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Título: La Velocidad del Sueño

Autor: Juan Pablo Zapater

Género: Poesía

Nº de páginas: 74

Año de publicación: 2012

Editorial: Renacimiento

ISBN: 978-84-847273-8-5

La editorial Renacimiento al publicar el volumen número 113 de su colección “Calle del aire” se ha marcado un tanto con respecto a sus competidoras al añadir a su colección el flamante regreso del poeta valenciano Juan Pablo Zapater a la poesía.

Cuando en el año 1989 un joven Zapater fue elegido merecedor del premio de poesía Fundación Loewe en la modalidad de joven creación con su obra “La Coleccionista” todo el mundo esperó con interés su siguiente trabajo, lo que muy pocos sabían era que tendrían que esperar 22 años para tenerlo entre sus manos. A diferencia de cualquier otro poeta que viese galardonada su obra con un premio tan prestigioso, en lugar de motivarse mucho más a la hora de publicar trabajos, Zapater decidió guardar un silencio editorial que muchos lamentaron, un silencio quizá entablillado por su perfeccionismo como creador o tal vez instaurado por una necesidad vital que lo llevó a macerar su mundo interior en una prospección que lo ha conducido, sin duda, a su consagración.

La velocidad del Sueño es un poemario dividido en dos partes: “Libro de huéspedes” que comienza con una cita de Paul Auster y “Rosas para otras manos” que comienza con otra cita de Rilke, cada una de las dos partes se compone de quince poemas, por lo que estructuralmente el poemario en general posee cierto grado de simetría. Podríamos decir que el poemario es por entero dialogístico, ya que Zapater dirige el argumento del yo lírico a un interlocutor que puede ser el lector, otras veces (en los poemas dedicados sobre todo) su voz se dirige a esa tercera persona enunciada, y además en algunos poemas la elocuencia de su dictado se proyecta hacia masas desconocidas (vosotros) o hacia masas conocidas (nosotros). Quizá por ese planteamiento de diálogo poético tan reconocible y tan cercano adquiera mayor trascendencia el poder de su palabra poética. Por eso y por una cuidada métrica imparisílaba, al igual que sus colegas Gallego y Marzal, Zapater hace uso de ese método que tanto reconocimiento les ha otorgado alternando los versos heptasílabos con los endecasílabos al estilo —digamos— de un concepto modernizado de lira castellana que prioriza su estructura al argumento y no a la estética.

El primer poema del libro se titula “La extraviada” refiriéndose a la Gaya Ciencia y hablándole directamente a ella reproduce versos de Aleixandre, Salinas o Neruda, en un ejercicio de sinceridad que quizá revela sus influencias como lector en un poema que viene a conmemorar y celebrar su regreso del silencio benefactor a la poesía por tanto tiempo extraviada.

“Libro de huéspedes” es un pequeño resplandor de nostalgia en lucha constante con la sensatez, el poeta no puede resistirse a la melancolía que produce desempolvar un relicario de recuerdos aun siendo consciente del riesgo que conlleva despertar viejos dolores, un ejercicio de atrevimiento que es más prudente tomar cuando los instintos ya están domados.

En “Dolor de los pecados mediocres” el poeta se sincera ante el gran público por su conducta irresponsable hacia alguien que lo estima y que él estimó, en este caso el poema está dedicado al prontamente desaparecido — y también poeta— José Luis Parra. Como buscando su propia absolución, aun a sabiendas que nunca llegará, Zapater pronuncia sus pecados y la ambición que le llevó a cometerlos en un lance de desahogo, un intento por disminuir la carga que lo merma y convierte el poema en un canto a la redención.

Confieso que al leer el poemario encontré dos poemas consecutivos que consiguieron erizarme el vello, dos poemas que hicieron olvidar al ojo agudo los trucos del escritor más avezado, dos poemas que al alma eximieron de la ardua tarea de desbrozar la retórica, dos poemas por los que sin duda merece la pena reseñar este libro: “La mitad del camino” y “El olvido del ángel”. El primero, por ser el disloque de una reflexión de dolor ternurizada, el segundo por ser una deyección de sentimientos en vorágine, una disuria forzada por demonios tras la pérdida de un ser querido, el universal dolor de la ausencia elevado a la belleza de unos versos para el recuerdo: …las nanas que a mi voz nunca le oíste / en las noches cantar y por no darte / en aquel hospital y aquella hora / una cuna en la tumba de mis ojos.

La devónica fuerza de la rosa invade por completo la segunda parte del poemario, una rosa tangible y abstracta, onírica y simbólica que a Zapater le sirve como pretexto luminoso para subrayar los contraluces de la realidad.

En el poema “Carta a un amigo” dedicado a Vicente Gallego, sorprende la sinceridad con que Juan Pablo intenta concienciar a su paisano de que el dogma espiritual al que se ha convertido no es menos ajeno al bien y el mal que cualquier otro, y el razonamiento final del poema dibujando el paralelismo de la espina y la rosa estremece por su incisiva elocuencia al mismo tiempo que por su desnudez encandecida.

El poema “Oración lunática” es una oda a la Luna inspiradora. Es el único poema del libro en que Zapater prescinde por completo del verso de Petrarca y enlaza en un compendio de acrílicas figuras un homenaje a ese ojo lunar que padece estrabismo.

El poema “Río” comienza con una cita de Pío Baroja que marca la pauta general del poema, su máxima contiene las palabras “recordar” e “imaginar” a las que Zapater añade “olvidar” para formar el acrónimo de “río” que reproducen sus iniciales, por eso el autor divide el poema en tres estrofas y comienza con esas tres palabras cada una de ellas.

En el poema “La noche del ateo” no pueden ocultarse ya los vestigios de un agnosticismo empírico, instaurado por la certeza de la experiencia, una experiencia que ha flagelado hasta el exceso hasta el más minúsculo grano de esperanza. La rosa de la fe dejó de hablarte / con su hermoso lenguaje sordomudo. Tras esta contundente ipseidad ya no quedan valores más creíbles que la resignación y la prudencia, el mismo y pesaroso mensaje que transmite el poema “La velocidad del sueño” versos que clausuran el libro ante nuestra mirada atónita, y no podemos reprochar ni un ápice de pesimismo ¿o acaso debemos exigir a aquel que ha padecido y padece dolores inextinguibles que viva esperanzado? Quizá eso sería más hipócrita que optimista.

Tras varias profundas, nocturnas y reveladoras lecturas, el poemario de Zapater se descube como un devocionario no confesado, un excelente trabajo de sinceridad armonizada que adolece el estigma de la velocidad de los sueños, la prisa y rapidez del mundo actual trascendidas como magnitud al mundo onírico, una magnitud demonizada que puede acercar o alejar a voluntad  a los pobres individuos de sus metas.

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