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Contemplación

Muchas cosas se agolpan en mi mente para tratar de responder a la pregunta que titula este artículo. Un “sí” rotundo, como acto reflejo, aconseja mi sentido común, guiado por la probabilidad. Y es que, en esto de escribir haikus, y ser haijín, —dos cosas entre las que existe una diferencia notoria— a cada cual lo suyo.

No por escribir un haiku, ni siquiera un buen haiku, somos haijines. Como no por escribir un libro somos escritores. Aquí, en la sociedad occidental, otorgamos o arrebatamos, con suma ligereza, su valor a las cosas. No necesito menospreciar a aquel que escribe por divertimento, ni endiosar al que lo hace por necesidad, repito, a cada cual lo suyo. Pero hay algo imprudente en autoproclamarse haijín, como, a mi entender, en autoproclamarse poeta. No debemos otorgar títulos sólo por afinidad. En cuanto a poesía se refiere, sea de la naturaleza que sea, el tribunal que juzgará nuestra tesis es el buen lector, pero sobre todo, el tiempo.

Por tanto, de entrada, quizá el haiku verdadero sea una utopía, incluso, para el haijín japonés. Este aserto me sirve para señalar la importancia de ese memento mori en la vida del haijín verdadero, o persona espiritual que ha entregado su vida a la poesía; esos instantes finales de la vida y previos a la muerte, donde el individuo es consciente de su partida y cree que debe exhalar sus últimos versos. Ese es el momento de un jisei no ku, jisei o poema de despedida o de muerte. Mascullar en la agonía, en el último paseo, entre el último estertor, los versos que cerrarán y consagrarán una vida, es una aspiración solo propia de quien, en verdad, la merece. Por tanto, podríamos decir, que definitivamente sabremos a ciencia cierta lo que somos, antes de morir. El germen más atávico de ciertas creencias y costumbres, impone al profano, distancias insalvables.

Fue Benedetti quien decía haberse especializado, a lo largo de su vida, en defraudar expectativas. Marzal nos dijo que todas sus certidumbres volvieron a  conducirle a sus incertidumbres. Y es que uno de los factores por los que llamamos «tiempos líquidos» a la voluble actualidad, es porque el conocimiento es y debe ser, cuanto más líquido, mejor: Bauman dixit.

Hay dos factores que irremediablemente entran en juego a la hora de abordar el haiku: la realidad y la palabra.  Quiero dejar muy claras un par de cosas con referencia a estos dos factores. No hay que tomar la realidad, única y exclusivamente como: «esa categoría filosófica que designa y define la realidad objetiva, cuyo único rasgo es el de existir fuera e independientemente de la conciencia» (A. I. Búrov, La esencia estética del arte, 1956). Como tampoco hay que entender la palabra como: «la mínima unidad lingüística independiente» (J. Kramsky, The world as a linguistic unit, 1969). Toda acepción férrea e inamovible hemos de situarla en un contexto en el que toda interpretación probable de la misma sea posible.

No obstante, la premisa inicial plantea la tesitura de abordar la esencialidad del haiku —para el no japonés— tratando de discernir parámetros que lo orienten en su construcción, —y ahí viene una de sus principales contradicciones— el haiku no debe construirse, debe suceder. En el mismo momento en que pretendemos escribir un haiku sobre algo que no hemos experimentado en primera persona, estamos incurriendo en un grave error. Otra de las contradicciones que encierra la pregunta principal, es la imposibilidad de constituir un canon o decálogo sobre el haiku, puesto que es poesía pura, así que veremos nuestras esperanzas reducidas a pistas imprecisas que dibujarán fronteras difusas, señales que seguramente no nos bastarán para adquirir confianza; de ahí su complejidad.

Cuando digo «poesía pura» no me refiero a una estética literaria que nació dentro de la poética de entreguerras y fue concebida para contrarrestar el decadentismo que parecía pretender inculcar un incipiente Romanticismo, sino a una expresión entendida como una poética del Simbolismo que se opone diametralmente  a la retórica y busca la esencialidad de la palabra.

El haiku, como buen exponente de poesía pura,  invita a purificar la palabra de todo asomo didascálico, oratorio o cercano a fines políticos o morales, para reconducirla a su originaria esencialidad expresiva. En el haiku verdadero, —tal como hemos señalado anteriormente— la palabra abandona su horma rígida y alcanza el apogeo de su máxima liquidez y significación. El conjunto de signos que forma el lenguaje, tomado aquí como un medio de codificación-decodificación sensorial, revela su verdadero poder polisémico y connotativo en manos de un haijín; a lo que cabría añadir todo tipo de correlaciones intuitivas posibles.

A esa profundidad de campo, tanto en la escritura como en la lectura de estos versos japoneses, influyen varios factores y son ellos mismos los que limitan y casi imposibilitan su completa traslación. Por una parte, la hermética cultura japonesa, milenaria, casi una religión para quienes la profesaban, se abrió al mundo cuando Japón fue obligado a hacer contacto con Occidente, en 1853. Muy pronto, Europa y el mundo en general se deslumbraron por la infinidad y riqueza de obras que demostró poseer la cultura japonesa. Y en la formación de la imagen que Occidente se hacía de Japón, las formas y los estilos que en ese momento predominaban se vieron en una posición privilegiada respecto a otros de menor vigencia. La figura clave en cuanto a la occidentalización del haiku se refiere, fue la del mexicano José Juan Tablada, quien  aprendió el idioma y costumbres japoneses y se acercó como nadie a una, más que digna, forma extranjera del haiku. En pintura, el estilo ukiyoé se conoció más pronto que, por ejemplo, las aguadas de Sesshu. En teatro, el Kabuki se apoderó del público antes que el Nõ. Y así, una tras otra, todas las disciplinas artísticas y patrimonio cultural niponas fueron deslumbrando al resto del mundo, a la vez que evidenciando su natural genuinidad.

josé juan tablada

José Juan Tablada

El taiko, por ejemplo, refiriéndome a ese espectáculo de percusión en que el instrumento musical también nombra al mismo, es uno de los más viejos estilos musicales de corte que todavía se tocan en el mundo; existen taikos o tambores fabricados con madera de árboles milenarios, inafinables, algunos son tan enormes y pesados que no pueden trasladarse y residen permanentemente en lugares públicos, como por ejemplo, templos. Ningún corazón, y menos los sensibles, está preparado para soportar la carga de emoción de una buena sesión de odaiko; ocurre algo parecido a ese duende que posee el cantaor flamenco, un estado emocional o estadio intelectual, innato o aprehendido, que no puede explicarse.

exhibición de odaiko

Exhibición de Odaiko

Podemos conocer la cultura y costumbres de un lugar, su idioma, su historia, podemos “saber”, pero ¿podemos ser?

Abordemos ahora, que ya ha sido citada, la cuestión de la lengua. Ese conocimiento tácito del que nos hablaba Chomsky, el saber que recibimos por defecto al nacer; en el idioma japonés se desglosa en cuatro alfabetos. Hiragana es el más básico y antiguo, katakana engloba las palabras provenientes de idiomas extranjeros, kanji es concebido para expresar ideas y romaji es el alfabeto occidental, usado para representar nombres y números.

Esta concepción lingüística difiere completamente, por ejemplo, del sistema empleado en las lenguas romances. Para ir añadiendo rasgos disímiles, también es importante destacar que la escritura tradicional japonesa se escribe en sentido vertical y de derecha a izquierda sobre la página. Su escritura es continua, es decir, no diferencia entre una palabra y otra, ni entre femenino o masculino, singular o plural. Su sistema es silábico y las sílabas van emparejadas de dos en dos. Todas estas condiciones hacen indispensable la diversidad de alfabetos, ya que cada uno de ellos precisa un rasgo u otro de aquello que se quiere transmitir. Por separado, un defecto de estos alfabetos es su homofonía, pero combinados, convierten al idioma japonés en el paradigma que lo hace único.

caligrafía japonesa

Escritura japonesa

Si todas estas salvedades complican sobremanera al forastero que quiera ahormar sus pensamientos a su lengua, a ello debemos añadir el hecho de que algunas palabras japonesas —literalmente— no tienen traducción al español. Tal es el caso de palabras como: yūgen o kintsugi, las cuales, bajo el criterio del haijín y traductor español Félix Arce, significan «la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles» y «conocimiento del universo que evoca sentimientos y emociones profundos y misteriosos» respectivamente.

Enfrentarnos al hecho de encontrar palabras intraducibles o traducibles, pero a través de una larguísima frase, hace casi imposible equiparar la escritura del haiku verdadero en un idioma que no sea el japonés, ya que uno de los requisitos indispensables es la brevedad.

Tras conocer algunas de las barreras lingüísticas más reconocibles, otro surco cortafuego podría considerarse el saijiki, o como denominan a un listado (enorme) de palabras kigo en Japón, o lo que es lo mismo, —y aquí se concreta lo que antes hemos denominado «correlaciones intuitivas»— palabras que referencian a las cuatro estaciones del año. Recordemos que referirse a alguna estación es uno de los rasgos más reconocibles del haiku “de lo sagrado”, género más practicado en la actualidad. No es preciso señalar que en el idioma español carecemos de saijiki.

Por todas estas circunstancias y muchas otras, estoy más cercano a afirmar con incierta rotundidad, que la escritura del haiku verdadero es una utopía para el haijín occidental. Sin ánimo de resultar desalentador para nadie, considero que la brillantez menos discutible, conseguida por un haiku escrito por occidentales, jamás rebasará su condición de versión o aproximación del verdadero haiku, y eso es algo reconocible a través del tiempo y la experiencia.

 

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