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cubierta fotos de manicomio

Título: Fotos de manicomio

Autor: Jesús Arroyo

Editorial: Unaria Ediciones

Género: poesía

Número de páginas: 99

Año de publicación: 2015

ISBN: 978-84-943850-7-0

 

Bajo el sello castellonense Unaria Ediciones, el poeta madrileño Jesús Arroyo ha publicado Fotos de manicomio, el que supone ser su cuarto poemario, un trabajo que cuenta con ilustraciones a color de Paco Ibáñez, Pilar López Alcolea y Miguel de Unamuno Vera.

Montse Morata, Doctora en Periodismo y escritora, firma un breve prólogo titulado “El manicomio de la realidad”; un espacio liminar en el que algunas de sus certeras afirmaciones previenen al lector del terreno en el cual va a adentrarse. Algunas de sus aseveraciones son estas: «Decía Edgar Allan Poe que la ciencia todavía no nos ha enseñado si la locura es la más sublime forma de inteligencia», « […] Jesús Arroyo desciende al averno del dolor y su locura para rescatar de allí la vida» o «Es una poesía que no bebe de las modas sino de los grandes». En su espléndida aportación al poemario, Morata recurre a tres personajes de la historia literaria por su clara analogía con el submundo de Jesús Arroyo;  el licenciado Vidriera de Cervantes, la trinidad formada por las Brujas de Macbeth y  la dualidad del flâneur, o curioso paseante universal de personalidad desconocida; pocos son los consejos que alguien puede dar para afrontar este intenso cuaderno de viaje que supone Fotos de manicomio, el testimonio de un artista rodeado de sufrimiento que sin pretenderlo, revela belleza.

Considero necesario señalar que este libro fue escrito por Jesús Arroyo tras vivir una experiencia que cambió su vida. Durante el invierno de 2014, el autor se encontró con la locura como nunca antes lo había hecho; fue profesor de los internos del Módulo de Discapacidad Intelectual del Centro Penitenciario VII de Estremera (Madrid), allí comprendió muchas cosas y no comprendió otras muchas, la experiencia le marcó profundamente, hasta el punto de reconocerse en gratitud emocionada, como el verdadero alumno de aquellas personas.

Nada es habitual ni pueril en este proceso psicológico, así, el primer poema del libro lleva por título “Pala sin cordura”, tres cuartetos endecasílabos de rima consonante (ABCA) que suponen ser la única pieza del conjunto con dicha estructura; tal vez este poema sea —métricamente— el elemento discordante que rompe la armonía emulando a la enfermedad mental.

Algunos poemas parecen narrar pesadillas, escenas surrealistas no exentas de ironía y crítica, y otros se asemejan al género fantástico al relatar esa otra realidad que nadie cuenta: […] y al volver la vista / el rincón aguarda en telaraña, / decidió, a piel desnuda / y ojo terciopelo, / retirar con mimo aquellos hilos / para vestirse de artrópodo. // Se aseguró: / a ocho manos / la limosna sería una constante.

En el poema titulado “Creyéndose Balzac” los versos narran la heroica gesta de un enfermo que decidió no separarse jamás de un manojo de poemas, en su gesto y en el de sus compañeros, pervive una solemnidad enmascarada de disturbio: Lo único que quiso / fue llevarse a la tumba / los veinte poemas escritos en la sensatez de un escondite, / el olor a humedad que deja la tinta en las paredes / y una mirada de amor que jamás sacó de sus pupilas. // El pabellón, en fila y cuerdo de demencia, / asistió a cada uno de sus veinte funerales.

Emocionado al narrar la vida en un escenario tan estremecedor, la gramática se vuelve quebradiza y por cada grieta se filtra la poesía; no es de extrañar que para tal empresa el autor utilice sendas citas de Leopoldo María Panero o Friedrich Nietzsche, poetas del ensayo o ensayistas de la poesía que vivieron su particular relación con la locura. Aunque a decir verdad, la cita que más impresiona es la de Thomas Szasz, uno de los referentes de la antipsiquiatría, quien afirmó en su día: «Si tú hablas a Dios, estás rezando; si Dios te habla a ti, tienes esquizofrenia».

Como obedeciendo a los postulados de Szasz, los maestros de Arroyo no escatiman en lecciones y día tras día siguen expresando sus mensajes a través de su —para nosotros— nuevo lenguaje metafórico: Me lo dijo hace decenas de horas, / miles de lustros… / No supe ver la muerte en su mirada, / el final de un ciclo llamado esperanza. // Fue la rosa plantada en un jardín de hielo, / la guadaña clavada en verde prado, / la paloma invadiendo mi buhardilla.

Las ilustraciones que acompañan a los poemas no hacen más que inquietar más todavía al lector: formas humanas deformadas, doloridas, tristes; la brevedad de los poemas hace que, de un momento a otro, la situación sea distinta; su blancura vibra con la asepsia. El discurso de Jesús Arroyo es un doloroso testimonio cuya máxima pretensión es ser justo con esos desheredados que describe; su conciencia, contrariada por lo que supuso un azote a su sensibilidad, no duda en mostrar la crueldad, el caos o el rencor si es preciso, su poética no se adscribe a nada, sobrevive y se hace fuerte en su protección a la verdad: A ti, educador de púber, / más diablo que Marista / en proclama de iglesia que no sientes / creyente y dueño del sermón / que nunca llevarás a confesiones. […] A ti, masturbador entre lavabos / a cambio del notable despiadado / y clases de guitarra en dormitorio. […] A ti, que escondes en despachos / o en negro país misericordia… / no te veré morir como mereces, / ese es castigo que me toca.

Traumático y magnético relato a partes iguales. Jesús Arroyo, misionero en el infierno, nos invita a compartir su fantasmagórica vivencia, su estancia en ese purgatorio de los vivos es una exploración de la mente humana que trasciende en emociones y reflexiones a cualquier otra lectura común. Quizá la poesía sea el lenguaje más propicio para encarnar el torrencial discurso de esa otra consciencia que nos aguarda tras el fino dique de la cordura. En cualquier caso, estos retratos de manicomio son necesarios en una sociedad en la que locuras menos sanas son constituidas como negocio.

JESUS ARROYO

Jesús Arroyo

 

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