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ENSAYO DE UN ENTRÓPICO DESORDEN

El axioma del sofisma

 

Heberto de Sysmo

 

 

 

 

“De algún extraño modo el universo 
es un universo participativo”.
 
John A. Wheeler

Laripse de la Vida

La palabra «laripse» no figura en ningún diccionario. Reconozco, que desde mis inicios como escribiente, siempre me ha estimulado la neología; crear palabras, empujar los márgenes del lenguaje. Pienso que en esta enfermedad, la de expresar el Todo y la Nada a través del verbo, es justo y necesario crear palabras nuevas cuando las que existen, no se ajustan como debieran al mensaje que se quiere transmitir. Anoté aquella palabra en mi cuaderno y comencé a pronunciarla una y otra vez. […] Consideré su esencia femenina. El golpe de voz recae en su segunda sílaba, /rip/, un vocablo muy musical si tenemos en cuenta, que después de pronunciar la primera sílaba, nuestra lengua debe oscilar en el interior de la boca, de abajo a arriba, de arriba abajo, unir los labios y hasta tenemos que entrecortar la respiración para terminar de pronunciarla. Quizá, en su segunda sílaba, radica uno de sus inconvenientes para algunos. O quizá sea uno de sus atractivos. Lo cierto es que a primera vista, sin ser maravillosa, la palabra tiene un encanto especial.

Así que comencé a diseccionarla para interpretar el mensaje de sus signos. Dividí la palabra en dos mitades: “lar / ipse; la palabra «lar», significa varias cosas según sus acepciones: En la mitología romana, corresponde a cada uno de los Dioses de la casa u hogar. En dicho hogar, significa también el lugar de la lumbre en la cocina. Y por último, se utiliza para designar al hogar mismo. Concluí que tal monosílabo, además de ser una palabra por sí misma, refiere tanto a lo cotidiano como a lo divino. Seguidamente abordé la palabra «ipse». Una palabra bisílaba y aguda de difícil pronunciación, pero inquietante. Elipse y eclipse, son dos palabras con su misma terminación, palabras que bien podríamos asociar al Universo por su naturaleza, pero ipse, teniendo la misma terminación que ambas, nos habla del yo, del ego, toda una aseveración pronominal de identidad.

Reunir en una palabra, lo cotidiano, lo divino y el yo, supone algo muy atrayente, y más todavía si tenemos en cuenta, toda la belleza gramatical y sonora del nuevo vocablo.  Lo terrenal, lo celestial y el alma. “…laripse de la vida son los versos / que encauzan el dolor en su armonía”. Aunque es justo reconocer, que el motivo de mi enamoramiento por este término, va un poco más allá de su simbología o su enigmática y nueva construcción. Lo que verdaderamente me atrajo de la palabra laripse, es que leída del revés, resulta ser la palabra «espiral».

Si colocásemos un espejo entre ambas palabras, tendríamos una especie de palíndromo, un reflejo que evocaría la simetría oculta, cierto grado de palingenesia y al contemplar ese magnífico desdoblamiento de la palabra, no sólo morfológico, sino también significativo, descubriríamos ese enclave panspérmico, panóptico y latente por largo tiempo, desde el que podríamos observar, con una nueva perspectiva, el mundo y el lenguaje como un sugerente palimpsesto.

La espiral logarítmica

La espiral me condujo a este poemario. Una espiral logarítmica, equiangular, en crecimiento. Un símbolo antiquísimo, un fenómeno axiomático que se reafirma a sí mismo, mediante constantes manifestaciones en la Naturaleza, en nuestra naturaleza. Su nombre proviene de la expresión de una de sus ecuaciones:

El dibujo de la espiral se repetía en mi mente. Lo reconocía en la grafía de la clave de sol (escritura musical), en la clave de fa, en el Ojo de Horus [1]. Parecía poseer un poder magnético, así que decidí investigar más a fondo, empujado por una sospecha, por un pálpito de origen sofista que poco a poco se iría disipando a favor de la certeza.

La espiral se ha encontrado desde tiempos ancestrales, en la cultura megalítica de todos los continentes. Descubrimientos arqueológicos lo constatan, y aseveran también que su poder semiológico ha jugado un papel fundamental en aquellas culturas donde se representaba. En algunos lugares se utilizó como icono del ciclo: “nacimiento-muerte-renacimiento” del Sol. En la actualidad, la espiral se emplea como símbolo del pensamiento cíclico, lo cual, emparenta esta interpretación con lo fractal y recursivo. Y existe además, en el arte contemporáneo, una corriente llamada espiralista, cultivada por artistas como el escultor canario Martín Chirino, o el pintor cubano Ángel Laborde, cuyos trabajos, abordan la espiral como modelo totémico y divinidad universal.

Fijé después mi mirada en las cosas naturales, cosas que podemos encontrar en una playa o en un campo, como por ejemplo, el caparazón de un caracol. De hecho, en la concha de muchos moluscos, como los Helix o Spirula, la espiral pervive tallada, generación tras generación. Christopher Wren, Jan Swammerdam o Henry Nottidge, dieron buena cuenta de este hecho en sus numerosos estudios naturales, pero fue D’Arcy Wentworth Thompson, quien publicó el libro titulado Sobre el crecimiento y la forma (1917), quien examinó hasta la saciedad la existencia de espirales en la flora y fauna de nuestro planeta. En su libro, D’Arcy describe cómo las conchas de algunos animales se forman siguiendo una curva que rota en torno a un eje, de modo que la forma de la curva permanece constante pero su tamaño aumenta en progresión geométrica. En algunas conchas, como la del famoso Nautilus, la curva generatriz gira en un plano perpendicular al eje y la concha se conforma como una figura discoidal plana. En otros casos, la curva de la espiral sigue un patrón espacial, con forma de hélice.

Thompson también estudió la aparición de espirales en la anatomía de diversos cuernos, pelambres, dientes, uñas y algunas plantas en sus años de investigador.

Todos estos hallazgos, no hacían más que empujarme más y más a investigar; me generaban muchas preguntas, muchas dudas, pero también trazaban con meridiana  claridad, un camino que yo estaba más que dispuesto a transitar.

Llegado a ese punto pensé, como dijo el famoso Aristóteles, la Naturaleza no hace nada en vano. Tal vez esos mensajes condujeran a otros mensajes menos manifiestos, tal vez ese patrón repetitivo, invitara a verdades menos demostrables.

Uno de los intentos científicos actuales que abogan por desentrañar los secretos más recónditos de la Naturaleza, es la Teoría de las Supercuerdas. Los átomos se componen de protones, neutrones y electrones; los protones son formados por quarks; los quarks son ligados por gluones, permanecen unidos por la fuerza nuclear fuerte, y además existen los leptones, y así sucesivamente más y más diminutos formatos de la masa que la ciencia todavía está descubriendo. Dicha teoría, afirma que todas las partículas que existen y que conocemos, se componen de un mismo material, y nos parecen diferentes, pero en realidad son la misma materia, la misma cuerda vibrando de manera distinta. Y ese juego de ligazones y vibraciones, encaja perfectamente con la forma espiral como germen de la vida. Si descomponemos un espectro electromagnético, observamos cómo sus dos fuerzas, la eléctrica y la magnética, describen  un giro que las dinamiza y las hace interactuar. El mismo giro, ocurre en las partículas subatómicas cuando éstas alcanzan el llamado momento angular o espín; un movimiento de rotación semejante al que también describen los planetas. Girar, fluctuar, enroscarse, como hace el embrión de los seres vivos en el interior del útero materno; como hacen las aguas, al formarse en remolinos, para ionizarse. Los vientos se cruzan en corrientes formando un torbellino, el mismo “muelle” hipotético previsto en los agujeros negros o agujeros de gusano.

El conjunto de fuerzas electromagnéticas de densidad variable que emerge de los cuerpos físicos, vitales, etéreos, mentales, emocionales y espirituales, lo que conocemos por «aura», es una manifestación energética no visible al ojo humano, pero demostrada científicamente. Esta particular energía, permanece suspendida alrededor del cuerpo en forma de una capa elíptica.

Son tantas las aplicaciones de la espiral, que no tardé en interesarme —a mayor escala— por su presencia real y constatable, más allá de la hipótesis o la sospecha. De este modo, quedé asombrado al comprobar, que a escala infinitesimal, estamos codificados en sendas espirales, las que describe nuestra cadena de ADN. En esa doble hélice, se encuentra toda nuestra información genética, algo irrefutable en el siglo XXI. Y de la misma manera, advertí que vivimos en una gigantesca espiral, la formada por nuestra galaxia, la Vía Láctea; concretamente, la Tierra se encuentra en uno de los brazos de dicha espiral. Ante tales evidencias, resulta inesquivable obsesionarse o convencerse de que la espiral está intrínsecamente ligada a la vida, una espiral rotunda, incontestable.

Antes de caer en el dogmatismo de la fe ciega, antes de embarcarme en elucubraciones fantásticas y sorprendentes, me propuse encontrar una espiral, pero impresa en el cuerpo humano. Si tan importante es para nosotros esta forma, ¿por qué no hemos nacido con una espiral esculpida en la frente? Aunque parezca una pregunta simple, conlleva una buena carga de lógica. Si alguien diseñó las abejas, y las configuró con la necesidad de construir el hexágono en sus colmenas y no el cuadrado o el círculo, ¿por qué —ese algo o alguien—  no nos diseñó con la demostración total de la espiral tatuada en nuestro cuerpo? ¿Por qué tanta sutileza? Quizá mi pregunta pueda parecer ingenua, básica, pero me la formulé y no encontré respuesta.

Pasó el tiempo.

 Entre mis inquietudes artísticas se encuentra la pintura con acrílicos y el dibujo al carboncillo, y allí me encontraba yo, dibujando al carboncillo en una tarde cualquiera. El caso es que traté de dibujar unos trazos, y quise —como es habitual— corregirlos; para ello utilicé la famosa goma maleable de borrar el carboncillo. Mi sorpresa fue bárbara, y no miento al confesar que sentí miedo. Al retirar la goma de mi mano, observé con la claridad que brinda el Sol en una tarde de verano, la huella dactilar de mi dedo pulgar impresa en aquella masa informe. La tomé con ambas manos y la acerqué a mis ojos, caminé unos pasos hasta un lugar mejor iluminado, y allí mismo descubrí una espiral perfecta, apareció gravada en aquella goma por los surcos de la piel. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, en aquel preciso momento, supe que tenía que escribir este poemario, debía revelar lo descubierto, señalar un camino, quizá a ninguna parte, quizá iniciático, con la ilusión de despertar en otras conciencias la necesidad de investigar y conocer el mundo que nos rodea, al tiempo que mi alma y mi intelecto ahondaran más y más en este conocimiento virgen.

El ser humano busca y ha buscado siempre la Belleza, la invoca a través de rituales artísticos, aspira a ella, quizá la geometría pueda ofrecer una respuesta a esa preocupación; es responsabilidad nuestra aplicar esa revelación a nuestras vidas.

El 27 de septiembre del año 2000, Eva Neuer publicó El Manifiesto del Fractalismo, un manifiesto de aspiraciones universalistas, una tesis que trata de abarcar todas las manifestaciones del ser humano, dentro de su rol social y como ente particular. Eva Neuer parte del concepto fractal para conformar una nueva postura “fractalista”, y a través de esta visión, acercarse al mundo. Este manifiesto, con todas sus propuestas, ciñe su ordenación a lo fractal y se justifica a través de él. El ser humano, a fin de cuentas, es un elemento singular en el interior de un universo fractal, un ser que debe estar en armonía con su entorno, no sólo por pertenecer a él, sino por ser consciente de ello. Esta misma premisa es la que siguen algunas religiones. Como en todo manifiesto universal, Neuer expone un elenco de ideas utópicas que, no por ser utópicas son imposibles de realizar, si bien, todavía nadie lo ha conseguido. Según su autora, El Manifiesto del Fractalismo invita a reflexionar para convertir las invisibles fuerzas de una búsqueda interior, en una evidencia física que, no sólo transforme la conciencia, sino que a la vez se manifieste en el exterior.

Y ahí creo que principalmente está la clave, en entender la geometría, la simetría, no como un concepto estético o de belleza, sino como un principio vital que eroga cualquier energía, cualquier bien, de la forma más sencilla y justa, por igual. Su comprensión y aceptación por parte del ser humano, equilibra su potencial y lo arma frente a la aporía del Caos. La música de la geometría propone una partitura isopolar, la axiología necesaria para combatir —por ejemplo— el Trilema de Münchhaunsen[2].

Pero volvamos a la espiral. El término “espiral logarítmica” fue acuñado por Pierre Varignon, quien escribió el famoso Teorema de Varignon, un resultado de la geometría euclidiana que establece que en cualquier cuadrilátero, si unimos los puntos medios de sus lados, formamos un paralelogramo cuya área es la mitad de la del cuadrilátero original. Tras los axiomas emitidos por Pierre, el mismísimo René Descartes y Torriccelli abordaron la espiral logarítmica, pero fue Jacob Bernoulli quien le dedicó un libro, Spira Mirabilis, y muchos años de investigación. Debo admitir, que mucho más que Bernoulli, me influenció Descartes. El ser humano como reflejo del universo. La observación de los hechos como método de conocimiento. La primacía de la razón, pero sin desdeñar la intuición. La metafísica cartesiana. El recurso a Dios. Descartes está por todas partes en este poemario. Como también lo están Blavatsky, Jung, Kepler, Galileo, Gauss o Gödel. Este último, quizá sea el que más ha conseguido inquietarme con sus teoremas de incompletitud. No dudaría en afirmar que Johannes Kepler es, de los científicos del pasado, a quien más admiro; obviando todos sus logros, siempre me ha fascinado su vida y su persona. Hoy en día, pocos se explican, cómo Kepler pudo llegar hasta donde llegó, con unos medios escasos y rudimentarios, pero sobre todo, cómo pudo afirmar lo que afirmó, incluso antes de que ocurriera.

El avance de nuestra tecnología nos ha servido para visualizar y reconocer más y más espirales en nuestro entorno, algunas de ellas, invisibles. En los girasoles se reproducen varios tipos de espirales, como la Espiral de Fermat, quizá, visualmente, la que más se asemeje a un espermatozoide y su recorrido. Los halcones se aproximan a su presa según la espiral logarítmica, ya que adquirir el ángulo de la espiral les proporciona una visión más panorámica. Los insectos se aproximan a una fuente luminosa según una espiral logarítmica. Y en geotecnia, la superficie de terreno denominada «falla» es el lugar geométrico de los puntos donde el suelo se rompe y permite un deslizamiento, y en muchos casos, dicho punto de ruptura tiene forma de espiral. Quizá nuestra mente, anclada en la asimetría, no sea capaz de procesar una maravillosa realidad más parecida a la ficción que a otra cosa; quizá no estamos preparados para conocer ciertos mecanismos, ciertos secretos. Lo cierto es que la Geometría Sagrada está ahí, se manifiesta abiertamente, sería justo escuchar su mensaje de sostenibilidad, de equilibrio, de recurrencia.

Actualmente, la ciencia busca la supersimetría a través de todos sus medios. Se piensa que cada partícula tiene su hermana gemela; demostrar ese patrón de igualdad, esa dualidad, sería constatar la duplicidad como uno de los resortes más importantes de la vida. Además, ayudaría a nombrar candidatos para el rol de la materia oscura. No sabemos nada de la materia oscura o de la gravedad. No sabemos nada de los agujeros negros, de los viajes en el tiempo. ¿Qué hay después de la muerte? ¿Por qué estamos aquí? Nada es lo que parece, vivimos tratando de sobrellevar nuestras dudas a expensas de los científicos. Estamos compuestos por una masa, y no conocemos siquiera, el proceso de formación de la misma. Kepler es el mejor ejemplo, de cómo podemos llegar al axioma partiendo del sofisma. Somos la intuición de que disponemos, aquello que demostramos, en lo que creemos.

Sucesión de Fibonacci

Leonardo de Pisa, más conocido por Fibonacci, escribió en el Siglo XIII la famosa Sucesión de Fibonacci, una consecución de números a los que llegó mediante procesos empíricos de observación de las plantas y cálculos sobre la reproducción con camadas de conejos en cautividad. Dicha cadena numérica, es un patrón repetitivo de crecimiento, por ejemplo: de las ramas de los árboles, o de los brotes de un tallo. Si tomamos el tronco del árbol o el tallo de la planta como un cilindro liso en el que, cada brote marcará su zona como una coordenada, después de un tiempo observando y habiendo aparecido diversos brotes, si trazáramos una línea que uniese todos las floraciones tendríamos una espiral logarítmica. Aunque parezca sorprendente, el número de conejos en cautividad y en las cantidades de dicha secuencia, crecería exponencialmente según los números de Fibonacci, por tanto, aquella sucesión de números, determinaba por primera vez que lo que llamamos azar o providencia tiene poco que ver en cuanto al “diseño” de la vida se refiere. Si la vida es un accidente, como afirman algunos, no habría pautas repetitivas en los ciclos naturales, todo sería caótico y aleatorio. Alguien o algo, en algún momento, se tomó la molestia de ordenar, de dotar y estructurar un  mundo mecánico poblado por seres mecánicos.

Actualmente la sucesión de Fibonacci se emplea en Matemáticas, Ciencias de la Computación y Teoría de Juegos. A través de dicha sucesión de números, también podemos llegar a la espiral; si en un plano bidimensional vamos colocando cuadrados de igual tamaño en la misma cantidad y sucesión del cómputo de Fibonacci, obtendremos un rectángulo de proporción áurea en el que se suscribirá una espiral logarítmica. Dicha proporción o número dorado, fue la cima divina e inalcanzable para los antiguos escultores griegos, todo lo que respondiese a su disposición y mensura, estaba relacionado con la perfección y la belleza. Da Vinci conocía esa cifra:

Su obra, la Gioconda, puede suscribirse en un rectángulo áureo, y su Hombre de Vitruvio, relaciona, no sólo las proporciones del ser humano con el planeta y satélites donde vive —modelo que podría ser válido de confirmarse con otras especies desconocidas—, sino también con la proporción áurea. El número áureo es el valor numérico de la proporción que guardan entre sí dos segmentos de recta a y b (a más largo que b), que cumplen la siguiente relación:

La longitud total es al segmento a, como a es al segmento b.

Escrito como ecuación algebraica:

Siendo el valor del número áureo φ el cociente

Nosotros, los seres humanos, disponemos de proporción áurea en nuestros dedos de las manos (la distancia entre sus articulaciones), en nuestra estatura con respecto a nuestro ombligo, en nuestros dedos con respecto al hombro y el codo, y en gran parte de la disposición de nuestros apéndices.

A escala ínfima, la célula animal puede conformarse geométricamente. Por ejemplo: de forma plana, como el epitelio, de forma esférica, como los glóbulos rojos, con forma de estrella, como las células nerviosas o de forma alargada, como las células musculares.

Masa crítica

Otro ejemplo de geometría natural a escala imperceptible, son esas invisibles redes cuadrangulares que vinculan a todo ser viviente, los llamados campos morfogenéticos[3]. La teoría del centésimo mono[4] o masa crítica, es una de las armas más poderosas de que dispone el ser humano, un descubrimiento accidental que ha sido vapuleado y contaminado para tratar de evitar que la sociedad ponga en marcha sus mecanismos, poniendo en peligro con ello la sustentabilidad y primacía de los sistemas gobernantes.

El concepto de masa crítica, puede encontrar analogías con algunos pasajes de la Biblia y con manifiestos de algunas sectas, cuando afirman, que un número concreto de personas serán las elegidas, las salvadas, y tal número es el necesario para abordar la nueva era o cambio de conciencia.

En su libro Una Nueva Ciencia de la Vida, Sheldrake toma posiciones en la corriente organicista u holística clásica, sustentada por nombres como Von Bertalanffy y su Teoría General de Sistemas o E.S. Russell, para cuestionar de forma tajante, la visión mecanicista que da por explicado cualquier comportamiento de los seres vivos mediante el estudio de sus partes constituyentes y posterior reducción de los mismos a leyes químicas y físicas.

Sheldrake, en cambio, propone la idea de los campos morfogenéticos, los cuales ayudan a comprender cómo los organismos adoptan sus formas y comportamientos más característicos. Hace no tantos años, las terapias alternativas en lo que a curaciones humanas se refieren, eran un tema tabú para la comunidad científica, y sin embargo, en la actualidad, disciplinas como la risoterapia, el reiki o el yoga, se aplican en los centros hospitalarios. La teoría de Sheldrake —de momento— no ha sido rechazada ni por la relatividad general ni por los actuales postulados de la Física.
La palabra “morfo” procede de la palabra griega morphe, que significa forma. Los campos morfogenéticos son campos de forma; campos, patrones o estructuras de orden. Estos campos organizan no sólo los campos de organismos vivos, sino también los campos de cristales y moléculas. Cada tipo de molécula, cada proteína por ejemplo, tiene su propio campo mórfico: un campo de hemoglobina, un campo de insulina. De igual manera, cada tipo de cristal, cada tipo de organismo, cada tipo de instinto o patrón de comportamiento tiene su campo mórfico. Estos campos son los que ordenan y conforman la Naturaleza.

La gran contribución de Sheldrake ha consistido en reunir nociones vagas sobre los campos morfogenéticos (Weiss, 1939) y formularlos en una teoría demostrable. Desde que escribió el libro en el que presenta la hipótesis de la Resonancia Mórfica, en 1981, se han llevado a cabo numerosos experimentos que, en principio, deberían demostrar la validez, o invalidez, de esta hipótesis que cada vez cuenta con más adeptos.

Conclusión

Uno de los últimos descubrimientos científicos, del que todavía no se tiene explicación, es que un agujero negro en rotación, pasa de calentarse a enfriarse, cuando el cuadrado de su masa dividido por el cuadrado de la velocidad con que rota, da como resultado Pi. Como también, se ha observado una estrella que expulsa un chorro de materia sólida durante un largo periodo de tiempo y esta materia expulsada permanece unida a la estrella por un extremo, mientras que en el otro extremo, la materia se va curvando hasta adquirir la apariencia de una espiral.

En el año 2010 murió la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, quien creó la denominada Teoría de la espiral de silencio. Una apuesta por el conocimiento de la opinión pública para poder influir sobre ella. En su tesis, Neumann no aboga por tergiversar la información, sino por conocer cuáles son los cambiantes dogmas predominantes en la sociedad y estudiar el comportamiento colectivo; de esa forma, la doctora afirma que es la propia sociedad quien margina o abraza al individuo, según éste comulgue o no con el sentir mayoritario del pueblo. Para ello, es necesario sondear periódicamente a los ciudadanos e influir sobre ellos, premiando con la inclusión o aceptación del individuo en un colectivo o sociedad, como también, amenazando con ese aislamiento tan temido, a la persona según sus criterios o ideales.

En 1970, el pintor reconvertido a escultor, Robert Smithson, culminó su trabajo más emblemático Spiral Jetty. Construyó, ayudado por maquinaria pesada y decenas de operarios, una gigantesca espiral logarítmica en el gran Lago Salado de Utah; una escultura que ya merece el calificativo de “paisaje” y es uno de los lugares más visitados de la zona. Tras varios meses de trabajo, fueron removidas varias toneladas de tierra y colocadas piezas de cristal suspendido y roca basáltica de color negro formando una espiral de más de cuatrocientos metros de longitud. Transcurrió un tiempo de su inauguración, la gente paseaba sobre la espiral, el enclave paisajístico era perfecto. En la temporada de lluvias, el lago aumentó su caudal y la espiral fue anegada por completo. Robert esperó un tiempo, pensó soluciones posibles, a cada cual más complicada. Cuando de repente, las aguas volvieron a descender y la espiral volvió a quedar a la vista de todo el mundo. La sorpresa fue mayúscula, mientras la espiral estuvo sumergida, las poderosas sales del lago, otorgaron otro color y brillo a la roca basáltica original, y le propiciaron un aspecto —si cabe todavía— más hermoso. La Naturaleza había intervenido en la obra artística y la había transformado por completo.

El Universo está lleno de singularidades, una de ellas es la vida. Tener el afán de comprenderla, puede acercarnos a saber algo más de nosotros mismos y del lugar en qué vivimos. Las transformaciones relatadas en las historias de Kafka, los intrincados laberintos de los cuentos de Borges, son senderos cíclicos o fractales que la literatura ha trazado para nuestro tránsito. La Geometría Sagrada es un espejo colocado frente a otro que abre múltiples posibilidades. El conocimiento y la intuición son factores clave para tratar de descifrar esa intrahistoria que pide ser revelada. Sacrificar el lirismo en virtud del pensamiento, aniquilar el yo, desnudarse y adentrarse en la nieve, son algunos de los factores que la estructura interna de este poemario quiere transmitir. El lirismo, lo queramos o no, es una velada —y buscada— recompensa para el hacedor de versos, un divino relleno, una deliciosa retórica que no es necesaria en este caso, pues nada puede engrandecer a lo que es, ya de por sí, maravilloso. Creo que no es posible traducir la música, aunque sin duda, sea hermoso intentarlo.

Una noche de ensoñación, de desbordante fantasía, fabulé sin condiciones en esa franja horaria de las últimas luces; tendido sobre mi cama, quedé observando la huella dactilar de mi pulgar. Imaginé que los surcos de la piel que componían aquella espiral tan misteriosa y diminuta, eran en verdad muros de piedra negra, volcánica, unos muros de un grosor y una altura infranqueables, e imaginé también, cómo en el vórtice central de esa inexpugnable fortaleza-laberinto, un laberinto al que sólo los más valientes se atreverían a entrar, florecía una exultante y palpitante espiral luminosa.

[1] El Ojo de Horus, o Udyat “el que está completo”, fue un símbolo de características mágicas, protectoras, purificadoras, sanadoras, símbolo solar del Antiguo Egipto que encarnaba el orden, lo imperturbado, el estado perfecto. El Udyat es un símbolo de estabilidad cósmico-estatal.

[2] El Trilema de Münchhausen (por el famoso Barón de Münchhausen, quien decía haber escapado de una ciénaga tirando de sí mismo), también llamado Trilema de Agripa (por el filósofo escéptico Agripa), el nombre referido al barón de Münchhausen fue acuñado en el contexto de la Teoría del Conocimiento a mediados del siglo XX por el popperiano Hans Albert, aunque tradicionalmente su argumento es referido por el griego clásico Diógenes Laercio, al filósofo escéptico Agripa y es un ataque a la posibilidad de lograr una justificación última para cualquier proposición, incluso en las ciencias formales como la Matemática y la Lógica.

[3] En 1990, Rupert Sheldrake publica su libro titulado Una nueva ciencia para la vida. La hipótesis de la causación formativa. En dicho libro propone la teoría sobre los campos mórficos que se deriva de la idea de los Campos morfogenéticos. Su interpretación causó mucha controversia desde el momento de su publicación, ya que se desvía -según algunos científicos- de ser una teoría científica y entra al campo de lo esotérico.

[4] El efecto del centésimo mono es un fenómeno demostrado científicamente al que pretende hacerse pasar por bulo; el descubrimiento consiste en que un comportamiento aprendido por los miembros de una comunidad aislada de monos, se propaga rápidamente desde el primer sujeto que advierte el nuevo conocimiento hasta todos los monos de su comunidad y más tarde del continente. Una vez que se alcanza un número crítico de iniciados, la idea o habilidad adquirida se transmite  morfogenéticamente a toda la especie -incluso en diferentes latitudes del mundo-, pudiendo quedar fuera del aprendizaje los sujetos de mayor edad del grupo.

cubierta la flor de la vida

«Poemario Finalista a los Premios de la Crítica Literaria Valenciana 2017».

http://lastura.es/?product=la-flor-de-la-vida

flor ateneo

Imagen de la conferencia sobre geometría sagrada que José Antonio Olmedo impartió en el Ateneo Científico, Artístico y Literario de Madrid (2016).

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