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Publicado en la Revista Sala 1:

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Título: Un monstruo viene a verme

Título original: A Monster Calls

Dirección: Juan Antonio Bayona

País: Estados Unidos

Año: 2016

Duración: 108 min.

Género: Drama, Fantástico

Reparto: Felicity Jones, Lewis MacDougall, Liam Neeson, Toby Kebbell, Sigourney Weaver, Geraldine Chaplin

Distribuidora: Universal Pictures

Productora: River Road Entertainment, Participant Media, Apaches Entertainment

 

Como no quiero hacer perder el tiempo a quienes pretenden saber el laudo de una crítica antes de leerla, mucho menos, a quienes pretenden pagar el precio de una entrada con el deseo de ver una buena película, diré sin ambages que Bayona, con Un monstruo viene a verme, ha rodado su peor película.

Evidentemente, la cinta recaudará una buena suma de dinero, porque lo que sí es una obra maestra en este estreno, es su campaña publicitaria. Algo que ya pudimos comprobar en su anterior película, Lo imposible (2012), otro “producto” manufacturado a la americana con pretensiones sentimentales.

A día de hoy, El orfanato (2007), sin ser una obra maestra, es la pieza más salvable de su filmografía, un legado que en tres películas sigue contándonos la misma historia: el miedo a la separación entre una madre y su hijo. El propio autor reconoce que con el estreno de la película conforma una trilogía materno-filial que esperamos de por concluida. Si Lacan levantara la cabeza consideraría que Bayona está atrapado en un bucle creador como terapia personal.

Lewis MacDougall es Conor, un chico de doce años que está viviendo la peor etapa de su vida. Por una parte, su madre (Felicity Jones) está sufriendo la fase terminal de un cáncer devastador; debido a ello debe pasar más tiempo con su abuela (Sigourney Weaver), un personaje autoritario y frío que poco a poco irá acercándose más al muchacho. A todo esto hay que sumar el desangelado papel de un padre que tras divorciarse ha rehecho su vida y no tiene lugar en ella para su vástago. Situación dramática que no hace más que empeorar con el acoso escolar que sufre el joven protagonista. Hasta aquí, como si de un melodrama de mediodía se tratase, todo encaja. La historia es verosímil, aunque fríamente interpretada. El joven MacDougall, dotado para transmitir emociones, de no ser por ciertas escenas donde sobreactúa con notoriedad, es el único actor convincente y destacable. Pero de buenas a primeras, aparece un árbol de tamaño descomunal que habla y viene a visitar al muchacho en repetidas ocasiones. Y aquí es donde, en lugar de una película recomendable para mayores de doce años, se convierte en una película para niños.

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La factura técnica de Juan Antonio Bayona es impecable: los efectos especiales, el montaje, la fotografía; pero el guion es lineal y en ocasiones, predecible. Patrick Ness alcanza mucha más profundidad en sus descripciones y reflexiones en la novela, su monstruo es más voluble y rico en matices. Otorgar a la película el rango de «bomba lacrimógena» como he leído por ahí, es sobradamente excesivo; intenta conmover al espectador pero no consigue sobrepasar la empatía.

Otra etiqueta excesiva, esta, mediática, es llamar a Bayona el Spielberg español. Nuestro cineasta ha confesado en alguna ocasión que el director americano es su referente, pero de ahí a equiparar sus talentos invita a una tarea inabarcable. Hay escenas en la película que parecen sacadas de Poltergeist (1982), quizá la obra más impropia de Tobe Hooper y paradójicamente, más genuinamente Spielberg. Un árbol entra por la ventana y se lleva al niño. Los objetos se mueven solos y se desplazan en una misma dirección. La película de Juan Antonio Bayona está llena de clichés narrativos que imitan el quehacer de Steven Spielberg, y con ello, no hace más que constatar su lugar en el ranking.

Hemos dicho que la verosimilitud de la historia termina con la reiterada aparición de un árbol gigantesco que visita al joven protagonista, pues bien, ese acto sobrenatural recuerda a Los fantasmas atacan al jefe (Richard Donner, 1988). En dicha película, el protagonista recibe la visita de tres fantasmas —por navidad— que le narran tres historias; su motivación: concienciarle de sus actos. En el film de Bayona dicho árbol aparece para contarle tres historias a su protagonista, también para concienciarle y ayudarle a ser fuerte y superar su realidad. Y aquí llegamos al punto culminante y controvertido de esta cinta, las tres historias que narra el monstruo. Como ya hiciese —y de nuevo— el propio Spielberg en Parque Jurásico (1993) y Ari Folman en El congreso (2013), película muy superior; Bayona utiliza el cine de animación para narrar esas tres historias. Y dichas piezas de animación son obra de Headless, un estudio barcelonés, compuesto por tres socios y fundado en 2008, que partiendo de las premisas del cineasta (hacer creaciones artísticas basándose en la acuarela) consiguen hacer verdadero arte. Las tres historias están dotadas de una fluidez narrativa y una composición-descomposición pictórica —en planos de continuo movimiento— que consiguen hipnotizar al espectador adulto, al tiempo que desconcertar al público infantil, ya que la moraleja de cada historia contraviene el dañino legado moral de la industria Disney.

Fotograma de Un monstruo viene a verme  de J  A  BayonaFotograma de Un monstruo viene a verme  de J  A  Bayona

Resulta ambiguo que, por un lado, la película contenga momentos deslumbrantes de cine animado, y por otro, la historia narrada por sus personajes reales llegue a ser aburrida, poco creativa y sentimentalmente mecánica. En mi opinión, introducir las historias animadas perjudica a la película por el simple hecho de que son mejor que ella y algunos no se explican siquiera su justificación.

La banda sonora de Un monstruo viene a verme es obra de Fernando Velázquez, quien ya trabajó anteriormente para Bayona. En esta ocasión, el compositor ha contado con la Orquesta Sinfónica de Euskadi para acompañar el dramatismo de las imágenes, aunque su trabajo trasciende al primer plano en contados momentos pianísticos. El grupo británico Keane también participa en la banda sonora, su aportación es “Tear up this town”, tema central de la película.

Los lugares comunes por los que transita Un monstruo viene a verme son muchos, quizá demasiados para su presupuesto. Por citar sólo algunos, ¿quién no recuerda a seres imaginarios como metáfora de un yo atribulado? Una mente maravillosa, El club de la lucha; planos exactos de otras películas, como la sombra del árbol en la fachada iluminada por la noche, Nosferatu; cuando el protagonista aprieta su puño acompañado del monstruo en el colegio, Acero puro. Todos recordamos los árboles andantes de El señor de los anillos o King Kong llevando en volandas y protegiendo a su particular compañera.

Hay que reconocer que la moraleja de esta fábula lanza un mensaje de lucha y esperanza, de fe en la verdad, en el amor y reconocimiento del arte como herramienta para reeducarnos y superar adversidades, algo muy digno y encomiable, pero carece de originalidad, hondura y promete mucho más de lo que ofrece.

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