Archivos para octubre, 2015

paraíso perdido

Vivir sin viviente, como morir sin muerto: escribir nos remite a estas proposiciones enigmáticas.

Maurice Blanchot

Realidad constatable

Vivimos en un mundo donde la mayor parte de la riqueza del planeta es repartida entre catorce familias. Por desgracia, las clases más pobres de países enteros subsisten como pueden a las enfermedades, la violencia y el hambre, sin tener acceso a los recursos que su propia tierra les concede, y no encuentran una solución ni en sus gobernantes ni en los mandatarios del resto del mundo. Existen adelantos científicos que sólo pueden disfrutar los pudientes: intervenciones quirúrgicas, vacunas, sistemas de prevención de incendios, tsunamis, terremotos, artilugios que podrían salvar cientos de vidas humanas, pero que si no hay quien abone a su distribuidor el precio total de su coste, nunca serán instalados ni suministrados. Tenemos el ejemplo cercano de ese material, ya maldito, el Coltán, al que en la República del Congo y alrededores, han erigido como el culpable de una matanza entre etnias con los países desarrollados como mediadores. Las pobres gentes de los países subdesarrollados, por no tener industria ni mercado, es decir, no tener la forma de extraer las piedras preciosas de sus minas, (por ejemplo) como tampoco de comercializarlas, son testigos del asalto de los países “desarrollados” en odiseas ya conocidas por todos por películas como por ejemplo Diamante de sangre (Edward Zwick, 2006). ¿Hasta dónde puede llegar la crueldad humana?

El avance de la ciencia resulta un avance al cincuenta por ciento, ya que por igual se invierte en evolucionar (antídotos, confort, lujo, salud, comunicación) como también en involucionar (explotación, vulneración de los derechos más básicos, belicismo…).

Hasta ahora, y como raza dominante, no hemos podido demostrar que somos los verdaderos dueños de todo cuanto nos rodea, no hemos demostrado que merecemos el legado de la Naturaleza, el legado de saber utilizar nuestro cerebro o la conquista del conocimiento a través de la Ciencia. Al mismo tiempo que nuestra curiosidad, que nuestra ambición, camina nuestra insensatez, por ello a lo largo de la historia no hemos dejado de desear mundos perfectos, oníricas visiones de una sociedad más que imposible. Y es que, mucho antes de que Tomás Moro acuñara la palabra “utopía” esa necesidad utópica de soñar realidades incumplibles ya existía. Digamos que nuestra raza siempre ha deseado más que buscado, la perfección, desde los faraones del Antiguo Egipto a través de sus construcciones milenarias, hasta los escultores de la antigua Grecia en busca de la proporción divina. Es evidente que no lo hemos conseguido, el mundo político está sufriendo un descrédito como pocas veces se ha visto, el sistema económico mundial ha demostrado fehacientemente que no es sostenible, nuestras leyes están a muchos años luz de ser justas con el ciudadano, la administración de los recursos naturales está manipulada por el interés de los mercados, por no hablar de la vulneración de los Derechos Humanos a todas luces, así como el inmenso deterioro físico que está sufriendo nuestro planeta. Con factores así, no es de esperar que en la imaginería del ciudadano-guerrero, aunque desencantado, se den operaciones infinitas, necesitamos creer en algo más, no podemos creer que la patética realidad del presente sea todo a lo que aspiramos. Por eso la utopía es necesaria, tan necesaria como peligrosa, por una parte critica a la realidad que la provoca, eso es bueno, pero por otra construye castillos en el aire a veces más movida por la ilusión y el idealismo que por la razón. En cambio, la distopía, como término “contrario”, propone un futuro no tan apacible, basándose también en las reminiscencias del presente y construye un futuro más coherente con respecto a las ruinas en que se asienta. Si nuestro mundo real fuese perfecto, una distopía sería la realidad que actualmente estamos viviendo, por tanto existen tantas distopías y utopías como fantasía posea el ser humano.

En cualquier manual o diccionario encontraremos que la palaba «distopía» es un término “contrario” a la utopía, pero en verdad no lo es. Si la utopía es una ilusión tan esperanzadora como irrealizable, la distopía, para ser contraria, debería ser la ausencia de ilusión, o una desilusión desesperanzadora y totalmente realizable, por tanto, para mí, lo contrario a la utopía es la realidad y la distopía es un género de esperanza que bebe del realismo.

Cine distópico

El séptimo arte es un manantial de distopías que quizá algún día se cumplan. En el año 1976 el director de cine Richard T. Heffron dirigió el film Mundo futuro, protagonizado por Peter Fonda y Yul Brynner, en el que una siniestra organización suplanta a los dirigentes de las superpotencias mundiales por réplicas mecánicas a sus órdenes. Lo llaman ciencia-ficción pero en realidad es una simbiosis entre la actualidad científica y la insobornable condición humana.

En el año 1984 y con un bajo presupuesto, el director de cine James Cameron filma un gran éxito de taquilla llamado Terminator, un guion en el que las máquinas, en el futuro, dominan la tierra y deciden exterminar a la raza humana ya que nos consideran una amenaza para ellos; ordenadores muy potentes conectados a todos los sistemas de defensa, ejércitos de robots casi indestructibles y viajes en el tiempo conforman esta historia que cada vez está más cerca de la realidad. Hoy en día ya existen los robots de apariencia humana y existen proyectos para fabricar cyborg en menos de 20 años.

Michio Kaku

Michio Kaku

Algunos científicos de talla mundial, como Michio Kaku, vaticinan una tecnocratización sin precedentes en los próximos años; sexo de humanos con máquinas, cultivo de órganos a la carta o el enorme campo de aplicaciones de la inteligencia artificial son sólo algunas de las servidumbres a las que nos veremos sometidos.

Farenheit 451 (François Truffaut, 1966), Equilibrium (Kurt Wimmer, 2002), La Fuga de Logan (Michael Anderson, 1976), The Road (John Hillcoat, 2009), o Mad Max (George Miller, 1979), son sólo algunos ejemplos de cuán terribles pueden ser nuestros futuros, donde la opción de gobierno más repetida es la opresión, el totalitarismo, historias donde la resistencia humana trata de sobrevivir a las dictaduras implacables, que es casi más preferible que la otra opción más recurrente, el caos absoluto o la anarquía, donde impera la ley del más fuerte.

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Lo cierto es que es tan productiva la imaginería de los guionistas de cine, que no sería descabellado afirmar que alguna de sus truculentas hipótesis futuras acertase de pleno con nuestro porvenir. Los directores Marc Foster y Neil Blomkamp ofrecieron en 2013 dos propuestas a cada cual más terrible: Guerra Mundial Z y Elysium, respectivamente, dos historias diferentes que parten de géneros estereotipados, quizá manidos, una de zombis y otra de un héroe que quiere salvar al mundo, ciencia ficción al servicio del entretenimiento, pero si observamos las verdaderas tramas de estas dos historias, vemos que podrían convertirse en realidad dado los grados de concupiscencia y deshumanización que adolecemos en  nuestro presente.

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Literatura utópica

Un torrente de propuestas fantásticas nos brinda la literatura desde tiempos inmemoriales, pero más arcaica aún que la propia escritura es la utopía, pues siempre ha vivido en los sueños de los hombres. Durante los siglos XVI y XVII, en pleno Renacimiento, la utopía intenta expresar el espíritu del Humanismo, la sociedad desempolva el platonismo, eso unido a nuevos descubrimientos geográficos, la confianza generalizada en el carácter prometeico del Hombre, y una eclosión de búsqueda y reelaboración de antiguas historias igualitarias y cristianas, forman el caldo de cultivo del que germina —digamos—, un nuevo género literario: la Utopía.

Hagamos un repaso esquematizado y sintetizado a algunas de las obras surgidas en ese periodo de tiempo tan prolífico de nuestra historia y veamos cómo sin grandes análisis ni enrevesadas interpretaciones encontraremos diversos denominadores comunes:

En el año 1516, aunque ya se habían escrito grandes obras utópicas como La Democracia de Platón, Tomás Moro escribe Utopía, la obra capital sobre este género y acuña por primera vez el término, su traducción precisa es «no lugar». Esta obra conforma ciertas características que después serán canónicas para posteriores autores y visionarios, por ejemplo: geografía insular, holismo político, arquitectura geométrica, pureza moral, voluntarismo o igualitarismo. Utopía es una isla en forma de luna creciente, formada por 54 ciudades cuadradas, fortificadas y simétricas. Es una federación democrática parlamentaria representada por un príncipe. Su economía es uno de sus puntos clave, es un comunismo de estado, sin propiedad privada, comercio ni moneda, la distribución de bienes es igualitaria, sus pobladores están obligados a trabajar seis horas diarias por lo que se garantiza la ausencia de la miseria y el lujo.

En el año 1602 Tommaso Campanella escribe La Ciudad del Sol, en ella se narra la existencia de una ciudad sobre una colina compuesta por siete círculos concéntricos, en la cumbre de esa colina preside un templo. En cuestiones políticas se utiliza la teocracia. Su sociedad es totalitaria, de autocrítica pública, donde existe la educación común desde los dos años y donde se formulan reglamentaciones eugenistas sobre la sexualidad.

1623 es el año escogido por Francis Bacon para divulgar su Nueva Atlántida, una nueva propuesta de utopía que rompe moldes al considerar que la naturaleza hay que dominarla y propone una apología de la ciencia que basa a la felicidad del Hombre en su desarrollo. Su ubicación es en una isla cercana a la famosa Atlántida llamada Bensalem. En el centro de su urbanidad se encuentra la «Casa de Salomón», un centro de investigaciones científicas. Se profesa el reparto equitativo de las riquezas, existe la propiedad, el comercio y la moneda, y sus administradores son una élite jerarquizada de sabios.

Ya metidos en el siglo de la Ilustración, encontramos El naufragio de las islas flotantes  (1753) de Étienne-Gabriel Morelly, donde se condena la propiedad privada, donde se articula la libertad e igualdad en iguales proporciones, y donde una monarquía escogida como símbolo de un poder soberano se limita a hacer cumplir las leyes naturales. En esta arcadia no existe la policía ni el matrimonio, tampoco hay ejército y la moral se regula según los conceptos que dicta la madre Naturaleza.

El Manifiesto de los plebeyos (1795) de Graco Babeuf o El Reino de Butua (1788) de D.A.F. Sade, son sólo la punta del iceberg de una larga lista de relatos icónicos en relación al tema que nos ocupa, lo que significa que la humanidad todavía no ha aplacado ese sentimiento de desencanto propiciado por ella misma.

La utopía siempre ha estado y siempre estará porque es una necesidad vital del ser humano, es un anhelo que poseemos los virtuosos soñadores de mundos mejores, una proyección de una realidad virtuosa que ha aprendido de los errores y puede servirnos para corregir las posibles faltas que inundan nuestras páginas de historia.

Hipótesis de la nueva utopía o Neotopía

George Orwell se acercó como nadie al futuro incierto a través de su elucubración fantástica, Dante enumeró cuatro tipos de utopía en su Divina Comedia, pero nuestro verdadero rol en la actualidad, nuestro guion literario en la existencia es el mismo que el del protagonista de El Paraíso perdido, de John Milton, un hombre atribulado, obligado a vivir, sentenciado a contemplar la grandeza de su paraíso perdido, la eternidad de un paraíso que seguramente le sobrevivirá, nos sobrevivirá, y quizá por ello debamos suprimir esa obcecación por reconquistarlo.

Yo, creyente del dogma numérico que postula a las matemáticas como el verdadero lenguaje del Universo y apóstol de una idea kafkiana, sentir que la vida biológica está intrínsecamente ligada a la geometría, no puedo más que vincular tales perspectivas a este azote fantástico de vaticinar posibles futuros para la humanidad. Si la utopía se concibe como algo inalcanzable, es porque necesita de la honestidad y la bondad humana para transformarse en realidad, necesita de la ausencia de codicia y violencia, pero esas son costumbres inherentes a nuestra conducta humana, raíces arraigadas en lo más profundo de nuestros genes, que, de momento, no hemos sido capaces de censurar o administrar. Poseemos un temple animal, instintivo, que ansía el poder y es capaz de alcanzar su propia destrucción por la ambición, algo incoherente si tenemos en cuenta que alardeamos de ser el único ser vivo —en el universo conocido— con capacidad de raciocinio.

Hoy concebimos la administración de nuestras naciones por un holismo político que está a años luz de servir a un pueblo al que ni siquiera representa, holismo disfrazado de: democracia, monarquía, república o comunismo que no es más que una élite de acaudalados gobernantes que monopolizan los recursos de un planeta, recursos que deberían revertir en el pueblo que lo trabaja y no como ocurre, para servir al enriquecimiento de unos pocos. Por la “permisividad” del pueblo ante actitudes semejantes surgen el hambre y la guerra, la pobreza, la desigualdad, y se edifican sistemas donde las propias leyes protegen a los que las quebrantan en un bucle que jamás se romperá si no es con la violencia.

En mi opinión, la inteligencia al servicio del ego ha sido la responsable de esta letanía de dictaduras enmascaradas, y en mi opinión también, no es la violencia, si no la inspiración, el lugar donde debemos buscar la llave de nuestras soluciones. Una inspiración que nos lleve a derrocar lo más pacíficamente posible a estos adoradores del dinero, pero con mucha mayor clase y dignidad que la que demuestra aquel que intenta machacar al más vulnerable.

cartel utopía

Me reitero en que la distopía no es diametralmente opuesta a la utopía, ya que ese hueco queda reservado para la realidad, sin embargo encuentro más factible que la distopía discurra perpendicularmente a la utopía y en algún momento, en su radio de acción, ambas se entrecrucen pudiendo tener una las características de la otra, y sea muy difícil distinguirlas, por lo tanto, supongamos el epicentro de una circunferencia al que llamaremos «realidad constatable» y de ese punto trazamos una recta en sentido vertical hasta tocar el límite de la circunferencia, ese radio será llamado «utopía», algo equivalente a nuestro optimismo. Del mismo punto central dibujamos otra recta, esta vez perpendicular a la utopía y la trazamos directamente hasta el límite de la circunferencia; a esta recta la llamaremos «distopía» o lo que es lo mismo, la propia concreción de nuestro pesimismo, el límite de la circunferencia no es más que “nuestro futuro incierto” ese valle que todos queremos conquistar o diríamos pre-conquistar para garantizar nuestra felicidad; llegados a este punto, las direcciones de distopía y utopía describen un ángulo hipotético de 90º que si tomamos los segmentos de cada directriz como diámetro de su propia circunferencia (supuesto campo de acción) nos da como resultado otra línea hipotética que cortaría ese ángulo de 90º en dos ángulos de 45º y llegaría de igual manera al límite de la gran circunferencia, hacia el futuro incierto. Esa recta dibujaría el verdadero sendero que tomaría nuestra realidad constatable en su periplo hacia el futuro incierto, un camino no contaminado ni por optimismos ni pesimismos, exento de valoración humana, coherente y rutilante, condenado a ser una neotopía efímera que a diferencia de sus compañeras de viaje, algún día se consumará y dejará de serlo. Un pensamiento en consonancia con una naturaleza cíclica —y líquida—, un nuevo género en el que, de momento, no hemos tenido la potestad de escribir.

 

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Ignis

Publicado: 26 octubre, 2015 en poemas
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blog_ignis

Un niño pobre observa a través del ojo de una cerradura una gran comilona de personas pudientes. Así comprueba la insultante opulencia, ambición, desenfreno. El hartazgo, las drogas, el sexo. La tiranía del poder. La hipocresía, la crueldad y la soberbia. Muy abatido, el niño se marcha de allí entonando una plegaria.

IGNIS

(FUEGO)

Hablante lírico 2 (Voz infantil)

Manifiéstate,

acude a los rituales de esta noche

inacabada.

Concede el privilegio de tu baile

a los adoradores de tu germen.

En ti, los atavíos de una Estrella

son luz, sublimación de son y viento.

Te invoca el hombre en llamas.

Arde para ser culmen del propósito

de aquellos que festejan tradiciones,

quema sus impurezas y sus miedos

demuestra tu naturaleza extraña.

Nadie agradecerá tu nacimiento,

no quedará de ti ningún rescoldo

por más que dignifiques la ceniza.

Poema inédito

(Lágrimas traveseras, Heberto de Sysmo)

Publicado en la revista cultural Sede:

http://sederevista.com/ignis

Cuando todo está dicho

Publicado: 26 octubre, 2015 en poemas
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Portada-Artegrafia-II

Sonetos

I

La música en tu présbita mirada

barrunta sinfonías de silencio,

palabras que jamás serán dictado

sarmiento de tus lágrimas marchitas.

Tu pelo blanquecino en un tocado

esconde una belleza trasvenada,

tu cuerpo en consunción y resiliente

elonga en un sudario su misterio.

El tiempo se detiene en tu sonrisa

sonrisa con tus ojos en disenso

pupilas esperando un imposible.

Tu rezo es invisible y silencioso

¡Oh, sombra atemporal, desmemoriada!

Acrílico y seráfico fantasma.

II

 

Recuerdas el amor de quien te quiso

extrañas la pasión de aquellos años,

y sigues esperando en la frontera

que linda con el sueño y la locura.

Anclada en un otoño ya olvidado

suspiras por un tiempo ya perdido,

y a toda tu sapiencia renunciaras

tan sólo por un diezmo de alegría.

Desandas la hermosura de una vida

sintiendo los escarnios del engaño

y ya nada te explicas, ni lo quieres.

Consultas tu reloj con impaciencia

y en ese eterno instante solo escuchas

tu voz, la ingravidez, el extravío.

(Publicado en Arte-Grafía II [Pasiónporloslibros, 2013] como ejercicio de écfrasis sobre un cuadro de Carme Martí)

Estamos aquí para despertar de la ilusión

de que estamos separados.

Thich Nhat Hanh

fotos justa

LA CREDULIDAD DEL IGNORANTE

 

Cualquier constitución elaborada para legislar un país presume entre sus artículos de palabras como: justicia, igualdad, libertad, ordenamiento jurídico o pluralismo político. No hay que ser una autoridad en la materia para darse cuenta de su sistemático incumplimiento. Y es que uno de los resortes de los que se ayuda el poder para alcanzar su estatus, es precisamente el engaño. Un engaño —más que evidente—, a día de hoy, que hace uso de todos los recursos a su disposición —legales o no— para materializarse.

Como ciudadanos de países «desarrollados» estamos acostumbrados a recibir misivas de comportamiento: publicidad, noticias, arte, tecnología…etcétera, directrices que no interpretamos como mandato —lo que verdaderamente son—, sino como tendencia, corrección o «medidas de integración social». Y es que, no por nada, las cúpulas de la inteligencia mundial basan sus proyectos de gobierno en estudios sociológicos, somos objeto de una etología sumergida, análisis que determinan los perfiles generales de una masa anónima que demanda y manifiesta inconscientemente alimentar sus instintos mostrando una actitud manipulable (gregarismo).

La condición humana está formada por una serie de vicios distintivos, una letanía de rasgos animales que arrastran consigo la pesada carga del materialismo, la envidia, la ambición, valores arraigados que hábilmente estimulan los facinerosos gobernantes. Nos dibujan un paradisíaco escenario poblado de derechos seráficos para después desviar nuestra atención con cortinas de humo que les permiten llevar a cabo sus intenciones onerosas, valiéndose de la anquilosada estructura de un sistema que ellos mismos complican para su ocultación. Tal vez sea ese principio el erróneo, la política, pensar que un estamento tan alambicado y corrupto como ese sea el único válido para gestionar los recursos de una nación; o por lo menos, la política que conocemos. En estas últimas décadas, filósofos tan influyentes y distintos como Mounier (personalismo), Lévinas (fenomenología), Ricoeur (hermenéutica), Rawls (contractualismo), Apel (kantismo), Rorty (paganismo), Maclntyre (aristotelismo)… Se han mostrado conscientes de que sus reflexiones éticas, en un intento por humanizar la política introduciéndole la ética o emanan de profundas preocupaciones políticas o constituyen una referencia crítica al quehacer democrático. Y esta penetración en el pensamiento político no proviene de una causal opción de cada pensador, sino que responde a las internas exigencias del propio pensar ético-filosófico.

El hecho de convocar a los ciudadanos a las urnas cada cierto tiempo, puede decirse que no es más que una farsa, una pantomima que alimenta la creencia del propio individuo a cerca de la «importancia» que tiene para su gobierno su «valiosa» opinión. Si bien, en una campaña electoral todos los discursos de los líderes políticos versan sobre el consenso de los partidos, la economía del bien común o la prioridad de los intereses generales de la sociedad sobre cualquier otro asunto, una vez adquirido el poder, el grupo de turno aliena toda esa dialéctica de vapor que propagaba asentando una inmoralidad recalcitrante. Una vez más, la masa necesitada de liderazgo renuncia a su autonomía y es manipulada debido a uno de sus caracteres más subrayados, su heteronomia.

LA CULTURA COMO ARMA INSOBORNABLE

Lo que aparenta ser lo más fuerte

ha sobrepasado ya su tiempo de vida.

El futuro depende de lo que se está fraguando desde abajo.

Seamus Heaney

imagen movimiento ciudadano manos

Como dijo el icónico revolucionario por antonomasia, Ernesto “Che” Guevara: «Un pueblo que no sabe leer ni escribir es un pueblo fácil de engañar». Creemos que sabemos leer y escribir, pero nos sirve de poco. Volviendo a los rasgos que nos caracterizan como sociedad global, encontramos la ignorancia como constante inamovible, aunque parezca mentira, una gran parte de la población sigue siendo analfabeta, otra gran parte no completa los estudios básicos, otra parte apenas culmina unos estudios medios y así sucesivamente. Abandono escolar, falta de recursos económicos de las familias, asilvestramiento de una juventud desencantada quizá por no encontrar un revulsivo en estudiar una carrera para después engrosar la lista del desempleo. En la actualidad, tener un trabajo ya no significa dejar de ser pobre. La subida de tasas en las universidades, el desequilibrio entre la inflación y la renta per cápita, la preservación del misérrimo salario mínimo interprofesional y un largo etcétera, son motivo más que suficiente para producirse una expansiva pérdida de derechos y el desamparo intelectual de varias generaciones.

El poder es esencialmente egoísta, no quiere ciudadanos que piensen por sí mismos, no quiere verse cuestionado por seres inferiores que lo único que tienen que pensar es en mantenerlo, por eso fabrica la cultura de masas y trata de dificultar el acceso de las clases medias y bajas a la educación. Es muy consciente de que la cultura es una de las llaves que puede romper su monopolio, su estrategia básicamente se reduce a desorientar y desunir al pueblo, en lugar de aumentar y proteger sus derechos. Uno de los resortes mundiales creado para esa función de monopolio es sin duda la globalización, un fenómeno inducido que ya es tendencia y aumenta las diferencias entre clases sociales, motivando con ello el aumento de la producción y el beneficio de los mercados a costa de un precio medioambiental incalculable y una supresión de libertades y derechos del ciudadano que nos retrotrae a tiempos de guerra. Los pequeños y medianos comercios están desapareciendo,  la facilidad para comunicar con personas en la otra parte del planeta de manera inmediata hace que todos nos decantemos por las mismas vías y sin querer, estamos marcando un rastro con nuestra información fácilmente detectable. Son tantas las connotaciones negativas de esta tendencia mundial sobre la sociedad que cualquiera que aumente sus conocimientos en ese sentido advertirá de inmediato un ofensivo intrusismo en la libertad, que como consecuencia, nos desemboca en una sensación beligerante. La educación es la puerta, la cultura la llave.

LA CIUDADANÍA Y SU ROL FÁCTICO

En el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo

el artista y el objeto de su arte, es el escultor y el mármol,

 el médico y el paciente.

Erich Fromm

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El mundo está en peligro, la amenaza del pensamiento único, de un gobierno mundial, sobrevuela todos los escenarios futuros, el sociólogo M. McLuhan introdujo ya hace tiempo el concepto de «aldea global» para referirse a la interdependencia creciente entre las diferentes sociedades del planeta. Universalismo no equivale a homogeneidad. Algunos piensan que la mundialización que padecemos es inevitable, otros pensamos que —al menos— sí es reorientable y eso exige pasar a la «acción».

Mientras la economía no esté al servicio de las personas y de la biosfera no será posible disfrutar de un sistema inclusivo y solidario, evolutivo y sostenible, algo poco probable si analizamos los intereses que defienden instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio, los verdaderos reyes de esta arcadia de degradación y pobreza en expansión.

La ciudadanía no es consciente del inmenso poder que posee, el ciudadano de a pie se siente vulnerado, inferior a sus dictadores que los tratan como semovientes, pero nada de eso, precisamente está en manos de la ciudadanía, el único y verdadero poder para oponerse eficazmente a estas fuerzas y hasta pulverizar cualquier instancia de poder a la que considere deshonesta. Tan sólo debe cerciorarse, cada individuo, de que los fines que él persigue son los mismos que los de su vecino, advirtiendo así que son perfectamente realizables aunando fuerzas. Si la sociedad quisiera, podría derrocar a cualquier rey, arruinar a una empresa determinada o convertir en inaplicable cualquier decreto que ella no acatara. Pero para eso hace falta perder el miedo y ganar la convicción. Si sabemos de una empresa que explota a niños para manufacturar sus productos, promovamos una campaña de acoso y derribo y no compremos ninguno de sus artículos. Toda aquella marca que no cumpla las normativas de comercio justo, todo aquel grupo político que no respete las leyes ni el decálogo de su precampaña electoral debería temblar ante el expeditivo acto de una sociedad indignada y bien canalizada que los ajusticiara al momento. Pero no es así, PERMITIMOS que unos bancos sufragados con dinero público expolien a sus propios clientes cuando lo que deberíamos hacer es atacar masivamente y no ingresar moneda alguna en sus cuentas. Los bancos, como brazos articulados de los gobiernos, son una lacra que sirve para controlar e intimidar a los ciudadanos, si fuésemos capaces de reclamar nuestra soberanía como pueblo veríamos que los sistemas que tenemos por factibles son meras dictaduras disfrazadas, y seríamos testigos, con una crueldad pasmosa, de que el siguiente paso del sistema sería la violencia, y no dudarían en utilizar cualquier medio, por cruento que fuese, para eliminar sus amenazas.

Es necesaria la revolución para salir de la oscuridad, todos somos títeres, números que viven en la parte más oscura de una sombra, sujetos potencialmente consumistas para quien manipula los hilos, un rol umbrío que a través del valor y la cultura debemos y podemos cambiar. Debemos creer en el antropocentrismo a cualquier precio, desobedecer las normas y potenciar nuestras virtudes, nadie hace caso de manifestaciones pacíficas, es más, las criminalizan, eso no nos deja muchos cauces para canalizar nuestra discrepancia. Los periódicos son las sagradas escrituras del eufemismo, hay que decir «basta» y movilizarse.

DE LA SUMISIÓN A LA SUBLEVACIÓN

Cuando la dictadura es un hecho,

la revolución se convierte en un derecho.

Víctor Hugo

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El paso que debemos dar como ciudadanos libres y conscientes de nuestras responsabilidades, no es fácil, pero es necesario, no es digno soportar por más tiempo las vejaciones a las que nos someten los mecánicos e insensibles métodos de la ambición de los pudientes. Si no remediamos a tiempo que la agresividad de los mercados determine las circunstancias económico-sociales de los continentes, pronto llegaremos —de mano de la tecnología— a escenarios donde la rebelión ciudadana se limitará a una pobre e insulsa resistencia. Si tal como está vaticinado, la robótica desarrollará sus técnicas y nos ofrecerá los primeros cyborg completamente insertados en la sociedad, ¿qué clase de empresario no querrá contratar al empleado perfecto, que no se detiene a comer, que no llega tarde ni enferma, que no percibe sueldo ni emite queja alguna? El futuro se presenta desolador. Actualmente, una empresa de producción de Smartphone ubicada en China ha despedido a todos sus empleados y los ha suplantado por robots, triplicando con ello su producción. Imaginen un ejército de sicarios robóticos, sin remordimientos ni escrúpulos, sin dudas ni humanidad, ¿alguien piensa que no serían utilizados para reducir a los desobedientes?

Las mismas familias que actualmente monopolizan los recursos del planeta, serán las mismas que lo hagan de aquí a cien o doscientos años, la única salvedad es que para entonces, la balanza —si no hacemos nada— ya se habrá desequilibrado por completo. Que nadie lo dude: no somos libres. Que nadie lo dude: estamos condenados. Que nadie dude de la inexorabilidad de estos procesos, ya imparables, que van deteriorando y acotando al ser humano.

El ser humano es el factótum que hace girar la maquinaria del mundo, nadie puede convencerme de que deba ser esclavizado por el capitalismo: pluralidad de culturas y respeto, equitativas normas, poderes públicos. Nada debe escapar al escrutinio de la verdadera democracia, aquella que garantiza la prosperidad y bienestar de sus practicantes. Si una entidad bancaria no funciona, debería cerrarse. Si un partido político estafa o no cumple su programa electoral, debería suprimirse. La dignidad de una persona no es moneda de cambio. Derechos inviolables, normas relativas. Libertad, sanidad, educación, el planeta ofrece recursos para todos ¿quién no proporcionaría alimento a aquel que muere de hambre? Mientras no luchemos por ello no merecemos llamarnos seres humanos. Escuchad a Hessel. Hay que paliar la pobreza, el hambre, el miedo, nadie lo hará por nosotros. Las circunstancias nos exigen el mazo, el golpe sobre la mesa, la convicción desatada, no titubeemos más en la obediencia sistemática, nos han defraudado tantas veces que ya no hay decoro en el silencio. Cambiemos mártires por héroes, son mucho más baratos, viven menos y no piden disculpas. La mascarada tiene sus días contados, debe eclosionar la primavera de las conciencias, debe terminar este declive que corrompe hieráticos edenes y contamina idílicos estuarios. Facundia tras facundia, mentira tras mentira y el odio nacerá para buscar su forma.

Desde luego, no debe ser fácil poner en riesgo la integridad de uno mismo y su familia, arriesgarse a perder el seudoconfort que nos permiten tener, pero mientras no lo hagamos, mientras no reaccionemos pacíficamente ante esta amenaza y sigamos escribiendo y pensando lo que nos permitan escribir y pensar, mientras sigamos comiendo y diciendo lo que nos permitan comer y decir, no seremos más que las ratas inducidas de un cruel y jactancioso «flautista de Hamelín».

La violencia, esa arma a la que nuestro sentido común relega siempre como último recurso en cualquier pleito, es el último reducto —lo queramos o no— ante la derrota; esperemos que nuestra pasividad no lo convierta en el único.

 

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bodegón frutas

Bodegón de fruta tricolor es una obra realizada con acrílicos sobre cartón gris.

Medidas: 50 cm de ancho, 40 cm de alto

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Carboncillo y lápiz de color sobre papel de esbozo ingres. 55 X 35cm.

Trader Vincent Vincent Quinones, foreground right, gathers with other traders on the floor of the New York Stock Exchange, Tuesday March 18, 2008.  Wall Street gave up some of its steep gains Tuesday while investors digested the Federal Reserve's decision to cut interest rates by three-quarters of a percentage point. Many investors had expected a cut of a full percentage point. (AP Photo/Richard Drew)

Dicen que lo mejor de «tocar fondo» es que puedes hacer pie para subir. Cuando todo va bien, los amigos florecen, la gente se acerca y quiere compartir tu éxito contigo. Las «vacas gordas», esos tiempos de bonanza o buena suerte en que creemos que somos felices, envuelven nuestra vida  bajo una frágil capa de optimismo que enmascara a nuestro entorno pero también a los que nos rodean.

Para muchos, la palaba «crisis» trae mal fario, es algo que tratan de evitar pronunciar, es como el tabú de la palabra «bomba» en un avión; sin embargo, qué duda cabe, es en las situaciones límite cuando somos conscientes de cuánto podemos aguantar, hasta dónde podemos llegar, y lo más importante, sabemos quiénes han estado siempre a nuestro lado y quienes nunca han estado y jamás lo estarán.

Entrar en crisis, a pesar de ser algo que consideramos dañino, puede tratarse de un proceso necesario en el trayecto evolutivo de cualquier ser vivo. La duda, la incertidumbre, el bloqueo, sentirse atrapado y desbordado por las circunstancias, activa en nuestra mente resortes que desconocíamos poseer, y es que el ser humano atesora en sus genes un imperioso afán superviviente que lo empuja a la épica, a la gesta, a crecerse ante la adversidad, hechos que, misteriosamente, le hacen olvidar su condición frágil y mortal. Somos seres resilientes por naturaleza, algo que siempre ha favorecido nuestra supervivencia como individuos, y como especie.

Es preferible soportar el trance de los tiempos convulsos y conocerse a sí mismo, o por lo menos, conocerse más, además de desenmascarar a los supuestos amigos, supuestos familiares o personas de confianza que merodean a nuestro alrededor, que vivir siempre en el interior de una burbuja de apariencia estable que en verdad resulta ser una mentira.

Es muy probable que después de soportar una crisis económica, afrontemos con fuerzas renovadas el futuro, y no sólo renovaremos nuestras energías, sino que valoraremos mucho más cuanto tenemos, seremos menos derrochadores, más eficientes, y potenciaremos nuestra austeridad, nuestra sensibilidad como personas comprensivas y solidarias con los demás, en definitiva, buscaremos nuevos depositarios de nuestra confianza.

Una crisis matrimonial puede enseñarnos el camino de la autocrítica,  el camino de la ternura, de la reflexión, del perdón. Hay típicas frases a este efecto que, aun convertidas en clichés, no dejan de ser de lo más verdaderas, como: “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana” o “no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos”. Tocar fondo siempre es algo doloroso, pero también una escuela. Las cicatrices endurecen la piel que dañan, las experiencias curten, el dolor nos invita a reinventarnos.

Si una crisis sistémica y global azota a los habitantes del mundo, es muy probable que haya sido orquestada, pero lo sea o no, podemos extraer ciertas conclusiones o reflexiones en todo caso: ¿quién se ha visto beneficiado por ella? ¿Qué factores pone en marcha una crisis para influir drásticamente en nuestras vidas? ¿Sabemos con certeza de qué depende nuestra estabilidad? Si una crisis no ha sido orquestada, cuando menos, su parte positiva es que pone a prueba las virtudes y defectos de un sistema. Y si ha sido prefabricada para golpear a las personas, sin duda es una herramienta letal que permite manipular sin que la persona manipulada pueda acusar a nadie —con nombres y apellidos— de su sufrimiento. Por tanto, ya sea para evitar su reproducción o para tratar de desenmascarar a sus responsables, toda crisis merece una autopsia, un análisis profundo desde su gestación a desaparición, incluyendo el pertinente skyline de los ámbitos modificados en su radio de acción; sólo así su experiencia habrá sido de alguna manera “ventajosa” a largo plazo, salvando las pérdidas y tribulaciones.

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Parece que la mayoría de analistas está de acuerdo en que la crisis “económica” mundial surgió en Estados Unidos (2008), la distancia del tiempo transcurrido desde entonces (8 años) nos brinda una nueva perspectiva con referencia a ese aserto: el dólar ha recortado una importante distancia con el euro. O lo que es lo mismo, el valor de dos de las más fuertes divisas del sistema capitalista occidental se equiparan tras la crisis mundial. Actualmente un euro se cambia en el mercado por 1,0830 dólares. ¿Dónde están aquellas diferencias entre ambas divisas que a principios del milenio eran mucho más abultadas? ¿Acaso han utilizado la crisis como juego económico entre inversores? ¿Estamos ante una nueva forma de «Terrorismo de Estado»?

El periodista Joaquín Estefanía publicó un artículo para el diario El Mundo, el 26 de octubre de 2008, en el que afirmaba, a poco más de un año de comenzar los efectos recesionistas que más tarde terminarían como depresión, «la crisis financiera ha acabado con los dogmas dominantes de los últimos 25 años».

Werner Sombart

Werner Sombart

El sociólogo alemán Werner Sombart creó el concepto económico llamado «destrucción creativa» que popularizó más tarde el economista y fundador de la Escuela de Viena, el austriaco Joseph Alois Schumpeter en su libro Capitalismo, socialismo y democracia (1942). Este concepto engloba el proceso de innovación que tiene lugar en las economías de mercado mediante el cual las nuevas formas, productos, hojas de ruta, no sólo desbancan a los antiguos modelos, sino que los destruyen. Las innovaciones de los llamados «emprendedores» o ejecutivos, constituyen la fuerza que hay detrás de un proyecto económico, del que se presupone, será sostenible en el tiempo; la —permitida— caída de la compañía global de servicios financieros estadounidense llamada Lehman Brothers, considerado el cuarto banco más poderoso de América, confirmó esta teoría de destrucción y renovación al anunciar su quiebra en septiembre de 2008. Por este y muchos elementos más, y según la teoría de Schumpeter, debemos encontrarnos muy cerca de un cambio global inminente.

Joseph Alois Schumpeter

Joseph Alois Schumpeter

Para Schumpeter la esencia del capitalismo es el dinamismo, de esta forma, un capitalismo estático sería una contradicción en sí mismo; así, en su citado libro, establece cinco casos de innovación que justificarían la destrucción de la estructura antigua:

  1. La introducción de un nuevo bien.
  2. La introducción de un nuevo método de producción o comercialización de bienes existentes.
  3. La apertura de nuevos mercados.
  4. La conquista de una nueva fuente de materias primas.
  5. La creación de un nuevo monopolio o la destrucción de uno existente.

Si bien, en dicha obra, Schumpeter asegura que la dinámica del capitalismo debería estar regida por la libre concurrencia y competencias de los mercados, algo que no ocurre y por la naturaleza de las decisiones que el capitalismo está tomando en la actualidad garantizará que jamás ocurra, prevé un ocaso del sistema capitalista motivado por su propia injerencia en los estados así como por su exacerbada ambición.

Sin duda, vivimos una época en la que un nuevo orden mundial es necesario, aunque quizá no en las condiciones y dirección en que se está desarrollando. Mucha gente se pregunta hacia dónde vamos, pero si somos atentos a esos cinco puntos que Schumpeter mencionaba, veremos que es en el desarrollo de la ciencia en aquello que capitalista deposita su máxima esperanza de crecimiento. Vivimos en una sociedad tecnócrata cuyos valores morales son más que cuestionables, las nuevas tecnologías fagocitan la deshumanización del individuo al tiempo que favorecen a los estados a llevar a cabo su manipulación.

Esa manipulación o alienación de los derechos fundamentales de las personas, es cada vez más evidente y perpetrada desde las instituciones y poderes fácticos de cada sociedad. Algunos intelectuales afirman sin dubitación que aquello que el ciudadano medio cree saber —por ejemplo— de su propia Historia, es lo que la Iglesia Católica ha querido y permitido que este sepa; no olvidemos que los escribas de la Iglesia eran los encargados de salvaguardar las fuentes del conocimiento antiguo, así como también eran los encargados de traducir, reescribir o destruir obras capitales de la Historia Universal en función de sus propios intereses.

Lo que conocemos por Justicia o Derecho, trasladado a la legislación de un país, permite cada vez más y con más impunidad, la contaminación viral de sus artículos  —ya sea por inclusión u omisión— con esa sombra alargada del capitalismo encarnado en cláusulas leoninas que estafan, condenan y esclavizan a los seres humanos. Desde el momento en que alguien especuló y le salió rentable, se estableció una especie de contrato tácito entre los pudientes para explotar una nueva vía de latrocinio sin castigo en un intento por patentar un nuevo concepto de rentabilísima «propiedad privada».

Desde que la especulación destructiva es lícita —aun proviniendo de la utilización “ilegal” de información privilegiada— la sociedad sufre sus devastadoras consecuencias. Especular no es de por sí algo malo, pero sí se vuelve muy dañino cuando va asociado a un monopolio; devaluar los bienes en función de intereses, influir direccionalmente en las inversiones basándose en cálculos al alza, emitir a través de los mercados financieros dinero inorgánico favoreciendo con ello la inflación, son factores que bogan hacia la destrucción de una competencia que permita la subida de precios, primero en bienes de primera necesidad y así sucesivamente, hasta constituir una megasociedad global donde las leyes sean regidas por una oligarquía tecnológica y su único y desproporcionado arbitrio.

La actualidad es un escenario perfecto para poner en práctica nuestras dotes deconstructoras, nuestra capacidad de improvisación y creatividad, la realidad líquida de la que hablaba Chomsky, es un medio maleable, plástico y flexible que requiere una adaptación dinámica.

Los momentos críticos son periodos en los que se ponen de relevancia los puntos débiles de toda estructura, por tanto, padecer una crisis es un mecanismo ideal para identificarlos, y así  posteriormente, poderlos fortalecer o suprimir. Para muchos, la impotencia económica, política y cultural son consecuencias de la ingente crisis que sufrimos, para otros, como Alain Touraine, son precisamente esos los factores que han provocado el colapso.

Una crisis, en cualquiera de sus grados, siempre debería suponer la antesala de un cambio, el prolegómeno a una mudanza necesaria que debería trascendernos, desequilibrarnos para equilibrarnos. ¿Dónde nos llevará esta crisis de valores mundial que sufrimos? Quizá a un escenario empeorado por la procacidad de los mandatarios políticos, pero quizá también a un escalón más —en el sentido positivo— en la escalera evolutiva de nuestra conciencia; por lo menos, esa debería ser la aspiración.

Tropezaremos con muchos espejos durante nuestra vida, pero sólo el espejo del sufrimiento nos devolverá un reflejo verdaderamente cierto. El verdadero reflejo del dolor nos hace más humanos, más íntegros, menos vulnerables.

  La pluma tiene más poder que la espada.                                                                                                                                Joker

Los libros han ganado más batallas que las armas.

Anónimo

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A través de prácticas artísticas como el teatro, la danza, el vídeo, la pintura, el diseño gráfico o la música se pueden desarrollar metodologías no formales de intervención social comunitaria; y aquí la palabra «intervención» no es baladí, puesto que supone una injerencia a nivel comunitario-social en las conciencias, además de poder provocar una efectiva incidencia en el desarrollo de las identidades del individuo, a nivel particular, una incidencia procurada sin dictaduras ni violencia,  inoculada de forma subliminal a través de algo incisivo pero no invasivo: la cultura y el arte. Al menos, así lo afirman personas docentes que han dedicado su vida a ello.

En primer lugar, debemos considerar el arte como un lenguaje universal. Más allá de las fronteras idiomáticas, religiosas, políticas o culturales, en todas las culturas han aparecido siempre diversas manifestaciones artísticas. Porque la expresión y la comunicación, tal y como merece la pena reivindicar, son una innegable necesidad del ser humano.

La práctica artística es un vehículo transmisor de experiencias donde pueden reconocerse fácilmente vivencias comunes. Donde tanto el sujeto emisor, como el receptor, pueden identificarse y desarrollarse superando una problemática común.  El arte posibilita relaciones equitativas en las que re-descubrirse y enriquecerse, favorece y estimula cambios individuales, los cuales son esenciales para un verdadero cambio social.

El poeta valenciano Francisco Brines ha manifestado públicamente en varias ocasiones: «la poesía nos educa en la tolerancia». Cuando leemos un libro, observamos un cuadro, escuchamos una música, si el arte ahí encerrado conecta con nosotros, no juzgamos a su autor por un color político o por la práctica de alguna creencia religiosa, esa emoción, ese conocimiento o reconocimiento aprendidos o aprehendidos son esa educación en tolerancia de la que habla Brines.

Pero para que el arte llegue a convertirse en una herramienta social intervencionista, y no sólo eso, en una herramienta social efectiva, primero tenemos que dejar claras varias cosas. La primera de ellas podría ser saber qué es el arte. Si consultamos el diccionario, encontraremos una definición parecida a esta:

«El arte es entendido generalmente como cualquier actividad o producto realizado por el ser humano con una finalidad estética o comunicativa, mediante la cual se expresan ideas, emociones o, en general, una visión del mundo».

Lo cual nos lleva a pensar, que el motivo principal del arte, no es otro que comunicar, exteriorizar nuestras preocupaciones, sueños, ideas, en un afán de compartir, de buscar la belleza y buscar la empatía en alguien afín con nuestras inquietudes. Bien es cierto que la definición del diccionario es bastante pobre, ya que por “arte” podemos entender definiciones de naturaleza más elevada, como por ejemplo: vocación creadora, sentimiento, conjunto de tendencias culturales de una comunidad…etc. Pero vayamos a la esencia del significado enciclopédico; comunicar, expresarse, no parecen verbos ofensivos, más bien, conciliadores. Una de las virtudes que tiene el arte, socialmente hablando, es que no es el emisor del mensaje quien busca a su receptor, sino que es el propio receptor, el que busca su identificación en ese mensaje. Esa cualidad, es una de las capacidades poderosas del lenguaje artístico. No obliga a nadie a escucharlo, cataliza a sus simpatizantes y crea una atmósfera inclusiva —no sólo en ellos— de manera que es un puente expresivo para todo aquel que quiera conocer, aprender, relacionarse.

Ya tenemos el arte definido, ahora tenemos la pretensión de que se convierta en herramienta social, por lo tanto, debemos analizar los rasgos de dicha sociedad a la que queremos intervenir. Para ello, no será necesario llevar a cabo exhaustivos sondeos ni encuestas, siempre engañosos, basta con enumerar los temas de interés nacional, las empresas punteras, los personajes más mediáticos, y nada más lejos de la realidad, cuando tracemos ese perfil de elementos activos e irrefutables, tendremos sin duda, sino el dibujo final, el claro esbozo de aquello que estamos buscando.

Los románticos siempre han creído que un poema no puede detener un tanque, pero sí puede romper el corazón del hombre que lo maneja. En pleno siglo veintiuno, tal afirmación es irrisoria e ingenua, no hay más que ver las noticias. Si nuestra sociedad tiene por temas de interés nacional: los toros (violencia animal), la corrupción (amoralidad) y el futbol (entretenimiento irreflexivo), difícilmente podremos apelar a su sensibilidad. Si en la misma sociedad, las empresas más destacadas son: bancos (que estafan y especulan), petrolíferas (que degradan el medio ambiente) y telecomunicaciones (que aíslan y deshumanizan al ciudadano a la par que lo espían y saquean), difícilmente podremos apelar a su sensibilidad. Y si por último, los personajes más mediáticos, son: ególatras, viciosos, hipócritas, vanidosos, y tantas otras cosas más (por no dar nombres concretos); resulta abrumador, que después de un pequeño análisis de esta índole, todavía tengamos intención de intervenir socialmente a través del arte.

Esta conclusión, somera y sencilla, aunque pueda parecer desconsoladora, atiende a patrones conductuales repetitivos que son fácilmente comprobables; estos datos no tienen intención alguna de apoyar a una u otra tesis, no ganan ni pierden nada coincidiendo con el sentir general de la gente o discrepando con él, son así de fríos y tajantes. Pero sin embargo, por muy difícil que estén las cosas, —que lo están—, las personas con esperanza y valores debemos organizarnos e intentar todo cuanto esté en nuestra mano para cambiar este insalubre panorama.

Si partimos de la base que el arte, a la vez que entretiene, también ilustra y por tanto, forma al ciudadano, también encontraremos la oposición de los gobiernos de turno, que no quieren que el vulgo se culturice y aprenda los recursos como para derrocar al poder que los manipula[1]. A simple vista, parece una empresa utópica. Ya Gabriel Celaya se indignó ante el estatismo de quien no reacciona ante una adversidad, aunque sea ajena, y advirtió que la poesía podía ser un arma cargada de futuro. No hay que perder la esperanza, es digno siempre intentar aquello que creemos correcto, pero en este caso, todo parece apuntar a que los vicios y costumbres impuestos por las sociedades de consumo, están ganando notoriamente la partida.

En una hipotética y desesperada posibilidad, si pudiésemos influir positivamente a través del arte en una sociedad adocenada, ¿cómo debería ser ese arte? ¿Sutil, hermético, elitista?

Siempre he pensado que para un artista, el arte representa algo tan sagrado y profundo como para un religioso pueda serlo su religión, no es un pasatiempo ni algo pueril, no es algo que ostentar, no es algo que exhibir; concibo el arte como forma de sentir, de existir, de compartir; sin embargo, vivimos en una sociedad donde el ámbito artístico está corrompido como cualquier otro —y no sólo eso—, cada vez es más difícil dar con un artista de verdad. Algunos dicen, en cuanto a la crítica literaria, que ha muerto, que no hay críticos de verdad, que tras una recensión elogiosa se oculta un velado manto de intereses, y lo propio ocurre con lo no reseñado o lo reseñado negativamente. Decir que ha muerto la verdadera crítica literaria, es decir poco, yo creo que ha muerto —en todos sus términos— la honestidad.

Actualmente, el arte es reducido a un grupo elitista de personas que, además de comerciar con él y vanagloriarse de sus “colecciones”, forman una casta de corrompidos burgueses, que ensalzan o devalúan las obras en función de sus intereses. El arte debería ser de todos y para todos, sencillo y participativo, una disciplina donde cada uno tuviese su lugar y las personas con menos talento fuesen apoyadas por las “talentosas”, un lugar donde nadie juzgara ni sentenciara bajo los prejuicios adquiridos en otros lugares y en otras prácticas. El estado de salud de cualquier sociedad, debería medirse en la lozanía de su estrato cultural, debería reflejarse en él; la realidad en este sentido es un espejismo.

Para captar la atención, a través del arte, de una sociedad que mira a otra parte, el lenguaje artístico debe ser rotundo y constante, debe golpear con sus metáforas. Debe abordar los temas más candentes y debe proponer respuestas a situaciones de toda índole. No debe amilanarse ni participar de los ideales de la política. La política es una de las lacras de esta sociedad que debido a los vínculos y el odio que crea, puede abocarla a su destrucción.

Entendiendo el arte como un acto creativo capaz de convertirse en curativo, es ya de por sí de un valor incalculable. Por razones como esa, es el camino adecuado para el trabajo infantil, ya que facilita un sendero desde las emociones hacia el entendimiento de las mismas, de manera que es un objetivo en sí mismo, cuando el arte es usado como medio terapéutico. Recordemos que una de las etapas de la vida del ser humano, más propicias para influir sobre él la educación, es la infancia.

Concurso Nacional de Arte del Zoo Bs As

A diferencia de los adultos, en los menores, las cualidades del lenguaje y el pensamiento abstracto no están desarrolladas del todo, motivo por el cual se sugiere que aquellos acontecimientos no comprendidos y que han dejado una huella emocional, sean inicialmente simbolizados a través de actividades artísticas y posteriormente organizados (con la ayuda del especialista) alrededor de ideas claras que permitan al niño, apreciar la realidad y ordenarla internamente. Por ejemplo; en caso de duelos por la pérdida de un familiar, dependiendo siempre de la edad, los niños menores pueden aprender a reconocer esta realidad y mirarla desde una perspectiva saludable, facilitando con ello el paso por las nuevas etapas implicadas en un proceso tan doloroso e incomprensible.
El arte, en su función terapéutica, reconoce como primordial el proceso creativo y expresivo del individuo, incluso por encima de la conquista estética o una meta definida. La meta es un pretexto para ponernos en marcha, el proceso es la meta. En este camino de simbolización del dolor, se forma un puente con la consciencia, a través del cual se construye y consolida una nueva percepción.

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El arte —entre otras muchas cosas—, permite proyectar conflictos internos que de otra manera sería imposible conocer y por tanto, ofrece la posibilidad de resolverlos. Posibilita expresar nuestros sentimientos, emociones y pensamientos aportándonos seguridad y confianza en nosotros mismos, esto es de gran importancia, porque son muchos los desequilibrios afectivos o mentales que están asociados de alguna manera, a una falta de seguridad en uno mismo, a una imposibilidad comunicativa, a desórdenes a la hora de interactuar con los demás. En esta posibilidad de crear, es donde reside la gran fuerza terapéutica del arte. El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott, apuntó que ésta era una de las cualidades del arte, la que hacía sentir que la vida valía la pena; sostenía que vivir de forma creadora —en todos los sentidos— era saludable, mientras que el acatamiento sistémico de lo ajeno como propio, era una base enfermiza de la vida.

Todas las propiedades positivas del arte sobre el ser humano están probadas científicamente, la Historia lo corrobora; ya los romanos y los griegos conocían esa ventaja conceptual de los que se consideran artistas. El cerebro es maleable, y el arte utiliza tentáculos subliminales infalibles. Así que si resulta imposible intervenir artísticamente una sociedad en decadencia, probemos pues a focalizar esa capacidad artística en pequeños círculos. Pongámonos en marcha para demostrar que el movimiento se demuestra andando. Podemos comenzar realizando injerencias estratégicas, que nos permitan paulatinamente llegar a más y más personas. La orquesta filarmónica Simón Bolívar de Venezuela es un buen ejemplo de ello. Su director, el carismático Gustavo Dudamel, lleva algunos años haciendo una maravillosa labor humana con los muchachos componentes de la orquesta. Y es que la finalidad merece la pena todo el sufrimiento que conlleve.

La cultura es el fundamento necesario para un desarrollo auténtico

(UNESCO, Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales Declaración de 

México, México D.F. 1982 p.46)

[1] Más sobre este tema puede leerse en este enlace: https://acropolisdelapalabra.wordpress.com/2015/07/05/genealogia-de-la-soberbia-intelectual-enrique-serna-desenmascara-el-milenario-monopolio-de-la-cultura/

Diego Muñoz

Diego Muñoz

Luis Hernández

Luis Hernández

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Ficha técnica:

Título: La herida del tiempo

Autores: Diego Muñoz García y Luis Hernández Rubio

Editorial: Volcano Ediciones (colección Efesto de poesía, nº1)

Género: Poesía

Año de publicación: 2015

Número de páginas: 68

ISBN: 978-84-943888-0-4

La herida del tiempo es la apuesta poética de Diego Muñoz y Luis Hernández, dos poetas valencianos de perfiles literarios diferentes que han aunado esfuerzos para elaborar un poemario homogéneo y coherente donde —sin duda— cohabitan y florecen las mejores versiones de cada uno.

Como buenos valencianos, los autores recogen el testigo de la llamada «escuela brinesiana» y hacen suyos los factores: metafísico, elegíaco y humano, como temas y formas troncales de esta herida temporal que gracias a Volcano Ediciones comienza su andadura. Conscientes de la dificultad de descollar como poetas en una ciudad donde hierve la actividad cultural —en general— y literaria —en particular—, tanto Luis Hernández como Diego Muñoz consideran oportuno fusionar sus poéticas para potenciar el mensaje que los poemas contenidos en este libro vierten en el lector.

Los versos aquí recogidos destilan romanticismo, existencialismo, humanidad, pero en cada sentimiento o reflexión que transmiten, también se encuentra el dolor. La angustia de saber que el amor pasará, empaña su celebración. La certidumbre de esa muerte venidera, dosificada en pequeñas dosis de tiempo, es amargo motivo al que cantar y sucumbir. La pasión de estos poetas engalana un discurso que, dicho de otra manera, sería demasiado duro de escuchar.

La historia contenida en La herida del tiempo, es la historia de nuestras vidas,  las heridas de Diego y Luis son las nuestras, y ello podemos constatar mediante sus versos, ya que actúan como espejos de nuestros propios espejos.

El libro está estructurado en dos únicas partes: Tiempo de amor y olvido, escrita por Diego Muñoz y La vida viene en serio, autoría de Luis Hernández; en total lo conforman 48 poemas, cuya mayoría no sobrepasan la página de extensión. El léxico empleado es sencillo y directo, lo que unido a la concepción humanista de sus argumentos, hacen que el mensaje sea claro y cercano. El patrón métrico escogido por los autores es el verso libre,  un formato que dota al conjunto de soltura y versatilidad.

Los poetas exponen sus versos de forma separada, aunque tanto el primer poema del libro, titulado El amor viene para irse, como La vida viene en serio, último poema, están compuestos por ambos autores —así comienza y termina cada bloque con un total de cinco poemas al alimón— en lo que supone una original apertura y clausura poemática que no sólo abrocha la totalidad del conjunto, sino que imbrica de manera orgánica ambas poéticas de forma circular.

Así en el poema de apertura encontramos estos versos: «Cuando llega la noche / en la penumbra de mi cuarto, / mis ojos se visten de soledad / mientras ven volver al amor». En ese momento taciturno, ya anochecido, ¿quién no ha sentido alguna vez nostalgia? Los versos conectan rápidamente con ese apartado melancólico que —quien escribe— reserva para la poesía.

Cantar al amor y a la vida es una costumbre ancestral en el ser humano, permanece en nosotros su impronta, gloriosa y atávica, y en ese lance de trovador, descubrimos que tanto el amor como la vida son dones efímeros; por más que procuremos retenerlos con nosotros, tarde o temprano escurren entre nuestros dedos. Así el poeta trata de transmitir esa angustia, una angustia que interiormente es belleza, mediante la metáfora y el ritmo, o como en el caso del poema que lleva por título Ulular, con un lenguaje convertido en imágenes de palpable poder telúrico y sensorial: «Su cuerpo atado llevo / a mis labios / desde la cálida tormenta / en que las lluvias rociaron / las llanuras de su piel con su lengua / de agua».

La acertada pluma de estos poetas, horada con precisión esa oquedad humana que provoca disfrutar un don para después perderlo. Los versos son el bisturí, la poesía es la incisión que supura todo cuanto hemos sido, somos y seremos. En la propia servidumbre emocional del ser humano radica la condena y privilegio de sentir. El culmen de todo sentimiento es el amor, en él nos reconocemos, a él nos asimos, primero tratamos de encontrarlo, después disfrutarlo, y por último, tratamos de sobrevivir aprendiendo a olvidarlo. Por eso el canto al amor es una plegaria, por eso el alma, la piel, los cuerpos, son coordenadas permanentes en este poemario: «Tu imagen de luz, / asida a mi cuerpo despliegas. / El mar oceánico de tu cuerpo / atraviesa mi alma / bajo rocas de espumas».

La espuma del mar es una imagen recurrente en los versos del libro, quizá porque transcribe a la perfección ese removido estado del alma cuando el cuerpo o la mente deciden entregarse al lance del amor; la espuma aparece en las aguas cuando las olas comienzan a enroscarse y se forman, cuando rompen contra los espigones, es como si pretendiese escapar del agua transformándose en un gas ligero, incluso suena, sin duda es el trasunto exacto de una conciencia atribulada; la espuma es efímera y también desaparece: «Mujer de espuma y ola. // Tu piel atrapada en el interior / de mi mirada / me habla en la espuma / de las olas».

Los poetas disciernen en el cuerpo de la mujer amada la encarnación de la belleza, por eso ese cuerpo idealizado, que es geografía casi por completo de este primer bloque, es consagrado por los versos, a veces de forma sentimental, y en otras ocasiones apelando a ese erotismo que siempre ha discurrido de forma subterránea e irrumpe como un géiser a través de palabras precisas: «[…] besando sus pezones, / dejando que las manos, / especialistas en el prólogo erótico / acudan a los escaños / que en tu sexo se cobijan[…]».

Ya en el segundo bloque, el cariz del discurso lírico referencia al título inspirado en el poema No volveré a ser joven de Jaime Gil de Biedma; el poeta barcelonés, para muchos, uno de los más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, comienza dicho poema con este verso: «Que la vida iba en serio», y los poetas actualizan el verbo pero no el sentido de esa reflexión, ya que está totalmente vigente en nuestros días. La vida viene en serio,  por eso, aunque la mujer y el amor siguen estando presentes en esta parte del libro, afloran mucho más las preocupaciones de estar vivo: el silencio, los recuerdos, la soledad, pero sobre todo el tiempo. Así en el poema titulado Recuerdos encontramos estos versos: «Hemos de volver / al silencio desde el sueño / en que vivimos […]». Uno de los rasgos característicos de la Generación del 50, a la que tanto Francisco Brines como Gil de Biedma pertenecen, era su condición intimista y no necesariamente academicista, requisito que cumple La herida del tiempo, libro que se acerca a la poética de Biedma, no sólo por referenciar a varios de sus poemas, como el ya citado No volveré a ser joven o Contra Jaime Gil de Biedma, sino por su hermanamiento con los inicios poéticos de Biedma en Las afueras, o con su etapa final, como en A favor de Venus, una colección de poemas de amor impregnados de erotismo.

En el poema titulado Las horas del tiempo ido encontramos estos versos: «La existencia, / que de pronto / viene para hurgar / en la herida / descarada del tiempo ido, / duerme en las afueras / del olvido, allí donde tú vienes, / y yo no estoy […]». Los poetas versan sobre la versatilidad de la memoria, una versatilidad que ya en forma de recuerdo, desmemoria u olvido, siempre resulta ser transmisora de dolor.

«Soy una sombra / que avanza entre / la nada. / Soy ese silencio / a punto de ser oído […]». La reconocida insignificancia de ser no impide el avance de esa voluntad inhibida por las fuerzas naturales, la conciencia lucha por manifestarse y siempre aspirará a esa trascendencia soñada que le hará, por más duro que el camino sea, adaptarse, resistir y vencer: «Estoy a merced / de esta luz que se esparce / por la habitación / tras el / filtro de los cristales / para huir después / por los rincones / y ya ser nada».

En definitiva, La herida del tiempo supone un intenso viaje por la geografía interior de quien se siente vivo y atribulado por el amor, la memoria o el paso de los años, factores que toda persona sufre y se plantea en algún momento de su vida; una lectura  agradable y humana, un canto a la vida que hace sentir, pero también reflexionar, acerca de la verdadera naturaleza del ser humano, con sus miserias y virtudes, con sus recuerdos y miedos, con esa implícita y apasionada necesidad de amar y ser amado, o lo que es lo mismo, comprender y ser comprendido. Celebremos pues estas heridas del tiempo que han empujado a estos autores a entregar sus preocupaciones a la lírica; estoy seguro de que su elocuencia no dejará indiferente a nadie, pero más seguro estoy de que su humildad y sinceridad encontrarán un lugar en el corazón de los lectores.