Archivos para septiembre, 2016

Publicado en Revista de Letras (La Vanguardia):

http://revistadeletras.net/elisabeta-botan-tomar-el-pulso-a-la-conciencia/

cubierta-de-egometria-sin-contraportada

 

Título: Egometrie – Egometría

Autora: Elisabeta Botan

Idioma: rumano / español

Género: poesía

Editorial: Limes

Número de páginas: 160

Año de publicación: 2016

ISBN: 978-606-799-011-9

14054827_1243508458994076_1068024974_n-5

Elisabeta Boțan, poeta rumana y traductora al español de numerosos poetas contemporáneos, nació en Năsăud, provincia Bistrița-Năsăud. En el año 2002 establece su residencia en Alcalá de Henares, (Madrid, España). Desde entonces, y en palabras de Mircea Petean, editor firmante del comentario de contraportada: «Elisabeta Botan contribuye de forma acertada y sustancial a la fundamentación de un verdadero diálogo cultural entre la cultura rumana y la cultura hispánica».

Su labor de traducción crea un verdadero puente cultural entre Rumanía y España, —ya que traduce a poetas de ambos países y en ambas lenguas—; un importante legado que sigue creciendo y constatando la buena salud poética de ambas naciones.

El poemario titulado Dimensiones, (Editorial Seleer, 2012), una obra que aborda el amor y las experiencias humanas, es el precedente de este Egometría, un volumen publicado de forma bilingüe (rumano/español) bajo el sello editorial Limes, en su colección Arca.

No deja de entusiasmarme la elección del título del libro, Egometría, un precioso neologismo que resulta de intercambiar el orden de las dos primeras letras de la palabra «geometría». Si entendemos por geometría una ciencia que estudia las longitudes, áreas y volúmenes de los cuerpos, por “egometría” podemos intuir que la autora traslada esa pretensión matemática a mensurar y ponderar, mediante las palabras, esa invariable magnitud de la conciencia humana, el ego.

Daniel Montoly (Montecristi, República Dominicana, 1968), es el autor del breve prólogo con que cuenta el libro. En dicho texto,  el poeta señala con acierto algunos rasgos troncales en el argumento y modales en el sesgo de autor. Fenomenología existencial, incursión psicológica, metafísico o emocional, son algunos de los términos que Montoly utiliza para introducir al lector en el universo de la autora. Igualmente destacables encuentro los versos que subraya para vehicular su comentario: Mis pasos se arrodillan de tanto errar por mi propia geometría. // El camino tumultuoso se aclara cuando cobra forma de espiral. Lo cual nos previene de esa dualidad escénica y lingüística entre la geometría y la conciencia, en la que la palabra «abismo» puede adquirir la morfología del laberinto (cicatrices fosilizadas).

La apuesta poética de Botan se presenta como una consecución de poemas escritos en verso libre que no necesitan estructurarse en apartados, ya que la fluidez y diferentes registros de los versos emulan a ese transcurrir del río de la vida en el que la conciencia se enfrenta a las corrientes del caos, de la irracionalidad o el tiempo, y su única tabla de salvación es el recuerdo, la reflexión y el amor, tres armas o herramientas que en el universo de la poeta se fusionan en el cuerpo de la palabra.

El concepto de volar está presente en el primer poema del libro: El vuelo se reanuda para alzarse a través de la palabra. Como también la espiral: libertad, el héroe y su conflicto. Y es curioso que estos mismos elementos vuelvan a aparecer en el último poema: […] en las filigranas que rescatan la hermosura de mi espiral. // […] donde el canto vuela con alas de plegaria. Quizá sin pretenderlo, la poeta llega al final de su intenso viaje y reconoce ese escenario, puesto que fue su punto de partida, sin embargo, su sensación es triunfal, pues ha cambiado el miedo y la incertidumbre iniciales por un soplo invicto de esperanza:  Esa escalera que lleva mis pasos heridos y descalzos / hacia la catedral de mi infancia. // […] y al (re)descubrimiento de las reliquias cubiertas de polvo /  me deslizo sedienta en el manantial bendecido de la inocencia.

Ese regreso a la inocencia, ubicada esta en el reino de la infancia,  es un recurso romántico, teatral si se quiere, pero encontrarlo en la clausura de este poemario, además de aludir al cíclico proceso de la vida, invita a replantear y reconfigurar nuestra propia conciencia. El orgullo, esa inflamación del ego que destruye y nos prepara el camino a otras enfermedades, trasladado a la dimensión gramatical de la escritura no es otra cosa que un bituminoso y aglutinante yo. En letras  de canciones, novelas, cuentos, poesías; a cualquier profundidad del arte y en cualquier formato y época, encontramos esa metástasis del ego. Ante este hecho incuestionable, la poeta indaga en su propio subterráneo y advierte que dicha tendencia se perpetúa quizá por una descontrolada supervivencia: El mar mece su angustia en el espejo de su inmensidad. / El cielo apoya su peso en su propio horizonte. / El hombre se alimenta con los abismos de su alma.

La poeta entiende un poco más —que no justifica— los resortes de la imperfección humana, pero como ya hiciese Ana Blandiana, otra poeta y célebre compatriota, a pesar de todo, concibe al poeta como un testigo de su tiempo y a la poesía como una forma de resistencia moral: Recojo mi desierto, las impotencias / y las postraciones, / y me los hago punto de partida.

En el poema titulado “Szomna” la poeta dedica estos versos a una niña gitana de mismo nombre que se suicidó porque sus padres no le permitieron estudiar: Niña rebelde, / hija de la luz y de la oscuridad, / tu nombre quedó crucificado / entre el paraíso y el infierno. Que el ser humano se retroalimente de sus propias emociones no debe hacernos aceptar la injusticia como parte de las reglas del juego. En la inconformidad reside parte de la victoria.

Entre el romanticismo de Denisa Comanescu y el existencialismo de Elena Liliana Popescu, transita el estilo lírico de Elisabeta Botan, una impronta de autora que engloba diversos matices: brevedad, lenguaje claro y sencillo, tono melancólico, pero sobre todo, un reconocimiento en el amor como culminación personal, además de concebirlo como tabla de salvación, unidad de medida y referencia, mediante la que dimensionar al ser humano y a él mismo en el mundo.

Debajo de mi piel, clavados en la carne / los fósiles de tus besos / rendidos en el altar de los ocasos / de una caminata de domingo / por las crestas de las nubes. La hondura sentimental en los versos de la autora alcanza elevadas cotas de emoción. Su poética se inscribe al simbolismo cultivado por la poesía rumana, un simbolismo que a su vez fue fuertemente influenciado —antes de la guerra— por la tradición francesa, tendencia que todavía hoy perdura en sus diferentes formas.

La poesía rumana se vio obligada a renacer y reconstruirse en la década de los sesenta. No hay que olvidar que durante un decenio, para ser más exactos, entre 1948 y 1958, la poesía rumana es casi inexistente por culpa de una brutal injerencia política en el espacio literario. Ejemplo trágico, sin duda, del camino que los regímenes totalitarios —como en este caso el comunista— intentan imponer, también en el más delicado segmento de la cultura de un país, su lírica. Y algo más: a pesar de todos estos aspectos negativos, la poesía rumana ha sido muchas veces considerada por sus practicantes y admiradores como la única forma de sobrevivir a dichos tiempos.

Conociendo la historia contemporánea de Rumanía podemos afirmar que la historia de su poesía y sus poetas es una historia de supervivencia y libertad. Elisabeta Botan, con tan sólo dos libros y una innumerable lista de traducciones en su haber, contribuye a la expansión de una cultura a la que —como a muchas otras— se ha censurado y relegado a un segundo plano por no pertenecer a un idioma anglosajón que, como todos sabemos, es lo más interesante (por número) para los actuales mercaderes de la escritura.

 

 

 

 

 

Anuncios

Publicado en Todoliteratura.es:

http://www.todoliteratura.es/noticia/11040/poesa/troupe-el-ultimo-poemario-de-miguel-angel-ortiz-albero.html

 

cubierta-troupe

ortiz-albero

Miguel Ángel Ortiz Albero

 

Título: Troupe

Autor: Miguel Ángel Ortiz Albero

Editorial: Olifante. Ediciones de Poesía

Género: poesía

Año de publicación: 2010

Número de páginas: 70

ISBN: 978-84-92942-03-9

 

Miguel Ángel Ortiz Albero (Zaragoza, 1968), además de poeta, es artista plástico y dramaturgo. Todas esas cualidades artísticas, y otras más, ha vertido en Troupe, un poemario cuyo título ya alude a esa caterva de antihéroes desafortunados que resultan ser sus protagonistas.

Leopoldo María Panero, Jacinto Benavente y Ben Clark, han escrito dispares versos sobre el mundo del circo, quizá su denominador común sea la nostalgia, la tristeza, el vértigo de la miseria aguardando tras la mueca alegre, vacía, del clown que rompe en lágrimas tras la lona. Esa angustiosa pátina, ese áspero tacto, comparte Ortiz Albero en esta singular obra. El autor de Cuaderno de la sal en la mirada (Aqua, 2005), invita a la dramática función de unos artistas circenses en los que vamos a reconocernos, incluso sin pretenderlo, vamos a experimentar la adrenalina de sus proezas, pero también la lección y el dolor de sus no contadas derrotas.

El circo representa una importante parte de la cultura humana, una noble empresa construida a lo largo de muchos siglos, prácticamente desde que el ser humano empezó su cultura. (Eduardo Murillo en Jané et al, 1994: 35).

Como todo buen show de masas que se precie, debe haber un maestro de ceremonias al que imaginamos vestido estrambóticamente y lanzando voces a la platea. Así, el primer poema del libro, de título “Parada”, nos introduce en la antesala de la arena para escuchar el apasionado discurso de su presentador:

Escuchadnos y asombraos, vibrad,

que se estremezca vuestra piel, vuelco

del corazón en los párpados, lágrima

agolpada en vuestros pechos, gritad,

nombrad, letra a letra, la emoción o batid

las palmas, el cuerpo erizado en la mirada,

el cuerpo alzado, silbad, proclamad la sorpresa

en vuestras bocas y en las manos, en las alas,

como si fueseis ángeles, como lo sois, y elevad

el vuelo sobre la carpa, el júbilo, la carne […].

A partir de entonces, la incertidumbre de los expectantes da paso a la sorpresa, ese prestidigitador ha encendido sus corazones de una ilusión que barniza al miedo de ingenuidad, pero también abriga con hospitalidad a los infantes interiores: pasad y vedlo, / el círculo infinito es vuestra casa en esta noche.

Bajo la carpa como templo del arte y de la magia, el elenco de artistas comienza su representación, pero uno a uno, previa heroica introducción —en diez versos— de ese conductor —en cursiva— que en este primer canto, de los dieciocho que integran el libro, se presenta a sí mismo. “Del maestro de todas las ceremonias”: Llegado de todos los lugares, y a todos / los lugares arribados, aquí y ahora, / el maestro de todas las ceremonias, dueño / y señor de la magia y la sorpresa […]. Con el inicio de los poemas, denominados «cantos», comienzan dos patrones: uno narrativo y otro morfológico; cada personaje se desnudará a sí mismo, en primera persona, y el presentador los introducirá a todos; en cada presentación se utilizará diez versos, y veinticuatro serán las líneas de cada poema. Como si de algún rito cabalístico se tratase, el autor jamás abandonará esa horma narrativa y numérica, así como también prescindirá de los puntos finales; de esta forma conducirá el dramaturgo-poeta esta ecléctica y humana función hasta su revelador final.

Si en el primer poema, el presentador, quien se revela dueño, padre, demiurgo: soy el rey en sombras de la pista; —como a su vez un dador de palabras sin retorno—, se dirige al final de su intervención a la mujer que tañe la orquesta, será esta y no otro artista, quien le sucederá en el segundo canto. Y nuevamente, será este figurado leixaprén, el recurso permanente que como paralelismo retórico enlazará cada canto hasta la clausura final del libro.

[…] tan inerte / suena la orquesta de los juguetes sobre la entrada / celebrando a los artistas, / cuando entran, cuando salen, / si caen o se levantan, / si pierden la cuenta de sus vueltas / o si dejan al tigre a sus espaldas. El relato humano se agiganta, se alira cuanto más profunda es la insana esperanza de su protagonista. Por su léxico, metonímico, diluido en polisemia y sinécdoque, se filtra un cintilar de ternura, pero también de miseria: […] dirijo la banda sonora de vuestras ilusiones, / […] con los parches remendados y el metal abollado, soy / la lira que tañe este paraíso de cartón piedra. Así queja esta adulada música que invita a romper su cuerpo al hombre serpiente.

[…] rompieron mi cuerpo y le dieron escamas, partieron / la columna y, tal vez, el alma, y me doblaron / cada vez más hacia adentro, hacia el vientre, / hacia el centro de esta espiral que ahora me nombra […]. El increíble escapista es un ilusionista de esperanza, se enfrenta a las más angostas celdas y cadenas para eludir la muerte y liberarse pronto. Bajo esa amenaza emerge el héroe, un paladín que anhela el fuego de su homóloga contorsionista: Me rompo para ti, muñeca frágil, / quebrada sobre los pedestales, artífice / de lo imposible, como yo, con el cuerpo tuyo / que tampoco escapa por los intersticios de la carpa […]. Tener la gallardía para enfrentar la muerte, y sin embargo, sentirse atado a esos gruesos muros de lona.

La ágil fragilidad de esta malabarista del cuerpo se convierte en el arco que sueña ser tensado por el músculo del forzudo. Rudeza y candidez, lluvia y llama en danza inapagable, que termina con la herida pública del descomunal portento y su idealizada equilibrista.

La equilibrista llora por el valiente tragasables, el faquir tiembla por la virtud de la bailarina del alambre, así uno tras otro muestra su incompletitud, sus sueños y sus ruinas, los huecos cuyo molde son protuberancia en el ajeno. Nada más cerca de nuestra realidad es esta corta lejanía, este desencuentro entre corazones gastados. En nosotros conviven la gesta y el vacío, somos armas de fuego, proyectiles fallidos, balas perdidas con recuerdos en vagar perpetuo: […] soy un hombre bala de plata / disparado al corazón de nadie.

El espectáculo de Miguel Ángel Ortiz es un teatro extremo, actuación tras actuación la maravilla y la tragedia conviven entre el funambulismo y la comedia. Poemario-libreto, de transcurrir continuo, que pide ser representado —aunque lo haya sido ya sin actores— por plazas públicas, bares o pequeños teatros, altares inferiores donde la intimidad y la pobreza, donde el circo de la vida jamás pueda sublimarse en nuestra pena.

 

Publicado en CaoCultura:

http://caocultura.com/las-gargolas-la-lonja-valencia/

20160823_000514d

1782481_826509317429400_1097373959441378689_oc

Fotografía: Fernando Rincón

Título: Las gárgolas de la Lonja de Valencia

Autor: Ricardo Bellveser

Editorial: Araña Editorial

Idioma: español / inglés

Género: narrativa (relatos)

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 222

ISBN: 978-84-942573-0-8

El, aproximadamente, medio millón de visitantes al año, distingue a la Lonja de Valencia como uno de los espacios más visitados de la Comunidad Valenciana. Construida entre los siglos XV y XVI, siguiendo los diseños de Pere Compte —célebre arquitecto en esta comunidad—, la belleza de este monumento responde a los cánones de un gótico tardío que fue declarado Patrimonio de la Humanidad, por la Unesco, hace ahora veinte años. Algo en lo que muchos de sus visitantes no han podido reparar, puesto que —entre otras cosas— su ubicación hace imposible una visión panorámica, es en la extraña y grotesca belleza de sus gárgolas. Utilizadas como recurso arquitectónico para evacuar las aguas fluviales, estas veintiocho construcciones decoran los muros de este singular escenario, envolviéndolo en un misterio que no hace más que avivar su belleza.

Ricardo Bellveser (Valencia, 1948), destacada figura literaria, no sólo en la región levantina, sino a nivel nacional e internacional, se estrena en la publicación de un libro de relatos con Las gárgolas de la Lonja de Valencia, editado por Araña Editorial; veintidós historias ficticias, de carácter histórico, que recuperan lo satírico y picaresco de una Valencia que expiraba su era medieval.

Bellveser, consumado ensayista, crítico literario y poeta, fija su mirada en unas gárgolas centenarias que, a su parecer, ocultan una historia que posiblemente y por muchos motivos, no haya sido contada. El libro viene acompañado de sendas fotografías a todo color, realizadas por el propio autor, en las que puede apreciarse de manera gráfica todas esas singularidades que convierten —con toda justicia— a un secundario elemento arquitectónico, como es el vierteaguas, en protagonista absoluto de este libro.

Donde algunos ven humor y sátira, por ejemplo, en la gárgola número cinco, que da origen al cuento “El caracol y el soldado”, el autor encuentra la moraleja de su propia interpretación que, como previene la Navaja de Ockham: de entre todas las posibilidades, la verdadera tiende a ser la más sencilla. Tras una oleada de hurtos en Valencia, la gárgola protagonista advierte una conducta inusual en su mujer, a esto se añade el encontronazo, durante varios días consecutivos, con un caracol muy especial, así que el preocupado marido busca consejo en todo tipo de personajes: primero, el heraldo (gárgola narradora), después: adivinas, agricultores, religiosos; todos tenían una interpretación diferente para la visión de aquel caracol. Así que, atribulado por la incertidumbre, y resuelto a responder a esa llamada del necio, que subtitula la historia, se descubre cornudo al tiempo que explica su poca semejanza con su último vástago.

A medio camino entre la ucronía, la historia contrafactual y el engaño, con más propósito didáctico que estético, las breves historias de Bellveser poseen un ritmo, una extensión y un lenguaje asequibles que favorecen una amable lectura. La imagen antropomórfica y quimérica de estos seres tallados en la piedra, junto a sus actitudes libidinosas y ofensivas, elevan a estos cuentos grotescos a la categoría de posible crónica extramoral. Monjes que llevan a hombros a niños, en actitud poco cuidadosa, como con prisa, empujan a pensar en una interpretación poco cristiana de la imagen. Muchos son los que piensan, entre ellos el autor, que estas pequeñas piezas de orfebre sirvieron para denunciar actos —todos delictivos y casi todos sexuales— que eran llevados a cabo, puertas adentro, por todo tipo de personajes y de alcurnias, desde la total impunidad.

El cuento número trece lleva por título “Nuestras primeras madres” y la gárgola que lo suscita es una mujer sedente en posición de amamantar a un pequeño simio. De las múltiples interpretaciones de esta imagen, el autor intuye una alusión a la teoría de la evolución de las especies, formulada por Charles Darwin, pero siglos antes de que el famoso naturalista inglés se pronunciara. Esta perturbadora escena, sirve a Bellveser para teorizar acerca de la univocidad de Lilith (figura legendaria del folclore judío, de origen mesopotámico, considerada la primera esposa de Adán) y Eva (primera mujer según las Sagradas Escrituras). En su narración, el poeta describe casi como una violación el primer acto entre Lilih y Adán, el fruto de ambos sería un  mono de aspecto humano. Tras esto, la mujer es expulsada del Edén y en su lugar Dios crea a Eva, para que sea sumisa al hombre y lo sirva y le otorgue hijos. Bella e inquietante es esta especie de fábula que, sin ánimo de ofender, da protagonismo también a los demonios.

Una mujer palpándose de forma indecorosa sus partes íntimas, orientada —además— al que era el burdel más grande de la ciudad; ángeles con atributos sexuales desmesurados o seres que emergen del interior de un pez. Muchos son los pecados y vicios en las gárgolas representados, sea una estrategia de la comunidad religiosa para —según ellos— ahuyentar a los demonios representando la vulnerabilidad de la carne; sea para prevenir a los turistas de los excesos que allí se producían; lo cierto es que el obsceno predicamento de estas alegorías en las fachadas de la Lonja sigue y seguirá suscitando diversas interpretaciones.

La iconografía de la Lonja ha sido estudiada, entre otros, por el académico valenciano Salvador Aldana, pero fue la historiadora valenciana Mercedes Gómez-Ferrer, autora entre otras muchas obras de una monografía imprescindible sobre Compte, escrita a medias con Arturo Zaragozá, quien afirmó que las gárgolas de la Lonja no son atribuibles al arquitecto que diseñó el edificio. En sus numerosas investigaciones no halló documento alguno que acreditase ni su proyecto ni autoría, por lo que, cinco siglos después, estas representaciones escultóricas siguen siendo huérfanas y extrañas; atemporales y estremecedoras, y como ninguna otra escultura valenciana  han conseguido conservar intacto todo su misterio.


the_artist-539391340-large

Título original: The Artist

Dirección: Michel Hazanavicius

País: Francia

Año: 2011

Duración: 100 min.

Género: Romance

Reparto: John Goodman, Malcolm McDowell, Missi Pyle, Penélope Ann Miller, James Cromwell,Beth Grant, Joel Murray, Beau Nelson, Bérénice Bejo, Jean Dujardin, Jen Lilley, Ben Kurland,Stuart Parkin, Patrick Mapel, Bitsie Tulloch, Adria Tennor, Sarah Karges, Basil Hoffman, Joseph Falsetti, Kevin Ketcham, Matthew Albrecht, Geoff Pilkington, Devon Marie King, Joshua Margulies, Brian Chenoweth, Philippe Badreau, Calvin Dean, Teri Bocko, Andrew Schlessinger, Josh Woodle, Katie Wallack, Matt Skollar, Michael Laren, Christopher Ashe, David Allen Cluck, Dash Pomerantz, Joshua Capo, Uggie

Web: http://www.warnerbros.fr/the-artist.html

Distribuidora: Alta Films

Presupuesto: 12.000.000,00 $

Casting: Debe Waisman Heidi Levitt Lauren Fernandes, Michael Sanford

Coproducción: Adrian Politowski, Gilles Waterkeyn, Jeremy Burdek, Nadia Khamlichi

Departamento artístico: Adam Mull, Angie Kern, Arin Ladish, Berj Daniel Bedrosian, Bryan Turk, Carol Kiefer, Cheryl Gould, Erin Boyd, Greg Knapp, Joe Mason, Joe Monaco, Martin Charles, Michelle Spears, Penelope Franco, Robert Grbavac, Stephen McCumby, Tim Burriss, Todd Wolcott

Departamento de transportes: Esteban Munoz, Kip Fazzone, Richard ‘Bongo’ Mitchell

Departamento musical: Albert Guinovart, Didier Goret, Didier Goret, Ernest Vantiel, Ernest Vantiel, Frederic Dunic, Frederic Dunic, Jay-Alan Miller, Jay-Alan Miller, Jean Gobinet, Michel-Ange Merino, Michel-Ange Merino, Michelange, Pierrick Poirier, Pierrick Poirier, Vincent Artaud, Vladimir Nikolov, Vladimir Nikolov

Dirección: Michel Hazanavicius

Diseño de producción: Laurence Bennett

Efectos especiales: Chris Cline, David Waine

Efectos visuales: Amandine Moulinet, Jerome Auliac, Philippe Aubry, Seif Boutella

Fotografía: Guillaume Schiffman

Maquillaje: Angie Wells, Clarisse Domine, Cydney Cornell

Montaje: Anne-Sophie Bion

Música: Ludovic Bource

Producción: Emmanuel Montamat, Thomas Langmann

Producción ejecutiva: Antoine de Cazotte, Daniel Delume, Richard Middleton

Sonido: Etienne Colin

Vestuario: Barbara Inglehart, Gia Jimenez, Keith M. Wegner, Linda Redmon Mark Bridges Nigel Boyd, Paul Black, Riki Lin Sabusawa


Hay quienes ven en The artist (Michel Hazanavicius, 2011) un plagio de viejas ideas, una miscelánea de historias ya contadas que poco tienen de original y se acercan más al experimento cinematográfico que a la obra de arte. Opiniones, como siempre, las hay para todos los gustos. Es cierto que la cinta de Hazanavicius incluye una partitura que el compositor Bernard Hermann firmó para Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), como también lo es que el plató donde se rodó la escena final del baile es el mismo que utilizaron Gene Kelly y Debbie Reynolds en Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly & Stanley Donen, 1952). Estas y muchas otras referencias no son coincidencias ni copias de un autor sin ideas, al contrario, el conjunto del filme posee personalidad propia y arrastra al espectador en todo momento, quien por instantes, olvida estar ante una película muda. The artist es un homenaje al cine de los años treinta, pero también una celebración del cine en general, una pequeña joya a la que no hay que sobrevalorar, pero tampoco menospreciar, ya que en pleno siglo veintiuno nos recuerda que todavía podemos disfrutar de buen cine sin palabras.

Cuatro meses después de su estreno, la cinta protagonizada por Jean Dujardin ya había recibido más de cien premios, incluyendo el Goya a la mejor película europea, el Oscar a la mejor película, el Globo de Oro a la mejor película y el César a la mejor actriz (Bérénice Bejo). Su calidad, más allá de las interpretaciones, recae en su guion original, en su banda sonora, en su diseño de vestuario o su fotografía, pero esos valores de incontestable magnitud no fueron suficientes para convencer a las grandes productoras, y Hazanavicius tuvo que esperar la llegada de Thomas Langmann, productor de olfato, quién supo ver más allá de una historia de amor en blanco y negro sin diálogos. Ni el propio Dujardin, en una primera exposición del guion, pensó que tal película, incluyendo su interpretación, triunfase de la manera en que lo hizo. Recordemos que The artist recaudó en poco más de diez meses la cantidad de cien millones de dólares.

La película narra el apogeo y caída de la carrera de George Valentin, exitoso actor de cine mudo, quién se resiste a dar el salto al cine sonoro. El guion, ambientado en una América de finales de los años veinte, retrata a la perfección el contexto histórico, primero de prosperidad, y después de hundimiento —debido al crack del 29— de una sociedad que, no muy diferente a la de ahora, debía asumir penurias económicas y cambios tecnológicos.

El elenco actoral, protagonizado estelarmente por los mencionados Dujardin y Bejo, se completa con actores secundarios de lujo, como Penélope Ann Miller (Atrapado por su pasado, Despertares), Malcolm McDowell (La naranja mecánica, Calígula), James Cromwell (Babe, Un cadáver a los postres) o John Goodman (Los picapiedra, El gran Levowski).

1366_2000

Bérénice Bejo y Malcolm McDowell

El silencio al que alude el título de este artículo, no es tal silencio en la película, el responsable de ello es Ludovic Bource, creador de una banda sonora que, sin ser excepcional en su conjunto, posee piezas maestras como Comme une rosée de larmes, que fue calificada por numerosos críticos con la categoría de “sobresaliente”. El hecho de que el director influyese a la hora de elegir piezas musicales ajenas, como la que ya hemos comentado de Hermann o la partitura del segundo movimiento de la Suite Estancia, opus 8 (Danza del Trigo) de Alberto Ginastera, obra clásica del siglo XX, no empañan un trabajo de peso orquestal que acompaña perfectamente a las imágenes y enfatiza equilibradamente el gradual clima de un guion lleno de emociones.

La historia de amor vivida por los protagonistas, no diferente en fondo y forma a muchas otras, resulta novedosa por el tratamiento que hace de ella el cineasta. Del primer y cómico encuentro de la pareja protagonista, quizá no tan casual, pasamos al segundo tropiezo, la grabación de una escena de baile en pareja que deben repetir hasta la saciedad, ya que al abrazarse una y otra vez, quedan prendados el uno del otro y se les complica el hecho de seguir interpretando. Sin embargo, es en su tercer encuentro, esta vez en unas escaleras que recuerdan a Lubitsch, escaleras donde el plano se abre y podemos comprobar su constante trasiego de personas, unos suben, otros bajan —como el estatus de los protagonistas—, donde el amor entre ambos se afianza a la vez que parecen distanciarse y ese flujo humano de personas, ascendiendo y descendiendo, nunca se detiene; es en aquella escalera, donde ni siquiera la sonrisa de Dujardin contraviene la tristeza o nostalgia interior que le domina mientras observa a Peppy Miller en significativos contrapicados.

La película comienza como una gran comedia, pero paulatinamente el drama —y su variada sonata de ternuras— va apoderándose de ella, algo a lo que contribuye el personaje de Clifton, chófer del protagonista y amigo inseparable que interpreta Cromwell. Pero si de amigos inseparables tenemos que hablar, mención especial debemos hacer de Uggie, su perro. La mascota adquiere un protagonismo como pocas, consigue meterse al público en el bolsillo y está presente de principio a fin del metraje, relevando su rol de ángel guardián con Bejo y Cromwell.

Cuatro escenas destacables en la película la empujan hacia la obra maestra por encima de las escenas restantes —todas dotadas de pulcra solvencia narrativa—.

Miller entra en el camerino de Valentin y al comprobar que está a solas abraza su abrigo apasionadamente hasta que este le sorprende: muchos ven en esa escena al Chaplin más sentimentalista, lo cierto es que con un único plano, Hazanavicius logra transmitir toda la emoción y el sentimiento de un personaje que no logra manifestar su fuego —sin renunciar tampoco a la pincelada cómica—.

the-artist-michel-hazanavicius-2011-03

Bérénice Bejo

La pesadilla del sonido desconcierta al protagonista, los objetos suenan al caer, los planos se inclinan, risas grotescas y burlonas se multiplican en la calle y sin embargo no puede exclamar su propia voz; esa escena constituye un resplandor profético en cuanto a la continuación del argumento, pero también una rotura de convenciones en cuanto al planteamiento sonoro propuesto, una licencia que más tarde retomará justo como lo contrario, una culminación feliz de los acontecimientos aderezado con la liturgia de la danza.

Hundido por su precaria situación y tras haber subastado todo cuanto tenía, el protagonista se entrega a la bebida en uno de los bares que circundan su soledad. Postrado ante una barra sobre la que derrama su última copa deformando su propio reflejo, se observa a sí mismo, encarnando uno de sus múltiples personajes, pero de tamaño irrisoriamente irreal. Así, su yo en miniatura y un  séquito de aborígenes africanos lo increpan y acosan hasta que se desmaya.

Desesperado, el protagonista se enfrenta a sí mismo frente a una pantalla en blanco sobre la que se proyecta su propia sombra, asombrosamente, la sombra se aparta de él y lo observa antes de salir del plano, como si adquiriese conciencia y renegase de él. Ya sin sombra, la furia se apodera de Valentin e intenta destruir las copias de todas sus películas, todas no, menos aquella que registra su romántica escena de baile con Miller. Este hecho desencadena el incendio posterior y el desenlace final de los acontecimientos.

the-artist

Jean Dujardin

Muchas son las lecturas e interpretaciones de esta historia en su dimensión humana, relato que fue el primer merecedor de diez nominaciones a los Oscar a una película francesa. El ensayo anacrónico de Hazanavicius —diacrónico en su sincronía, como diría Saussure— regresando al origen pero siendo moderno, mimetizando al detalle cada rasgo personal de un tipo de cine ya olvidado, no se limita a copiar viejas glorias del cine, —ya quisieran para sí, algunos de sus referentes, los efectos especiales o planos en movimiento que posee esta cinta—, la muerte de la palabra, aquí desempolvada y reencarnada en luz, gesto, música y poesía, es un pretexto para crear, criticar, entretener, conmover, homenajear y celebrar; por todo eso y mucho más, The artist es y será —sin ser una obra maestra redonda— una pequeña gran película dentro de la historia del cine.