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Estamos aquí para despertar de la ilusión

de que estamos separados.

Thich Nhat Hanh

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LA CREDULIDAD DEL IGNORANTE

 

Cualquier constitución elaborada para legislar un país presume entre sus artículos de palabras como: justicia, igualdad, libertad, ordenamiento jurídico o pluralismo político. No hay que ser una autoridad en la materia para darse cuenta de su sistemático incumplimiento. Y es que uno de los resortes de los que se ayuda el poder para alcanzar su estatus, es precisamente el engaño. Un engaño —más que evidente—, a día de hoy, que hace uso de todos los recursos a su disposición —legales o no— para materializarse.

Como ciudadanos de países «desarrollados» estamos acostumbrados a recibir misivas de comportamiento: publicidad, noticias, arte, tecnología…etcétera, directrices que no interpretamos como mandato —lo que verdaderamente son—, sino como tendencia, corrección o «medidas de integración social». Y es que, no por nada, las cúpulas de la inteligencia mundial basan sus proyectos de gobierno en estudios sociológicos, somos objeto de una etología sumergida, análisis que determinan los perfiles generales de una masa anónima que demanda y manifiesta inconscientemente alimentar sus instintos mostrando una actitud manipulable (gregarismo).

La condición humana está formada por una serie de vicios distintivos, una letanía de rasgos animales que arrastran consigo la pesada carga del materialismo, la envidia, la ambición, valores arraigados que hábilmente estimulan los facinerosos gobernantes. Nos dibujan un paradisíaco escenario poblado de derechos seráficos para después desviar nuestra atención con cortinas de humo que les permiten llevar a cabo sus intenciones onerosas, valiéndose de la anquilosada estructura de un sistema que ellos mismos complican para su ocultación. Tal vez sea ese principio el erróneo, la política, pensar que un estamento tan alambicado y corrupto como ese sea el único válido para gestionar los recursos de una nación; o por lo menos, la política que conocemos. En estas últimas décadas, filósofos tan influyentes y distintos como Mounier (personalismo), Lévinas (fenomenología), Ricoeur (hermenéutica), Rawls (contractualismo), Apel (kantismo), Rorty (paganismo), Maclntyre (aristotelismo)… Se han mostrado conscientes de que sus reflexiones éticas, en un intento por humanizar la política introduciéndole la ética o emanan de profundas preocupaciones políticas o constituyen una referencia crítica al quehacer democrático. Y esta penetración en el pensamiento político no proviene de una causal opción de cada pensador, sino que responde a las internas exigencias del propio pensar ético-filosófico.

El hecho de convocar a los ciudadanos a las urnas cada cierto tiempo, puede decirse que no es más que una farsa, una pantomima que alimenta la creencia del propio individuo a cerca de la «importancia» que tiene para su gobierno su «valiosa» opinión. Si bien, en una campaña electoral todos los discursos de los líderes políticos versan sobre el consenso de los partidos, la economía del bien común o la prioridad de los intereses generales de la sociedad sobre cualquier otro asunto, una vez adquirido el poder, el grupo de turno aliena toda esa dialéctica de vapor que propagaba asentando una inmoralidad recalcitrante. Una vez más, la masa necesitada de liderazgo renuncia a su autonomía y es manipulada debido a uno de sus caracteres más subrayados, su heteronomia.

LA CULTURA COMO ARMA INSOBORNABLE

Lo que aparenta ser lo más fuerte

ha sobrepasado ya su tiempo de vida.

El futuro depende de lo que se está fraguando desde abajo.

Seamus Heaney

imagen movimiento ciudadano manos

Como dijo el icónico revolucionario por antonomasia, Ernesto “Che” Guevara: «Un pueblo que no sabe leer ni escribir es un pueblo fácil de engañar». Creemos que sabemos leer y escribir, pero nos sirve de poco. Volviendo a los rasgos que nos caracterizan como sociedad global, encontramos la ignorancia como constante inamovible, aunque parezca mentira, una gran parte de la población sigue siendo analfabeta, otra gran parte no completa los estudios básicos, otra parte apenas culmina unos estudios medios y así sucesivamente. Abandono escolar, falta de recursos económicos de las familias, asilvestramiento de una juventud desencantada quizá por no encontrar un revulsivo en estudiar una carrera para después engrosar la lista del desempleo. En la actualidad, tener un trabajo ya no significa dejar de ser pobre. La subida de tasas en las universidades, el desequilibrio entre la inflación y la renta per cápita, la preservación del misérrimo salario mínimo interprofesional y un largo etcétera, son motivo más que suficiente para producirse una expansiva pérdida de derechos y el desamparo intelectual de varias generaciones.

El poder es esencialmente egoísta, no quiere ciudadanos que piensen por sí mismos, no quiere verse cuestionado por seres inferiores que lo único que tienen que pensar es en mantenerlo, por eso fabrica la cultura de masas y trata de dificultar el acceso de las clases medias y bajas a la educación. Es muy consciente de que la cultura es una de las llaves que puede romper su monopolio, su estrategia básicamente se reduce a desorientar y desunir al pueblo, en lugar de aumentar y proteger sus derechos. Uno de los resortes mundiales creado para esa función de monopolio es sin duda la globalización, un fenómeno inducido que ya es tendencia y aumenta las diferencias entre clases sociales, motivando con ello el aumento de la producción y el beneficio de los mercados a costa de un precio medioambiental incalculable y una supresión de libertades y derechos del ciudadano que nos retrotrae a tiempos de guerra. Los pequeños y medianos comercios están desapareciendo,  la facilidad para comunicar con personas en la otra parte del planeta de manera inmediata hace que todos nos decantemos por las mismas vías y sin querer, estamos marcando un rastro con nuestra información fácilmente detectable. Son tantas las connotaciones negativas de esta tendencia mundial sobre la sociedad que cualquiera que aumente sus conocimientos en ese sentido advertirá de inmediato un ofensivo intrusismo en la libertad, que como consecuencia, nos desemboca en una sensación beligerante. La educación es la puerta, la cultura la llave.

LA CIUDADANÍA Y SU ROL FÁCTICO

En el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo

el artista y el objeto de su arte, es el escultor y el mármol,

 el médico y el paciente.

Erich Fromm

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El mundo está en peligro, la amenaza del pensamiento único, de un gobierno mundial, sobrevuela todos los escenarios futuros, el sociólogo M. McLuhan introdujo ya hace tiempo el concepto de «aldea global» para referirse a la interdependencia creciente entre las diferentes sociedades del planeta. Universalismo no equivale a homogeneidad. Algunos piensan que la mundialización que padecemos es inevitable, otros pensamos que —al menos— sí es reorientable y eso exige pasar a la «acción».

Mientras la economía no esté al servicio de las personas y de la biosfera no será posible disfrutar de un sistema inclusivo y solidario, evolutivo y sostenible, algo poco probable si analizamos los intereses que defienden instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio, los verdaderos reyes de esta arcadia de degradación y pobreza en expansión.

La ciudadanía no es consciente del inmenso poder que posee, el ciudadano de a pie se siente vulnerado, inferior a sus dictadores que los tratan como semovientes, pero nada de eso, precisamente está en manos de la ciudadanía, el único y verdadero poder para oponerse eficazmente a estas fuerzas y hasta pulverizar cualquier instancia de poder a la que considere deshonesta. Tan sólo debe cerciorarse, cada individuo, de que los fines que él persigue son los mismos que los de su vecino, advirtiendo así que son perfectamente realizables aunando fuerzas. Si la sociedad quisiera, podría derrocar a cualquier rey, arruinar a una empresa determinada o convertir en inaplicable cualquier decreto que ella no acatara. Pero para eso hace falta perder el miedo y ganar la convicción. Si sabemos de una empresa que explota a niños para manufacturar sus productos, promovamos una campaña de acoso y derribo y no compremos ninguno de sus artículos. Toda aquella marca que no cumpla las normativas de comercio justo, todo aquel grupo político que no respete las leyes ni el decálogo de su precampaña electoral debería temblar ante el expeditivo acto de una sociedad indignada y bien canalizada que los ajusticiara al momento. Pero no es así, PERMITIMOS que unos bancos sufragados con dinero público expolien a sus propios clientes cuando lo que deberíamos hacer es atacar masivamente y no ingresar moneda alguna en sus cuentas. Los bancos, como brazos articulados de los gobiernos, son una lacra que sirve para controlar e intimidar a los ciudadanos, si fuésemos capaces de reclamar nuestra soberanía como pueblo veríamos que los sistemas que tenemos por factibles son meras dictaduras disfrazadas, y seríamos testigos, con una crueldad pasmosa, de que el siguiente paso del sistema sería la violencia, y no dudarían en utilizar cualquier medio, por cruento que fuese, para eliminar sus amenazas.

Es necesaria la revolución para salir de la oscuridad, todos somos títeres, números que viven en la parte más oscura de una sombra, sujetos potencialmente consumistas para quien manipula los hilos, un rol umbrío que a través del valor y la cultura debemos y podemos cambiar. Debemos creer en el antropocentrismo a cualquier precio, desobedecer las normas y potenciar nuestras virtudes, nadie hace caso de manifestaciones pacíficas, es más, las criminalizan, eso no nos deja muchos cauces para canalizar nuestra discrepancia. Los periódicos son las sagradas escrituras del eufemismo, hay que decir «basta» y movilizarse.

DE LA SUMISIÓN A LA SUBLEVACIÓN

Cuando la dictadura es un hecho,

la revolución se convierte en un derecho.

Víctor Hugo

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El paso que debemos dar como ciudadanos libres y conscientes de nuestras responsabilidades, no es fácil, pero es necesario, no es digno soportar por más tiempo las vejaciones a las que nos someten los mecánicos e insensibles métodos de la ambición de los pudientes. Si no remediamos a tiempo que la agresividad de los mercados determine las circunstancias económico-sociales de los continentes, pronto llegaremos —de mano de la tecnología— a escenarios donde la rebelión ciudadana se limitará a una pobre e insulsa resistencia. Si tal como está vaticinado, la robótica desarrollará sus técnicas y nos ofrecerá los primeros cyborg completamente insertados en la sociedad, ¿qué clase de empresario no querrá contratar al empleado perfecto, que no se detiene a comer, que no llega tarde ni enferma, que no percibe sueldo ni emite queja alguna? El futuro se presenta desolador. Actualmente, una empresa de producción de Smartphone ubicada en China ha despedido a todos sus empleados y los ha suplantado por robots, triplicando con ello su producción. Imaginen un ejército de sicarios robóticos, sin remordimientos ni escrúpulos, sin dudas ni humanidad, ¿alguien piensa que no serían utilizados para reducir a los desobedientes?

Las mismas familias que actualmente monopolizan los recursos del planeta, serán las mismas que lo hagan de aquí a cien o doscientos años, la única salvedad es que para entonces, la balanza —si no hacemos nada— ya se habrá desequilibrado por completo. Que nadie lo dude: no somos libres. Que nadie lo dude: estamos condenados. Que nadie dude de la inexorabilidad de estos procesos, ya imparables, que van deteriorando y acotando al ser humano.

El ser humano es el factótum que hace girar la maquinaria del mundo, nadie puede convencerme de que deba ser esclavizado por el capitalismo: pluralidad de culturas y respeto, equitativas normas, poderes públicos. Nada debe escapar al escrutinio de la verdadera democracia, aquella que garantiza la prosperidad y bienestar de sus practicantes. Si una entidad bancaria no funciona, debería cerrarse. Si un partido político estafa o no cumple su programa electoral, debería suprimirse. La dignidad de una persona no es moneda de cambio. Derechos inviolables, normas relativas. Libertad, sanidad, educación, el planeta ofrece recursos para todos ¿quién no proporcionaría alimento a aquel que muere de hambre? Mientras no luchemos por ello no merecemos llamarnos seres humanos. Escuchad a Hessel. Hay que paliar la pobreza, el hambre, el miedo, nadie lo hará por nosotros. Las circunstancias nos exigen el mazo, el golpe sobre la mesa, la convicción desatada, no titubeemos más en la obediencia sistemática, nos han defraudado tantas veces que ya no hay decoro en el silencio. Cambiemos mártires por héroes, son mucho más baratos, viven menos y no piden disculpas. La mascarada tiene sus días contados, debe eclosionar la primavera de las conciencias, debe terminar este declive que corrompe hieráticos edenes y contamina idílicos estuarios. Facundia tras facundia, mentira tras mentira y el odio nacerá para buscar su forma.

Desde luego, no debe ser fácil poner en riesgo la integridad de uno mismo y su familia, arriesgarse a perder el seudoconfort que nos permiten tener, pero mientras no lo hagamos, mientras no reaccionemos pacíficamente ante esta amenaza y sigamos escribiendo y pensando lo que nos permitan escribir y pensar, mientras sigamos comiendo y diciendo lo que nos permitan comer y decir, no seremos más que las ratas inducidas de un cruel y jactancioso «flautista de Hamelín».

La violencia, esa arma a la que nuestro sentido común relega siempre como último recurso en cualquier pleito, es el último reducto —lo queramos o no— ante la derrota; esperemos que nuestra pasividad no lo convierta en el único.

 

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