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Todo lo sólido se desvanece en el aire.

Karl Marx

 

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Las promesas son aire y van al aire

El conflicto israelí-palestino que vio sus orígenes a comienzos del siglo XX, ha pasado de ser un conflicto para convertirse en genocidio. Y es que, basándonos en las más oscuras premisas de la condición humana, ¿por qué tenemos que pactar con alguien, si somos más fuertes que él? Todos conocemos la naturaleza violenta del ser humano; si un país entero decide borrar a otro del mapa ¿quién puede evitarlo?

Tenemos el ejemplo de la Segunda Guerra Mundial, provocada por Hitler y su obcecación por exterminar judíos. Para cuando los países del mundo se coordinaron con intención de frenarlo, la cantidad de muertes humanas  era ya vergonzosa. Lamentablemente, no estamos demostrando —como ciudadanos del mundo— haber aprendido de los errores, y en pleno siglo XXI la historia se repite.

Dicha transformación convierte al resto del mundo en cómplice del barbarismo. El aire, y toda su significación, tiene mucho que ver, bajo mi punto de vista, en el pasado, presente y futuro de tal lamentable situación humanitaria.

La fe, una de las posibles arquitecturas del aire, parece ser uno de los primigenios gérmenes latentes en esta disputa, esa gran disparidad de creencias, con su invisible infraestructura cada una, parecen conformar una problemática irresoluble. Sionismo, Panarabismo, búsqueda de un asentamiento para la comunidad judía. Las primeras pretensiones de ambas naciones, aquellas que fundamentaban una esperanza holográfica como solución al conflicto eran: el reconocimiento mutuo, la repartición del agua o el establecimiento de fronteras seguras, lejos quedan ya estas metas igualitarias en el panorama actual, ahora, el horror de la guerra, el exterminio y la conquista, hieren unas tierras que en otro tiempo fueron el escenario de las Sagradas Escrituras.

Muchos han sido los que han intentado mediar entre Israel y Palestina: los acuerdos de Oslo, la cumbre de Camp David, la cumbre de Taba, todas las palabras, todas las promesas, se han evaporado y diluido como burbujas en el aire, un aire enrarecido que se ha ido volviendo paulatinamente irrespirable.

Los aires de grandeza del actual dirigente de Israel, Benjamín Netanyahu, han propiciado la asfixia del pueblo palestino. La Franja de Gaza ha sido bombardeada indiscriminadamente por tierra, mar y aire, inocentes han sido y son masacrados; hospitales, escuelas, mientras el resto de países, incluidos los más desarrollados, van a su aire. El aire y toda su simbología, sirve para describir una tragedia que podría evitarse si los vientos de todos los países del mundo soplasen en la misma dirección. Los niños palestinos, a los que se les acaba el oxígeno, sueñan con ese huracán que limpie para siempre la tierra que les vio nacer, un cambio de aires que sería tan justo como necesario.

 

 

 

vicente huidobrodibujo de altazor

El viaje en paracaídas de Huidobro

Aire para limpiar, para respirar, el mismo aire en que son provocados los chemtrails, el medio gaseoso donde se propagan algunos virus, el vaporoso telón de fondo del guiñol de nuestras vidas. En la aérea cartografía de ese limbo, el poeta Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948) desató toda su creatividad lírica en una de las cumbres poéticas de la historia de la literatura Altazor o el viaje en paracaídas (1931). Un poema-libro, como definieron algunos, que representa un antes y un después en la poesía y en la poética, en el lenguaje y en el poder e interpretación del mismo. Altazor resultó ser un trabajo elaborado durante doce años, un poema dividido en siete cantos, siete bloques que representan siete cielos diferentes, siete espacios aéreos concernientes a los habitados por planetas o cuerpos celestes. Y es que Altazor es, como de alguna manera apunta la frase que acompaña al título, un viaje en el espacio. El poeta necesita alejarse de lo terreno, corrompido y hostil, tanto en su época como en la actual, para proferir palabras sinceras, coherentes, incoherentes, claras, confusas, pero sinceras, que exorcizan a través de la retórica liturgia de la poesía, los fantasmas y pesares de un alma alanceada.

Viaje astral, vuelo interestelar; verter el espíritu libre en palabras pronunciadas desde el cielo, resulta ser el axis universi propicio para que el hablante lírico del poema resulte en un continuum dialógico constante. El llamado viaje en paracaídas, no es más que la metáfora de una larga caída, una caída libre que por ser tan prolongada, invita a una reflexión memento mori. Cruzado —desde su inicio— el punto de no retorno, el destino no es el planeta Tierra, sino el fruto de esa búsqueda metafísica que termina —para nosotros— en un renacimiento —por deconstrucción— del lenguaje.

Así, la cita de Karl Marx que encabeza este artículo, representa esa gradual descomposición del lenguaje contenida en Altazor, un escaecer que va ocurriendo durante los cantos del poema, y que convierte al aire en la solución de esa desnudez metapoética.

El aire, por tanto, se convierte en el escenario de Altazor, una lontananza que ofrece al sujeto poético la cosmovisión de un dios, y sus versos, aéreos y surrealistas, traspasan toda barrera para instalarse en el subconsciente: Siento un telescopio que me apunta como un revolver / La cola de un cometa me azota el rostro y pasa / relleno de eternidad / Buscando infatigable un lago quieto en donde / refrescar su tarea ineludible.

Los estudiosos de la obra de Huidobro, coinciden al formular una teoría —que comparto— sobre una de las motivaciones que llevaron al poeta chileno a concebir Altazor; y es que en el año 1918, Huidobro publicó su libro Poemas árticos, donde trasladó a su lengua materna las técnicas del llamado “cubismo literario”. Dichas técnicas fueron depuradas un año antes en compañía del pintor Juan Gris (1887-1927), uno de los pioneros del cubismo pictórico, y bajo la supervisión del grupo “Nord-Sud” que vertebraba el núcleo de la famosa revista del mismo nombre. Poemas árticos dio como resultado unos poemas transgresores en su forma, ya que están compuestos basándose en los principios artísticos del collage verbal, algo que ya apuntaba el espíritu libre como creador del autor. En el mismo año, Huidobro aplica esa misma técnica a un poema largo titulado Ecuatorial, poema donde el sujeto lírico asume la perspectiva de un dios para narrar el dramatismo de la guerra europea, pero advierte que aquello que funcionaba en los poemas cortos de Poemas árticos, aplicado a una larga extensión, no mantiene la fuerza, y con ella, el interés del lector, confundiendo en muchos casos a propios y ajenos. Debido a eso, seis meses después de verse publicado, Huidobro se puso a trabajar en Altazor, como correctivo personal de Ecuatorial, tarea que se dilató más de una década, y que significó por completo, estrofas como ésta: Hace seis meses solamente /  Dejé la ecuatorial recién cortada / En la tumba guerrera del esclavo paciente / Corona de piedad sobre la estupidez humana / Soy yo que estoy hablando en este año de 1919 / Es el invierno / Ya la Europa enterró todos sus muertos / Y un millar de lágrimas hacen una sola cruz de nieve.

Huidobro y Altazor vinieron a traer nuevos aires a la poesía. Su concepción creacionista, desemejante al resto, disímil en su ambición lingüística, se convirtió en un viento de naturaleza mistral, un aire nocturno, enérgico, un soplo de vitalidad que destrozó las erotemas del tradicionalismo más básico y sembró panspérmicas semillas en los escajos de la estancada poesía popular.

 

 

 

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Mujer con paraguas (1875) Monet.

 

Polivalencia de la palabra “aire”

Una de las virtudes de la lengua castellana es la riqueza interpretativa de sus palabras. Existen tantos significantes como posibles utilidades que un contexto pueda proporcionarnos. Esa concreción nos conduce de lo coloquial a lo académico con igual soltura, su flexibilidad, su musicalidad, su fuerza y precisión descriptiva; desdeñar esa posibilidad maravillosa de comunicación, es cortar las alas de un pájaro enjaulado; abrazar su riqueza de oportunidades es liberarlo de su cautiverio.

Si uno decide aprender esta lengua, su diversidad, tanto en sinónimos como en interpretaciones y significados, puede resultar un escollo difícil de sortear. Sin embargo, si decidimos ser escribientes utilizando la lengua castellana, encontraremos que posee un abanico inmenso de posibilidades para expresarnos, en diferentes estratos, con casi total exactitud.

La palabra “aire” tiene —según la Real Academia de la Lengua— quince acepciones diferentes y otras tantas significaciones —incluyendo jergas y argot— dependiendo del contexto y palabras que la acompañen:

Si nos encontramos en un programa de radio o de televisión y escuchamos la expresión «estamos en el aire», significa que desde ese momento, todo lo acontecido se emite o graba.

Si nos sorprenden antes de completar algo, «nos pillan con el culo al aire».

Darse aire en algo, es acelerar la velocidad.

Tomar el aire, es darse una vuelta, relajarse.

Echar una cana al aire, es darse un homenaje, no siempre de acuerdo con la moral.

Algunos restaurantes son denominados “Venta del aire”.

Aire es un mamífero insectívoro que habita en Cuba.

Aire puede ser espacio, ínfulas, estilo, viento, rasgo, vanidad o gracia.

El artista Jorge Fin se hace llamar “pintor de nubes”. Una de sus aspiraciones es pintar el aire y admira a otros pintores que han intentado artísticamente tal hazaña, como: Joaquín Risueño, Constable, Turner, Corot o Jacob Van Ruysdael, aunque para la posteridad quedará la frase de Monet, que hacía referencia, tanto a su deseo de representar con maestría ese elemento invisible, como a su imposibilidad.

«Quiero lo inalcanzable. Otros artistas pintan un puente, una casa, un barco, y eso es el fin. Están acabados. Yo quiero pintar el aire que rodea el puente, la casa, el barco, la belleza del aire en el que estos objetos están inmersos, y eso es prácticamente imposible».

                                                                                  Claude Monet

El aire es uno de los principios reveladores de la falsedad del vacío.

Aire es la ventisca, el oxígeno, una burbuja de vida bajo el océano.

El aire es y será por siempre la demarcación limítrofe de la materia.

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