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Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2016/12/poemas-que-mojo-la-lluvia-jose-antonio.html

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Título: Poemas que mojó la lluvia

Autor: José Antonio Mateo Albeldo

Editorial: Neopàtria

Género: poesía

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 76

ISBN: 978-84-16391-40-0

 

Poemas que mojó la lluvia es el quinto poemario de José Antonio Mateo Albeldo, poeta convicto, fundador del grupo poético Argila de l`Aire y un habitual en la escena lírica valenciana. Desde sus inicios, hace ya veinte años, con la publicación de Alas mágicas, pasando por Mundo azul (1999), hasta el libro que nos ocupa, ha publicado dos obras por década y en todas y cada una de ellas ha manifestado una particular habilidad para aunar reflexión y sensibilidad en sus poemas.

Su generación es la de Gallego y Marzal, no así su adscripción a la mal llamada «poesía de la experiencia», su singular destreza a la hora de transitar géneros y ponderar densidades lo convierte en un creador de difícil etiquetado. Su poesía es realista, pero también mágica, quizá en este libro sea más experiencial que en otros, más sensorial, pero se advierte en ella una maceración temporal, un trabajo de poda y buen gusto frente al que el buen lector podrá encontrar a un autor verdadero al tiempo que a sí mismo.

A través de los cuatro bloques —sí titulados— en que se divide la obra, encontramos tres constantes: brevedad, aumento exponencial del número de poemas y ausencia de títulos. Esta obra progresa geométricamente en muchos sentidos: en longitud (7, 8, 13, 18 poemas por bloque), en textura (se desplaza desde la tiniebla a la luz), en espacio (del paisaje interior se dirige hacia el paisaje exterior); y además desvela en su primera pieza —a modo de poética— toda su creatividad (neologismo), y a su vez toda la polisemia al servicio de un tema troncal que vertebra este peregrinar en cuatro actos, el amor.

La poeta Mar Busquets-Mataix firma unas palabras liminares como prosaica antesala a lo sinfónico, y en ellas dilucida —además del amor— otras cuestiones vertebrales y argumentales de la obra. Por ejemplo, su morfología de camino, la fusión entre el ser y la naturaleza a través de la contemplación o su honda metafísica expresada a través de signos telúricos, son solo algunas cualidades latentes de este poemario, rasgos que encuentran la argamasa que los une en lo sentimental.

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José Antonio Mateo Albeldo

 Armado de un lenguaje sencillo y diáfano, de verso blanco y libre, el poeta comienza su andadura mencionando a una niebla como metáfora total: Reconozco tus pasos / envueltos de niebla / entre las hojas que cayeron… Una niebla que no menciona, pero sí se revela y regresa en el último poema del libro: […] donde aún se escucha / el rumor del agua sin verla. Esa condensación de humedad en el aire, esa agua suspensa, esa garúa que invita a la opacidad, estará presente a lo largo del libro incluso en diferentes estados: […] caminar contigo, / atravesar senderos de espuma… // Lágrimas antiguas / amenazan la serenidad / de un paseante que vaga dormido. Su rol, tan magnificente como desasosegante, significa por entero el título del primer bloque “El desequilibrio que me habita”. En este apartado, el poeta expresa en un tono memorístico y trágico —exceptuando el poema en el que su hijo es el paisaje— un memorial de heridas —pasadas y futuras— que lo consternan y aleccionan en el fluir de la vida: De la luz que fuiste, / apenas quedan / unos zapatos sin pasos… // No hay nada más, / una sombra, / una muerte que se acerca despacio.

En el segundo bloque, titulado “Lo que no es soledad”, los poemas oscilan entre tres y seis versos. Si en su sección anterior todo era influenciado por la contingencia de la muerte, ahora el poeta se dirige a la persona amada, y con mayor optimismo y esperanza lea ella se confiesa, la homenajea e incita, le agradece y canta: Siempre queda un paisaje / en la memoria, / un hilo de ausencia / sobre la sombra de tus manos. // Bésame. Dibuja sobre mi piel / olas que nunca regresen. // Lloramos versos de tierra.

Esas olas que nunca regresan; como metáfora de los buenos recuerdos en eterna fuga; pasajeros irrecuperables de un tren hecho de tiempo, son las responsables de titular el tercer bloque. En este vagón de la estructura el poeta regresa a la elegía, aunque no absoluta, y anticipa con ella ese anhelo del vuelo que será el último epígrafe de su espina dorsal. Aquí la reflexión es más existencial, las imágenes más pictóricas y el dolor más mecánico: Tras cada puerta que se cierra / hay un pasado que renace. // El vértigo acecha / en el olvido de la noche. De repente, la palabra poética adquiere visos aforísticos, un tono sentencioso demuestra que el ser abatido recobró su entereza: Ser poeta es morir siempre buscando. // La poesía es una condena / que encadena al mar. Y da comienzo una deconstrucción de la conciencia que busca ahormarse a la hendidura de lo permanente: La soledad es una mirada atrás / entre una niebla de farolas.

Esa mirada atrás constata la procrastinación de la inteligencia reflexiva a favor de la serena y profunda contemplación. Aprender el mensaje cifrado en el paisaje —antes lontananza— conlleva a fundirse con él y emprender el vuelo hacia el cuarto y último bloque.

“Intuición de vuelo” es su título. Aquí, a modo de apuntes paisajísticos, el poeta aborda en cada poema una localización concreta, un punto en la geografía y en el tiempo para modalizar el cauce de su nueva mirada. Los versos en esta ronda final perpetran luz y agradecimiento, el paisaje recobra —como un todo— su trono en primer plano y propone una enfática clausura de conocimiento y celebración: No soy nada. // Lo soy todo, / un río de melancolía / que olvidó arrastrar el agua, / un animal pequeño y torpe, / una ínfima porción de eternidad.// Desconocemos una vida / que la poesía solo intuye…

Sin duda, resulta apasionante y revelador el itinerario que este libro propone. En palabras de Busquets-Mataix: El poeta no escribe, / abre su alma a la tierra. Como ya hiciesen —entre otros— poetas como Félix Grande, Mateo Albeldo abre su alma a la tierra y es la tierra misma, así nos lo transmite, y su canto, sin asomo de alarde u ornamento, transfiere en ocasiones su verdad y naturalidad a la manera de la poesía pura.

Citando a José Luis Zúñiga, a quien el propio autor invoca para empezar este viaje, cierro este comentario e invito a los futuros lectores de este libro a abordarlo con la misma inocencia que el verdadero haijín es sorprendido por la iluminación de un haiku:

Mojó la lluvia / mi cuaderno de versos. / Se emborronaron todas las palabras: / solo quedó poesía.

 

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