Etiquetas

, , , , , , , , , , , , ,

13879447_1144738648919044_1341392420625564378_n

Diseño de cubierta y contraportada: Pablo Uría

https://kokapeli.com/catalogo/herederos-de-cthulhu/

Antología de varios autores. 276 páginas. (Puede comprarse en papel y digital).

Antólogo y prologuista: Javier Arnau

Sinopsis:  Podríamos decir que, además del padre, Howard Phillips fue ideólogo de los Mitos de Cthulhu. Cuando comenzó a producir los cuentos, no tenía en mente otra cosa que explorar el terror primigenio —ese que enfrenta al alma humana con los terrores de un cosmos desconocido— como eje de sus historias. Pero, pronto comenzó una relación epistolar con otros autores, el Círculo de Lovecraft, del que surgieron una serie de narraciones que compartían una serie de elementos y que engrosaron el corpus de los llamados Mitos de Cthulhu.

«En esta antología, muchas décadas después, un grupo de autores españoles nos ofrecen sus propias exploraciones de los Mitos de Cthulhu. Aquí, encontraremos a autores que han frecuentado de manera asidua los Mitos junto a otros que los abordan por primera vez. Leeremos relatos ajustados al canon de los Mitos, otros más fronterizos y algunos experimentales. Los hay de terror puro, homenajes, humor y hasta alguna parodia. Los autores noveles se mezclan con otros muy veteranos, y los cuentos de manera expresa para la antología lo hacen con otros que ya fueron publicados hace años.Todos juntos, nos dan una panorámica bastante ajustada —aunque, como siempre, incompleta— del influjo que los Mitos de Cthulhu han tenido y tienen en los escritores de fantástico español».

J. Arnau

Los autores y los cuentos:

-Prólogo por J. Javier Arnau

-Beatriz T. Sánchez con «Los ojos de Yog-sothot»

-Javier Redal con «El horror sin nombre»

– Nieves Delgado con «El color que salió del agua»

– Laura López Alfranca con «Arrastra las palabras»

– Heberto de Sysmo con «El cuadro negro»

– Juan José Tena con «El heredero»

– Marta Martínez Velasco con «La invocación»

– Pablo García Naranjo con «Advenimiento»

– Aída Albiar con «La Hermandad del umbral de la vida»

– León Arsenal con «Whateley terminal»

– Sergio Mars con «Yamata-no-orochi»

– Javier Arnau con «En el inframundo»

– Sonia Córdoba y Alberto Valverde con «Origen»

– J.E. Álamo con «Abdel Muta’al»

– Ramón San Miguel con «Infiltrada»

– Gabriel Romero de Ávila con «El demonio está aquí»

– Ramón Muñoz con «Final de trayecto»

Aportación de Heberto de Sysmo a la antología: relato titulado “El cuadro negro”

el-cuadro-negro-composicion

(Pequeño extracto de las 24 páginas que componen el relato: páginas 77/81 del libro)

Vi el cuadro por primera vez, como uno más, en el siguiente grupo de trabajadores y directivos que fueron a presenciarlo. Nunca olvidaré aquel momento. Siempre me había considerado a mí mismo como una persona gnóstica y difícil de convencer, una persona racional, sin temores infundados, pero cuando me puse por primera vez ante aquel cuadro, sentí la extraña sensación de ser muy diferente al resto. Confieso que me inquietó como nada antes lo había hecho, ninguno de quienes lo presenciaron aquella tarde conmigo parecía demostrar su sorpresa, ni advertir la mía.

Entramos a la cripta por su única puerta, había demasiado silencio para la hora del día que era, desde allí no se vislumbraba el cuadro, puesto que la sala tenía forma de ángulo recto, era preciso doblar la esquina hacia la izquierda para encontrarse frente a él. La incredulidad de mis compañeros era tal, que completamos aquel recorrido haciendo comentarios banales. Los tacones de una de las supervisoras marcaron el ritmo frenético de aquel corto trayecto, un toc, toc que pronto se detuvo sobre aquel suelo de mármol ajedrezado en blanco y negro.

Aquella imagen golpeó mi conciencia, visualmente, el tono de color madera de la pared contrastaba abruptamente con la negrura de aquel cuadro, también sus dimensiones sobrecogían, pero el imponente marco que circundaba a aquel lienzo “vacío” era de una belleza y extrañeza casi sobrenaturales. A los demás les sorprendió más el hecho de que algo tan grande hubiese ido a parar allí sin que nadie supiese nada, que la propia composición y morfología del cuadro.

El techo de la sala se encontraba a gran altura, por lo que no había problema para albergar los cuatro metros y medio de alto que medía aquel armatoste, la amplitud de la pared, también acogía sobradamente los siete metros de ancho de aquella obra singular. No había visto nada igual, aquel marco, de ser macizo, debía pesar por lo menos trescientos kilos. Su morfología era igual de extraña que voluptuosa. Su grosor, en su parte más ancha, era cerca de un palmo, y no había en él ni un centímetro libre de talladura o relieve. El conjunto de hendiduras y volúmenes provocaba, al ser iluminado por los focos, un efecto de luces y sombras que alargaba algunas formas y ocultaba otras. Aún hoy me es difícil describir su ornamentación: vegetales, huesos, formas indefinidas, parecía como si alguna especie de extraña ideología estuviese representada entre sus anquilosados grabados. No se trataba de la típica iconografía estética que se encuentra normalmente en objetos antiguos. Había algo latente en aquella urdimbre, algo que me atrevería a calificar de peligroso.

No di crédito a lo que mis ojos presenciaron, mi cabeza y mi corazón pugnaron por asimilar —cada uno a su manera— este descubrimiento. Jamás dudé de la autenticidad de su aparición y no sé por qué, ya que aquello, de ser cierto, era algo improbable.

El director ordenó revisar las filmaciones de las cámaras de seguridad para tratar de encontrar al responsable de esta “donación”. Pero como su aparición tuvo lugar en un periodo de reformas e inventario a puerta cerrada, y en la pared donde fue hallado el cuadro no había ninguna reliquia, no fue encontrada imagen alguna al respecto. Quien quiera que fuese el que había traído semejante pieza al museo, debió necesitar ayuda dada la envergadura del cuadro; debió recorrer pasillos y varias salas antes de llegar hasta la cripta, por lo que cada vez más, la opción de su “aparición” era más inverosímil.

Los máximos responsables del museo se reunieron de urgencia para tratar este problema, estábamos a dos días de la apertura al público y aquel cuadro, aunque aparentemente no tuviese nada que ver con la Historia Natural propiamente dicha, daba la impresión de ser algo muy valioso, por lo que para mí, tenía muchas posibilidades de permanecer allí tal y como estaba.

En efecto, así fue, el director dio la orden de no tocar el cuadro, por lo que dentro de muy poco sería expuesto al público, eso sí, sin placa explicativa alguna ni circular a los guías internos, es decir, los visitantes se enfrentarían tal cual a la misteriosa obra.

Confieso que aquel primer contacto con el cuadro no había sido suficiente para mí, así que decidí visitarlo a solas a la hora de la comida; algo en mi interior decía que debía tratar de “comprender” a aquel extraño objeto.

Si en la primera visión llamó mi atención su envergadura y la excesiva ornamentación de su bastidor, en esta ocasión quedé abstraído, hipnotizado por su lienzo. Todos los comentarios que había escuchado a él referidos decían lo absurdo de un cuadro vacío, aquel color negro, extendido por igual sobre la tela, era poco más que nada para los amantes del arte; sin embargo, si quedabas por un tiempo observando detenidamente esa negrura, ese vacío o esa nada parecían contener algo. Me coloqué a dos pasos de distancia, puse cada uno de mis pies en la cuadrícula negra del pavimento y respiré profundamente varias veces antes de permanecer estático por un corto periodo de tiempo. Mi campo de visión no alcanzaba a ver fuera del cuadro, así que rápidamente, como cuando entramos a un cuarto oscuro y nuestra pupila se dilata para tratar de adaptarse a las condiciones de luz, empecé a dejarme llevar por la morfología de esa pátina de niebla: solo escuchaba mi respiración, primero jadeante, después más sosegada, mis ojos recorrieron levemente aquel tapiz de un lado a otro, me propuse no mover la cabeza para no romper ese periodo de adaptación a su oscuridad. Pasados unos segundos me tranquilicé por completo. Mi mirada pareció fijarse en un punto concreto, no parecía destacar del resto, pero por alguna razón que desconozco quedé observando impávido aquel punto. Entonces vinieron a mi mente recuerdos de desasosiego, fragmentos de un pasado envuelto en sombras que la cordura siempre trató de solapar. Mi respiración volvió a agitarse, cuando de repente, en zonas adyacentes al punto donde fijé mi mirada, comencé a notar una diferencia de tonos en la negrura, aquel telón de oscuridad comenzó a no ser tan homogéneo. No era capaz de distinguir si aquello que estaba presenciando era un efecto óptico u obra de mi imaginación. La persuasión de esos trágicos recuerdos fue deshojando mi entereza. De esas diferencias de densidad en el fondo negro, pasé a vislumbrar difusas claridades, escalas de grises, como vaporosas, y pronto advertí que aquellas diferencias en el tejido eran coordenadas espaciales; aquella pintura parecía tener profundidad, vida, así que sin pestañear extendí mi brazo para palpar con mi mano aquel lienzo y constatar que aquella pintura era un soporte físico y no un espacio vacío o una puerta. Cuando mis dedos estuvieron a tan solo unos centímetros del lienzo, Darius Witten apareció detrás de mí cargado con libros.

— ¡No! —me previno el registrador. Así que aparté mi vista del cuadro y desistí de tocarlo.

—Le sugiero que no entorpezca la labor de los especialistas que vendrán a analizarlo —añadió.

— ¿Especialistas? —pregunté con sorpresa.

—Sí. Quieren datar la obra, buscar referencias autorales, hacer una lista de los materiales empleados para su elaboración, procedencia y esas cosas, ya sabe. Incluso pueden obtener las huellas de quienes lo trajeron.

Permanecí extrañado unos segundos, a lo anómalo de mi experiencia con el cuadro tuve que añadir la aparición de este muchacho, ¿qué hacía aquí si era la hora de comer? ¿Y por qué andaba cargado con tantos libros?

—Pero ha dicho el jefe que tardarán en venir, porque están analizando objetos de una excavación en Siberia, —añadió aquel joven.

Entonces me cercioré de que Witten estaba preparando una oficina improvisada en aquella sala, había una mesa y una silla plegables apoyadas en una de las paredes, cuadernos y bolígrafos depositados en un saliente de la pared y por si fuera poco, venía cargado con tantos libros que apenas podía levantarlos.

— ¿Qué vas a hacer con esos libros y libretas? —pregunté temiendo recibir una evasiva por respuesta.

— ¡Oh! Tengo mucha faena atrasada y quiero ponerme al día —contestó ligeramente violentado por mi pregunta.

— ¿Pero por qué aquí? Si mañana esto estará cerrado, será el día previo a la apertura al público, —insistí.

—Sí, sí, ya lo sé, por eso precisamente quiero tener todo listo, además, nadie me espera en casa.

Noté que aquel tipo prefería que me marchase. Sonrió falsamente y se dedicó a su cometido. Debo confesar que en aquel momento tuve sensaciones encontradas. Pensé que no me vendría nada mal descansar al día siguiente.

Heberto de Sysmo

Anuncios