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Título: Cordura

Autor: Antonio Martínez Sarrión

Género: Poesía

Editorial: Tusquets

Número de páginas: 100

Año de publicación: 1999

Perteneciente a la colección Nuevos textos sagrados de la editorial Tusquets, Antonio Martínez Sarrión firma Cordura, (Marginales 177). Un libro culminado en la madurez de los sesenta años de su autor que ha visto la luz cuatro años después de su última publicación poética, Candil, (Comares, 1995) y tras haber publicado dos volúmenes de sus memorias.

Brillante traductor y dilatado ensayista, además de poeta, Martínez Sarrión codirigió, con Jesús Munárriz y José Esteban, La Ilustración Poética Española e Iberoamericana, revista de poesía de la que aparecieron doce números. Dentro de la compartida inquietud antirrealista de los novísimos, grupo al que el poeta pertenece, Martínez Sarrión siempre ha destacado por su rebeldía sesentayochista,  una forma de ver y entender la poesía que le hizo acercarse al irracionalismo fruto de su admiración por la poesía beat y lo llevó a asumir muy pronto muchas de las referencias culturalistas, irracionalistas, surrealistas y míticas que sus compañeros de camino adoptarían —en mayor o menor medida y unas más que otras— con posterioridad. En su poesía se mezcla todo en un mismo poema: la cita del poeta, una conversación, una digresión, un recuerdo, una canción de jazz, todo ello, no siempre en una magnífica ilación que consigue realizar por medio de la ruptura de las formas sintácticas, ya que ese componente irracional, abstracto y libre, en ocasiones, y no siempre al lector menos avezado, le hace dar pinceladas fuera del propio cuadro.

Una cita de Joseph Conrad, de lo más acertada, abre este poemario instilando pesimismo y realismo en igual medida, sensaciones que nos llevan al desasosiego de no esperar nada más de la vida, mas que un conocimiento propio, tardío, y un gran elenco de remordimientos. Es preciso llegar al sexto poema del libro “sobre el hacer y perduración de los poetas” para hallar una conjugación mejor equilibrada entre los tecnicismos impostados y la sinceridad de un mensaje que el talento del poeta debe mostrar como natural. Hasta llegar a este poema, encontramos trámites de impostas que insinúan frutos que no germinan, aquí, es claro el ataque a los compañeros de su propia estirpe, y llama hipócritas a la casta lírica por no comportarse como predican, razonamiento al que suscribo con vehemencia, no sin preguntarme por qué irá dedicado tal poema a Carmen Martín Gaite.

Seguidamente nos adentramos en “artesanía y calor”, una propuesta un tanto satírica que intenta desmitificar el arte de versar, añadiendo que no sólo es necesaria la emoción y el ritmo a la hora de componer poemas, sino que debemos añadir el pensamiento indisolublemente para que la obra fragüe en el interior del hipotético horno de la creación. Filosofía y verso en estado puro que demuestran estos versos: Que en este arte del verso / la primacía de la emoción es norma, siendo el entendimiento un añadido / bueno para que ingrese el vate en Academia.

En “metamorfosis de lo cómico” encontramos un poema de trece versos que bien se hubiera podido resumir en sus dos últimos renglones: La juventud pasto es de la vejez, / la vejez adecuado pasto de la muerte. A veces, a los autores nos es complicado discernir en qué momento es preciso sacrificar la retórica a favor del argumento, una delgada línea que en ocasiones —como esta—, no sabemos gestionar.

“Dos tipos, entre otros, de elocución poética” es un poema que comienza con una cita de Lu-Chi que dice así: «Para deleitar la vista, bien están los ricos ornamentos / pero debe forjarse exactitud / que atraiga al corazón como verídica». Consciente del grado de farándula y mentira que encierra el universo de los artistas, el poeta reflexiona metapoéticamente acerca de ese grado de fingimiento como también de causalidad irremediable en aquel que padece la poesía como vocación. En este poema, Sarrión huye de cualquier etiqueta que pueda acercarle al grupo de encumbrados poetas florales como Lorca o Baena y en un ejercicio de sinceridad confiesa hallarse en el gueto del treno y la blasfemia.

En “fondos de río” el poeta sueña con las frustraciones ancladas en el olvido y abraza su miseria humana en la hermosa metáfora del río agridulce.

En la página 39 titula: “haikú y dos variantes” a una especie de “voy a probar a ver qué sale”, en mi opinión, desafortunado, que redunda en la imagen de tres figuras en la noche: luciérnagas, cañas de pescar o pescadores como bultos, motivos —aquí estériles— que se entremezclan una y otra vez cambiando su orden conformando un “ejercicio” que nada tiene que ver con el haiku japonés y no alcanza mayor trascendencia.

Seguidamente encontramos, probablemente, el “poema” por llamarlo de alguna manera, más banal del libro: “Y una paráfrasis lamentable que pudiera titularse «de la imprescindible adecuación fondo-forma»”. Toda una enjundia ominosa, un feísmo que no merece figurar en una colección de tal prestigio. Para una mejor comprensión de lo que estoy diciendo, suscribo el “poema” completo: “Rapé. Estornudo. Y un moco descarado y coloidal / que baja y sube”.

Por un lado, el conjunto del libro goza de la impronta léxica y temática de Antonio, culturalista, transgresora e inconformista, miembro de los novísimos y formulador, a veces con descaro, de un planteamiento vulgar pretendido, para de alguna manera representar el incómodo sentir y pensar del hombre de nuestros días, y por otro lado adolece de una brevedad y frialdad contemporáneas que en mi opinión no consigue ahondar en aquel lector que busque algo más que enunciaciones. Como destacables del conjunto, citaría los poemas: “meditación ante la fotografía de un ángulo del estudio de Paul Cézanne” y “Henry James tiene frase” en los que no se muestra tan a las claras su concepción de ejercicio literario.

En el prólogo a uno de sus libros, El centro inaccesible, el poeta Jenaro Talens escribía, —a propósito de la técnica de su quehacer poético, rasgos siempre comparados con los del surrealismo, aunque distintos de aquel—: «la acumulación de imágenes, aparentemente inconexa, proviene de la voluntad (…) de expresar el caos tal y como se vive. No hay, por tanto, trabajo sobre “asociaciones libres”, sino disgregación consciente de asociaciones lógicas, […]».

Por más que sea “consciente” esa disgregación de formas, Martínez Sarrión es capaz de lo mejor y lo peor en un mismo libro, ¿virtud? ¿Defecto? Lo cierto es que debido a esos tijeretazos, tras los que se espera un acercamiento a la sorpresa o a la explicación como lector, resulta fácil que el lector se aleje del poema y no consiga ser el lector que sus versos necesitan.

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