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Interstellar es la última película del cineasta londinense Christopher Nolan, y una de las cintas más esperadas del año. Nolan, considerado por público y crítica como uno de los directores más creativo de los últimos años, hace gala de su pulso narrativo y amplitud de miras en un film en el que consigue entretener al espectador, al mismo tiempo que lo hace reflexionar.

La historia

En la década pasada, el astrofísico Kip Thorne escribió la idea “científica” de la trama de Interstellar, una narración que interesó –nada más y nada menos– que a Steven Spielberg. Thorne, quien ya colaboró junto a su esposa, la productora Lynda Obst, en la película Contact (Robert Zemeckis, 1997), expone en su idea original un hipotético futuro para la raza humana, donde la escasez de recursos, unida a la superpoblación, hacen de la Tierra un lugar inhabitable y condenado a desaparecer. Con tal panorama, la NASA urde en secreto el proyecto “Lázaro”, con el que pretende encontrar lugares habitables en el Universo más allá de nuestra galaxia. Aparentemente, la idea no encierra nada revolucionario o novedoso; el famoso científico Stephen Hawking ya predijo tal colapso de la humanidad por lo insostenible de nuestro comportamiento como sociedad “civilizada”. Y sin ir más lejos, otro famoso cineasta que ha abordado la ciencia ficción con éxito, James Cameron, en su primer trabajo cinematográfico Xenogénesis (James Cameron y Randall Frakes, 1978), cuenta la historia de una pareja de seres humanos, los últimos seres con vida, que huyendo de un malvado robot que pretende destruirlos, buscan un lugar en el Universo donde volver a florecer la Humanidad. Sin embargo, aunque Nolan sustente las premisas principales de su obra en ideas ya escuchadas, su discurso es nuevo.

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En el año 2006, el proyecto de Thorne pasó a manos de Jonathan Nolan, quien además de ser hermano de Christopher Nolan, estudió relatividad durante cuatro años en el California Institute of Technology. Durante cuatro años trabajó el guión, después de eso, Christopher tomó el cuaderno y reescribió algunos pasajes, conservó intacto el principio de la película y potenció la faceta sentimental de los personajes; tenía claro que la historia, en lugar de extremadamente técnica, debía ser cercana para el espectador, es decir, muy emocional.

Diseño de lo atemporal

Una de las obsesiones de Nolan en esta cinta es ser lo más realista posible “científicamente” hablando, cosa que consigue. Para ello ha contado, además del citado Thorne (experto en relatividad), con expertos de la NASA. Thorne facilitó información de primera mano acerca del comportamiento de la energía que yace alrededor de un agujero negro, (recordemos que un agujero negro es invisible y solo podemos advertirlo mediante los efectos que produce en la materia que lo rodea) sus datos fueron renderizados por el equipo técnico de la película y así obtuvieron a Gargantúa, la representación del agujero negro más real jamás visto en una película.

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Lo mismo ocurre con el agujero de gusano, una esfera –como elaborada con espejos– que refleja el universo circundante. La puesta en escena, sin embargo, no incide en lo futurista de los trajes espaciales, ni de la fisonomía de los robots o la arquitectura de las naves; los trajes de los astronautas parecen antiguos, los robots (T.A.R.S) son un homenaje velado a La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977) por su sentido del humor, como también un guiño a 2001: Una odisea espacial (Stanley Kubrick, 1968) debido a su “aparente” monolítica morfología. A muchos les parece imposible hablar de Interstellar sin mencionar a Kubrick, algo inapropiado a mi entender, ya que a pesar de ser dos historias espaciales que convergen en cosas como contener viajes en el tiempo e introducir filosofía y metafísica en sus guiones, ambas están rodadas con lenguajes cinematográficos diferentes.

La impresionante nave nodriza denominada Endurance, parece estar inspirada en la estructura de los molinos americanos multipala, pero a su vez alude –debido a sus doce estancias unidas en forma circular con un segmento recto en su centro– ni más ni menos que a la esfera del reloj que Cooper (McConaughey) regala a su hija antes de partir; reloj que se convierte en uno de los elementos más importantes de la película.

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Mención aparte tiene la representación en cinco dimensiones (el tiempo como lugar físico) del espacio-tiempo aparecido en la parte final. Nolan, mediante un poliédrico y multifilar escenario de supercuerdas, lleva a cabo una composición de campo impactante y poética para tratar de representar lo irrepresentable. Podrán tachar a Nolan de sobreexpositivo, de grandilocuente o pretencioso, pero siempre demuestra un gran valor como creador a la hora de arriesgar en sus propuestas visuales, valor que además de redimirle de sus posibles excesos, va creciendo exponencialmente en una filmografía más que destacable que ya va por su novena obra.

Técnica y mensaje

Que el ímpetu narrativo de Nolan, en ocasiones, puede exigir demasiada atención del espectador, es algo que conocemos bien aquellos que seguimos su obra, pero ese rasgo característico como autor se multiplica en Interstellar merced a sus constantes paradojas temporales, explicaciones científicas y un elaborado montaje que puede llegar a entrelazar dos o tres escenas ocurridas simultáneamente en lugares diferentes. Cuando los personajes hablan de ecuaciones, de singularidades desnudas, de teorías científicas, el espectador menos avezado en ciencia puede alejarse por momentos de la historia, pero rápidamente vuelve a involucrarse en el guión debido a dos de sus acertados planteamientos: su belleza visual y su emotividad.

Los giros que va experimentando la trama están más que justificados, y como siempre, Nolan sugiere preguntas que no tienen respuesta, o tienen varias; su ilustrada imaginación de demiurgo va abriendo caminos de los que de cada uno podría emanar una epopeya. Y es que Nolan, a diferencia de Kubrick o Tarkovski, introduce reflexión, poesía y metafísica en sus películas, pero en ningún momento pretende renunciar a la acción.

A lo largo de la película los personajes hablan de alguna entidad desconocida que influye sobre ellos y controla la gravedad. La gravedad, sin duda, se convierte en una de las piezas clave del rompecabezas, gravedad que en términos reales es una de las mayores fuerzas de la naturaleza que conocemos, como también una de las más misteriosas.

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Pero si hay algo por lo que merece la pena ver y recomendar esta película, es por su mensaje. Más allá de proponer un futuro distópico en el que la humanidad sobrevive azotada por las fuerzas naturales y la escasez de recursos de la Tierra, somos testigos del imparable afán de saber y superación del ser humano como especie, afán que lo lleva a gozar -cada vez más rápido- de una tecnología cercana a la ficción. Por más adversidades  que encontremos en nuestro camino pensamos que siempre hay una salida y nos sobra predisposición para luchar por ella. El miedo y la supervivencia, se convierten entonces en nuestra mayor fuente de inspiración, como bien dice el personaje encarnado por Matt Damon. Y yendo más allá en las teorías que la película propone, Nolan afirma que el amor es lo único que trasciende todas las dimensiones. El amor como motor, como llave maestra y como fin podría ser lo único que sobreviviese de nosotros cuando alcancemos a ser entidades incorpóreas.

Sombras y luces

Si tuviese que mencionar algunas cosas mejorables de la película, empezaría por introducir unos títulos de crédito -al comienzo de la película- de arte y ensayo a la manera de Saul Bass. La escena en que Cooper recuerda un accidente aéreo del pasado es bastante pobre visualmente. No enfatizar ciertas escenas con una ralentización del cambio de plano me parece un craso error, me hubiese gustado ver planos más largos. También me extrañó no ver más envejecido el personaje de Michael Caine en la parte final. Resulta chocante y contradictorio, puesto que la película en conjunto es muy emotiva, que el personaje protagonista no derrame ni una lágrima en una de las secuencias finales ocurrida en un hospital. En general, es en la última parte donde encuentro ciertas irregularidades de guión, quizá por los anacronismos mostrados y sugeridos, pero en ningún caso empañan el resultado final de la obra.

Y entre los innumerables aciertos del film destacaré los siguientes: la impecable actuación del elenco actoral en su conjunto, plagado de actores de reconocido prestigio como Matt Damon, Jessica Chastain, Anne Hathaway, Michael Caine, Matthew McConaughey, la mayoría de ellos oscarizados.

Hans Zimmer compone una partitura inusual en su trayectoria, quizá por lo servil al argumento, no excede ni rebasa en ningún momento los acontecimientos y permanece asida a las emociones y la acción en el plano menos explotado de su genio operístico. Calificaría a su banda sonora con el mismo notable alto que a la película, un ejercicio de adecuación que enriquece sin ninguna duda las imágenes.

Cuando se ruedan 168 minutos de metraje y el espectador no se aburre, significa que hay muchas cosas que se han hecho bien. La ausencia de sonido en el espacio -únicamente ocupada por la música en ocasiones- es otro de los aciertos, aunque muchos vean en ello un préstamo de Kubrick o Cuarón.

La fotografía, el montaje, los efectos visuales, el ya citado realismo científico. Son muchos los baluartes de este ensayo del espacio en la edad moderna; quizá en su argumento residan teorías que en un futuro dejarán de serlo, y eso sin duda es uno de los principales valores de la buena ciencia ficción.

Para cerrar este comentario, expongo los versos de Dylan Thomas que declama el personaje encarnado por Michael Caine en una de las escenas más bellas de la película:

«No entres dócilmente en esa noche quieta.

La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;

Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,

porque sus palabras no ensartaron relámpagos

no entran dócilmente en esa noche quieta…».

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