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Blas Muñoz Pizarro

 

Título: La mano pensativa

Autor: Blas Muñoz Pizarro

Editorial: Ediciones Fecit (en colaboración con el Ayuntamiento de Lodosa)

Número de páginas: 65

Género: Poesía

Fecha de publicación: 2012

País: España

 

     Con una breve pero sugerente acuarela de Susana Benet en la portada, Blas Muñoz nos presenta su poemario La mano pensativa, ganador del “XXVIII Certamen Poético Ángel Martínez Baigorri 2011”. Dicho premio, organizado por el Ayuntamiento de Lodosa (Navarra), fue fallado el 9 de Marzo de 2012 con un jurado compuesto por: Daniel Aldaya Marín, Javier Asiain Urtasun y Victor Izco Cruz, quienes consideraron a la obra de Muñoz Pizarro la justa merecedora de tal galardón.

     Susana Benet, no se limita a ilustrar la cubierta del volumen, sino que también firma un excelente prólogo que resulta una magnífica introducción al lector. Recordemos que Susana, es toda una institución en el mundo del haiku cultivado por occidentales, una autora paradigmática —si se me permite— en este formato poético para algunos, vía espiritual para otros, ya que conjuga como nadie la dimensión humana con esa mirada trascendente del haijín en un arriesgado carácter de estilo que su talento y oficio le han hecho distinguirse como autora de haiku, y es precisamente ese leit motive, el haiku y otras formas poéticas japonesas, las hormas escogidas por Muñoz Pizarro para este poemario.

     La mano pensativa comienza con un fragmento de la obra “Círculo total”, y dice así: …un bosque, ya extinguido, por donde el hombre pasa, materia incandescente, de la luz al olvido. Y en estos versos, el poeta encuentra un motivo vehicular para toda la obra, ya que le sirven para subtitular cada bloque; de alguna manera, esta estrofa une los diferentes bloques y cohesiona el conjunto referenciando con ello la cuadratura de su propio título. Tras este metafísico envido encontramos el único soneto del libro, —y pieza clave— titulado igual que la obra, una  pieza que sirve de fantástica apertura, no sólo ya por su temática, pues habla acerca de los elementos y de la importancia de trascender al tiempo mediante la escritura, sino por la sonoridad de su rima, un soneto de estilo clásico con ritmo interior, que contrasta enormemente con la blancura de los haikus posteriores. La importancia de este soneto en el libro es su valor enunciativo, ya que advierte que el autor, en lugar de aludir a las estaciones del año —rasgo fundamental en el haiku de lo sagrado— utilizando palabras kigo, Blas Muñoz utiliza los cuatro elementos de la naturaleza como síntesis “estacional” y eje humano, trascendiendo con ello el valor polisémico de lo matérico. Quizá por ello, por ese contraste tan notorio, y por la indudable belleza y síntesis del endecasílabo clásico, haya escogido el autor esta forma poética para comenzar su andadura.

     “Haikus de la piedra en el agua” es el primer bloque de versos, repartidos en veinticinco poemas, hecho que se repite en los bloques posteriores, veinticinco senryus y veinticinco tankas, lo que dota al conjunto de una armónica simetría. La estructura métrica que utiliza el poeta es la del haiku clásico, diecisiete sílabas distribuidas en tres versos sin rima: 5 / 7 / 5. Iniciados ya en ese bosque metafísico, encontramos joyas de valor pictórico como: Vuelve a llover, / se desbordan los cálices / de los narcisos. Este es un buen ejemplo de la plasticidad, pictoricidad y sonoridad de la palabra lírica en Muñoz Pizarro, cualidades que estarán presentes durante todo el libro. Atendiendo a la preceptiva de los maestros japoneses, los haikus de Blas Muñoz tienen como eje matriz el principio de la subjetividad, pero en la traslación al papel de esa mirada trascendente del artista, ese principio implica la idea de interioridad y particularidad. Dos profundos escenarios: el universo de la naturaleza  y la conciencia humana; el lienzo en el que esa coalescencia ocurre es la palabra, la palabra poética. Esta articulación sucede cuando la animación atraviesa y supera la mera presencia de los objetos para convertirse, así, en apariencia espiritual, en transfiguración de los motivos representados.

   En la maraña / del granado sin hojas, / un petirrojo. He escogido este haiku porque su alusión al suceso —rasgo imprescindible del haiku verdadero— es sutil hasta el punto en que algunos podrían considerarlo zappai; el zappai es otro formato poético que respeta la estructura métrica del haiku clásico pero prescinde del suceso. Es tan densa como luminosa la sensibilidad y riqueza de matices en la escritura de Muñoz Pizarro, recordemos la dificultad de este tipo de poesía oriental, un parangón de imagen y síntesis que fue popularizado Bashô. Además de ceñirse al cómputo de diecisiete sílabas sin rima, lo cual obliga a desdeñar la retórica y el artificio, hay una exigencia en cuanto al protagonismo del yo lírico, una frontera a veces no muy bien definida y que, como en el caso del libro que nos ocupa, no siempre es tan sencillo demarcar.

     En “Senryus del sueño de la tierra”, el segundo bloque, Muñoz Pizarro hace gala del oficio de un autor que lleva toda una vida dedicada a la escritura y ha cosechado numerosos éxitos, no en vano alcanza cotas de lírica madurez: Entre sus dedos / latía el corazón / de las palabras. Aquí el lenguaje y el ser humano se entremezclan, ya amparados por la permisividad del senryu, y lo metapoético florece para aportar su prisma a este poliedro sensorial: Cae una lágrima / como si fuera un punto: / fin del poema.

     En “Tankas de la sombra del fuego”, tercer bloque del poemario,  la poesía de Muñoz Pizarro se intensifica en registros dada la mayor amplitud que ofrece el formato, no sólo en extensión, sino de contenido, y con dos heptasílabos más es capaz de crear poemas como estos: Junto al jazmín / han crecido alhelíes / que no he plantado: / ¿Quién puede rechazar / un regalo de nadie? Existe la contemplación del hombre frente a la Naturaleza, existe el sacro vínculo de la persona con el mundo, hay reflexión: En las paredes / de esta casa de campo / abandonada / la humedad sueña sombras / de los que aquí vivieron. No conviene desvelar en esta reseña más poemas que los citados, animo a los lectores a zambullirse en su lectura y a descubrir por sí mismos, tanto la polivalencia de Blas Muñoz Pizarro, como los múltiples registros que la poesía oriental nos ofrece.

     Un poema en verso libre y una cita de Octavio Paz, cierran una obra bien estructurada y figurativa, coherente con la voz y forma poética del autor. Si como el propio poeta reconoció durante la presentación del libro en la Sociedad General de Autores y Editores de Valencia, este trabajo fue emprendido como descanso de su obra Viva ausencia (Diputación Foral de Álava, 2010), es decir, escrito en intervalos donde el artista necesitaba salir de los corsés del canon más estricto de estructuras clásicas para oxigenarse e impulsar su creación; si es así, entonces, bendito sea ese descanso del guerrero.

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