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Publicado en Revista de Letras (La Vanguardia):

http://revistadeletras.net/elisabeta-botan-tomar-el-pulso-a-la-conciencia/

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Título: Egometrie – Egometría

Autora: Elisabeta Botan

Idioma: rumano / español

Género: poesía

Editorial: Limes

Número de páginas: 160

Año de publicación: 2016

ISBN: 978-606-799-011-9

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Elisabeta Boțan, poeta rumana y traductora al español de numerosos poetas contemporáneos, nació en Năsăud, provincia Bistrița-Năsăud. En el año 2002 establece su residencia en Alcalá de Henares, (Madrid, España). Desde entonces, y en palabras de Mircea Petean, editor firmante del comentario de contraportada: «Elisabeta Botan contribuye de forma acertada y sustancial a la fundamentación de un verdadero diálogo cultural entre la cultura rumana y la cultura hispánica».

Su labor de traducción crea un verdadero puente cultural entre Rumanía y España, —ya que traduce a poetas de ambos países y en ambas lenguas—; un importante legado que sigue creciendo y constatando la buena salud poética de ambas naciones.

El poemario titulado Dimensiones, (Editorial Seleer, 2012), una obra que aborda el amor y las experiencias humanas, es el precedente de este Egometría, un volumen publicado de forma bilingüe (rumano/español) bajo el sello editorial Limes, en su colección Arca.

No deja de entusiasmarme la elección del título del libro, Egometría, un precioso neologismo que resulta de intercambiar el orden de las dos primeras letras de la palabra «geometría». Si entendemos por geometría una ciencia que estudia las longitudes, áreas y volúmenes de los cuerpos, por “egometría” podemos intuir que la autora traslada esa pretensión matemática a mensurar y ponderar, mediante las palabras, esa invariable magnitud de la conciencia humana, el ego.

Daniel Montoly (Montecristi, República Dominicana, 1968), es el autor del breve prólogo con que cuenta el libro. En dicho texto,  el poeta señala con acierto algunos rasgos troncales en el argumento y modales en el sesgo de autor. Fenomenología existencial, incursión psicológica, metafísico o emocional, son algunos de los términos que Montoly utiliza para introducir al lector en el universo de la autora. Igualmente destacables encuentro los versos que subraya para vehicular su comentario: Mis pasos se arrodillan de tanto errar por mi propia geometría. // El camino tumultuoso se aclara cuando cobra forma de espiral. Lo cual nos previene de esa dualidad escénica y lingüística entre la geometría y la conciencia, en la que la palabra «abismo» puede adquirir la morfología del laberinto (cicatrices fosilizadas).

La apuesta poética de Botan se presenta como una consecución de poemas escritos en verso libre que no necesitan estructurarse en apartados, ya que la fluidez y diferentes registros de los versos emulan a ese transcurrir del río de la vida en el que la conciencia se enfrenta a las corrientes del caos, de la irracionalidad o el tiempo, y su única tabla de salvación es el recuerdo, la reflexión y el amor, tres armas o herramientas que en el universo de la poeta se fusionan en el cuerpo de la palabra.

El concepto de volar está presente en el primer poema del libro: El vuelo se reanuda para alzarse a través de la palabra. Como también la espiral: libertad, el héroe y su conflicto. Y es curioso que estos mismos elementos vuelvan a aparecer en el último poema: […] en las filigranas que rescatan la hermosura de mi espiral. // […] donde el canto vuela con alas de plegaria. Quizá sin pretenderlo, la poeta llega al final de su intenso viaje y reconoce ese escenario, puesto que fue su punto de partida, sin embargo, su sensación es triunfal, pues ha cambiado el miedo y la incertidumbre iniciales por un soplo invicto de esperanza:  Esa escalera que lleva mis pasos heridos y descalzos / hacia la catedral de mi infancia. // […] y al (re)descubrimiento de las reliquias cubiertas de polvo /  me deslizo sedienta en el manantial bendecido de la inocencia.

Ese regreso a la inocencia, ubicada esta en el reino de la infancia,  es un recurso romántico, teatral si se quiere, pero encontrarlo en la clausura de este poemario, además de aludir al cíclico proceso de la vida, invita a replantear y reconfigurar nuestra propia conciencia. El orgullo, esa inflamación del ego que destruye y nos prepara el camino a otras enfermedades, trasladado a la dimensión gramatical de la escritura no es otra cosa que un bituminoso y aglutinante yo. En letras  de canciones, novelas, cuentos, poesías; a cualquier profundidad del arte y en cualquier formato y época, encontramos esa metástasis del ego. Ante este hecho incuestionable, la poeta indaga en su propio subterráneo y advierte que dicha tendencia se perpetúa quizá por una descontrolada supervivencia: El mar mece su angustia en el espejo de su inmensidad. / El cielo apoya su peso en su propio horizonte. / El hombre se alimenta con los abismos de su alma.

La poeta entiende un poco más —que no justifica— los resortes de la imperfección humana, pero como ya hiciese Ana Blandiana, otra poeta y célebre compatriota, a pesar de todo, concibe al poeta como un testigo de su tiempo y a la poesía como una forma de resistencia moral: Recojo mi desierto, las impotencias / y las postraciones, / y me los hago punto de partida.

En el poema titulado “Szomna” la poeta dedica estos versos a una niña gitana de mismo nombre que se suicidó porque sus padres no le permitieron estudiar: Niña rebelde, / hija de la luz y de la oscuridad, / tu nombre quedó crucificado / entre el paraíso y el infierno. Que el ser humano se retroalimente de sus propias emociones no debe hacernos aceptar la injusticia como parte de las reglas del juego. En la inconformidad reside parte de la victoria.

Entre el romanticismo de Denisa Comanescu y el existencialismo de Elena Liliana Popescu, transita el estilo lírico de Elisabeta Botan, una impronta de autora que engloba diversos matices: brevedad, lenguaje claro y sencillo, tono melancólico, pero sobre todo, un reconocimiento en el amor como culminación personal, además de concebirlo como tabla de salvación, unidad de medida y referencia, mediante la que dimensionar al ser humano y a él mismo en el mundo.

Debajo de mi piel, clavados en la carne / los fósiles de tus besos / rendidos en el altar de los ocasos / de una caminata de domingo / por las crestas de las nubes. La hondura sentimental en los versos de la autora alcanza elevadas cotas de emoción. Su poética se inscribe al simbolismo cultivado por la poesía rumana, un simbolismo que a su vez fue fuertemente influenciado —antes de la guerra— por la tradición francesa, tendencia que todavía hoy perdura en sus diferentes formas.

La poesía rumana se vio obligada a renacer y reconstruirse en la década de los sesenta. No hay que olvidar que durante un decenio, para ser más exactos, entre 1948 y 1958, la poesía rumana es casi inexistente por culpa de una brutal injerencia política en el espacio literario. Ejemplo trágico, sin duda, del camino que los regímenes totalitarios —como en este caso el comunista— intentan imponer, también en el más delicado segmento de la cultura de un país, su lírica. Y algo más: a pesar de todos estos aspectos negativos, la poesía rumana ha sido muchas veces considerada por sus practicantes y admiradores como la única forma de sobrevivir a dichos tiempos.

Conociendo la historia contemporánea de Rumanía podemos afirmar que la historia de su poesía y sus poetas es una historia de supervivencia y libertad. Elisabeta Botan, con tan sólo dos libros y una innumerable lista de traducciones en su haber, contribuye a la expansión de una cultura a la que —como a muchas otras— se ha censurado y relegado a un segundo plano por no pertenecer a un idioma anglosajón que, como todos sabemos, es lo más interesante (por número) para los actuales mercaderes de la escritura.

 

 

 

 

 

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