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blas muñoz

 

Título: De la luz al olvido

Autor: Blas Muñoz Pizarro

Editorial: Vitruvio

Género: Poesía

Número de páginas: 253

Año de publicación: 2015

ISBN: 978-84-944159-6-8

Todavía, a día de hoy, después de haber leído varias veces este libro, después de haber asistido a su primera presentación en Valencia, después de haber entrevistado a su autor; todavía hoy pienso que Pablo Méndez, editor de Vitruvio, además de poeta, no es verdaderamente “consciente” de la gran —y necesaria— labor que ha llevado a cabo al editar este libro. Y afirmo esto desde la admiración y el respeto, no es fácil dimensionar a un poeta como Blas Muñoz, ni siquiera para quienes le conocen, pero si algo, entre otras cosas, ha conseguido esta antología, es hacer justicia.

Desde hace años y en su mayoría,  la poesía de Blas Muñoz se ha publicado merced a los numerosos premios que ha ido cosechando; algo que muchos pueden considerar positivo, puesto que ganar un premio siempre supone obtener un prestigio y gozar de cierta divulgación, no cabe duda, pero en lo que a distribución y trascendencia de esa poesía se refiere, la cosa cambia. Ediciones de no muchos ejemplares, editoriales que desaparecen o ausencia de distribuidor, son algunos de los escollos que la poesía de Muñoz Pizarro ha debido sortear, y si a eso unimos el largo silencio, de veintiséis años, que el autor mantuvo entre 1981 y 2007, es tan lógico como injusto, que un poeta de su envergadura sea un gran desconocido en buena parte de la geografía española.

Y dicho esto, pasemos a dilucidar algunos aspectos de esta experiencia poética urdida a modo de antología personal que abarca 53 años.

El poeta valenciano Sergio Arlandis, quien hoy trabaja como docente en la Universidad de Pennsylvania, es el encargado de introducir al lector a través de un prólogo que se convierte en la antesala necesaria para abordar estos versos, ya que, Arlandis disecciona los ejes temáticos de la obra y expone analogías e interpretaciones de los mismos con total naturalidad y rigor: autenticidad, semiótica personal, mundo propio o vida al margen de las tendencias, son algunas de las acertadas apreciaciones que Arlandis vierte en su prólogo,  una gran aportación al libro que, si cabe, lo revaloriza aún más.

El primer bloque que encontramos se titula Pecios, y está compuesto por siete poemas escritos en la etapa adolescente, un pequeño compendio, aquí protopoético, en el que ya podemos encontrar algunas de las técnicas, recursos y preocupaciones del autor, aun de manera germinal. En los poemas: Parábola, El primer amor, Llanto y Nana de tu ausencia, es decir, cuatro de los siete poemas, el poeta emplea retóricamente la anáfora como recurso lírico en busca de la musicalidad; y esa misma anáfora, pero en su acepción filosófica, vertebra invisiblemente el libro completo, de principio a fin, como proceso desde el inicio del ser hasta su realización. Los poemas “En silbo y espuma” y “Parábola” están escritos en versos blancos, mientras que “El primer amor” yCanción” utilizan rima asonante, y los poemas “A R. Alberti”, “Llanto” y “Nana de tu ausencia” riman en consonante, es decir; ya se apunta la polivalencia de formas y formatos, como también una inclinación hacia una métrica imparisílaba que esplenderá repetidamente a lo largo del libro en la horma canónica del soneto, como por ejemplo, en el poema “Nana de tu ausencia”: Me duele como a tierra de secano / tu ausencia de raíz en mi cintura, / hondo sueño imposible de agua oscura / en los áridos cauces del verano. El poeta «invoca» al hijo que nunca vendrá en estos versos, «suplica» en “En silbo y espuma” y todo el conjunto es una «ofrenda» al amor, al dolor, a la celebración, inscribiéndose así en otra de las acepciones de la palabra «anáfora», vocablo griego que significa «acción de elevar» y que litúrgicamente en las creencias orientales, además de suponer un trayecto eucarístico, también representa la oblación, súplica e invocación como necesario diálogo introductorio a modo de gratitud.

A continuación encontramos el poema “La danza”, escrito entre 1965 y 1971 y que fue merecedor del premio “José Antonio Torres”. Este poema, de larga extensión, bien podría  haber sido escrito en la madurez del poeta: su clasicismo formal en el discurso, su medida escritura en alejandrinos de verso blanco; pero nos encontramos ante un poema escrito entre los veintiuno y veintisiete años, por tanto, esa retrospectiva en el tiempo confirma la versatilidad del yo en la poesía de Muñoz Pizarro, esa hondura existencialista que el poema retrata con la reconstrucción de un pasado en el interior de una casa vacía, esas sombras, esos vacíos, no son más que el grito desgarrador de un padre que ha visto marchar a sus hijos —quizá a una guerra—, una fabulación hecha verdad en versos acertadamente esculpidos, un lamento en el que la evocación del agua no siempre sugiere algo idílico: Porque voy de regreso, ahora voy de regreso / y contemplo las aguas como la vez primera, / con el mismo pavor, secreta certidumbre / de quien levanta un velo y teme el desengaño.

Naufragio de Narciso (1971-73) se presenta aquí de forma íntegra. Podríamos decir que es un relato sobre el mito griego condenado por Némesis, pero a su vez es una reflexión sobre lo vano de vivir, lo vano de sufrir para después morir. Un canto a la fugacidad narrado en tres actos (temporales) que, por supuesto, también versan sobre lo fútil de la vanidad y lo efímero de la belleza, puntos referenciales en la leyenda de Narciso.

El primer acto está dividido en trece poemas, convirtiéndose el séptimo,Narciso en osicrán”[1], en el eje de un bloque en el que el yo lírico del poeta encarna al efebo sumergido en las aguas que le propiciaron la muerte; desde allí, como si su conciencia y su mirada permaneciesen intactas después de haber muerto, tanto Narciso como Muñoz Pizarro comprenden que fue absurdo despreciar el amor de las ninfas, resultó fatal enamorarse de sí mismo para terminar bajo ese vitral/cárcel que es el río, un río que ha cristalizado sus aguas para no dejarlo salir jamás; por eso este ahogado pone su frente en el cristal: la copia fraudulenta de unos rasgos / no exentos de belleza que fueron juveniles: / un rostro afín; y derrotado: un rostro / como el mío). A través de esa vítrea frontera, el poeta discierne una paloma en vuelo y filosofa a cerca de lo absurdo, siente los peces golpearle y con ellos, la desesperación: estos muros vidriados, / tras los cuales / peces brillan, / llamean, / llaman. / (¿llaman?).

El segundo acto temporal en que divido este poemario corresponde a un solo poema, “La corbata”, donde el poeta, en una referencia análoga a la tragedia narcisista, encuentra en su quehacer diario, al levantarse una mañana, esa misma desazón, resuelta al consumar el ritual de la rutina,  otro nudo más de la corbata, otra vez el rostro ante el espejo, pero jamás hacia el recuerdo regresarán las aves.

Este bloque se cierra impecablemente con “Consumación”, un poema
post escriptum— ya que su tiempo poético trasciende a lo versificado anteriormente, quizá tras muchos años, a muchas muertes de distancia, donde bajo la luna / el mar era (y será) un suicidio, para todo aquel que no consiga amar y ser amado, el poeta clausura con estos versos: Besarte aquí,  besarte / ciegamente mientras por las dunas rodamos / y nuestros cuerpos caen y se ciernen y dudan y flotan y al fin / sin fin / se precipitan.

La mirada de Jano, cuya escritura se comprende entre un periodo de treinta y cinco años (1973–1981 y 2007–2008), también se incluye de manera íntegra en este libro. Debo decir que analizar este poemario —únicamente— ya merecería la extensión total de esta reseña,  así que por razones obvias me limitaré a sintetizar mis argumentos y a tratar de ser justo con los detalles de esta obra que merecen ser destacados.

Si en Naufragio de Narciso el protagonista era un dios griego, aquí su homólogo es un dios romano. En la Mitología Romana, Jano es el dios de las puertas, de los principios y los finales, de ahí que le fuese atribuido el primer mes del calendario, vínculo que justifica el nombre de enero. Jano es representado con dos caras orientadas en direcciones opuestas y, aunque Albert Camus se refirió a él como alusión a la hipocresía en su novela La caída, para aquellos que lo invocaban era un héroe cultural a la manera de Prometeo, ya que se le atribuyen invenciones como el dinero, la navegación o la agricultura entre otras cosas. Sin embargo, el poeta Ovidio en el primer libro de sus Fastos, caracteriza a Jano como aquel que en soledad custodia el Universo. No por nada Muñoz Pizarro se vale de los textos de Ovidio para ir orientando al lector, en su trayecto, por mediación de varias citas, lo que le posiciona más cercano a la interpretación del glosador de Calímaco y Propercio que de alguna otra.

En el primer poema, titulado “Habla el rostro en sombra de Jano”, el poeta se expresa a través de alejandrinos blancos y su discurso supone el pensamiento del dios Jano recluido en su templo bajo los cien cerrojos que lo custodiaban en tiempos de paz. Ese comienzo, teniendo en cuenta que el último poema se titula “Habla el rostro iluminado de Jano”, lo que hace presagiar una guerra, hace que la narración de este poemario sea circular; termina donde empieza. Pero este dato no sería tan relevante de no ser por otros factores estructurales que seguidamente podremos comprobar.

El siguiente poema —y a partir de este todos los demás—, está escrito en heptasílabos blancos, heptasílabos que conforman una estrofa de siete versos (septeto), estrofa que en este primer poema es poema en sí, pero que en los poemas posteriores irá aumentando en número a razón de una estrofa por poema. Es decir, que el conjunto irá creciendo exponencialmente en progresión geométrica, así hasta llegar al poema número siete. Por lo tanto, tendremos siete poemas compuestos de estrofas de siete versos, algo que subraya la importancia de dicho número para el autor. Para Pitágoras, el siete era el número perfecto. El número siete está considerado el signo del pensamiento, la espiritualidad, la conciencia, el análisis psíquico o la sabiduría. La Luna cambia de fase cada siete días. Hay algo mágico en ese número, algo irracional y poderoso que el poeta pretende inocular en sus versos a través de la estructura, y no sólo eso, cada poema de este conjunto está asociado a uno de los siete colores del arco iris y a toda su simbología. Al finalizar cada poema, entre paréntesis, aparece el nombre de un color, son siete y en total son —como descubrió Newton— los colores que forman el espectro luminoso. Llegados a este punto debemos ser verdaderamente conscientes de la complejidad de este trabajo, un sistema de versos perfectamente hilvanado y encajado que por su precisión resulta inamovible. Pero eso no es todo, ¿por qué los colores del arco iris?

Al comienzo del último discurso de la primera parte de Así habló Zaratustra, “De la virtud que hace regalos”, Zaratustra se despide de la ciudad que su corazón amaba y cuyo nombre es «La Vaca Multicolor» (traducción del nombre de una de las ciudades donde peregrinó Buda). En ese pasaje, Zaratustra pronuncia su discurso llamado “De las tres transformaciones” donde, tanto al principio como al final, enumera los llamados «colores básicos de la historia del espíritu del hombre occidental». Entramos ya en un tema metafísico demasiado peliagudo para abordarlo en una reseña, a lo que hay que añadir  lo metapoético de una estructura que aspira a formar parte del contenido.

Al llegar al siguiente bloque de La mirada de Jano, titulado “Tríptico del espectro contemplado por Jano”; núcleo del sistema; advertimos que su autor ha complicado más la arquitectura del poemario y encontramos, que el primero de los tres poemas se compone de los siete primeros versos de los poemas anteriores, es decir, una especie de glosa a la inversa que titula “Visión del arco iris”. El segundo poema es de nuevo un septeto de nombre “Visión de su reflejo” y el tercer poema “Círculo total” es la combinación en siete versos alejandrinos de los dos poemas anteriores. Esta ordenación cabalística de los versos es capaz de hacer pensar a cualquier lector que en los poemas de Blas Muñoz hay mucha más poesía de la que es capaz de leer. La hipertextualidad adquiere un valor preponderante. Pero al seguir leyendo los siguientes “siete” poemas del libro, volvemos a descubrir que el septeto titulado “Visión de su reflejo”, el que constituía el segundo poema del núcleo, es glosado en los siguientes poemas en cada uno de sus primeros versos. La cuadratura total de esta mímesis matemática y cósmica, tiene lugar con la lectura de “Habla el rostro iluminado de Jano”, último poema que clausura el poemario con ese regreso al principio, de nuevo alejandrinos y de nuevo es el dios, ahora derrotado, quien describe entre ruinas, la composición de campo de su tragedia. Épico colofón para un ambicioso poemario, un desafío técnico que su autor culmina con malabar destreza: Ah vosotros, culpables por creer tantos siglos / en dioses excluyentes, en líderes y en patrias, / dejad que los poetas den voz a mi silencio.

La mirada de Jano es un buen exponente de «poesía migratoria», donde el lector asiste y es partícipe de un proceso creador; debe desplazarse sobre las páginas para encontrar referentes que por su ambigüedad resultan muy complejos pero fascinantes para intentar aprehenderlos. Por tanto, sin llegar al hermetismo, el culturalismo de Muñoz Pizarro se dirige aquí al lector activo.

“Pecios II” (de otros poemas exentos, 2006–2008) se compone de dos poemas premiados, “El silencio de Dios” y ”Estación de término”. Para el director de cine Ingmar Bergman, el silencio era el lenguaje de Dios. Esa misma certidumbre suscribe Muñoz Pizarro en una peculiar composición de hemistiquios octosílabos. La blancura de sus versos subraya a su vez la soledad, la fe en la palabra como único tesoro, una palabra que es ofrenda y canto, desahogo y plegaria: Y como si Él me escuchara, como si, al nombrarlo, hiciera / real mi presentimiento, como si con mi palabra / imitara su poder, voy a cantar esta noche…

Por su parte, “Estación de término” vuelve a incidir en la soledad, una soledad de blanca melodía y métrica imparisílaba que sobrecoge con cada estrofa y que constata secular a ese regreso de la memoria al origen de la herida, jácena fundamental en la poética de Muñoz Pizarro. Pero ese regreso, presente en cada libro, lejos de recrearse en el dolor de forma elegíaca, deturpa el arquetipo de mártir para instalarse en una esperanzada y reflexiva enseñanza de la «desolación». Para mí, Blas Muñoz es un poeta de la desolación en su más amplio y ontológico sentido. La sensación de hundimiento o vacío provocada por una angustia, dolor o tristeza grandes, sin duda, es el detonante para provocar lo contrario. Esa dolorosa emoción —en manos del poeta— no destruye, sino crea. Es la Nada como provocación del Todo: Sólo ahora, como entonces, / en esta indefensión o en ese simulacro / con que otras veces vino a visitarme, / puede herirnos de nuevo el mortecino / fulgor de la memoria, / ese dedo de sal que hurga en la huella / de un dolor, de una ausencia, de un vacío.

Viva ausencia (2007–2009), El que silba entre las cañas (2008–2009), La mano pensativa (2008-2009), La herida de los días (2009-2010) y En la desposesión (2010-2011) son poemarios bien representados en esta antología —imposible de compendiar justamente en una reseña—, a lo que hay que añadir sendas remesas de Pecios y el primer bloque de un poemario inédito, El paso de la luz (2011-2013). Poesía con mayúsculas que no puedo —ni debo— abordar aquí para garantizar que esa curiosidad, ese interés —que espero haber despertado en el lector— del amante de la buena poesía provoque acercarse a este libro con la intención de descubrirlo y descubrirse, porque la poesía de Blas Muñoz tiende puentes entre lo clásico y lo moderno, es estremecimiento y reflexión, isotopía y arquitectura, palimpsesto y espejo.

 

[1] Poema escrito en prosa. «Osicrán» es la palabra «narciso» escrita al revés, (aunque en el siguiente poema el autor le otorgue una significación geográfica) por lo que queda evidenciada esa excesiva recursividad sobre uno mismo a la par que se alude a la metáfora de mirar dentro de los cuerpos para advertir que —bellezas aparte— todos somos iguales en el interior; enseñanza que no sirvió de mucho al efebo.

blas muñoz pizarro

Publicado en la revista La Galla Ciencia:

http://www.lagallaciencia.com/2015/12/de-la-luz-al-olvido-de-blas-munoz.html?spref=fb

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