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Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2016/06/sonanta-de-siervo-de-antonio-berlanga.html

 

cubierta de sonanta de siervo

Título: Sonanta de siervo

Autor: Antonio Berlanga Pino

Editorial: Seleer

Género: poesía

Año de publicación: 2016

«Varón de dolor, de Dios herido, por mí humillado es el siervo de Dios, que sin reservas, todo lo ha dado. Y viéndole sufrir llega al corazón una herida a causa de su amor».

 

Fragmento de la canción “Siervo doliente”

Hermana Inés de Jesús

 

 

En los versos que anteceden a este texto, la beata Inés de la Cruz aglutina en pocas palabras, y de forma paradójica, la poética de este libro. Canción, plegaria, hosanna, lamento, súplica. Ninguna de estas cosas y todas a un tiempo. Siervo se confiesa el poeta, siervo del amor. Libreto de lágrima y cuerda es este poemario, partitura de un solo de guitarra, una sonanta herida, que con cada arañazo provoca en el lector un singular quejío. Estos términos: sonanta, quejío; no son en vano; el estilema de Berlanga Pino se compone de valores religiosos, de carnalidad, sensibilidad, reflexión y muchas otras cosas; pero todas ellas se manifiestan estéticamente influenciadas por el folclore andaluz. Las costumbres, los paisajes, el decir; los modos del poeta se arraigan en la iconografía flamenca.

Para dimensionar la particular obra de un poeta como Antonio Berlanga Pino es preciso contextualizar referentes, ideario y geografía de un autor que con Sonanta de siervo ha compuesto su particular «diván del tamarit».

Sí, el máximo referente del autor es Federico García Lorca, —algo que no esconde— el mito granadino y todo su universo simbolista influyen decisivamente en su fondo y forma de comprender el verso, hasta el punto de convertirse en su agradecido epígono.

La serpentina andaluza junto con Atalaya de romances andaluces en una primera época y Romancero andaluz, su obra anterior, dan buena cuenta del cariz clásico, rico en imágenes y metáforas, que este bailaor de la palabra cultiva sin dejar de lado algunas cuestiones modernas.

Las cuerdas de esta Sonanta de siervo vibran en cuatro dimensiones, cuatro apartados que dividen la partitura en los movimientos: “Gacelas”, “Casidas”, “Otros poemas” y “Cuatro nombres: Elísabet, Gabriela, Elena, Soledad”.

Las gacelas[1] de Berlanga Pino comienzan con “Gacela del paciente corazón en vano” y “Gacela del amor imposible”, dos buenos ejemplos de versos pareados, endecasílabos de rima asonante. En ellos, la melancolía que más tarde cristalizará en pena, sirve de hilo conductor de la expresión amorosa: De noche, con la voz perdida en nieve, / tu lucero remoto para siempre. / Y con el día de mi pulso vano / aurora mi semilla en el ocaso.

A través del dolor —piedra de toque fundamental que pule los versos— la creación poética prioriza los escajos de belleza, de esperanza, y prima su fulgor sobre el sentimiento de culpa, la frustración o el decaimiento.

Durante los poemas que conforman el bloque de gacelas, la sensibilidad del poeta expone sus preocupaciones, casi siempre amorosas, pero también da voz  a su indignación por motivos sociales, como en “Gacela del niño sirio yaciente en la orilla”, donde de alguna forma se homenajea a aquella gacela de García Lorca —hoy tan vigente—, “Gacela del niño muerto”: Monte de olvido lo acunaba sobre el reguero / de soledad que oprime su sueño varado. / La orilla, como niebla, coronaba sus sienes / y agua a golpes de pecho lo fue depositando.

“Gacela del amor que ofrece refugio” es el poema que culmina este bloque y el bastión de alivio para el alma atormentada del yo lírico, quien de manera exacerbada vive y siente un amor que no puede completarse; pero es en este último poema donde sus tribulaciones encuentran un regazo cálido de cariño y recogimiento, no en el recibimiento de ese amor, sino en su ofrenda: Te quiero con el goce de mi llama / y no con el jardín de mi palabra. // Te quiero con el sí de mi locura / y no con el de mis luces de brújula. // Y te abrazo bañado en lirio luna, /  buscando un hueco sobre tu penumbra.

Seres incomprendidos, amargas manzanas, amores desatendidos; una amalgama de heridas del amante desconsiderado vertebra las gacelas de Berlanga Pino, su excelsa sensibilidad dota al conjunto de la magna conciencia del artista, pero también de la benevolencia y comprensión eternas del enamorado. Estas gacelas no sólo conmemoran a García Lorca, sino también a ese patrimonio inmaterial que resulta ser la cultura arábigo-andaluza, a la que tanto debemos.

Ya en el apartado de casidas[2] las composiciones muestran más a las claras su concepción hímnica: la armónica cadencia de los versos; su universalidad,  son espejos en los que mirarnos, intelecto al servicio de la emoción que aborda temas puramente emocionales, y por tanto, humanos. Si algún concepto de este libro te resulta interesante por su fondo y difícil de interpretar por su forma, de sus posibles significados, escoge la acepción más humana. La liturgia poética de Berlanga es una oda al sentimiento, así sus casidas, y antes sus gacelas, componen la cartografía de un frágil, necesitado, valiente y entregado corazón humano. Un corazón que llora a un amor que al mismo tiempo idolatra, consagrándose así en igual medida a su incierto destino.

Los dos últimos apartados del libro son letras de canciones, un misal del desamor y su dolencia física, de la devoción y lealtad desmesurada; del catártico volcán de la sensualidad, del deseo, lo que nos conduce a esa última parte formada por cuatro poemas con nombre de mujer. Aquí, el poeta, semióticamente nos introduce en su periplo más carnal, más erótico si se quiere.

El cuerpo es un punto cardinal del poemario.

Es cierto que los grandes maestros de la literatura no creen que un prólogo sea imprescindible en cualquier obra, el hecho literario es expresión pura, y por tanto, debería explicarse por sí solo. Ahí es dónde y cuándo fracasa un prólogo, en el momento en que su pretensión máxima es explicar. Lo más cercano a una explicación que el lector permite, es la sugerencia. Los libros están para hacernos pensar, imaginar, zozobrar. Este libro cumple esas expectativas y muchas otras, por dicho motivo decidí abordar este texto, no como una cátedra de análisis lingüístico, sino como una posibilidad para provocar un estímulo en el lector; un empuje a la lectura. Pero a una lectura consciente, visceral y desinhibida.

Sonanta de siervo no defraudará al lector menos avezado, su naturalidad en el lenguaje, así como la transparencia de un yo poemático sufriente en el amor, hace que empaticemos enseguida con sus estigmas y nos congraciemos en su trasiego; un itinerario en el que hacen mella los escenarios de Granada.

De casta le viene al galgo, como dicen por tierras sureñas, no por nada Berlanga Pino araña con dolor las cuerdas de su sonanta, su sinfonía involuntaria, plagada de pena y cariño, es vocación de oriundo; tela de beso amargo, abrazo poderoso.

Antonio Berlanga Pino atraviesa uno de los momentos más dulces de su carrera; no termina de promocionar un poemario y ya le espera otro en la imprenta. Sonanta de siervo es producto de su madurez literaria, y probablemente su libro más ambicioso —en el buen sentido de la palabra—, un cancionero romántico, pasional, dirigido a aquellos que prefieren amar y arriesgarse a no ser amado, a nacer y morir sin saber qué es el amor.

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Antonio Berlanga Pino

[1] «Una gacela puede ser entendida como una expresión poética que exprese el dolor de la pérdida o la separación y la belleza del amor a pesar de ese dolor. Su forma es muy antigua, originaria del Siglo VI; está considerada un verso árabe pre-islámico. Los requisitos estructurales de la gacela son similares a los del soneto petrarquista, en su uso predomina el endecasílabo. En su estilo y el contenido es un género que ha demostrado ser capaz de una extraordinaria variedad de expresión, siempre alrededor de sus temas centrales del amor y la separación. Es una de las principales formas poéticas que la civilización indo-persa-árabe ofrece al mundo islámico oriental».

[2] En su origen, la casida es usualmente un género panegírico dedicado a un rey o a un noble. Las casidas tienen, por lo tanto y originariamente, un tema único, desarrollado lógicamente al inicio y cerrado al final de la composición.

Aunque la casida clásica estaba formada por una única rima que se mantenía a lo largo de todo el poema, en su forma más extendida suele componerse de pareados, aunque en la versión persa posterior sólo hay un pareado al comienzo, mientras que a partir de ahí sólo el segundo verso de cada par rima con dicho pareado inicial y en la actualidad ha sufrido diversos cambios que le han dotado de soltura, y por ende, de una mayor vigencia.

 

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