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Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2016/11/la-pasion-de-ser-debil-de-francisco.html

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El poeta Francisco Benedito

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Título: La pasión de ser débil

Autor: Francisco Benedito

Editorial: Ediciones Contrabando

Género: poesía

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 63

ISBN: 978-84-943103-7-9

Una sorpresa, más que grata, fue encontrarme con los versos de Francisco Benedito. Y esta sensación —me consta— invadió a muchas otras personas, quienes leyeron esta ópera prima sin referentes de su autor y fueron inundados por completo de una sinceridad a la que no se intuía muy forzada.

Y es que La pasión de ser débil (Ediciones contrabando, 2015), supone la carta de presentación de un poeta, Francisco Benedito (1967), nacido en Toulouse (Francia) y afincado en España, su partida de nacimiento como poeta, y no ha hecho más que acertar en sus elecciones, unos factores determinantes que convierten este debut en una pequeña gran obra.

¿Por qué pequeña? Porque en apenas treintaisiete páginas y poco más de trescientos versos se da cuanto se ha de dar —y un poco más— para justificar su nacimiento. ¿Por qué gran? Por todo cuanto queda en nosotros al terminar su lectura: una pequeña parte del poeta y de su mundo revelado —y quizá también nuestro—, y una gran parte de nuestro propio paisaje submarino completamente transformado por sus corrientes.

Entre sus elecciones, el poeta ha sabido rodearse de sabias y maduras voces, como la de Juan Pablo Zapater, quien firma el comentario de contraportada y radiografía, a través del mismo, la poética de Benedito con términos precisos: «catálogo de debilidades», «fe, tanto en un dios ausente, como en sí mismo», «valientes dudas». Como también, la voz de Xelo Candel, prologuista del libro, quien aporta su certera lectura e interpretación de unos versos ya limpios de partida: versos reescritos y pulidos, poemas depurados hasta el límite que le permite la palabra. Candel Vila anuncia que el autor se encuentra en sus propios versos, sostiene que en cada una de las tres partes que conforman el poemario se representa una etapa vital del autor, que nada es gratuito y coincide, en sintonía con Zapater, al subrayar a esa supuesta debilidad del principal epígrafe para redescubrirla valentía.

Pero ahí no terminan las sabias elecciones del poeta. A quienes conocemos la poesía de Vicente Gallego, y sabemos también de su proximidad con el autor, nos parece escucharle en sus poemas. Hay algo, quizá en el tono experiencial, confesional, quizá en el ritmo, que nos recuerda la hondura y armonía del maestro valenciano.

Pero sin duda, —y esto no se aprende en los manuales—, el campo magnético que se alinea rápidamente con la imaginería, con lo vital y sensorial del lector, es irradiado desde su sinceridad. La poética de Benedito rehúye la estrategia y se planta frente  a nosotros con naturalidad, no se esconde, y nos mira a los ojos, y aguanta la mirada mientras su alma, necesitada de encontrarnos, va despojándose de capas y más capas protectoras para estremecernos con una desnudez que la haga merecedora de su propia redención.

En una belleza decadente encuentra el poeta su paisaje memorístico: sobre la mano rota del recuerdo / acaricio la suma de una vida, / un caudal de monedas devaluadas / se agolpan en su palma, / y nada tengo.

Lejos de resultar un plan premeditado, la textura y reflexión de estos versos revelan su necesidad original. El poeta se vacía continuamente en un ejercicio aparentemente antirretórico, casi fisiológico: cuando mi cuerpo viejo y gastado / —que aún solicita un poco de sol— / cede sus ruinas / a los que solo sostienen / el brillo de lo inútil. Quizá por ese sufrimiento y esa inercia interior que lo empuja hacia el vacío, aprecio en la métrica que estructura su andamiaje una aspiración al verso imparisílabo —tan de los poetas de la experiencia— pero continuamente quebrada por esa huída de lo estético y su afán de refugio en esa razón de ser, insobornable. La lucha argumental ha trascendido al ábaco que escande y procura una armonía —aquí numéricamente desarmonizada— que no condena al fracaso lo operístico, sino lo mimetiza con su mensaje: En esa pelea estoy / subiendo las apuestas / de los que ven cercana mi derrota / vencido por la bala del abismo.

Sin dejarse anegar en la ciénaga de lo melancólico, aunque reconociendo que lo quemado nunca se recupera, el discurso del poeta previene floraciones, adelanta destinos luminosos, empequeñece el miedo. Sin celebrar de antemano el optimismo, su maldita certeza parece ser una bendita esperanza. En esta incursión psicológica no hay más itinerario que el salvaje acontecer de una memoria que sangra y resplandece por su misma herida; una herida que no sabe si evolucionará a cicatriz o será el orificio en la embarcación que lo conducirá al naufragio: A estas edades, / como nunca, / soy / una llama expectante / que se esfuerza por seguir / viva entre la oscuridad; / luz en un rincón del universo.

Esa otra sentimentalidad de la que hablaba aquel ilustre triunvirato granadino, alianza moldeada por Juan Carlos Rodríguez Gómez, es aquí vivencia particular reconocida por el lector en vivencia colectiva. El poeta, cuando habla de sí mismo, habla por todos. ¿Quién es ajeno a la pasión? Aquí sinónimo de debilidad ¿quién no reconoce en lo amado la fortaleza y flaqueza al mismo tiempo de aquel que ama?

No hay lugar para el análisis en esta emotiva introspección, el proceso del lector es intuitivo, como también el de quien suscribe —a modo de recensión— su particular lectura. La pasión de ser débil se agiganta en su tercer acto “Ahora me crece vida en las manos”, epígrafe que puede hacer suyo el lector que haya sangrado. Aquí el misticismo se aprecia en reflejos caleidoscópicos, en variados matices que intensifican la partitura y conocen que el final llega tras ellos: Cuando sus rostros llenan / los campos y montañas que atravieso / me vuelvo agua de río, astro callado. // Detrás de una cancela sometida / los restos de una casa / ya no emiten sonido alguno. // En su ausencia de cuidados / se describe la vida / desde dentro hacia afuera.

 

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