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Con motivo de la reciente publicación de De la luz al olvido (Vitruvio, 2015), una antología poética que abarca un periodo vital de más de cinco décadas, el poeta valenciano Blas Muñoz Pizarro hace balance de un ciclo literario que recorre desde los poemas de juventud a la madurez, pasando por la plenitud y el reconocimiento.

 

Entrevista

Muchos aficionados a la poesía en Valencia, entre los que me incluyo, pensamos que este libro era necesario, no sólo abarca su amplia trayectoria como poeta, sino que incluye libros íntegros y un poemario inédito. ¿Cómo surgió la idea de editar este libro y por qué ahora?

Tras la escritura de En la desposesión, mi última experimentación formal, regresé, parcialmente al menos, al tono de La herida de los días con un nuevo proyecto: un poemario en endecasílabos blancos, en esa ocasión no con la estructura del soneto usada en “La herida…” sino con una serie de poemas, en endecasílabos también, sí, pero sometidos a la horma de las 20 líneas en cada uno de ellos. El verso final de uno era, a su vez, el verso inicial del siguiente: exigencias formales no gratuitas sino significativas. El proyecto pretendía desarrollarse en tres partes dedicadas, respectivamente, a la mañana, la tarde y la noche. En cada una de ellas, el yo lírico seguía el transcurrir del tiempo en doce poemas que se iniciaban en noviembre y finalizaban en octubre: la mirada (y la palabra) seguía la mañana, mes a mes, desde el amanecer hasta el mediodía, en un espacio exterior; la tarde, mes a mes, en el espacio interior de la casa; y la noche, mes a mes, en otro espacio interior: el de la propia conciencia. La primera parte concluyó, con el título de El paso de la luz (el poemario inédito que cierra De la luz al olvido), pero sólo pude escribir dos poemas de la segunda parte que no me satisficieron. Y del mismo modo que dejé de escribir en 1981 dejando una obra inacabada, La mirada de Jano, sin continuarla hasta muchos años después, he dejado de escribir desde hace dos años hasta ahora, al menos habitualmente. Ante este nuevo silencio, del que no sé cuándo voy a salir y que sólo interrumpo para escribir algún poema ocasional que me es solicitado, me planteo la posibilidad de esta antología: como si se hubiera cerrado un ciclo. De hecho, así es.

 

En el interesante prólogo que otro gran poeta valenciano, Sergio Arlandis, escribe para introducir al lector en sus poemas, comenta que es difícil adscribir su poética a etiqueta alguna, ¿se encuentra cómodo en esa tesitura o siente afinidad con alguno de los géneros, ya sea vanguardista o tradicional?

Es obvio que en mis lecturas iniciales, como les ha sucedido a todos, estuvieron los clásicos, Bécquer, Machado y Juan Ramón. Luego vinieron los poetas del ’27 más Neruda y Miguel Hernández, y algunos nombres del ’36, como Vivanco y, sobre éste y los demás, Leopoldo Panero. Y muchos de los ’50, claro. De los más jóvenes, fue una revelación Diego Jesús Jiménez, un año mayor que yo. Parece que con estos mimbres tenía que haber estado lejos de lo que estaba naciendo entre los “novísimos”, los autores de mi generación a quienes no conocía, y así fue en mis poemas iniciales y en La danza, un largo poema iniciado en 1965, que recojo en la antología. Sin embargo, cuando empiezo a escribir Naufragio de Narciso (1971-1973) ya tengo en las manos la antología de Castellet, publicada por Barral en 1970, y su influencia es rastreable en ese libro y en la primera parte del siguiente, La mirada de Jano, ya nombrado. Pero luego vino ese largo silencio de 26 años y cuando en 2007 escribo la segunda mitad de “La mirada…” mi voz es otra. ¿Con qué influencias? Con todas y con ninguna. En esos años de silencio ‒que coinciden con mis años de profesor de latín, tras mi salida de la banca‒ he leído mucho, he asimilado, además, a los poetas latinos, y lo he aceptado casi todo. No rechazo nunca un poema bien hecho en el que nunca me paro a diferenciar qué se dice de cómo está dicho. La forma del poema también es el contenido del poema. Por eso no descarto en mi obra ninguna posibilidad formal. Mi libertad es absoluta a la hora de escribir. Sin embargo, no me nace hacerlo en prosa y tiendo, como es natural si hablamos de verso y no de prosa cortada sin más ni más en renglones breves, a la métrica imparisílaba, en la que pienso sin esfuerzo, con naturalidad. Cuando digo “prosa cortada”, muy frecuente y distinta del verso llamado libre, no estoy descartando su validez poética: se trata únicamente de una cuestión de ritmo.

 

De la luz al olvido es un título bastante representativo en cuanto a que alude a ese camino de vida, arte y esplendor que recorre cualquier poeta a lo largo de su existencia, para después hundirse en la cruda realidad del olvido como trasunto de la muerte y el tiempo. Algo que sesga la pretensión humana de trascender y convierte en absurdo cualquier esfuerzo. ¿Ese planteamiento “realista” lo convierte en un poeta de la desolación?

Bueno, eso sería una etiqueta de las que habla Sergio Arlandis, ¿no? No lo sé. Tal vez sea excesiva la palabra “desolación”, al menos para definir mi obra. Yo no soy capaz de etiquetarme pero no me importa que lo hagan otros. Ojalá lo hicieran. Me explico: se añade, en mi caso, a lo ya dicho otra circunstancia que dificulta la tarea del crítico: mi “inexistencia” como poeta y mi ausencia en las antologías canónicas que han surgido durante ese tiempo. Después de Un siglo de poesía en Valencia, aparecida en 1975, en la que fui incluido por Ricardo Bellveser, nadie volvió a hablar de mí cuando pudo hacerse: mi primer libro no se distribuyó por enfermedad y fallecimiento del editor. Sólo tuvo una reseña, favorable pero una, en “Cuadernos Hispanoamericanos” (115, Nov. 1981). Ahora, desde hace seis años, la edición de once libros, seis de ellos de poesía en solitario, y la consecución de varios premios de alguna relevancia, han despertado cierto interés. Pero sigo igual: la distribución de mis libros, todos ellos premiados por instituciones oficiales, es prácticamente nula; las reseñas pueden contarse con los dedos de las manos: nadie me ha “clasificado” y, en consecuencia, casi nadie me ha tenido en cuenta, como es lógico. Y volviendo a la pregunta añado que coincido con su interpretación inicial. Pero se trata, como Vd. dice, de un “planteamiento realista”, sin patetismo alguno. Las citas que abren el libro tras el prólogo son explícitas. Baste una, la de mi admirado Manuel Álvarez Ortega: Del tiempo a la nada, de la rama a la piedra…

 

Es conocido que el libro que desencadenó el interés por la poesía en Jaime Siles, otro de nuestros ilustres poetas valencianos, fue Dios de un día (1962) de Manuel Álvarez Ortega, a quien rememora usted en una de sus citas al principio del libro. ¿Qué libro, qué verso o qué poeta —si es que lo ha habido— provocó en usted ese mismo despertar?

En la casa de mi niñez, muy humilde, había pocos libros, ninguno de poesía. Pero se conservaba un cuaderno de mi tío Víctor, quien, condenado a pena de muerte, sufrió años de cárcel después de la guerra. En él había poemas suyos y poemas ajenos, todos ellos de versos sencillos y emocionados, muy cercanos al sufrimiento de los pobres. Recuerdo una poesía que aprendí de memoria y cuyo principio aún puedo recitar. Se titulaba “Un duro al año”. Me resultaba maravillosa la música de aquellas palabras que intentaba imitar en mis versos infantiles. Muchos años después llegarían las lecturas y los autores que antes he citado, pero no despertaron una vocación que ya existía. Eso sí: me descubrieron que además del ritmo y la rima de los versos sentimentales y bienintencionados existía algo más, que se llamaba poesía. Fundamental en esto fue también para mí, como para Siles, Álvarez Ortega, aunque ya me llegó después, en 1971. En mi opinión, entre los autores vivos, él (junto con Brines, Gamoneda y Caballero Bonald) representaba, hasta su reciente fallecimiento, una de las voces más altas y más personales de la poesía en castellano, al menos en España.

 

Como diría David Acebes Sampedro, otro poeta y amigo que tenemos en común: «usted es un poeta de verdad», algo reconocible teniendo en  cuenta su trayectoria. Sergio Arlandis habla en su prólogo de la autenticidad como valor en alza pero también de la dificultad para distinguirla. ¿Qué factores cree usted que hay en su literatura que le permiten ser reconocido en ese aspecto?

Me alegra esa opinión pero no sé justificarla. Hay poemas en los que me siento reconciliado conmigo mismo a pesar de que el yo del poema es otro (una mujer estéril en Nana de tu ausencia, o un hombre mayor que contempla su casa vacía en La danza, poema escrito a mis veintipocos años, por ejemplo). No se trataría, pues, de la adecuación vida/escritura. Tal vez la respuesta esté en el binomio qué/cómo; es decir, en mi obsesión por darle a un contenido la forma que lo justifica; y al revés, claro. En una poética solicitada ya decía hace cuatro años lo siguiente hablando del poema: No es que no me importe qué se dice en él: es que sólo puede importarme lo que se dice si esta dicho como sólo puede decirse, si se cumple en mí (como lector de una obra ajena y como lector y corrector de mi misma obra, mientras la escribo) el estremecimiento del hallazgo, la fulguración del misterio, la salvación de su necesaria retórica, mejor cuanto menos visible. El lenguaje poético, transgresor por definición, debe salvar la realidad transcendiéndola, y depositarla, encendida, iluminada, en un  lector preparado. Y el primer lector es, tiene que serlo, el propio autor.

 

Quizá influenciado por su amor a la filología y el latín, usted escribió un primer poemario de corte culturalista, sin embargo, posteriormente en cada libro ha ido transitando caminos variados; aunque —como es lógico— ha mantenido el sesgo de autor, cada libro es diferente. ¿Le preocupa repetirse como artista, es inquieto literariamente o esa pluralidad de estilos forma parte de su razón de escritor?

Sí: cada uno de mis libros tiene un registro formal diferente. Y en cada caso hay una razón que lo justifica. Sería ocioso y largo extenderme ahora en explicarlo. Pero, sin excluir el propósito de no repetirme (al menos en lo que concierne a los últimos cinco libros, escritos en un breve plazo de cuatro años) prefiero creer que fui sincero cuando dije, en la poética antes citada, que “ante la página en blanco […] empiezo a ciegas, con la sola guía de una estrofa, de una métrica, de un ritmo… previamente e intuitivamente elegidos la escritura del poema.  De eso depende en gran medida que el texto asuma más o menos riesgos, que se rompa en aristas silenciosas o que fluya, sereno y discursivo; que se inserte más en una tradición poética que en otra. Eso no me importa. Luego, mientras escribo y corrijo, el milagro sucede si sucede, y el poema al concluirse se desvela y me revela.” Sucede, sin embargo, que, como dijo Eliot en un ensayo sobre Yeats (y recojo la cita de César Antonio Molina), “un poeta en la madurez de su vida, para evitar la autoimitación, tenía que seguir tres caminos: dejar de escribir del todo, una opción realmente drástica; repetirse con destreza y virtuosismo; o, finalmente, adaptarse y encontrar un modo de trabajar diferente”. Yo he ensayado ya los tres caminos, y en este momento me veo situado, espero que temporalmente, en el primero desde hace dos años, como también ha quedado dicho.

 

Una de esas pautas de autor que ha conservado a lo largo de los años, métricamente hablando, es la utilización de formatos clásicos como el romance, el madrigal o la décima; su escritura se edifica —genéricamente— sobre los cimientos del canon clásico, incluso teniendo en cuenta la rima consonante. Verso octosílabo, alejandrino y una predilección por el endecasílabo. Sin embargo hay un afán en sus versos por aunar lo clásico y lo moderno. Ceñirse a un corsé métrico aumenta el desafío del poeta, ¿tiene esto algo que ver con una aspiración por conciliar forma y fondo? ¿Cómo definiría usted esta tendencia?

Matizo: el romance no lo he usado, al menos en los poemas que he querido conservar. Tampoco he tanteado el madrigal clásico en silva rimada aunque sí poemas ligeros semejantes en el tono y el asunto. En Naufragio de Narciso el verso libre inicial se acercaba luego con frecuencia a la métrica imparisílaba. Y en En la desposesión los versos se rompen, se escalonan o se solapan sin dejar de ser endecasílabos o heptasílabos. En los libros de formato isométrico, en cambio, los constantes encabalgamientos difuminan o disimulan la acentuación rítmica. Puede decirse, sí, que en mi modo de hacer se unen clasicismo y modernidad.

 

En el primer bloque del libro titulado “Pecios”, encontramos breves poemas escritos entre los 16 y 21 años, poemas de adolescencia que a modo de restos de un naufragio van configurando un mosaico que denota una gran influencia de la Generación del 27. Miguel Hernández, Alberti, García Lorca, fueron lecturas determinantes y poetas a los que todavía homenajea. Sus primeros poemas cohesionan perfectamente con su poética posterior, puesto que ya representaba en ellos técnicas y pensamientos que más tarde desarrollaría, algo que me recuerda a Caballero Bonald, pero que sin embargo es atípico en la mayoría de escritores que escribieron de jóvenes y después triunfaron. ¿Qué tiene que decir usted al respecto?

He querido representar cada uno de esos años (de los 16 a los 21) con un poema. En una selección rigurosa hubieran quedado fuera pero mi deseo era dejar constancia de mi evolución, con sus tanteos iniciales y sus imperfecciones. Tampoco he eliminado poemas no logrados de mis dos primeros libros, para salvaguardar la cohesión del conjunto en cada uno de ellos. En cuanto a la presencia en esos breves y escasos poemas iniciales de técnicas y temas germinales de un desarrollo posterior (métrica, ritmo, estrofas; la luz, el paso del tiempo, el desamor, la ausencia…) es algo no buscado, pero me satisface que así sea, si así es.

 

No voy a preguntarle el motivo de ese silencio editorial que mantuvo usted durante veintiséis años porque eso es algo muy personal, pero llama mucho mi atención ese dilatado tiempo de espera en un autor, un periodo que, sin duda, sirvió para fraguar esa contundente obra, ese universo blasmuñozniano que a partir del año 2007 le llevó a ser laureado en repetidas ocasiones. Este hecho —probablemente— ha sido crucial en su trayectoria como poeta. Háblenos a cerca de lo que significó para usted esta etapa de su vida.

Es difícil de resumir: Yo trabajaba en la banca, con un pasado de militancia sindical difícil y con un futuro profesional incierto. Había estudiado Filología al mismo tiempo que trabajaba, ya casado y con hijos, y en 1981 decidí preparar oposiciones libres a Agregaduría de Latín. Fueron dos años de enclaustramiento total dedicado al estudio y alejado de la poesía y del mundo literario de Valencia, que tanto había frecuentado. En el verano de 1983, durante mi mes vacacional, oposité en Madrid y me convertí en profesor de Bachillerato. Mis primeros destinos, fuera de Valencia ciudad, y la entrega total a una profesión que me entusiasmó hicieron el resto: la poesía permaneció en mí como lector asiduo y al tanto de lo que iba sucediendo, pero se apagó totalmente como autor. En el año 2006 escribo unos poemas ocasionales en mi Instituto con motivo, primero, de la celebración del Día de la Mujer y, después, para despedirme en la revista del centro ante mi inminente jubilación. A finales de ese año, ya jubilado, me reúno con Joaquín Riñón, excompañero de trabajo, y con su amigo Vicente Barberá, y creamos la tertulia poética semanal que luego se llamará El limonero de Homero, integrada, además, por Antonio Mayor y Mª Teresa Espasa. Entonces vuelvo a escribir de forma regular y recupero, además, poemas antiguos. Eso fue todo. Sin misterios. Y sin dramas: Vivir es más fácil que escribir.

 

Desde la perspectiva del tiempo que su experiencia le otorga y como buen conocedor del mundo literario valenciano, ¿cree usted que la poesía que actualmente se escribe en Valencia goza de buena salud?

Sí. Y creo que siempre ha sido así, al menos desde hace un siglo. Pero sin excepcionalidad alguna: lo que opino sería extensible a cualquier otra zona geográfica de España. En nuestro ámbito (y voy a restringirlo aún más refiriéndome sólo a la poesía en castellano) ha habido en cada generación unas voces, pocas, que han ejercido su magisterio y han conciliado a tirios y troyanos (Miguel Hernández, Gil-Albert, Francisco Brines hoy…); luego están algunas voces más ya desaparecidas, tal vez de similar valía pero de reconocimiento menor del debido, a mi juicio (Vicente Gaos, César Simón, María Beneyto, José Albi, Carlos Sahagún, José L. Parra…), y otras voces de autores que perdurarán sin duda (Aguirre, Carnero, Siles, Talens, López-Casanova, Espasa, Bellveser… en una primera hornada, o Marzal, Gallego, Cabrera, Soler,… después). No se trata de acumular nombres porque cabría citar otros muchos y el listado sería casi interminable. Y, después, o también, muchos otros poetas de obra tan estimable como la de los anteriores (que los dioses me perdonen no haberles citado) y algunos jóvenes que están abriendo claramente las puertas de un futuro esperanzador. Por lo demás, todas las corrientes poéticas están representadas, de forma más o menos excluyente entre ellas. Por eso hay algunos compartimentos casi estancos, sobre todo en la ciudad de Valencia, no cerrados totalmente a su intercomunicación. Y todos ellos, en sus pequeñas y respectivas capillas sixtinas, en plena efervescencia de lecturas, de presentaciones o de tertulias con frecuencia coincidentes. Un panorama enriquecedor y, con frecuencia, agotador para quienes quieren asistir o participar.

 

En el año 2011 publicó su relato La caracola que fue ganador del Primer Premio de Relatos del VII Concurso Literario de la UDP Madrid (2007). A pesar de tratarse de un relato poético ¿qué singularidad le brinda la poesía que no le ofrece la prosa?

Soy lector de narrativa, más de breve que de larga para la que no tengo paciencia ni tiempo, pero no me siento narrador. La caracola era un relato escrito en mi juventud que releí al regresar a la escritura. No me disgustó. Lo reescribí con muy pocas modificaciones, necesarias para rebajar su excesivo lirismo, y lo remití a un certamen cuya importancia ignoraba (a pesar de ser uno de los mejor dotados en aquellos años en España) porque estaba restringido a personas mayores. Luego supe que entre los casi quinientos participantes había una docena de nombres conocidos. Ganó el primer premio y se editó ese mismo año, 2007, junto a los otros siete finalistas en un volumen colectivo. En la edición del 2011 volvió a publicarse, esta vez en solitario, en la colección “Breviarios: Raíces de Papel”, ilustrado con montajes fotográficos de Carlos B. Muñoz. Forma, por eso, parte de mi ficha bibliográfica, pero ha sido un accidente aislado en mi obra. La poesía no me exige una hoja de ruta, esa preparación previa que debe preceder a la escritura de un texto narrativo. Aún así, no descarto volver a la narrativa breve. De hecho he transitado, ocasional pero cómodamente, por la escritura de microrrelatos.

 

Y ya para finalizar, ¿qué consejo daría a esos escritores invisibles o poetas que no llegan a grandes editoriales, a grandes distribuidores y siguen escribiendo y participando —a pesar de todo— en concursos que nunca ganan?

No me atrevo a aconsejar mi propio camino a otros. Yo mismo no sé cuál es la razón que lleva a un jurado a elegir un poema entre docenas o entre cientos. Cada jurado es distinto, incluso puede serlo en el mismo premio de una convocatoria a otra, y sería agotador establecer una estrategia para ganar. Diría que hay que creer en la propia obra desde la humildad de saber que podemos y debemos mejorarla. E insistir si creemos en ella. Aparte de esto, los premios honestos (que los hay) no te llevan a “grandes editoriales” y, mucho menos, a “grandes distribuidores”. En mi caso, así es. Otro camino, no seguido por mí y más aconsejable, sería el de hacerse visible, en el entorno real y en el digital. Y eso, con trabajo, con rigor, con paciencia, sin prisas: la juventud tiene un futuro que, a  mi edad, es envidiable.

 

Información sobre Blas Muñoz Pizarro

Blas Muñoz Pizarro es profesor de latín. Licenciado en Filología Hispánica. En 1971 obtuvo el Premio Nacional de Poesía «José Antonio Torres». En 1975 fue incluido en la antología Un siglo de poesía en Valencia, del antólogo Ricardo Bellveser. Publicó en 1981 el poemario Naufragio de Narciso (1971-1973) becado por el Ayuntamiento de Valencia. Ha permanecido luego en silencio editorial hasta el año 2007, en el que reinicia su obra literaria. Finaliza entonces La mirada de Jano, Premio de Poesía “Paco Mollá” 2008 del Ayuntamiento de Petrer.

En estos últimos años ha sido reconocido con numerosos galardones, entre ellos, por citar algunos de los más relevantes, los primeros premios de los certámenes “Pedro Antonio de Alarcón”, “Fray Luis de León”, “Memorial Bruno Alzola García”, “Alfambra”, “Alcaraván”, “Maxi Banegas”, “Villa de La Roda”, “Amigos de La Herradura”, “Ciudad de Archidona” o “Laguna de Duero”…, y ha sido finalista y accésit de los Premios del Tren 2008 “Antonio Machado” de Poesía. Ha sido igualmente finalista, en certámenes para libros, del Premio Fundación Loewe de Poesía (años 2008 y 2010), y de los Premios “Jaén” (2010), “Ciudad de Badajoz” (2010, 2011 y 2012), “Dionisia García-Universidad de Murcia” (2011), “Ciudad de Mérida” (2011) y “Bienal Provincia de León” (2012).

En El limonero de Homero (2010), El limonero de Homero II (2011) y El limonero de Homero III (2012), libros compartidos con sus cuatro compañeros de tertulia literaria, reúne algunos de sus poemas premiados. Además de los libros ya citados, sus últimas publicaciones son: el poemario El que silba entre las cañas, Premio “Poeta Juan Calderón Matador” (2010), el relato La caracola (2011), Primer Premio de Relatos del “Concurso Literario de la UDP 2007”, La herida de los días, Premio de Poesía “Miguel Labordeta 2010” del Gobierno de Aragón (2011), Viva ausencia, Premio de Poesía “Ernestina de Champourcín 2010” de la Diputación Foral de Álava (2011), La mano pensativa, Premio del XXVIII Certamen de Poesía “Ángel Martínez Baigorri” (Lodosa, 2012),  En la desposesión, XV Premio “Flor de Jara” de la Diputación de Cáceres (mayo de 2013) y, por último, De la luz al olvido. Antología personal (1960-2013) [Ediciones Vitruvio. Madrid. 2015].

 

. Con Viva ausencia y La herida de los días ha sido, respectivamente, finalista y ganador, en la modalidad de poesía, de los XXII Premios de la Crítica Literaria Valenciana (2012).

 

Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2015/12/de-la-luz-al-olvido-de-blas-munoz.html?spref=fb

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