Archivos para agosto, 2016

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Título: Canción errónea

Autor: Antonio Gamoneda

Género: poesía

Editorial: Tusquets

Fecha de publicación: octubre de 2012

Número de páginas: 160

ISBN: 978-84-8383-437-4

 

En su colección “Marginales” Nuevos textos sagrados, número 278, la editorial Tusquets edita Canción errónea, la obra del genial poeta ovetense Antonio Gamoneda.

     Tras ocho años de silencio, de reflexión y trabajo en la oscuridad, después de la publicación de Cecilia y de la concesión del Premio Cervantes en 2006, nos llega Canción errónea, una esperadísima obra que no pretende ser cumbre pero lo es, la cumbre de un autor en plenitud que, como él mismo dice en una entrevista —muy consciente de su longevidad—, tiene prisa por contar. A sus 81 años, Antonio Gamoneda, poeta de la generación del 50, parece haber encontrado el camino de la tranquilidad, ha cambiado el miedo por la indiferencia, y nos ofrece una mirada combativa, que traspasa, empapada de memoria, sin olvidar su germen original de insurgencia poética.

     El libro presenta los poemas, sin títulos ni citas, en palabras del propio Gamoneda, desnudos, tan sólo rompe esa idea una cita de Lezama Lima que ha querido salvar de tal envite. Encontramos los versos esparcidos por la hoja, separados por vacíos que los dilatan entre el silencio. Tampoco hay bloques que estructuren su armazón interior, su lectura es de naturalidad continua, como si con ese desplante el poeta pretendiese ofender al tiempo en su correosa tentativa.

En la página previa al primer poema podemos leer: Luz, Otras luces, Límites, Imposibilidades, Insistencias, / Contradicciones, Fiestas fúnebres, Causas ciegas, / Extravíos, Causas lingüísticas, Indiferencia, / Negaciones, Olvido, Ira, Agonía, Madera, / Poemas con nombre, Pérdidas. Así el poeta nos previene sobre aquellos a lo que nos vamos a enfrentar. Hasta la propia editorial, en el sumario inicial advierte textualmente: Índice alfabetizado: primeros versos o frases. Y es que esta miscelánea también incluye la prosa.

Juan Carlos Suñen dijo de su poesía: Modernidad practicable: filología y re-significación. Y acertó de pleno, su ética poética es una estética de marcado sentido irracionalista; también de sensualidad y abstracción sensorial; de perífrasis alusivas, onirismo; destellos alucinatorios, en definitiva, de un lenguaje versicular y extensivo que progresa a través de yuxtaposiciones léxicas —que muchas veces se queda corto de página—, una expansión de deslizamientos semánticos, imágenes y demás tropos (con preferencia de la metáfora y la metonimia) que configuran el universo poético de un autor autodidacta, hecho a sí mismo, que tuvo que soportar en su niñez los horrores de la guerra y la ausencia de su padre.

Gamoneda ha declarado que la verdadera poesía —de ahí su carácter autorreferente— ha de ser subversiva en la naturaleza de su lenguaje y no en sus contenidos.

Antoni Tápies, viejo colaborador de este leonés de adopción, ornamenta la cubierta del libro con una ilustración en blanco y negro correspondiente al libro ¿Tú?, un libro de Gamoneda con grabados de Tápies del año 1999.

     Los versos de Gamoneda destilan figuras metafóricas recurrentes durante toda la obra, la luz de mil maneras, las palomas, las flores o su particular concepción del amarillo, son algunos de los rasgos semióticos de su estilema, al que hay que añadir también las gallinas. Hay en este volumen un verso (vamos a decir, polémico) que exclama: Creo en las madres propietarias de gallinas locas, / ¡cuánto amo sus huesos amarillos!

Algunos piensan que por más surrealista que se ponga el maestro ovetense sus bromas literarias no pueden engañarle a sí mismo, sin embargo,  esta elucidación ha dado mucho que hablar —fuera de contexto— en multitud de espacios digitales, llegando a conformar una hilarante rumorología parecida al efecto provocado por la restauración del Cristo de San Borja en España. Sin entrar en valoraciones personales, que casi siempre son injustas y más tratándose de un autor con una bibliografía tan dilatada como el que nos ocupa, sostengo que Canción errónea no es una de las mejores versiones de Gamoneda, pero a pesar de sus tesis opositoras no deja de ser una lectura imprescindible.

     Gamoneda nos propone recurrir a una insurgencia poética contra la injusticia, nunca ha creído Antonio que la poesía sea un arma cargada de futuro, como afirmó Gabriel Celaya, sin embargo, sí cree que el artista debe luchar contra la opresión y pronunciarse, ahora más que nunca, contra un presente que lo conmina y lo flagela. Parece que los tiempos no han cambiado mucho desde que escribiera Sublevación inmóvil (Rialp, 1960), hasta nuestros días.

     Entendiendo la existencia universal como un accidente, el poeta tiene una concepción de la vida como milagro efímero. Si lo normal es no existir, tanto la vida como todo lo que nos ofrece: amor, dolor, amistad, descubrimiento de la belleza…etcétera, son errores divinos que tenemos que saber disfrutar y de los que debemos aprender.      Estos hallazgos deberían ser, según Gamoneda, verdaderamente importantes para nosotros, ya que enaltecen positivamente nuestro ánimo e invitan tanto a la reflexión como a florecer la sensibilidad; aunque la trascendencia de ese pensamiento lo reduzca todo a un “ser” entre dos inexistencias.

A continuación, un poema integral del libro:

Había

vértigo y luz en las arterias del relámpago,

fuego, semillas y una germinación desesperada.

Yo desgarraba la imposibilidad,

oía silbar a la máquina del llanto y me perdía en la espesura

                                                                          vaginal. También

entraba en urnas policiales. Así

olvidaba los ojos blancos de mi madre.

                                                               Vivía

 Parece ser.

              Vivía

Ahora mismo atiendo distraído a mi estertor. No hay en mí

memoria ni olvido; única y simplemente lucidez.

Han desaparecido los significados y nada estorba ya a la

indiferencia.

Definitivamente, me he sentado

a esperar a la muerte

como quien espera noticias ya sabidas.

Cuando un libro de poemas contiene en sus páginas finales un índice de primeros versos, nunca me resisto a leerlo como si de un poema más se tratase. No siempre funciona, a veces, esos comienzos líricos otorgados por los dioses no tienen la obligación de relacionarse unos con otros, menos aún, ordenadamente. Pero se da la situación que, en ocasiones, la poesía brota donde menos se la espera y las correlaciones semánticas, las elipsis o esa mágica confluencia del azar, suplen la coherencia gramatical. Fíjense en este poema no escrito por Gamoneda, (página 153):

Sacudí las cenizas de mis párpados,

sí, la negación avanza por mis venas,

todo es incomprensible. Quizá

tus cabellos descienden en un ala de sombra,

una flor blanca finge la unidad,

una flor en mi muerte, sólo una flor,

un desconocido habita en mí. Agoniza y,

un lugar. No es un lugar. Es semejanza,

ves la fugacidad silvestre,

viene el cuchillo que atraviesa la luz,

vi palomas. Vi sus alas temblando.

 

     Sirvan de argumento testimonial las propias palabras del autor para obviar la tesis filosófica que impregna toda su obra:

«Tengo una pequeña filosofía con respecto a lo que estamos viviendo: las cosas tiene que ponerse muy mal para que cambien, la poesía intensifica la capacidad de conciencia del lector. El poeta crea un estado de alerta en él, pero sin necesidad de predicar porque la poesía no es para predicar ni el marxismo ni el cristianismo».

 

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Gregorio Muelas Bermúdez

Editorial: Círculo Rojo

Número de páginas: 107

Autor: Gregorio Muelas Bermúdez

Género: Poesía

Fecha de publicación: Junio de 2010

 Aunque me borre el Tiempo (Círculo Rojo, 2010), es una obra poética que engloba dos poemarios: Con las palabras, con el Tiempo y No hay vado en el fuego. Gregorio Muelas Bermúdez, escritor emergente en la literatura valenciana, nos presenta su obra dividida en dos partes, dos obras tan complementarias como diferenciables.

Por un lado, su versificación en Con las palabras, con el tiempo, está declaradamente unida al metro clásico, mayoritariamente al verso endecasílabo, cuya máxima representación está contenida en catorce sonetos que perviven en sus hojas. Sin embargo, en No hay vado en el fuego nos ofrece concesiones al verso libre, así como una mayor utilización del eneasílabo, lo que demuestra que además de conocer los cánones, amarlos y respetarlos, el autor da buena cuenta de su versatilidad como literato.

La utilización de la rima consonante, asonante, o la inclusión de haikus, son evidencias de la gran variedad lírica que Muelas Bermúdez nos ofrece en esta ópera prima, riqueza que su talento sabe extender al ámbito gramatical utilizando un léxico tan implícito con las imágenes que describe como acertado por su sencillez. Esa patente sencillez, —que no simplicidad— es una desnudez en sus versos que sobrecoge; su testigo es un presente en pos de la breve sinceridad.

Esa condición visual de la palabra es una de las bazas fuertes en la poesía de Bermúdez, la pulcritud en la descripción del tiempo y del espacio hacen de esta poética un baluarte evocador. No hay artificio, hasta me atrevería a decir que no hay retórica, por lo menos, no forzada exageradamente, sólo Poesía en su hondo calado argumental.

Al leer la primera parte del libro Con las palabras, con el Tiempo, uno siente la desazón del que vive en la duda y lanza preguntas metafísicas que nadie responde, pero el poeta, no sólo dramatiza esa angustia del ser humano como lamento, sino que nos ofrece además un hilo de esperanza. El tono, solemne por musical y universalista por humano, se resuelve por ambos poemarios como si un mismo velo los envolviera, un velo de hondura y transfiguración tan agreste como espiritual, tan terrenal como divino.

En No hay vado en el fuego los poemas circunscriben un mosaico de versos neorrománticos, una alborada de poemas de amplia gama cromática llenos de intensidad y sentimiento. Un buen ejemplo de ello es el poema “Canto” dedicado a Rafael Puerto, amigo del autor, o “Perderás la luz”.

No es casualidad encontrar en esta obra referencias a Tarkovski o Bergman, brillantes cineastas admirados por el autor, pues de la misma manera que estos invadieron sus obras con intensos mensajes metafísicos y atractivas puestas en escena, Muelas Bermúdez hace lo propio, quizá en homenaje a ellos, por tanto talento ofrecido.

Con su poema titulado “Bella de día”, que tal vez —y dada su formación audiovisual— haga alusión a la mítica cinta de Buñuel (Belle de jour), alcanza cotas de un lirismo barroco que no deja indiferente al lector e invita a su degustación una y otra vez.

Pero si hay una constante en la poética de Gregorio Muelas, además de su visual pasión por lo que hace, es una omnipotente e inexorable sombra del Tiempo. El Tiempo en los versos de Bermúdez, discurre líquido, ejerciendo todo su poder como centinela; la cuenta atrás de ese imparable reloj de la muerte intenta macerar una voz que se rebela y como resultado trasciende el triunfo poético de esa experiencia vital.

Gregorio Muelas concibe aquí, entre otras formas, la poesía de forma melódica —por la consonancia de su rima— así como antropológica y telúrica por la profundidad de sus temáticos matices, rasgo este que lo emparenta a la poesía de José Hierro, referente rastreable por toda la obra.

Aunque me borre el tiempo es un libro maduro y arriesgado pese a la corta trayectoria de su autor, cualidades inequívocas del compromiso vital entre el autor y su obra; además de revelarse como el punto de partida de un letraherido en busca de sí mismo, algo maravilloso, porque no olvidemos: cuando el poeta habla de sí mismo, también lo hace de todos nosotros.

AUNQUE ME BORRE EL TIEMPO

Aunque me borre el tiempo,
aunque sea ceniza mi cuerpo
y se lo lleve el viento
hacia lejanos páramos desiertos,
mi voz no sucumbirá al sueño.

Aunque me borre el tiempo,
aunque me otorgue el cielo
adioses sin consuelo,
mi voz, como el ave fénix,
alzará de nuevo el vuelo.

Aunque me borre el tiempo,
aunque de mí no queden
más que estos pocos versos,
mientras siga vivo un recuerdo
mi voz dará música al silencio.

Gregorio Muelas Bermúdez

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Título: Peces transparentes

Autor: Julia Conejo Alonso

Género: Poesía

Editorial: Hiperión

Número de páginas: 76

Año de publicación: 2012

La colección de poesía Hiperión dirigida por Jesús Munárriz en su número 639 publica Peces transparentes, el premiado poemario de Conejo Alonso ilustrado en su portada por Fernando Ferrara.

Munárriz, además de editor, formó parte del jurado del premio “Alfóns el Magnánim” de Valencia, quien acompañado de: Ignacio Elguero, Antonio Hernández, Antonio Porpetta y Gonzalo Santonja, decidió premiar esta propuesta lírica —entre 231 candidatos presentados— un 17 de Octubre de 2012.

Julia Conejo Alonso, nacida en Tarrasa y afincada en León, además de practicar la docencia en la rama de Lengua y Literatura ya demostró ser una excelente poeta cuando en octubre de 2010 recibió el premio de poesía “Joaquín Benito de Lucas” por su poemario Muñecas recortables.

Peces transparentes comienza con un poema titulado “Pez cristal”. Verso libre, poema de corta extensión de rima ausente; y estas tres premisas se repiten durante todo el poemario, un poemario que no necesita de una estructura que se escinde temáticamente por bloques, ni necesita prólogo o consejo, el conjunto destila una sinceridad, tanto general, como particular, una sencillez que desdeña el artificio y dota al conjunto de una elocuente frescura que se asienta en el lector como de improviso.

Julia consigue introducir sus mensajes a través de una dulzura cotidiana, a través de una aparente claridad y desnudez que se adentra sin permiso, pero es al llegar a los últimos versos de cada poema, cuando encontramos, o debería decir, sentimos, esa pincelada tan característica de agridulce melancolía, ironía y realidad.

De esa manera, Alonso, irrumpe con descarnada emoción entre unos versos aparentemente ingenuos que gozan de una carga silenciosa, carga que no es más que un móvil, un macguffin de: inteligencia, filosofía y nostalgia; de una elegancia tal, que hace peligrar el verdadero protagonismo de esas pinceladas finales.

“Pez cristal”, ironiza acerca de lo inútil de la sinceridad. La sinceridad es un valor que cotiza al alza en las inversiones burlátiles de esta adocenada sociedad, en privado, pocas cosas se han devaluado tanto.

“Paquita” es una apología del anonimato, de la sencillez, una visión nostálgica y melancólica que critica lo pueril de la popularidad.

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Julia Conejo Alonso

En “Insomnio” hay grafismo, hay dureza, dureza que contrasta con el ocre atemporal y pictórico de “Paisaje con niñas”.

En el poema titulado “Artemisia” somos testigos de tres revelaciones: que la autora venera la obra y figura de esta pintora caravaggista italiana, hija del pintor toscano Orazio Gentileschi; confiesa tener la misma vocación que la firmante de “Susana y los viejos”; y reconoce, en un valiente ejercicio de autocrítica, haber carecido del valor necesario para entregarse a la pintura: “No te he visto, Artemisia, al mirarme en el espejo”. “Soy agua empantanada / por pura cobardía”.

El poema de epígrafe “Anciana” adolece la crueldad del reflejo en el espejo: “No son nuevas las calles  / ni es más lento el invierno”.  Eres tú quien no acierta / —extranjera en tu cuerpo—…”. El poema nominado “Esperanza” es todo un canto de desesperanza, un terrible asentamiento de experiencia en tierra ingenuas: “La esperanza / es un sobre cerrado de cromos repetidos”.

En líneas generales, la lectura de Peces transparentes ha significado, para mí, un grato descubrimiento. Julia Conejo Alonso ha merecido su consagración poética por su arriesgada propuesta lírica, un talante que huye de la retórica compleja. El triunvirato formado por: claridad, brevedad y sencillez, avala a esta singular creadora de versos frescos y visuales; cronista de su tiempo y andante de prometedoras huellas.

La belleza en la poesía es inútil

cuando viene importada de lugares

que nos son desconocidos.

“Temas transversales” (Peces transparentes, Julia Conejo Alonso).

Reseña publicada en Revista de Letras:

http://revistadeletras.net/jaime-siles-cantico-de-disolucion/

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Jaime Siles

Título: Cántico de disolución (1969-2011) poemas escogidos

Autor: Jaime Siles (poemas seleccionados por Martín Rodríguez-Gaona)

Género: poesía

Editorial: Verbum

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 316

ISBN: 978-84-9074-150-4

Poetizar es un acto de realidad y de lenguaje, transformar los nombres hasta el sustrato primigenio, indagar tras el concepto originario, pulsar el ser desde lo uno hasta lo múltiple. Devolver la realidad a la Realidad.

Jaime Siles, 1974.

 

La obra y figura de Jaime Siles (Valencia, 1951) siempre ha sido de gran relevancia en la lírica española. Desde que a finales de la década de los sesenta publicase Génesis de la luz (1969), siendo un muchacho de apenas diecinueve años, hasta este Cántico de disolución (2015), el cual recoge una selección de sus poemas hasta 2011, su obra, coherente y evolutiva, ha ido aquilatándose con el tiempo y alcanzando cotas de verdadera maestría. Muchos son quienes buscan su consejo literario antes de publicar un poemario, su magisterio y cercanía propician que a diario lleguen nuevos libros a su despacho, siempre de poesía. A pesar de estar afincado en Valencia sus viajes por todo el globo terráqueo son constantes: cursos, conferencias, fallos de concursos. La comunidad poética española e internacional requieren su presencia a menudo, lo que constata su reconocido prestigio, no solo como poeta, sino como ensayista e investigador del campo humanístico.

Pocas presentaciones necesita uno de los novísimos de la segunda hornada, no apareció en la famosa antología de Castellet, Nueve Novísimos (1970), pero sí lo hizo en Nueva poesía española, de Enrique Martín Pardo, publicada el mismo año, además de figurar también en otras posteriores.

Martín Rodríguez-Gaona, (Lima, 1969) poeta, ensayista y traductor peruano, es el responsable de esta edición que se inscribe en la colección de poesía que posee la editorial Verbum, un distinguido foro coordinado por Pedro Shimose. Rodríguez-Gaona en los más de cien poemas que selecciona para Cántico de disolución ofrece una perspectiva unitaria de la obra poética de Siles, sin divisiones temáticas de títulos o épocas, y demuestra así, a pesar de sus múltiples registros, la continuidad de su escritura. Quizá ese rasgo es lo que diferencia a esta antología de otras anteriores, como por ejemplo, Cenotafio. (Antología poética, 1969-2009), Cátedra (2011) de Sergio Arlandis. La tarea de Rodríguez-Gaona no es fácil si tenemos en cuenta que la obra poética de Jaime Siles ha ido transformándose a lo largo del tiempo, a pesar de haber mantenido ciertas constantes en su escritura su universo simbolista ha mutado y con él los códigos que lo descifran; tanto es así que el propio autor reconoce haber transcurrido de lo barroco y surrealista a lo puro y esencialista, pasando por lo postmoderno y urbano hasta llegar a su último registro, lo existencial.

Preservar aquello que une y conforma el invisible hilo conductor de una vida consagrada a la poesía es un desafío superado en Cántico de disolución, un  viaje a través de las personas poemáticas de Jaime Siles en una obra que compendia: Horas extra (2011), Desnudos y acuarelas (2009), Actos de habla (2009), Colección de tapices (2008), Pasos en la nieve (2004), Himnos tardíos (1999), Semáforos, semáforos (1990), El gliptodonte y otras canciones para niños malos (1990), Poemas al revés (1987), Columnae (1987), Música de agua (1983), Alegoría (1977), Canon (1973), Biografía sola (1971) y Génesis de la luz (1969).

A lo ya atractivo de por sí que resulta este compendio lírico debemos añadir un breve texto ensayístico del propio autor, unas palabras liminares —de gran valor— que bajo el epígrafe “El texto es hoy el único escenario” introducen al lector en el pensamiento poético del artista. En dicho texto, no son pocas las confesiones que el poeta hace, su razón de poeta, consciente de que la desnudez es el mejor resorte entre el artista y el receptor de su arte, llama a las cosas por su nombre y desglosa conceptos que a menudo, —bien por ignorancia o falta de rigor— se transmiten unidos. Así vamos diferenciando entre poética y pensamiento poético, vamos acotando un fluir lírico que siempre ha ido unido al filosófico entre “poema-instante”  y “poema-discurso”, términos referenciales de Henry Gil entre los que el poeta articula su pensamiento.

Y llegamos a una de las claves que además de aclarar el sentido del título del poemario, hace lo propio con el estilema y el proceso de transición del poema mental al poema escrito. El poeta cita textualmente a Ernestina de Champourcin[1]: « […] cada emoción tiene su forma; cada momento, su ritmo». Y en este aserto justifica el poeta el proceso de formación de la estructura del poema, andamio determinante, ya que sobre él se articulará el lenguaje y combinará los signos en función de la emoción, el instante, la intuición y todo aquello que configura la conciencia y los factores que sobre ella influyen. Ese momento conceptual en el que el poema es fonación que busca su cadencia en el alfabeto, la palabra es pre-palabra, la lengua es pre-lengua y el signo es pre-signo, todo se ordena aspirando a una arquitectura visual que rara vez será significada por completo; es por eso que el poeta confiesa: creo en la voz más que en la escritura.

¿Por qué, cántico?

Como ya hemos dicho, ese ritmo interior al que obedece el lenguaje, en Siles configura muchas veces un constructo que no rehúye los metros y rimas clásicos, como en el poema “Hortus conclusus” de Columnae: Por donde el firmamento / columnas no sostiene ni levanta, / todo es pensamiento / que la noche suplanta: / vacío de la voz que, muda, canta. Aquí los versos se ahorman al canon de la lira clásica incluyendo su rima consonante, pero también es recurrente en su poética la utilización de la rima asonante, como en el poema “Expiaciones sin pecado” de Pasos en la nieve: Por la muerte se avanza muy despacio. / No se entra de lleno en su morada, / no se habita ni se cruzan sus campos: / se adivinan, se saben, se presienten, / más que sus territorios, sus espacios. No sólo en la utilización de la rima sonora advertimos el tono musical de los poemas, su carácter hímnico otras veces se muestra en el ritmo resultante de una ruptura gramatical: Éste sin voz ni límite, que es cielo, / corazón de rumor reverberante, / líquido mármol donde el agua toda / suena dormida bajo el tiempo múltiple. // Dura, palabra, dura, sé distancia / que el resplandor aleje de la sombra, / arco afilado que por siempre tense / mi paladar sonoro transcurriendo.

¿Y por qué, disolución?

« […] El lenguaje, en cambio, sí ha constituido siempre para mí una angustia y una obsesión: una especie de laberinto en el que la ósmosis del espacio y del tiempo en la memoria nunca llega a ser fijada por los signos, a los que no sostiene nada sino sólo la voz. Y esta nada de la voz, que es también la del signo, traduce la nada del yo. Resbalar por la voz es como resbalar por el tiempo: el lenguaje se convierte así en un abismo en el que se diluyen las cosas tanto como el yo. La disolución del yo es como la disolución del signo. Y esa disolución es lo que el poema nos deja después de habernos hecho sentir la totalidad del Absoluto, que es lo único que confiere realidad al yo. La nostalgia de ese Absoluto, del que sólo hemos visto parte de sus reflejos, es lo que a mí, al menos, me hace seguir escribiendo».

Todo un sistema filosófico, cultual, metafísico, orbitando alrededor de un lenguaje al que se ama por lo que ofrece y al que se cuestiona por lo mismo. Esa fe en la palabra-laberinto, palabra-abismo, desata el vértigo del creador pensante y a su vez el temblor por alcanzar el punto más cercano a ese absoluto idealizado.

Por su parte, Rodríguez-Gaona propone al final de la lectura un texto ensayístico titulado “Del ala de la duda al cántico de disolución”, en él expone los motivos por los que considera a Jaime Siles una pieza fundamental (membrana, articulación) entre los planteamientos estéticos y discursivos de varias décadas. Acierta al denominar al autor de Mayans o el fracaso de la inteligencia como “poeta de poetas”; señala con nitidez los arbotantes de su sistema poético: confrontación, tensión y líneas rojas entre identidad y lenguaje; viaje del silencio hacia la música; punto de encuentro entre lo clásico y lo moderno: indagación, reflexión y lirismo.

La poesía de Martín Rodríguez-Gaona figura en las antologías Festivas formas de Eduardo Espina (Medellín: Universidad de Antioquía, 2009) y Los relojes se han roto: poesía peruana de los noventa. (Guadalajara: Ediciones Arlequín, 2005), y ha sido analizada en el estudio En la comarca oscura. Lima en la poesía peruana 1950-2000 (Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2006). Sus traducciones y ensayos van amalgamando una identidad que se afianza crítica en lo personal y rigurosa en lo científico.

Cántico de disolución hará las delicias de quienes ya conocen la poesía de Jaime Siles, ilustrará y seducirá a quienes se enfrenten por primera vez a su singular obra poética, pero sobre todo, constituye un homenaje —entre los muchos que vendrán— a una trayectoria poética y vital unida indeleblemente a la poesía.

 

 

Perdóname, lector

           

Perdóname, lector, por lo que escribo,

por lo que he escrito y lo que escribiré.

Ni tú ni yo tenemos parte o culpa

pero la vida es una expiación―

de qué no sabría decirlo,

pero conozco―e incluso casi amo―su dolor:

aparece de pronto y cae lentamente,

se demora en los ángulos como, a veces, la luz

y se extiende por dentro

hasta formar un edificio con columnas

y puertas y ventanas

orientadas hacia una idea cálida

a la que quien creemos ser se asoma

para obtener alguna imagen rápida de sí.

Pero no hay nada dentro sino esta

conciencia de la angustia

que es arquitectura y autorretrato del dolor

y tal vez su más cierta presencia imaginaria.

 

(de Himnos tardíos, 1999)

 

[1] Publicado en “La Gaceta Literaria”, 15 de julio de 1928.

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¡Espléndido titular! ¿Verdad? Después de leer algo así, cualquiera pensaría que todo va bien. Los juegos se celebran cuando toca, no han reparado en gastos para la ceremonia —por lo que es deslumbrante—, y este año se celebra en Brasil, ni más ni menos que un país exótico, lleno de playas tropicales con cuerpos esculturales; una imagen que da la sensación de que las gentes de allí estén permanentemente en verano, y lo que es peor, de fiesta.

Todos sabemos que los medios de comunicación contribuyen como nadie a que esta época en la que vivimos sea la era del eufemismo. Desde el momento en que se permitió que la ley de los mercados marcase los tiempos de la economía, y no al revés, admitimos la condena a muerte de la libertad de prensa. Grandes inversores se encuentran detrás de los grandes medios, y esa obvia correlación entre el poder económico y el poder político tiene como misiva no dejar resquicio a cualquier publicación contraproducente. Sólo en pequeños medios, no indizados, en los que su repercusión es poco evidente o casi nula, podemos encontrar artículos que no apartan la mirada de esa errática verdad que los poderes mediáticos: tergiversan, demonizan o simplemente ignoran.

La diferencia entre la vida real y la vida contada por los medios es de una envergadura irrisoria; «el hombre despierto, debe ser definido como un animal que ríe» (Bueno, Gustavo; “Ética de la risa”, El Gallo, Salamanca, marzo de 1953). ¿Somos seres despiertos? Esta pregunta cobra especial sentido, principalmente, cuando aceptamos que aceptamos lo que a priori no deberíamos aceptar. Desde luego, esa desafección ante problemas universales que son solucionables con compromiso, mueve a risa. Lo peor de todo es que tampoco somos felices.

Más allá de si la felicidad es un estado anímico fugaz o una impresión subjetiva de la realidad, ¿quién puede ser feliz viviendo en la pobreza extrema? Y con pobreza, no me refiero únicamente a carecer de posición social, carecer de dinero líquido o posesiones, sino a no tener para comer. Tal es el caso de 45,8 millones de personas en Brasil. La mayor pobreza se sitúa en áreas suburbanas y en la región nordeste del país, donde el cuarenta por ciento de las familias sobrevive en la inopia. Sí, Brasil, la tierra donde en estos momentos se celebran los Juegos Olímpicos. ¿Qué pensarán las personas que viven en las favelas cuando vean pasar las limosinas con escolta, o cuando sepan el precio de la ropa que lució la modelo Gisele Bundchen en su desfile durante la gala inaugural?

La región de América Latina y el Caribe es, según Oxfam, la más desigual en ingresos del mundo, ya que en 2015 el 1% poseía el 41% de la riqueza regional, mientras que el 99% restante debe repartirse el otro 60%. Hoy, la avaricia de la clase pudiente ya no esconde su cara más ostentosa, su cara más cruel. Una de las propuestas del incipiente presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, es construir un muro que separe a Estados Unidos —en su frontera— con México, para evitar la entrada de personas ilegales. Desgraciadamente, ese infame proyecto ya es una realidad en Brasil —además de en otros países—, la denominada favela Vila Autódromo, sufrió el derribo de gran parte de sus viviendas en estado precario por su cercanía al recinto que hoy es utilizado como Villa Olímpica, en su lugar, hoy se erige un gigantesco muro de hormigón. El proyecto tenía como finalidad evitar cualquier riesgo de intrusión por parte de los más pobres, respecto al perímetro donde se hospedarán los deportistas durante un par de semanas.

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[Las meditaciones sobre el Poder tienen un carácter moral o ético –son «filosofía moral», y en esto estamos casi todos de acuerdo. Toda reflexión sobre el Poder (aunque, en sus comienzos, no sea estrictamente filosófica, sino científica, categorial) alcanza inmediatamente resonancias morales, por tanto: induce a una meditación filosófica. «El Poder (El Estado) es el Padre» –dice una fórmula muy extendida que intenta penetrar categorialmente (puesto que «Padre» es un concepto categorial, histórico, sociológico…etc.) en la esencia del Poder. Pero la penetración en esta esencia «categorial», induce, aunque no lo quiera, múltiples «líneas de fuerza» constitutivas de un campo moral, a la manera como la corriente que pasa por un conductor induce un campo magnético cuyas líneas de fuerza envuelven al cable. Para muchos psicoanalistas, decir «El Poder es el Padre» es tanto como condenarlo, sugerir la iniciación de la tarea edípica de la «muerte del Padre»].

Gustavo Bueno,

Sobre el Poder (en torno a un libro de Eugenio Trías),

El Basilisco, 1978.

Para alcanzar ese grado de rebelión, para acometer la tarea de Edipo, hay que ser plenamente consciente, tanto de uno mismo, como de sus congéneres y el contexto de la realidad que los rodea. Ocurre que el capitalismo ya se ocupa de que la sociedad tenga su opinión dividida acerca de cuál es su verdadero enemigo, o de que directamente carezcan de opinión. El caso paradigmático de la aplicación del videojuego Pokemon Go, y todo el revuelo que ha organizado a nivel global, es una muestra más del sometimiento mental al que la sociedad anda inducida. Esta “aventura”, pionera en realidad aumentada, ha sido desarrollada por Niantic, y aunque a algunos pueda parecerles mentira, factura nueve millones de euros al día, cantidad que es repartida entre las nueve empresas que intervienen en su comercialización.

Zygmunt Bauman, en su libro titulado Ceguera moral (2015), escrito junto a Leonidas Donskis, ya alertó de la pérdida del sentido de comunidad en los individuos que coexisten —que no conviven— en un mundo individualista. Esa ceguera moral, esa insensibilidad a los problemas propios y ajenos, hace imposible que seamos seres despiertos, mucho menos, que seamos autores de esa «muerte del Padre», y ha cambiado innegablemente la eterna lucha de clases de la humanidad por una lucha particular en la que ya, los valores que blande la parte más débil, no son los que eran.

Y siguiendo con la sociología que propugna Bauman y ese efecto adormecedor con el que están experimentando los responsables de las redes:

«Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa».

Zygmunt Bauman

Entrevista concedida a Babelia, enero de 2016.

A esa deshumanización paulatina y evidente, hay que añadir el grado de indefensión que sufrimos las personas ante la pérdida de libertades, la injerencia política en la privacidad del ciudadano ya es invisible e imparable. Aunque muchos no quieran admitirlo, la lobotomización general hace tiempo que comenzó y se sigue evidenciando.

Aquí, en España, la noticia es que Nadal participó en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, o que Mireia Belmonte ha conseguido la primera medalla para España. Amo el deporte y admiro a los atletas, son un ejemplo de superación, ellos son la mejor demostración de una costumbre que comparto y me tomo —quizá— demasiado en serio: uno mismo debe ser su único rival. El problema es que son muy pocos quienes toman a estos atletas como ejemplo, la masa social está más preocupada de ir a la moda, consumir el último grito en productos que no necesita, y en definitiva, obedecer las órdenes enmascaradas de un sistema que se hace llamar «demócrata», mientras perfecciona su dictadura a golpe de tecnología.

Brasil es el cuarto país del mundo en cuanto a extensión territorial se refiere, su reciente industrialización, así como su riqueza natural son el motivo de una importante expansión de su industria agrícola, un sector que aporta importantes beneficios a la hacienda pública, un erial que ya calcula su renta per cápita a razón de 4.320 dólares. Sin embargo, uno de cada cuatro brasileños debe recurrir a ayudas estatales para evitar el hambre.

Brasil tiene frontera con diez estados sudamericanos, buena parte de ellos son los mayores productores de droga del continente, este dato no es ningún misterio, es conocido a todas luces, como consecuencia de la poca o nula atención de este problema, Brasil es el segundo país que más drogas consume, después de Estados Unidos, y una de las mayores vías de tráfico de estupefacientes de todas las Américas.

Por si no fuera suficiente, y basándose en estadísticas internacionales, Brasil se encuentra a la cabeza en la lista de los países más violentos del mundo. En la ciudad de Río de Janeiro, por ejemplo, entre enero y mayo del año 2007, 546 personas resultaron heridas o muertas por consecuencia de tiroteos en enfrentamientos entre bandas rivales que se disputaban puntos de venta de droga en las favelas o la ciudad.

¿Alguien piensa que alguno de estos problemas se subsanará tras la celebración de los Juegos? Muchos aplauden la celebración de eventos mundiales en tierra brasileñas, como el mundial de fútbol de 2014, porque es una importante fuente de ingresos debido al turismo, principalmente. Lo que no piensan es que esos beneficios irán siempre a parar a los mismos.

Aquí, en España, los ciudadanos estamos siendo testigos de una bochornosa actuación de los partidos políticos en lo que a pactos y formación de gobierno se refiere. Si no consiguen llegar a un acuerdo, seguirá gobernando un partido imputado por corrupción —ya en términos de organización criminal— que ha obtenido menos de ocho millones de votos, es decir, que esos ocho millones de votos decidirán quiénes gobiernan a los otros treinta y nueve millones de la población restante, democracia pura y dura. Aquí, la desafección política y el descrédito no provocan en la casta el efecto que claramente manifiesta; la frase nítida e irreductible de: señores, ya no creemos en vosotros, queda traducida en los mítines a: la ciudadanía nos ha dicho que tenemos que pactar. Como sociedad, estamos esperando impasiblemente ser descabellados en unas terceras elecciones que sólo provocarán un gasto innecesario a las arcas públicas y constatará el mensaje ya enviado por nosotros, esos mansos labriegos que forman una ciudadanía a la que no se le agota la paciencia; dejemos de acudir en masa a los Black Friday, no comentemos más el desproporcionado precio del último fichaje del Manchester United y pongámonos en serio a reflexionar y actuar en aquellos problemas verdaderamente acuciantes para todos.

Mientras sigamos el sendero de la dichosa y telegrafiada [des]integración social, no habrá conatos de parricidio, sólo un suicidio colectivo y anunciado. Los flautistas de Hamelín del capitalismo guiaron las hordas de la clase media al precipicio del endeudamiento; si algo tan terrible no ha tenido castigo, puesto que ha aumentado el número de ricos, ¿qué puede tranquilizarnos sintiendo cómo el pie del Gran Padre está oprimiéndonos el cuello? El opio del pueblo. Si pretendemos fabricar armas y vivir de ello, no podemos permitir nada que favorezca la paz, (capitalismo, dixit).

Los primeros Juegos Olímpicos de la historia datan del 776 a.C. desde entonces, hasta hoy y cada cuatro años, el deporte ha sido motivo de unión de los países, algo que no deja de ser paradigmático. Hoy, una parte importante del planeta está en guerra, y otra se siente amenazada. Contemplar el accidentado recorrido de la antorcha olímpica por las calles de Brasil, me hizo sentir que el ser humano todavía cree en simbolismos, la llama no debe apagarse y para ello se emplea cualquier medio. Lo cierto es que aquello que verdaderamente llevamos a rajatabla es la perpetuación de las costumbres. No cambiar la tradición, más aún cuando esta atenta contra la dignidad o integridad de otros seres, sigue siendo una incógnita sin candidato para la etología moderna. El dinero sigue imprimiendo nuevas páginas a su evangelio espurio, si finalmente las Humanidades se acaban suprimiendo de la enseñanza, y con ellas se constata la leucemia de la educación, suscribo al cien por cien la afirmación de Luis Alberto de Cuenca: «El suicidio definitivo de la civilización está a la vuelta de la esquina» (La Razón.es, 2016).

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Título de la obra: Con la luz sumergida

Autor: Víctor del Moral

Género: poesía

Editorial: Renacimiento

Año de publicación: 2009

Número de páginas: 54

ISBN: 978-8484724469

Víctor del Moral nació en Úbeda (Jaén) allá por el año 1979, pero su destino lo llevó muy pronto —él y a su familia— a Granada, tierra de poetas. Su vocación literaria lo condujo a licenciarse en Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona, y posteriormente realizó estudios de Filosofía en la Universidad Ramón Llull.

Por tanto, estamos hablando de un escritor joven, con amplios conocimientos en el ámbito de la filosofía y el verso, ingredientes que inundan esta obra en forma de fotones de la luz de la memoria.

Víctor toma el título prestado de entre los versos de Luis García Montero y dedica su libro al poeta compostelano Miguel D’ors, quizá un espejo en el que poder reflejar parte de su tradicionalismo lírico y de sus preocupaciones poéticas.

Un jurado compuesto por: Ricardo Bellveser, Ignacio Caparrós, Santiago Fortuño, Antonio Hernández y José Iniesta, decidió premiar a del Moral con el premio Vicente Gaos de poesía del año 2009.

Después de varias lecturas del poemario, aún hoy no consigo explicarme cómo con tan poco material literario este libro ha podido conseguir un premio tan prestigioso, a lo que hay que añadir el auspicio de uno de los mejores sellos editoriales en el género; no es por desmerecer en ningún momento la tarea del poeta, ni mucho menos la labor del jurado (el ganador depende de la calidad de los demás participantes), sino porque contando las páginas escritas suman veintinueve y muchas de ellas contienen tan sólo cortas estrofas. Es evidente que la cantidad no lleva a la calidad, quizá sea por mi modo de entender la poesía, pero no pude encontrarle el tono; no fui lector para este libro. Para lectores que hayan leído otras obras premiadas en este certamen, la lectura de este poemario les supondrá un salto cuantitativo y cualitativo considerable, ya que la escritura de del Moral también escatima en simbolismos y lenguaje poético.

El poemario se divide en cinco partes y comienza con este verso del poema “Reseña”: Paisajes que transforma la memoria. Sin duda, un vaticinio de su argumento. En el poema titulado “Junto al mármol eterno”, la mirada del poeta evoca una estancia en Roma y en concreto, la visión de una niña que toma apuntes mientras yace apoyada en una columna del pórtico de Adriano; por alguna razón, esa imagen queda grabada indeleblemente en su memoria y queda traducida en estos versos: Y estos versos quisieran / rescatar su belleza / junto al mármol eterno, / protegerla del tiempo / y su avaricia huraña. El poeta pretende adscribir su estilo a la poesía de la experiencia, con la cual posee concomitancias, pero en poesía no todo es ordenar las palabras al número y color del canon, el verso debe tener alma.

El poema “Ordesa” es otro apunte paisajístico y memorial de la estancia del poeta en el monte pirenaico: Frontera de dos mundos. / Nubarrones huraños la cortejan / con una luz sin tiempo. En el poema “Un epílogo” la luz sigue incidiendo en los versos: Sólo anotas —te dices—, / las cosas que vas viendo / con la luz sumergida. Lo mismo que en el poema “La Belleza”: No era la nostalgia que Rafael retuvo / en unos ojos del Museo del Prado. / Ni la luz herrumbrosa de las calles de Roma; o en el poema “Recuerda”: […] y con la voz sellada / de naufragios, regreses / a la luz de tu patria.

En la luz, encuentra el poeta su referente a todos los niveles: físico, simbólico, metafísico; es un tropo recurrente en la poesía lírica, de su uso y abuso todos conocemos clichés gastados, un hándicap que obliga a quien adopte la luz como baluarte totémico, —cuando menos— un esfuerzo en su renovación.

Quizá su punto fuerte radica en la pulcritud métrica y el equilibrio en la combinación de versos. Ese andamio es estructura y retórica que invita a recrear un mar de sensaciones en el que el argumento no hace pie.

Lamentablemente, a estas alturas de la historia de la Poesía, el tema de la luz está más que manido, por lo tanto su uso es sensato regulado a pinceladas, o si se prefiere tratar en profundidad exige del autor enfoques nuevos y originales, factores que no se hallan en esta obra.

Durante toda la obra se cita a D’ors, Borges o Eloy Sánchez Rosillo, por lo que es fácil pensar que su autor siente admiración hacia ellos. Por ejemplo en su poema “Víctor contra Víctor” ya desde el título hace un guiño al famoso poema de Jaime Gil de Biedma en que dialoga consigo mismo como si fuese otra persona. Toda la poética representada en el libro no rebasa el homenaje, los lugares comunes, la enunciación y descripción en lugar de la emoción o reflexión. Quizá por falta de riesgo o limitaciones del talento, su lectura me ha resultado mimética e intrascentemente epigonal.

En definitiva, encuentro el conjunto del poemario de fácil y breve lectura, la utilización de un lenguaje sencillo y la somera profundidad de un  planteamiento costumbrista hacen que al poemario no se le pueda exigir mucho.

Actualmente Víctor del Moral es profesor de enseñanza secundaria en Castilla La Mancha y este poemario sigue siendo, desde el año 2009, su única aportación a la Poesía.

 

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Blas Muñoz Pizarro

 

Título: La mano pensativa

Autor: Blas Muñoz Pizarro

Editorial: Ediciones Fecit (en colaboración con el Ayuntamiento de Lodosa)

Número de páginas: 65

Género: Poesía

Fecha de publicación: 2012

País: España

 

     Con una breve pero sugerente acuarela de Susana Benet en la portada, Blas Muñoz nos presenta su poemario La mano pensativa, ganador del “XXVIII Certamen Poético Ángel Martínez Baigorri 2011”. Dicho premio, organizado por el Ayuntamiento de Lodosa (Navarra), fue fallado el 9 de Marzo de 2012 con un jurado compuesto por: Daniel Aldaya Marín, Javier Asiain Urtasun y Victor Izco Cruz, quienes consideraron a la obra de Muñoz Pizarro la justa merecedora de tal galardón.

     Susana Benet, no se limita a ilustrar la cubierta del volumen, sino que también firma un excelente prólogo que resulta una magnífica introducción al lector. Recordemos que Susana, es toda una institución en el mundo del haiku cultivado por occidentales, una autora paradigmática —si se me permite— en este formato poético para algunos, vía espiritual para otros, ya que conjuga como nadie la dimensión humana con esa mirada trascendente del haijín en un arriesgado carácter de estilo que su talento y oficio le han hecho distinguirse como autora de haiku, y es precisamente ese leit motive, el haiku y otras formas poéticas japonesas, las hormas escogidas por Muñoz Pizarro para este poemario.

     La mano pensativa comienza con un fragmento de la obra “Círculo total”, y dice así: …un bosque, ya extinguido, por donde el hombre pasa, materia incandescente, de la luz al olvido. Y en estos versos, el poeta encuentra un motivo vehicular para toda la obra, ya que le sirven para subtitular cada bloque; de alguna manera, esta estrofa une los diferentes bloques y cohesiona el conjunto referenciando con ello la cuadratura de su propio título. Tras este metafísico envido encontramos el único soneto del libro, —y pieza clave— titulado igual que la obra, una  pieza que sirve de fantástica apertura, no sólo ya por su temática, pues habla acerca de los elementos y de la importancia de trascender al tiempo mediante la escritura, sino por la sonoridad de su rima, un soneto de estilo clásico con ritmo interior, que contrasta enormemente con la blancura de los haikus posteriores. La importancia de este soneto en el libro es su valor enunciativo, ya que advierte que el autor, en lugar de aludir a las estaciones del año —rasgo fundamental en el haiku de lo sagrado— utilizando palabras kigo, Blas Muñoz utiliza los cuatro elementos de la naturaleza como síntesis “estacional” y eje humano, trascendiendo con ello el valor polisémico de lo matérico. Quizá por ello, por ese contraste tan notorio, y por la indudable belleza y síntesis del endecasílabo clásico, haya escogido el autor esta forma poética para comenzar su andadura.

     “Haikus de la piedra en el agua” es el primer bloque de versos, repartidos en veinticinco poemas, hecho que se repite en los bloques posteriores, veinticinco senryus y veinticinco tankas, lo que dota al conjunto de una armónica simetría. La estructura métrica que utiliza el poeta es la del haiku clásico, diecisiete sílabas distribuidas en tres versos sin rima: 5 / 7 / 5. Iniciados ya en ese bosque metafísico, encontramos joyas de valor pictórico como: Vuelve a llover, / se desbordan los cálices / de los narcisos. Este es un buen ejemplo de la plasticidad, pictoricidad y sonoridad de la palabra lírica en Muñoz Pizarro, cualidades que estarán presentes durante todo el libro. Atendiendo a la preceptiva de los maestros japoneses, los haikus de Blas Muñoz tienen como eje matriz el principio de la subjetividad, pero en la traslación al papel de esa mirada trascendente del artista, ese principio implica la idea de interioridad y particularidad. Dos profundos escenarios: el universo de la naturaleza  y la conciencia humana; el lienzo en el que esa coalescencia ocurre es la palabra, la palabra poética. Esta articulación sucede cuando la animación atraviesa y supera la mera presencia de los objetos para convertirse, así, en apariencia espiritual, en transfiguración de los motivos representados.

   En la maraña / del granado sin hojas, / un petirrojo. He escogido este haiku porque su alusión al suceso —rasgo imprescindible del haiku verdadero— es sutil hasta el punto en que algunos podrían considerarlo zappai; el zappai es otro formato poético que respeta la estructura métrica del haiku clásico pero prescinde del suceso. Es tan densa como luminosa la sensibilidad y riqueza de matices en la escritura de Muñoz Pizarro, recordemos la dificultad de este tipo de poesía oriental, un parangón de imagen y síntesis que fue popularizado Bashô. Además de ceñirse al cómputo de diecisiete sílabas sin rima, lo cual obliga a desdeñar la retórica y el artificio, hay una exigencia en cuanto al protagonismo del yo lírico, una frontera a veces no muy bien definida y que, como en el caso del libro que nos ocupa, no siempre es tan sencillo demarcar.

     En “Senryus del sueño de la tierra”, el segundo bloque, Muñoz Pizarro hace gala del oficio de un autor que lleva toda una vida dedicada a la escritura y ha cosechado numerosos éxitos, no en vano alcanza cotas de lírica madurez: Entre sus dedos / latía el corazón / de las palabras. Aquí el lenguaje y el ser humano se entremezclan, ya amparados por la permisividad del senryu, y lo metapoético florece para aportar su prisma a este poliedro sensorial: Cae una lágrima / como si fuera un punto: / fin del poema.

     En “Tankas de la sombra del fuego”, tercer bloque del poemario,  la poesía de Muñoz Pizarro se intensifica en registros dada la mayor amplitud que ofrece el formato, no sólo en extensión, sino de contenido, y con dos heptasílabos más es capaz de crear poemas como estos: Junto al jazmín / han crecido alhelíes / que no he plantado: / ¿Quién puede rechazar / un regalo de nadie? Existe la contemplación del hombre frente a la Naturaleza, existe el sacro vínculo de la persona con el mundo, hay reflexión: En las paredes / de esta casa de campo / abandonada / la humedad sueña sombras / de los que aquí vivieron. No conviene desvelar en esta reseña más poemas que los citados, animo a los lectores a zambullirse en su lectura y a descubrir por sí mismos, tanto la polivalencia de Blas Muñoz Pizarro, como los múltiples registros que la poesía oriental nos ofrece.

     Un poema en verso libre y una cita de Octavio Paz, cierran una obra bien estructurada y figurativa, coherente con la voz y forma poética del autor. Si como el propio poeta reconoció durante la presentación del libro en la Sociedad General de Autores y Editores de Valencia, este trabajo fue emprendido como descanso de su obra Viva ausencia (Diputación Foral de Álava, 2010), es decir, escrito en intervalos donde el artista necesitaba salir de los corsés del canon más estricto de estructuras clásicas para oxigenarse e impulsar su creación; si es así, entonces, bendito sea ese descanso del guerrero.