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“No es que le tema a la muerte,

 sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda”.

Woody Allen

 

El encanto de la muerte

Morir, cima y cumbre de todo ser vivo; desenlace anunciado, epílogo, epitafio, cadalso y verdugo, morir es un acto de perfección de la naturaleza, un réquiem paulatino, imprevisto, esperado, momento en que las espirales de vida, ya ocurrida, comienzan un giro inverso e invisible. Qué mejor que tomarse la muerte con ironía, con sarcasmo, como hace  en la cita que abre este artículo el genio de Brooklyn. Hay quien dice que el sentido del humor es una de las mejores armas de las que dispone un ser humano para afrontar la vida, una vida que —probablemente— perdería todo su encanto si no fuese por ese temor a perderla, llamado: muerte.

La muerte es una larva oscura concebida en nuestro interior en el momento de nuestro nacimiento, un gusano que nos acompaña, silencioso, latente, que como una venganza aguarda su panspermia. Ese nuche duerme durante el sueño que dura una vida, minutos, horas, años, décadas, y puede eclosionar de mil maneras, su despertar es un impacto ungido por el caos y la armonía. Así pues, como acto de sensatez y ambivalencia, la muerte corona a cada cual de la hermosura que merece, hay quien no se corrompe tras su visita y hasta persiste en ellos un olor a rosas. La parca está tan ligada a la vida como la verdad a la mentira, son extremos de un mismo fundamento, y el anunciado rol de su actuación postrera nos estimula a rellenar páginas de filosofía, arte, emoción y sentimiento. Incluso quien tiene la maldición de morir trágica e injustamente, pervive redimido y rebautizado en gloria en la memoria de los vivos. La muerte es siempre justa, aunque no la comprendamos. Sé que aseverar esta cuestión puede hacer encolerizar a los llenos de dolor, pero la actitud y la intuición del que suscribe estas palabras ante la encrucijada del desconocimiento siempre se asienta en el optimismo.

La hora de morir

«Muere a tiempo» decía Friedrich Nietzsche, como buscando justificar ese desaparecimiento, invocando a los indecisos a una última reflexión premortem que quizá absolviera los errores de una vida. Si buscamos un sentido a nuestra existencia, ¿por qué no vamos a hacer lo mismo con nuestra ausencia? El tránsito de un alma atribulada, todas sus cargas, todo su equipaje sutil y físico vuelve a colapsarse en un nuevo punto cero, el momento exacto en que la materia corusca y se revela luz.

Morir a tiempo es una cuestión de valentía, de utilidad, valentía; para no esperar la muerte, sino ir a su encuentro, y utilidad; para cerrar los círculos abiertos al tiempo que podemos ayudar a alguien. Llegados al siglo veintiuno sigue siendo la muerte casi lo único que sabemos que nos ocurrirá con toda certeza, estamos señalados por ella, no hay treta para despistarla, ni burladero donde esconderse, tarde o temprano llega y de la mano nos conduce a ese país del que nadie ha regresado, o sí, pero no conocemos el relato de tal viaje.

En la cultura nipona, los maestros haijines desean morir con un haiku en los labios, (jisei), para ellos no hay nada tan enriquecedor y pleno como morir con la sonoridad poética de esos tres versos capaces de sintetizar una vida, y es que, para muchas personas que viven la vida de un modo más espiritual, el mejor testamento no es siempre el material.

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La inmortalidad

Son abundantes las historias fantásticas en las que el hombre vence a la muerte o la burla, el ser humano ansía y persigue la inmortalidad, sin embargo hace muy poco para merecerla. Dioses como Tánatos, zombis, vampiros, letanías de héroes capaces de combatirla, pero el cuarto jinete del apocalipsis, ese díscolo barquero, camina con pies terrenales y sobrevive a todos ellos de forma tan irremediable como necesaria.

Si la muerte natural no existiese viviríamos en un mundo superpoblado, como relató Arthur C. Clarke en la novela 2001: Una odisea espacial, tal es la cantidad en que los muertos superan en número a los vivos, que si tuviésemos la oportunidad de comprobarlo, seguramente, la vida tal y como la conocemos sería imposible.

Quizá la vida, como antesala de la muerte, sea nuestra preparación para ella, quizá nuestras vidas —a las que creemos tan importantes— sean la iniciación a ese estado desconocido del alma humana, un proceso por el cual nuestra conciencia, abandona la carne y adquiere toda la dramática concepción de su existencia.

En los años ochenta, científicos descubrieron la “Telomerasa”, enzima del envejecimiento, algo que acercaba, más todavía, las pretensiones de los seres humanos por aferrarse a la vida, a la eterna juventud, aunque fuese a través de la ciencia; mientras al mismo tiempo, el debate de la eutanasia inundaba los medios de comunicación. El derecho a vivir, el derecho a morir, casi el mismo escenario que la cuestión del aborto plantea en algunas sociedades. Resulta gracioso que nosotros dirimamos esa cuestión en términos de “derecho” y no celebremos, tanto el milagro de aparecer a la vida, con o sin premeditación, como el hecho de despedirnos de ella —con una de las mejores maneras posibles— premeditadamente, como el verdadero e inexplicable milagro de la naturaleza, dejando todos los cabos atados, despidiéndose de todo el mundo, agradeciendo a cada cual por lo ofrecido.

Como urbanitas —la gran mayoría— y ciudadanos del Siglo XXI que somos, todavía tenemos muchos prejuicios y tabúes, barreras invisibles que debemos derribar para alcanzar la objetividad y universalidad plenas, ya que, como decía John Lennon, hay pudor para hacer el amor en la calle, y sin embargo la violencia se práctica a ojos de todos sin ningún rubor.

La Muerte como personaje

Es innegable el extraño magnetismo que la Muerte ejerce sobre el ser humano, desde tiempos inmemoriales, artistas de todas las latitudes del planeta se han sentido atraídos por su misterio, algo que en ocasiones nos ha llevado a contemplar todo el dramatismo y simbolismo contenido en ella, el hecho de morir, personificado —casi siempre— en ese individuo encapuchado que porta una guadaña. Esa legacía oscura que respira su primer aliento cuando nosotros exhalamos el último, sigue siendo un territorio virgen para nuestro conocimiento, tanto como los fondos oceánicos, los agujeros negros o el funcionamiento de nuestro propio cerebro. La Muerte nos ofrece su mensaje seminal justo en el momento en que ya no somos o no tenemos conciencia de ello, quizá porque la vida sería un verdadero desastre conociendo sus entresijos. El caso es que, desde cineastas a pintores, músicos o poetas, todos han tenido a la Muerte como uno de sus sacros bloques temáticos, quizá tan sacro como el Amor o el Tiempo, y eso demuestra que, sin duda, tras siglos y siglos de existencia, la Muerte sigue siendo una de nuestras grandes preocupaciones.

Cesare Pavese, ese desdichado y genial escritor italiano que encontró la muerte en un hotel de Turín, exclamaba en uno de sus versos inmortales: «Vendrá la Muerte y tendrá tus ojos». Sin duda, una idea romántica para personificar al mayor asesino de todos los tiempos.

El genial director de cine y dramaturgo Ingmar Bergman dirigió la película El Séptimo Sello en el año 1957, en ella, el personaje encarnado por el actor Max Von Sydow se encuentra con un personaje misterioso, de rostro pálido y ropas negras, que dice ser la Muerte, y le propone jugar una partida de ajedrez durante la que el personaje revela su búsqueda de Dios, al mismo tiempo que la Muerte —aunque la partida sea un mero trámite— certifica durante la misma toda su inexorabilidad.

El gran poeta maldito Baudelaire dedica a la Muerte un bloque de poemas en sus malsanas Flores del Mal. El personaje de Clarimonde en el genial relato de Théophile Gautier, La muerta enamorada, es un claro ejemplo de la grandeza y misticismo que la Muerte supone para nuestra comprensión; en pocas ocasiones la literatura de corta extensión nos ha ofrecido joyas incontestables sobre la Muerte y sus exquisitos dones, como en Carmilla de Sheridan Le Fanu o La Pata de Mono de W.W.Jacobs, historias que tras décadas de haber sido escritas siguen siendo insuperables.

Quizá la Muerte represente, de nuestros héroes o antihéroes, el menos inspirado. Nuestro afán por trascender y nominar un mundo inescrutado —y tal vez inexistente— nos avergüenza ante el espejo de una patética prosopopeya.

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Mitología

En la mitología romana, la Muerte era la hija del Sueño y la Noche y además se la conocía como la más implacable de todas las divinidades. Azrael, arcángel de Dios, asociado a lo oscuro y tenebroso, también era conocido como «ángel de la muerte», Abou-Jaría llamado por los musulmanes. Hades, hijo del dios Cronos y de la diosa Rea, tenía como hermanos a Poseidón, Hera, Zeus, Hestia y Deméter, Hades reina sobre los muertos con carácter despiadado y bajo los símbolos del narciso y del ciprés.

Macaria, hija de Hades, personificación de la muerte bienaventurada, contraparte piadosa del dios Tánatos. Anubis, dios egipcio de la muerte, representado como un perro que acompaña a Isis, aunque en la mayoría de sus representaciones aparece como un hombre con cabeza de chacal sosteniendo un cetro. Mictlantecuhtli, cuyo nombre significa “Señor de Mictlan”, era para los aztecas el principal dios de los muertos y el soberano de Mictlan, la zona más baja de las nueve que conformaban el inframundo azteca.

La muerte es el fantasma eterno que aterra a los vivos, hermana del misterio, representa nuestro temor más visceral, sobre ella hemos creado alabanzas, leyendas, mitologías, cuentos, historias todas ellas impregnadas de un encanto fascinante, aunque inspire terror, ella también es la gran respuesta, quizá la conductora de nuestra alma a ese más allá tantas veces hollado en la literatura, la llave que resuelve el último misterio de la carne. La hemos idolatrado en ritos, su huella está presente en todas las culturas, templos funerarios, sacrificios, y su poder irreversible, después de los milenios, sigue inspirándonos poesía y miedo, un temor carnificado en un encapuchado icónico. Probablemente no sepamos qué hay después de la vida, quizá no debamos o no necesitemos saberlo, pero lo verdaderamente lamentable es que algunos todavía ignoran —como dijo Eduard Punset— que hay vida antes de la muerte.

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