ver prever cada resquicio / cada nuevo insomnio / cada testamento // Yo // no soy salvo en tu aroma.

Imaginario repleto de abismos y soledades, su virulenta mezcla de amor y dolor provoca una cascada de adjetivos; más inquietante en su sustantivación, las aposiciones se suceden en una suerte de constatación del poder del nombre: Donde empieza la palabra te apareces; doble articulación del lenguaje cuya proposición nominal anticipa y enardece un particular lirismo: voz rasguño // fantoche mujer // formato página // formato angustia.

Gema Palacios no esconde sus referentes literarios, al contrario, los expone a las claras a través de citas o alusiones directas; de esta forma encontramos a: Julieta Valero, Olga Novo o Luisa Castro, quienes actualizan concomitancias con Virginia Woolf y las citadas Pizarnik y Tsvietáieva, a quienes está dedicado el poemario. Y lo mismo ocurre con el apartado masculino, que también lo hay, representado por: Borges, Rosales o Rilke. De distintas geografías y temporalidades ha bebido la autora. Realismo y surrealismo conviven en sus poemas, de corte intimista, donde conatos de romanticismo son rápidamente disueltos por versos existencialistas que golpean con toda su verdad.

Versos blancos y libres, de lenguaje sencillo y descalabrados en un espacio-tiempo de gramática herida, en ellos, una noción de irracionalidad anega las zonas deprimidas de una orografía volcánica: A veces gimo y no se produce sonido alguno / como bien sabes // Parpadeo dos veces antes de sustraerme el órgano vital / me doy a bocanadas por si la hipérbole / y sí / has venido a dar de comer a los pájaros.

Este tercer bloque, titulado “Simetrías”, además de vincularse a los versos de Pizarnik, puesto que los poemas nacen a partir de sus versos, a modo de cadáver exquisito, la autora señala que han sido escogidos en simetría con una selección de fotografías de la artista Francesca Woodman;  no cabe duda de que la inclusión de dichas fotografías hubiese engrandecido el conjunto.

En este bloque, la autora se descubre, y también advierte una grave soledad. Su actitud estética, lejos de parecer impostada, se naturaliza en su humana heredad. Nada es trivial a su mirada, así sus versos se enriquecen en imágenes y destilan velados aforismos y no tan velados tintes de erotismo: Entonces muevo los brazos compulsivamente / muevo mi vida hasta perder el tacto / y todo es frenesí / y todo es niebla // Su memoria es mi memoria es mi huracán.

“En un lugar para ser” supone un broche expeditivo a una obra que crece y se adensa conforme va avanzando. La sensibilidad de Gema Palacios hiere, porque acusa y señala, y se hace admirar y temer, pues no se rinde y doblega. Su visión histórica no olvida los calvarios impuestos a mujeres dique que abrieron brechas libertarias: A todas las mujeres que han sido silenciadas / a lo largo de la Historia. En esta coda, la rotundidad en sí misma y sus posibilidades como mujer, se concretizan paulatinamente, conforme nos acercamos al final. No hay más seguridad y certeza que la lucha, el propio enfrentamiento, contra sí mismo y el mundo, será la única vía hacia la dignidad: Porque estoy aquí, / porque temo y deseo la belleza con tanta ferocidad / que no puedo entregarme al abrazo sin oponer resistencia; (único poema del libro con presencia de comas).

Treinta y seis mujeres: treinta y seis poemas de una autora en decidida proyección ascendente. La poesía de Gema Palacios, henchida de un romanticismo que alude a la muerte de lo divino en la flaqueza y contradicción de lo humano, no busca condescendencia, sus poemas son denuncia y homenaje, constatación de una actitud firme y coherente que enfrenta a cuanto no asume, a cuanto cree injusto, y lo hace con una efervescencia poética que inocula su propia fuerza interior.

Gema Palacios, fotografía de Laura Carrascosa Vela

Gema Palacios, fotografiada por Laura Carrascosa Vela.

 

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Publicado en “El Cotidiano”:

http://www.elcotidiano.es/adios-al-restaurante-chez-lyon-gracias-por-tanto/

 

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Francisco Mateu

Hace unos días me enteré de la noticia, como suele ocurrirme, buscando datos por la red para redactar algún artículo, leo muy apenado las siguientes palabras: Chez Lyon, el carismático restaurante valenciano regentado por Francisco Mateu, cierra sus puertas tras cuarenta años de actividad en el corazón de Valencia. Y no pude más que entristecerme y sentirme un poco culpable de su cierre. Acertadas o no, estas fueron mis primeras emociones al leer dicha noticia. Y es que desde que conocí aquel lugar, en un emplazamiento privilegiado de la festiva y peatonal calle En Llop, muy cerca del Ayuntamiento de Valencia, siempre pensé en el poder transformador, restaurador y unitario de la cultura.

Una pequeña mesa circular, ataviada con la apropiada mantelería de un negocio de restauración, siempre aguardaba a un lado de la puerta, en ella, unas tarjetas de visita, y no solo por eso, sino por la presencia de un poema manuscrito en un papel de aspecto pergamino colocado sobre un cabestrillo de madera, provocaba que cualquier transeúnte se detuviera y leyese aquellos inesperados versos, versos firmados por sus propios autores que iban cambiando con el transcurso de los días.

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La poesía era el primer aroma que uno percibía antes de entrar a este emblemático local. Muchas personas se fotografiaban ante «los versos del día», algo que contrarrestaba impactantemente con los típicos «menús del día» que ofertaban en su exterior los demás restaurantes colindantes. El primer día que advertí esos umbrales versos pensé: esto debe ser idea de algún poeta. Y no me falló nada la percepción, la persona al frente de aquel negocio era Francisco Mateu, Paco para los amigos; un hombre delgado, de aspecto frágil y mirada serena al que conocería —por suerte— poco después y con quien entablé una hermosa amistad.

La primera vez que entré al local me pareció pequeño. Desde la entrada podía verse todo, excepto la cocina, que era subterránea, y por supuesto los baños. La barra se encontraba a la derecha, nada más entrar, y ella acompañaba a unos escalones que daban acceso al salón, un recinto en el que había una escalera de madera por la que podía accederse a otra altura, también preparada con mesas. Aunque lo que llamó mi atención fue un árbol de madera que decoraba una de las paredes, cerca de la entrada, y del que emergían varias estanterías a modo de ramas. Paco siempre colocaba en ellas libros de amigos, personas que agradecían su fraternal trato de anfitrión perfecto y, de alguna forma, querían contribuir a ese amplio proyecto cultural que este singular maître hizo florecer en este recinto.

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Fotografía de Ramón Torregrosa

Y es que los domingos, día de cierre para descanso del personal, Paco abría las puertas de su restaurante, solo y exclusivamente para que algún artista o conjunto de artistas actuase por la tarde. Dicha oportunidad no fue desaprovechada por la efervescente comunidad cultural valenciana, y de esa forma, asociaciones culturales, grupos o artistas en solitario llenaban el local con sus propuestas, por lo que no tardó en convertirse en un bastión de poetas.

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Vicent Camps, recitando.

Por si fuera poco, Paco creó un movimiento solidario denominado “Comunicación desde la otra orilla. Un mar de poemas solidarios”, el cual consistía en la donación de poemas manuscritos por parte de escritores o personas aficionadas,  los escritos después se introducían en frascas de vidrio, de medio litro, y se vendían, tanto en el restaurante, como en librerías, por un módico precio con la idea de donar todo lo recaudado a fines benéficos. Fue tal la aceptación social de aquel proyecto, que firmas de toda alcurnia, desde personajes consagrados a anónimos, en varias lenguas y de formas muy creativas, participaron y donaron sus poemas, motivando con ello que tanta belleza artística y buenas intenciones fraguaran en un proyecto en papel, una preciosa revista.

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Botellas y revistas se expandieron por Valencia como la pólvora. Paco comenzó a organizar eventos en diferentes locales: presentaciones, maratones o recitales, siempre como generoso anfitrión y dando la oportunidad de expresarse a multitud de artistas. Su personalidad, generosa y altruista, enamoraba a propios y extraños, por lo que todo el que sabía de su proyecto decidía sumarse a él. El último artículo que leí al respecto señalaba que más de 4.500 botellas habían sido vendidas, y la revista agotó rápidamente su primera edición. El proyecto de un maître poeta comenzó a salir en los medios: radio, prensa, internet, y la noticia se expandió por toda España. Llegaron a cruzar el atlántico una buena remesa de botellas, así como también llegaron a otros países europeos, demostrando que hace más quien quiere que quien puede.

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Fotografía de Anna Pérez

Nunca olvidaré el recital que ofrecimos Gregorio Muelas y yo en febrero de 2013 en este local. Nos acompañaron los músicos de Samaín y Enclavedeblog.com, una experiencia única que pudimos compartir con el numeroso público que asistió a arroparnos.

La comunidad cultural valenciana, en masa, debería unirse y homenajear a Francisco Mateu por su denodado esfuerzo en pro de la cultura y la solidaridad, valores poderosos y esperanzadores que hoy son más necesarios que nunca.

Desde aquí doy las gracias a Paco y también a Anna Pérez, por todo su cariño y hospitalidad, esperemos que este cambio de rumbo sea para bien, termina una etapa y se abre otra nueva. Podéis dormir tranquilos, habéis hecho algo muy grande, os queremos. Vosotros sí sois poesía.

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Publicado en “Sala1. Revista Digital de Cine”:

http://revistasala1.com/?p=8375

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Déjame salir (Jordan Peele, 2017), es un buen ejemplo de película en equilibrio entre varios géneros. Por un lado, la cinta va dosificando su intriga a medida que el personaje protagonista va adentrándose en la trama; por otro, su planteamiento podría ser mucho más visceral o gore, si se quiere, pero el director se decanta por un suspense realista —terror, para algunos—que no solo viene a reivindicar la emoción en el espectador, sino también su reflexión, a través de un par de cuestiones que plantea: racismo y seres autómatas.

 Muchas de sus situaciones evocan a otras cintas: chica blanca conoce a chico negro, se enamora y quiere presentarlo a su familia (Adivina quién viene esta noche); y de principio a fin utiliza clichés, pero no cae en lo gastado y manido, su pericia radica en que todas sus referencias son un punto de apoyo para aportar algo nuevo. Es atípico encontrar un grupo de villanos que no pretendan asesinar a sus víctimas, la manipulación de la conciencia que plantea la película es una suerte de crítica social a la deshumanización de la sociedad actual.

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Mucho se ha dicho acerca del racismo con motivo del estreno de esta película; ya desde su portada se alude al blanco y al negro, y su trasfondo es más patente en escenas como la de la identificación policial, o la reunión de invitados que juegan al bingo. Su denuncia no es casual, Peele, su director y también guionista, es de raza negra, y enfoca sin tapujos esa predilección de los blancos por los negros, ya que en el fondo, los blancos quieren ser como ellos.

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La hipnosis juega un papel importante en la película. Su tratamiento recuerda a El último escalón, cinta en la que por primera vez se mostraba el punto de vista del personaje hipnotizado. Los planos del protagonista suspendido en una densa oscuridad que lo engulle incrementan la angustia del espectador. Como también resulta acertado el tratamiento del sonido en la parte final del metraje, su empleo pone de manifiesto la importancia del relieve sonoro en el relieve visual, algo que aquí es explotado con eficiente destreza. Sin ser una obra maestra, Déjame salir es una película interesante y recomendable que pone al espectador tras la pista de Jordan Peele, un director poco convencional de recursos originales.