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Título original: The Artist

Dirección: Michel Hazanavicius

País: Francia

Año: 2011

Duración: 100 min.

Género: Romance

Reparto: John Goodman, Malcolm McDowell, Missi Pyle, Penélope Ann Miller, James Cromwell,Beth Grant, Joel Murray, Beau Nelson, Bérénice Bejo, Jean Dujardin, Jen Lilley, Ben Kurland,Stuart Parkin, Patrick Mapel, Bitsie Tulloch, Adria Tennor, Sarah Karges, Basil Hoffman, Joseph Falsetti, Kevin Ketcham, Matthew Albrecht, Geoff Pilkington, Devon Marie King, Joshua Margulies, Brian Chenoweth, Philippe Badreau, Calvin Dean, Teri Bocko, Andrew Schlessinger, Josh Woodle, Katie Wallack, Matt Skollar, Michael Laren, Christopher Ashe, David Allen Cluck, Dash Pomerantz, Joshua Capo, Uggie

Web: http://www.warnerbros.fr/the-artist.html

Distribuidora: Alta Films

Presupuesto: 12.000.000,00 $

Casting: Debe Waisman Heidi Levitt Lauren Fernandes, Michael Sanford

Coproducción: Adrian Politowski, Gilles Waterkeyn, Jeremy Burdek, Nadia Khamlichi

Departamento artístico: Adam Mull, Angie Kern, Arin Ladish, Berj Daniel Bedrosian, Bryan Turk, Carol Kiefer, Cheryl Gould, Erin Boyd, Greg Knapp, Joe Mason, Joe Monaco, Martin Charles, Michelle Spears, Penelope Franco, Robert Grbavac, Stephen McCumby, Tim Burriss, Todd Wolcott

Departamento de transportes: Esteban Munoz, Kip Fazzone, Richard ‘Bongo’ Mitchell

Departamento musical: Albert Guinovart, Didier Goret, Didier Goret, Ernest Vantiel, Ernest Vantiel, Frederic Dunic, Frederic Dunic, Jay-Alan Miller, Jay-Alan Miller, Jean Gobinet, Michel-Ange Merino, Michel-Ange Merino, Michelange, Pierrick Poirier, Pierrick Poirier, Vincent Artaud, Vladimir Nikolov, Vladimir Nikolov

Dirección: Michel Hazanavicius

Diseño de producción: Laurence Bennett

Efectos especiales: Chris Cline, David Waine

Efectos visuales: Amandine Moulinet, Jerome Auliac, Philippe Aubry, Seif Boutella

Fotografía: Guillaume Schiffman

Maquillaje: Angie Wells, Clarisse Domine, Cydney Cornell

Montaje: Anne-Sophie Bion

Música: Ludovic Bource

Producción: Emmanuel Montamat, Thomas Langmann

Producción ejecutiva: Antoine de Cazotte, Daniel Delume, Richard Middleton

Sonido: Etienne Colin

Vestuario: Barbara Inglehart, Gia Jimenez, Keith M. Wegner, Linda Redmon Mark Bridges Nigel Boyd, Paul Black, Riki Lin Sabusawa


Hay quienes ven en The artist (Michel Hazanavicius, 2011) un plagio de viejas ideas, una miscelánea de historias ya contadas que poco tienen de original y se acercan más al experimento cinematográfico que a la obra de arte. Opiniones, como siempre, las hay para todos los gustos. Es cierto que la cinta de Hazanavicius incluye una partitura que el compositor Bernard Hermann firmó para Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), como también lo es que el plató donde se rodó la escena final del baile es el mismo que utilizaron Gene Kelly y Debbie Reynolds en Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly & Stanley Donen, 1952). Estas y muchas otras referencias no son coincidencias ni copias de un autor sin ideas, al contrario, el conjunto del filme posee personalidad propia y arrastra al espectador en todo momento, quien por instantes, olvida estar ante una película muda. The artist es un homenaje al cine de los años treinta, pero también una celebración del cine en general, una pequeña joya a la que no hay que sobrevalorar, pero tampoco menospreciar, ya que en pleno siglo veintiuno nos recuerda que todavía podemos disfrutar de buen cine sin palabras.

Cuatro meses después de su estreno, la cinta protagonizada por Jean Dujardin ya había recibido más de cien premios, incluyendo el Goya a la mejor película europea, el Oscar a la mejor película, el Globo de Oro a la mejor película y el César a la mejor actriz (Bérénice Bejo). Su calidad, más allá de las interpretaciones, recae en su guion original, en su banda sonora, en su diseño de vestuario o su fotografía, pero esos valores de incontestable magnitud no fueron suficientes para convencer a las grandes productoras, y Hazanavicius tuvo que esperar la llegada de Thomas Langmann, productor de olfato, quién supo ver más allá de una historia de amor en blanco y negro sin diálogos. Ni el propio Dujardin, en una primera exposición del guion, pensó que tal película, incluyendo su interpretación, triunfase de la manera en que lo hizo. Recordemos que The artist recaudó en poco más de diez meses la cantidad de cien millones de dólares.

La película narra el apogeo y caída de la carrera de George Valentin, exitoso actor de cine mudo, quién se resiste a dar el salto al cine sonoro. El guion, ambientado en una América de finales de los años veinte, retrata a la perfección el contexto histórico, primero de prosperidad, y después de hundimiento —debido al crack del 29— de una sociedad que, no muy diferente a la de ahora, debía asumir penurias económicas y cambios tecnológicos.

El elenco actoral, protagonizado estelarmente por los mencionados Dujardin y Bejo, se completa con actores secundarios de lujo, como Penélope Ann Miller (Atrapado por su pasado, Despertares), Malcolm McDowell (La naranja mecánica, Calígula), James Cromwell (Babe, Un cadáver a los postres) o John Goodman (Los picapiedra, El gran Levowski).

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Bérénice Bejo y Malcolm McDowell

El silencio al que alude el título de este artículo, no es tal silencio en la película, el responsable de ello es Ludovic Bource, creador de una banda sonora que, sin ser excepcional en su conjunto, posee piezas maestras como Comme une rosée de larmes, que fue calificada por numerosos críticos con la categoría de “sobresaliente”. El hecho de que el director influyese a la hora de elegir piezas musicales ajenas, como la que ya hemos comentado de Hermann o la partitura del segundo movimiento de la Suite Estancia, opus 8 (Danza del Trigo) de Alberto Ginastera, obra clásica del siglo XX, no empañan un trabajo de peso orquestal que acompaña perfectamente a las imágenes y enfatiza equilibradamente el gradual clima de un guion lleno de emociones.

La historia de amor vivida por los protagonistas, no diferente en fondo y forma a muchas otras, resulta novedosa por el tratamiento que hace de ella el cineasta. Del primer y cómico encuentro de la pareja protagonista, quizá no tan casual, pasamos al segundo tropiezo, la grabación de una escena de baile en pareja que deben repetir hasta la saciedad, ya que al abrazarse una y otra vez, quedan prendados el uno del otro y se les complica el hecho de seguir interpretando. Sin embargo, es en su tercer encuentro, esta vez en unas escaleras que recuerdan a Lubitsch, escaleras donde el plano se abre y podemos comprobar su constante trasiego de personas, unos suben, otros bajan —como el estatus de los protagonistas—, donde el amor entre ambos se afianza a la vez que parecen distanciarse y ese flujo humano de personas, ascendiendo y descendiendo, nunca se detiene; es en aquella escalera, donde ni siquiera la sonrisa de Dujardin contraviene la tristeza o nostalgia interior que le domina mientras observa a Peppy Miller en significativos contrapicados.

La película comienza como una gran comedia, pero paulatinamente el drama —y su variada sonata de ternuras— va apoderándose de ella, algo a lo que contribuye el personaje de Clifton, chófer del protagonista y amigo inseparable que interpreta Cromwell. Pero si de amigos inseparables tenemos que hablar, mención especial debemos hacer de Uggie, su perro. La mascota adquiere un protagonismo como pocas, consigue meterse al público en el bolsillo y está presente de principio a fin del metraje, relevando su rol de ángel guardián con Bejo y Cromwell.

Cuatro escenas destacables en la película la empujan hacia la obra maestra por encima de las escenas restantes —todas dotadas de pulcra solvencia narrativa—.

Miller entra en el camerino de Valentin y al comprobar que está a solas abraza su abrigo apasionadamente hasta que este le sorprende: muchos ven en esa escena al Chaplin más sentimentalista, lo cierto es que con un único plano, Hazanavicius logra transmitir toda la emoción y el sentimiento de un personaje que no logra manifestar su fuego —sin renunciar tampoco a la pincelada cómica—.

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Bérénice Bejo

La pesadilla del sonido desconcierta al protagonista, los objetos suenan al caer, los planos se inclinan, risas grotescas y burlonas se multiplican en la calle y sin embargo no puede exclamar su propia voz; esa escena constituye un resplandor profético en cuanto a la continuación del argumento, pero también una rotura de convenciones en cuanto al planteamiento sonoro propuesto, una licencia que más tarde retomará justo como lo contrario, una culminación feliz de los acontecimientos aderezado con la liturgia de la danza.

Hundido por su precaria situación y tras haber subastado todo cuanto tenía, el protagonista se entrega a la bebida en uno de los bares que circundan su soledad. Postrado ante una barra sobre la que derrama su última copa deformando su propio reflejo, se observa a sí mismo, encarnando uno de sus múltiples personajes, pero de tamaño irrisoriamente irreal. Así, su yo en miniatura y un  séquito de aborígenes africanos lo increpan y acosan hasta que se desmaya.

Desesperado, el protagonista se enfrenta a sí mismo frente a una pantalla en blanco sobre la que se proyecta su propia sombra, asombrosamente, la sombra se aparta de él y lo observa antes de salir del plano, como si adquiriese conciencia y renegase de él. Ya sin sombra, la furia se apodera de Valentin e intenta destruir las copias de todas sus películas, todas no, menos aquella que registra su romántica escena de baile con Miller. Este hecho desencadena el incendio posterior y el desenlace final de los acontecimientos.

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Jean Dujardin

Muchas son las lecturas e interpretaciones de esta historia en su dimensión humana, relato que fue el primer merecedor de diez nominaciones a los Oscar a una película francesa. El ensayo anacrónico de Hazanavicius —diacrónico en su sincronía, como diría Saussure— regresando al origen pero siendo moderno, mimetizando al detalle cada rasgo personal de un tipo de cine ya olvidado, no se limita a copiar viejas glorias del cine, —ya quisieran para sí, algunos de sus referentes, los efectos especiales o planos en movimiento que posee esta cinta—, la muerte de la palabra, aquí desempolvada y reencarnada en luz, gesto, música y poesía, es un pretexto para crear, criticar, entretener, conmover, homenajear y celebrar; por todo eso y mucho más, The artist es y será —sin ser una obra maestra redonda— una pequeña gran película dentro de la historia del cine.

 

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